Soledad Bianchi & Hernán Loyola

POESÍA CHILENA: LA RESISTENCIA Y EL EXILIO

Soledad Bianchi L.

Cuando este presente se nos haga pasado y el futuro de hoy se nos transforme en presente, cuando estemos de nuevo en el Chile que quisimos y que se nos esfumó por un tiempo pero que recuperaremos, tendremos que comenzar a (re) integrar distintos momentos, distintos espacios, distintos tiempos; llenar los silencios de instituciones y personas; ceder la palabra a los que callaron para siempre o por un momento. Tendremos que llenar un vacío, enlazar lo interrumpido para lograr una visión de conjunto, para obtener el transcurso que quisieron quebrar definitivamente. Tendrán que desaparecer las divisiones --que nunca existieron-- entre el Chile de dentro y de fuera porque el Chile desterrado, lejos de sus fronteras, disperso por el mundo, siempre estuvo y está sentimental y solidariamente allá.

Tendremos que conocer y dar a conocer, aprender y mostrar y, así, se irá configurando la vida de un país que desde el 11 de septiembre de 1973 han querido partir en dos y repartirse entre unos cuantos. Triturado económicamente, roto socialmente, silenciado políticamente, la cultura ha recibido estos ecos y oficialmente se ha anunciado un "apagón".

La literatura chilena es, ahora, una literatura quebrada y entonces, mañana, deberemos unir la literatura del exilio, la literatura clandestina y la literatura que aparece públicamente en Chile e integrarla en una para que sepamos qué y cómo fue la literatura chilena que se produjo durante el fascismo.

Los pocos autores chilenos que publican en nuestro país no pueden expresarse como quisieran: se autocensuran y, además, los censuran. Pero de la limitación, nuestro arte se enriquece porque lo que el escritor hace --si quiere referirse a la realidad presente-- es hablar velada y sugerentemente utilizando imágenes poéticas muchas veces más expresivas y ricas que la evidencia. Y si un chileno quiere decir lo que realmente sucede en su país, borra su nombre y en copias manuscritas, escritas a máquina o mimeografiadas echa a volar la acusación, el homenaje al perseguido o la promesa y esperanza del cambio. Por razones obvias, entonces, sólo pueden hablar abiertamente los artistas exiliados y la literatura chilena se hace testimonio de la prisión o de la clandestinidad y no olvida nunca acusar y mostrar el presente para acabar con el dolor. La literatura chilena expresa hoy mejor los problemas chilenos porque se ha adentrado como nunca en la realidad nacional. Y toda esta literatura tiene elementos testimoniales porque el testimonio es un género que se hace indispensable en ciertos momentos históricos que necesitan darse a conocer más que otros por su grandeza --como los testimonios sobre la Revolución Cubana-- o por la brutalidad con que se rompe, se deshace, se extingue, se mata --como en el caso de la dictadura chilena.

En el acercamiento de la literatura producida en esta época estarán presentes y ayudarán a componer el panorama de conjunto, la poesía, el cuento, la novela y el teatro publicado o inédito, representado o silencioso, de autor ignorado o conocido, obra personal o colectiva.

Dentro de la poesía jugarán un papel importante las antologías. En el exilio, numerosas son las que recogen diversos materiales dispersos y de difícil acceso, desgraciadamente en casi todas ellas hay nombres o poemas que se repiten una y otra vez limitando, así, un conocimiento más amplio de lo que es la poesía chilena de hoy. Una de estas primeras antologías fue Chile: poesía de la resistencia v del exilio recogida por Omar Lara y Juan Epple, y que se comenta más adelante; la siguieron algunas como Los poetas chilenos luchan contra el fascismo con selección y prólogo de Sergio Macías (1), Chile: poesía de las cárceles y del destierro (2) que se separa de las anteriores por su originalidad, consecuencia de su propósito: dar a conocer textos, poemas y canciones escritas por militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) o que se refieren a ellos o a sus acciones; La libertad no es un sueño (3) y otras en diferentes países e idiomas y de diferentes magnitudes, tamaños y propósitos.

