«Azul...», Darío en Chile

«AZUL...», DARÍO EN CHILE

Fernando Alegría

Fernando Alegría, escritor y profesor de literatura en la Universidad de Stanford, es autor de numerosos libros: ensayos, historia y critica literaria, novelas, poemarios. Este año celebra los cincuenta años de su primer titulo publicado: Recabarren. Vive en California, Estados Unidos.

Araucaria de Chile. N 43, 1988.

Siempre me pareció interesante el relato que Rubén Darío hizo de su llegada a Santiago y del patético encuentro con quien debía ser uno de sus mecenas chilenos. No por el tono de folletín que le dio sagazmente Darío, sino por un aspecto del episodio que a él le pasó inadvertido y que hoy ayuda a caracterizar una época literaria en Chile: me refiero al hecho de que en los últimos decenios del siglo XIX todo poeta importante ocupaba un sitio dirigente en la historia política y social del país. ¿Qué de extraño tenía, entonces, que el señor C. A., envuelto en pieles como una magnate, buscando a la eminencia centroamericana por los andenes de la Estación Mapocho, sufriera tal desilusión al verse cara a cara con Darío?

«Ruido de tren que llega -cuenta el poeta-, agitación de familias, abrazos y salutaciones, mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana. Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos a un lado, y ya no había nadie casi en aquel largo recinto, cuando diviso dos cosas: un carruaje espléndido con dos soberbios caballos, cochero estirado y valet, y un señor todo envuelto en pieles, tipo de financiero o de diplomático, que andaba por la estación buscando algo. Yo, a mi vez, buscaba. De pronto, como ya no había nada que buscar, nos dirigimos el personaje a mí y yo al personaje. Con un tono entre dudoso, asombrado y despectivo me preguntó: "¿Sería usted acaso el señor Rubén Darío?" Con un tono entre asombrado, miedoso y esperanzado pregunté: "¿Sería usted acaso el señor C. A.?" Entonces vi desplomarse toda una Jericó de ilusiones. Me envolvió en una mirada. En aquella mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga, mis ojeras, mi jacquecito de Nicaragua, unos pantalones estrechos que yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos, y sobre todo mi valija. Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel reducidísimo espacio. El personaje miró hacia su coche. Había allí un secretario. Lo llamó. Se dirigió a mí. "Tengo -me dijo- mucho placer en conocerle. Le había hecho preparar habitación en un hotel de que le hablé a su amigo Poirier. No le conviene".»

«Y en un instante aquella equivocación tomó ante mí el aspecto de la fatalidad y ya no existía, por los justos y tristes detalles de la vida práctica, la ilusión que aquel político opulento tenia respecto al poeta que llegaba de Centroamérica. Y no había, en resumidas cuentas, más que el inexperto adolescente que se encontraba allí a caza de sueños y sintiendo los rumores de las abejas de esperanza que se prendían a su larga cabellera.»

¿Fue orgullo, vanidad social, lo que movió a ese señor C. A. a despachar a Darío con una fría mirada de alto abajo? Algo de eso hubo, qué duda cabe, pero hay más. Los poetas chilenos de entonces, desde la administración de Manuel Montt hasta la de Balmaceda, pasando por las de José Joaquín Pérez, Federico Errázuriz, Aníbal Pinto y Domingo Santa María, eran tribunos de alta alcurnia, caballeros de romántica prestancia, defensores de la libertad y del progreso, combatientes de elocuente y, a veces, heroica devoción a la patria. Eran, en una palabra, poetas-próceres. El señor C. A., que fue en busca de un bardo y se encontró con un joven bohemio, retrocedió sorprendido y receloso. ¿Cómo podía el modesto viajero codearse de igual a igual con los leones del liberalismo romántico chileno? Recordemos que Eusebio Lillo fue Ministro del Interior del primer gabinete de Balmaceda, y que Guillermo Matta fue Intendente, senador y diplomático en Alemania, Argentina y Uruguay; y Guillermo Blest Gana, Intendente de Aconcagua, Tarapacá y Linares; y que junto a ellos otros poetas desempeñaron cargos de igual distinción: Domingo Arteaga Alemparte fue Subsecretario de Relaciones Exteriores y diputado; Luis Rodríguez Velasco, Ministro de Justicia y Educación Pública; J. A. Soffia, Subsecretario del Interior, Ministro en Colombia... Estos eran los poetas del momento, los que acompañaron el despertar revolucionario de 1851 y la mejor época de reformas liberales balmacedistas y cuyo arte, con algunas excepciones, era un arte mayor fundido en los moldes de la tradición neoclásica y romántica. Cantando, como cantaban, con voz de trueno a la libertad, al progreso industrial y científico, o doliéndose de nostalgia por la patria en el destierro, o especulando con candor filosófico de base positivista, no fueron, claro está, sino nombres ilustres para el joven Darío, luminarias que dejó pasar respetuosamente a la distancia.

