El ojo del huracán

EL OJO DEL HURACÁN: UN COLOQUIO DE LITERATURA CHILENA

Manuel Alcides Jofre

El autor es crítico literario, profesor e investigador del
Instituto Superior de Artes y Ciencias Sociales, ARCIS. Vive en Santiago, Chile.

Araucaria de Chile. Nš 29. Madrid 1984

En la quietud proporcionada por la Casa de Ejercicios San Francisco Javier, se realizó en Santiago, del 10 al 14 de diciembre de 1984, el Coloquio de Literatura Chilena, organizado por la Licenciatura en Literatura Superior de Artes y Ciencias Sociales, ARCIS.

El Coloquio funcionó de lunes a viernes, de 9 de la mañana a 9 de la noche, y consistió en treinta y seis ponencias, veinticinco lecturas, tres videos, dos obras de teatro y una infinitud de interrogantes y afirmaciones manifestadas siempre en palabras -ya fuera en la sala o en el corredor- ardorosas y, casi como en un bolero, empapadas de pasión.

Ocho profesores y escritores residentes fuera de Chile participaron en el Coloquio: Luis Navarrete, de la Universidad Nacional de Caracas, con una ponencia sobre Huidobro; Marcelo Coddou, de Drew University, New Jersey, con tres intervenciones: sobre La casa de los espíritus, la poesía de Eduardo Llanos y una lectura inaugural. También intervino Jaime Giordano, de la State University of New York at Stony Brook, con una ponencia sobre el desarrollo de la poesía hispanoamericana contemporánea, concluyendo con un análisis de textos de Oscar Hahn y Gonzalo Millán. Grinor Rojo, de Ohio State University, leyó una ponencia que en rigor eran dos: una sobre teatro chileno 1940-1973, y otra sobre el teatro chileno en el exilio, mientras que Juan Duran, de la Universidad Nacional de Costa Rica, realizó una lectura contextualizada de Martín Rivas, de Blest Gana. Fernando de Toro, de Carleton University, Ottawa, habló sobre la literatura chilena en Canadá.

Alrededor de unas trescientas personas asistieron a este evento cultural, donde los siguientes narradores leyeron su obra: Jorge Guzmán, Poli Délano, Jaime Valdivieso, José Luis Rosasco, Cristian Huneeus, Constanza Lira, Fernando Jerez, Carlos Olivarez, Eduardo Correa Olmos y Carlos Cerda.

Asimismo, leyeron algunos de sus versos los siguientes poetas: Alfonso Calderón, Carlos Cocina, Gonzalo Millán, Jorge Montealegre, Francisco Zañartu, Raúl Zurita, Julio Piñones, Jorge Narváez, David Turkeltaub, Manuel Silva Acevedo, Federico Schopf, Eduardo Llanos, Claudio Duran, Sergio Muñoz y Miguel Vicuña.

El Coloquio estuvo organizado en 15 sesiones; dos de ellas fueron dedicadas a testimonios de escritores. Los textos aquí leídos aparecían como manifiestos, como poéticas, como historias, como testimonios, y correspondieron a Raúl Zurita, Justo Mellado, Cristian Huneeus, Diamela Eltit, Gonzalo Millán, Julio Piñones y Gonzalo Muñoz.

Especialmente asediadas fueron la poesía y la narrativa chilenas. Acerca de la poesía joven hubo ponencias de Adriana Valdés sobre la obra de Diego Maquieira; de Carmen Foxley, y también de Mario Rodríguez sobre la producción de Raúl Zurita; como asimismo de Jaime Giordano sobre la lírica de Hahn y Millán. Figuras mayores de la lírica chilena fueron también examinadas: Huidobro, por Luis Navarrete, y Nicanor Parra, por Alberto Madrid. La ponencia de Fernando de Toro, además, se refería a la poesía chilena tal como se ha manifestado en Canadá en las obras de Naín Nómez, Jorge Etcheverry y Erik Martínez.

Después de la indagación en Martín Rivas, realizada por Juan Duran, vino la ponencia de Javier Pinedo sobre la obra de Pérez Rosales, introduciéndose así el tema de la narrativa chilena. Rafael del Villar presentó una aproximación plurimetodológica a La última niebla, de María Luisa Bombal, y Adolfo de Nordenflycht analizó un cuento de Mauricio Wacquez. Por su parte, Carlos Cerda examinó un aspecto de Casa de Campo, de Donoso, mientras que Jorge Etcheverry, en una ponencia traída desde Ottawa por Gabriela Miralles, investigaba la relación entre Donoso y Becket. Lumperica, de Diamela Eltit, concitó dos ponencias; sin embargo, por motivos de fuerza mayor, la de Luis Vaisman no pudo ser presentada. Estuvo allí la intervención de Nelly Richard sobre feminismo y marginación en Lumperica, mientras que Vaisman fue reemplazado por una ponencia sobre novela chilena 1977-1984 del que escribe estas letras.

La sesión sobre teatro chileno contó con ponencias de María de la Luz Hurtado, sobre la tradición melodramática en el teatro chileno de las últimas décadas, y de Grinor Rojo, sobre teatro chileno 1940-1973, como asimismo con la presencia de Isidora Aguirre.

Naturalmente que las ponencias consistían en ensayos de interpretación de ciertos aspectos de la literatura chilena, es decir, de algo que es una parte de nosotros, pero también algo donde nos vemos en totalidad y de lo cual somos parte. El ensayo, ejercitado por todos los participantes como un acto de lectura, un evento hermenéutico, un modo de comunicación de ideas.