Casa de las Américas (4), Europe (5), literatura Chilena en el Exilio (6), El barco de papel (7), Araucaria y otras revistas en distintas lenguas y latitudes han dado la palabra a la poesía chilena que en voces nuevas o ya conocidas sigue hablando de su realidad.

Hace poco apareció en Italia, La sangre y la palabra (8) que antologa 62 poemas de autores chilenos, publicados en italiano y español en una edición a cargo del profesor Ignazio Delogu.

Dos partes, dos nombres separan la palabra de las cárceles y la palabra que nace en el exilio pero que aquí habla sólo de la represión: la de la prisión. La tortura o el exilio ("el exilio también tiene barrotes" ha recordado Mario Benedetti). ¿Por qué separar, entonces, dos momentos de una poesía que se quiere testimonial, que se quiere recuerdo, que se alza contra el olvido aunque nazca en libertad y en tierra ajena?

La primera parte, "La sangre", reproduce la palabra que nace de la herida todavía abierta por la violencia del golpe de estado y de la herida abierta por la violencia del exilio y de la sangre ya más distante en tiempo y geografía pero igualmente cercana en el impacto y la rebeldía, nace "La palabra". Se unen, entonces, por la función que cumplen y sólo se diferencian por la distancia temporal y la presencia o ausencia de firma.

Cuando un poeta no puede dar a conocer su nombre y, sin embargo, quiere y siente la necesidad de expresarse y dar a conocer lo que ha visto, lo que le han contado o lo que ha sentido, se expresa silenciando su identidad como once de los autores de "La sangre" que se abre con "Estadio Chile" de Víctor Jara y se cierra con "Palabras" de Horacio Silva.

Delogu quiso aunar aún más de un poema de todos los anónimos no conocidos --del I al V (el resto, del VI al XI, ya habían aparecido publicados en Los poetas chilenos luchan contra el fascismo)--: si no es difícil hacerlo en el caso del "Anónimo V" que en sus dos poemas se refiere a las diferencias económicas de la población santiaguina oponiendo, en décimas, la opulencia del "barrio oligarca" y la pobreza del «sector que no es "jai"», no es tan sencillo ni evidente que los textos que son atribuidos a distintos autores no pertenezcan a la misma voz como "No puedo dejar de hablarte, padre" y "Sentía frío" en que un fusilado cuenta a su padre que en el aplicaron la llamada "ley de fuga". En ambos poemas expresa la misma sensación frente a la naturaleza y especial atención hacia uno de sus compañeros. Willy. (Delogu basó su decisión de paternidad de acuerdo al momento en que fue recibiendo los textos y de acuerdo a los datos que aportaron compañeros de los desconocidos poetas.)

Estos dos poemas y algunos otros de autor silenciado son probablemente los mejores anónimos publicados hasta ahora. ¿Fueron hechos por prisioneros que nunca habían escrito antes y cuya voz se alzó por primera vez en las condiciones singulares de la prisión o expresan a poetas que sintiéndose solidarios en el dolor y la injusticia sentían que su deber era dar a conocer lo que sabían, habían visto o vivían?

Poemas testimoniales --no siempre autobiográficos-- sentidos y dolorosos que transmiten la emoción con que fueron realizados porque de ellos surgen seres enteros que sintieron terror ante la tortura o la muerte:

"con gusto le habría dicho
"por favor, no me mate"...
Pero ninguno lloró..."

("Anónimo III", "Sentía frío")

Seres enteros que sintieron rabia y odio frente a sus verdugos, que se sintieron solidarios y unidos no sólo con los que vivían su situación en ese momento sino también con los compañeros que estaban fuera. Seres que aunque no saben si habrá un futuro para ellos, saben que se prolongaran en otros que verán por sus ojos. Resistentes que temen perder la fuerza que necesitan, pero que la toman de los que injustamente cayeron. Seres que aman y por eso han caído, seres que aman y por eso luchan contra la injusticia. Seres que sienten el presente como una derrota pasajera que se transformará en pasado:

"Se puede tener un día negro.
Aunque confíe en el futuro, como en tus pasos."

