Variaciones sobre el olvido

Variaciones sobre el olvido

Mario Benedetti

Uruguayo, es novelista y poeta, autor de una veintena de títulos de celebridad continental.

El pasado es siempre una morada. Cuando nos mudamos al presente, a veces alimentamos la ilusión de que cerrando aquella casa con tres candados (digamos el perdón, la ingratitud o el simple olvido) nos vamos a ver libres de ella para siempre. Sin embargo, no podremos evitar que una parte de nosotros quede allí, coleccionando goces o rencores, transmutando los momificados hechos, en delirios, visiones o pesadillas. Esa parte de nosotros que allí queda nos llama cada tanto, nos hace señales, nos refresca viejas primicias, y todo ello porque es la primera en saber que no nos conviene abandonarla, hacer de cuenta que nunca existió. El olvido es, antes que nada, aquello que queremos olvidar, pero nunca ha sido factor de avance. No podremos llegar a ser vanguardia de nada ni de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, si irresponsablemente decidimos que el pasado no existe.

Y esto vale para el individuo y para la sociedad. Los analistas bien lo saben: muchas de las carencias, pesadillas e inhibiciones del adulto suelen tener raíces en la infancia, que es, después de todo, el amanecer del pasado individual. Si cortamos los puentes con la infancia, es posible que nos condenemos a una inacabable inmadurez. Es claro que la infancia no sólo está para ser contemplada, tal como si se recorriera un viejo álbum de fotografías en sepia; más importante es descubrirla, comprenderla, descifrarla, detectar dónde comenzó una esperanza, dónde fue sembrado un desaliento, provocada una animadversión. Evidentemente, no es posible llevar consigo un completo inventario del pasado; no hay maleta ni diario íntimo con capacidad suficiente. Tampoco hay ningún texto (ni siquiera el más minucioso de los anales) que registre cada jornada de la historia. Pero la memoria, o su vicario el subconsciente, van acumulando una antología de las esencias atesoradas, de las imágenes que entre otras cosas son signos de identidad, de las palabras que fueron revelaciones, de los goces y sufrimientos decisivos.

La memoria individual sólo acaba con la muerte, esa inquerida meta del futuro, casi un negativo de la última Thule, pero mientras tanto, mientras el tiempo nos va llevando de la mano, y a veces de los cabellos, por la vida, el futuro se va empequeñeciendo y en esa reducción nos reserva deterioros, decadencia, pérdidas varias y sucesivas, en tanto que el pasado, por el contrario, aumenta de espacio, se va convirtiendo en nuestra única riqueza inexpropiable.

El futuro es un juego de azar, una ruleta, y en esa cualidad reside por cierto buena parte de su atractivo, de su seducción, pero llegará un instante en que sólo nos quede una postrer jugada y de antemano sabremos que el implacable croupier barrerá nuestras últimas fichas. En ese juego epilogal nadie hace trampas: siempre perdemos. El pasado, en cambio, no es un azar, aunque en un instante, cuando sólo era presente, pueda haberlo sido (o parecido). Ahora, cuando es definitivamente pasado, es una certeza. Catálogo de resultados múltiples, de ganancias o pérdidas, de juicios que ya no son prejuicios, el pasado es un saldo constantemente actualizado.

Por eso, el ser que tiene el infortunio de sumergirse en la amnesia no puede empezar la vida desde cero, ya que se ha quedado sin memoria pero también sin inocencia. El mero hecho de saber que hay en él un pasado al que no tiene acceso genera una angustia que descarta la inocencia. No es el futuro lo que inquieta al amnésico: sabe que no puede aspirar a él, ni hacer ningún cálculo para mañana, mientras no vuelva a ser dueño de su pasado. De ahí que no le produzca ninguna mejoría, sino a veces más angustia, el que los demás, los memoriosos, le proporcionen datos de lo que en su pasado fue, o le muestren fotos y le digan y repitan: «Esta fue tu madre; ésa era tu casa», porque ni la madre ni la casa existirán realmente para él mientras no vuelvan a ocupar sus puestos en su memoria individual. La memoria ajena no es suplente de la propia, sino otro territorio al que apenas podrá acudir como turista, y menos que eso, porque el turista, el extranjero, siempre conocen de qué geografía y de qué historia vienen.