En la sesión inaugural se leyó un texto de Martín Cerda, Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, sobre la lectura del discurso histórico contenido en la literatura; otra ponencia de Bernardo Subercaseaux, de CENECA, sobre las recientes condiciones de lectura en Chile, ejemplificado todo esto con las visiones que de Neruda se proporcionan. A continuación, quien escribe leyó una ponencia sobre los supuestos semióticos del texto, intentando una fenomenología de la lectura centrada en la figura del lector. Sergio Muñoz leyó un texto sobre la censura en Chile.

Durante el Coloquio se procedió a revisar críticamente la historia de la literatura chilena, siendo el ejercicio más frecuente entre los expositores el análisis, la lectura interpretativa de los textos mismos, todo esto visto dentro de una situación contextual, sin la cual el texto no se entiende históricamente. Las palabras más usadas fueron exilio, poesía, narrativa, vanguardia, escena, marginación, estructura, historia, lectura, discurso, texto, palabra, oralidad, enunciación, significación, significante, etc.

Se manifestaron aquí, en el Coloquio, los diferentes modos de desarrollo de grupos, tendencias, movimientos literarios. Se constató que la historia literaria reciente nuestra es una pluralidad de tradiciones, las cuales van siendo cada vez más ajustadamente revalorizadas. Los problemas de la continuidad y de la ruptura cultural y literaria, provocada específicamente en el género poético, fue un centro de discusión constante. El friso que conformaban todas las ponencias y lecturas del Coloquio evidenciaba un descubrimiento inesquivable de nuestra historia por nuestra palabra, por la literatura nacional, por el esfuerzo mancomunado de muchos escritores.

En la conjunción de escritores, profesores de literatura, investigadores, como asimismo de críticos literarios, editores, estudiantes, etc., se manifestó nuestra sociabilidad literaria. Se ofrecía allí una tribuna para la palabra, y se intentaba hacer una reunión, un encuentro donde los negocios de una comunidad humana, los actores de un campo cultural pueden manifestarse sintiéndose parte de la sociedad, abierto hacia ella.

En las críticas condiciones que hoy se viven en Chile habría sido mucho mejor un evento más divulgado, con mayor resonancia. Hay, evidentemente, una carencia de medios, desde la cual todo se hace.

Desafortunadamente no se contó con la presencia de las siguientes personas, que se habían comprometido a asistir al Coloquio: Cecilia Vicuña, Marjorie Agosin, Roberto Hozven, Rene Jara, Nelson Osorio, Juan Carlos García, Jorge Etcheverry.

Se recibieron los saludos de Janet Hillard (Houston), Fernando Alegría (Stanford), Antonio Skármeta (Berlín), Ariel Dorfman (Washington), David Valjalo (Los Angeles), Keith Ellis (Toronto), y de Humberto Díaz Casanueva. Asimismo, se recibieron también ponencias enviadas por Hernán Castellano Girón, de Detroit, sobre Rosamel del Valle, y de Evelyn Minard, de París, sobre La aparición, de Díaz Casanueva. Desde Costa de Marfil remitió Carlos Santander su ponencia sobre Canto General; Hernán Loyola lo hizo desde Sassari, Cerdeña, sobre la prosa de Anillos, de Neruda y Tomás Lago. Desde Ottawa, el profesor Peter Roster envió un artículo sobre el teatro de Jorge Díaz y Egon Wolf, mientras que, de Osorno, Eduardo Barraza Jara contribuyó con una ponencia sobre la narrativa de Jorge Edwards.

Los tres videos presentados fueron Historia y geografía de Pablo Neruda, de Hugo Arévalo; Cachureos, sobre Nicanor Parra, de Guillermo Cahn, y Cero, de Carlos Olivares. Las dos obras de teatro presentadas. Macías, de Sergio Marras (con Tennyson Ferrada), y La secreta obscenidad de cada día, de Marco Antonio de la Parra, ilustraron otros aspectos de la actividad cultural y artística chilena.

Los momentos más fuertes de intercambio de opiniones se manifestaron en torno a las direcciones que toma la poesía joven o de vanguardia en Chile hoy. Aquellos que ven principalmente las rupturas en el proceso lírico nacional enfatizan el carácter fundacional de ciertos libros y autores, como Raúl Zurita, por ejemplo. Otros, que articulan el proceso histórico de la lírica reseñando el panorama de los antecedentes, establecen una continuidad con actividades poéticas y hechos de arte previos a 1973. Entusiasmados exegetas de una u otra posición deben reconocer, sin embargo, que la palabra será dicha por los poemas mismos, que será la obra la que hablará.

Hubo en este Coloquio un nutrido programa, y el Coloquio como tal, para estar a la altura de los tiempos, vale por lo que allí se dijo como por sus silencios. Así como la lectura contextualizada aparecía como un modo de acceso reiteradas veces, la presencia tormentosa del contexto nacional penetraba hasta las aguas semitranquilas del Coloquio. El diálogo, a veces áspero y disonante, y a ratos convulso, no logró, sin embargo, empañar una imagen nítida del evento. Pensando siempre en la dimensión de lo que acontecía fuera, el meditabundo claustro, que se nos ofrecía como espacio de reflexión, era justamente un enorme ojo facetado por cada una de nuestras múltiples visiones; este ojo que era la literatura, la palabra, se miraba a sí misma y al espacio que la rodea, y en estas aguas de corrientes profundas, pero que no chocan entre sí se constituía el ojo del huracán, aquel momento y espacio sereno propicio para la vida y la visión; allí donde la contingencia adquiría otra cara, allí donde vivimos en un acuario de palabras, nos sentamos alrededor de la fogata de las pasiones, y navegamos las aguas enigmáticas de nuestro arte literario.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03