("Anónimo I", "Se puede tener un día negro")

Seres que sienten y viven la prisión en un tiempo personal que parece prolongarse al infinito o reducirse a instantes. Seres que, sabiendo que van a morir, sienten la vida a través de la naturaleza y la descubren y recogen por el olfato cuando la vista está cegada. Seres que se olvidan de ellos para preocuparse del dolor ajeno, pero que recuerdan:

"Entiérrame, padre, y no olvides de poner
mi fecha de muerte, no olvidar, no olvidar que ese olor de campo permanece."

("Anónimo II", "No puedo dejar de hablarte, padre".)

Memoria que se hace poema, memoria que se alza contra la falsedad:

"No puedo dejar de hablarte, padre
los diarios mienten,
todos mienten,
desde el boletín oficial,
el periodista,
el impresor,
la tinta,
los avisos económicos,
el canillita,
a mí me fusilaron
en la noche y a pleno campo
... no me arranqué."

("Anónimo II", id.)

Recuerdo que se habla, que se transmite a los seres queridos, recuerdo que se prolonga más allá de las rejas y de la venda, recuerdo que se quiere libre.

Seres que viven lo desconocido con miedo y fortaleza. Seres enteros que lloran y luchan, que se arriesgan y saben enfrentar la muerte aunque amen la vida. Seres enteros con debilidades y grandezas: hombres, no monumentos.

Sólo los anónimos IV y V se separan del total porque, más distanciados de los hechos, se expresan de manera diferente. Al IV no le interesa manifestar su visión personal y su lenguaje se vuelca en imágenes que adquieren gran fuerza, principalmente, en "Preguntas son las palabras de los gritos". Anónimo V, a pesar que elige una forma popular --la décima-- para describir sus "...experiencias en Santiago", evidencia, a veces, sus intentos por respetar esta forma poética tan rigurosa en la que pareciera que, por instantes, se siente constreñido.

"Palabras", de Horacio Silva, verdadero "diccionario o vocabulario anormal de la tortura" es el límite de "La sangre". Larga letanía de distintos procedimientos utilizados como forma de tortura por la dictadura chilena. Impresiones mínimas y casi monótonas (jamás se usa un verbo) que parecen extraídas de un documento. Aunque nunca se da una opinión personal, la objetividad no provoca la indiferencia del lector sino que, por el contrario, las descripciones --en una desnudez casi abstracta-- duelen más y mueven a la rebeldía para que acabe esta interminable y repetida brutalidad, este ritmo sangriento y doloroso que va creciendo en una reiterada marea de macabra invención:

".... ....
arrancamiento de dientes
golpes con puños
golpes con los pies
golpes con las rodillas
golpes con mangueras
golpes con tubos
golpes con laque
golpes con culata
arrancamiento de cabellos
golpes simultáneos en los oídos
ingestión de aguas con mangueras
ingestión de excrementos
ayuno forzado
...."

Los dibujos de Guillermo Núñez logran una unidad absoluta con el sentido de "Palabras". Distribuidos a lo largo de todo el libro, desgraciadamente no aparecen en el orden y progresión del texto.)

"La palabra" selecciona treinta y seis poesías de chilenos que viven, actualmente, en exilio. Aunque son pocos los inéditos y rara vez se menciona la fuente de origen, quizá la excesiva dispersión del exilio chileno justifique --en parte-- que los mismos poemas se repitan de una antología a otra.

En general, aparecen los autores ya "clásicos", poetas que ya habían comenzado a publicar antes del golpe. Sobresale Gonzalo Millán (1949) del que hasta ahora sólo hemos conocido su producción del exilio a través de distintas publicaciones en revistas. La agudeza y profundidad con que penetra en las situaciones y su expresión en un lenguaje trabajadamente simple, conciso y breve lo confirman, evidentemente, como uno de los mejores poetas de la "nueva generación" (cada vez se hace más necesaria la publicación de una recolección de sus poemas). Las preocupaciones poéticas de Gonzalo Millán, como la de casi todos los poetas restantes, demuestran que los escritores chilenos anónimos o conocidos han fundido en su poesía "la sangre" y "la palabra", dando a conocer lo que han vivido o imaginado en formas diversas y apropiadas. Los poetas chilenos, sin distinciones, son la voz de un pueblo que quiere dar a conocer su tragedia porque se quiere libre.

