Guillermo Atías: los días de La Contracorriente

GUILLERMO ATÍAS: LOS DÍAS DE LA CONTRACORRIENTE

Volodia Teitelboim

Araucaria de Chile. Nº 10, 1980.

El escritor chileno Guillermo Atías, exiliado en Francia, aquel día se levantó temprano, aunque sentía cierta extraña fatiga. Exceso de trabajo, se dijo. Total: también en París la vida puede ser dura. Juntar la plata para mantenerse con María, su mujer, los tres hijos, Carmen, 16 años, Santiago, 13, y Andrés, 10, cuesta bastante. Pero esa mañana, a pesar del cansancio, tenía que hacer el viaje. Hasta debiera estar contento. Le darían un buen trabajo en la Ecole Normal de Saint-Cloud. Todo estaba arreglado. Puso en marcha el pequeño automóvil y se hundió en el tráfico de la ciudad, tratando de eludir los embotellamientos... Debía llegar a la hora.

Hasta el momento vamos bien. Ningún «embouteillage» serio. Aceleró. Entonces sintió que el pecho se le rompía. No pudo más: soltó el volante. Se llevó las manos al corazón. El auto se estrelló contra una muralla. El infarto fue fulminante. Cuando llegó la Policía y la Asistencia Pública, el médico no pudo más que confirmar el deceso. Tras algunas conversaciones se programó su incineración, en París.

Un año antes había muerto en Santiago su hermano Waldo, un revolucionario, un escritor. Ambos se caracterizaban por la discreción, proveniente de una mezcla de antiapariencia, inteligencia bondadosa, dignidad y modestia irónica. Los dos valían más allá de los laureles.

Sus colegas de oficio tenían confianza en Guillermo Atías. Fue durante varios años Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile.

En los últimos meses soñó con participar en el Congreso de Escritores chilenos del interior y del exilio, que debía realizarse en Santiago. No pudo hacerlo porque Pinochet lo prohibió. Postergó su decisión. Volvería. Ahora sólo regresarán sus cenizas. Pero, aparte de lo dicho, ¿quién era Guillermo Atías?

Hace un par de años la revista soviética «Literatura Extranjera» me pidió que escribiera una especie de introducción a su novela entonces inédita: La Contracorriente. Después se dio a la estampa en francés, bajo el nombre Le sang dans la rué. Lo sintomático, que habla de la anormalidad de la situación, es que aún continúa sin editarse en su lengua original. «Literatura Extranjera» había publicado antes otra novela suya, Y corría el billete. Debo aclarar que esa revista tiene un tiraje superior al millón de ejemplares. Acallado en Chile, Atías llegaba ampliamente al lector de otros idiomas y latitudes.

De aquel prefacio tomo hoy la parte esencial.

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Guillermo Atías pugnó, como otros de su generación, por liberar a la novela chilena de sus inhibiciones.

Nació el 6 de febrero de 1917 en Ovalle, un pueblo de ese Norte Chico chileno que Gabriela Mistral -también oriunda de dichas comarcas- llamó «patria chiquita». «En geografía, como en amor -ella escribe-, el que no ama minuciosamente, virtud a virtud, y facción a facción, el atolondrado que suele ser un vanidosillo que mira conjuntos kilométricos y no conoce detalles ni ve ni entiende ni ama tampoco» (1). Es la tierra de los valles transversales. Allí los Andes y la Cordillera de la Costa juegan a encontrarse. Encierran lenguas de territorio y forman microcosmos y microclimas que se salvan de las arideces del gran páramo vecino y están a cubierto de los fríos del sur. La Mistral considera a la suya «zona de transición». «Se llama así -dice- porque en ella el desierto cede, con valles, todavía pequeños, pero muy fértiles». La región, a su entender, «contiene a la patria entera, y no es un muñón, su cola o cintura».

