Héctor F. Abarzúa

POR UNA HISTORIA EN EL EXILIO

Estas notas se refieren a la posibilidad y necesidad de un quehacer histórico en las condiciones del exilio, pero no podrían ir muy lejos sin una indispensable escala en esta práctica política institucionalizada, el exilio, cuya frecuencia y planetarización lo han convertido, ante la opinión común, si no en invisible, al menos en un fenómeno de aparente banalidad, suerte de flagelo "cultural" análogo a aquellos naturales que periódicamente conocemos.

La Encyclopaedia of the Social Sciences (Vol. V, MCMLXIII, The Macmillan Co.. New York), define el exilio como "el destierro permanente o temporal de una persona de su propio país. impuesto o permitido por las autoridades, debido a crímenes de derecho común (particularmente aquellos contra las personas), o por crímenes políticos".

En cuanto al exilio político propiamente tal, más adelante, y en la misma obra. se puede leer: "El exilio como recurso político intenta apartar del Estado individuos o grupos de individuos peligrosos. En esta clase de exilio está generalmente ausente cualquiera criminalidad en el delito, y por lo mismo no hay tampoco ningún carácter penal. La institución es justificada basándose en razones de simple conveniencia. que llevan a la exclusión de ciertos individuos a fin de restaurar la armonía y la unidad dentro del grupo político".

Estas definiciones, si bien correctas en términos generales, no dicen nada acerca de las condiciones internas, en cuanto a su propia dinámica, del exilio, de sus implicaciones sociales, económicas, políticas y culturales, y mucho menos aún del carácter de vivencia "catastrófica", en sentido estricto, que reviste la experiencia del exiliado, indiferentemente al hedió de que ésta sea voluntaria o no. Y a nadie se le escapará la ironía implícita en la consideración del exilio como "restaurador" de la unidad social, a menos de estimar la paz de los sepulcros como signo de armonía.

Una historia del exilio y de los exilios, aún por escribirse, seguiría de cerca aquélla de las instituciones políticas occidentales desde sus orígenes.

La primera manifestación del exilio es en cuanto penalidad por delitos comunes, y es así que ya aparece en Homero (Iliada, XXIII, 8§), como el castigo aplicado a Patroclo por homicidio. Más tarde, en la legislación griega de los tiempos históricos, cuando el homicidio llega a ser objeto de sentencia judicial, el exilio persiste como una alternativa ofrecida por la ley al acusado.

La práctica del derecho de asilo está íntimamente ligada a aquélla del exilio. En la legislación hebrea, en virtud del derecho de asilo en lugares sagrados, estos se convirtieron a su vez en lugares de exilio.

En la misma medida en que el uso indiferenciado del exilio, sancionado por la ley o no, tiende a debilitarse o a desaparecer, substituido por otras penas específicas del derecho común, se ve cada vez más definida la institución del exilio por excelencia, el exilio político, institución que alcanza su máximo desarrollo al florecer las ciudades-estados, y que declina y se transforma con la mayor extensión territorial del estado en el período romano.

En Grecia, el exilio político característico fue el "ostracismo", forma creada probablemente en 508 AC por Clístenes, a manera de salvaguarda constitucional para la democracia ateniense. Quienquiera que fuese una amenaza para la armonía y tranquilidad del cuerpo político podía ser desterrado por un período de diez años. Pero, además del ostracismo existía en Atenas un genuino exilio, que castigaba crímenes políticos tales como la impiedad (causa del exilio de Anaxágoras), la mantención de una neutralidad culpable en el caso de guerra civil, o el intento de alterar cualquier mandato del pueblo.

El exilio llegó a ser un arma en manos de los bandos, destinada a neutralizar los oponentes. Tanto en Atenas como en otras ciudades griegas, cada revolución produjo destierros en masa. Cuando en 324 AC Alejandro llama a todos los exiliados de las ciudades, acuden más de 20.000, número muy elevado dadas la demografía y la estructura social de la época.

El exilio político griego, que suponía la pérdida de la ciudadanía y de los bienes, y a veces su recuperación por la vía de la amnistía o del cambio político, generaba a su vez, un "sistema del exilio", de innegable modernidad, con rasgos que se encuentran nuevamente en las luchas entre las repúblicas italianas del medioevo, y aún en los conflictos políticos e ideológicos de los siglos XIX y XX. El exilio, en sí mismo resultado de convulsiones o guerras civiles, servía a su vez para fomentar o extender éstas. Era inevitable que los exiliados políticos se refugiaran en estados en los cuales su propio partido o partidos aliados fueran dominantes, de ahí que tales estados llegaran a ser el centro de conspiraciones y nuevos preparativos para la guerra.

