Prisioneros Desaparecidos. Un film existencial de Castilla

Prisioneros Desaparecidos. Un film existencial de Castilla

Fernando Alegría
Literatura Chilena en el Exilio. N 13 Enero 1980

Se dirá que el tema de Sergio Castilla es 'la tortura' o 'la represión' o 'la violencia fascista' y, en cierto modo, con estas palabras se describirá correctamente su último film 'Prisioneros Desaparecidos'. No se definirá, sin embargo, el conflicto esencial y profundo que lo preocupa. Me parece que Castilla, así como los escritores latinoamericanos que han tratado la tortura en obras recientes (1), miran frente a frente un dilema cuyas consecuencias desbordan el caso político circunstancial. Defender la vida propia ante el ataque de los violadores de cuerpos y almas puede ser una manifestación militante de nuestra conciencia política, pero también, y muy particularmente, puede ser un acto de discernimiento destinado a escoger la razón y el método para derrotar a la muerte. En la presentación de tal dilema, como en las viejas aventuras, el creador hará enfrentarse a dos individuos armados con el poder de la vida y de la muerte. El duelo puede ser silencioso, como una puñalada a fondo, o lleno de gritos como en una cámara de gases. Es posible que sea ambiguo y extraño como la lucha entre Job y el ángel bíblico.

Sergio Castilla ha preferido usar un símbolo sencillo: el mundo es una casa adonde 'nunca llega nadie', donde los oponentes están solos y el juicio se celebra en los familiares aposentos en que nacimos, crecimos y debemos morir. En circunstancias así- hablando de] hogar, de la patria, de la historia, del amor y el honor-, no hay lugar sino para entrar y salir de una celda a otra celda. Uno estará colgando de los pies, el otro colgando de su impotencia, como quien dice de su lengua. ┐Quién tortura? ┐Quién es el torturado? El oficial jefe de los fascistas en el film de Castilla es quizá, quien más angustia,'terror y desesperación sufre, el verdadero hombre sin salida, patético y monstruoso, porque para derrotar a la vida ha decidido que su mejor camino es convencer, combatir y aniquilar a un muerto. Y, todos lo sabemos, a los muertos no les entran balas.

El joven revolucionario torturado no corre, en verdad, peligro: escogió hace años su destino y posee el secreto de los dioses, esperar a que su enemigo descubra que sus puños caen sobre el pecho de un tiempo sin limites. En consecuencia, Sergio Castilla define las fronteras del valor individual, la capacidad de resistencia de un estilo revolucionario de vida, los estrechos márgenes que separan al héroe del traidor. Para cumplir su tarea ha escogido dentro del cine un sistema de difíciles valores y constantes riesgos: eliminar casi la línea de un discurso narrativo y reemplazarla por una sucesión de imágenes no siempre encadenadas sino, más bien, funcionales en su simultaneidad.

El film va pasando con ritmo lento y sostenido, provocando un solo suspense, no crisis momentáneas, movido por caracteres que parecen saltarnos encima desde los árboles o las paredes, sonando a veces con la sarcástica perfidia de alambres rascados contra cueros, pero hablando también con voces de una chilenidad alarmante que, al transformarse en ideas, adquieren su forzoso eco universal.

La humanidad estropeada, subterránea, de este film representa una fuerza sostenida, casi oculta, que no crece en medio de aullidos, por cierto, sino en silencios, pausas, interrogantes modulados con un acento que alguna vez fue encanto de Hispanoamérica y que hoy nos llega con el filo del corvo húmedo, goteando sangre. Tal maestría de matices se debe al arte de varios actores, pero de cinco en particular; Nelson Villagra, fogueado actor de carácter, cuyas interpretaciones en 'El Chacal de Nahueltoro', 'El recurso del método' y otros films, lo han consagrado internacionalmente; Villagra posee un poder de expresión que no deriva tanto de capacidades histriónicas, como de un grueso y, al mismo tiempo, sutil don de sugerencia interior, Villagra se impone por su propio peso, si así pudiera decirse, para crear ambientes complejos, no sólo actos de individual significación; Leonardo Perucci interpreta un personaje ácido, filudo, complicado, con la marca y la carga de una clase media criolla experta en la traición y la crueldad, tibio, duro, perverso torturador, arquetipo de la rata con corbata y gomina que constituye la base del terror fascista en nuestros países; su actuación es memorable; Juan Seoane y Hugo Medina, éste en el papel del torturado, aquél en el de capitán de un equipo de picaneros y electrocutores, sorprenden también por la nítida estilización de caracteres que, en otras manos, podrían resultar melodramáticos. En cuanto a Ely Menz, se produce un problema curioso para el espectador que conoce su trabajo y su talento: en su papel de psicóloga flota a través del film en actitud y voz asordinadas, con suavidad que pudo ser siniestra pero que ella prefiere diluir aquí en otro plano de difícil solución, ya que el espectador presiente y siente que en ella se esconde cierta simpatía hacia el preso, esperanza acaso de que su capacidad de resistencia se transforme en prueba de inocencia. Todas estas sombras de seres que matan y mueren, exponiéndose a la rutina del crimen con una especie de fatalismo animal, son captados, seguidos, perseguidos e iluminados por una cámara implacable y certera, la de Patricio Castilla.

En el curso de la acción se observan numerosas instancias de tortura física. Habrá quienes no soporten este asalto visual y abandonen el cine, pero habrá otros que mirando con espanto y con furia determinarán quedarse. Personalmente, pienso que la tortura no puede describirse ni representarse en un film ni en un escenario. En el film de Sergio Castilla la tortura es, entonces, una constante metáfora, dolorosa, bestial, repugnante, pero no un substituto de la realidad. Tales escenas las vemos con nuestra conciencia, ya que no pueden ser objeto de nuestros sentidos.

Quien asiste al ritual de 'Prisioneros Desaparecidos' no va a juzgar algo que ya está sentenciado: la traición de los ejércitos fascistas latinoamericanos y su encarnizado genocidio contra el pueblo. Podrá aprender algunos detalles insólitos y sorprenderse de estos vecindarios llenos de flores y pajaritos, música de high-fi, donde metódica, clandestinamente, se rompen huesos, vaginas y anos, pero nunca se llega a romper hombres ni mujeres. Sacará conclusiones, renovará sus votos para dedicar su vida a luchar contra la conspiración de dráculas y frankesteins uniformados de pechera blanca y charreteras de sangre. ┐Saldrá de la experiencia más sabio, valiente y juicioso? ┐Saldrá atemorizado, buscará la guarida de este año que no será la del próximo porque el año de las cadenas, manoplas y botellas es siempre movedizo y ambulante? No sé. El film de Sergio Castilla, de técnica impecable, se rige con sabia maestría a base de leit-motivs -colores, ruidos, gestos fugaces, voces-, no aplasta, impone silencio, sí, pero un silencio activo. No es una llamada marcial a salir al combate, ni es una admonición moralista y evangelizante, más bien, es el fino y delicado reflejo en sangre del rostro que nos ha seguido por todas partes, toda la vida, ése que se quedó una vez grabado en un lienzo, y que ahora tiene un aire familiar e insiste con sus parecidos individuales en apurarnos la memoria, en apurarnos el paso y los gestos finales decisivos.

1. Cf. Pedro y el Capitán de Mario Benedetti, Cría ojos de Ariel Dorfman y mi Coral de guerra.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03