La sangre y la palabra es una obra que no puede dejar de conocerse si se quiere saber lo que es la poesía chilena de hoy. Poesía que manifiesta que derribadas las barreras de la censura y del exilio, no habrá sombras para la cultura chilena que nace sin respetar definiciones oficiales como la luz de la libertad que apagará la dictadura.


HERNÁN LOYOLA

La situación que aflige a Chile desde septiembre de 1973, ha suscitado, como se sabe, abundante literatura en todo el mundo. Cientos de reportajes y artículos, crónicas particulares o panorámicas de los hechos, libros negros y blancos, ensayos, informes a organismos internacionales, denuncias, libros de reflexión y análisis políticos, retratos, sátiras, paralelos, textos de solidaridad, documentos, datos, cifras: millones de palabras impresas han dado testimonio hasta hoy (y el torrente no cesa) del sacudimiento de la conciencia mundial frente al ascenso y desarrollo del gobierno de la Unidad Popular y frente a la vil conjura internacional que tronchó --transitoriamente-- su trayectoria.

La poesía juega un rol muy especial en esta tarea de revelación y de combate. Porque hay una dimensión de la imagen verbal de la experiencia chilena que ni el más inteligente reportaje ni el más minucioso informe o testimonio es capaz de transmitir. Una cosa (y muy valiosa) es relatar y explicar el asalto a La Moneda, el clima de terror envenenando Santiago, la práctica de arrestos y torturas, la ferocidad de la soldadesca y de la DINA, o detallar las formas del odio, la injusticia y el sufrimiento, o comentar los antecedentes y consecuencias políticas, económicas y sociales del "putsch", el exilio de miles de chilenos, el desmantelamiento de las universidades, los síntomas y modalidades de la resistencia en el interior del país. Otra cosa es intentar una representación de los hechos que, apoyándose en datos de la experiencia individual o colectiva, busque contagiar al lector percepciones visionarias, vivencias, estados de ánimo, intuiciones más o menos abarcadoras, sumergiéndolo con la mayor inmediatez y economía posibles en los estratos difusos e inasibles del dolor, del miedo, de la indignación, de la nostalgia, de la esperanza, de la voluntad de resistir, o situándolo de golpe en la dimensión más significativa o invisible de los acontecimientos.

Hacia este segundo nivel de la representación y de la comunicación apunta, claro está, la actual literatura artística chilena del exilio y de la resistencia, que desde fines de 1973 hasta nuestros días ha producido ya algunos importantes volúmenes.

En cuanto peculiar representación de una experiencia (como modo de conocerla), los poemas de esta antología (9) cubren una amplia y diversificada área de motivos; en cuanto elaboración artística (como trabajo, como objeto literario), ellos asumen también una variadísima gama de formas y perspectivas de lenguaje. La notable calidad y eficacia poéticas del conjunto antologado (y de no pocos poemas singulares) son naturalmente el resultado de una feliz articulación entre estos niveles de creación, que sólo por razones de comodidad explicativa es posible separar.

El motivo del asalto a La Moneda aparece en dos poemas: "El combate de Santiago", de Fernando Alegría, serie de octavas remoceadas con estribillo, y "La Moneda", de Hernán Miranda, especie de elegía cívica en diez fragmentos. El primero (con elocuencia controlada por la forma popular-tradicional) privilegia y aísla el excepcional relieve de un personaje en circunstancia singularísima, concentrándose así en la exaltación épico-heroica de la muerte del presidente Allende. En cambio, el segundo no se circunscribe al clímax de asalto sino que lo establece como punto de arranque para construir un vasta crónica-elegía, un trozo de memoria colectiva que rescata para el pueblo el símbolo cívico destruido y abandonado por quienes siempre lo proclamaron baluarte de libertad, justo hasta cuando lo fue de veras.

