Luis Bocaz

ANDRÉS BELLO:

POLÍTICA CULTURAL Y FORMACIÓN SOCIAL DEPENDIENTE

INTRODUCCIÓN

Andrés Bello, su mujer Isabel Dunn y sus hijos desembarcan en Valparaíso el 25 de junio de 1829. Queda atrás Londres, la más grande capital de la época. Londres, una mezcla de París y Nueva York, poder cultural y poder financiero reunidos. Las guerras de emancipación han causado estragos y sobre un terreno ruinoso ha de construirse un Estado e instituciones respetables que permitan a los habitantes del territorio denominado Chile ingresar a un mundo que observa, con sorpresa reticente, el advenimiento de las nuevas naciones.

Durante diecinueve años, el humanista ha vivido el drama de una potencia europea transformada por la Revolución Industrial. A través de vicisitudes sin par, de la pobreza y de reiterados cambios de domicilio, ha subsistido en el seno de esa economía nacional, cuya expansión desborda sus propias fronteras para instalar lo que los expertos denominarán un sistema internacional de división del trabajo. La perspectiva desde esa ciudad, tan revolucionaria en economía como París en política, recupera en cierto modo la amplitud de aquella que se avizoraba desde la Corte de España en la cumbre de su soberanía imperial. Los años de Caracas espejean en el recuerdo del exiliado como un remanso; una calma en la que la individualidad nadaba entre estructuras constrictivas que gradualmente adquirían el color de un paisaje y una naturaleza ahora distantes. En su correspondencia surgen nombres de personajes familiares y la evocación de esa provincia a la que se ama por un jus solis defensivo y creador.

Ninguna de estas vivencias se pierde en el itinerario intelectual de Andrés Bello. En cada una de sus etapas: Caracas 1781-1810, Londres 1810-1829 y Chile 1829-1865 es un lúcido hombre de su tiempo que resuelve la tarea histórica pertinente. El signo que marca la época en que se desenvuelve su larga vida es la transición: un modo de producción triunfante, en algunas partes del mundo, desplaza a los remanentes feudales; América española abandona la dependencia colonial e ingresa a otras formas de dependencia bajo el capitalismo. Su conciencia del carácter de la época es aguda. En 1830, se refiere en El Araucano a "la crisis en que una gran transición política, como la nuestra, inflama todos los espíritus".

En este intelectual formado en las postrimerías del imperio español los síntomas de modernidad asoman temprano. La noción de un espacio territorial como soporte de la producción cultural puede seguirse en sus trabajos antes de las primeras gestiones de la Independencia. Las circunstancias históricas determinarán que sea en territorio de la República de Chile donde este vástago de una familia caraqueña de abolengo artístico despliegue su enciclopédico saber. En las faenas de organización de una cultura nacional, su magisterio brillará en la filología, el periodismo, la creación literaria, la crítica literaria, el derecho internacional, el derecho civil, la filosofía y la educación.

Bello medita y escribe para países en los que el desarrollo de las disciplinas intelectuales es incipiente o no existe. Dirige su intervención a un hombre americano que aún no ha sido desmenuzado por las diferentes especialidades. Cada uno de los filones de su asombrosa labor puede caer algún día bajo el escalpelo de un especialista que advertirá insuficiencias de detalle. En algunos casos, el regocijo del hallazgo lleva a olvidar que Bello tiene la estatura virgiliana de los fundadores de ciudades y de naciones que, en terreno casi virgen, debieron serlo todo, hacerlo todo.

La evaluación de su obra opone dificultades al investigador aur para sus discípulos directos en el siglo XIX, ya sea por su extensión c porque sus escritos son sólo la masa visible de su OBRA. Lecciones a la juventud intelectual, creación de instituciones, artículos y libros forman un haz único, ceñido por la preocupación sobre el destino de la cultura en América. Sin esta consideración previa, el análisis fragmentario corre el riesgo de emprender un sendero desde el cual los árboles no dejan ver el bosque.

Su severa efigie de padre fundador y las fuerzas sociales que lo rodearon en su tiempo han deslizado en oídos las seducciones de ur fácil interpretación conservadora. Hoy, el rumor de las transformaciones del continente para el que escribió obliga a reexaminar su teorías que abarcaron tanto la fase de lucha como la fase de construcción. Quizá no sea una equivocación flagrante, si la magnitud de la empresa aconseja limitarse a acotar la evolución de cierto núcleos ideológicos, por ejemplo, la territorialidad de la cultura presente en Caracas, su enlace teórico con la idea de nación, independientes en Londres y su práctica en la política cultural '" Chile. La vía que escogemos reclama, por lo menos, el mérito situar en el centro de estas inquisiciones la imagen de su Alocución: un territorio en el que naturaleza, hombres e historia invitan a la Poesía.

I. ESPACIO Y PRODUCCIÓN CULTURAL

Al cerrarse la década de 1820, cuando Andrés Bello llega a Chile, contratado por el Gobierno de Francisco Antonio Pinto, se afirma la idea de prolongar la organización jurídica hacia una producción cultural individualizada a manera de satisfacción final de los anhelos de emancipación. En los nuevos países americanos, en general, se asiste a una aparente paradoja respecto de los requerimientos que se formulan a la producción cultural. En un espacio desmembrado por la caída del vínculo de la corona española, se la concibe según el sueño de Bolívar: un discurso unitario surgido de una patria común. La relación entre espacio y producción, en los trabajos de la etapa caraqueña de Bello (1781-1810) es un núcleo ideológico que volveremos a encontrar en su período londinense (1810-1829), modificados por los duros años de las guerras de independencia, y por el avance mundial de un nuevo modo de producción. En Londres, Bello clama en 1S23 por el desplazamiento de la poesía desde Europa hacia los territorios del Nuevo Mundo. Su confianza en las potencialidades de esas tierras es absoluta, su visión eufórica de la naturaleza y del hombre americanos emanan de un indudable optimismo histórico:

"Tiempo es ya que dejes la culta Europa
que tu nativa rustiquez desama,
y dirijas el vuelo donde te abre
el mundo de Colón su grande escena.
.....
Descuelga de la encina carcomida
tu dulce lira de oro, con que un tiempo
los prados y las flores, el susurro
de la floresta opaca, el apacible
murmurar del arroyo trasparente,
las gracias atractivas
de Natura inocente,
a los hombres cantaste embelesados;
y sobre el vasto Atlántico tendiendo
las vigorosas alas, a otro cielo
a otro mundo, a otras gentes te encamina
do viste aun su primitivo traje
la tierra, al hombre sometida apenas;
y las riquezas de los climas todos América,
del Sol joven esposa, del antiguo Océano hija postrera,
en su seno feraz cría y esmera." (1)

La amplia escena americana alcanza la categoría de una Romanía mestiza. Unidos por vínculos de origen, de lengua y de una ocuparon del espacio comunes, mientras duran las guerras de Independencia, esos países acogen, como a hijos, a hombres nacidos fuera de sus fronteras territoriales. Bello lo ha comprobado en Londres con Antonio José Irisarri, intelectual nacido en Guatemala que está a cargo de la legación chilena y quien lo pone en contacto, por primera vez, con los asuntos del país (2). Más allá de 1830, el mismo Bello vivirá esa unidad actuante de la Romanía mestiza cuando Chile le otorgue la ciudadanía por ley especial, lo nombre alto funcionario de su Ministerio de Relaciones Exteriores, lo elija Senador de la República lo designe Rector de la Universidad y le encargue la redacción de su Código Civil. En suma, lo admire como el padre espiritual de su cultura.

Resulta fácil comprender la importancia que Bello asigna a las motivaciones unitarias para la producción cultural de las repúblicas de América española. En el Prólogo de su famosa Gramática señala la imperiosa necesidad de preservar la lengua heredada de los conquistadores en las repúblicas de Hispanoamérica:

"Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varías naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes." (3)

El vendaval de las guerras de la Independencia ha introducido modificaciones en la producción cultural de la Romanía mestiza que crearán una tensión permanente con las aspiraciones a un discurso unitario. Aproximadamente desde 1810, la idea de nación tiende a arraigar la producción cultural en un territorio definido, a señalarle un espacio más circunscrito en la dilatada escena americana. Se guarda, sin embargo, la noción de una pluralidad fraternal como un horizonte teórico constante. Tal sería la razón que impulsa a Bello a plantear el traslado de la producción cultural a América durante su permanencia en Londres. En la fuerza de esta proclamación está la nostalgia, el deseo incontrarrestado de regresar a un país que abandonó confiando en un inminente retorno, y un anhelo de autonomía cultural que verterá para siempre en esta concepción unitaria del continente.

