Prisión en chile


8. La reja quedo atrás

Díganle a los compañeros que estamos firmes, que no aflojaremos jamás...

Palabras de despedida, Chacabuco, septiembre, 1974.

La noche del 6 de septiembre, un grupo de alrededor de cincuenta prisioneros fuimos notificados que al día siguiente deberíamos evacuar Chacabuco. Como era usual, los favorecidos con la liberación fuimos rodeados por un anillo de fraternidad y sincera alegría.

A las ocho de la mañana se abrieron las puertas de Chacabuco y formamos, para ser sometidos a una rigurosa revisión del equipaje y la ropa. Estaba absolutamente prohibido sacar del campo escritos de cualquier tipo, inclusive las cartas personales. Traspusimos la reja en medio de abrazos que se sucedían entre lágrimas y palabras de aliento, mensajes para los familiares y una reafirmación emocionante de la voluntad colectiva de no arrodillarse jamás. Durante las cuatro horas que duró la revisión, al otro lado de la reja, los compañeros que se quedaban cantaban y cantaban sin cesar; cuando partimos, decenas se subieron a los techos de las casas para agitarnos sus pañuelos incansablemente hasta que nos perdimos en el desierto.

Entre nosotros había una extraña mezcla de alegría y amargura: Cómo no sentir la emoción del retorno al hogar, a la libertad, al reencuentro con el mundo...! Cómo no sentir un verdadero desgarramiento al dejar ahí, enterrada en la arena una parte de la vida tan intensamente vivida, amistades que serán eternas porque se forjaron en el yunque de los hechos indesmentibles, lealtades brotadas de la sangre y el miedo en común, promesas surgidas de experiencias analizadas día a día, hora a hora, minuto a minuto... Al caer la tarde, nuestro avión aterrizó en Santiago. Al tocar tierra, fuimos rodeados por carabineros que nos apuntaban ebrios de odio y atentos al primer pretexto para descargar sus ametralladoras. Fuimos trasladados en buses hasta la prisión de Tres Álamos, en un barrio de Santiago. En cada bus iban carabineros armados que nos exigieron absoluto silencio y mantener las manos puestas sobre la parte superior del asiento delantero.

En Tres Alamos se verificó una nueva revisión de equipajes. Durante esta operación, los carabineros aprovecharon de robarse las obras de artesanía que llevaban algunos prisioneros, y con frío cinismo "separaban" cosas que les interesaban: radios, dinero, lapiceros, etc. Luego se nos hizo pasar a una oficina donde se nos tomaron fotografías y se nos conminó a firmar, bajo el efecto "disuasivo" de una ametralladora, una declaración por la cual reconocíamos que durante el tiempo de detención no habíamos sufrido "ningún tipo de apremio físico, psicológico y moral", que no teníamos "ningún reclamo que formular".

Sin decirnos nada, se nos hizo formar y salir con nuestros bultos a la calle. (."Estábamos libres? Al parecer sí, pero, no aplicarían una vez más la ley fuga? Dos compañeros fuimos comisionados para aclarar la situación con los carabineros que montaban guardia en la puerta principal de Tres Alamos:

-Están libres, hijos de puta... Si no se van luego los vamos a volver a agarrar... Largúense, carajos... Después del 11 van a volver a tomarse unas vacaciones bien bailadas... -fue la respuesta de uno de los carabineros de la guardia.

Apresuradamente tratamos de alejarnos del lugar. No teníamos dinero. Del total del grupo, unos veinte éramos de Concepción y teníamos que llegar hasta la estación ferroviaria cargados de bultos. Algunas amistades nos auxiliaron y otros apelaron a la solidaridad de los transeúntes: pidieron limosna en la calle. Por fin pudimos tomar el tren nocturno. Tomamos boletos en la clase más económica y pudimos hasta comprar una taza de café para cada tres personas. No habíamos comido en todo el día.

Durante el viaje, hicimos todo lo posible para evitar que el resto de los pasajeros se diera cuenta de quiénes éramos. Se nos había advertido que en trenes y buses viajan agentes del SIM con el oído atento a cualquier conversación "sospechosa" Al amanecer estábamos en Concepción. A poco rato, tocando las puertas de nuestros hogares, y pronto, frente a nuestras esposas e hijos, radiantes de alegría y emoción.

En breve tiempo, la casa estaba llena de familiares y amigos que corrieron a saludarnos. El cautiverio había sometido también a una buena prueba a las amistades, incluso las vinculaciones familiares. Ni qué decir, que salvo una que otra "desteñida", en general, las relaciones se portaron excelentes. Manos amigas llevaron alimentos a mi casa desde los primeros días de mi detención y nunca abandonaron a mi familia. Incluso, comerciantes amigos se prodigaron en gestos de infinita nobleza: no faltaron ni el alimento ni las medicinas.

Hubo amigos que no perdieron el trabajo ni fueron detenidos; se cuidaron de acercarse a la casa, pero siempre encontraron una forma de hacer llegar sus preocupaciones y por lo menos un paquete de cigarrillos "para el compañero".

A las pocas horas, abandonaba a Concepción. Era claro que no podía arriesgar una nueva detención recibiendo mucha gente en mi casa, además estaba advertido que disponía de una "libertad" limitada para preparar mi salida al exterior. En "tiempo de guerra", cualquier visita era sospechosa. Viajé a Santiago y a los pocos días había logrado comunicarme con el partido. Supe que el comité central, pese a las condiciones extremadamente duras de la represión, trabajaban en la reagrupación de la militancia e impartían orientación para los diversos frentes de actividad.

Algunos camaradas me expresaron su voluntad de no salir de Chile sino cuando la dirección del partido lo estimara conveniente.

-No podemos irnos todos -decían-, hay que dar aquí la pelea principal; las embajadas no pueden ser el principal objetivo de un revolucionario en apuro... Es justo que la gente se asile, pero con arreglo a la disciplina del partido y considerando la responsabilidad que cada uno tiene.

-Ahora no hay lugar para equívocos -agregaron. Los verdaderos revolucionarios se están probando en el combate diario y aquí, donde las papas queman... muy importante será lo que ustedes podrán hacer afuera alentando la solidaridad internacional, pero la lucha decisiva contra el fascismo está aquí, frente al enemigo, en el seno del pueblo. Ahora se sabrá quienes son los verdaderos "revolucionarios" o "reformistas".

La reja quedó atrás pero con nosotros salió al exterior parte de la tragedia de nuestro pueblo avasallado. Se abrió el ancho campo de la solidaridad internacional para rehacer nuestras vidas, y también nuevas tareas de lucha. Cumplirlas con los ojos puestos en Chile, en los miles de compatriotas que sufren, tras las rejas del fascismo, indecibles martirios; en los bravos camaradas que se juegan la vida en la lucha clandestina; nos hará dignos de sus esperanzas y de la luminosa herencia moral y político del más grande y consecuente de los revolucionarios chilenos: Salvador Allende.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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