También Roma institucionalizó el exilio (y nace allí el término que usamos hasta hoy), pero en la práctica las dos modalidades de destierro, "exilium" e "interdictio", llegan a confundirse, no subsistiendo sino su diferencia en la actitud psicológica hacia el primero. que permite a Cicerón afirmar que no hay ninguna ley romana mediante la cual una ofensa pueda ser castigada con el exilio, y que éste, más que una pena, es un refugio: El "exilium" es tanto el lugar de residencia como el hecho mismo de la expatriación.

El exilio, como práctica y como sistema, supone siempre la existencia de formas superiores de organización del Estado, y el antagonismo explícito entre clases, partidos o ideologías. Es por ello que, tal como ya ha sido indicado, el recurso del exilio es corriente en los conflictos de poder en la Italia medieval, cuna de la "modernidad" política, aún cuando en el caso se trate todavía de la ciudad-estado y no del estado-nación moderno.

Un ilustre ejemplo es el de Dante Alighieri, desde 1298 jefe del partido de los "bianqui", opuesto a la autoridad papal en Toscana, quien viera sus bienes confiscados, fuera después condenado a muerte en ausencia, rehusara una oferta de amnistía y no volviera más a esta Florencia, a la vez fuente de amargura y de nostalgia. Dante, quien firmaba sus cartas como "florentinus et exul immeritus" (florentino injustamente exiliado), no fue el único en estos exilios italianos. Así, y de manera análoga en otros documentos similares, en los estatutos de Pistoia de 1284, se dice que "todo gibelino luchando contra un güelfo o causándole algún daño, deberá ser enviado en residencia forzosa a cien millas más allá del distrito de Pistoia".

La nueva idea política, la nación, originalidad occidental gestada en el tiempo secular y que comienza a hacerse visible ya a finales de la Edad Media, supone diferencias cualitativas con el concepto clásico de la ciudad-estado. En lo esencial, estas diferencias residen en las consecuencias que implica el nuevo espacio nacional, y afectan también la institución del exilio. Este, junto con el desarrollo de la nación, cambia también de carácter, perdiendo poco o mucho su regularidad inscrita en los antiguos cuerpos legales, sin por ello desaparecer. A la escala de las mayores áreas de dominio reivindicadas por los estados, los conflictos y su extensión espacial son también mayores, y muchos viajes o desplazamientos de la época no son sino cripto-exilios, como en el caso de otro florentino. Da Vinci, a quien la inestabilidad política y los juegos del poder llevan primero a Milán, y después a tierra francesa hasta su muerte allí.

Las querellas internas y las luchas por la hegemonía entre las naciones, a más del hecho nuevo de las conquistas territoriales fuera del espacio tradicional europeo, confieren al exilio una nueva connotación: el carácter masivo. En el curso de varios siglos, comunidades enteras deberán abandonar sus lugares de origen o de arraigo, por razones de carácter religioso, ideológico o político, bajo las cuales siempre se encuentran motivaciones de afirmación de poder, sea éste el de una clase o el de un aparato de estado, y los concomitantes intereses económicos en juego. Al azar, podrían citarse la expulsión de judíos y moriscos de España, la emigración de los hugonotes franceses a Alemania y otros países, los movimientos de poblaciones eslavas y germanas con motivo y como consecuencia de la Guerra de 30 Años, la partida de grupos religiosos disidentes de Inglaterra hacia América del Norte. En todos los casos citados, se trata de alejamientos forzosos, del exilio como uno más de los elementos de la política del Estado a la par que la guerra.

Hacia el fin del antiguo régimen, y al aparecer las primeras fisuras en las estructuras monárquicas, el exilio, deseado o no, vuelve a ser frecuente, trátese de ideólogos "peligrosos" como Voltaire o de elementos perturbadores de la paz social, como Miranda y otros futuros próceres americanos.

La Revolución, que abrasa Europa y alcanzará después la América española, provoca una sucesión de exilios y regresos, dos de cuyos ejemplos más coherentes son el de la "emigración" francesa, vasto movimiento de la nobleza que se refugiara en todos los países de la Europa monárquica, y que se prolonga hasta la Restauración, y el del exilio español, de "afrancesados" primero y de liberales luego, en tres corrientes que se suceden de 1813 a 1833.

