¿Qué dice mi nana?

¿QUE DICE MI NANA?

Fernando Alegría

Literatura Chilena, creación y crítica. N 17 Sept. 1981

Escapar de perfil a lo largo de los cerros, husmeando las cenizas de los chinos que observan misteriosos entre barrotes de madera y farolillos de seda, de una esquina a otra, bajo un cielo que resplandece lejano con el humo rojo de las inmensas antorchas, sintiendo que el tintineo de las panderetas y el redoble de los tambores se acercan, oliendo casi a los boxers de carniceros y babientos hocicos, el grupo de chilenos aparecía un instante y luego desvanecíase como tragado por las acequias.

¿Quién cortó la soga, Decano? ¿Quién dobló el ritmo funerario de la pesada campana? ¿Quién se vino guardábalo rasgando el ciclo como un puñal y partiendo la seda manchada ya con los jugos del ahorcado? Barón pregunta tambaleándose, colgando casi de los brazos de Hilton y el Negro. No hay descanso, decía entre dientes el Decano. Las mujeres coman arrastrando las faldas oscuras, pegadas a los muros del cerro. ¿Quién se allegará a las carpas a recoger la carga?

-No habrá carga, a los botes. Deja un recado Rosita. Es tiempo llegó Barón, ahora sí que es tu noche. Aprovéchala. Vamos, Rosita. Vamos. Rosario. Chincol, a los remos, hijo. El viejo Robinson está avisado. Pagado y sacramentado. Nos espera en su lancha.

Y así la partida de embozados afuerinos va por un callejón de una playa y de esta playa a otra, el sombrero maulino sobre los ojos, empapados de lluvia y lodo, dejándose ir hacia el mar que los espera meciéndose en silencio.

En los oídos del Decano va quedando el susurro cansado de Barón.

-No quiero secretos- le dice el Decano -, guárdatelo, no hace falta que yo lo sepa. Pero el otro insiste.

-Fox y su jauría me la tienen jurada. Ya vio usted lo que pasó hoy. Pero, créamelo, yo no robé la joyería, don Vicho, el cofre me lo dejó en custodia el abogado Correa, el apuñaleado. Y ahora es nuestro, pues don Vicho. ¿No le parece? Tenemos derecho a guardarlo. ¿Cuánto nos han robado? Lo tengo enterrado en la Contra Costa, una herradura en la barita que me conozco muy bien. Iremos a buscarlo, primero el cofre. Usted y los demás las enfilan para el muelle y se embarcan con Robinson. Yo me las arreglo para juntarme con ustedes en la bahía de San Pablo.

-Tranquilizate, hijo- decía el Decano -, no hables, ahorra tus fuerzas que las vas a necesitar. Estás herido. Lo enterrado que enterrado quede. Ya no habrá tiempo de buscar nada- Ahora, a correr.

-No, Decano, usted al mar, yo al cofre. ¡Corre, corre que te pillan! ¡Vuela, baroncito, que la jauría nos muerde los talones!

A través del tiempo -¿meses? ¿años? -, la pequeña banda de chilenos emponchados escapa apenas de los feroces hocicos, de las escopetas mohosas, de los sables y látigos de la traición. A los Placeres, hermanito, a los lavaderos que descubrimos y perdimos y hoy llevamos en mapas arrugados y tierrosos, al oro que nos han quitado y vamos a recuperar. ¿Qué no ve, Decano, que no podrán con nosotros? ¿Que somos más ahora? ¿Que nos van a encontrar mejor armados?

Ha sido el destino de cuanta expedición llegó de Pancho; se abren los ríos y caminos, la soledad de la sierra, como la voz de los bosques de pinos, el sol canta en las piedras y en el agua deshaciéndose en las noches heladas para amanecer tendido otra vez en las cunitas con un brillo sin engaño, oro purito, oro de ley, y cantan desde lejos los sinsontes, saltan las ardillas v danzan los osos californianos. Un revuelo de brisas y de árboles anuncia el verano del triunfo y, de pronto, como la nubecilla que aparece repentina entre ráfagas de la cordillera, cae con la tormenta el asalto de los forajidos, el peso de sus patas, la avalancha de sus percherones. A sangre y fuego descienden sobre los campamentos chilenos, venidos de algún desierto mormón, envueltos en chaquetas y chalecos de lobos, blandiendo el filo de sus sogas linchadoras.

