El Conferenciante

El Conferenciante

Raúl Bernal Meza

Literatura Chilena, creación y crítica. N 19 marzo 1982

Indudablemente esa era la de aquella noche, una de sus tantas conferencias. Durante el tiempo en que la preparaba, antes de definir el tema y elegir un título, pensaba, con la experiencia que le daban sus años, viejos años de conferencista, que habrá de empezar a poner nombres y desarrollar asuntos que "sintieran a interesantes"; con ello impediría que se durmiera la mitad de su audiencia, cosa que venía ocurriendo desde los últimos diez o quince años, a la vez que la otra mitad hacía ya mucho tiempo había desertado para siempre en una colección de bostezos que era cómica historia.

Si bien era verdad que quería renunciar a eso que venía siendo algo así como una maratón de conferencias, había sido incapaz de decir íNo! a sus amigos del club "Progreso y Cultura" que sistemática mente le agregaban una conferencia cada jueves; esto hacía que llevara expuestas más de setecientas ochenta y cinco... y ya no le quedaban temas que tratar. Analizando aquella realidad y acordándose que en la semana anterior había sufrido nuevas deserciones, a pesar que el crecimiento demográfico del barrio le permitía contar con una cuota más o menos normal de materia prima, decidió que el mejor asunto para tratar era el de la ausencia. La ausencia a todo nivel y de cualquier categoría era, objetivamente hablando, un tema de permanente actualidad y, convenciéndose de ello, se abocó a su preparación con el interés que lo caracterizaba todos los jueves y así llegó al siguiente con su carpeta bajo el brazo.

A la entrada del salón lo esperaban, como siempre, el presidente y secretario vitalicios de "Progreso y Cultural, que invitándole a pasar le presentaron un auditorio no del todo desprovista, al que recorrió con la mirada una vez que estuvo sentado a la mesa bebiendo el primer sorbo de agua. Media hora después de lo acordado, tradición de tantos jueves, comenzó su exposición. Sin embargo y pese a todos sus intentos, sus conferencias, fuera el tema que fuese, terminaban mezclando sus ideas, estudios y una que otra investigación, con angustias, desilusiones y esperanzas de su propia existencia.

Quizás alguna fue una noche tan sólo el lamento de su personal fracaso y si en ciertos momentos pensaba en negarse a continuar con sus charlas, en el fondo del alma no lo quería. Ellas eran la suplencia de aquella cátedra que jamás consiguió y ahora, de viejo, veía desde el púlpito a todos sus discípulos formando su intelecto.

Nunca había logrado gran trascendencia como abogado, limitándose a ser asesor jurídico de una compañía que jamás tampoco pudo o quiso ser grande y así, ambos habrán envejecido; uno arruinando sus pantalones, la otra amarilleando sus paredes y sus ojos, ya cercanos a las cataratas, si es que ya no las tenían, ocultos bajo gruesos lentes que los chicos del barrio llamaban "potos de botella", venían a ser como esos cristales de las ventanas del tercer piso que nunca fueron sustituidos, permaneciendo quebrados como un recuerdo del paso de ese tiempo que juntaba en su memoria con la acumulación de conferencias. Con su portapapeles negro que guardaba más recuerdos que otra cosa, habrán transcurrido sus semanas del departamento a la oficina y de ella al hogar, remontando la rutina con la otra, la de los jueves por la noche. Y ellas llenaban su espacio vacío, tan ausente como el afecto de su esposa y sus hijos que no habrán visto en él nada más que la perfecta imagen de la mediocridad.