Una vez consolidada la restauración aristocrático-burguesa, y a lo largo del siglo XIX, los movimientos de carácter nacional y liberal en un primer tiempo, y las luchas del socialismo naciente, después, suministrarán el pretexto o la necesidad de otros exilios, en los cuales es cada vez más explícita la motivación política precisa. Las revoluciones de 1830 y 1848, particularmente la rebelión polaca, las luchas italianas, y más tarde la Comuna de París en 1871 serán fuente de exilio, al cual se deben agregar, desde el aplastamiento de la Comuna, las ejecuciones en masa y las deportaciones como recursos represivos del capitalismo que, ahora en su fase imperialista, no vacila en utilizarlos todos, aun en el ámbito colonial.

Los exilios y los exiliados, desde la segunda mitad del siglo XIX, son numerosos, y ya no solamente son extrañados o deben huir los hombres de armas o los jefes políticos, sino que también los poetas como Víctor Hugo, refugiado en Guernesey de las iras de Napoleón III, o los individuos de esa nueva especie, los intelectuales. ¿Quién encarnaría mejor que Karl Marx las ideas perseguidas en virtud de su potencial revolucionario? Eterno fugitivo de policías y poderes, desde su juventud en Alemania, impertérrito a pesar de la adversidad en el cumplimiento de una tarea plena de sentido y porvenir, hasta los duros pero fecundos años londinenses. ¿Y cómo olvidar a Martí, quien abandona el exilio para luchar y caer por la libertad de Cuba?

La vuelta del siglo señala el comienzo del tiempo de la planetarización del exilio. Dondequiera que surge la crítica radical de la sociedad, y la consecuente práctica política de dicha crítica, el exilio, ya sea como imposición del poder o como medio de salvaguarda, está presente. Desde Lenin, paradigma del combatiente político e intelectual en exilio, organizador y creador infatigable tanto en París, en Cracovia o en Zurich, hasta los exiliados de hoy, latinoamericanos, europeos, africanos o asiáticos. El mundo contemporáneo, de revolución y contrarrevolución, de fin de imperios, de anticolonialismo y neocolonialismo, es también espacio y tiempo de exilio. Revolucionarios rusos, víctimas del fascismo mussoliniano, del nazismo como Freud, Husserl o Thomas Mann, españoles republicanos de 1939, latinoamericanos de casi todos los regímenes y países, líderes asiáticos v africanos, todos han compartido una experiencia común del exilio, cualesquiera que sean las circunstancias personales e históricas de esta forma de destierro.

Pero hay además otra forma de exilio, difícil de cercar y definir, y es la del exilio que tentativamente podría llamarse "cultural" o "interior". Esta experiencia del desarraigo o de la extrañeza en medio de una sociedad cuyos valores no satisfacen o son rechazados, es la de Gauguin en Tahití, la de Tolstoi retirado en el campo, la de Henry James primero y T. S. Eliot y Pound después dejando los Estados Unidos, la de Joyce fuera de Irlanda, la de Gabriela Mistral y tantos poetas errantes de América... Sería simplista no ver que en el trasfondo de estas tentativas de "viaje hacia adentro" al dejar la patria, hay también connotaciones políticas. Y un vagabundo como Rimbaud, aunque después traficante de armas en Abisinia, es también un revolucionario y un transformador del mundo a través de la poesía.

La mirada histórica sola no basta para la asunción de lo que es el exilio. Tampoco sirve la imaginería más o menos romántica que ve en el exiliado un personaje batido por todos los vientos y sufriente de añoranzas.

Para la aprehensión esencial de lo que es el exilio, todo intento debe considerar lo entrañable, la ecuación personal de la experiencia, pero también el carácter inequívocamente social, histórico, de ésta.

La peculiaridad del exilio consiste en que crea un tiempo y un espacio distintos. Altera tal vez una cierta memoria inmediata del acontecimiento, pero hace comprender mejor los grandes rasgos de la experiencia en su "duración". Aleja del espacio conocido --el exilio es también una alienación del espacio afectivo--, pero al imponer uno nuevo valora selectivamente aquel dejado, que es ahora visto y sentido de manera nueva, como en ciertos horizontes del alemán Friedrich.