- ¿Cuántas veces? - dice Barón -, todas ¡as veces que descubrí una fortuna, se la peleé al cerro o a la vertiente y la purifiqué en el río. Todas las veces. Unas con Hamilton, otras con los Ramírez y los Toro y los Sánchez. Me siguieron la huella de cerca o de lejos, desde la sombra o desde la luz, por valles y montañas. La quimera del roto. Pero, se acabó. Son las diez de última, Decano. Por Estalisnau anda la firmeza, Ellos lo saben. Nos siguen v nos seguirán. Y será distinto esta vez porque vamos a recoger lo sembrado. Un veranito más y volvemos. La balandra no dice mañana, dice hoy, esta noche. Y en cuanto al cofre...

-No me digas, Barón, es cosa tuya.

De pronto ha dejado de sonar la campana. San Francisco se apaga en el sonido sordo de la lluvia que se afina y viene ahora en bandas amplias y suaves. No hay tiempo que perder. Robinson espera. Al mar.

La balandra Dice-mi-nana partió al anochecer y, pocos minutos después, encalló en el barro. Aguardaba a los chilenos desde la mañana con equipaje y carga a bordo, meciéndose en la llovizna, buscando viento, calmosamente. Cuando llegaron los chilenos Robinson se negó a levantar ancla. ¿Qué espera? Preguntaba el Decano. El viejo, entre la maraña roja del bigote y la barba, sonreía. Borracho maldito, gritaba entonces el Decano, nos tendrá aquí hasta que se le pase la mona.

Partían en un arca descascarada y pudriéndose, verdosa de lama, oscurecida y arañada por los vientos salinos. Este viejo rugoso y colorado, por cuyas venas corría un oporto barato, presidía su pequeño universo con ademanes de obispo y maldiciones de pirata retirado. La cubierta era un chiquero azumagado soltando cansadamente su otor a bototos y cálcelas, sudor de potro y macho cabrio, pero también olor a mote, harina y poroto, vahos de comino y vino, que no venían de nada en particular, sino de las mejillas, sobacos y verijas de los tripulantes: el timonel tuerto y el grumete albino, los ex presidiarios de Long Island. No había espacio para moverse, sólo para meter los codos y los pies en las costillas del vecino.

De noche ya, después de haber comido varias veces, levantaron ancia. Hubo fanfarria de gaitas y redoble de tambores. Robinson gritó ¡Levar anclas! y luego ¡A toda vela! ¡Viento a estribor! Pero no soplaba viento alguno y las velas quedaron colgando como sábanas sucias. Se fueron, de a poco, contra un remolcador y de éste hacia el velero, del velero los empujaron a remazos y, mal estibados, la Dice-mi-nana se fue de costado. Chocando de barco en barco, dando tumbos, haciendo agua, fueron a encallar entre las rocas del Presidio. Allí empezó una lucha desesperada por volver al mar.

-Dame los remos - le decía el Decano a Robinson -, yo te voy a enseñar a bogar, hediondo verdulero. ¡Empujen niñitos! ¡Animo y valor! ¡Saltar al agua!

- ¿Qué agua? - preguntó el grumete albino -, si no hay más que barro.

- ¡Salta al barro entonces, huevón! ¡Animo muchachos! Empujen con los remos.

-¿Cuáles remos?

-Pero ¿no le dije al borracho que entregara los remos?

-No tenemos remos, señor, no hemos tenido nunca remos.

- ¡Hijo de puta! ¿Cómo nos echa al mar sin remos?

-Esto es una balandra, señor, no es una góndola veneciana.

¿Para qué quiere remos?

-¿Y ahora, cómo salimos del barro?

-Como entramos, pues, a los empujones.

Se mandó en comisión a dos mineros para que fueran a San Francisco a conseguir remos. Mientras tanto se vino la niebla encima y con ella empezó a caer una gruesa garúa. El viento trajo rasando el frió de escarcha de Los Farellones. Los pasajeros maldecían la mugrienta marina donde Robinson hiciera sus armas-Pero el capitán y sus secuaces cantaban brindando al gringo Brannan y su regimiento de galgos.

-Anda, hijo, anda a ver qué beben esos borrachos.

Al rato volvió Hilton a dar su informe.

