La casa en el árbol

LA CASA EN EL ÁRBOL

Fernando Alegría

Araucaria de Chile. Nº 28. Madrid 1984

El viejo árbol fue siempre como una gran casa llena de canto, ruidos de carpinteros y voces familiares.

Sobre la copa rugosa de la higuera el techo cambiaba de colores y para Manuel, que lo miraba desde abajo, tendido de espaldas en el pasto, a veces se le aparecía altísimo y casi transparente en su color celeste, a veces cercano y vago como una delgada nube de humo. Porque el techo de esta casa de ramas y de hojas sería siempre el cielo.

Todos los años, en verano, Manuel y sus amigos vivían largas horas encaramados en las ramas de mayor altura. ¡Qué actos de acrobacia para subir a ellas! Deslizándose detrás de aterciopeladas lagartijas saltaban de un palo a otro, estirando una mano hacia el vacío para sentir un vértigo que los dejaba cansados.

Les gustaba poner una escalera vieja bien firme entre dos ramas y en ella algunas tablas y cartones. Así instalados, dejaban que pasara el tiempo. Apenas se escuchaban sus voces apagadas. Se les oía reír, discutir, pelear. A veces, en medio de largos silencios, sólo se les oía respirar y moverse.

Una mano muy veloz y diestra cazaba una mariposa. Algún pájaro volaba de repente y la bandada le seguía hacia el anochecer.

¡Qué vuelos tan famosos se dieron ahí! Los niños se remontaban como en un avión hacia la cordillera, se aventuraban por los oscuros contrafuertes, volando sobre montañas rocosas y estrechos ventisqueros, planeaban después en el valle verde y blanco de Santiago, por encima del cerro San Cristóbal y del cerro Santa Lucía, rasando los techos de la Alameda, para irse en picada hacia el colegio del barrio y aterrizar, al fin, contentos, ansiosos, en la vieja higuera que se mecía soñolienta al recibirlos.

Un invierno, uno de esos inviernos helados y llenos de agua, escarcha y granizo, que suelen azotar a Santiago, el árbol amaneció como fulminado por un rayo: una ráfaga de viento debió herirlo sorpresivamente y le arrancó una rama inmensa que, desde entonces, arrumbada en el suelo, afirmándose aún en el tronco, comenzó a petrificarse y, mientras se secaba, fue tiñéndose de oscuros y raros colores, retorciéndose, formando pasajes estrechos, túneles y pequeñas cavernas llenas de musgo y hongos que fascinaban a los niños porque, de pronto, en la noche, resplandecían con el vuelo de las luciérnagas y las acrobacias cenicientas de las arañas.

Un pájaro-carpintero picoteaba incansablemente la ramada sacándole sonidos de marimba y aserrín oloroso a hojas mojadas.

Pasó el invierno y cuando el sol empezaba a buscar ese escondite de raíces secas para quedarse horas de horas deleitándose en su propia luz de fuego, los niños, huyendo del calor, buscaron otra vez la copa de la higuera y pusieron su escalera y gozaron de las brisas de la tarde, del canturreo de los pájaros en la sombra de las grandes hojas que abanicaban el aire con sus verdes encajes.

Un día, Manuel vio sorprendido cómo su padre sacaba sus herramientas de carpintero al patio y, aserruchando y golpeando con el hacha, demolía poco a poco la ramada al pie de la higuera.

-Estás botando mi casa -le dijo Manuel, abriendo muchos sus ojos oscuros y pestañudos.

-La casa de ustedes no es ésta -respondió el papá- es ésa que hicieron allá arriba.

-Pero ésa dura poco. Necesitamos nuestra casa de invierno. La que estás botando.

-Mira -le indicó el papá-, mira cómo está esa madera de seca. Hay que partirla y guardarla para hacer fuego en el invierno. Manuel lo observó dudoso.

-No quiero que botes mi árbol- dijo.

-No lo voy a botar -contestó el papá- sólo voy a despejar toda esta tierra porque hay que sembrar el huerto. El árbol seguirá grande y fresco para que ustedes se den gusto como siempre.

A la tarde siguiente, Manuel y sus amigos, subidos en ramas muy altas, conversaron sobre el futuro de su árbol.

-De qué sirve una casa que no es más que una pura escalera vieja -decía Rafa-. Esto no es casa, ni avión, ni nada.

-Fíjate en la escoba -dijo Juan Luis-. ¿Pero qué árbol va a volar con esa hélice? Las escobas son para barrer, no para volar.

-¡Zas, pirulí! Las brujas vuelan con la escoba entre las piernas -dijo Camila, que siempre miraba como preguntando con sus ojos cafés medio tapados por la chasquilla.

Manuel, en silencio dejándose mecer allá arriba por el viento que movía suavemente las ramas, seguía soñando.

-Siempre quise tener una casa aquí en la copa de este árbol, una casa hecha y derecha, con techo, puertas y ventanas, una casa donde podamos encerramos en invierno y verano, donde no nos empape la lluvia, ni nos queme el sol.

Su padre lo escuchó con atención esa noche durante la comida. Manuel miraba el plato de cazuela fragante a albahaca, pero no comía.

-Así que una casa hecha y derecha. Eso es cosa fácil. La otra semana te voy a construir una casita así en el árbol. Será un palacio de invierno y verano, como tú dices. Estos chiquillos -agregó mirando a la mamá que traía el aromático pan amasado- han nacido para tiuques. ¡Qué te parece! Quieren vivir en el árbol.

-No me opongo -dijo ella-. Ahí hacen sus nidos los pájaros. ¿Por qué no también estos niños?

Y en la semana prometida el papá subió al árbol con serrucho, martillo, clavos y tablas y empezó a construir la casa soñada por Manuel. Trabajó sábado y domingo, pero no alcanzó a terminarla.