Hay una diferencia sustancial entre el amnésico y el olvidador, y entre éste y el olvidadizo, que es apenas un precandidato a olvidador. El amnésico ha sufrido una amputación (a veces traumática) del pasado; el olvidador se lo amputa voluntariamente, como esos reclutas que se seccionan un dedo para ser eximidos del servicio militar. El olvidador no olvida porque sí, sino por algo, que puede ser culpa o disculpa, pretexto o mala conciencia, pero que siempre, invariablemente, es evasión, huida, escape de la responsabilidad.

No obstante, el olvidador nunca logra su objetivo, que es encerrar el pasado (cual si se tratara de desechos nucleares) en un espacio inviolable. El pasado siempre encuentra un modo de abrir la tapa del cofre y asomar su rostro. El amnésico hace a menudo denodados esfuerzos para recuperar su pasado, y a veces lo consigue: el olvidador hace esfuerzos, igualmente denodados, por desprenderse del mismo, pero sólo cosecha frustración, ya que nunca logra el pleno olvido. El pasado siempre alcanza a quien reniega de él (así se trate del mismísimo Macbeth), ya sea infiltrándose en signos o en gestos, en canciones o en pesadillas. Los pueblos nunca son amnésicos. Amnistía no es amnesia. La tradición es un recurso de la memoria colectiva, pero también hay otros, menos inofensivos. Tampoco los gobiernos son amnésicos, aunque a veces intentan ser olvidadores. Curiosamente, su forma de olvidar suele ser proselitista, ya que su objetivo es que los demás también olviden. Siempre es un mal síntoma cuando un gobernante intenta basar su poder en el olvido colectivo. Por lo general, es entonces cuando propone empezar desde cero, como si eso fuera posible. Lo cierto es que esa frase tiene para él un encanto particular. Hay que prohibirse mirar hacia atrás; hay que mirar siempre hacia adelante. (Digamos como el rinoceronte, miope conspicuo pero arremetedor. No obstante, alegoría más idónea e incitante es la del búho, que aunque no tiene ojos en la nuca, bien que se las arregla para mirar hacia atrás y tal vez por eso tiene fama de sabio.)

Es obvio que se trata de una metáfora oficial, burocrática, pero en el subsuelo de cada metáfora siempre yace un sentido recóndito. El significado superficial es que no cultivemos el rencor ni la venganza. Bravo. El significado recóndito es que renunciemos a ser justos: que el sentido de la justicia desaparezca junto con los desaparecidos. De todo el legado de los Evangelios, sólo rescatan aquello de poner la otra mejilla, y en consecuencia preparan minuciosamente la segunda bofetada. Sin embargo, ningún pueblo logra una verdadera paz si tiene un pasado pendiente. Los olvidadores también lo saben (¿quién puede no saberlo?) pero no les importa mucho, porque en el fondo no les importa la paz.

Los pueblos siempre recuerdan, pero una forma de ayudarles (y ayudarnos) a recordar es describir cómo era el pasado cuando aún era presente. Las palabras, aunque hayan sido lavadas del rencor y la venganza, siguen siendo palabras: existen. Los desaparecidos se esfuman, pero la palabra desaparecido adquiere desde ahora una nueva y escalofriante acepción. Ya no corresponderá a la paloma que se vuelve ausencia en la galera del prestidigitador para luego emerger de una de sus mangas; ahora alude más bien al niño que se hizo humo ante la mirada atónita de las abuelas de plaza de Mayo y no hay arte de magia que lo haga renacer. La maldición de la tortura fue, existió (y en tantos lados existe aún), pero los olvidadores tratan de borrarla, procuran que la Prensa no ose decir ese nombre. y que las asociaciones pro derechos humanos no sepan ya cómo destacarla en su lista mundial de abyecciones; en todo caso, los olvidadores toleran que la palabra tortura sobreviva como un digno ejemplo de obediencia debida o un matiz de celo excesivo. No obstante, la palabra tortura permanece no sólo en el lenguaje cotidiano, sino también en el de las cicatrices, las mutilaciones, los muñones de vida, las franjas de muerte.