- Jefe - dijo -, descubrieron el barril de aguardiente y se lo están tomando.

Se levantó el Decano y avanzó amenazante, remecido por el viento. -Capitán de la puta que te parió - dijo -, voy a denunciarte de inmediato, haré que te ahorquen, te acusaré de robo y traición. El capitán se irguió y tambaleándose se ajustó la gorra; después, echando fuego por la nariz hinchada y la boca sin dientes. comenzó a arrancarse los pelos de la barba mientras maldecía al Decano.

-Malditos - gritaba -, invasores, ladrones, grasientos chilenos, yo les voy a ensenar quien manda en este barco y a quién se respeta en América. ¡A ver, timonel! Dadme la espada y la pistola. Que elija este chancho. ¡Segundo a bordo! ¡Atención!

-El timonel se ha caído al barro.

- ¡Tercero a bordo! Te haré un sumario, carajo, abandonaste el buque en peligro, desamparaste a tu capitán con motín a bordo. ¡No tienes perdón! ¡Laborea! ¡Gusanos! ¡Grumete! ¡Cabrón grumete, dame la espada he dicho! ¡Ratas amarillas! ¿Qué saben de disciplina y de honor? Me han dejado solo con estos salvajes.

Llegaban entonces los remos y con los remos trata la delegación una orden escrita de puño y letra por Brannan conminando al capitán a hacerse a la vela de inmediato. Robinson cogió el papel sin mirarlo.

-¿Para qué se lo das? - preguntó el Decano -, si no sabe leer. El viejo habrá hecho una pelotilla con el mensaje, se la puso en la boca, se echó una buchada de aguardiente, y se tragó todo.

-Eso es lo que pienso de Brannan y de sus condenadas órdenes.

Si quieres leerlo - dijo dirigiéndose al Decano -, nos vemos mañana en el retrete.

El Decano lo agarró por el cuello, lo levantó y empezó a sacudirlo contra la escotilla. Tanto lo estrelló y con tanta fuerza, que el palo mayor empezó a ceder y a crujir y la balandra entera pareció desarmarse.

- ¡Calma, hermano, calma, déjalo ya, no lo mates, que no ves que lo estás matando! Te fusilaran. Te lincharán, Decano.

Al fin, el Decano lo dejó caer y el capitán se durmió sobre las piernas del piloto.

En la madrugada la Dice-mi-nana, con sus velas desplegadas, desafiando la marea, la lluvia y las rocas de Alcatraz, enfiló proa hacia la Contra Costa. A la luz velada del amanecer aparecieron en la cubierta nuevos pasajeros: cinco oregones con gorras de ardilla, cinco ratas gigantescas armadas de escopetas, vestidas de cuero y villela. Eran el contrabando particular de Robinson. Los pasajes que iban a parar a su propia damajuana.

Con viento en popa la balandra, volando como alcatraz mugriento a ras del agua, se llevaba a este grupo de emponchados por una costa de pinos y cerros mojados, brillantes, con un séquito de patos y una oscura cola de focas y tortugas. El viento la agarraba de costado al doblar la punta de Vallejo y resonaban tirantes los trapos, crujía la quilla, las olas reventaban sobre la cubierta. Robinson guiaba su balandra como a una yegua vieja, le sacaba fuerzas de sus lomos heridos y la metía con dulzura por entre los islotes hacia la poza gris y espumosa de Siun-Siun. Los chilenos esperaban que el viejo los depositara en algún brazo del Sacramento para descuartizarlo. Pero los oregones aguardaban asimismo su turno manoseando sus armas, embuchándose ahora su apestoso whiskey de papa ahumada.

Al llegar a la confluencia del Sacramento y el San Joaquín, el capitán anunció con voz solemne que estaba perdido. Los cauces de ambos ríos se entrecruzan y enredan como borrados bajo un movimiento de lenta arcilla y el peso del cielo sucio que esconde los confines del valle.

¿Otra treta del borracho?

Pero, ¿quién podría grabarse en la memoria todos estos hediondos canales, sus remansos, sus torbellinos, sus islas y golfos, sus orillas cubiertas de zarzamoras, sus profundidades repentinas y sus quebradas con traidores remolinos? Robinson iba de un canal a otro, haciendo y deshaciendo camino, como un ratón de acequia perdido en el laberinto de agua. ¿Por qué no había seguido el curso de los barcos de gran calado? Desde Sacramento bajaba una multitud de veleros v fragatas, cargados de gentes y de bestias. hacia la Puerta de Oro.

