El paso de los gansos

EL PASO DE LOS GANSOS

Fernando Alegría
Literatura Chilena en el Exilio. N 2 Abril 1977

LE SACAN LA LENGUA AL GENERAL PRATS

Lo primero que vi fue al general solo parado en el medio de La Costanera, rojo de furia, con la pistola en la mano. Pero, en realidad, no estaba solo. Cuando quise acercarme me lo impidió un circulo cerrado de hombres y mujeres. Tuve la absurda impresión de que el general era un domador de circo y que a su alrededor, a buena distancia, las fieras lo observaban con gran atención. El general se veía pequeño, aunque no débil, por el contrario, exudaba fuerza y, bien mirado, resultaba temible en su estupor. Las fieras empezaban a hacer ruidos extraños. Nada que ver con el zoológico, porque esta cerca, usted sabe, y desde ahí, a pocas cuadras de la Plaza Baquedano, pueden oírse los leones. La verdad es que hablaban todos la vez, una especie de murmullo rabioso, insistente, marcado por exclamaciones agudas. El general también hablaba y su tono era seco pero conciliatorio. Lo que me pareció increíble fue su impotencia. Totalmente desamparado. Su pistola no significaba nada. Al menos para mí. Daba la impresión de que se había olvidado de ella y le colgaba de la mano, que -de disparar- se dispararla sola. Decía el general: No entienden lo que trato de hacer por ustedes. Y le respondían todos a la vez. Para que te voy a repetir los insultos. No los hombres, sino las mujeres. Una de ellas, un mujerón de sweater blanco, abrigo de pieles y en pantalones, barrio alto elevado al cubo, lo subía y lo bajaba repitiéndole "gallina" cada vez que el general intentaba iniciar una frase. Yo esperaba que se armara la grande, que llegaran los pacos, los milicos, alguien. Pero no aparecía nadie. Las fieras empezaban a sacar las uñas. ¿Ha visto alguna vez un general, qué digo un general, el General en Jefe de las FF.AA., solo, en el medio de la calle, con una turbamulta de hombres y mujeres elegantes gritándole, cercándolo, con obvias intenciones de caerle encima? Era como un monumento en acción, o como esos "cuadros plásticos" que hacen en las fiestas de liceo. La patria en peligro. Damas y caballeros con gorros frigios van a sacrificar al poder armado. Un cielo de nubes grises, como de papier-mâché, y la cordillera blanca pintada a brocha gorda. Un instante realmente histórico. NADIE se habría imaginado en Chile a un general en semejante predicamento. NADIE. Generales van y vienen, ascienden, se retiran, se les olvida o se les recuerda. Pero ninguno jamás estuvo, que yo sepa, de pie en medio de La Costanera, morado de indignación, oyendo los improperios de gentes que lo llamaban traidor a su clase. Lo importante de mi testimonio no es sólo el hecho de que yo estaba allí, lo grave es que para mí en ese momento cambiaba la historia de Chile. No es que se me hubiera asignado la tarea de seguir al general Prats día y noche presintiendo ese momento. En la revista se sabia que el golpe era inminente que el general Prats se habría de pronunciar, que Allende muñequeaba sus últimos gabinetes, que cualquier atentado era posible, y con Prats podía repetirse lo del general Schneider. Todo esto, digo, se sabia. Sin embargo, era también posible que otros hombres surgieran de repente, otras gorras y otros sables. Mi misión era olfatear el ambiente. Adivinar. Y, adivinando, me inclinaba a pensar que Allende era muy capaz de cerrar un pacto político de última hora, un pacto que dejara a los golpistas en el aire y opusiera, al fin, democristianos contra nacionales, como quien dice a liberales contra conservadores, y se guardara las espaldas con mandos jóvenes de lealtad y valentía a prueba de balas. Con el general Prats di por casualidad porque iba yo al barrio alto. Lo terrible es que no pude avisarle a nadie. El auto del general estaba medio torcido y con los neumáticos desinflados. La mujer del abrigo de pieles escribía con su lápiz de rouge milicos cobardes y cosas por el estilo en el parabrisas del auto. Otras mujeres le daban patadas a los tapabarros. Ellas se individualizaban y agredían de frente. Los hombres murmuraban, pero desde atrás, como que le tenían miedo al general cuando éste los miraba, o tal vez pensaban en la pistola. El chofer no decía ni pio. Pregunté. Me contaron que venía el general en su auto y que, al detenerse en un semáforo, un individuo de melena, espaldudo, ñato y con cara de plato, le sacó la lengua. El general ordenó a su chofer que persiguiera al tipo ése y lo detuviera, Como el otro, en auto chico, no se detuvo, el general le disparó un balazo a las ruedas. En medio de la calle, entonces, el general enfrentó a su enemigo. