Recuerdo de un poeta popular

RECUERDO DE UN POETA POPULAR

NILDA AGUIRRE

Nilda Aguirre es dramaturga. Vive en Chile.

Araucaria de Chile. N 33, 1986.

Conocí a Pascual un invierno de inundaciones, cuando él y el poeta Peralta entraron al living de mi casa con sus rostros expectantes y sus cuerpos voluminosos, como pidiendo disculpas a los muebles, demasiado frágiles para sus hechuras de hombres grandes y toscos de campo abierto. Luego de mirar hacia todos lados, curiosos y tomando su tiempo pasaron a explicarme de qué se trataba: necesitaban algo como un guión o libreto teatral para "encachar" el acto, una presentación de poetas populares en el teatro Esmeralda, más bien dicho, un "encuentro" de "puetas" de las organizaciones campesinas. Era un saludo, pero a la vez pedirían a los asistentes que pagaran su entrada con ropa, víveres y lo que pudieran, para ayudar a los damnificados por las últimas inundaciones. Pascual con sus dos grandes incisivos de conejo bien a la vista -en algo como una habitual sonrisa- escogió el sillón más sólido, mientras Peralta se sentaba con precaución en el diván casi a ras del suelo sin quitar los ojos de las telas y los libros del estante. Nos pusimos "cómodos" sin fórmulas y entramos de lleno en el problema. El teatro suele tener para los legos mucho de magia y el solo hecho de acercarse a ese posible libreto los alegraba anticipadamente y se miraban contentos como niños que tratan de adivinar cómo será el juguete. Se desconcertaron algo cuando propuse que en lugar de escribirles un libreto, tratáramos de reconstituir en el escenario uno de esos encuentros campesinos de "puetas", tal como eran según la tradición. Entonces hablaron por turno, sorprendidos del interés con que los escuchaba; ellos eran ahora los maestros y les agradó mi curiosidad y mi ignorancia que los alentó a contar detalladamente desde los primeros pasos las circunstancias que los llevaron a esa profesión de poetas. Pascual contó entonces un cuadro de infancia: el día en que por primera vez sintió deseos de componer versos. En ambos casos lo de puetas les venia por familia. Pero ¿cuándo se dieron cuenta que seguirían la tradición heredada del padre? Ambos lo recordaban muy bien. "Fue -dijo Pascual- cuando hubo un velorio de «angelito». Había muerto un hermano chico y le hicieron la ceremonia tal como se estila en los campos: lo vistieron, la madrina regaló la túnica, vino la persona que canta para despedir al angelito...". -"¿La madrina es siempre la que canta?" -le pregunto-. "No siempre, dice Pascual. Hay personas que son cantores, cantoras de profesión, para la despedida de angelito y son ellos los que lo hacen y nadie más." Y agrega: "Yo mismo, por ejemplo, a veces me ponía a cantar esos versos de despedida y mi madre me decía: 'cállate, hijo, que con eso puedes llamar la muerte'." Una cosa quedó clara en el relato de Pascual: los versos por despedida de angelito son una cosa muy seria, un rito que no puede hacer cualquiera ni ha de cantarse si no es en los velorios. "Fíjese -me dice- en este detalle: la mayor parte de las veces no hay ni para comprar un remedio cuando el niño se pone grave. Pero para comprar la túnica ¡para eso no puede faltar!" Primero me escandalizo un poco porque no alcanzo a percibir la sabiduría que se oculta en sus palabras, sabiduría que se transmite de padre a hijos y que con la invasión del "progreso" se siente incómoda, contradictoria y hasta podría parecer una aberración. Indago más sobre el punto. Me explica: "es que si no hay toda la ceremonia, tal como debe ser, no sirve. Mire, si los padres ven que el niño tiene su túnica, su coronita, sus flores, allí sentado sobre un mueble que sirve de altar, si se le reza y se hace la fiesta y lo despide el cantor o cantora, entonces los padres quedan conformes. No sienten pena. Ahora tienen 'su angelito' que los cuida desde arriba". De golpe comprendo por qué las madres pueden hablar con tanta serenidad de sus hijos que han muerto pequeños "en la inocencia", y por qué los nombran con respeto y hasta pareciera, con orgullo.