Si la historia y la mirada interior permiten entender, en sí y para uno mismo, la condición del exilio, ellas son también los fundamentos de esa forma de superarlo y derrotarlo que es la historia hecha desde el exilio. Las líneas que siguen intentan rendir cuenta de las grandezas y servidumbres de la empresa.

II

El trabajo histórico realizado en la situación y en la condición del exilio, ofrece dos posibilidades: la primera, es la de la historiografía hecha desde el exilio: la segunda, es la de la historia del exilio en sí mismo (que es también, naturalmente, una categoría incluida en la primera).

En ambas alternativas, se trata de una historiografía nacional, en el caso de la chilena. Hay asimismo una tercera posibilidad, la de la investigación que tiene como objeto de trabajo una historia que no es la propia, o que la examina en un ámbito mayor --por ejemplo, los movimientos de liberación de América Latina en el siglo XX. incluyendo la experiencia chilena--, hipótesis interesante pero que no es examinada aquí, ya que en dicha situación desaparecen gran parte de las tensiones de la relación historiador en el exilio-propia historia como objeto. Esto no quiere decir que no sea conveniente el estudio de una historia "ajena", o que se desestime la importancia del ámbito histórico-cultural "otro" en el que se desarrolla la tarea del exiliado como historiador, y cuya variación determinará diferencias tanto en la sensibilidad como en la estructura y dirección del trabajo resultante.

Antes de intentar responder a la pregunta, ¿qué historia es posible hacer?, es necesario contestar a otra: ¿cuáles son los medios, la infraestructura intelectual, institucional y económica con que se cuenta?

El exilio ha diseminado por los horizontes europeos y americanos una parte significativa, por decir lo menos, de la profesión histórica chilena, desde investigadores y catedráticos consagrados hasta estudiantes primerizos, de marxistas militantes a liberales antifascistas, sin olvidar los cristianos. Todos sabemos empíricamente que hay alguna presencia chilena en casi todos los centros de cierta importancia cultural en el mundo, pero hasta ahora esta riqueza potencial no ha sido mensurada, y sus individuos no han tenido la oportunidad de confrontar sus propias experiencias, si no es a través de viajes y contactos privados. Esta crítica no se refiere sólo a quienes ejercen el * oficio de la historia, y se extiende a los trabajadores de la cultura en general. La falta de una política de intercomunicación cultural, de un intento de coordinación en las distintas tareas emprendidas, es una responsabilidad que nos concierne a todos, comprendidas las organizaciones políticas. Para volver a la historia, y a manera de ejemplo, en Francia, país desde donde son escritas estas páginas, se ignora el estado actual del trabajo historiográfico chileno realizado en los centros ingleses. Y la misma situación se repite dentro de un mismo país, a veces dentro de una misma ciudad.

Es imperiosamente necesaria la realización de encuentros o seminarios entre investigadores y estudiantes del mismo campo, en escala nacional primero, y continental después. Las estrecheces del exilio no pueden justificar una omisión de tan graves alcances. Es indispensable conocer quién hace qué, en qué condiciones y con qué medios, en qué marco institucional, y con qué expectativas de realización.

No es todo. Las condiciones de trabajo intelectual varían en cada país de exilio, pero así como hay personas que se han integrado

normalmente a funciones de investigación y docencia, no es infrecuente que otras, obligadas por las urgencias cotidianas, hayan debido alejarse --¿momentáneamente?-- de su vocación y formación originales. Y no es enseñando español o vendiendo libros --en el mejor de los casos-- como se piensa y se hace la historia hoy.

No habrá frutos del exilio, no habrá germinación original, sin remediar estas dos situaciones: la falta de comunicación de aquello que ya está en marcha, y la precariedad de la vida diaria que impide la necesaria dedicación. Y sólo un recuento serio, a grande y pequeña escala, de los medios de a bordo, permitirá saber qué se puede hacer, no sólo en el campo de la historia sino que en todas las expresiones de la actividad intelectual y cultural.

Desde el exilio, la historia posible aparece en un primer momento y al mismo tiempo, como promesa y frustración. Promesa, por la diversidad de preguntas y problemas, nuevos o viejos pero vistos en otra óptica, que se plantean; frustración, por la triste lucidez en que se está del alejamiento de ese pesado mobiliario que circunda al historiador, y que son las fuentes documentales. Pero después se ve mejor que la misma privacidad genera nuevos recursos, nuevas invenciones. Y la cientificidad de la historia no está sólo en el uso de computadores, sino, y más bien, en el de la imaginación.