-No pudo, era de noche, no veía - dijo el grumete despertando.

San Joaquín y Sacramento
se vienen a dar la mano
no quieren su cargamento
de estos pendejos humanos.

La voz del albino se confundía con el graznar de las gaviotas. De la urdiembre de canales Robinson debía sacar el sendero cierto y único, no por el Yuba ni el Americano, sino por el río de oro, paso doble de la fortuna y la traición.

Away up the Yuba River
Far up in the mines,
There's where l've been mining
Since we dug our rockers out of pines...

-Voz de tiple - decía suspirando Vicentini -, arriesgada y confusa, pero caliente en sus bemoles y rasposa en sus trinos. La aprendió entre yeguas celosas oliendo los carbones del bourbon de Kentucky. Las horas pasaban y la balandra se perdía pegándose estrechamente a la ribera salvaje. Avanzando entre los matorrales, siguiéndoles la huella, iban indios y osos quebrando palos, chapoteando en invisibles lagunas. La ramada era espesa y en la cortina del pesado aguacero aparecían y desaparecían los penachos púrpuras, blancos, rojos de los rododendros nativos que goteaban su miel sobre los gatos monteses. El bosque se metía al canal. Las velas empezaban a enredarse.

-¿Tú crees - le preguntó el Decano a Barón - que nos van a asaltar? La tripulación guiaba ahora la balandra de matorral en matorral ayudándose con picas y palas. Entraron a una bóveda de helechos y pataguas. La sombra se hizo cobriza, como si las arcillas del río subieran por los árboles y abrieran el toldo transparente. Hubo ruido de armasen cubierta. Robinson desapareció. El Decano sacó el revólver y lo escondió bajo el poncho. De pronto, la barcaza encalló con tremendo crujido de palos y sonajera de velas. Las sombras empezaron a moverse tomando posiciones. El Decano sintió un cuchillo en la espalda y se irguió. Los oregones apuntaban con sus rifles.

-No alborotarse, niñitos - decía el Decano -, no dar pelea, nos tienen de los cocos.

De uno a uno los chilenos fueron saltando a tierra, abandonando bolsas, armas y faltriqueras. Cuando saltó el Decano, Robinson pegó un alarido y la balandra se soltó otra vez arrancando ramas y quebrachos, empujada por los remos de los bandidos. Se reían ahora y brindaban haciendo sonar las cantimploras como panderetas. Desapareció la embarcación por los canales. A los pies del Decano quedó un remolino de agua haciendo espuma y, al poco rato, las burbujas desaparecieron y no se oyó nada. Sin armas ni herramientas trataron de abrirse paso por el monte. La lluvia había cesado. Por el valle adentro aullaban los coyotes y los indios. Tropezando volvieron a la orilla del canal, buscaban un claro pero el suelo se volvía más pantanoso y pronto sintieron el movimiento agitado y resbaloso de las culebras que huían de la ciénaga dejando un rastro dorado sobre las hojas. El Decano escogió un gigantesco tronco de sequoia para armar su campamento. La base del tronco quemado, oscura nave de capilla, tenía las paredes y el cielo cubiertos de una costra negra. Olor a murciélago, a zorro, a mapache, a indio dormido, más el aroma del peyote que sangraba lentamente sus gotas amarillas. El ruido de las botas despertó a los animales y en el eco de la bóveda se repitieron los graznidos, las voces humanas, golpes de garras y colmillos, y constante el silbido de las serpientes. Sentados en el suelo de hojas secas tardaban en reconocerse.

-¿Quién salvó su mecha? - preguntó el Decano.

-Aquí hay una sequita.

-Hacemos un fuego, consueta.

-Y también tengo un cuchillo, junten leña. Nos congelamos, hermanito.

-¿Y no trajiste aguardiente también?

Barón, como durmiéndose, se iba encima del hombro del Decano.

-Ese botín se recupera -, dijo.

-¿Cómo? En un par de días lo habrán liquidado en Sacramento. No habrá nada que hacer.

-Excepto matarlos.

-¿Con qué?