El desmembramiento entre países diferentes no enturbia el programa unitario, el canto general del continente, en cuyos verse desfilan los hombres, se narran sus hechos heroicos y se exalta la naturaleza de cada una .de las provincias del imperio. El contenido americano desborda el marco de la poesía neo-clásica. Las nuevas naciones conquistan su derecho a ser consideradas también en tanto sujetos de la historia:

"Pero no en Roma obró prodigio tanto
el amor de la patria, no en la austera
Esparta, no en Numancia generosa;
ni de la historia da página alguna,
Musa, más altos hechos a tu canto.
¿A qué provincia el premio de alabanza,
o a qué varón tributarás primero?" (4)

En el Resumen de la historia de Venezuela, el texto de mayor extensión anterior a la "Alocución", y que la erudición venezolana fecha en 1809, descubrimos por el contrario la idea de un espacio territorial individualizado. Se trata de un espacio preciso definido por su topografía y su toponimia.

"Apenas se conoció bien el cultivo, y la elaboración del añil, se vieron llegar los deliciosos valles de Aragua a un grado de riqueza y población de que apenas habrá ejemplo entre los pueblos más activos e industriosos. Desde la Victoria hasta Valencia no se descubría otra perspectiva que la de la felicidad y la abundancia, y el viajero fatigado de la aspereza de las montañas que separan a este risueño país de la capital, se veía encantado con los placeres de la vida campestre, y acogido en todas partes con la más generosa hospitalidad." (5)

Nombres de lugares y nombres de ciudades configuran un territorio delimitado en las posesiones de España. La coexistencia de nominaciones de origen indígena y de nominaciones de origen español recuerdan lo que Fernando Paz Castillo señala en el poema juvenil "El Anauco" la inteligente mezcla de nombres de "contenido poético, con los humildes de nuestros ríos, árboles y campos", (6) presentes ya en este período como un aspecto de la vivencia local.

Imposible desentenderse del tono hiperbólico del texto cuando se refiere a la geografía y al paisaje humano familiares. Evidentemente, la vinculación de generaciones a este espacio ha desembocado en un sentimiento de territorialidad que deja entrever el orgullo de haber nacido en tierra americana. Esta vivencia local del "Resumen" ya se advertía en la obra anterior de Bello bajo la forma de una quiebra del molde de su poesía neoclásica. Naturaleza y hombres de las regiones tropicales han iniciado la paulatina sustitución de las alusiones a la mitología clásica:

Tú, verde y apacible ribera del Anauco para mí más alegre, que los bosques idalios y las vegas hermosas de la plácida Patos", (7)

A no dudar, esta marcha substitutiva se hace vertiginosa durante el exilio londinense cuando su poesía didáctica exalte los frutos de los territorios tropicales sobre los que se ha abatido el dictamen negativo de notables personalidades del pensamiento europeo. (8)

Desde muy temprano en el siglo XIX, se ha insistido en la influencia que el sabio Alexander von Humboldt tuvo en los medios culturales venezolanos. Su valorización de la naturaleza no europea, ajena a la de la histórica cuenca del Mediterráneo repercutió en la visión que los americanos tenían de su propio contorno. No sería correcto substraer a Bello de este marco de referencia general, tanto más cuanto que su contacto con el célebre naturalista se produjo en la adolescencia (9). Sin embargo, en el texto de Bello la valorización de la naturaleza envuelve un temple de mayor complejidad que el interés científico. El sentimiento de un jus solis creador, de una expectativa optimista del enfrentamiento del hombre y su medio ambiente en esas regiones de ultramar. Si lo denomináramos criollismo superaría su índole defensiva ante el peninsular en un presentimiento constructivo '' de pre-nación o nación para la cual ya existe un nombre: Venezuela (10).

Fuerte es la tentación de asociar esta prosa a las abundantes lecturas de un buen conocedor de los clásicos españoles. El eco de algunos tópicos insinúa, a primera vista, un paisaje ameno por cuya paz eclógica discurre el hombre americano:

"Nada hallaba en los valles de Aragua que no le inclinase a hacer más lenta su marcha por ellos: por todas partes veía alternar la elaboración del añil, con la del azúcar: y a cada paso encontraba un propietario americano o un arrendatario vizcaíno, que se disputaban el honor de ofrecerle todas las comodidades que proporciona la economía rural. A impulsos de tan favorables circunstancias se vieron salir de la nada todas las poblaciones que adornan hoy esta privilegiada mansión de la agricultura de Venezuela." (11)

Si bien el paseante goza del policromo espectáculo de los cultivos campestres en los valles de Aragua, el centro del texto lo ocupa la mención del trabajo humano incorporado a las producciones regionales: añil, azúcar. El paisaje se presenta sujeto a determinadas reglas de productividad para el aprovechamiento de sus recursos, en contraste con aquella "tierra, al hombre sometida apenas" de la "Alocución". La imagen de síntesis de "mansión de la agricultura" subraya el cierre del trozo con criterios demarcatorios; dentro del espacio, el repliegue a la construcción de una interioridad afectiva. El trabajo, la labor del vizcaíno o del americano, es el vínculo que define la apropiación efectiva del espacio para el hombre. De la nada surge un territorio domesticado, aglomeraciones urbanas, el perfil de un país:

"La Victoria pasó rápidamente de un mezquino pueblo formado por los indios, los misioneros, y los españoles, que se dispersaron en las minas de los Teques, a la amena consistencia que tiene actualmente: Maracay que apenas podía aspirar ahora 40 años a la calificación de aldea, goza hoy todas las apariencias y las ventajas de un pueblo agricultor, y sus inmediaciones anuncian desde muy lejos al viajero el genio activo de sus habitantes." (12)

La actividad agrícola derrama sus beneficios sobre otros pueblos: Guácara, San Mateo, Cagua y Guigue, y crea la animación en las riberas del lago de Valencia.

En esa economía rural, forjada por la laboriosidad de sus habitantes, las relaciones de producción encubren ciertas contradicciones. La principal se vislumbra en el texto en la oposición propietario americano/arrendatario vizcaíno que cristaliza en la estructura del texto la tensión criollo/peninsular tan decisiva en las postrimerías del imperio. Anotemos de paso que la permanencia y la propiedad en relación con el espacio aparecen como atributos del criollo y que para designar a este hombre nacido en el Nuevo Mundo se emplea la expresión genérica americano.

El texto muestra a un Bello que, en vísperas de los primeros gritos de independencia continental, se interroga por las relaciones entre naturaleza y sociedad en un territorio colonial. Domina la voluntad informativa que supera al regodeo de una descripción construida con afanes exclusivamente literarios. El territorio descrito es el de Venezuela, posterior a las reformas borbónicas y el estado de prosperidad anotado es consecuencia de los cambios en la gestión de la provincia introducidas por las políticas administrativas vigentes después de 1788:

"Todo varió de aspecto en Venezuela, y la favorable influencia de la libertad mercantil debió sentirse señaladamente en la agricultura. El nuevo sistema ofreció a los propietarios nuevos recursos para dar más ensanche a la industria rural con producciones desconocidas en este suelo." (13)

El lector actual queda con la sensación de haber trabado conocimiento con el período de transición de que hablan las investigaciones recientes (14). La Capitanía General de Venezuela surge del texto como un territorio sobre el que soplan vientos renovadores. La comparación del propio Bello es con una de esas sociedades que al "salir de la infancia no necesitan andaderas". ¿Son los síntomas de una modernidad que se abre paso en la sociedad venezolana? Si así fuera es preciso recordar que la Capitanía presenta un rostro dual. Una mixtura de formas de un pasado que se resiste a dejar la escena ejemplificadas en la Iglesia en sermones, objetos del culto o supersticiones o disputas bizantinas, y formas nuevas que lentamente buscan una vía de expresión en un proyecto político (15). Múltiples lugares del texto permitan aquilatar la sensibilidad de Bello hacia ese carácter transicional de su época. Verbigracia, la apreciación matizada que esboza respecto de la actividad desarrollada por la Compañía Guipuzcoana en la organización del espacio venezolano:

