Prisión en chile


INTRODUCCIÓN

el 11 de septiembre de 1973, un grupo de generales fascistas derribó en Chile al gobierno constitucional del presidente Salvador Allende. La democracia más antigua y estable de América Latina fue destruida con inaudita violencia. Fue la culminación de las maquinaciones que venía orquestando la CIA y en las cuales dejó huellas digitales un poderoso consorcio norteamericano: la ITT. (1) El asalto de los generales al poder fue un alzamiento del gran capital nacional y extranjero herido en sus privilegios por el proyecto de liberación nacional y social de la Unidad Popular.

El carácter profundamente reaccionario del golpe fue revelado desde las primeras manifestaciones de la sublevación militar. Los que se alzaron contra el presunto "atropello a la legalidad" del gobierno popular, demolieron a cañonazos y bandos militares los fundamentos jurídicos de la nación: bombardearon el palacio presidencial, asesinaron al presidente constitucional. Salvador Allende, cerraron el Congreso Nacional, proscribieron los partidos políticos de izquierda, las organizaciones sindicales y estudiantiles; clausuraron diarios, revistas y radioemisoras, y cancelaron los derechos sociales de los trabajadores conquistados en decenios de luchas. Los que se alzaron en defensa de "la civilización occidental y cristiana", por el "respeto a la personalidad humana", atacaron enloquecidos de odio a los trabajadores y a las ideas democráticas y revolucionarias. Miles de chilenos fueron encarcelados; miles ejecutados en sus sitios de trabajo, en las sombras de la noche o luego de veloces y grotescos "consejos de guerra"; la jauría fascista desató una increíble orgía de violación de mujeres, torturas demenciales, quemazones de libros, destrucción de murales, saqueo de hogares indefensos, etc.

A mediodía del 11 de septiembre, el núcleo del partido en que militaba se reunió en mi casa y acordó mantenernos en contacto a la espera de instrucciones del comité regional. Había evidente preocupación por la gravedad de los acontecimientos, pero en ningún instante pánico; nadie eludiría sus responsabilidades partidistas. A dos militantes se les encomendaron tareas que cumplieron con ejemplar disciplina, a pesar de los bandos militares que hacían tales acciones extremadamente peligrosas. La lealtad y valentía de estos compañeros resultaron inapreciables cuando posteriormente se conoció la magnitud de la represión. El 14 de septiembre, a las once de la mañana, mi domicilio fue allanado por una patrulla de carabineros. Regresaba de una entrevista con el rector de la Universidad de Concepción, Carlos von Pleassing, cuando encontré un vehículo policial frente a mi casa: había llegado mi hora. Al tocar a la puerta, fui encañonado y violentamente conminado a levantar los brazos. En el interior, quedé frente a un cuadro dramático: mi mujer y mis hijos estaban con los brazos en alto frente a un muro, y sobre sus espaldas apuntaban dos carabineros premunidos de ametralladoras.

-ˇEntreguen las armas o vamos a disparar.. .! -exclamaba uno de ellos con voz tronante.

Los niños lloraban espantados. Uno había sido sacado de la cama y despertado con una metralleta en la cara y el otro había sido empujado sobre un muro. Los ruegos de mi mujer para un trato más considerado con los niños habían sido apagados por un vendaval de groserías y amenazas de la mayor cobardía. Pude advertir que en los dormitorios otros policías estaban buscando las "armas cubanas", por las que insistentemente me preguntaba el oficial.

-ˇParece que no hay armas. . .! -se escuchó decir en voz alta desde uno de los dormitorios. Pronto estuvieron en el salón los cuatro carabineros frente a su oficial. ˇHay que llevarse estos libros. . . hay que quemar esta basura marxista.. . Busquen maletas, bolsas, y comiencen a retirarlos .. . con estos libros se han envenenado ustedes y envenenan a otra gente. . . Esto se acabó, señores. . . no más socialismo ni comunismo. . .!