-Pero no ve que para salir del río necesitan como una semana, mientras tanto hacemos un cambalache con los indios. Se trata no más que de conseguir un lanchón, pasarlos de noche y esperarlos para atracarlos antes de entrar a Sacramento.

-¿A mano limpia? Te gusta soñar, Barón.

-Mire, los indios tienen hachas, cuchillos, sogas. Se las compraremos, ¿Con qué? Bueno, tendrán que creernos y aceptar el trato. Nos entregan a Robinson y cobran. Les daremos su parte.

Se hizo la fogata lenta y sabiamente, y tanta ciencia pusieron en la empresa que, al amanecer ardían no sólo los palos secos sino los arboles alrededor, las llamas saltaban entrando y saliendo del bosque, iluminando lianas y helechos, chamuscando la verde manzanita, metiéndoseles a las encinas por las grietas y agarrando a los sauces de las mechas. Corría el fuego hacia el monte y los grandes troncos empezaron a caer como edificios llenos de ardillas y de pájaros haciendo saltar por los aires a las familias de venados,

-Esas llamas se verán desde Sacramento.

-Basta con que las vea Robinson y le vayan pisando los talones.

-¿Porqué lloras Vicentini?

-Todo nuestro capital se ha perdido, nuestra platita que tan bien amasamos y las provisiones y las herramientas,

-Los consuetas no lloran ¿por qué lloras?

-A estas horas estaría en Valparaíso soplándole los tobillos a la diva italiana. ¿Para qué ir a Sacramento con las manos peladas? ¿Para que nos den el bajo?

-Has visto demasiada ópera triste en tu vida, consueta, ésta va a tener un tercer acto diferente.

Los indios aparecieron al amanecer. Desde la otra orilla del canal observaban pacientemente, Saliendo el sol, levantándose de los troncos peludos del bosque de helechos, la ribera se vio más cercana y ahora los indios se confundían con los lagartos.

-Míralas - dijo el consueta, y mostraba a las indias cuyas tetas se balanceaban sobre las piedras -, tienen un nido entre las piernas. Vamos a ver si les hablamos y no corren.

-No - dijo Barón - tienen que venir ellos primero y descubrir que hablamos castellano. No los espantes, muchacho. Los indios los miraron todo el día.

-Oiga Rosario - insistió el consueta con voz perjudicada - ¿no podría usted mostrar algo, una pierna, un pecho, cualquier cosa?

-Tápate - le dijo Barón a Rosario.

Lo que parecía una selva no era sino un espeso matorral donde las uvas y las moras crecían silvestres, las callampas reventaban bañándose en su leche tibia y perdían sus cabezas doblándose sobre las raíces de los pinos. En la noche se acercaron los indios. Vinieron en canoas y pusieron bolsitas de oro a los pies de los náufragos. Querían los cinturones y hebillas de los hombres y los aros y anillos y pulseras de las mujeres. El consueta se sacó los suspensores rojos y se los pasó a una india. De inmediato se vio rodeado por un grupo de indios armados de lanzas y puñales. El Decano comenzó a hablar con señas de mudo, cantó, rezó y bailó para apaciguarlos. Se desprendió de su grueso cinturón temucano y se lo regaló al más viejo de los indios. A la media noche apareció una chicha rosada. La bebieron cerrando los ojos y aceptaron los animales secos que traían las mujeres envueltos en hojas de breva. Cuando algunos, por fin, vomitaron los indios se rieron muy felices y sacaron más chicha.

- Estos indios -dijo Barón-, saben lo que nos pasó.

-¿Crees tú que trabajan para Robinson? - preguntó el Decano.

-Puede ser, pero el viejo los engañó también.

Si no tienen nada, pobrecitos - dijo la Rosita-. ¿Poblecitos? -repitió el Chincol agarrándose el vientre. ¿Crees tú que entienden algo si les hablamos como la gente? Hágale un empeño.

El Decano se encerró con el indio viejo en la bóveda del árbol. Hablo francés, inglés, dibujó en el suelo, gritó, dio golpes contra la pared del árbol, trató de llorar pero no pudo, finalmente se hincó y se cruzó de brazos. El indio le respondió en castellano, un castellano raro en el que sólo se reconocía el final de las palabras. Parecía cantar en medio de un ventarrón que le llevaba las frases, pero que algo dejaba, suficiente apenas para saber si se enojaba, si dudaba, si aceptaba.