"La Compañía Guipuzcoana a la que tal vez podrían atribuirse los progresos y los obstáculos que han alternado en la regeneración política de Venezuela, fue el acto más memorable del reinado de Felipe V, en la América. Sean cuales fuesen los abusos que sancionaron la opinión del país contra este establecimiento, no podrá negarse nunca que él fue el que dio impulso a la máquina que planteó la conquista, y organizó el celo evangélico." (16)

El concepto de época de transición que emana del "Resumen" está en conexión con las mutaciones que ha sufrido el modo de producción imperial. El tratadista ve con claridad el lazo que va de lo económico a otros sectores de la vida y que prepara las infraestructuras de la producción cultural. Buena ilustración son sus observaciones acerca del café, producto que debido a los disturbios de la Isla Santo Domingo, llegó para su cultivo en Venezuela. El valle de Chacao se convirtió en el centro de dispersión de esta nueva riqueza vegetal:

"Bien pronto se vieron desmontadas, cultivadas y cubiertas de café todas las montañas y colinas, que conservaban hasta entonces los primitivos caracteres de la creación. La mano y la planta del hombre penetró y holló i por la primera vez las inaccesibles alturas que circunvalan la Capital de. Venezuela v así como los Valles de Aragua se vieron cubiertos poco antes con el lozano verdor del añil, aparecieron simétricamente coronadas de café las cimas y las laderas que habitaban los tigres y las serpientes." (17)

El territorio de Venezuela se destaca como el campo de acción de un modo de producción que determina las modalidades de relación del hombre con la naturaleza. La introducción y el cultivo del cacao son examinadas en función de las profundas consecuencias que tuvieron. Como a veces se ha señalado, su importancia para la economía de la Colonia sólo es comparable a la importancia que el petróleo tiene para la economía del siglo XX. El análisis de Bello considera un ámbito más amplio que el del territorio venezolano propiamente tal:

"México, La Habana y Puerto Rico, obtienen con más ventajas el cacao que se multiplica a impulsos de la exportación y el consumo que le procura la Compañía. Crece la población con los agentes, dependientes, empleados y trabajadores de Vizcaya y Canarias, nace la navegación y comercio de cabotaje, se mejora y propaga el cultivo de nuevas subsistencias, los americanos redoblan sus esfuerzos hacia un nuevo orden de prosperidad, multiplícanse las necesidades de todas las clases, y se facilita la comunicación interior con los reinos y provincias limítrofes. Santa Fe recibe por el Meta los ganados de los inmensos y feraces llanos de Venezuela, y envía sus esmeraldas y las producciones de su naciente industria, muy propias para las necesidades de un país naciente." (18)

La nueva entidad de nombre Venezuela ingresa al mundo con una base territorial, una naturaleza que el trabajo de sus habitantes ha transformado en espacios de productividad humana. La diversidad de esa naturaleza es fuente de regocijo y de una visión eufórica que reaparece, más tarde, en los textos londinenses. Así, reprocha el pensamiento europeo su ignorancia respecto del aporte de las provincias del Nuevo Mundo a la civilización:

"La Europa sabe por la primera vez que en Venezuela hay algo más que cacao, cuando ve llegar cargados los bajeles de la compañía, de tabaco, de añil. de cueros, de dividivi, de bálsamos, y otras preciosas curiosidades que ofrecía este país, a la industria, a los placeres y a la medicina del antiguo mundo." (19)

El modo de producción imperial define en el territorio venezolano, la relación sociedad/naturaleza y al mismo tiempo une su suerte a la de las demás sociedades americanas comenzando por el área más cercana. La aceleración del intercambio de los productos, la vinculación de las diversas regiones a determinados "polos de desarrollo" son las bases de una interdependencia objetiva que se afirma en el proceso de luchas de la emancipación. Bello reproduce esa interdependencia en sus silvas americanas de Londres trasladándola al plano de la producción cultural.

II. LA ORGANIZACIÓN DE LA CULTURA

El hombre que en 1810, comparte con Bolívar y Luis López Méndez las labores de la delegación venezolana ante el gobierno de su majestad británica es, si es lícito el anacronismo, un intelectual. Quizá, por primera vez, se produce en la historia de América Latina esta conjunción creadora entre agentes de la organización política y agentes de la organización cultural. En esos momentos augúrales, política y cultura son la misma cosa. Esta experiencia de Andrés Bello se suma, entre los años 1815 y 1823, al espectáculo de la lucha de esas endebles repúblicas americanas en su proceso de emancipación. De esta reflexión política, en el sentido aristotélico del término, se desprende después de 1823 un gigantesco proyecto de organización de la cultura que encuentra su campo de aplicación en Chile.

Bello escoge el instrumento de una publicación periódica para sus primeros pasos en materia de intervención. Es verosímil la hipótesis de que su evaluación del estado de la cultura en las nacientes repúblicas haya prevalecido en la elección de este medio de ejercer su acción eminentemente didáctica. Un detalle que no ha acaparado suficientes comentarios es que abandona Londres, a los cuarenta y ocho años de edad, sin haber publicado lo que en lenguaje técnico se denominaría un libro. No es de desestimar la desastrosa situación económica que, por lo menos hasta 1822, fecha de su nombramiento en el cargo de secretario interino de la legación de Chile en Londres, le habría impedido disponer de fondos para la edición de un volumen. Pero, al año siguiente, lo vemos en compañía del colombiano García del Río, en una empresa que desde el punto de vista económico, es más onerosa que la edición de un libro individual. Las 472 páginas del primer tomo de la Biblioteca Americana y las 60 del segundo prueban que el esfuerzo financiero de la "sociedad de americanos" patrocinadora sobrepasa al necesario para la edición de un volumen de versos o algunos de los estudios que Bello tenía avanzados, por ejemplo, el dedicado al poema del Cid. (20)

Desde el observatorio londinense, la revista se revela más útil para colaborar en la causa de la independencia aún no totalmente resuelta. Tanto la Biblioteca Americana como su sucesor de 1826, el Repertorio Americano, rigen su naturaleza por las necesidades de su eventual destinatario: el americano del exilio o el americano que ha luchado en las guerras de emancipación. El prospecto de la Biblioteca Americana que circuló en 1823 es bastante explícito:

"Nosotros, deseosos de cooperar a que se remueva de América la ignorancia, que es causa de toda esclavitud, y fuente perenne de degradación y de miseria; anhelando presentar a aquel pueblo las riquezas intelectuales de los pasados siglos para que él mismo prepare las del siglo futuro, nos hemos animado a emprender la redacción de un periódico, titulado la Biblioteca Americana." (21)

Puesto que se trata de un periódico cuya vocación es la de llevar adelante una pedagogía independentista. Bello y García del Río, que desechan toda aspiración a ganancias pecuniarias, no descartan la posibilidad de contar con apoyos institucionales en los nuevos países independientes. "Quedaremos satisfechos -declaran casi con ingenuidad- siempre que la aplicación de nuestros compatriotas y la aplicación de nuestros gobiernos proporcionen los medios de cubrir el costo". (22)

Por múltiples razones, entre las cuales las dificultades de comunicación no fueron las menores, estas esperanzas resultan fallidas. Pero la visión unitaria del proceso continental -"nuestros compatriotas", "nuestros gobiernos"- muestra hasta qué punto ha penetrado en el redactor, la experiencia de su participación en las batallas diplomáticas que han rodeado a las guerras de independencia. Aquellos perfiles nacionales que se acusan, con posterioridad a 1830, se diluyen en un esfuerzo y suerte comunes. El caso de su protector institucional, Antonio José Irisarri no es el de menor cuantía. Hombre de confianza del gobierno de Chile, reside en Londres, encargado de la legación, y gestiona en los círculos financieros ingleses el primer empréstito al estado chileno. No sin sorpresa. Bello se habrá enterado que, en el turbulento período que precedió a la caída de la Patria Vieja, este intelectual de origen guatemalteco ha ocupado durante algunos días la primera magistratura del país (23). Es pertinente deducir de esta amistad y de episodios similares una lección práctica de la interdependencia de las novísimas repúblicas.