Una primera certidumbre, y desde el punto de vista de la historia más ortodoxa y profesional: el exilio aleja de las fuentes chilenas de la historia nacional, pero permite el acceso a otras, extranjeras pero de primera importancia. No es muy difícil darse cuenta de que la historia "nacional" de unos, es la historia "ajena" de otros. Así, Chile es un elemento de importancia variable pero de presencia constante en la historia --y por ende en los archivos-- de naciones como España, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y las naciones sudamericanas y, en menor escala, de otras. Y es en estos archivos donde los historiadores en terreno ya han comenzado a trabajar, con resultados que, es de esperar, serán felices. Esta posibilidad abre importantes perspectivas, no sólo para la historia diplomática, lo que sería previsible, sino que también para la historia social y económica, y aun para aquélla de las mentalidades.

El trabajo en las secciones chilenas de archivos extranjeros --no solamente diplomáticos, puesto que también hay archivos comerciales privados de empresas que han tenido intereses en Chile, y a veces son accesibles-- es una peculiar experiencia para el investigador pues permite verse en la mirada del otro, con resultados que pueden ser sorprendentes, pero que son siempre enriquecedores. Y si bien disminuyen o se anulan las posibilidades de crítica comparada de fuentes, el sentimiento --y el riesgo-- de creación de la historia es mayor.

En el marco del trabajo con fuentes documentales, que es la investigación histórica por excelencia hay, como se ha dicho, trabajos en curso en diferentes países, pero no se corre en absoluto el riesgo de agotar direcciones posibles. Por ejemplo, sería tan ambicioso como interesante el diseño de una investigación en demografía histórica --descuidada en la historiografía chilena-- acerca de las emigraciones del siglo XX hacia Chile: árabe (compuesta en su momento por súbditos del entonces Imperio Otomano, de ahí el mote de "turcos" a sus miembros), eslava, judía de distintos países antes y después del advenimiento del III Reich, y europeas en general. Sería inútil subrayar la importancia de dichas emigraciones en nuestra vida regional (los yugoslavos del Norte Grande y de Magallanes), y en nuestra vida social y económica en general. Y es desde el ámbito euro-mediterráneo donde mejor se podrían estudiar estos movimientos de población, exilios ellos mismos en su momento. Al mismo tiempo, una investigación histórica sobre los orígenes múltiples de la población actual chilena, permitiría neutralizar ciertas pseudoideologías vagamente fascistas, hoy en boga en el país, en las cuales se habla de una "raza" de Chile. Esta es una peligrosa tontería. Nuestro país siempre ha sido un crisol de etnias y culturas, y una voluntad de convivencia. Eso nunca es innecesario recordarlo, particularmente ahora que en el mundo entero aflora un nuevo brote de racismo y mito totalitario.

Desde el exilio, la historia es posible. No sólo posible, sino que necesaria, y de imperiosa necesidad ante la acción conjunta de la irracionalidad armada y de intereses foráneos cuya única finalidad es el despojo de nuestro entero patrimonio, y que unidos amenazan el sentido mismo de la comunidad chilena, expresado mejor en siglos y generaciones de vida colectiva que en el patrioterismo de los nuevos textos escolares. Toda historia oficial es execrable, toda verdadera historia es un "ir por el camino". Es por ello que, paralelamente a la investigación histórica original, en sus limitaciones y expectativas, debe realizarse una labor de reflexión sobre nuestra historia, una labor de desmitificación, de revalorización y de recuperación. Así, por ejemplo, el significado y dirección del proceso de independencia de 1810 merece ser reconsiderado. ¿Hasta dónde se confunden, y dónde se separan entonces, el interés de clase y el interés nacional? ¿La "plebe aristocrática" de 1810, es también la anónima masa popular campesina y urbana? Si queremos verdaderamente ser historiadores, no podemos ser sirvientes de tal o cual concepción decimonónica, y no podemos considerar este o aquel capítulo de nuestra historia como zona sagrada. ¿Cómo entender, por ejemplo, sin un análisis ideológico de las condiciones de su creación, la contradicción flagrante presente en nuestro himno nacional, que exalta la "sangre de Arauco", en circunstancias que el período republicano continúa e institucionaliza la segregación y el exterminio de los indígenas? Y a propósito, ¿no habría nada que decir acerca de la constitución de la propiedad agraria en el sur de nuestro país, y del origen oscuro de las grandes estancias magallánicas?

