Balada de un pueblo rubio en boca de una negra triste

BALADA DE UN PUEBLO RUBIO EN BOCA DE UNA NEGRA TRISTE

Roberto Brodsky

Roberto Brodsky es dramaturgo y cuentista. Se dedica al periodismo como «medio de vida».

Araucaria de Chile. Nº 45, Madrid 1989.

Para M. B.; caoba ardiendo tras el ventanal.

Y me fui quedando; más que por retiro o los deterioros con Cecilia, lo hice por propia ausencia y alguna intimidad familiar descubierta entre ese ventanal y la chimenea, mención aparte las cruces en el jardín trasero.

Por un momento, me vi rodeado de muertos; fue el primer gran susto en la casa veraniega. Era de noche y volvía de un dudoso paseo frente al mar. Subí las escaleras de madera y los tablones mohosos rechinaron a lo largo de la ya frágil estructura, construida en el otoño de 1952, bajo la tutela de mi abuelo Ludwig y con los brazos y el dinero de mi padre Herman y mi tío Helmut. Era de las primeras construcciones del lugar, cuando aún éste presentaba un aspecto original y baldío. Muerto Ludwig, al derrumbarse parte de la chimenea mientras el abuelo tanteaba con su bastón la solidez del empedrado, el fin de la edificación quedó a cargo de su esposa, mi fiel abuela Petra, que con su espíritu insobornable hizo que mi padre y mi tío no abandonaran el proyecto. Eligió un buen lugar. Montada sobre dos grandes rocas a unos cuantos metros del mar, la casa se erigió imponente y la ceremonia inaugural puso punto final al viejo sueño de mi abuelo Ludwig y a la ociosa vida de la abuela Petra, quien al bautizar la casa aquella mañana del año 55, colocando la última piedra a la vieja usanza, cayó de bruces a los pies de la terraza, víctima de una parálisis que a su edad le costó la vida días después en el hospital de Valparaíso.

-La casa es tuya-le dijo mi padre al tío la misma noche del entierro en el ancho jardín de La Machola, en donde descansaba también mi abuelo.

-No, no, no -le interrumpió el tío Helmut palmeteando las espaldas de su hermano-. La Machola es obra de Ludwig y Petra y no tengo derechos especiales sobre ella. Dirimamos -propuso finalmente con un guiño fraternal.

Subieron satisfechos al interior de la casa y esa misma noche, frente a los leños que ardían en la chimenea (estaban presentes mi madre y mi tía como testigos), los dos hermanos se trenzaron en un cachipún a la tercera que, según relató mi madre años después, produjo un resultado totalmente inesperado. En resumen, fue imposible llegar a nada. El desarrollo de la partida fue el siguiente:

Primera Jugada: Herman papel Helmut tijera = gana Helmut.

Segunda Jugada: Herman piedra Helmut tijera = gana Herman

Tercera Jugada: Herman tijera Helmut tijera = empate (Helmut es muy terco con tijeras).

Cuarta Jugada: Herman tijera Helmut papel = gana Herman (Helmut pisó el palito).

Quinta Jugada: Herman piedra Helmut papel = gana Helmut.

Sexta Jugada: Herman tijera Helmut tijera = empate (Dos a dos el juego. Se aplica Ley de Moraga).

Séptima Jugada: Herman tijera Helmut tijera = empate.

(Se escuchan bostezos de mi madre y mi tía respectivamente.)

Novena, Décima, Onceava y Doceava Jugada: tijeras los dos.

(Herman y Helmut están tensos; sudan, crispan sus brazos tras las nucas.)

Treceava Jugada: Herman papel Helmut papel = ¡EMPATE!
(Herman y Helmut caen al piso doblados por las carcajadas.

Mi tía y mi madre despiertan del letargo en que se hallan y procuran calmar a sus maridos. Los dos hombres se retuercen como chiquitines luego de una travesura. Pasan los minutos. Por un momento, las dos mujeres se suman a la hilaridad de sus esposos riendo de buena gana. Pasan los minutos. Ellas cesan de reír. El fuego de los leños tiende a disminuir dejando escapar hongos de humo. Helmut comienza a toser dificultosamente. Mi madre y mi tía se miran. Herman se orina en los pantalones y llora contoneando su cuerpo ahogado por la risa.