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver bajarse del auto no a un hombre, sino a una señora, vigorosa, amatonada, pero señora! El general se desconcertó. Y empezaron a amontonarse otros autos y a salir toda clase de opositores gritando y gesticulando. Un señor de sombrero negro y maletín de cuero dijo ser abogado y profesor de derecho civil. Acto seguido le enumeró al general todas las razones por las cuales la dama de la lengua afuera podía seguirle un juicio, arrastrarlo a los tribunales y terminar con él y su carrera para siempre. La palabra uniforme resonaba en todos los tonos y resonaba la palabra patria también, y que por qué no tenia conciencia de su deber como patriota y como soldado y si esperaba que los chilenos dignos y decentes se iban a dejar cagar por unos rotos comunistas, pues no señor, no se iban a dejar, ni se iban a ir arrancando a Miami como los cubanos, vamos a enfrentar a los extremistas y a darles su merecido y a barrerlos, que no quede ni uno para contar el cuento, y su deber no es estar sirviéndole a Allende, disparándoles a las señoras, aunque parezcan hombres, sino junto a su clase, defendiendo el orden, los principios cristianos y la democracia parlamentaria. Que se ha figurado. ¿No tiene orejas para oír las voces del pueblo? Chile le exige su renuncia. Mire, no más, que andar disparándole a damas inocentes cusido deberla estar fusilando comunistas. Yo pensé que el general los iba a agarrar a tiros y que lo lincharían. En esos momentos, cuando no llegaban pacos ni nada, apareció un taxi, se detuvo, subió el general y partió hacia el centro. Yo pensaba: el General en jefe de las FF.AA., el hombre fuerte del Presidente, viaja solo en un auto, sin guardaespaldas ni escolta de ninguna clase, una vieja maceteada le saca la lengua, sus enemigos lo rodean en la calle, le dan un cuadrillazo y no hay nadie, nadie que acuda a defenderlo.....¿Qué clase de gobierno temamos en esos momentos? Usted me pregunta y yo le contesto. No le he preguntado. Pero me permitirá esta pequeña disquisición. La gente, hablo muy en general y descuento los sectores politizados, seguía pensando que las FF.AA., mantenían su respaldo al gobierno y apoyarían a Allende hasta que terminara su periodo o renunciara después de un plebiscito. Pero, al mismo tiempo, esa gente estaba al tanto de la inmensa presión que ejercía la derecha, no sólo sobre los militares, sino también sobre gremios y los llamados colegios profesionales. Allende aparecía desconcertado o irresoluto. Situación insostenible. Se sabía, pues, que el golpe venia, Ya sé que se hablaba de elementos de las FF.AA., que permanecerían leales al gobierno aún en el caso de un golpe militar, lo cual marcaría el comienzo de una guerra civil. Un miembro del último gabinete de Allende interrogado por mí, dijo con un suspiro: ¡Si nos fallan todos, al menos contamos con el general Pinochet! Como periodista, la impresión mía era que no se iba a producir una guerra civil, no por la propaganda de la UP, sino porque se confiaba en la solución política que ampliarla la base del gobierno dándole entrada a los democratacristianos y manteniendo así la neutralidad de las FF.AA., y marginando a la ultraderecha. No olvide las conversaciones de Allende y Aylwin en casa del cardenal Silva Henríquez.. Además, el sábado 8 de septiembre se comentó en grupo en la revista que Allende habla sostenido un parlamento en La Moneda con generales y almirantes y que daban los toques finales a una declaración que leería al país llamando a un referéndum para decidir si debía o no renunciar. No se olvide tampoco del discurso de Altamirano el domingo. De todos modos, Allende pudo hacer su declaración el lunes. Esperar hasta el martes fue el error de su vida. Es posible que, aún llamando al plebiscito, lo hubieran derrocado. Repito, no tenia salida. Y si usted quiere preguntarme sobre el plan Z le diré que los brasileños lo inventaron para botar a Goulart. Armas había, claro está, pero no eran suficientes ni estaban en manos del pueblo. La prueba es que no sirvieron de nada. Pero me salgo del tema. En el fondo, mis dos puntos básicos son: primero, se suponía la existencia de una conspiración armada pero se confiaba en que Allende aún podía contar con suficiente apoyo en los altos mandos para facilitar una solución política; segundo, el país sobrevivía en un estado, de caos, y el Presidente estaba arrinconado por la extrema derecha económica, por la directiva democristiana de Frei y por la extrema izquierda dentro de su propio partido. En consecuencia, el incidente Prats fue un indicio de lo que venía. Lo que vino. Cuando las esposas de los jefes militares fueron en masa a exigirle a Prats que renunciara, Prats abrió la puerta y reconoció entre ellas esposas de sus más íntimos compañeros de armas, y tomó la resolución de partir. Habría dado lo mismo que renunciara en el medio de La Costanera, solo, con la pistola en la mano, de espaldas a la cordillera, con su auto desinflado, enfrentándose a la vieja que le sacó la lengua.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03