Hay más. No puede permitirse que se tergiversen la personalidad y la acción de ciertas figuras nuestras. Portales es un notable y complejo personaje, uno de los primeros en el continente en comprender y asumir el peligro imperialista, y su "orden" no es el de los tanques. Y O'Higgins fue a lo largo de su vida combatido y odiado por los "caballeros de Santiago", los mismos que hoy disfrutan, sin controlarlo del todo, del régimen establecido.

También habría que preguntarse nuevamente sobre la función --y la acción-- de los intelectuales chilenos, en el más amplio sentido de la acepción, en la vida pública. Desde los hombres de la Independencia --Manuel de Salas y otros--, los liberales de 1842, los "denunciadores" de 1910 --Alejandro Venegas, Nicolás Palacios, el Encina de Nuestra Inferioridad Económica, Luis Emilio Recabarren como autor y periodista--, los críticos sociales y económicos de la década de 1930, incluyendo el indispensable Realidad Médico-Social Chilena, del doctor Salvador Allende, hasta los hombres de la generación del 38 (indiferentemente al hecho de que hayan sido de preferencia creadores literarios) y de la vuelta del siglo, sin olvidar ciertos heterodoxos como Domingo Meifi o Benjamín Subercaseaux. Y surge una pregunta necesaria, no académica sino que urgencia reflexiva:

¿Faltó en el Chile de los últimos veinte años, una verdadera crítica intelectual, comparable a la del Centenario, o a la española de fines del siglo XVIII (Cadalso, Jovellanos) o de la Segunda República?

Estas son algunas de las preguntas sobre nuestra historia, pasada y reciente, que pueden y deben ser hechas desde el exilio. Igualmente, y en el campo de la historia intelectual y social, sería necesaria una exploración de ciertos paisajes mal conocidos, y una revalorización de ciertas personalidades. En los archivos del Vaticano --accesibles, naturalmente-- ha de haber no pocas cosas para emprender estudios sobre la vida de la Iglesia en Chile en el siglo XIX y comienzos del XX, tanto desde el punto de vista institucional, que ya ha sido objeto de diversos trabajos, como desde aquel más innovador de las ideologías y mentalidades. ¿Y por qué no investigar un tema determinado --el conflicto social, la conciencia de clase y la marginalidad, el trabajo, la infancia, la sexualidad, el alcoholismo, etc.-- en una serie de autores literarios, cercanos o lejanos entre sí en términos de tiempo, espacio y afinidad? La llamada "psico-historia" todavía no tiene cultores chilenos, y tanto mejor si con ella la historia desborda márgenes inexistentes. ¿O tal vez, sentar desde ya las bases de una historia seria de las instituciones educativas chilenas, de la imagen social del escritor, o de la práctica de las ciencias en el país?

Si bien las dificultades para una historia social y económica fundada exclusivamente en fuentes documentales nacionales es evidente, es sin embargo posible, desde el exilio, la constitución o el afinamiento de diseños o modelos conceptuales aplicables a situaciones nacionales, teniendo como referencia el trabajo de los centros de estudios latinoamericanos, algunos de alta calidad, o de investigadores sin pertenencia institucional, esparcidos en Europa y en Estados Unidos. Esto es particularmente válido para las tareas en historia colonial, tradicionalmente bien cultivada fuera de América, pero es también válido para temas de historia moderna y contemporánea, y para estudios interdisciplinarios. Y cuando se sabe la correlación entre investigación y teoría, es clara la importancia del trabajo teórico en temas tales como el feudalismo en América, modo y relaciones de producción, comercio interno y externo y circulación monetaria, sistema de inquilinato, urbanización y ruralización, proceso de industrialización y capitalismo inicial, movimientos sindicales, militarismo, ideología y poder, dependencia y subdesarrollo, etc., que aunque sean estudiados en un marco de referencia continental, permiten una mejor "lectura" de la historia e historiografía nuestras, hasta el momento en que de nuevo sea posible el acceso a los documentos directos. Más aún, el tratamiento de estos y otros problemas en un ámbito americano es indispensable, pues se trata de situaciones globales que exceden los límites de la nación.