Su rostro comienza a dar muestras de asfixia, el color de la piel cianótica. Helmut intenta sacudirse del espasmo provocado por las contracciones del estómago. Mi madre y mi tía van de un lado a otro, alarmadas. Procuran calmarlos. Los leños casi consumidos por completo levantan una gruesa columna de humo que se filtra hacia la sala como el escape de una locomotora. Mi madre grita intentando llamar a su concuñada mientras aparta el humo a manotazos. Mi tía ha ido a la cocina y arrastra un balde con agua. Lo arroja sobre los leños. Error. La humareda es generalizada en toda la casa. Las dos mujeres retroceden respirando dificultosamente. A trastabillones alcanzan la puerta y la abren. El humo se disipa poco a poco. Inhalan aire de la noche generosa. Herman, mi padre, y Helmut, mi tío, fallecen en brazos de sus esposas minutos más tarde, sin haber alcanzado a dirimir la herencia de La Machola.)

Afortunadamente, cuatro días antes del trágico suceso, mi padre, a quien nunca en vida conocí, le susurró a mi madre en el lóbulo derecho antes de dormirse en la casa de Ñuñoa:

-Cosita, me dan ganas de hacerte cosquillas en la guatita.

Mi madre, persona gentil, comprendió en el acto y el camisón de almidón fue a dar lejos sobre una silla.

Sin duda, tuve suerte.

Lejos de aterrorizarse por los acontecimientos, las dos viudas rechazaron el luto y Herman y Helmut fueron sepultados en sendas tumbas junto a Petra y Ludwig en el ancho jardín, que se llenaba ahora de cruces sin más mención sobre ellas que la brisa del mar retumbando contra los roqueríos, algunos metros más abajo.

-¿Cuándo partes? -preguntó emocionada mi madre muchos años después, cuando decidí visitar La Machola y recorrer yo mismo el lugar mil veces referido por ella y mi tía a lo largo de mi adolescencia.

Podía ser cualquier día.

Dejé mi dirección a Cecilia y a dos o tres amigos íntimos y luego partí una mañana lluviosa y helada. El autobús, que pasaba una vez al día por la carretera principal, me dejó a la hora del crepúsculo frente a un serpenteado camino de tierra por el cual anduve con la maleta a rastras hasta divisar el mar y por fin La Machola. Todo bien. No hay alumbrado eléctrico en las calles, y salvo una o dos luces a lo lejos, todo en los alrededores es silencio y oscuridad. Los árboles se mecen altos y majestuosos en la pradera que sube tras la casa. Ni un ruido. Un cielo lleno de estrellas ilumina el vasto océano y una luna gruesa vigila la noche como los dientes de un negro antes del asalto.

La casa estaba en perfecto estado. Las mesas y sillas de madera pulcramente barnizadas y bien distribuidas en el espacioso salón; la chimenea al fondo y el ventanal soberbio elevándose desde el piso hasta la marquesina del techo con el océano al frente. Un angosto pasillo conducía a las cuatro confortables habitaciones y noté una buena labor de mantenimiento por parte de mi madre y mi tía. Rendido, dejé caer mi cuerpo en uno de los sillones de bambú y mimbre dando la cara al ventanal, hasta que, pacíficamente, los párpados se me cerraron con el murmullo del mar en mi costado. Al otro día visitaría el jardín.

Pasaron las semanas en un ambiente reposado y musical como pocas veces hubiese podido yo imaginar en aquel lugar. Ramón Escobar golpeaba la puerta de madera en las tardes, dos veces a la semana, y juntos bajábamos a cuidar del jardín.

-Este invierno las calles van a llorar. Acuérdese -me dice un día alejándose hacia los cerros en donde vivía. Lo vi subir por el terroso camino hasta perder su compañía. Entré a la casa y frente a la chimenea dejé vagar los pensamientos mientras extraviaba mis ojos en el álbum de fotos familiares que mi madre había llevado junto con promesas de Cecilia para una futura visita.