El retrato del fascismo chileno en acción viene propuesto desde diversos ángulos. Es pura y descarnada brutalidad en algunos de los poemas anónimos que trae la antología y que fueron escritos en el interior del país, como "A una lavandera de Santiago" y "Amargo", de directa y airada violencia. En cambio, es presencia ominosa y difusa, oblicuamente establecida, en poemas como "Recado a Kafka", de Gabriel Barra; "Ciudad tomada", de Omar Lara; "Nieve", de Juan Epple; "En el pueblo" y "Carta", de Bolaño-Montané; "Correspondencia", de Gonzalo Millán. En esta misma línea un poema particularmente logrado, por la aterradora sutileza con que sugiere la atmósfera de vacío, viscosidad y muerte que emana el fascismo, es el excelente "A este lado de la verdad", de Waldo Rojas.

Los poemas "Somos 5.000", de Víctor Jara, y "El traslado" y "Cárcel", de Gonzalo Millán, diseñan el rostro del régimen chileno desde la perspectiva del prisionero. El canto póstumo de Víctor Jara desarrolla en medio del dolor una vena triunfal de generosidad y de confianza. Los poemas de Gonzalo Millán, bajo una forma extremadamente compacta y esencial, denuncian también la manipulación bestial de los seres, la tentativa de reducir al hombre a la condición de objetos y sacos de correo, pero en sus escuetos versos lo que en definitiva queda vibrando, no se sabe bien cómo, es la vida misma.

Los caminos de la ironía y de la sátira también nos llevan, naturalmente, hacia la imagen del fascismo. Se sabe que el comportamiento de la junta chilena ofrece, con estilo propio, un costado tan grotesco como la gesticulación operística de Mussolini, o las rabietas de Adolfo Hitler. Resulta casi inesperado encontrar en este terreno la voz de Efraín Barquero, cuya afirmación como poeta se produjo en Chile por otras vías, pero es precisamente la madurez de su lenguaje la que confiere a su parodia de los bandos militares de la junta --en sí mismos, insuperables monumentos de estupidez-- un nivel de finura y contundencia nada fácil de lograr en este tipo de ejercicios. Se trata de una caricatura por reducción al absurdo. En cambio, el poema de Eduardo Embry --"No es que mi casa"-- juega en los límites extremos de la ironía al activar en sus versos un tipo de humor muy chileno, de apariencia desacralizadora y antipoética. La tentativa de Embry apunta a poner de máximo relieve un hecho evidentemente espantoso aduciendo al extremo más inesperado e insólito dentro de las posibilidades de su formulación lírica. El cuerpo del poema propone un juego deliberadamente banal de reiteraciones y oposiciones en torno a la imagen "casa" --la casa del presidente, la casa del poeta--, juego al parecer destinado a subrayar el efecto sorpresivo de la pregunta final. Tras esta fachada lúdica todo el poema es un rictus de dolor, sólo que al revés.

Más directo, pero siempre finamente sarcástico, es el poema anónimo "Que digiera bien, señora", que alude a la célebre "marcha de las cacerolas vacías", con que las mujeres de la burguesía santiaguina, y sus aliadas, manifestaron por primera vez la decisión contrarrevolucionaria durante el gobierno del presidente Allende.

Un sistema de acontecimientos tan impactantes y estremecedores como los que viene padeciendo Chile no puede dejar de suscitar --a doloroso precio-- un flujo considerable o torrencial de poesía, pero no necesariamente de buena poesía. Conviene recordarlo. Nada más difícil que la alta calidad cuando la intensidad de la experiencia vivida y/o del compromiso con una causa, parece conducir naturalmente al poeta hacia las desembocaduras retóricas más accesibles o inmediatas.