-"Usted sabe" -me dicen, porque ellos imaginan que alguien capaz de escribir teatro debe saberlo todo- "que en el campo el hombre canta cuando trabaja". El padre de Peralta, por ejemplo que es leñador, canta mientras derriba los árboles. "Y toca que un día -me explica- que del tronco de un sauce que estaba hueco, sale una 'sirpiente'..." Popeta -el otro nombre más familiar de Roberto Peralta-, cuando habla con pasión dice 'sirpiente' o 'dispués' y su 'si' se convierte en un 'shi, shi, shi'...", sin embargo cuanto tiene que recitar o cantar más culto, pronuncia tan bien como cualquier poeta docto y hasta toma un tono calmado que recuerda a Neruda, pero no lo hace de intento. Y entonces, continúa: "mi padre se la queda mirando, y la sirpiente se para, así, en la colita y aguarda, porque se acercan, planeando dos águilas grandes para atacarla. Mi padre se quedó con el hacha levantada, observando. Y la sirpiente parece que miraba, con esos ojos que tienen y se va dando saltitos en la cola, arrimándose a una zarza, hasta que estuvo bien cerca...". Aquí Popeta mueve sus manos rudas con marcas de pala y azadón, las agita y se le convierten en serpiente que desaparece bajo las zarzas, y es la zarza, y los ojos de Popeta reflejan el vuelo de las águilas y se olvida que está en mi casa, y estamos los tres en el campo, con el padre y el hacha, detenido junto al tronco hueco del sauce. Entonces Popeta regresa al living y comenta: "observé que mi padre empezaba a trabajar otra vez, a darle al tronco, pero tarareaba una canción que había compuesto". Y esa fue la vez en que Popeta niño sintió deseos de seguir los pasos de su padre cantor. Le pregunto si recuerda la canción. Vacila. "Bueno, es que tenía diez años..., pero algo me recuerdo." Me explica, medio ausente, los ojos perdidos en su paisaje verde, con sol y con lluvia: "él imaginó que la sirpiente era una princesa cautiva y las águilas, dos verdugos y de eso trataban los versos" y me mira, feliz de haberse acordado. Me desconcierto un poco, lo mismo que con el relato de Pascual, pensé que su canto hablaría de árboles y animales, pero pronto le encuentro una explicación. Antes de entrar en las confidencias, en lo personal, urgidos por mis preguntas. Pascual y Popeta me habían estado instruyendo sobre el origen de esa poesía popular; y en verdad me sorprenden: son grandes entendidos y hasta me han traído un libro muy viejo, noblemente estropeado por las innumerables manos que lo han consultado, con sus huellas de café, pan y cebo de las velas de la mesa campesina. Y antes de abrirlo, el libro cuenta del amor con que estos poetas populares toman su profesión. Hay un prólogo que habla de los orígenes de esta poesía en el romancero, ese romancero que se pierde allá por la España de la Edad Media. Luego se explica cómo los romances desembarcan en nuestro continente, y sus castillos, batallas y princesas cautivas se acomodan en esta tierra, llenándose de otras fantasías. Esos reyes y condes, esos caballeros que pelearon en las cruzadas, y que nunca aquí tuvimos, entran sin problemas en nuestro folklore y hablan en un lenguaje salpicado de criollismos y de picardía. Muchas veces por permanecer fieles al verso o la rima de origen, se vuelven ligeramente surrealistas: "Anda vida mía, súbete a la torre, mira la 'violeta' y el viento que corre" decía una tonada que cantaba una vieja costurera de la familia; la "veleta" pasó a ser "violeta", ya que la tonada empieza "por aquella calle viene una guitarra de plata / y ella viene diciendo / aquel moreno me mata". Y así en muchas tonadas tradicionales, siempre hay algo que no parece del todo lógico. Pero ahora, con el relato de Popeta, aprendo que a su padre -que vive entre árboles, águilas y serpientes-, más le atraen y lo inspiran los verdugos y princesas. Porque esos versos populares no los recogieron de la tierra en que trabajan, sino que les llegaron, llenos de magia, por la tradición oral, desde los castillos medievales que jamás conocimos, en esos versos de juglares nostálgicos que nos llegaron de España. Y los poetas son ante todo respetuosos de la tradición, venga de donde venga. Bueno, es una hipótesis nada más, que poco sé de sesudos estudios, nacida de lo que a mí me llega en la forma tan rotunda y vital de mis inefables amigos. Pascual y Popeta, hijos y nietos de poetas populares. Y ahora Pascual, muy erguido en su sillón, rebalsando un poco cuando se desplaza, me habla como un erudito de las cosas del campo, y me deja atónita con sus conocimientos: Pascual conoce todos los secretos de las Décimas, sus intrincados caminos, aquéllas que "son así no más" y las otras que tienen "su obligación", esto es, que deben ser iniciadas con una cuarteta y luego cada décima debe reconocer la obligación, empezando cada una con el primero, segundo, tercero o cuarto verso de la cuarteta y así otras variantes en la forma como se han de desarrollar. Y la rima tampoco es cosa de improvisar, obedece a reglas sagradas que nadie osaría modificar; y si se compone en décimas, bueno, es por algo, con un propósito y en una ocasión determinada. Y Pascual las lleva tan en la sangre que esas décimas que a mí me cuestan un día entero de trabajo, las compone él "pallando" (payando), lo mismo que las indias del altiplano, a las que les van saliendo filigranas de colores en sus gorros de lana, sin mirar el tejido, como si llevaran el diseño en los dedos.

