El leche con agua

EL LECHE CON AGUA

Gustavo Arenas

Literatura Chilena, creación y crítica. N 19 marzo 1982

¡¡ Goooool!! , la algarabía de los chiquillos del barrio atronó el aire. Se disputaba un furioso partido de fútbol con los muchachos de una calle vecina.

La pelota de trapos a cada puntapié destilaba el agua recogida en las charcas del solar de la improvisada cancha. Resguardaba el arco hecho con grandes piedras colocadas a ambos lados, un muchacho alto, delgado de contextura, Manuel Lizana. Hijo de un repartidor de leche. Manuel tenía nuestra misma edad, catorce años.

A pesar de vivir en las afueras de la ciudad, no se perdía partido de fútbol, organizado por nosotros, pues el trofeo a disputar consistía en veinte pesos que invertíamos en pan, mortadela y bebidas después del partido, si salíamos victoriosos. Nosotros, a pesar de haber tenido varios reclamos de los equipos contrarios, por ser el domicilio de Manuel una población periférica, lugar muy distante de nuestros barrios, lográbamos meterlo en el equipo, alegando con infantil argucia que él y su padre eran los lecheros de nuestro barrio. Pero en el fondo nosotros necesitábamos a Manuel, Era ágil, despierto y casi siempre atajaba los tiros que se coreaban como goles hechos.

Al final de cada partido, embarrado hasta la tusa con el agua que destilaba la pelota, se sentaba a disfrutar de su sandwich y su bebida junto a nosotros comentando las incidencias del partido.

Perdíamos ese día uno a cero. Pero al final sabíamos que ganaríamos, teníamos confianza en Manuel, y ese gol que le pasaron fue producto de un Penalty. Nos habíamos corrido con todo adelante, en la defensa no quedaba nadie, buscando con desesperación el gol del empate, cuando un tiro largo del defensa contrario nos sobró, la agarró el centro delantero y se cortó solo hacia nuestro arco, la angustia y el grito fue...

¡¡Atajaaa, leche con aguaaa!!

Miramos a Manuel Lizana, estaba como hipnotizado, con los brazos caídos, la cabeza en alto como escuchando algo. La pelota pasó rauda dentro del arco. A la carrera abandonó el arco, saltó la tapia del solar y lo perdimos de vista.

A nuestros oídos llegó el son de clarines y los acordes de una marcha militar.

Se interrumpió el partido, no podíamos seguir compitiendo. La música atronaba. Saltamos la tapia del solar, un destacamento militar con su banda de guerra, acompañaba el funeral de un veterano de la guerra del Pacífico, fallecido en nuestra ciudad. Seguimos el cortejo con expectación. Militares con su banda de músicos, no era cosa de verse todos los días, venían de la capital. En las puertas del cementerio nos detuvieron, un militar nos prohibió la entrada.

Esa noche, comentábamos el percance sufrido por nuestro equipo en la esquina del almacén del barrio. Vimos venir hacia nosotros al lechero. El padre de Manuel se veía furibundo, en su mano tenía la huasca o chicote con que estimulaba el caballo del carretón. Nos preguntó por Manuel, lo miramos sin contestar nada. A nuestros oídos llegaban toques de clarín, los militares pernoctaban en la escuela superior de nuestra ciudad.

Fuimos a echar una mirada. Trepados en la muralla divisoria, nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, y a la distancia vimos a Manuel alrededor de una fogata, revolvía cucharón en mano, una gran olla en animada conversación con los militares.

Al día siguiente, lo encontré camino de la escuela. Venía caminando encorvado, su traza era la de un perro apaleado. Al verlo una oleada de rabia enrojeció mi cara.

- Así que arrancando el maricón ¿ah? - Te vamos a cobrar uno por uno los veinte pesos que perdimos por tu culpa. Lo arrinconé en la muralla y le metí un puño en un ojo. No dijo nada, pero el odio se le pintó en la cara.

- Y... entiéndelo bien, no te queremos ver más por la cancha.