Se llevaron unos 1 500 volúmenes. Ardieron en la hoguera los 16 tomos de la Historia de Chile, de Barros Arana; las Obras escogidas, de José Martí; las Obras completas, de Neruda, novelas de García Márquez y Alejo Carpentier, centenares de textos de economía, historia, política y filosofía; archivos de prensa y personales, ficheros, cintas magnetofónicas, discos, etc.

-ˇVamos andando, profesor -exclamó el oficial-; lleve ropa de abrigo, porque va a tener vacaciones largas. .. Apúrese, que no estamos para perder el tiempo... todavía nos quedan otros pájaros que agarrar. . .!

A los pocos minutos abordaba el vehículo policial estacionado frente a mi casa. Tuve que sentarme sobre mis libros, que colmaban el espacio. Traté de mirar por la ventanilla hacia el cuarto piso del edificio donde habían quedado mi mujer y mis hijos sollozando, cuando bruscamente un carabinero me recordó en el castizo lenguaje policial que estaba detenido.

Mientras el vehículo se desplazaba, uno de los policías clavó sus ojos sobre un libro cuya portada estaba en la superficie. Inevitablemente mi atención se fijó en el mismo objetivo. El carabinero, al darse cuenta de la situación, comentó a uno de sus colegas, con aire doctoral:

-Eso es lo que tiene podrido a Chile.. . la política -señalando el libro con el dedo. Era La política de Aristóteles.

Recordé al instante aquel célebre pasaje del maestro en el que discurre sobre la sociabilidad del hombre: El hombre es un animal político, vive agrupado para satisfacer mejor sus necesidades; sólo los dioses y los brutos están al margen de la organización social, unos porque no tienen necesidades y otros porque no tienen conciencia de sus necesidades, de ahí la legitimidad de su apoliticismo. Miré los rostros de mis aprehensores: era evidente que no tenían cara de dioses. . .

Llegamos a la Cuarta Comisaría de Carabineros. Reinaba una febril actividad. Gente entraba y salía bajo el control policial; los vehículos se agolpaban frente al edificio. En el interior, un verdadero caos: órdenes policiales a toda voz, golpes de botas sobre el pavimento, puertas que se abrían y cerraban con violencia, y de fondo, el gemido sobrecogedor de los torturados. En el patio interior de la comisaría, bibliotecas enteras ardían en la hoguera. Las llamas consumían libros, documentos, libros inéditos, archivos, cintas magnetofónicas, fotografías, periódicos, carteles, etc. Sobre el fuego fueron lanzados muchos estudiantes, algunos de los cuales quedaron con sus rostros desfigurados por las quemaduras. Un oficial estimó que bien podían pasar al patrimonio privado de algunos carabineros libros "no comprometidos", como diccionarios y enciclopedias, y se dispuso que un "censor" revisara los textos antes de ir siendo lanzados a las llamas.

Uno de los estudiantes que pasó por esa hoguera relataba que presenció una escena pintoresca: un carabinero tuvo dudas de lanzar un libro al fuego y se lo pasó al censor. El oficial, muy serio, exclamó:

-ˇLos libros de religión no se queman.. .!

El estudiante que estaba junto al oficial pudo ver el titulo de la obra salvada de las llamas: La sagrada familia, de Marx.

En ese torbellino, mi buena estrella brilló como nunca: se olvidaron de mí por alrededor de una hora. En eso pasó uno de los carabineros que me habían detenido y sin decir una palabra me metió a empujones a una sala donde estaban castigando brutalmente a un grupo de unos diez o doce prisioneros. Pero al instante en que me introdujeron a la sala, por la otra puerta un oficial ordenaba evacuar el grupo para pasar otro turno a la tortura. Fingiendo dolor, me sumé al grupo evacuado y pronto estaba a bordo de un nuevo vehículo policial. Me escapé milagrosamente del castigo. No conocí un caso de gente que pasara por la Cuarta Comisaría que no recibiera algún castigo físico, además de variados tipos de vejaciones morales.