Alguien trae una bandeja con tazas de té y grandes panes para los grandes amigos y ellos, llenos de malicia, me cantan "El perro de mi patrón", que aquí no reproduzco, pero es cosa de ir donde Popeta -que Pascual ya no camina por este mundo- y pedirle que la cante y lo veremos echarse hacia atrás, entrecerrar los ojos y sacar un vozarrón que descompone las grabadoras, con tonos agudos -como para animar yeguas en la trilla a campo abierto- y soltarle a usted todo el resentimiento social de las diferencias entre patrón e inquilino con pura picardía, sirviéndose del perro "que come perdices en escabeche y no debe probar la sopa que me dan a mí" -pero sin dejo de amargura, al contrario, que Popeta parece ser, en las buenas como en las malas, ese hombre feliz -que según los entendidos nunca existió. Entonces entra de nuevo Pascual y habla de lo útiles que son los temas bíblicos porque uno puede denunciar las injusticias y protestar y todo sin que vengan a decirle que está haciendo política o que es comunista, porque, total, "le echamos la culpa a don Jechua, pues, y a toitos los profetas", que, a juzgar por la Biblia, debieron ser harto teñidos políticamente, y su carcajada asusta a los pájaros del balcón, que emprenden el vuelo hacia el tejado de enfrente. Y ahora, luego de cambiar miradas cómplices, me cantan algo diferente, algo que los toca muy de cerca, canciones que tienen que ver con su organización campesina, y que los llenan de alegres nostalgias recordatorias, porque cada una trae a la memoria una fiesta campesina de tal o cual ocasión, que aún conserva el aroma del cordero asado y la rica chicha baya, y además ahí el canto cumplía la función más noble, porque ellos tienen su lucha y sus ideales tan firmes como un recio corpachón que no se presta a equívocos. Y me cantan ésta o la otra, para escuchar mi opinión, que si conviene o no conviene, y que si será mejor que yo los presente y diga algo, porque recuerdan de pronto que se trata de escribir un libreto para el teatro Esmeralda, un teatro grande en barrio populoso que la Municipalidad se los presta y van a venir poetas populares ¡hasta de Puente Alto! de donde salen los más famosos. Así es que cortamos por lo sano y propongo que tengan en el escenario lo mismo que es menester para sus encuentros en el campo, una rueda de sillas y al centro y brasero y un chuico de vino (desgraciadamente no hubo posibilidad de brasero, ni para el chico había, que salieron a comprarlo con mis veinte pesos de prisa esa misma tarde y hubo que salir al escenario con poncho, gorro de lana y guantes para no quedar paralogizados por el frío). Les digo: los presento a ustedes dos y allí cuentan lo mismo que me han estado contando a mi antes de partir con los cantos. Me miran sin ningún convencimiento, pero después de todo, se supone que soy autoridad en la materia y para finalizar la reunión, que ya se está haciendo "escuro", Pascual toma la guitarra, que le queda bastante adelantada por su barriga al sentarse, y con una expresión muy seria y la infaltable mirada cómplice al Popeta, parte con sus versos "A la Ranquil de hoy" la federación campesina:

Valiente y muy decidí'o
hay que ser en la Ranquil...

Y sus dos carcajadas, limpias, estruendosas les sacuden las carnes, mientras se miran con cierto pudor las salientes barrigas, que están allí, supongo, por pura costumbre, porque, en verdad, pienso: "estos dos gordos dirigentes de la Ranquil, deben andar siempre soñando con un enorme y apetitoso cordero asado, sin lograr materializar jamás su sueño".


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03