Atías no se siente un devoto creyente de su aldea. Ni un sentimental del terruño. Después de pasar por Quillota, a partir de la primera juventud su vida se hace santiaguina. Literariamente hablando, por regla general, se adscribe a un determinado grupo de escritores conocido como la «Generación del 38». El número no sólo se refiere a su aparición en escena. La fecha alude a la definición social de sus miembros y a una participación de la mayoría de ellos en acontecimientos políticos como el triunfo del Frente Popular, que, precisamente en ese año, alcanzó la presidencia de la República con el radical Pedro Aguirre Cerda. Su Ministro de Salud y Asistencia Social era un joven socialista, Salvador Allende. 1938 señala de algún modo un antecedente válido para la Unidad Popular, que treinta y dos años más tarde llegaría también a La Moneda. La causa de la República Española es la causa de todos nosotros. En 1941 Francisco Coloane (1912) publica Cabo de Hornos; al año siguiente Reinaldo Lomboy (1910) entrega la novela Ranquil, la cual dentro de la literatura chilena continúa siendo la luz sobre la imagen de una masacre campesina. En 1943 Nicomedes Guzmán publica su memorable La Sangre y la Esperanza. Aparte de los nombrados, Guillermo Atías es colega de generación con Fernando Alegría (1918), Oscar Castro (1910), Juan Godoy (1911), Carlos Droguett (1912), Leoncio Guerrero (1910), Andrés Sabella (1912). Más tarde se sumará Waldo, con En vez de la Rutina.

Es bien sabido que la controvertida concepción generacional no responde a un espíritu único. Nos agregamos a la innumerable legión de los que le formulan muchas reservas. Esta clasificación del 38 no se libra de críticas y reparos. En verdad, no nació el movimiento conscientemente, de un modo discernible de antemano por sus integrantes, tal vez porque nadie puede escribir la historia anticipada, ni menos su autobiografía antes de vivirla. Fue un impulso que cubrió la suma de los géneros literarios. Con un viento propagador de nuevas semillas y fecundaciones sopló sobre todos los campos de la creación artística.

Los truenos, rayos y centellas de la época se reflejan en la obra de Atías. Ya por aquel entonces el argumento, sentido e intención de su relato rechaza, casi siempre, las huidas y desencuentros con la realidad colectiva. Contempla lo que sucede en el ámbito social con ojo sobrio, curioso, iluminando con un «flash» el espectáculo combinado del hombre acuciado por una conciencia participativa.

La relación entre política y ficción, entre novela y sociedad, entre el escritor y su tiempo, son temas que juegan un papel visible en la vida y la obra de Guillermo Atías. No debe atribuirse a mero azar el hecho de que publique su primera pequeña novela o cuento largo precisamente en 1938. Se llama La Escala. Es el ensayo de un joven de veintiún años, aprendiz de escritor, cargado de tensión y de lirismo. No muestra aún la libertad conquistada del lenguaje. No domina el material de sus sueños. Todavía no puede expresarse en plenitud. su juventud -más bien su mundo- punteada por grandes sombras la lucha contra el olvido, un arreglo de cuentas con los recuerdos. Se embarca en un confuso relato, a través del cual busca una definición ante las interrogantes de la existencia.

El Tiempo Banal, novela en toda la acepción de la palabra, se ve que la escribe con calma. La publica dieciocho años después. Se advierte un gran cambio. El novelista ha cuajado. El héroe o antihéroe no es nada fulgurante, un hombrecillo mínimo, que vive su tragedia íntima en la vorágine de acontecimientos históricos que rebasan la humildad de su persona y la limitación de su ámbito. Al año siguiente publica Un Día de Luz, que no añade gran cosa a lo ya conseguido.

Pero el fruto sazonado, una buena concordancia en esa relación época-hombre, lo logra Atías con su novela A la Sombra de los Días (1964). Aborda un tema que varios miembros, por no decir casi todos los de su generación, sienten suyo, los atrae con fuerza magnética, sobre el cual quieren decir algo, ofrecer testimonio, seguramente porque forma parte del mayor acontecimiento político-social de sus mocedades. Convencidos de que el libro debe ser algo más que un espejo de agua, el asunto del 38, la época del Frente Popular, también es tratado coetáneamente -simultaneidad sugestiva- por Fernando Alegría en su novela Mañana los Guerreros (1964) y por Luis Enrique Délano (de una generación anterior) en El Rumor de la Batalla, publicada el mismo año.

El Tiempo Banal no merece ese título peyorativo. Es el tiempo de la fiebre vital. Son los días grandes, rebosantes de fuerza interior, con la tensión espiritual de un pueblo que anhela acercarse a las puertas de la libertad. Este libro cuenta mucho sobre el Frente Popular, recrea el extraordinario elan de esas jornadas. Se alimenta de reminiscencias claras, cernidas en el cedazo de la meditación y decantadas por las honduras de la experiencia.