El Decano, más tranquilo, dibujó sobre las cenizas el curso del Sacramento y, luego, el laberinto de canales, la ciudad y el lavadero de El Molino. El indio, con su dedo costroso y chato, le añadió un cauce junto a la ciudad, puso unas carpas a buena distancia y en El Molino dibujó una fortaleza de troncos en cuyo pie escribió Sutter. El Decano se entusiasmó. Oro, escribió el indio en el cauce sin nombre, y el Decano añadió Americano.

-Nos entendemos, nos entendemos, viejo lindo, roñoso - gritó el Decano.

El indio dibujó la triste imagen de un muñeco de patas chuecas, enorme cabeza y barba enmarañada. Robinson, dijo el Decano, y el indio le cortó la cabeza con el dedo. ¡Bravo! Grito el Decano.

¡Bravo! Repitió el indio.

-¿Te ha robado Robinson también?

El indio asintió y, de repente, dijo Brannan.

-¿También Brannan?

-Son of a bitch - dijo el indio y, entonces, se abrazaron. Este indio huele a oso, pensó el Decano. Después relatando el episodio, añadió: No me quería soltar, me besó toda la cara y me enterró las uñas en las espaldas, cuando me besó en la boca y quiso meterme la lengua, lo paré en seco, pero sin ofenderlo. Qué indio tan perverso. ¿Me habrá confundido con Caupolicán?

-Lo que usted no sabe es que mientras usted y el indio se abrazaban allá adentro del árbol, Vicentini trató de violar a una india.

-Yo no traté de violar a nadie - dijo el consueta -, fue la india la que me llamó y cuando yo la miré tenia un dedo metido entre las piernas. Eso, en lenguaje de pieles rojas quiere decir que yo le gusto.

-Se estaba rascando porque le picaba. Eso no quiere decir nada. Y no son pieles rojas, huevón. Son indios pueblos.

-No - intervino Barón - se llaman putohs, así con una ache entremedio.

-¿Putohs? Con razón - dijo el Decano - pero ahora se requiere mucha diplomacia, hijos míos, no quiero que tu maldita lujuria nos eche a perder este histórico tratado. ¿No adviertes que hemos hecho una alianza con una de las tribus más poderosas del oeste, y es una alianza de paz y de guerra contra el hediondo yanqui que nos robó?

-No es tan poderosa ni tan histórica, Decano. Es una pandilla de indios putos, muertos de hambre, que se la tienen jurada a Robinson y sus secuaces.

-Así será - contestó el Decano- putos, con ache o sin ache, son nuestros aliados.

Al día siguiente, de amanecida, los indios aperaron un lanchón y los emponchados se dispusieron a embarcarse. El Decano aceptó un abrazo de su aliado, pero no sus besos, y dio la voz de partida. La jarcia era un tronco pelado a cuchillo, y la vela, harapienta, amenazaba con irse en las ráfagas del viento. Avanzaron por los estrechos canales y a mediodía estaban ya en uno de los brazos del Sacramento, a la vista de los cargueros que pasaban hacia Frisco. Los humos del incendio de la noche subían con ellos también metiéndose entre las nubes y acarreando un fuerte aroma a resinas. ¡Qué incendio! ¡Si sólo hubiéramos quemado el nido de bandidos, en vez de los nidos de culebras! Bogaron toda la tarde y al anochecer hicieron campamento en la ribera junto a otros grupos de mineros. Con la noche cayó la garúa y, al amanecer, una niebla espesa y baja descendió sobre el río y penetró el valle. Despertaron empapados, de espaldas sobre nubes, como barbudos querubines.