El vehículo se desplazó rápidamente hacia la Prefectura de Investigaciones, donde bajamos los únicos prisioneros que no sangrábamos. El resto siguió con rumbo desconocido. En esta prefectura habría de permanecer veinticinco horas en un calabozo inmundo. Entretanto llegaban y salían prisioneros, pero al parecer en el recinto no se torturaba. Sin embargo, en celdas vecinas había gente que se quejaba penosamente. Luego supimos que habían sido brutalmente apaleados por los carabineros en el momento de su captura o en la Cuarta Comisaría. Por esas celdas pasaron toda clase de gentes, incluso una pareja de novios, con su cura y padrinos, culpables de haber seguido la fiesta más allá de la hora del toque de queda. Al día siguiente, se nos comunicó que seríamos trasladados a la isla Quiriquina:

-ˇAllá va a ser la fiesta, señores! -decía con tono burlón un agente de Investigaciones que durante toda la noche se dedicó a provocarnos, a diferencia de otros, tal vez la mayoría, que tuvo una actitud considerada, por lo menos con nuestro grupo.

Ibamos en el autobús unos cuarenta prisioneros. Se nos conminó a viajar con las manos puestas en la nuca y en absoluto silencio: "Si se observa algún movimiento extraño, se disparará de inmediato" -gritaba una y otra vez el oficial encargado de la operación. Llegamos a la Base Naval de Talcahuano, a una media hora de Concepción. Fuimos embarcados a la isla Quinquina, lugar en el que habríamos de permanecer hasta comienzos de diciembre.

A fines de octubre, el capellán de la isla me entregó dos notas oficiales provenientes de la Universidad Nacional Autónoma de México, en las cuales se me ofrecía la posibilidad de trabajar en sus actividades académicas. Con cierta ingenuidad pensé que mi liberación estaba próxima, y en torno a esta posibilidad surgían conversaciones con algunos compañeros:

-ˇSi sales, Alejandro, tienes que denunciar lo que has visto. . . no te puedes quedar callado. . .! -me decían una y otra vez.

Por obvias razones de seguridad, evitaba formalizar compromisos de esa índole a oídas de algunos prisioneros desconocidos, entre los que había no pocos soplones de los militares. En algún momento, asediado por un grupo, dije, al parecer sin tono convincente:

-Haré lo que pueda... no se preocupen.., algo se podrá hacer.. .

El intendente de Concepción, Fernando Álvarez Castillo, amigo desde nuestros primeros años de luchas universitarias, me enfrentó con firmeza:

-Tú tienes que hablar, no puedes callar; tienes la obligación moral y política de hacerlo.. .

Días más tarde, Fernando fue asesinado en la Cuarta Comisaría de Carabineros de Concepción, hasta donde se le había trasladado para el "hábil interrogatorio".

De la isla Quiriquina fui trasladado con un grupo de prisioneros al estadio regional de Concepción, y el 18 de enero al campo de concentración de Chacabuco, instalado por los militares en el desierto de Atacama. La permanente preocupación por mi suerte de diversas unidades académicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, de El Colegio de México, de la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL) y de la Embajada de la República Federal Alemana me permitió abandonar la prisión el 7 de septiembre de 1974, y luego viajar al exterior. El 17 de octubre partí rumbo a México. Estaba abierta la hospitalidad de sus instituciones académicas de nobles tradiciones y la activa solidaridad de su digno presidente, Luis Echeverría.

Quedaba atrás una etapa de mi vida, de la que afloraban imágenes sucesivas: los campesinos de mi provincia, con quienes compartí sus primeros combates por la tierra y la justicia; los estudiantes de mi Universidad, que siempre marchó a la vanguardia por la transformación de Chile en una auténtica democracia de trabajadores; las palabras cariñosas y los pañuelos blancos que nos despidieron en Chacabuco, las manos amigas que llevaron pan y aliento a mi hogar, mi mujer que respiraba hondo al fin de su larga pesadilla, los niños que recuperaban su sonrisa y esperanza.