Me detuve en las fotos más antiguas.

Foto 1: Ludwig y Petra en un simulacro de avioneta. El aparato es de cartón y atrás se ven los árboles de un parque, posiblemente el Cousiño de Santiago. Mi abuelo llevaba anteojeras para el viento y sonríe satisfecho, bastante divertido. Mi abuela parece burlarse de todo ello con una mueca frente a la cámara, mientras en la simulada cabina trasera mi padre y mi tío disputan una gorra de aviador entre sus manos.

Foto 2: Herman y Helmut cuando pequeños, vestidos de marineros, saborean cada uno su golosina.

Foto 3: Ludwig y Petra en mallas de baño. La vestimenta de Ludwig es una sola pieza desde las rodillas hasta los pulmones y dos tiras a modo de suspensores que atraviesan los hombros y se unen por la espalda. La malla de mi abuela muestra flecos en la cintura. Parece irritada.

Foto 4: Mi padre, mi madre, mi tío y mi tía en la bahía de Valparaíso. Curiosamente, Herman y Helmut están abrazados alegremente, mientras las dos mujeres sonríen hincadas a la manera de los futbolistas.

Foto 5: Ludwig y Petra apoyados en una gran roca en forma de volcán, su extremo superior como un cráter. Herman y Helmut parecen escalar dificultosamente sin llegar a la cima. Mi madre y mi tía sonríen desde la cumbre y parecen beber del cráter de la roca. Al fondo se ve el mar y la espuma de las olas elevándose sobre ellos. A decir por la luz, es el crepúsculo. Salvo mi madre y mi tía que parecen muy felices, tanto Ludwig y Petra como Herman y Helmut muestran signos de insatisfacción en sus rostros. El bastón de mi abuelo apunta hacia el extremo derecho. Instintivamente sigo la dirección indicada y al reverso de la fotografía leo: «Roca del Vino.»

En eso, golpean el ventanal y giro hacia él. Es Cecilia. Entra, dulce y fresca. Sólo por unos minutos, dice, ya que la esperan en Valparaíso. Charlamos amistosamente y luego de un paseo, entramos a casa. Antes de marcharse, hago notar a Cecilia el título del libro que lleva bajo su brazo. Entusiasmada, me pide que acepte escuchar algunos párrafos al azar. Su voz cae en la habitación singular y armoniosa. Como un anillo entra en el dedo de la novia, sus palabras transportan imágenes de oscuros recorridos mientras observo su bella cabecita inclinada en la lectura, y el recogido pelo castaño formando el caparazón de un animal libre y sentimental. Nos despedimos en lo alto de la escalera. Por la noche, despierto de súbito con el intenso ruido de olas golpeando contra las ventanas. Procuro recordar un sueño sin lograr detallar la anécdota. Un murmullo entonces, un leve resquebrajarse de tablas y pasos en la madera paralizan mi atención. Con la morbosa curiosidad del miedo, me pongo de pie y llego hasta el umbral de mi habitación. Con el oído atento escucho el mismo resquebrajarse de tablas y pasos en la terraza; ahora sí, bastante más pronunciados que al principio. Como un pájaro prepara su vuelo, me deslizo por el pasillo que conduce al comedor, el ventanal a la izquierda, la chimenea a la derecha. El murmullo persiste y decido alcanzar el vano del salón. Dirijo la mirada hacia los dos extremos y comprendo que el crujir viene desde el exterior. Ya menos cautelosamente abro la puerta y pongo mis pies en la terraza. El ruido llega desde la escalera y debo atravesar la terraza hasta encontrar el primer escalón. Llego hasta ella castañeteando los dientes. Mi mano se apoya en la baranda de madera. Bajo los peldaños hasta encontrarme en el ante jardín y pronto me veo en la calle marchando impávido hacia el mar iluminado como en un túnel los dientes de un negro triste. Escucho ahora el rugir de las olas en mi cuerpo y la brisa helándome los miembros. Por entre el filo de las rocas me deslizo paralelo al mar y su ronquido incesante. Ya no siento frío y el crujir de tablas y pasos es ahora melodía en mis oídos. Es la criada de mi abuelo Ludwig la que canta así; la trinitaria con lengua rosada y ochenta kilos en la voz que llora un blues lamentando su suerte con mi cuerpo en sus brazos; You break my hearth, canta Bony meneando la cabeza frente al negro océano, y el negro, su boca abierta en el agua, muerde con dientes blancos de espuma mi exasperado andar, y a cada paso cada roca es más filuda en los pies y precisa en la falda de Bony meciéndose como un consuelo, alzando y comprimiendo los labios, y escucho un crujir que viene del más allá de las campanas al fondo del túnel, cerrándose como una noche sobre las estrellas en su cielo o la boca abierta de un negro dolido... Abrí los ojos. Sudaba nerviosamente y atolondrado me sobrepuse buscando reconocer el lugar en donde me hallaba. Giré mi cuerpo hacia el mar, y allí, como un volcán de piedra, reconocí al instante la Roca del Vino emitiendo desde el fondo de su corpulencia un gutural sonido de olas golpeando el granito. Adiviné su forma de cráter en la cima; a mi madre y mi tía sonriendo triunfalmente; a Herman y Helmut escalando sin éxito; a Petra y Ludwig a punto de hacerse presentes ante mis ojos emocionados.