Otra de las tareas posibles es el trabajo sobre la historia presente de Chile, en sus aspectos sociales, económicos, institucionales e ideológicos. No se trata de hacer una historia a la distancia, una telehistoria del régimen Pinochet, pero sí, en la medida de la información fidedigna de que se disponga, de constituir al menos un registro o una escala cronológica de acontecimientos o de fenómenos de mediana o larga duración, así como de los cambios en la estructura institucional del sistema, y de las manifestaciones ideológicas subyacentes que se puedan entrever. Ya se han producido estimables trabajos de análisis económico gracias a los datos, aún parciales, que se poseen. Y también podría pensarse en la realización de una investigación en cierto sentido inversa, la visión de la prensa extranjera, de todas tendencias, sobre la dictadura militar. En cinco años ya existe una respetable cantidad de material impreso proveniente de los medios de información mundiales.

Pero, para poder hacer una historia desde el exilio, es condición necesaria conocer la historia en cuanto a oficio y saber hacerla hoy. El contacto, más bien la inmersión en otra realidad cultural, nos revela las virtudes pero igualmente las ausencias y las fallas de nuestra formación nacional. Nadie puede lanzarse a ciegas en los archivos extranjeros sin tener una cierta idea general del estado actual de la historia como disciplina: la "New Economic History", los llamados "cliómetras", la escuela de los "Annales", los resultados ingleses, la escuela polaca, el estado de los trabajos en España y algunos países de América Latina, deben ser al menos nombres y temas no desconocidos para el investigador, laureado o en ciernes. Además, éste debe al menos conocer sumariamente los métodos y técnicas cuantitativas "nuevas" (no tanto, puesto que algunos datan de buenas decenas de años). No se trata de caer en adoración ante el computador, pero sí de saber lo que la tecnología de hoy puede aportar al historiador, y conocer las inmensas posibilidades que ofrece la cuantificación, tanto en sí misma, como para fundar trabajos de índole cualitativa más tranquilizadores. Lo que es definitivamente claro, es que desde hace ya tiempo la historia es una ciencia, peculiar si se quiere, pero que como tal posee métodos, lenguajes y problemas teóricos que le son propios. Un buen trabajo histórico será firmado indiferentemente en Ciudad de México, Leningrado, Turín, Glasgow o Vale, e igualmente leído en uno u otro lugar. Aspiremos a ese nivel de comunicabilidad. No se trata de hacer "el Kula" o "el Chaunu" de la historiografía chilena, puesto que la dimensión última de la investigación es la creación original, comprendidas también las técnicas y los métodos de trabajo, pero es algo desalentador el comprobar, en las revistas especializadas, que la mayor parte de la historia moderna de Chile está siendo escrita por extranjeros. La expresión más especializada de nuestra dependencia cultural y del neocolonialismo, sería que tuviésemos que comprender la evolución histórica de nuestra economía en la obra del norteamericano Mamalakis, sin perjuicio de su valor posible. ¿Habrá que confiar en la existencia de jóvenes chilenos en el exilio, formados afuera, y capaces después de trabajar utilizando los nuevos medios teóricos y prácticos en torno a la historia de su país? ¿O podremos desde ya ponernos nosotros mismos a la tarea?

Sea, para terminar, la factibilidad de una historia del exilio. El exilio es un drama, y el chileno tiene una gravedad y dimensiones cuantitativas y cualitativas que aún no estamos en condiciones de ponderar con exactitud, pero es también una aventura y una epopeya, una de las más grandes y más importantes en la historia del pueblo chileno. Tal como la aventura de California, ésta tendrá en su día su Pérez Rosales y su picaresca, pero también tiene --ya tiene-- y necesita una historia, aun cuando el camino no haya terminado. Todas estas vidas y estos afanes que son los nuestros, todos estos destinos y estos trabajos que nos reúnen y nos alejan, todas estas experiencias de lo familiar y de la extrañeza, todas estas lenguas y culturas, que son a veces lenguas y culturas recobradas, anteriores al tiempo de otros viajes y otros exilios, todo ello nos pertenece a los "de afuera", pero es también patrimonio de los compatriotas del interior, es también historia de Chile, del Chile peregrino. Y ya es tiempo de aprehender este tiempo en movimiento.

¿Cómo historiar un exilio que no ha terminado? Asumiéndonos a nosotros mismos como objeto y sujeto de historia. El exilio pensado por los exiliados es la historia popular (no populista) por excelencia, el lugar de encuentro de la memoria colectiva y de las técnicas estrictas, de la historia social, de la historia política, de la psico-historia, de la micro y de la macro-historia.