El academismo neoclásico chileno coincidió con el proceso de estructuración social que caracteriza al régimen portaliano. No puede darse una equivalencia más justa que esa voluntad distintiva de Portales de regular la conducta de una nación y esa devoción por la gramática, la retórica y la jurisprudencia que distinguió a don Andrés Bello. A la levita negra, cuello duro y rostro meticulosamente rasurado de Portales, corresponden igual levita, cuello y falta de patillas en Bello y sus discípulos. Por el contrario, los poetas tribunicios del régimen liberal encuentran su imagen y modelo en la figura melenudamente romántica del presidente Balmaceda. ¡Cuánto pelo hay en la poesía del romanticismo chileno! ¡Y qué lampiña la poesía de Camilo Henríquez, Vera y Pintado y Mora! ¡Qué bigotes los de Lillo, de la Barra, Matta y Blest Gana! ¡Qué melenas y qué barbas las que vendrán unos pocos años después! Poesía lampiña la de los portalianos, poesía barbuda la de los balmacedistas, unos cuentan sílabas, otros brindan con la redondilla en la mano. Unos escriben, otros disparan.

Para quien estudia la historia de la poesía chilena sigue siendo un problema determinar con precisión qué trajo Darío desde Centro América de naturaleza esencial para el Modernismo y qué obtuvo, directa o indirectamente, en su trato con los poetas chilenos de fin de siglo. Dos son los testimonios que generalmente usan los críticos para dilucidar este asunto: un artículo de Samuel Ossa Borne (1) y la obra del nicaragüense Diego Manuel Sequeira, Rubén Darío criollo (2). Ambos dejan en claro que Darío, gracias a las enseñanzas del poeta salvadoreño Francisco Gavidia y a sus abundantes lecturas mientras sirviera un cargo en la Biblioteca Nacional de Managua, llegó a conocer bastante bien el francés y a familiarizarse con la obra de Víctor Hugo. Erwin K. Mapes ha probado que Darío, a la edad de 14 años, colaboró con Gavidia en la adaptación del alejandrino terciario de Hugo a la poesía hispana (3). Según Sequeira, en la Biblioteca de Managua Darío tuvo a mano y leyó las obras de Mendés, Gautier, de los Goncourt y otros escritores franceses, ingleses, alemanes e italianos.

En mi opinión, sin embargo, una revisión imparcial de los documentos que, por lo general, se aducen con respecto a los orígenes literarios de la renovación modernista deja en claro dos hechos: el primero, que lo escrito por el nicaragüense antes de venir a Chile no guarda un vínculo esencial con lo que va a ser el movimiento modernista; y el segundo, que Darío descubre en Chile, particularmente a través de Balmaceda Toro y Rodríguez Mendoza, aspectos de la llamada poesía decadente europea que serán determinantes en la estética del modernismo.