Para la colonia de los americanos que, por motivos diversos, opera en Londres de los años veinte, el sueño bolivariano tiene una corporeidad que acrecientan la nostalgia y la distancia. En estas primeras publicaciones de Bello, la unidad del destinatario rehuye cualquier exclusivismo nacional:

Tendremos especial cuidado -advierte en el mencionado prospecto- en hacer que desaparezca de esta obra toda predilección a favor de ningún estado o pueblo en particular; no consideraremos exclusivamente en ella al colombiano, al argentino, al peruano, al chileno, al mejicano; escribiendo para todos éstos, la Biblioteca será eminentemente americana: habiéndonos propuesto comparecer ante la posterioridad, no habrá cabida en nuestra obra a lo que no sea de un interés primario y general." (24)

Al recorrer los artículos de la Biblioteca Americana y del Repertorio Americano se percibe lo que sus redactores consideran de "interés general" en los momentos que vive la cultura de la América española. Los tres cuadernos que componen sus respectivas secciones están concebidos en función de una transferencia de "los tesoros del ingenio y del trabajo". Se inserta en sus páginas todo lo que pueda "ser útil a América" en el dominio de las letras, de las ciencias de la naturaleza y de la tecnología. Hijas de su tiempo por su ambición enciclopédica, las revistas de Bello son también un espejo fiel de su personalidad: el amante de la sabiduría, por antonomasia.

Andrés Bello, heredero de la ilustración, tiene un concepto claro de las relaciones entre la producción cultural y la sociedad. A las motivaciones de la fe en el progreso a través de la educación, Arturo Uslar Pietri agrega que "las vigilias estudiosas" de Bello estarían destinadas a transmitir los conocimientos esenciales a aquellos "menos favorecidos que él" (25). El humanista confía en que la difusión de los saberes habrá de reflejarse en las instituciones sociales y hasta mezclarse "con el aire mismo que respiramos". A la inversa, en ningún momento desestima la influencia que las mutaciones sobrevenidas en otras esferas de la sociedad pueden ejercer sobre las producciones del espíritu. Así, por ejemplo, afirmar al revisar los trabajos virgilianos de Tissot:

"De la Harpe acá, hemos visto sobrevenir causas poderosas que han aguzado y desenvuelto la crítica, y dado a las costumbres y a la política un gran dominio sobre la literatura. Las crisis despiertan la atención del espíritu humano; obsérvase con ojos curiosos el progreso y la lucha incesante de las pasiones; y el hábito de pensar, unido a la necesidad de hacer uso de lo que se piensa, conducen a perfeccionar el arte de dar fuerza a la palabra. Los sucesos políticos, mudando la dirección de los espíritus, los aficionan a estudios serios." (26)

No sorprende, entonces, su receptividad para captar los fenómenos de la historia cultural y su capacidad para incorporarlos a su teoría. Sucede con la emigración española política, a la que frecuenta más asiduamente después de 1824. Entre las centenas de refugiados buena parte busca en Inglaterra el espacio de libertad que les niega la España de Fernando VII. En este inquieto grupo de intelectuales liberales. Bello recluta a algunos de los colaboradores más significativos del Repertorio Americano. Los nombres de Pablo Mendibil, de Mariano La Gasea y del bien conocido publicista Vicente Salva se asocian a los de los americanos. Bello tiene plena conciencia del significado de esta vinculación intelectual y de sus implicaciones para la organización de la cultura:

"La nación cuya lengua hablamos ha sufrido una crisis que ha dispersado en suelos extranjeros sus ingenios más esclarecidos, y allí, sin las trabas del doble despotismo político y religioso que los aquejaba, han ampliado la esfera de sus trabajos y los han puesto al nivel de los hombres superiores de los pueblos más cultos. Las otras repúblicas americanas han entrado también en la arena intelectual, y han dado ya a luz producciones que llevan el sello de la perfección, a que propenden en la época actual todos los esfuerzos del genio y de la razón". (27)

Se ha querido ver en este contacto con la emigración española, las razones de una inflexión importante en el pensamiento de Bello (28). En efecto, entre la "Alocución" y la "Silva a la agricultura de la zona tórrida" es dable documentar una modificación del tono. En el segundo poema, la postura ideológica exhibe un virgilianismo de mayor riqueza fundadora. Una visión más reposada y más extensa de la producción cultural americana en el flujo de la cultura de habla española. La influencia del medio inglés, naturalmente, no se detiene en los contactos que puedan establecerse entre exiliados españoles y americanos. Bello valora las condiciones políticas de la capital como lugar de producción de un discurso cultural que tiene el prestigio de la vieja Europa:

"Amando la libertad, escribiendo en la tierra clásica de ella y en el foco de la cultura intelectual, no nos sentimos dispuestos a adular al poder, ni a las preocupaciones. Nuestros conatos en una palabra, tendrán por objeto la difusión de los bienes verdaderos y sólidos que resultan de la ilustración racional." (29)

Pese a su carácter de centro de decisión, no está dispuesto a dispensarlo del examen atento de los merecimientos reales de su producción cultural. En este sentido su inserción en la vida intelectual inglesa tiene el carácter de un fructífero autodidactismo. En primer lugar, el conocimiento de las corrientes de pensamiento y de sus representantes. Una visión más amplia y completa del panorama internacional de expansión del capitalismo en sus inicios. Pero, sobre todo, la convicción, que repite en varias oportunidades, de que los países americanos deberán imitar el espíritu de la ciencia europea antes que su letra (30).

La mutación de fondo de las concepciones culturales de Bello no parece ser anterior a su tarea de encarar la organización de la cultura, en las condiciones de una formación social dependiente. Allí, en Chile de 1830, se realiza el tránsito de la especulación abstracta londinense a la práctica concreta necesaria en América. La teoría cultural se viste con la ropa de trabajo de la política cultural. Chile, uno de "nuestros gobiernos" de los que se esperó en vano el apoyo para las revistas londinenses, se ha interesado en contratar los servicios de este intelectual que cerca de la cincuentena temía dejar a sus hijos por única herencia "la mendicidad": Antes de la llegada del Maestro al país, las gestiones de Mariano Egaña han confirmado su vinculación con el aparato estatal (31).

Como en 1810, organización política y organización cultural aparecen estrechamente asociadas, con la diferencia de que en estos momentos se intenta completar, en el campo cultural, la independencia por la que se ha luchado en el campo político. Quien cantará a la poesía, exhortándola a desplazarse hacia la escena del nuevo mundo, se encuentra en junio de 1829, en una sociedad que no conoce, rodeado de una naturaleza que, si nos atenemos a algunas de sus primeras impresiones, lo hace añorar la de su territorio natal.

Por encima de enfrentamientos entre fracciones sociales, las clases dirigentes se plantean robustecer la autoridad del estado y dotarse de una institucionalidad que refleje sus intereses. Andrés Bello ha desembarcado en Valparaíso en momentos en que el sector más conservador de la oligarquía ha impuesto su hegemonía y prepara su pronta estabilización en el orden jurídico. Este erudito ponderado, que ha vivido casi veinte años en Londres, y que viaja con su mujer inglesa, viene precedido de una bien conquistada fama. Es presumible que su autoridad intelectual defina, desde las primeras horas de su llegada, el lugar de excepción que le concederá su patria adoptiva en este período de organización de la República.

