Prisión en chile


7. Locura en tiempos de guerra

Quiero ser el cronista de la infamia, del drama de mi pueblo ametrallado, torturado, perseguido, encarcelado y traicionado en un día de septiembre.

Cárcel de Santiago, septiembre, 1973.

A continuación ofrecemos una recopilación de episodios que ilustran acerca de uno de los rasgos más característicos del fascismo chileno: la locura. En la imposibilidad de tomar apuntes, los sucesos que reseñamos son el producto de las charlas cotidianas, en los recintos de reclusión: por razones fáciles de suponer, algunos nombres de los personajes no corresponden a la realidad.

Un ministro al alcance de la mano

En el interior de la provincia de Ñuble, cerca de Concepción, fue capturado por carabineros el ex ministro de la UP, Pedro Hidalgo. A partir de ese instante, Hidalgo habría de protagonizar una sucesión de episodios que lo hicieron famoso en el campo de prisioneros. Luego de la pateadura inicial con que los carabineros acostumbraban tomar contacto con sus "enemigos", Hidalgo fue sometido a un tratamiento psicológico en el que se mezcló el brusco paso de las escenas más dramáticas a comedias increíbles. Hidalgo fue enfrentado a un pelotón de fusilamiento a altas horas de la madrugada, acusado de ser uno de los responsables de la rebeldía campesina. Todo estaba dispuesto para hacer efectivo el fusilamiento, cuando emergió desde las sombras un sacerdote, con una Biblia en mano. El sacerdote se acercó al ministro y lo invitó a "ponerse bien con Dios en esta hora final". Hidalgo expresó al sacerdote, con todo respeto, que estaba de más su presencia; él no profesaba ideas religiosas.

El sacerdote insistía. El tono de su voz iba subiendo en la medida que Hidalgo permanecía impasible a sus requerimientos.

-Lee aquí, hijo mío... una sola línea... -suplicaba el sacerdote. Hidalgo guardaba silencio sin mirarlo.

Visiblemente alterado el sacerdote por la indiferencia del prisionero, y seguramente impresionado también por su actitud desafiante ante el inminente fusilamiento, él terminó por perder la paciencia:

-¡Lee aquí, mierda...! -exclamó.

El militar, que obraba disfrazado de sacerdote, se había salido del libreto y todo el show del fusilamiento se vino al suelo.

Hidalgo fue trasladado a la isla Quinquina. El hombre había recibido un duro castigo físico y psicológico, pero se comportaba con ejemplar dignidad. Hidalgo era uno de esos vapuleados "tecnócratas", tan ingratos a los sectores más "revolucionarios" de la izquierda chilena, que sin embargo soportó con valentía todos los tormentos. En Quinquina, Hidalgo conservó una notable tranquilidad:

-Está claro -decía-, que aquí yo apagaré la luz... Bajo la presión de la Cruz Roja Internacional, los marinos debieron instalar pozos sépticos para resolver el grave problema higiénico que atormentaba a los prisioneros. Como parte de nuestra humillación diaria, había que utilizar esos pozos sépticos sobre los que se instalaban tres asientos en una misma casucha. La falta de privacidad para realizar la más elemental necesidad biológica del hombre, además de la podredumbre de todo el sistema, fue en los primeros días una fuerte barrera psicológica.

No obstante, conocido es el hecho que el ser humano termina por adaptarse a todo, y que paulatinamente el presidio va rebajando la dignidad hasta limites insospechados. Así, las inhibiciones terminaron por superarse. Se llegó a un grado de familiaridad tal, que dos o tres amigos solían invitarse para "hacerla conversando"...

En una de esas "pláticas" sobre el pozo séptico, el ministro Hidalgo se encontró a su lado con un campesino de Yumbel que lo miraba, se sonreía, pero no le decía nada... Inquieto, Hidalgo lo interrogó:

-¿De qué se ríe, compañero?...

-Lo que son las cosas, compañero -le dijo el campesino-; me estoy acordando que viajé tres veces a Santiago para tratar de hablar con usted cuando era ministro y yo dirigente sindical y no me pudo recibir... ¡Supieran los compañeros que ahora hasta cago junto a usted...! ¿Ve que el golpe tiene también sus cosas buenas... ?

"Somos del mirs"

La prensa había informado de un espectacular robo perpetrado en una zapatería de Talcahuano, en pleno toque de queda. Los autores fueron dos muchachos, que cayeron a pocas horas en manos de carabineros. Los jóvenes fueron llevados a un cuartel de policía donde, dada la confusión reinante, se les introdujo en una celda con prisioneros políticos. Confundidos con ellos, fueron a dar a la Quinquina. En el momento de embarcarse, el grupo recibió una poco cordial despedida de parte de infantes de marina que vigilaban la partida. De pronto apareció un oficial, que evidentemente no pertenecía a la fracción fascista de la marina, y cortó los malos tratos con una declaración insólita:

-Son presos políticos... Todavía no se les ha probado nada... No se les debe castigar...

