Reseña actual del teatro en chile

Reseña actual del teatro en chile

Pedro Bravo-Elizondo
Literatura Chilena en el Exilio. N 4 Octubre 1977

A mediados de 1975, por el canal estatal de televisión el asesor cultural de la junta militar que rige a Chile, Enrique Campos Menéndez, señalaba:

"Todo el mundo no puede aprender latín ni las lenguas muertas, y ahí comienza la cultura. La cultura es una cuestión naturalmente selectiva ya que sólo algunos pueden realizarla y entenderla."

El militar-rector de la Universidad de Chile en su mensaje inaugural a los estudiantes, les advertía "Aquí no se viene a pensar; aquí se viene a trabajar." Frases como las citadas, indican claramente la posición de la junta, frente a la Cultura. La militarización y orientación ideológica de la juventud ha sido expuesta con claridad por Ariel Dorfman en su articulo "Chile: la resistencia cultural al imperialismo." (1)

De más está insistir que la censura, el control y la represión dan la tónica dominante. En el plano teatral, hasta el golpe militar de septiembre de 1973, el teatro profesional contaba con catorce compañías en Santiago, dos en Concepción, dos en Antofagasta, una en Valparaíso, varias semiprofesionales en Talca y Santiago, y una cantidad aproximada de seiscientos grupos teatrales no profesionales, de los cuales unos cuatrocientos estaban agrupados en la Asociación Nacional de Teatro-Aficionados de Chile (ANTACH), vinculada a la Central Única de Trabajadores (CUT).

Las escuelas universitarias de teatro, Universidad de Chile y Universidad Católica, formaban profesionales en Dirección, Actuación y Diseño (Escenografía, Vestuario, Iluminación), de acuerdo con las exigencias de una carrera de nivel universitario. La carrera de Instrucción Teatral, que funcionaba a nivel de profesores y obreros, en estudios nocturnos de dos años, preparaba los monitores teatrales para movilizar el desarrollo del arte escénico en colegios, barrios, provincias y campos. Cada año unos ciento cincuenta alumnos terminaban sus estudios en ambos niveles. El teatro aficionado recibía así el aporte de estos instructores, Sistematizando una labor que se hacia intuitivamente. El teatro proliferó en fábricas, sindicatos y universidades, y los universitarios dirigieron su acción a los sectores populares con clases y practicas en los propios lugares de trabajo. Un obrero de la Textil Progreso, industria incorporada por el Gobierno de Allende al área social, declaraba a un periodista, a fines de 1972, "No querernos hacer teatro sólo por el gusto de hacerlo, sino utilizarlo para ayudar a los trabajadores a comprender mejor algunas cosas y problemas, como una herramienta, como una luz intencionada."

La junta militar inició su tarea frente a la cultura con la más violenta represión que se haya conocido en la historia de América Latina, destruyendo de una vez por todas el mito del apoliticismo militar chileno, En los primeros tres meses, valiosos trabajadores de la cultura fueron asesinados; otros recluidos en prisión y largamente torturados. Sólo en la Universidad de Chile 800 funcionarios fueron despedidos de sus tareas docentes y artísticas, mediante una carta mimeografiada. Otros debieron exiliarse. Los asesinatos de Víctor Jara, Ana María Puga, Jorge Peña, Hugo Araya, Sergio Leiva, Alberto Ríos y otros, constituyen sólo algunos ejemplos de la represión sufrida por el arte chileno. Los trabajadores del arte exiliados están repartidos en América Latina, Estados Unidos, Europa y África.

Héctor Lillo, Presidente del Sindicato de Actores de Teatro, Radio y Televisión, declaró al diario Las Ultimas Noticias en septiembre de 1975 "que un 96% de los actores chilenos están cesantes" y deben ejercer cualquier oficio para subsistir en una realidad económica que muestra una cesantía superior al 20% en estadísticas aceptadas por el gobierno. Han desaparecido los teatros profesionales de Concepción, Antofagasta y varios elencos de Santiago, o, luego de ser expulsados sus dirigentes y actores destacados, han regresado a sus actividades con múltiples limitaciones y controles. En la cartelera santiaguina, las obras ofrecidas carecen de contenido crítico; la censura es el mayor freno; ante el temor de incurrir en infracciones priman las obras digestivas, policiales o clásicas, es decir, obras que jamás podrían recibir el calificativo de subversivas. En 1974, el Teatro de la Universidad de Chile presentó Bodas de Sangre de Lorca; el Teatro de la Universidad Católica, La Vida es Sueño de Calderón; el Teatro de la Universidad Técnica, Las Bodas de Fígaro de Beaumarchais. En 1976, Las Alegres Comadres de Windsor de Shakespeare por la Universidad de Chile; El Pastor Lobo de Lope y El Burgués Gentilhombre de Moliere por la Universidad Católica; La Viuda Astuta de Goldoni por la Universidad Técnica. La tónica teatral es de una cautela rayana en la asepsia. De allí que se escojan sólo dos conductos: el teatro clásico y las comedias musicales. Los teatros universitarios han suprimido sus jiras y enfrentan el problema de subvención, pues la junta militar está empeñada en el autofinanciamiento de las Universidades, lo que significará la eliminación de la actividad artística. En enero de 1976 se anunció el cierre de la Escuela de Artes de la Comunicación de la Universidad Católica de Santiago, donde se formaban los trabajadores de teatro, cine y televisión y se editaba una Revista con artículos relacionados a estos campos de estudio.