Raúl Silva Castro, aficionado a decir las cosas rotundamente, dijo simplemente que «Rubén Darío había encontrado en este país, por primera vez, algunos modos de decir y asociaciones de ideas y de imágenes que le iban a servir, años más tarde, para componer sus poesías modernistas. En suma, dicho en otra forma, quedó establecido que el modernismo había nacido en Chile.» (4) Dicho sea de paso, el investigador guatemalteco Eduardo Torres concuerda con Silva Castro (La dramática vida de R. D., Guatemala, 1952, p. 103).

Es obvio que Darío, el poeta niño, romántico, sentimental, precozmente retórico en sus epístolas, juguetón y nostálgico en sus Abrojos y Otoñales, grandilocuente en su Canto épico a las glorias de Chile, descubre en nuestro país un deslumbrante remedo de la decadencia francesa, afina su nuevo instrumento y lo perfecciona en Azul...! (1888).

Este despertar se produce en el ámbito de una amistad que, a todas luces, debe parecemos rara. Me imagino a Darío -no hay más que leer su Autobiografía- con sus magros veinte años a cuesta, su morena altivez, su ocio sensual, su recatada pobreza, paseando por la avenida del Ejército o por los senderos del parque Cousiño, del brazo de Pedro Balmaceda Toro, joven y elegante jorobado, de frente lúcida, de noble y hermosa mirada, de innato refinamiento, herido ya por una enfermedad incurable. He ahí dos extraños iluminados, uno el aristocrático hijo del presidente de la República, el otro nacido en provincianas miserias indianas. Ninguno de los dos había viajado a Europa, pero hablan, sueñan y escriben en la más pura tradición parnasiana y simbolista. Darío parece seguir a su amigo, hay en su actitud cierta silenciosa ternura e instintivo respeto; pero guarda sus sentimientos: aparenta hablar, reír, de igual a igual; secretamente, va enterrando sus melenas, sus dolores, sus abrojos, sus rimas y sus himnos -todo aquello que trajo en la valija desfondada- a los pies de Balmaceda. Dice Darío:

«Al hojear un día los diarios de la tarde, encontré en Los debates un artículo firmado con un seudónimo que no recuerdo, artículo cuyo estilo nada tenía de común con el de todos los escritores de entonces.» (5)

¿De qué estaba hecho ese estilo? Agrega Darío:

«... él era lleno de poesía, de forma, de color, de don melódico. Su inspiración primaveral soltaba al aire bandadas de pájaros alegres y de libélulas irisadas. Hay frases suyas que son búcaros de violetas, jarras de lilas nuevas. Poseía cristalizaciones lapidarias que hacían temblar al sol; y en una comparación burilaba un camafeo. A las veces, un centauro joven iba al campo florido a coronarse de rosas bajo el follaje de los laureles. Entonces veis en el período del cuento una gallardía de expresión, un modo de decir las cosas gentilmente peregrino en nuestra lengua.»

Refiriéndose a Estudios y rasgos literarios, la obra póstuma de Balmaceda Toro, afirma:

«El libro es como una caja de cristal llena de pequeños bibelots de bronce, de joyas de oro, de alabastros, de camafeos, copas florentinas, medallas, esmaltes, y en mármol se ve la huella del cincel de acero.»

Es decir, en páginas tempranas de Balmaceda descubre Darío, como en un aparador de fragancia picante, la china, la plata, el oropel y el ajuar exótico de la ornamentación modernista. Balmaceda juega con los temas malditos que Darío va a manejar muy pronto en Los raros:

«Hay ciertos libros que no se pueden leer sin vino embriagador. Para Poe el aguardiente. Para Musset, el ajenjo. Para Bécquer, el Jerez de la Frontera. Para Heine..., no encuentro un vino apropiado... (será el néctar de los dioses). Y para ti, yo desearía uno de esos vinos tristes, melancólicos, que ruedan lentamente por los bordes del cristal de Bohemia..., poemas rojos, saturados de sangre hirviente y del perfume de las viñas.»