De hecho, la historia del exilio, aun cuando todavía no formalizada, no institucionalizada, ya está en marcha. Los primeros testimonios han sido y siguen siendo los textos políticos aparecidos, los análisis, las denuncias, editados ya sea en forma de libro, de publicaciones periódicas o de artículos dispersos, y escritos por personalidades, protagonistas, o por los aparatos de los partidos y organizaciones. En un segundo nivel, también pueden ser consideradas fuente y práctica de una historia del exilio las diversas expresiones artísticas chilenas: musicales, plásticas, cinematográficas, teatrales y literarias. Todas son, al mismo tiempo, medio para un "hacer" la historia, y esta misma historia.

Pero hay un tercer nivel que pide la participación de todos los exiliados: es el de la historia privada (no de la "pequeña" historia), del relato oral o escrito de la propia experiencia, de la vida del trabajo y del estudio, de las dificultades y peculiaridades de la adaptación social y cultural, de la educación de la familia, etc. Cada una de estas peripecias aisladas irá formando la trama mayor de una historia social del exilio, tanto en sus aspectos de psicología individual y colectiva como en aquéllos de rango mayor, como el demográfico. Una historia en la cual se registren ya sea la escolaridad infantil o el índice ocupacional por sectores, la aculturación o desintegración cultural original, o la movilidad de un lugar de exilio a otro.

La práctica política misma de los partidos y organizaciones, y sus manifestaciones concretas (congresos, reuniones, actos, publicaciones varias, etc.) es naturalmente la fuente directa para una historia política del exilio, pero más interesante es la posibilidad de aunar y coordinar esta pluralidad de expresiones y vivencias, sin privilegiar lo formal en desmedro de lo colectivo cotidiano, aparentemente más obscuro. La historia no pasa sólo por las asambleas solemnes, sino que también por los presupuestos familiares o las calificaciones escolares de los hijos. ¿Cómo planificar para un futuro no previsible la realización científica de una historia, que es también la historia que se escurre entre los dedos? Tal vez lo primero fuera crear --crearse-- conciencia de una memoria necesaria, que puede verterse ya en leí vieja y buena práctica del "diario" personal --¿qué harían los investigadores del fascismo sin el diario de Ciano, los del nazismo sin aquéllos de Speer o Goebbels o, en una escala íntima, cómo entender mejor la ocupación alemana en Holanda y la persecución a los judíos que con el diario de Anna Frank?--, o al menos en una mayor estima por el papel impreso, ese volante, esa hoja que botamos inmediatamente a veces sin leerla, y que después los historiadores de oficio buscan por doquier. ¿Y será necesario decir que esta memoria, esta conciencia de participación, debe también hacerse extensiva a los niños, y que pasa por la supervivencia (o la adquisición) en ellos de nuestro lenguaje hablado y escrito?

Tal vez, también, estableciendo en cada centro o país una suerte de reunión permanente de gente del oficio, que se ocupara de discutir el problema y que pudiera desde ya establecer una especie de gran archivo heterogéneo, local, de materiales para una historia del exilio en vistas a una futura selección y uso de dichos documentos.

Como ya se conoce el empedrado del infierno, el asunto es que ésta o cualquiera otra idea no queden "para la historia". Lo esencial es que las condiciones particulares del exilio exigen una historia también particular: con toda la ortodoxia del oficio, pero también con nuevas prácticas y nuevas confianzas; con la utilización de las "nuevas" fuentes y de la memoria colectiva, y con las luces de la psicología, la antropología social, la sociología, la estadística. El rigor de una buena investigación no tiene por qué sufrir con la participación activa de muchos.

Toda historia es una pedagogía, ninguna historia es neutral. Toda historia desde el exilio es intensamente política, herramienta inmediata de coherencia, y gesto poderoso contra la banalización de la vida que alientan los totalitarismos. Paradojalmente, el exiliado que se sabe tal, y que como tal se asume históricamente, ya comienza a dejar de serlo.

Toda historia es conservadora y creadora de valores, cambio y futuro en lo que permanece. Si queremos conservar nuestro ser nacional, en el espacio nuevo que nos es dado, ocupémosnos también del tiempo que portamos en nosotros, del tiempo que vivimos en el presente, y de aquél que podemos y debemos transmitir.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03