Por ello, un aspecto decisivamente valioso de esta antología de Omar Lara y Juan Epple es que su selección de textos --en líneas generales-- domina un leguaje lírico de muy estimable filiación contemporánea, es decir, un lenguaje caracterizado por el rechazo de la grandilocuencia y de la solemnidad impostada, por un neto pudor expresivo, por una valoración poética de formas coloquiales y prosaicas de la comunicación verbal, por una atención al mundo cotidiano de los objetos y a los niveles más familiares de la experiencia. Este rasgo se advierte desde luego en los homenajes a figuras señeras: léanse bajo este prisma el "Homenaje a Neruda", de Oscar Hahn y "Cifrado en octubre", de Gonzalo Rojas (homenaje a Miguel Enríquez).

Pero es advertible también a lo largo de toda la antología: la nostalgia, el miedo, la cólera, los acontecimientos más dramáticos del ámbito personal o colectivo surgen, en estos textos, de una representación fuertemente controlada, lo cual, por presión de la carga emocional reprimida, intensifica la eficacia poética. Incluso cuando la solemnidad y el tono mayor son inevitables por la condición del asunto, como es el caso de la muerte del presidente Allende, siempre hay un recurso para neutralizar los temidos desbordes, para mantener cierta distancia sin mengua del calor. Así, Fernando Alegría recurre a la forma: los versos romanceados, de estirpe popular y tradicional, le permiten un juego controlado del material épico-heroico en su visión del combate de La Moneda, al mismo tiempo que le garantizan la adecuada dignidad y elevación del tono expresivo. Esto que observamos en Alegría aparece claramente confirmado en el poema "La Moneda", de Hernán Miranda, extensa crónica-elegía en verso libre. De las diez secciones del poema, la única de versificación diferente es la novena, centrada asimismo en el asalto al palacio presidencial. Pues bien: el cambio de versificación en el fragmento IX es también la forma de romance. Con el apoyo de este metro popular-tradicional, Miranda logra --como Alegría-- conjugar equilibradamente la dimensión épica del asunto y el control expresivo del discurso.

El pudor del lenguaje se manifiesta en esta antología de modos variados. En "Golpe cuarto", de Alfonso Alcalde, un acontecimiento aislado parece concentrar la atención del poema, es su remate, su desembocadura: el cadáver de un campesino asesinado por la junta. Ninguna precisión anecdótica, ni hace falta. Bajo una forma altamente condensada y contenida, este breve poema --por un sutil sistema de sugerencias-- amplifica a la medida de la patria entera un hecho individual, como si el cuerpo de ese hombre fuese de algún modo el cuerpo de Chile. La graduada mención de la cordillera, de ciudades, del mar, de la línea del tren, sin propósito visible a primera vista, configura en este texto una dimensión espacial del dolor y de la ira, acentuada por la reiteración de la imagen "comer" que resuena mortalmente a lo largo de los versos. También Patricio Manns y Patricio Castillo, en su poema "La primavera muerta en el tejado", proyectan a una escala de muy amplia significación un acontecimiento anónimo, perdido entre la maraña de crímenes de los primeros días del golpe militar: una muchacha que muere combatiendo, sola, sobre el techo de un edificio santiaguino.

Por su parte, Hernán Castellano, que en el poema "Compañero Giordano Bruno" parece insertar la experiencia chilena en el marco universal de la lucha por la libertad, elude las posibles altisonancias de su perspectiva desacralizándola desde el título mismo del poema. Así como Hernán Miranda recorre familiarmente los patios de La Moneda en la memoria de su niñez, así este otro Hernán redimensiona la Roma turística y monumental --Campo dei Fiori, la estatua de Giordano Bruno--, la reduce al tamaño de una plaza elemental y cotidiana (con sus mercados, sus vendedores de claveles, su fuente, sus palomas que blanquean la estatua, sus vetustos edificios, sus viejos adoquines sobre los cuales puede verse caminar, por ejemplo, a una bella negra de piernas maravillosas) y con amor evidente la rescata también para el pueblo, para los pueblos del mundo, para su historia, para sus combates libertarios.