Hay algo de bella monstruosidad en la imagen de ese par de jóvenes enguantados, el uno alto y mestizo, el otro contrahecho y pálido, que van por las calles de Santiago creyendo ver carrozas de Dumont, panneaux antiguos, desnudos de Reni, modas de Buckingham y perfiles de duquesas, mientras los vecinos se mueren de peste viruela, arrastran los pies por callejuelas de piedra y lodo, se desvanecen en la luz mortecina del gas y se apartan a saltos para no morir arrollados por los salvajes caballos del carro de bomberos. Junto al habla cortita y parca de los santiaguinos, este par revolotea por la Alameda de las Delicias dejando a su paso seductoras voces de Francia.

Es el Modernismo que camina por la Alameda. A la sombra de Balmaceda Toro y un poco, no tanto, de la de Rodríguez Mendoza, Darío liquida su negocio romántico, deja bien enterrado a Zorrilla, Campoamor, Espronceda y Bécquer, y da forma a su recién asimilado parnaso: no es otra cosa Azul...! La historia de este libro, el papel que en su edición jugaron Poirier, Rodríguez, Balmaceda y otros, la influencia directa que Balmaceda ejerció sobre Darío durante su composición, así como en uno de los cuentos añadidos a la segunda edición, ha sido examinada con lujo de detalles por críticos de América y de España. (Cf. la Breve historia del Modernismo, México, 1954, de Max Henríquez Ureña.)

Sabido es que la primera edición de Azul...! llevaba un prólogo de Eduardo de la Barra. Tal hecho fue, en realidad, accidental: no sólo por la muerte de Lastarria, a quien se le había encomendado tal tarea, sino porque De la Barra sólo por «accidente» podía haber comprendido el milagro poético que llegaba, así, de sorpresa, a sus manos. En un plano literario, De la Barra se esfuerza por emparentar a Darío con Hugo y Méndes, por razones obvias, y con Paúl de St. Víctor, D'Amicis, Daudet y Jorge Isaacs, por razones misteriosas, incomprensibles. Le critica una excesiva preocupación por la forma y una marcada tendencia a la ornamentación, clama contra los decadentes y, al enumerar los peligros con que ellos tientan al joven poeta, quiebra, sin darse cuenta, la imagen misma de la poesía que ya consagra Darío.

La alianza de Darío y De la Barra en la primera edición de Azul...! debe pasar a la historia como una anécdota curiosa. A decir verdad, meses antes de publicar Azul...! Darío había publicado un artículo que es, sin lugar a dudas, el verdadero manifiesto inicial del Modernismo. En ese artículo Darío parece responder, palabra por palabra, a los cargos que De la Barra le iba a hacer más tarde. Dice:

«Juntar la grandeza o los esplendores de una idea en el cerco burilado de una buena combinación de letras; lograr no escribir como los papagallos hablan, sino hablar como las águilas callan; tener luz y color en un engarce, aprisionar el secreto de la música en la trampa de plata de la retórica, hacer rosas artificiales que huelen a primavera, he ahí el misterio. Y para eso, nada de burgueses literarios, ni de frases de cartón.»

Recordando a sus amigos, exclama:

«¡He aquí a Riquelme, a Gilbert (Balmaceda Toro) en Chile! Se necesita que el ingenio saque del joyero antiguo el buen metal y la rica pedrería, para fundir, montar y pulir a su capricho, volando al porvenir, dando novedad a la producción, con un decir flamante, rápido, eléctrico, nunca usado, por cuanto nunca se han tenido a la mano, como ahora, todos los elementos de la naturaleza y todas las grandezas del espíritu.» (6)

Hablando de otro, Darío habló de sí mismo. Defendiendo a los decadentes, afirmó su propia urgencia de experimentar por los ámbitos de la sinestesia, de crear su discurso poético al margen de las academias pero cuidando celosamente las raíces castizas. El culto por la belleza parnasiana de la forma, tanto en la prosa como en la poesía, el valor de la sugerencia sobre el concepto como instrumento poético, de la imagen rara sobre la manida metáfora, el redescubrimiento de la belleza lírica escondida en la poesía medieval y clásica españolas, el valor estético de aquello que en esos momentos pasa por decoración exótica -orientalismo, en general-, la oposición del espíritu rebelde contra el «establecimiento burgués», comercial, académico, en otras palabras; la exaltación de los raros contra los vulgares, la experimentación con los elementos básicos de la prosodia, todo eso, en suma, que los preceptistas convertirán en la estética del Modernismo, lo deja anunciado Darío en Azul...! y en su manifiesto publicado en La libertad electoral.