La palabra es probablemente la mayor dificultad que enfrentan los olvidadores profesionales, porque la vocación congénita de la palabra no es omitir, sino nombrar, así como la justicia está para juzgar y no para complicarla en el olvido. Luciano Rincón se refería en un artículo publicado hace algún tiempo en el diario madrileño El País, al «hecho curioso de que haber sido antifranquista se está empezando a convertir en algo de mal gusto». Algo parecido pasa en Portugal con quienes protagonizaron la revolución de los claveles. Acaso tampoco falte mucho para que en las vigiladas democracias de Argentina y Uruguay el hecho de haberse opuesto a las respectivas dictaduras empiece a convertirse en antigualla o recuerdo fósil. Sin embargo, pese a todo, para la injusticia sólo hay un remedio y éste no es el olvido, sino la justicia.

El cálculo que suelen hacer los olvidadores es que ellos olvidan a plazo fijo (y con fructuosos intereses) y que en todo caso serán sus sucesores quienes deberán hacer frente al rechazo popular. Juzgar el pasado no es faena cómoda, pero al menos no es inútil como el olvido. Los olvidadores oficiales, que a menudo proclaman ser portavoces del pueblo, deberían tener cierta osadía, aunque fuese en dosis mínimas, si es que quieren asumir una cuota parte de la dignidad colectiva. El olvido es un barniz, o incluso la propuesta de una imagen espuria, pero bajo el barniz o la imagen fraudulenta, la realidad finalmente surge. Por debajo del falso Altmann aparece, en una afinada operación de arrepentimento histórico, el Klaus Barbie de la realidad, y los olvidadores de un aquí cualquiera no se atreven a defender allá al «obediente debido» que envió medio centenar de niños a la muerte. No obstante, aun esa invasión del pasado abyecto por la justicia presente incluye un detalle revelador. El falso pasaporte a nombre de Altmann le fue extendido a Klaus Barbie por la CIA, que, con pleno conocimiento de sus crímenes, no tuvo reparo alguno en reclutarlo y considerarlo como uno de los suyos. No obstante, este dato espectacular sólo figura en la gran Prensa internacional como una mera información y no parecen abundar los editorialistas que se atrevan a calificar esta democrática inmoralidad. Todos acusan (con razón) a Barbie, pero nadie se acuerda de la benemérita CIA.

El rencor y la venganza interiorizan al rencoroso y al vengativo. Ah, pero la justa sanción de la tortura y otras violaciones de los derechos humanos dignifican a la humanidad. «La tortura no es inhumana», decía Sartre, «es simplemente un crimen innoble y crapuloso, cometido por hombres y que los demás hombres pueden y deben reprimir». La tortura no puede ser purgada torturando al torturador, debido a que la sevicia corrompe a quien la practica, aunque el ex victimario y ahora presunta víctima pudiera, en un dictamen apasionado, merecerla. Ocurre que ningún ser humano, por inhumano que sea o parezca, es merecedor de tortura.

No es el olvido lo que puede salvar a una comunidad del rencor y la venganza. Sólo el ejercicio de la justicia permite que la comunidad recupere su equilibrio. La fidelidad, la lealtad, la justicia son actitudes que adquieren valor en su conexión con el pasado. Nadie pretende ser fiel a un futuro, leal a un juramento que todavía no ha hecho.

Al prójimo ecuánime y entrañable, que también los hay, no le seduce la retórica del olvido, sino las cuentas claras, esas que conservan enemistades. No ignora que tras esa mímica de generosidad, tras ese despilfarro de perdones, tras ese simulacro de justicia, el pasado de veras sigue intacto: con sus principios y sus riesgos, sus frustraciones y sus laureles, sus violetas y sus pavos reales, sus almas en pena y sus almas en gloria. Ocurre que el pasado es siempre una morada y no hay olvido capaz de demolerla.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03