II

Manuel había pernoctado con los militares esa noche en la escuela. Al día siguiente como de costumbre vino a ayudar a su padre a uncir el caballo al carretón para acompañarlo a buscar la leche al establo. Después se iría a la escuela. Su padre lo vio venir y se le vino encima furioso.

Qué te habís creído mocoso e mierda, por buscarte anoche me acosté después de las doce de la noche.

- Andarías robando por ahí con tus amigotes del pueblo. La huasca silbaba al cortar el aire y se descargaba en las espaldas y piernas de Manuel. Al caer al suelo, los orines y el estiércol del caballo se pegaron en su cara y manos. Su madre lo vio venir en un estado calamitoso, lo llevó a la acequia y empezó a lavarlo.

- ¿Qué te pasó, Manuel anoche que no llegaste? . -Tu padre te buscó hasta tarde.

- Mamita, yo nunca había visto a los "milicos" los seguí hasta el cementerio y después hasta la escuela, donde alojaron.

Conversando se me hizo tarde y dormí al lado de la fogata, ellos me pasaron una manta.

La madre no halló qué decir, pero decidió conversar esto con su marido esa noche. Desde ese día, Manuel cada vez que hablaba con su madre, sacaba el tema de los militares y expresaba su deseo de ingresar a la escuela militar.

Su padre tal vez en el fondo de su ser, pensó ver realizado en su hijo lo que él nunca pudo ser, ya que desde temprana edad tuvo que trabajar y su escasa educación le había traído muchas dificultades.

Un día el padre de Manuel habló con el dueño del fundo de donde él sacaba la leche que repartía en la Ciudad.

- Don Roberto, si usté lo tiene a bien, quisiera hablarle una palabrita.

-Tú dirás pues hombre.

- Se trata de mi hijo, Don Roberto. Tiene metió entre ceja y ceja ser militar y entrar a la escuela. "Pero pa eso se necesita dinero yo soy pobre, pero con unos ahorros que tengo y vendiendo algo, tal vez podría...

- Mira, hombre, si yo te puedo servir en algo. " Sí. Don Roberto. Si usté lo tiene como volunta pa mí, podría apadrinarme el chiquillo. Yo no soy naide Don Roberto y pa eso se necesita ser persona influyente.

- No faltaba más, hombre. Haz tus trámites y me avisas.

El padre de Manuel viajó a Santiago, trajo los documentos y los formularios de matrícula y todos sus ahorros los invirtió en el ingreso de Manuel en la escuela militar.

Pasó el tiempo. Un día lo vimos llegar, casi no lo conocimos.

Había crecido un poco, su cuerpo se veía musculoso. Lucía con orgullo su uniforme de cadete militar. Pasó frente a nosotros sin siquiera mirarnos, Juanito Muñoz, su compañero de banco en la escuela pública, que compartía con él las golosinas y le ayudaba en las tareas escolares, se aventuró a saludarlo.

- Hola, Manuel, ¿cómo te va? , por la re madre que andas elegante.

- Haz el favor de retirarte. Al mirarlo con profundo desprecio, escupió en el suelo y dijo:

- Con mugrientos no me meto.

Siguió su camino haciendo sonar los espolines. Nos quedamos mudos. Nuestra reacción fue rápida y un coro de voces infantiles

Lo persiguió hasta que se perdió de vista.

"¡¡Leche con aguaaa!! Leche con aguaaa maricón!!

Desde entonces los muchachos del equipo de fútbol, cada vez que lo veían lo mortificaban con el apodo de su infancia.