Desde el exilio, siento el rumor lejano del sufrimiento de mis compatriotas que aún permanecen en los campos de concentración y el eco de las palabras de Fernando Álvarez Castillo: "Tienes la obligación moral y política de hablar. .."

Y hablaré. Serán estos relatos de la represión en Chile un testimonio vivo de 356 días de experiencias compartidas con otros miles de chilenos. Como nunca, conocí la grandeza de mi pueblo, su capacidad increíble para sufrir sin apagar jamás en su espíritu el fuego que encendiera el verbo y el ejemplo de Salvador Allende y sus partidos. En este tiempo, intensamente vivido, comprobé la hondura de las raíces nacionales y populares de la izquierda chilena y el flujo de la fuerza moral que sobre el pueblo proyectan sus héroes: Salvador Allende, José Tohá, Arsenio Poupin, Miguel Enríquez, Alberto Bachelet, Carlos Prats, Enrique París, Víctor Jara, Arnoldo Camu, Eduardo Paredes, Isidoro Carrillo, Danilo González, Fernando Álvarez, Ricardo Lagos Reyes, Reinaldo Poseck, Pedro Ríos, Augusto Olivares, y tantos otros que en las fábricas, minas, haciendas, universidades y poblaciones están presentes con sus voces subterráneas llamando a la unidad, a la organización y a la lucha.

Ese flujo moral también emana de los valientes compañeros que trabajan en la clandestinidad contra el fascismo arriesgando minuto a minuto sus vidas, y de los dirigentes encarcelados, torturados, humillados y calumniados, que han enmudecido a sus verdugos con su dignidad a toda prueba. La tradición constituye un factor poderoso en todo movimiento revolucionario, y la clase obrera chilena, con su dilatada historia combatiente, ha conquistado en medio de la derrota trágica del 11 de septiembre valores morales y experiencias que habrán de fecundar en sus próximas batallas.

Nuestro testimonio abarcará las experiencias recogidas en la isla Quiriquina, el estadio regional y Chacabuco, y se referirá en lo fundamental al golpe fascista en la región del Bío-Bío, que comprende las provincias de Nuble, Arauco, Bío-Bío y Concepción. En Chacabuco compartimos el presidio con centenares de compañeros provenientes de las provincias de Santiago, Valparaíso, Atacama, Coquimbo, Colchagua, Curicó, Linares, Maule y Cautín, pudiendo conocer un amplio panorama que, en conjunto, nos aproximó a la mayor parte del territorio nacional. A lo largo de nuestro cautiverio nos tocó convivir muy directamente con un grupo selecto de compañeros con quienes compartimos alimentos, ropa, penas y alegrías, y un rico diálogo autocrítico y unitario. Unos están muertos, otros siguen detenidos, viven en una precaria libertad en Chile o han salido al exilio. De todos guardo una sincera gratitud por su amistad sin límites, su solidaridad, aliento y enseñanzas morales y políticas.

Entre estos compañeros debo destacar el nombre del profesor Orlando Retamal Montecinos, camarada excepcional por sus condiciones humanas y nivel ideológico, con quien nos dedicamos desde los primeros días al análisis político de los acontecimientos y de cuyas fraternales discusiones creo haber obtenido, en buena medida, la claridad, serenidad y optimismo con que siempre miré el porvenir de nuestra patria que "más temprano que tarde", será socialista.

