Prisión en chile

A Helia, mi compañera

PRÓLOGO

Me cuesta, me duele escribir este prólogo porque inexorablemente nos hace, a pesar de la distancia, estar más cerca de tanto compañero que quedó en el camino del asesinato, que no abrió la boca, que no denunció a nadie, que murió en la dignidad del hombre, del combatiente, del revolucionario; porque volvemos de alguna manera a convivir con quienes dejamos en los campos de concentración del largo peregrinar y cuando todavía cientos, miles de ellos siguen poblando las celdas de la jauría fascista.

No es fácil hacerlo; es como escribir sobre uno mismo al recordar tantas cosas, pero es bueno hacerlo; cada minuto, cada hora, recordar a cada uno de tantos compañeros que no conocíamos, que no habíamos visto nunca, que no sabíamos quiénes eran y que terminaron siendo nuestros hermanos, nuestros compañeros, camaradas del gran combate por días mejores para Chile y su pueblo. Cada línea, cada página que ha escrito Alejandro Witker, amigo, camarada de mil jornadas en la Universidad, el partido y los campos de concentración, trae a mi mente mil y una vivencias de los duros, amargos y combatientes días que compartimos juntos en la gloriosa y estupenda compañía de innumerables hermanos: hermanos de la solidaridad y la unidad; del pueblo y el socialismo; del canto y la esperanza; de la lealtad y el valor; de la causa socialista y la revolución. Larga era la caravana humana que en 1973 y 1974 recorrió, casi Chile entero, en autobús, avión, barco, tren, a pie, para ser huésped de cuanto campo de concentración levantaron con la fuerza de su odio de clase la burguesía y el imperialismo, usando como sucios e inmundos peones a unos traidores que vistiendo el uniforme de 0'Higgins mancillaron, humillaron y vejaron a la patria.

Este libro de Alejandro Witker relata con amenidad, en trazos que marcan con hondura, lo que fue la vida en los campos de concentración que le tocó recorrer. En páginas claras y limpias, plenas de honestidad política, de lealtad al partido, al pueblo y su clase obrera, señala cuál fue el comportamiento de los compañeros, cómo actuaban los militares golpistas, cuál era el carácter de nuestras conversaciones, cómo recibíamos las malas noticias, cómo vivíamos, cuál era nuestra organización como prisioneros, las actividades culturales, deportivas, los interrogatorios, el testimonio de cientos de compañeros. Este libro contiene páginas que pasan a la historia de la gran lucha de nuestro pueblo, que en un día cercano dará la batalla definitiva para recuperar a Chile de un régimen que ha merecido el repudio por sus atrocidades y crímenes.

Alejandro Witker realizó sus estudios de Historia en la Universidad de Concepción, donde fue mi alumno en la Facultad de Filosofía y Educación. En 1964 realizó estudios especializados en El Colegio de México, y en. 1967 en el Instituto para la Integración de América Latina, de Buenos Aires. Su labor en la docencia y la difusión cultural es vasta y rica en realizaciones: profesor de Historia Social de América Latina en la Universidad de Chile, director del Consejo de Difusión de la Universidad de Concepción, colaborador permanente de diarios y revistas, autor de diversos trabajos académicos y políticos. Militante desde sus años juveniles del Partido Socialista de Chile, ha trabajado intensamente en la organización, especialmente en el campo de la educación política, y ha tenido responsabilidades directivas en el Instituto Chileno Cubano de Cultura y en el Movimiento Chileno por la Paz. Ha visitado a Cuba en 1962 y 1973 y en ese último año representó a Chile en la Reunión Preparatoria del Congreso Mundial de Fuerzas de Paz, en Moscú, donde fue elegido presidente de la Comisión Latinoamericana.

Witker, en los campos de concentración, en esos círculos del infierno, como diría Gonzalo Rojas, probó la calidad y el temple del militante socialista, forjado en años de lucha junto al obrero, campesino, estudiante e intelectual de nuestro pueblo. Compañero en las jornadas de isla Quinquina, del estadio Regional de Concepción y de Chacabuco, todas ellas excelentemente descritas en su libro. Charlista y profesor en la escuela original y fructífera del desierto que dimos vida en el campo de Chacabuco, y miembro de la Comisión de Arte y Cultura del mismo, de la que fui presidente cuando ese gran amigo y combatiente revolucionario, Manuel Cabieses, ocupó el cargo de jefe del Consejo de Ancianos de ese campo. De Alejandro nos separamos el mes de septiembre de 1974, sin saber si nos volveríamos a ver. Con otros compañeros seguimos camino al campo de Melinka y posteriormente a Tres Alamos. Terminamos encontrándonos en la tierra generosa de México en diciembre pasado, para después vernos rodeados de un grupo importante de compañeros, hombres del Sur y la lluvia, provincianos, que supieron de cada uno de los vivos y dramáticos relatos que contiene este libro.