III

El tiempo fue pasando. Nos fuimos haciendo hombres. Algunos se fueron a la ciudad. Yo aprendí el oficio de carpintero mueblista, me casé e instalé un taller en la calle de mi barrio. De Manuel Lizana se sabía algo de tarde en tarde por algún conscripto licenciado del servicio militar. Sabíamos que el capitán Lizana estaba en un regimiento del norte del país. Mi taller había prosperado, compré algunas máquinas herramientas y fabricaba muebles que mi mujer vendía en un local céntrico. Tenía una casita y mis hijos estudiaban en la misma escuela en que yo aprendí mis primeras letras cuando niño. La Ciudad había progresado. Los trabajadores decían que tenían días mejores. Se ganaba dinero. Había un nuevo Gobierno y la miseria había quedado atrás como los recuerdos de mi infancia. Dedicado por entero a mi trabajo, no hacía depones, ni había ingresado a ningún partido político, pero miraba con simpatía el gobierno actual. El pueblo se veía alegre y los niños ya no estaban desnutridos ni descalzos, como cuando yo era niño. Corría el año 1973. En varias ocasiones mi mujer se vio obligada a cerrar el local de ventas, pues una horda de matones Se destrozaron las vitrinas. Se veía agitación en las calles. Los partidos políticos opositores hacían una resistencia tenaz al gobierno, haciendo huelgas con los transportes y sabotajes en los servicios públicos. Los trabajadores fieles al gobierno, seguían trabajando pese a todo.

Yo continuaba en lo mío. Los días que la provocación arreciaba, cerraba las puertas de mi taller y seguía trabajando, tenía la esperanza de que esto pasaría y se impondría la cordura. El día 11 de Septiembre no pudimos salir a la calle. La radio hablaba de un golpe militar. Oímos la voz del Presidente de la República instando al pueblo a que no se sacrificara, ellos tenían las armas y la fuerza y los trabajadores estaban indefensos. Lo oímos decir cómo el Palacio de gobierno sería bombardeado, lo oímos despedirse de su pueblo. Con mi mujer decidimos quedarnos en casa, hasta que todo pasara, El tiroteo de las fuerzas armadas y de orden era infernal. Se quería imponer el terror. Esa noche nos dormimos tarde. Habríamos dormido un poco cuando sentimos que la puerta de calle era derribada con fuertes golpes.

Encendí la luz, un tropel de milicos irrumpió en nuestro dormitorio arrasándolo todo.

Al mando de la tropa, reconocía Manuel Lizana. Intenté decir algo, un fuerte golpe con la culata de su pistola en mi cara fue su respuesta. Fui arrojado al suelo, Lizana me pegó unas patadas en la boca que me botó los dientes, al tiempo que gritaba:

- ¡Lleve a este marxista desgraciao a la camioneta, sargento!! Fui arrastrado hacia la calle y tirado boca abajo en un vehículo estacionado en la puerta de mi casa. Mi mujer y mis hijos gritaban aterrorizados, sentí que los golpeaban para acallarlos. ¿Cuánto tiempo? no sé, pero esa noche fui encerrado en una celda donde se encontraban otros prisioneros. Se sentían descargas de fusilería.

Manuel Lizana entró a la celda al amanecer y nos fue dando vuelta con su bota para vernos la cara. Cuando me ubicó me pegó sendas patadas al tiempo que decía:

- Creías "huevón" que nunca más me verías, ¿no?

- Ahora el que manda en la cancha, soy yo.

- A ver los de guardia!! lleven a este marxista asesino al patio.

Fui llevado en vilo, de una patada en las rodillas me hicieron arrodillarme en el suelo. Vi llegado mi último momento, pues frente a mí, junto a un muro se veían varios cadáveres sangrantes.

Un pelotón de fusileros-se aprestaba a ejecutar a un hombre, que con las manos atadas a la espalda, miraba fijo los preparativos. Manuel Lizana se colocó al mando del pelotón para dar la voz de fuego.

Me miraba con insistencia, quería que yo viera el fin que me esperaba. Me fijé en el hombre que estaba frente al pelotón de fusileros y reconocí al chico Juanito Muñoz, ex compañero de la infancia del verdugo.

Lizana, con el sable en alto, se aprestaba a dar la voz de fuego, cuando el chico Muñoz con voz tronante gritó:

- ¡¡Leche con aguaaa, maricón, disparaaaa!.

Desencajado, pálido, Lizana bajó el brazo, la descarga atronó el aire, Manuel Lizana, temblando, pálido como la muelle dio media vuelta y se fue casi a la carrera.

Fui devuelto a la celda esa noche.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03