En Chile de 1830, el americano genérico, ese destinatario privilegiado, al que se orientaban las revistas londinenses de Bello, se ha transformado en una pluralidad de hombres insertos en una estructura social rígidamente jerarquizada. El panorama intelectual poco halagüeño confirma las denuncias que ha formulado, en 1823, acerca de las consecuencias de la colonización:

"...es necesario confesar que en la generalidad de los habitantes de América no se encontraba cinco personas en ciento que poseyesen gramaticalmente su propia lengua, y apenas una que la escribiese correctamente. Tal era el efecto del plan adoptado por la Corte de Madrid respecto de sus posesiones coloniales, y aún la consecuencia necesaria del i atraso en que se encontraba la misma España." (32)

El proceso de trasferencia de los saberes choca con este primer escollo: en una demografía estrecha, la raquítica fracción social, capaz de servir de base a la formación de un intelectual. Por otra parte, como lo deja entrever todavía en 1843, en su Discurso de 3 instalación de la Universidad de Chile, la ideología del intelectual ciudadano no ha logrado desplazar en forma absoluta a la del intelectual súbdito, secuela del período colonial. En el centro de la percepción de la sociedad de Bello está su convencimiento de que las transformaciones de la emancipación han sido una revolución:

"La Europa recién convaleciente -escribe en 1838-del trastorno en que la Revolución Francesa puso casi todas las monarquías, encontró en la revolución de América del Sur un espectáculo semejante al que antes de los tumultos de París había fijado en la del norte, pero más grandioso todavía, porque la emancipación de las colonias inglesas no fue sino el principio del gran poder que iba a elevarse de este lado de los mares, y la de las colonias españolas debe considerarse su complemento." (33)

Cuando se termine la fase de destrucción de los resabios de coloniaje, la observación "descubriendo las inclinaciones, las costumbres y el carácter de nuestros pueblos" y la prudencia "combinando todos estos elementos" echarán las bases de "nuestra organización".

Enfrentando al problema de discriminar entre los componentes de esta sociedad concreta, los actores de la construcción cultural, recurre a las nociones de "los lectores inteligentes" o de "la gente educada" como en el Prólogo de su Gramática. Estas nociones operatorias ocultan una interpelación hacia el exterior de la clase dominante que lo acoge. Independientes del status social o económico, abren paso hacia una dinámica cultural de constante apertura sustentada en la labor, cada vez más amplia, de los aparatos educacionales. Agreguemos que ellas consideran la situación paralela de otros actores en el resto de las formaciones sociales de la América de habla española:

"Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispanoamérica".

El Estado es el instrumento capital de la intervención cultural de Bello. En sus diversos órganos ve la posibilidad de una extensión eficaz sobre el espacio territorial y una continuidad temporal imprescindibles para la magnitud de sus planes organizativos. Su función básica debe ser la de ayudar a cristalizar en la sociedad, a través de la educación, aquella "razón pública" que Bello envidia en los países de mayor riqueza histórica (34). Diversas áreas se enriquecen con sus trabajos destinados a asegurar las bases de esta intervención estatal. Así, entre otros, el sistema de enseñanza primaria, la judicatura, la circulación del material impreso, la codificación de la legislación civil, sin contar las lecciones que recibe la joven generación de intelectuales.

A no dudar, la Universidad será el aparato estatal cuya fundación y conducción resumirá mejor las concepciones de Bello. No en vano, el discurso de inauguración, pronunciado el 17 de septiembre de 1843, es considerado una pieza fundamental del pensamiento del humanista (35). El creador y primer Rector define allí las relaciones de autonomía de este órgano de docencia e investigación con los poderes constituidos. Al referirse a su Ley orgánica señala su confianza en que esa estructura académica, "bajo la influencia de la libertad" aumentará el caudal de la ciencia y el talento ya existentes en el país. Subraya su necesaria vinculación a los problemas de la sociedad chilena: 'Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos convergen a un centro: la patria". En tanto establecimiento de altos estudios fundado en una formación social dependiente, pone en guardia a sus miembros respecto de una aceptación servil de los resultados sintéticos de la ciencia europea si no se intenta la absorción de su metodología. En suma, se trata de un programa dirigido a la formación del intelectual ciudadano, como agente productor y no sólo reproductor de las ciencias y las letras.

La inserción de la formación social en el orden internacional plantea, también, otros problemas del Estado. Falta la experiencia y se carece de un conjunto de principios claros y definidos que regulen las relaciones con las repúblicas latinoamericanas y, en particular, con los países que ya se encaminan por la vía del modo de producción capitalista. Así se explica que este Oficial Mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores haya dedicado su primer libro impreso en Chile a los problemas del Derecho Internacional (36).

III. EL PROBLEMA DE LA LEGITIMACIÓN CULTURAL

No podía escapar al rigor constructivo de Bello que la organización de una cultura individualizada, en los nuevos países, necesitaba asentarse sobre bases que tuvieran la solidez de las que sirven de fundamento a la cultura del Viejo Mundo.

Estos fundamentos no deberían reproducir servilmente al modelo, sino ser el resultado de una evaluación creadora de las condiciones reales de las sociedades nacientes. Su meditación se orienta, entonces, a definir el sistema de referencias necesario para la legitimación de la producción cultural de las nuevas repúblicas.

La producción cultural de estos países que comienzan su proceso de emancipación en el siglo XIX tiene el factor cronológico en su contra. La sazón y madurez que el paso del tiempo ha depositado en las calles de Londres o París están ausentes de las de Caracas o Santiago. Hay una motivación de fondo y ella es de carácter colectivo:

"En los pueblos que gozan de una civilización antigua, la razón pública se ha formado por la lenta acción de los siglos, y sufriendo grandes intervalos en los cuales los extravíos y los errores han ocupado el lugar de la sensatez y de la verdadera cultura. La perfección presente supone la asidua labor de la experiencia y ésta no se forma sino con escarmientos y retracciones." (37)

La dependencia colonial, además, no ha contribuido a crear una atmósfera positiva imprescindible para el surgimiento de esa "razón pública". Los tres siglos de dominio español y el pupilaje a que América se hallaba sometida han tenido como consecuencia su inexperiencia en el manejo de los asuntos de interés público. Todavía en la década de 1830, en pleno período de organización de las instituciones republicanas. Bello debe responder a quienes, en el extranjero se muestran escépticos acerca de las aptitudes de los americanos para el ejercicio de las "instituciones libres".

"Según ellos, -escribe en 1836- los principios representativos, que tan feliz aplicación han tenido en los Estados Unidos, y que han hecho de los establecimientos ingleses una gran nación que aumenta diariamente en poder, en industria, en comercio y en población, no podían producir el mismo resultado en la América española." (38)

La inserción en un mundo que tiene siglos de desarrollo cultural sitúa a la producción cultural de los países americanos en posición de aprendizaje. Hay un saber acumulado que pertenece a la humanidad y en el cual los pueblos jóvenes pueden y deben reflexionar. Un hecho histórico, el de la conquista y colonización por el imperio español, exige comenzar por la indagación de esas raíces. Tal es el origen de sus investigaciones filológicas, comenzadas en Londres, acerca de los monumentos de la épica medieval española o de fenómenos como la rima asonante.

Sin embargo, el carácter de discípulos con que los países americanos ingresan a la escena cultural no significa aceptación ciega de leyes o principios para la producción cultural. El largo estudio que dedica a La Araucana de Ercilla, en 1841, ilumina acerca de la actitud de fondo de Bello respecto de cómo entendía el estudio de sus clásicos y cuál era el tipo de enseñanza que de allí se proponía obtener:

"Nuestro siglo no reconoce ya la autoridad de aquellas leyes convencionales con que se ha querido al ingenio a caminar perpetuamente por los ferrocarriles de la poesía griega y latina. Los vanos esfuerzos que se han hecho después de los días del Tasso para componer epopeyas interesantes, vaciadas en el molde de Hornero y de las reglas aristotélicas, han dado a conocer que era ya tiempo de seguir otro rumbo. Ercilla tuvo la primera inspiración de esta especie, y si en algo se le puede culpar, es en no haber sido constantemente fiel a ella." (39)

Algunas ventajas derivan, también, de esta situación advenediza de los pueblos jóvenes de América. La historia cultural de la humanidad nos ha ahorrado muchos esfuerzos: "todos los pueblos del mundo que han figurado antes que nosotros en la escena del mundo trabajan para nosotros", dice en un comentario acerca del Código Civil. Además, la debilidad de los marcos culturales o su carácter menos constrictivo que en Europa obran en el sentido de conservar una dosis de espontaneidad que, bajo ciertas condiciones, favorece a la producción cultural.