Las formas de la nostalgia, en los poemas de exilio, establecen hasta qué punto la evocación del Chile perdido y añorado no corresponde sólo a un afán de recuperación emocional de la patria sino a la denuncia de un atentado particularmente monstruoso contra el pueblo, contra la humanidad, contra la vida. Delicada confluencia de propósitos que se cumple a partir de la imagen leve de una gaviota en "Golpe tercero", de Alcalde, a partir de la conciencia contrastante del invierno chileno en "Verano de exilio", de Waldo Rojas, a partir de la memoria dolorosa de un río y ciertos amigos en el extraordinario poema "Hablo de Luis Oyarzún, del río Valdivia, etc.", de Omar Lara, sin duda uno de los más altos momentos de esta antología. Otros textos de exilio, como los de Oscar Hahn y Hernán Lavín Cerda, encaran la nostalgia desde una óptica enigmáticamente enrarecida y distante.

* * *

El combate de La Moneda sacudió a los cinco continentes. En un mundo tan herido de incredulidad y de escepticismo cívicos, la muerte del presidente Allende no sólo produjo el efecto de un relámpago deslumbrador en la fatigada duermevela de millones de hombres, sino que de un golpe rescató y puso de extremo relieve el significado, la dignidad y el dramatismo del cotidiano batallar de los pueblos de América latina hacia la plenitud de su existencia. Toda la literatura chilena de exilio y resistencia, y en particular los poemas de esta antología, encarnan en el plano de la creación la tentativa de mantener vivo el resplandor de aquel relámpago, de ahondar su revelación, de alimentar la esperanza y de participar --con armas específicas-- en el combate común.


Notas:

1. Los poetas chilenos luchan contra el fascismo. Prólogo y selección: Sergio Macías. Berlín RDA, Comité Chile Antifascista, 1977. 324 páginas (ver reseña en Araucaria 4).

2. Chile: poesías de las cárceles y del destierro. Madrid, ediciones Conosur. 197X. 103 páginas (Serie Cultura 1).

3. La libertad no es un sueño. Antología de la poesía chilena de la resistencia. (Del exilio, las cárceles, los campos de concentración.) Raúl Silva-Cáceres (editor). Prólogo de Julio Cortázar. Estocolmo, Tidens Bokforlag, en prensa. [edición bilingüe.]

4. Ya desde el tiempo del gobierno de la Unidad Popular la revista Casa de las Américas ofrecía un lugar importante a la literatura chilena. Después del golpe de estado de 1973, es difícil encontrar algún número que en su sección "Letras" no reproduzca textos de escritores chilenos o textos de escritores extranjeros en homenaje a Chile. Destaca Casa de las Américas 98 (septiembre-octubre, 1976) que publicó el conjunto de poemas "Canto Cautivo" que Ángel Parra recogió en Chacabuco.

Otro impulso importante es el del Premio Casa de las Américas que en 1975 y 1976 fue otorgado a poetas chilenos: Omar Lara con Oh buenas maneras y Hernán Miranda con La Moneda y otros poemas, respectivamente (diversos autores chilenos se han hecho acreedores al Premio en otros géneros).

5. Europe 570 (octubre. 1976), con el título "Chili: une culture, un combat", rindió un homenaje al Chile combatiente. Antología poetas y narradores chilenos que son publicados en traducción francesa. (Ver reseña Araucaria 1.)

6. Literatura Chilena en el exilio. Los Angeles, California. Director: Fernando Alegría, editor: David Valjalo. Trimestral. (Ver reseña en Araucaria 3.)

7. El barco de papel. 46, rué Vaugirard, 75006 París. Ediciones "Camilo Torres". Revista de poesía editada por la Izquierda Cristiana de Chile.

8. Il sangue e la parola. Poesie del carcere e dei "lager". Dall' interno del Cile e dall'esilio. Introducción, traducción y notas de Ignacio Delogu. Roma, Casa Editrice Roberto Napolcone, 1978. 172 páginas (L'assalto al cielo nº 5). [Poemas en italiano y español.]

9. Chile: poesía de la resistencia y del exilio. Selección de Omar Lara y Juan Armando Epple. Edit. Ámbito Literario, Barcelona, 1978 (2 vols.).


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03