Dicha profundización del pasado ya un tanto lejano no es el procedimiento que Atías sigue en su próxima novela Y corría el Billete. La fecha de su aparición, 1971, revela que la escribió a marchas forzadas, sobre caliente, durante el período de la Unidad Popular, bajo la presidencia de Allende, iniciada en noviembre del año anterior. ¿Es un retrato de la actualidad candente, que carece de perspectiva propicia para la captación filosófica del espíritu de dicho período? Sin duda en sus páginas se palpan las materias inflamadas de los acontecimientos, las horas quemantes, cuyo ardor aún no se enfría cuando el autor las traslada al papel. Es la pintura de un modelo todavía no terminado. Son las escenas que se siguen viviendo, tan frescas como la tinta de imprenta que empapa las páginas de un libro nacido en medio del combate.

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La Contracorriente, en cambio, no trabaja con lo que está sucediendo hoy en Chile sino con lo que sucedió ayer. Pertenece a la reconstitución de un pasado inmediato. Su territorio está cruzado por el tejido de violentas contradicciones que desgarraron al país durante los años de la gran conjura para derribar el gobierno presidido por Salvador Allende, a fin de instaurar en su reemplazo el fascismo. Tal es el nudo de la obra. Se va formando con imágenes directas. A falta de esplendor, le sobra substancia viva. Es la realidad encarnada, nerviosa, insidiosa y angustiada de aquellos meses tan difíciles que precedieron a la consumación de la tragedia. Rezuma el color sombrío de esos días. Pero su perfil sobresale nítido. El cuadro se va poblando con los hechos de la conspiración más que con el mensaje, que también se desprende del fondo visiblemente interesado de la anécdota. El clima de drama anda siempre por debajo de cada página. La satura y la envuelve en la inquietud por lo que vendrá.

Las formas son simples. El estilo es muy concreto y muy directo, a ratos casi telegráfico. Aquí está lo real, lo que de verdad aconteció. El mundo de esos años, cómo fue y no cómo se soñó ni cómo se quiso. El mecanismo de la memoria va reconstituyendo, en función de unos pocos personajes alusivos, ese universo endemoniado que la contrarrevolución fabricó en forma prolija y despiadada para preparar la caída fulminante del intento de avance y renovación del país, para que no fuera alterado en Chile el reino de los poderosos.

El énfasis suena discreto. Los comentarios austeros. Se perciben ciertas zonas de silencio. Si en un momento dado alguna escena pudiera asemejarse a la aventura extravagante, nadie dude que se trata de una novela realista, donde los pasos de la imaginación están controlados cautelosamente. A ratos es exacta como un informe sobre la situación.

Quien quiera disponer de un cuadro claro sobre el complejo panorama de entonces no perderá su tiempo si lee esta novela. Es una pintura sin ilusiones ni barniz dorado. Todo se nos vuelve dolorosamente reconocible. La telaraña se hace de nuevo presente y se revive como el dogal, tendido desde Washington, fue apretando la garganta del país por la mano de Pinochet y sus cómplices. Aquí está uno de los «affaires» del siglo, el plan manejado por control remoto pero ejecutado por agentes de carne y hueso. Para ello previamente debía generarse la confusión en todo sentido, llegando hasta los cuarteles, como prerrequisito para asestar el golpe. La rememoración novelesca de Atías nos resulta indispensable a los chilenos. Coloca el pretérito reciente -que tiende a desdibujarse- con sus contornos efectivos ante nuestros ojos. Hablamos de un libro útil porque, desde luego, pasado, presente y derecho al futuro están confundidos. Imagino que también servirá al lector europeo disponer de una obra como ésta que le pinte tan a lo vivo la atmósfera que precedió al golpe de Estado.

Guillermo Atías escribe movido por la corriente que brota de las emociones nacidas de hechos históricos que lo impactaron para siempre, No traza un inventario frío de los sucesos sino que compone con ellos un film, una secuencia, que trasciende el tumulto caótico de los episodios y los ordena de un modo que permite conocer y reconocer lo que aconteció en medio de esas mareas tormentosas donde el barco parecía flotar a la deriva. Se siente la palpitación interior de los acontecimientos. Por ello es una novela inquietante, fértil y despierta. El autor confía a sus personajes sus dudas y reflexiones, no exentas de una conciencia política y moral, discute las angustias que le han dejado marcada el alma y a cuyos aguijones no puede escapar.