-Pasé la noche en vela - decía el Decano -, así que tú me ves, medio tapado con el sarape del indio, acostado en el suelo blando del pastizal, fumando y mojado hasta las pelotas. La Rosita y la Rosario se habrán mojado también, pero al menos tenían la carpa y la fogata a los pies. Tú me preguntas sobre Chile y yo te digo que es un país donde se vive de noche para no arrostrar la parodia de los engolillados y patilludos uniformados, economistas, presbíteros valseadores y magistrados que disfrazan su triste baile de patria nueva. ¡Patria Nueva! Mira. Buscar oro en California, pensándolo bien, no es mucho más que buscar oro en el ramal de Las Cabras. El barro de La Cañada es tan espeso y maloliente como el de Telegraph Hill y las acequias del Cerro Barón tan podridas como las de Pacific Avenue. Es cierto, Hamilton tendrá su brújula perdida que lo lleva lejos de los emplumados angoras que se acuestan con su madre, y Vicentini dejó en la concha del Teatro Municipal años vividos entre ratones y telas de araña mientras alrededor de su cabeza pasan las medias de seda, los calzones de raso y las hebillas de plata de una danza que sólo conoce por el olor. Mis hermanos y mis primos forman la fortacha ronda del medio pelo chileno, la buena familia, acorazada en el parentesco que los defiende contra la comuna del charquicán de los rotos. Claro que echamos de menos el charquicán. Aquí donde tú nos ves, no nos engañamos. Venimos a borrar mugres donde el costalazo no duele, no duele tanto. Los engaños y los disfraces son cosa de allá. De aquí no. Estos que nos rodean, caballeros de la capital y del puerto, roncando y secándose las patas en el fuego, salvarán algo después de perder hasta el último centavo en la quimera del oro. ¿Qué cosa? Algo que todos descubrimos aquí peleando contra el yanqui ladrón y sus matones, algo que va a sernos muy útil a la vuelta cuando pijes y rotos, peones y caballeros aprendamos a vivir de día y ya no nos miremos desde callampas a mansiones. Cuando el oro se llame cobre. Esa cosa no tiene nombre.

Oro purito, oro de ley y don Vicho como que se va y como que se viene, el valsecito del poder, oro-vasallaje, as de oro que es triunfo y también derrota.

-Yo quisiera tratar de decirle ese nombre que se le escapa, Decano. Se lo diré - dijo Barón encendiendo un cigarrito amarillo -.mirando a tanto compatriota antes y ahora que se jodió conmigo. Somos una pandilla de pelotudos que salió de Chile con un barril de aguardiente y una batea, porque creíamos en un destino de gente libre, haciendo planes con un capitán que comerciaba en su buque como quien regenta la pensión soto, llevando en la proa a Playa Ancha como viejo mascarón, a buscar a California el mismo oro que está en Las Palmas de nuestra tierra. Aquí estoy pensando cómo les voy a dar de comer a estos huevones, igual que usted cuando se rascaba la pelada en El Almendral, organizando su expedición, despierto en la madrugada, pensando qué cresta voy a vender, qué voy a empeñar. Nosotros los huevones decentes. Me confiaron todo, me lo dieron todo. Tengo tres zorzales más en San Francisco esperando las carretas. Endeudados hasta el cogote, así estamos. Un gringo me cobra el veinte por ciento al mes y otro gringo, borracho pero vivaracho, nos roba a usted y a mí hasta los calzoncillos y ni siquiera nos saca los pantalones. Conchas de su madre. ¿Dónde estamos? ¿En California? ¿En Santiago? ¿En qué año? Duerman, angelitos. Mañana dormiremos en catre dorado.

¿Que dice - mi - nana? Dormiremos en cama, dice mi nana, dormiremos mañana o, a lo mejor, no vamos a despertar. Esa cosa que nos hermana, la firmeza, es el oro que no tendremos nunca porque, la verdad, Decano, es que lo tuvimos siempre y cuando así pasa no vale la diferencia. ¿Me explico? ¿Dónde está el oro?,me pregunta usted. Pregúnteselo a los vecinos que el año pasado lo tenían en Sonora y ahora lo tienen en California y ni siquiera tuvieron que trasladarlo, se cambió el mapa un poquito nada más. Con vaselina. ¿Les dolió a los vecinos del Río Grande? ¿Les duele? Pero si está aquí mismo, nunca se ha movido nada. ¿Esto es México, Decano? Será, pero se llama California. ¿Se ha fijado que la palabra oro es de las más cortas que existen y que de atrás para adelante vale igual? Es como los ceros. Siémbrelos, Para cualquier lado. Dése gusto, valen igual.

-¿De veras? -dijo el Decano mirando para otro lado. El rocío le corría por la frente y por la barba. Se pasaba la lengua por los labios y ya casi roncaba asustando a los pajaritos que venían a cagarlo desde el cielo aclarándose.


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