Allí estaba, apuntándome con su bastón de caoba finamente tallado, mientras yo retrocedía reverenciando su presencia.

«Ludwig», dije entre labios, apenas un susurro.

«Ludwig, sí; y ella es Petra», respondió como un náufrago socorrido.

Tenía el cabello blanco y los lentes apoyados en la curvatura de la nariz.

«Salúdame», gruñó a su lado Petra, dirigiéndome una mirada autoritaria.

«Debes hacerlo», confirmó Ludwig, alzando penosamente los hombros.

«Pues, buenas noches abuela Petra», le dije inclinándome escandalosamente.

Me inspeccionó muy seria levantando su barbilla carnosa y de un empujón hizo que Ludwig cayera de bruces contra mi cuerpo.

«Vamos; ¡andando, holgazanes!», ordenó gesticulando con la mano hacia atrás en señal de aviso para que Herman y Helmut acabaran ya su infructuoso ascenso y le siguieran a ella con Ludwig y yo por delante.

«Vamos, vamos Gabriel. Camino a casa te explico», fue todo lo que dijo mi abuelo agarrándose afectuosamente de mi brazo mientras refunfuñaba sin mirar hacia atrás.

Entonces, atravesando el roquerío frente al mar y conducidos por Ludwig y su bastón de caoba como una linterna en la noche, llegamos al dudoso camino que ascendía hasta La Machola. Pasando su brazo por sobre mis hombros, doblado en dos, el abuelo no cesaba de confidenciarme sus quejas más íntimas:

«Petra, esa señora arteriosclerótica; y Herman y Helmut, ese par de bobos eternamente imitándose», decía esforzándose por modular bien cada reproche, cuidando siempre de no ser escuchado por Petra que marchaba algunos pasos más atrás. Yo asentía procurándole un consuelo que a mis ojos de nada servía, ya que enseguida él volvía a insistir a modo de sentencia:

«No, no; Gabriel. Te digo: Petra es una tirana y los dos bobos un solo desastre. Quedas tú, Gabriel.»

Llegamos a casa y subimos las escaleras. Traspasamos la terraza y penetramos en el salón. Tomamos asiento de cara a la chimenea y Herman y Helmut cortaron leños disputándose el derecho a encender el fuego. El asunto fue dirimido por Petra quien, de un gruñido, hizo temblar a mi abuelo en su silla y mandó a los hermanos a estarse quietecitos. Mi padre y mi tío iniciaron un cachipún a la tercera en busca de una definición sosegada que no tuvo éxito, pero que sin embargo los mantuvo ocupados por el resto de la noche.