Hemos solicitado la redacción del prólogo de este libro al profesor Galo Gómez Oyarzún, con quien compartimos el cautiverio en varios campos de concentración. Difícilmente podríamos haber obtenido un prologuista más autorizado: Galo Gómez Oyarzún es una de las figuras más ilustres del socialismo chileno, con treinta años de militancia que lo han llevado en numerosos periodos al comité central y a la dirección regional del partido en Concepción. Fue uno de los más brillantes presidentes de la Federación de Estudiantes de Concepción, y en 1963 conoció la cárcel como dirigente del magisterio violentamente reprimido por el gobierno de Jorge Alessandri. Catedrático universitario, ocupó, entre 1969 y 1973, la vicerrectoría de la Universidad de Concepción y luego, hasta el día del golpe fascista, la presidencia de la Comisión Nacional Científica y Tecnológica CONACYT. Sin embargo, fue en los campos de concentración, en que estuvo recluido más de año y medio, en donde sus compañeros habríamos de reconocerle los mayores méritos políticos y morales: en Chacabuco fue designado presidente de la Comisión de Cultura, en la que trabajó con entusiasmo y eficiencia. Extraño a todo sectarismo, supo aunar voluntades y crear condiciones para una producción intelectual y política de gran calidad. En Ritoque fue designado presidente del Consejo de Ancianos, labor en la cual otra vez destacó por sus excepcionales aptitudes de conductor social. Pero fue en la vida cotidiana, enfrentando solidariamente la arbitrariedad, la incertidumbre y el miedo, cuando su humanidad se elevó a mayor altura.

Agradecemos profundamente el honor que nos confiere al prologar estos relatos, que carecen de toda pretensión literaria, que están muy lejos de ser un estudio sobre el fascismo chileno. Son apenas unas páginas de periodismo combatiente para denunciar, una vez más, los crímenes contra nuestro pueblo, y el testimonio de una experiencia compartida con quienes serán, para toda la vida, hermanos de un mismo sufrimiento y una misma esperanza.

Quisiéramos dejar constancia que somos conscientes de algunas omisiones de hechos y de sus protagonistas, debido a la imposibilidad de tomar notas en los presidios por los cuales pasamos y sobre todo, en otros casos, por razones de seguridad fácilmente comprensibles.

Finalmente, queremos expresar gratitud al Partido Socialista de Chile, que nos formó, le dio sentido a nuestra vida, nos enseñó a luchar y nos templó el espíritu con el ejemplo de sus forjadores, de sus dirigentes y su militancia leal y fraterna. Fue la conciencia partidista y la solidaridad socialista una fuente inagotable de energía y esperanza revolucionaria en las horas más negras y los días más largos del cautiverio. Los socialistas sabíamos que éramos hombres y mujeres del partido de Allende y teníamos la obligación de comportarnos como tales, y ese deber fue cumplido. Ese deber se cumplió con honor en Dawson, Quinquina, Estadio Nacional, Chacabuco, Pisagua, Ritoque, Tejas Verdes, Puchuncaví, Chin-Chin y Tres Alamos, en cárceles, regimientos, estadios, fábricas, haciendas, hospitales y universidades; desde los jóvenes que junto al comité central bregan heroicamente en la lucha clandestina, hasta los viejos cuadros como Óscar Waiss, que al ser trasladado desde el Estadio Nacional a la cárcel desafió a los fascistas con el puño en alto. Ese puño en alto de Waiss fue todo un símbolo de más de cuarenta años de historia socialista, de su existencia dramática pero vital, enraizada en el alma popular y sus problemas, que alzaba sin doblegarse la señal de su rebeldía. Recoger el legado de esa historia es fundamental para realizar nuestro proyecto inconcluso; tarea a la cual aspiramos con humildad sirva en parte este libro, que escribimos con pasión socialista por Chile y su destino.

El autor del presente testimonio ha resuelto destinar los ingresos que provengan de su edición como una modesta contribución, desde el exilio, a la dirección de nuestro partido, que, radicada en el interior de Chile, estimula a la militancia y a los trabajadores con el ejemplo de su consecuencia y lealtad revolucionaria.

A. W.


Notas:

1. Véase: Los documentos secretos de la ITT, Quimantú, Santiago de Chile, 1971, y Uribe, Armando, El libro negro de la intervención militar en Chile, Siglo XXI, México, 1974.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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