Sin embargo, la eterna comisión directiva del club, empeñada en una función de formación cultural, creía ver en él al más dilecto hombre que poseía la barriada. Después de todo -como decía siempre el vocal suplente- es el doctor y por algo debe ser; y ése había sido el mérito suficiente para que ocupara por primera vez el estrado, en un programa que abarcaba diferentes materias y varios disertantes pero que al poco tiempo de iniciado y después de la violenta discusión que generara el segundo conferencista al tratar de demostrar, en una poco magistral clase de geografía, que los sabios se habían equivocado pues la tierra no giraba y luego de haberle prohibido al tercero su conferencia el comisario del lugar por estar acusado de ser un virulento anarquista, había venido a ser la única palabra con autoridad como para dirigirla. Mas con el paso del tiempo, se habían acostumbrado ellos y también él a que no hubiera otra voz permitida que expusiera ante ese público el pensamiento moderno -con mucha altura- al decir del portero del club. Esa noche, común noche de jueves, mientras él comenzaba el desarrollo de su charla: "La Ausencia", los niños del barrio, que los jóvenes obligados por sus padres a asistir, añoraban en el recuerdo, obligaban al portero a correr tras ellos para rescatar el cartel de aviso; "Hoy a las 21. Conferencia del Dr. Manuel Cipriano sobre el tema..." él disertaba con gran seriedad, como en todas sus presentaciones, entregándose entero a su concurrencia, convencido de que ella habría de sacar gran provecho para su formación intelectual. Al comienzo todos escuchaba pendientes cada palabra, pero a medida que avanzaba el tiempo, esa actitud la mantenían sólo los viejos, más de alguno uniendo esa presencia a un recuerdo lejano, envuelto en una asamblea política de trabajadores. Los jóvenes, perdiendo todo posible interés, empezaban por sonreírse con alguno que otro término; luego pasábanse papelitos de mano en mano con sentencias de bromas, sutiles relaciones de amor, groserías, de las que pasaban a la franca mofa, abandonando poco a poco el salón en pequeños grupitos que la salida ya les encontraba con el cigarrillo encendido, buscando la calle para la risa directa y las corridas de manos con las jovencitas, dispuestas a esa hora en que los pequeños ya estaban en sus casas. Adentro del salón, cigarrillo tras cigarrillo, los viejos iban cabeceando somnolientos hasta el momento en que levantándose en silencio, se retiraban del lugar. Para terminar decía el conferenciante; más bien como un formulismo pues sus páginas recién promediaban; pero éstas eran como palabras típicas de cualquier conferenciador- el problema de la ausencia no radica sólo en el hecho de no estar presente en el sitio donde se le requiera al individuo o que éste, habiéndolo estado, lo haya abandonado antes de corresponder, sino en una conducta que se desprende de la falta de interés, la escapatoria al compromiso, la huida del conocimiento...pero estos seres, llegado el momento triste de su existencia, se encuentran frente a un espejo que no les devolverá su imagen sino la de un gran signo de interrogación, que sólo Dios, en el juicio final les podrá contestar, signo que no es más que el cúmulo de escapismos de los cuales un pequeño reflejo es su permanente ausencia, la falta de decisión que les hace perder la comunicación con los seres humanos...-y al llegar a este punto, el portero, su único auditor, asentía con la cabeza mientras despaciosamente miraba la hora. Sin embargo él no levantaba la cabeza de la lectura de sus palabras; no lo hacía desde un momento en que ya sabía, su auditorio le abandonaba; aun siendo así, jamás dejó páginas sin leer; su honor era haber terminado todas sus conferencias pronunciando las últimas silabas presentes en el papel. Luego, ordenadamente, juntaba sus elementos, guardaba las hojas en la carpeta y en un eterno recuerdo, recibía el sonido sostenido de los últimos aplausos, sucedidos hacía ya como quince años. Acostumbrado, caminaba lentamente a la salida y al despedirse del portero, recibía de éste las tradicionales manifestaciones:

Muy bien, doctor. Su conferencia ha estado como siempre...

Tras él se cerraban fuertemente las hojas de madera de la vieja puerta y segundos más tarde caía pesadamente la tranca de hierro.

Caminaba desde allí tranquilamente hacia su casa, a poquitas cuadras discurriendo sobre su próxima conferencia. Habrá que insistir -se decía a sí mismo-en la importancia de los valores cívicos; esta gente debe tomar conciencia de su rol en la sociedad y en el estado. Y en ese pensamiento se acercó hasta el hogar.

La llegada del jueves encontró el salón como de costumbre, sin gran variación en la concurrencia. El cartel de la entrada anunciaba como tema de la noche: "La Decisión".

Llegó la hora acostumbrada; se cumplió la media hora de espera, sin embargo el conferencista, por única vez, no llegó. A medida que iban pasando los minutos, los concurrentes comenzaron a abandonar la sala pensando alegremente en qué aprovechar el tiempo que les dispensaba la inasistencia del doctor.

El presidente y el secretario vitalicios se dirigieron entonces a los que quedaban comunicándoles que la conferencia se suspendía e impartieron la indicación al portero de cerrar el salón.

Allá en su casa y en la soledad de sus últimos treinta años, recostado sobre los papeles encima de la mesa, el conferencista dormía para siempre.


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