La Contracorriente responde concisamente a su subtítulo: «Los Días de Allende». Dos nombres complementarios, con todas sus consecuencias. Su protagonista es un periodista uruguayo que prepara un reportaje sobre la Unidad Popular. La observación sobre el terreno de ese monstruo político, la llamada «revolución sin sangre», le merece dudas, como el parto sin dolor. Vive ese mitin de las ollas vacías coloreado por un tinte fascista, de un fascismo que sale a la calle al estilo de las huestes de Hitler y Mussolini y desarrolla manifestaciones de masas impregnadas de rabiosa histeria anticomunista. «No pude contenerme de decir para que se oyera bien que el fascismo había llegado a Chile». Se encuentra con una página de la historia y la recoge como testigo. Se siente a ratos la mano del reportero que traza la crónica; pero el novelista no tarda en poner en juego su poder de representación, reviviendo no sólo el proceso político sino todos los elementos concernientes de la sociedad, de la psicología colectiva e individual. Se sitúa en el centro del torbellino. El autor no es un observador pragmático ni neutro. Se siente motivado por el proceso y a la vez lleno de zozobras por su suerte. Es un participante sobresaltado, no desprovisto de sensualidad y del goce de vivir, a pesar de todo, en medio de la crisis, de las fuerzas desatadas y del clima de inseguridad que lo rodea.

El libro, auténtica novela donde nada está inanimado sino viviente, da por momentos la impresión de que los ojos ven, la nariz huele cómo se va formando la tempestad, el día negro 11 de septiembre de 1973. La reivindicación de los hechos preparatorios emana de esta amalgama bien fraguada entre personajes y realidades históricas. Huelga decir que, detrás de los sucesos, hay un análisis, a veces vertiginoso, de lo que acontece en el ambiente dentro del cual se mueven los personajes. Todos viven con intensidad, urgidos por el encadenamiento infernal. Marta es víctima de esa articulación cruel. Y sucumbe, destrozada, bajo su guerra de nervios. Ella es un nombre de los sin nombre. Lo que sucede daña su espíritu y le produce un trastorno que termina por enloquecerla.

No debemos estimar La Contracorriente como un libro cerrado. La novela deja escritos en el aire muchos signos de interrogación, apunta temas políticos pendientes, que seguirán nutriendo el examen y la discusión de los revolucionarios de todo el mundo. Nadie puede dudar que se trata de una obra comprometida con su país y con su pueblo.

Por lo tanto, las diversas cuestiones que se plantearon entonces están miradas sin distancia, como íntimamente integradas a la peripecia de hoy. De alguna manera éste es un asunto clave del cual los escritores chilenos socialmente más comprometidos no pueden salirse. No es causal que sea el leit motiv insistente de la mayoría de sus poetas, autores teatrales, músicos, pintores, ensayistas. Comienzan a aparecer obras que tratan el tema, directa o marginalmente. Algunas de ellas señalan en particular durante los últimos tiempos dicha aproximación: Soñé que la Nieve Ardía (1975), de Antonio Skármeta; En este lugar sagrado (1977), de Poli Délano; Chilex (1978), de Ariel Dorfman. Les parece que si no se preocuparan de este traumatismo que ha cortado en algún sentido sus vidas y mutilado la existencia del país, su literatura abriría una puerta sobre el vacío. No se advierte sustancialmente en ellas el vértigo del abismo, sino variaciones a propósito de una historia interrumpida. Son libros repletos de imágenes redivivas, plenos de sucesos, de rostros, de almas y cuerpos torturados, de la realidad política explorada hasta sus recodos más secretos y penosos. Responden a reflexiones sobrecogidas. Más allá de la melancolía no escriben como eruditos. Se trata de novelistas que buscan la verdad, quieren aclararla, exorcizar los fantasmas que vuelven.

La Contracorriente no es, por lo tanto, una novela aislada. La literatura chilena no podrá, durante un largo período, desentenderse de la historia reciente de su país, de lo sucedido en los mil días de la Unidad Popular y durante los años del fascismo. Guillermo Atías es un pionero que abre dicho camino hacia la transmutación de la contracorriente, la vuelta del reflujo al flujo ascendente, hacia el retorno, hacia la culminación y la pleamar. Lo explora como un creador que se adelanta al equipo. El lector de este libro podrá no sólo revivir un drama del siglo XX sino explicárselo mejor, asomarse a la intimidad, a la naturaleza y a los motivos de la lucha de los chilenos de este tiempo. Y adentrarse en las grandes preocupaciones del espíritu de su autor, un hombre, un novelista que la historia literaria del país ha de registrar en sus páginas con una justicia que le sigue debiendo.


Nota:

1. Breve descripción de Chile.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03