"Tenemos, por así decir, una virginidad de impresiones muy favorable al desarrollo de nuestras aptitudes literarias". En términos generales, el terreno relativamente poco trabajado en América se presta como un excelente campo de experiencias en el buen sentido del término. Los resultados de una larga elaboración teórica de la cultura de los países europeos pueden ser objeto de una aplicación local y encontrar menores resistencias en estos países en que está todo por hacer.

América española ha llegado tarde al banquete filosófico. La historia ha conocido otros casos de inserción relativa en un orden cultural preestablecido. Es imprescindible para los intelectuales de estas nuevas naciones buscar en las largas líneas temporales las enseñanzas necesarias para su orientación. Bello se inclina, una vez más, sobre los ejemplos de la Antigüedad clásica. Su lectura de los venerables textos se sitúa en el nivel de una apreciación global desde | una perspectiva americana de asimilación cultural, se aproxima en 1 ellos a una noción de dependencia cultural, aleccionadora en relación con la situación que viven las formaciones sociales americanas:

"Es una especie de fatalidad la que subyuga las naciones que empiezan a las que las han precedido. Grecia avasalló a Roma; Grecia y Roma a los pueblos modernos de Europa, cuando en ésta se restauraron las letras, y nosotros somos ahora arrastrados más allá de lo justo por la influencia de Europa a quien, al mismo tiempo que nos aprovechamos de sus luces, debiéramos imitar en la independencia de pensamiento" (40).

Buen mentís para aquella imagen que se quiso difundir durante su vida de un profesor enredado en el conservantismo neo-clásico. Sorprende su reproche a la vida intelectual del Renacimiento por su admiración excesiva hacia los modelos clásicos. Sus observaciones iluminan, también, el problema más general de la actitud de los nuevos países hacia los países que se consideran más adelantados.

La inserción obligada de los países americanos en una órbita cultural a la que, bajo muchos aspectos, debe imitarse, permite aprovechar de una acumulación, de conocimientos que, en el caso de Chile, encuentra, según Bello, en la Universidad el centro de divulgación que derramará sus beneficios hacia todas las capas de la población.

Hay una realidad ineludible que América Española debe encarar desde su posición de aprendizaje. Se trata de algunos puntos geográficos que concentran una suma de mayor poder cultural. Ciudades del mundo como Londres y París, por la densidad y animación de la vida cultural, ejercen un magisterio incontrovertible en sus propios países y, naturalmente, una fascinación hacia los países que ingresan a la vida independiente. La atracción que tienen estos centros de decisión cultural no es un misterio para Bello. Sus diecinueve años en una de las principales capitales del mundo desarrollado lo han hecho admirar la atmósfera de libertad que favorece el florecimiento de la vida del espíritu y la eficacia de las instituciones que canalizan las labores de la producción cultural:

"En el estado presente de América y Europa, Londres es acaso el lugar más adecuado para la publicación de esta obra periódica. Sus relaciones comerciales con los pueblos trasatlánticos le hacen en cierto modo el centro de todos ellos; y los auxilios que la circulación industrial suministra a la circulación literaria son demasiado obvios para que sea necesario enumerarlos. Pero Londres no es solamente la metrópoli del comercio: en ninguna parte del globo son tan activas como en la Gran Bretaña las causas que vivifican y fecundan el espíritu humano; en ninguna parte es más audaz la investigación, más libre el vuelo del ingenio, más profundas las especulaciones científicas, más animosas las tentativas de las artes. Rica en sí misma reúne las riquezas de sus vecinos; y si en algún ramo de las ciencias naturales le cede la palma de la invención o de la perfección, hace a todos ellos incomparable ventaja en el cultivo de los conocimientos más esencialmente útiles al hombre y que más importa propagar en América." (41)

No obstante, su visión es lúcida cuando se trata de decidir en qué ciudad se va a establecer la representación diplomática más importante de Chile: ¿Londres o París? En el debate del Senado en la sesión del 7 de agosto de 1847, Andrés Bello aduce las razones de interés para Chile que aconsejan establecerla en la capital de Francia (42).

En otra oportunidad, en el curso de una polémica señala con particular fuerza los inconvenientes de un traslado mecánico de las enseñanzas del circuito cultural francés:

"Una máquina puede trasladarse de Europa a Chile y producir en Chile los mismos efectos que en Europa. Pero la filosofía de la historia de Francia, por ejemplo, la explicación de las manifestaciones individuales del pueblo francés en las varias épocas de su historia, carece de sentido aplicada a las individualidades sucesivas de la existencia del pueblo chileno. Para lo único que puede servirnos es para dar una dirección acertada a nuestros trabajos, cuando a vista de los hechos chilenos, en todas sus circunstancias y pormenores, queramos desentrañar su íntimo espíritu, las varias ideas, y las sucesivas metamorfosis de cada idea, en las diferentes épocas de la historia chilena." (43)

Bello repite incansablemente que la organización de la cultura de un país joven debe responder a las necesidades y recursos de esa sociedad desde la Constitución y las leyes que rigen su vida pública hasta la investigación y creación que llevan adelante sus intelectuales. El sistema que preconiza es el de una disponibilidad universal ante todas las posibles fuentes del saber exteriores. Sus procedimientos de trabajo para la asimilación crítica de los elementos válidos de una cultura extraña obedecen a un esquema simple. La base está constituida por una evaluación muy cuidadosa de la necesidad cultural, luego una revisión de las soluciones que el problema ha tenido en los países más desarrollados. Una reflexión comparativa abre paso a la elección de la solución que se estima más adecuada. El criterio de verdad se funda en la aplicabilidad y eficacia a las condiciones sociales y culturales de América Española. Una ilustración pertinente de esta modalidad puede ser el artículo acerca de los derechos de autor publicado en El Araucano en 1848. Después de poner el tema sobre el tapete, plantea el estado de la cuestión en Chile:

"Tenemos una ley, primer ensayo sobre esta materia difícil. Sus provisiones son bastantes juiciosas y liberales, pero, para el estado presente, dejan algo que desear. La calificación de las obras que la imprenta chilena publique y el privilegio más o menos amplio de que hayan de gozar los escritores, según los elementos de originalidad y trabajo que se hayan empleado en ellas y los medios legales de hacer efectivo el privilegio, ofrecen cuestiones delicadas. Invocamos la atención de nuestros colegas a este asunto que personalmente les concierne y que interesa no poco al fomento de nuestra literatura naciente." (44)

Inicia, entonces, una revisión rápida de las reglamentaciones en uso en otros países para que de allí se pueda extraer "lo que haya en ellos más aplicable a la situación presente de Chile". Precisa, después, sus fuentes de información y señala sus limitaciones. Los ejemplos pertenecen a la legislación de Inglaterra, Estados Unidos, Países Bajos, Prusia, otros estados alemanes. Rusia, Austria y Francia. Somete estas disposiciones a un balance crítico y finalmente manifiesta sus preferencias. Una segunda parte del artículo expone las bases doctrinarias de una propuesta de reglamentación que contempla las cuestiones de calificación de la obra, organismo calificador, la duración de los derechos y las sanciones de los delitos contra la propiedad. Fácil es advertir que la preocupación dominante de Bello, en esta materia, es la de evitar que después del desmembramiento del imperio la anulación de España como normatividad pueda ser reemplazada por otros centros de decisión cultural. Por lo demás, las ' publicaciones londinenses habían sido un buen ejemplo de la disponibilidad en la elección de modelos e influencias. En los cuadernos que reseñan los prospectos se acogen artículos producidos j en las principales lenguas europeas, pero también ocupa el lugar de honor la información acerca de América con una distribución geográfica de la máxima amplitud.

La reflexión sobre la lengua española es de lejos uno de los temas que predominan en la teorización cultural de Andrés Bello. Amado Alonso, que ha explicado con maestría la intimidad del pensamiento lingüístico del humanista, señala que los móviles de esta preocupación se encuentran en la familiaridad de Bello con los temas del pensamiento enciclopedista. Las cuestiones del lenguaje, escribe Alonso, interesaron a "los principales promotores de aquella cultura". En efecto, el chileno-venezolano cita a Roussseau para respaldar sus opiniones acerca del valor del lenguaje. "Uno de los estudios que más interesan al hombre es el del idioma que se habla en su país natal. Su cultivo y perfección constituyen la base de todos los adelantamientos intelectuales". Bello tiene la certeza de que el español se impondrá definitivamente como lengua dominante en las diferentes formaciones sociales de América. Constata que desde la conquista "se han ido perdiendo lentamente las lenguas aborígenes", y que pese a algunos focos de tribus independientes "la lengua castellana es la que prevalece en los nuevos estados que se han formado de la desmembración de la monarquía española".