Estos son sus históricos legados al desarrollo de la poesía moderna en Chile. Sus Abrojos habrán conmovido el ambiente de los salones santiaguinos, su Canto épico la sobremesa del presidente de Chile, sus rimas la faena de los jueces del certamen Várela, pero es en Azul...! y en su artículo «Catulle Méndez; parnasianos y decadentes» que los poetas chilenos de fin de siglo ven pasar el cometa del Modernismo.

A través de los años. Azul...! -como un tapiz descrito por el mismo Darío- muestra sorpresas a los lectores desprevenidos: a veces cobra resplandores escondidos, a veces se marchita y desvanece en tiempos duros, a veces, como el Dorian Gray de Wilde, revela el entretejido, revés y remates de la vejez. Pero el pequeño y misterioso libro revive en cada primavera.

Entre las sorpresas se da el curioso efecto de sus cuentos mal llamados «realistas»: «El rey burgués», «El fardo», «La canción del oro» y, por qué no, «El velo de la reina Mab» y hasta «El pájaro azul».

Darío deja de ser «escapista» en estos cuentos. Se duele en uno, solloza en otro, escandaliza en «La canción del oro» e ironiza en «El velo de la reina Mab» y «El pájaro azul». «El fardo» es, para usar el lenguaje de su época, su aguafuerte más directa y gráfica. Naturalista, habría dicho Raúl Silva Castro. Y uno piensa qué Darío fue ése que escribió estas críticas furibundas a la sociedad burguesa, a la desigualdad de clases, a la arrogancia y desvergüenza de los poderosos, a su desprecio por el arte. Dan ganas de decir que Darío, joven y empobrecido poeta nica, en medio de la riqueza salitrera y minera de una minoría prepotente, lanza sus puntapiés al «orden establecido» y saca sangre. Se rebela, se indigna, protesta y, en tal ánimo, escribe sus diatribas para La Epoca.

La sociedad chilena lee esos cuentos y dice: «cosas de poeta». Insisten en ver solamente el resplendente, fastuoso y espléndido discurso poético de Darío. La verdad es que, al acusar y protestar, Rubén Darío abre una veta de poesía y prosa social que en Chile dará poderosos frutos en la obra de Pezoa Véliz y Baldomero Lillo. Esta es la moraleja de los cuentos «realistas» del nicaragüense.

Nadie, por supuesto, querrá escoger jamás entre la poesía y la prosa de Azul...! Naturalmente, sí podrá el lector quedarse más tiempo en unas páginas que en otras. Personalmente, suelo quedarme en «El año lírico» y, con preferencia, en «Los medallones». Pero siempre vuelvo a «El fardo» porque me gusta pensar en este hombre que, escribiendo con piedras preciosas en la pluma, pudo también sentir, vivir y comprender la miseria de los estibadores porteños, desde su propio cuartucho de suche aduanero en Valparaíso.

Quiero decir que Rubén Darío dejó en Chile su huevo de oro y la mariposa modernista emprendió el vuelo.


Notas:

1. «A la manera de Hein», Revista chilena, t. I, 1917.

2. Buenos Aires, 1945.

3. L'influence française dans l'oeuvre de R. D., París, 1925.

4. Rubén Darío a los veinte años, Madrid, 1956.

5. En A. de Gilbert, Obras Completas, Madrid, 1950, I. II, p. 152.

6. Citado por Saavedra Molina y Mapes en Obras escogidas de R. D. publicadas en Chile, t. I, Santiago, 1939.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03