Los días transcurrían normalmente. Ramón Escobar llegaba por las tardes a ordenar las plantas del jardín, mientras las visitas de mi madre y mi tía se hacían de más en más esporádicas y Cecilia se contentaba con el envío de besos y cariños a cada oportunidad ofrecida. Por las noches, tomaba asiento de espaldas al ventanal y en un lento sopor de mar y olas cavilando en los oídos, me dejaba arrastrar con Ludwig y Petra al lado; Herman y Helmut ocupados eternamente en decidir con limpieza el encendido de la chimenea.

«Siempre lo mismo», se desalentaba Ludwig mirándolos en su torpeza.

Se enfrascaba entonces en largos relatos sobre su existencia, las dos absurdas colchonerías que sus hijos mantenían en la Avenida Independencia, una al lado de la otra; la de la derecha, Helmut; la de la izquierda, Herman; y el viejo se golpeaba la cabeza con la palma abierta y suspiraba en su silla con el bastón apuntando hacia Petra. Mi abuela volvía el rostro desdeñosamente y, cuando Ludwig se agitaba sobremanera, cerraba los puños a la altura de las costillas y contestaba rabiosamente:

«Malagradecido de tus hijos; ¡sin su dinero y trabajo jamás estarías sentado frente a esta chimenea!»

Mi abuelo bajaba el ceño refunfuñando para sus adentros e inclinándose, luego de una pausa, secreteaba al oído lo que a su parecer era el carácter femenino.

«Gabriel -me decía-, nosotros somos animales, pero las mujeres, hijo... las mujeres son primates», y enseguida relataba los amores de su juventud, la llegada a Chile en un barco alemán con una trinitaria conocida en un puerto del Caribe y de cómo le había ofrecido que le acompañase mientras ella le ponía la carne de gallina raspándole la piel con una pluma de gaviota sobre la espalda desnuda, en la alcoba del hotel Palomé, mientras allá abajo la orquesta sonaba y el abuelo contoneaba el cuerpo gracias al contacto etílico de la pluma sobre el vello rubio y juvenil.

«Bony era negra y cantaba en inglés. Cocinaba frijoles con arroz y plátanos fritos que olían a quemado», rememoraba Ludwig meneando la cabeza y columpiando el bastón sobre la rodilla.

Mas, cuando la pena consumía el rostro del viejo, me alejaba de la silla y volvía con un tablero de ajedrez que, sabía yo, habría de reanimar al abuelo. Retomábamos la charla luego de un silencio seguido de algunas miradas escrutadoras entre Ludwig y Petra.

«La conocí en el sur, Pitrufquén o algo así», admitía espiando a Petra de refilón.

«Colonia Alemana», sentenciaba luego contrayendo los labios y alzando las débiles cejas de su rostro.

«Fue ella quien les propuso las colchonerías. Míralos ahora, hace meses que intentan decidir el asunto de los leños», y Ludwig bajaba los ojos, mirando satisfecho de encontrarse junto a mí.

Hacía guiños y nunca hablaba de mi madre ni de mi tía. Una vez, sí lo hizo; y arrugó la nariz de tal forma que creí que los cristales de sus lentes saltarían como dos pejerreyes asustados. Aquella sola mención me conmovió, y al día siguiente revisé la fotografía en la que mi madre y mi tía sonríen en la cima de la Roca del Vino. Esa misma tarde, llegó Cecilia «sólo por unos minutos, para saludarte». La interrogué sobre sus vidas: mi madre atendía la colchonería de Herman mientras la tía hacía otro tanto con la de Helmut, mi tío.

-Tienen buena clientela, jamás se pelean a pesar de negociar una frente a la otra- me dijo Cecilia con irritación, pues me ocupaba escasamente de ella durante su visita.

-Bony -me dice a modo de adiós-, la anciana que le cocina a tu madre y a tu tía, se ofreció para venir a acompañarte. ¿Qué te parece? -y apartándose de mi abrazo en la terraza de La Machola se alejó sin regresar ni un beso.

Por la noche, Herman y Helmut, con sus pantalones estropeados y sucios, comienzan a darse de empellones. Petra alza amenazadoramente una gruesa correa y Herman y Helmut vuelven al cachipún. En eso, golpean la puerta. Extraviado, dudo entre levantarme y abrir o dejarme ir pensando que es una ilusión. La punta de caoba tocó mi pecho con golpecitos suaves y amistosos.