Los grupos independientes, tres por lo menos, siguen laborando honestamente en 1977. El Ictus ha presentado una creación colectiva ensamblada por David Benavente; Pedro, Juan y Diego, el Teatro de Comediantes que actúa en la Sala del Ángel, estrenó Hume de David Storey, y el Teatro Imagen en la Sala del Instituto Chileno-Francés, Te llamabas Rosicler de Rivano.

La disminución del público en las salas teatrales es otra de las consecuencias de la persecución a la cultura. Los precios de los espectáculos son prohibitivos para la gran masa. El público que asistía mensualmente a las salas teatrales hasta 1973 oscilaba entre veinte y treinta mil espectadores. De estos, no menos de cincuenta mil anuales, correspondían al teatro de la Universidad de Chile que cumple este año treinta y seis años de labor ininterrumpida y cuyo creador y fundador Pedro de la Barra, fallecido en julio de este año, recibiera el premio de Teatro Ollantay por su labor en pro del teatro latinoamericano en Bogotá, febrero 18, 1977, otorgado por la Federación de Festivales de Teatro de América. El teatro de la Universidad de Chile, que ocupa una sala de quinientas dos butacas, ofrecía anualmente alrededor de trescientas funciones, durante una temporada de nueve meses al año. Cifras entregadas en 1975 indican un total de doscientas veintiuna con un público anual de veintisiete mil ciento cincuenta y ocho espectadores, de los cuales, veinte mil ciento veintisiete corresponden a una sola obra, Las Alegres Comadres de Windsor; el resto corresponde a otras tres obras. Con estos datos, si hasta 1973 el público santiaguino que iba al teatro profesional, alcanzaba al 1% de la población, con las cifras anotadas no alcanza al 0,5% de ella.

Pero si la actividad teatral permitida refleja las limitaciones típicas de un régimen totalitario, los trabajadores del teatro, dentro y fuera de Chile, luchan no sólo por la sobrevivencia de su arte, sino por rescatar al país de la dictadura. Como ya lo indicáramos, el teatro empieza a renacer en la legalidad permitida y en la ilegalidad. No menos de doscientos grupos de teatro-aficionados han surgido en el país. En colegios, universidades, bajo el alero de la iglesia, en barrios v provincias aparecen los elencos, luchando contra las dificultades imaginables en el medio militar. En el exterior han nacido grupos teatrales formados por exiliados chilenos como el Teatro Popular Chileno en Londres que ha presentado Chile. 1973, teatro-testimonio de los campos de concentración, las represiones y la lucha por la libertad. En Canadá, el Teatro del Ande presentó Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta de Pablo Neruda. En Costa Rica, el Teatro del Ángel en San José estrenó en 1976 La Virgen del Puño Cerrado de Alejandro Sieveking, Premio Casa de las Américas 1975 con Pequeños Animales Abatidos, que presenta la realidad chilena pre-golpe fascista. Para qué hablar de actores europeos que han elegido el tema de Chile como objetivo de su trabajo, al igual que actores latinoamericanos. Los dramaturgos siguen trabajando por su país. Jorge Díaz lo hace en España y ha titulado una de sus obras Pienso: Luego Exilio. Hay un teatro clandestino que se difunde más allá de las fronteras chilenas: Toque de Queda -Crónica Dramática sobre Chile- firmada con el seudónimo Lautaro, fue programada en el Tercer Festival Internacional de Teatro realizado en Caracas, en abril-mayo 1976.

Esta breve reseña basada en los aportes entregados por la delegación chilena en el exilio a la Conferencia Internacional de Teatro del Tercer Mundo, efectuado en Caracas, abril 20 al 24. 1976, tiene como sólo objetivo señalar la pujanza de un movimiento artístico que en 1941, con la creación del Teatro Experimental, reafirma una corriente intelectual e ideológica nacida al calor de un proceso político popular y que entronca con el nacimiento mismo de la República. El Cura de la Buena Muerte, Camilo Henríquez presenta su Camila o la Patriota de Sud América para afirmar las ideas de propaganda libertadora. El compromiso con el pasado no ha sido olvidado, pese al terror.


Notas:

1. 'Casa de las Américas', número 98, septiembre-octubre 1976. pp. 3-11.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03