Los Invisibles

LOS INVISIBLES

Fernando Alegría

Araucaria de Chile. N 2, 1978.

1. Los desaparecidos en el reino de la tierra

Pero los desaparecidos comienzan a volver
Vuelven en taxi en ambulancias
en autobuses y camiones
por el río y por el parque
cordillera abajo
Ortiz de rostro enjuto
aparece en un ascensor
Soria vuelve a subir desde el abismo
conduciendo su Fiat diplomático
Entran a las calles ardiendo
gritando palabras sin voz
mostrando con el índice el hígado del tirano
Salen de la noche más sabios
desangrados incrédulos largos
como la hora que dejan atrás
hacen señales alarmantes
llegan corriendo sin hacer ruido
como si la niebla les borrase el pavimento
codo a codo estos muertos protestantes
con hoyos en la frente y el pecho
saltando por la ciudad con muletas invisibles.

Limpia ha quedado la ciudad dice el tirano
laceando y fondeando en su media luna subterránea.
Pero los desaparecidos vuelven a aparecer
de los helicópteros a las rocas
de las rocas a los helicópteros
desde el mar a los tiempos sin fondo
de bóvedas de bancos y de iglesias
de rectángulos de mimbre y jaulas de acero
de pozo sépticos y hangares eléctricos,
de bodegas de barco, trenes y aviones
a pie abriendo tumbas con las uñas,
polvosos sangrientos cargando sus gusanos y sus aguas funerarias

Aparecen gritando dando golpes en puertas y ventanas
alborotando a la muerte con cacerolas de huesos
siguen al general y se le meten a la cama
se sientan en su mesa le vomitan sangre en las rodillas
son su séquito en la misa se le hincan en los hombros
vuelan junto a su helicóptero aleteando con astucia
Entonces los desaparecidos comienzan a poner bombas
en las esquinas
arena en los motores
cierran el comercio esconden el coche se declaran en quiebra
suben los precios se declara en huelga.

Los desaparecidos disparan sin parar mi general
las bajas son su sedimento
Tengo al país en la mano dice el tirano
gobierno a gentes agujereadas
que se revuelcan en la tumba tocando la campanilla.

Pero llegó el día en que los desaparecidos se tomaron el poder
Somos mayoría
proclamaron
y llegaron desde minas puertos y montañas
de ciudades aldeas islas y desiertos
por el mar y por el cielo
atropellándose con sus restos de cal y ladrillo
el paso firme el esqueleto al frente
quemados quebrados polvorientos
esgrimiendo picanas disparando metralletas
envueltos en gases lacrimógenos
y batieron sus tambores levantaron sus banderas
sus gruesos paredones
se hicieron justicia con bondad de cadáveres
y erigieron el último monumento de la historia
un arco invisible al general que desapareció

2. Acto de desaparición

Los que anoche vieron caer la marquesina derramando
sus letras de fuego
Y las cien personas que observaban desde las ventanas
del Café Jamaica
Los ingratos los vampiros detenidos en un gesto
de cinzano obsceno
(la cola del humo los brazos extendidos las bocas caídas la lluvia)
Las cien personas sobre vidrios estampadas
que se arremolinaron bailando El último tango en París
Los que colgaron sus pálidos trajes de un viejo verano

Los que piden un poco de luz para decaer
Las sombras restituidas del trigo en el asfalto
Cien personas que oyeron la descarga
Los sombreros disparados al aire
Los cocheros de blancos carretones
El director de los jeeps iluminados
Las metralletas del corso que pasó sin flores

Presentarse
a los talleres de reparación de la Escuela Militar

Y sin embargo es peligroso creer lo que dicen bailando
su farándula estos fiscales distraídos.
Hace un momento
cien personas con un pie en el vacío danzaban
en brazos de sus jueces
Los testigos armados de dinamita dicen que sólo fue un fogonazo
que los anillos del rocío
que el aliento cargado de las parejas cayendo del Cerro Santa Lucía
que al darse la orden de fuego se apagó la ciudad
que allí nunca hubo nadie
que el cine que el crepúsculo
que las penas de un viejo olvidadizo
Que la cacha de la espada
Nada
Estuvieron
no están
Entiérrense en el Diario Oficial

3. Los viejos estandartes

Erase una ciudad sin muros
ni torres ni almenas ni atalayas
abierta ciudad abierta
como un melón maduro
El río pasaba de espaldas cantando a los álamos helados
volvía pegando en la pandereta temblorosa del verano
Hoy marchan por sus calles
dos mil quinientos muertos con paso de parada

Son los invisibles carpinteros del tiempo
profesores de historia vivida al rojo
abogados de una causa sin efecto
estudiantes sin aulas guitarras sin manos
panaderos fotógrafos pescadores
gráficos carteros maquinistas
secretarias mineros enfermeras
inflados nadadores del río de Manríquez
aportillados andinistas pintados de cal
barrenderos de un parque de recuerdos
cajeras boticarios curas colonos.

El soldado de levita
almidonado karatista
pásales revista
dispárales y vuelven
destiérralos y vuelven
bórralos y vuelven

Erase una escolta de sombras que será su sombra
la mirada que lo capta al doblar la esquina
el viento que abre de repente los postigos
la sangre que gotea por los tragaluces
la sábana que lo moja
el sueño que lo aprieta
la mañana clavada en su garganta

Erase una ciudad dormida en sus nieves
una escolta que salía a patrullar sin rumbo
Erase un ejército invisible
de trajes vacíos zapatos vacíos sombreros vacíos
detrás de un general chorreado de sangre
Erase un uniforme blanco al mediodía
perseguido por espejos implacables.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03