Según se colige de la datación que insinúa para su trabajo Análisis ideológica de les tiempos de la conjugación española sus concepciones acerca del idioma formaban parte de su repertorio de ideas en Caracas. Pero podemos suponer que el exilio londinense ha influido, como todo alejamiento del medio lingüístico materno, a agudizar sus inquietudes respecto de los factores necesarios para la conservación y pureza del idioma. El resultado se obtuvo en dos planos fundamentales: uno teórico, destinado al examen de los principios generales de la lengua y otro práctico destinado a afinar la utilización de ese precioso instrumento por parte de los usuarios americanos. En ambos casos, está presente el objetivo de facilitar el desarrollo cultural del ciudadano de las nuevas repúblicas americanas.

En la búsqueda de un sistema de referencias que permita fundar el juicio del valor acerca de la producción cultural de la América independientes se cuenta con la herencia cultural de los pueblos que nos han precedido y con la experiencia de aquellos pueblos más adelantados. Sin embargo, nada puede suplantar al conocimiento minucioso de la realidad de la formación social respectiva. Hablando de los progresos realizados por algunos pueblos extranjeros, progresos "que aprovechan a todos los pueblos" advierte:

"¿De qué hubiera servido toda la ciencia de los europeos para darla a conocer, sin la observación directa, la distribución de nuestros montes, valles y aguas, las formas de la vegetación chilena, las facciones del araucano, del pehuenche? De muy poco sin duda. Pues otro tanto debemos decir de las leyes generales de la humanidad. Querer deducir de ellas la historia de un pueblo, sería como si el geómetra europeo, con el solo auxilio del teorema de Euclides quisiera formar desde su gabinete el mapa de Chile." (45)

Alguna vez Menéndez Pidal observó en Bello la ausencia de a prioris en su labor intelectual. En pocos pensadores latinoamericanos se da este desvelo por lograr una adecuación perfecta entre la teoría y la práctica en la que la prueba decisiva es la aplicabilidad del conocimiento a una realidad social nueva. Bello está convencido que sólo esta vía puede llevar a una organización estable de nuestras repúblicas, lo repite en reiteradas oportunidades a lo largo de sus textos:

"Obstáculos que parecen invencibles desaparecerán gradualmente: los principios tutelares, sin alterarse en la sustancia, recibirán en su forma externa las modificaciones necesarias, para acomodarse a la posición peculiar de cada pueblo; y tendremos constituciones estables, que afiancen la libertad e independencia, al mismo tiempo que el orden y la tranquilidad, a cuya sombra podamos consolidarnos y enriquecernos." (46)

El sistema de valores a que podrá remitirse, entonces, la producción cultural de los países americanos reposa en el conocimiento de un factor decisivo: la especificidad de la formación social respectiva, esa peculiaridad de la que habla Bello y al servicio de cuya dilucidación puso su formación intelectual. La tarea de un productor cultural se ve con más claridad después de esta conclusión. No puede ser otra que la de luchar por la universalización de esa peculiaridad de una formación social dependiente en el marco de la cultura internacional, en suma, legitimar su propia independencia cultural:

"Si queréis que vuestro nombre no quede encarcelado entre la cordillera de los Andes y el mar del Sur, recinto demasiado estrecho para las aspiraciones generosas del talento, si queréis que os lea la posteridad, haced buenos estudios, principiando por el de la lengua nativa. Haced más: tratar asuntos dignos de vuestra patria y de la posteridad. Dejad los tonos muelles de la lira de Anacreonte y de Safo; la poesía del siglo XIX tiene una misión más alta. Que los grandes intereses de la humanidad os inspiren." (47)

El círculo se cierra: Bello piensa que la invitación a la poesía, formulada en Londres en 1823, comienza lentamente a dar sus frutos.

CONCLUSIONES

Una vieja humorada, surgida posiblemente en los círculos de especialistas de Bello, lo describe como un hombre de letras que nació en Caracas, estudió en Londres, enseñó en Chile y fue estudiado en Colombia. Quizás valga la pena retener la ubicuidad americana que le atribuye la anécdota y esas tres etapas de perfiles diferenciados de su biografía en perseverante dilucidación por sus discípulos: Caracas 1781-1810, Londres 1810-1829 y Chile 1829-1865.

Entre los extremos de este desplazamiento en la geografía americana encontramos un tránsito intelectual que se inicia y termina en casas del saber. Si Caracas con su Pontificia Universidad le entrega lo mejor que las postrimerías del imperio español, después de las reformas borbónicas, pueden ofrecer; la mano de Bello, en 1843, firma el proyecto de fundación de la Universidad de Chile que decreta la muerte -la prudencia habla de refundación- de la contrarrevolucionaria universidad colonial de San Felipe. Es cierto, del estudiante venezolano al insigne Rector de la Universidad de Chile median las febriles lecturas del British Museum, la frecuentación de intelectuales americanos y españoles en Hampstead Road, el conocimiento personal de los filósofos escoceses. Sin embargo, la vivencia de la lejana América es el tema omnipresente y omnipotente de su formación. Desde los informes que, con su letra menuda, redacta en 1810, su experiencia casi no interrumpida en los asuntos políticos de las repúblicas nacientes lo entera de las dificultades de su inserción entre las orgullosas naciones que inician el desarrollo capitalista.

Los años de meditación de Londres conducen al intelectual educado en la sociedad colonial venezolana a una teoría global del fenómeno de la cultura en América. Desde este observatorio privilegiado, su espíritu enciclopédico vislumbra la necesidad de establecer un sistema de intervenciones adecuado para la trasferencia de la porción válida de la cultura europea a las jóvenes repúblicas. Teoría elaborada en Londres, pero formulada desde el punto de vista de un intelectual ciudadano de aquella Romanía mestiza cuyo desmembramiento teme por la separación espiritual que pudiera entrañar.

El traslado definitivo a Chile lo enfrenta con los problemas de una formación social que, habiendo sacudido el dominio colonial, ocupa gradualmente un lugar subordinado en el nuevo orden económico internacional. Esta nueva dependencia plantea, en primer término, definir el rumbo de la organización cultural en el panorama de las repúblicas latinoamericanas. Luego, abordar el conjunto de complejos, problemas de articulación de esa cultura en el orden internacional creado por la expansión mundial del modo de producción capitalista. Situada en el umbral de una etapa histórica de los países latinoamericanos, su solución es una síntesis genial de un pensamiento moderno y de las necesidades de una sociedad dependiente. La evaluación cuidadosa de esas necesidades y de los recursos disponibles, la prudencia en la organización de las instituciones y el rigor impuesto sobre la producción intelectual son atributos de su política cultural.

En su labor de organización y en sus escritos hallamos una respuesta optimista a la función que las superestructuras ideológicas e institucionales pueden cumplir aún con las restricciones de la dependencia. Si el saber, a través del Estado y de los aparatos culturales, se difunde a sectores más amplios de la sociedad, los países jóvenes llegarán a detentar esa "razón pública" de los países modelos. El intelectual podrá desempeñar, así, plenamente su tarea liberadora y preparar las bases de la autonomía cultural de las respectivas repúblicas.

La personalidad y la obra de Andrés Bello sobrepasan de lejos el proyecto político de las clases dominantes chilenas que lo acogieron en la primera mitad del siglo XIX. Más allá de una oligarquía que, en un territorio circunscrito, organizaba sus instituciones, las lecciones de Bello conservan vigencia para la teoría de la cultura. En las repúblicas latinoamericanas, casi sin excepción, el observador aún no ve cumplidos el anhelo de independencia -de "mayoría intelectual" diría don Pedro Henríquez Ureña- ni las metas educacionales internas a que convocó la política cultural de Bello.