El autor ha cumplido en este libro, con creces, la palabra empeñada un día en la isla Quinquina a ese gran compañero y amigo asesinado, Fernando Álvarez, de decir en alguna forma, de denunciar los horrores de los campos de concentración cometidos por los fascistas. Witker ha tomado su pluma con toda la autoridad moral que le da una vida de lealtad a la causa socialista y su comportamiento en los campos de concentración. Su trabajo, realizado con un estilo ágil y periodístico, es un aporte significativo al partido, al movimiento popular y a la unidad de las fuerzas de izquierda. Unidad forjada en el duro yunque de la represión, del asesinato, la tortura, el atropello, el vejamen y la villanía sin límites. En suma, unidad forjada con la sangre de nuestros gloriosos héroes, que tienen su más alta expresión en el ejemplo de lealtad y acción revolucionaria de Salvador Allende. Libro pleno de calor humano que muestra una parte de la tragedia de nuestro pueblo; pero lleno de fe, esperanza y espíritu de combate. Libro que muestra la grandeza heroica de nuestro pueblo, que señala a fuego la diferencia entre el verbalismo revolucionario y la verdadera y auténtica postura del militante fundido en la clase, y que por sobre poses o frases ditirámbicas supo en el momento dónde se pone a prueba la lealtad a la ideología, a la clase, al partido; tener la actitud que corresponde a un militante revolucionario.

Decía que no me era fácil escribir este prólogo, pues al hablar de nosotros mismos se corre el riesgo de hacer autoalabanza. Pero no; nada de eso hay en este prólogo ni en el contenido del libro de Witker. Se trata de exaltar nuestros valores, de ponderar toda la riqueza humana y política que poseemos para derrotar a la Junta y hacer socialista a Chile. Esos valores están en miles de compañeros, magníficos combatientes, hombres y mujeres, muchos de los cuales no fueron habitantes de los campos de concentración. Que nadie vea diferencias, que se eleve el espíritu unitario. ¿Quién puede ser juez? Difícil, después de la derrota que la burguesía y el imperialismo nos ha infligido. Derrotados, pero no aniquilados. La única diferencia es que algunos han sufrido más que otros, que su dolor y su pena son inmensos; pero a todos nos une el partido, sus rojos estandartes, una vida entregada a la causa del pueblo; la decisión de recuperar sus conquistas más preciadas y seguir avanzando, de cumplir la tarea de la solidaridad y unidad con las fuerzas que representan y defienden los intereses de nuestro pueblo.

Está cercano el día en que volveremos a transitar por los caminos polvorientos de la patria; que la lluvia y el viento del Sur golpeará nuestros rostros; que manos hermanas volverán a juntarse bajo el sol luminoso de Chile, para entonar himnos de victoria; para construir el Chile socialista bajo la mirada señera y vigilante de nuestros heroicos mártires, volverán las rojas insignias del pueblo a empinarse en el alto de los mástiles junto al tricolor patrio; volveremos a dar a Chile el respeto y consideración que se merece en el concierto internacional; volverá la tierra a ser del campesino, la fábrica del obrero, la mina del minero, el pescador amasará la riqueza del mar, la educación no será un privilegio, el intelectual y el artista tendrán libertad para crear, el funcionario público, el empleado, vivirán la dignidad del hombre pleno; el pueblo todo con sus organizaciones conducirá a Chile a los más altos escalones de la libertad y democracia proletarias; volveremos a iniciar la marcha, corregiremos errores, seremos más lúcidos y firmes con la dura experiencia vivida, volveremos a trabajar y a soñar por Chile.

El autor ha cumplido un compromiso más, contraído entre alambradas y metralletas, pero cobijado por el cariño y afecto de miles de hermanos de prisión. En su libro está el relato palpitante, parte de la vida y la historia de nuestro pueblo. Que su lectura nos incite a honrar, a los que cayeron, con la unidad, la autocrítica creadora, el compromiso de seguir la lucha.

¡Adelante en el combate, la resistencia y la solidaridad!

¡Arriba los corazones! Mañana, Chile amanece.

Galo Gómez Oyarzún


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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