-Le pondré el techo la semana que viene- dijo el papá -y estará lista y la podrán estrenar. Ahora pueden celebrar los tijerales.

Manuel y sus amigos celebraron los tijerales: pusieron una banderita chilena de papel al tope del palo de escoba, comieron sabrosos choclos cocidos y si no tomaron vino fue para no caerse del árbol.

Pero, algo sucedió de repente esa semana. En la casa familiar, no en la vivienda inconclusa.

Un día volaron aviones sobre la ciudad disparando cohetes, y corrieron por las calles camiones llenos de soldados. Las gentes cerraban puertas y ventanas. La mamá y Manuel se acostaron temprano esa noche. El papá no volvió del trabajo.

Aviones, sirenas de la policía, furgones militares. ¿Guerra? Quizá. No estaba claro para Manuel y sus amigos. La mamá trataba de que Manuel leyera sus libros o dibujara en sus cuadernos; pero, hablándole se interrumpía, confundida, preocupada de otras cosas. La televisión se había llenado de generales y espadas, de gritos y silencios. En vez de películas algún trasnochado hablaba de asaltos, encuentros, presos, desaparecidos.

Fueron pasando los días.

La mamá salía con Manuel a recorrer las calles de Santiago, de puerta en puerta, de regimiento en regimiento, de estadio en estadio.

Manuel abandonaba su mano en la de ella y, poco a poco, fue sintiendo que allí crecía una fuerza desconocida hasta ahora, como si el papá volviese invisible a estar junto a ellos y se moviera también, y siguieran un rumbo seguro.

Pasaron semanas.

El barrio cambiaba, se volvía más solitario y silencioso. Las vecinas salían con la mamá a buscar ropa en casas lejanas y regresaban a lavar y coser. Cuando llegó el invierno, vendieron leña y carbón.

Y cambiaron las voces del barrio, se hicieron duras para saludar al día, llenas de firme esperanza para guardar la noche.

-Parece que no vendrá mi papá a terminarme la casa -dijo Manuel una mañana.

-Sí volverá. Tengamos paciencia.

Pasaron meses.

Manuel y sus amigos ya no jugaron en la caverna del tronco. Se había esfumado. Y se fue el invierno otra vez y llegó el verano.

El árbol volvió a llenarse de frescas hojas y cantó con la voz de sus pájaros.

Manuel, solo en el patio, observaba la nueva vida que crecía allá en lo alto y se preguntaba si su casa tendría alguna vez techo. Entonces notó que una pareja de pájaros había comenzado a juntar paja y ramas secas en uno de los rincones de la casita. Volaba uno y planeando regresaba al rato con sus yerbas y las amontonaba sin mucho orden. Y partía el otro y hacia la misma cosa. Y cantaban y aleteaban. Parecían contentos.

-¿Qué estás mirando? -preguntó la mamá.

-Están haciendo un nido para el pajarito que va a nacer -dijo Manuel-, lo malo es que no tiene techo -agregó-. ¿Cómo van a vivir ahí?

-Tendrá techo -dijo ella.

-¿Cuánto vuelve el papá?

La mamá no respondió. Siguió mirando a los pájaros.

-Vivirán ahí un poco tiempo -dijo-. El pajarito aprenderá a volar y entonces se irán.

-¿Para dónde?

-Adonde van los pájaros. Lejos -dijo ella.

Manuel y los demás niños, intrigados y animosos, se ocuparon desde entonces del nido y de la nueva familia. Subían por las ramas y, sin asustar a los pájaros, les ayudaban a amontonar paja y tierra para terminar la vivienda.

Un día apareció, sin que supieran de dónde, el recién nacido: un pajarito calvo, pelusiento y flaco.

-¡Qué feo! Pobrecito -dijo Camila.

-Dale tiempo -dijo Rafa- aprenderá a volar solo. No tiene más que patas y buche -dijo Juan Luis-. ¿Con qué va a volar?

-Le están saliendo las alitas. Ya van a ver -dijo Manuel. Y así fue. Le crecieron las alas, se le afirmaron las piernas, le salieron montones de plumas y, siguiendo primero a sus padres, el pajarito voló. Regresó unas pocas veces. Después voló y no lo vieron más. O tal vez lo veían, pero no lo reconocían entre tantos pájaros que circulaban por el árbol.

- Otro verano se termina -le dijo la mamá a Manuel- esperaremos a que pase el invierno. Otro verano volverá.

-¿Volverá? -preguntó Manuel.

La mamá lo miró con mucha atención y, por primera vez en mucho tiempo, Manuel notó que había una sonrisa en sus ojos. El también sonrió.

-Sí -dijo ella- volverá.

Y llegó el día y fue un día de invierno y nada lo anunció, ni pasó nada especial. Un día sencillamente.

El papá, delgado, pálido, la barba muy negra en su rostro joven y hermoso, apareció en la puerta que, por un momento, se vio estrecha. Más fuerte y alto, venía como un combatiente que regresa victorioso. Entró, abrazó a la mamá y a Manuel y dijo:

-Manuel, ahora sí que le vamos a poner techo a tu casa. Esta vez sí. Nada lo va a impedir.

-Sí -repitió Manuel- terminaremos el techo. Y, después, mirándolo fijamente, añadió:

-Nadie, nunca te volverá a llevar lejos, papá. Tendremos nuestra casa en el árbol. ¿Y sabes qué más? Mi mamá y yo y mis amigos te ayudaremos a construir otras. Haremos muchas otras.

Entonces, el papá, la mamá y Manuel, sonrientes, se quedaron observando los árboles que crecían de casa en casa, los pájaros que volaban y llegaban, uniendo al barrio con su red de alas luminosas.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03