A doscientos años de su nacimiento, Andrés Bello pertenece a los intelectuales y las clases sociales que luchan por completar la obra de independencia de los libertadores.


Notas:

1. Andrés Bello. Poesías. Obras Completas. Caracas, Ministerio de Educación, 1952, Página 43 y 44. En nuestro trabajo seguiremos utilizando esta edición de las Obras de Bello.

2. Para los hechos relativos a esta vinculación amistosa de Bello puede consultar Guillermo Feliú Cruz. Andrés Bello y la redacción de documentos oficiales administran vos interministeriales y legislativos en Chile. Caracas, Bib. de Tribunales, 1957, 332 pp.

3. O. C..Tomo IV. 1951. p. 11.

4. O. C. Poesías. 1951, p. 49.

5. O. C., Tomo XIX, 1957, p. 49. El erudito Pedro Grases informa del hallazgo de ^te texto en 1948. Por mucho tiempo se había considerado extraviado hasta que se encontró un ejemplar de el Calendario. Manual y Guía Universal de Forasteros para el ano de 1810. en la Biblioteca British Museum.

6. Fernando Paz Castillo. "Introducción a la poesía de Bello", O. C. Poesías I, 1951. Página XLVII.

7. O. C. Poesías I, 1951, p. 5.

8. V. Antonello Gerbi, La disputa del nuevo mundo. F.C.E., México, 1960, en particular la reseña que hace de las opiniones de Buffon.

9. El documentado trabajo del profesor Charles Minguet sobre Humboldt que, entre I otros excelentes aportes, examina las relaciones del sabio con las élites criollas y dedica un acápite especial a las de Humboldt y Bolívar, no menciona a Andrés Bello en su índice de personas citadas en el texto y en las notas.

Charles Minguet. Alexandre de Humboldt. Historien el géographe de 1'Amérique espagnole (1799-1804). París, Francois Maspero, 1969, p. 694.

10. Parece legítimo comparar ese sentimiento con aquel que descubre Miguel Batllori en los intelectuales jesuitas expulsados. Para el historiador representan una "fase regionalista pre-nacional". Miguel Batllori, La cultura hispano-italiana de los jesuitas expulsos. Gredos, Madrid, 1966, p. 578. Su conclusión sobre el particular es sugestiva: "Si no hubieran venido, desde fuera, la independencia de las colonias inglesas, la revolución de Francia y la invasión napoleónica en España, lo más probable es que los pueblos hispanoamericanos, antes de alcanzar la plena independencia, hubieran desarrollado un regionalismo cultural semejante, con planteamiento político también, forzosamente, pero que les hubiera dado tiempo -tal vez medio siglo- para crear una cultura diferencial, base de su definitiva autonomía". Es a nuestro entender, la tarea que, en las condiciones más difíciles, se propuso y llevó adelante Bello en el sentido de superar el regionalismo cultural para plantearse la idea de una independencia cultural de América.

11. O. C. Tomo XIX. 1957. p. 49.

12. Ibid.. p. 49.

13. Ibid.. p. 52.

14. "Es un período de transición, escribe Orlando Araujo, entre dos siglos (XVIII y XIX) cargado de una especial significación histórica como encrucijada entre la caída del imperio español y la emancipación de las colonias hispanoamericanas". En relación con Bello, estima que representa esa transición desde el punto de vista literario y lingüístico.

Consúltese: Orlando Araujo, "La economía venezolana en la época caraqueña de Andrés Bello", en: Revista nacional de Cultura. N. 241, pp. 131-150.

15. Un buen análisis de la lucha entre esta modernidad y formas del pasado, en Elías Pino Iturrieta, "1750-1810: un período de cambios en la mentalidad venezolana", en:

Revista Nacional de Cultura. N. 241, pp. 197-226.

16. O.C. T. XIX. 1957, p. 48.

17. Ibid.. p. 52-53.

18. Ibid.. p. 50.

19. Ibid.. p. 50.

20. V. Pedro Grases. Tiempo de Bello en Londres y otros ensayos. Caracas, Ministerio de Educación, 1962.

21. Reproducido en op. cit.. p. 168.

22. Op. cit., p. 168.

23. Una interesante información, obtenida de primera mano, sobre la persona de Irisarri está contenida en el libro de Antonio Batres Jáuregui, Literatos guatemaltecos. Landívar e Irisarri. Tipografía Nacional, Guatemala. Entre las páginas 150 y 154 cita algunos aspectos biográficos de su permanencia en Chile, las dignidades que ocupó en el país y menciona a Gay, Barros Arana y Amunátegui como algunas de las personas que emitieron opiniones positivas acerca del guatemalteco.

En cuanto a sus relaciones con Bello, escribe: "Sucedió que estando Irisarri de plenipotenciario y enviado extraordinario en Londres, tuvo ocasión de conocer y apreciar a don Andrés Bello, a quien nombró secretario de la legación de Chile, cargo que hubo de servir como correspondía a su esclarecido nombre...". Ibid. p. 156. Batres atribuye a Irisarri la "idea de enviar a aquel sabio a la nueva república", y declara que fue "un servicio inmenso, entre los otros muy grandes que le prestó". Ibid., p. 157.

24. V. Pedro Grases, op. cit.. p. 171.

25. Arturo Uslar Pietri. "Los temas del pensamiento critico de Bello", in O. C., Tomo IX. 1956. p. XI.

26. O. C. T. IX. p. 218.

27. Seguimos el criterio de los estudiosos venezolanos en cuanto a la atribución a Andrés Bello de este trabajo, que no figuraba en la edición chilena de las Obras Completas. Andrés Bello. "Poesías de J. Fernández Madrid", in: Obras Completas. Tomo IX, pp. 289-298.

28. Emir Rodríguez Monegal sostiene esta tesis en su libro El otro Bello.

29. El texto pertenece al Prospecto de la Biblioteca Americana.

30. Una de las formulaciones más claras de este pensamiento está en su Discurso de instalación de la Universidad de Chile.

31. Un resumen de las relaciones entre Egaña y Bello y de éste con Bolívar, en los momentos que precedieron su viaje a Chile, puede encontrarse en Raúl Silva Castro, Don Andrés Bello. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1965.

32. "Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar y uniformar la ortografía", in Repertorio Americano, oct., 1826.

33. "Las repúblicas hispanoamericanas", en El Araucano. Santiago, 1836, reproducido por Pedro Grases, Antología de Andrés Bello, Seix Barral, Barcelona, 1954, páginas 203-207.

34. Esta noción de "razón pública" aparece en el artículo de Bello acerca de la poesía de Fernández Madrid. Grases considera este artículo "la más profunda meditación sobre el rumbo que debían tomar las sociedades americanas para edificar la propia cultura".

35. "Discurso pronunciado en la instalación de la Universidad de Chile", publicado . en El Araucano. Oct., 1843. Cf.: Pedro Grases. Antología... pp. 95-109.

36. O. C. Tomo X, 1954. La primera edición apareció en Chile en 1832, con el título de Principios del derecho de Gentes.

37. "Poesías de D. J. Fernández Madrid", in O. C.. T. IX. p. 291.

38. "Las repúblicas hispanoamericanas", Pedro Grases, Antología, p. 204.

39. O. C.. T. IX. 1956. pp. 359-360.

40. Este texto pertenece al articulo "Modo de estudiar la historia", publicado en El Araucano del 4 de febrero de 1848. O. C.. T. XIX. p. 250.

41. Prospecto del Repertorio Americano, V. Pedro Grases. Tiempo de Bello en Londres y otros ensayos. Caracas, Ministerio de Educación, 1962, p. 173.

42. O. C., T. XVII, pp. 409-417.

43. "Modo de estudiar la historia", in O. C.. T. XIX. p. 237.

44. "Derechos de autores", in El Araucano. 1848. V. Pedro Grases Antologías página 211.

45. "Modo de escribir la historia", in O. C.. T. XIX. p. 238.

46. "Las repúblicas hispanoamericanas", in Pedro Grases. Antología.... p. 206.

47. "Discurso de instalación de la Universidad de Chile", in Pedro Grases. Antología..., p. 108.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03