«Anda, Gabriel», dijo Ludwig con un ademán de cabeza hacia la puerta.

Es Bony; alta, gorda y arrugada. Hace ya tiempo que dejé la casa de Ñuñoa por la cual ella se deslizaba como una alfombra herida murmurando viejos temas en un inglés particular. Me abraza y yo hago otro tanto.

«Helio, Ludwig», le escucho decir mientras se adelanta hacia la chimenea.

Giro hacia ella y un vistoso cuadro se revela ante mis ojos atónitos. Herman y Helmut, aburridos, han tomado asiento con las piernas cruzadas frente a los leños sin encender. Petra los observa, altiva y ceremoniosa, desde la mecedora de mimbre. Un poco más atrás, las dos sillas. En la de la izquierda, Ludwig voltea su rostro con el bastón alzado jovialmente mientras Bony deja caer su equipaje al piso y sus gruesas caderas contoneándose felinamente se aproximan al viejo. Toma asiento a un lado del abuelo y acomodándose lo mejor que puede emite un suspiro original y profundo. Ludwig le sonríe caritativamente al tiempo que Bony apoya la negra cabeza en el hombro y canta cerrando sus ojos, mientras Ludwig sigue el ritmo oscilando contra el respaldo de la silla.

«Ya ves, Gabriel», le escucho decir.

Apoyado en el ventanal, de cara a su vejez de niño, observo sus mechones pálidos y desordenados junto al erizado cabello negro de Bony, y su voz parpadea más quejumbrosa que nunca. Adivino sus ojos tristes cerrándose, las manos achacosas sobre el mango de caoba, los lentes buscando la punta de la nariz mientras la encorvada postura del cuerpo se proyecta en la lenta modulación de los labios titubeando hacia el techo o, en un esfuerzo final, hacia mi rostro.

«Ya ves, Gabriel» -repite Ludwig-, respira y recuerda; la chimenea, los leños sin encender, el hielo de mis piernas, los lobos, Petra y Bony en un barco alemán y luego el Sur hasta esta casa que hice construir porque hay barcos que a veces pasan en el mar y no sé qué más, porque los párpados se me fueron cayendo melosamente hasta tender mi cuerpo rendido a los pies del ventanal, con el mar en los oídos y la esforzada modulación de Ludwig con música de negros en la oreja, hasta que el sol creció en mi rostro y abrí los ojos; encandilado y molesto fui al baño y me lavé la cara y el cuerpo cogido en la torpe sensación de haber cabalgado en vano por el desierto durante largo tiempo. Luego salí y anduve dudando prolongadamente frente al mar.

Entonces fue que, por un momento, me vi rodeado de muertos. Era ya de noche cuando regresé a casa. Subí las escaleras de madera y los tablones oxidados por la sal rechinaron a lo largo de toda su estructura. Una vez dentro, me detuve sobre el álbum y la fotografía de mi madre y mi tía en la cumbre de la Roca. Inspeccioné sus fisonomías, los rostros satisfechos, los labios apenas marcados de mi madre, imperceptiblemente abriéndose como un conjuro sobre el retrato inmóvil, su voz caprichosa y astuta advirtiéndome: «Colchonerías Herman», y luego mi tía, sus labios como tenazas susurrando «Colchonerías Helmut»; y Herman y Helmut resbalando mientras Petra clavaba sus marrones y fijos ojos en mí y Ludwig bisbiseaba algo así como un nombre, como una clave; algo así como tu madre se llama Melania y tu tía Mariana, o enciende los leños muchacho, hasta que eché a correr sin noción y con los pies en el barro me dejé caer sobre su puerta; y menos mal que la lluvia está bien fuerte, señor Gabriel, me dijo Ramón, turbado e indeciso, mientras veíamos el fuego desde los cerros como un fantasma ardiendo en la bóveda de una negra triste que cantaba junto al mar bajo la noche rigurosa.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03