Nuestros amigos ladrones de la zapatería se grabaron muy bien aquellas palabras. Bastó una mirada entre ellos para concertar una excelente coartada, ellos pasarían por presos políticos, la opción era clara y conveniente. Al ser recibidos en la isla se procedió a su fichaje. Los hombres pasaban en fila frente a un equipo del SIM que estaba sentado junto a un escritorio en un pasillo de la Escuela de Grumetes. Al tocar el turno de los ladronzuelos, el primero, se adelantó al interrogatorio para afirmar:

-Nosotros somos del mirs... Somos presos políticos...

El aspecto de tales sujetos desmentía a simple vista tan categórica afirmación. No obstante, en ese equipo del SIM había un sujeto que tenía un odio zoológico al MIR y de inmediato se lanzó sobre el par de desgraciados y comenzó a golpearlos con la colaboración entusiasta de dos o tres infantes de marina que estaban siempre listos para descargar su furia homicida a la primera orden.

Los delincuentes recibieron un castigo abrumador, y en cuanto uno pudo sacar el habla, comenzó a gritar:

-¡Nosotros no somos políticos, nosotros robamos en la zapatería, somos ladrones, no somos políticos! El equipo del SIM, ante esta nueva declaración, ordenó terminar el castigo. Se dispuso mantenerlos en el interior del gimnasio, separados en un rincón, sin contacto con los detenidos políticos. La jefatura ordenó su traslado a tierra con el objeto de juzgarlos conforme a la ley... -"Ellos son delincuentes comunes, deber ir a la justicia ordinaria..." Le faltó al oficial agregar que eran gente respetable a la que había que juzgar conforme a la ley...

Y esta suposición no es exagerada. Por esos mismos días, el ministro de Justicia comunicaba al país que serían liberados algunos miles de delincuentes comunes, ya que las cárceles estaban sobrepobladas... ¿Por quiénes? Por los dirigentes y militantes de izquierda condenados por los fatídicos consejos de guerra.

Peligrosa motivación pedagógica

Carlos era un profesor inquieto, deseoso de darle a la vida escolar una motivación que rompiera con la rutina tradicional. El año anterior recibió el consejo de profesores de su escuela la tarea de preparar la conmemoración histórica del 21 de mayo, Día de las Glorias Navales de Chile. Movido por su espíritu innovador, se dispuso a preparar una representación dramática de aquella epopeya. Ante la penuria de recursos didácticos de su escuela y la generalizada pobreza de sus alumnos, casi todos hijos de modestos campesinos, se dirigió a la Base Naval de Talca-huano para solicitar alguna colaboración.

En la base, explicó su proyecto y encontró una excelente acogida:

-Hay aquí muchos uniformes dados de baja, profesor -le señaló un oficial-, y puede usted llevarse los materiales que necesita... Lo felicito, así se desarrolla el espíritu patriótico en los niños chilenos... Muy bien, profesor...

Terminada la fiesta escolar, satisfecho por el éxito alcanzado, el joven profesor procedió a guardar en el estante de su sala de clases ocho o diez uniformes que habrían de servirle para nuevas conmemoraciones históricas. El profesor era militante del Partido Radical y por lo tanto se conocía su adhesión al gobierno del presidente Allende. En una aldea rural como Florida, todo el mundo se conocía, y por lo tanto nuestro amigo estaba desde hacía mucho tiempo fichado por los golpistas del lugar. A pocas semanas del 11, la escuela de Carlos fue allanada porque alguien denunció que en ella se habían guardado uniformes militares que servirían para el "camuflaje" de los comandos ejecutores del "Plan Zeta". Efectivamente, en el estante de la sala de clases de Carlos, fueron encontrados uniformes de marino, confirmando ampliamente la participación de este profesor en los siniestros planes de los partidarios del presidente Allende. Una verdadera jauría se lanzó a la búsqueda del profesor. Recibió una fenomenal pateadura antes de ser trasladado a Quiriquina.

Ya en la isla, el hombre vivió días muy difíciles. El cargo que se le hacía daba para ser llevado a consejo de guerra y fusilado. Su situación era extremadamente delicada, ya que rara vez existía la posibilidad de dar alguna explicación a los interrogadores, cuando la detención se vinculaba a acciones armadas. Nunca supe qué pasó con este profesor, cuya innovación pedagógica lo metió en un lío del cual no sé si salió vivo o muerto.

¿Dónde está la bomba?

El hombre se ganaba la vida en un oficio que le había generado una temprana enfermedad profesional: el alcoholismo. Trabajaba en una bodega de vino de un barrio de Talcahuano. Debía chupar la bomba para extraer vino de la pipa y llenar las damajuanas o botellas, así como el litro para los compadres, que acostumbraban pasar desde temprano a "arreglar el cuerpo" con tinto o blanco, de "pasadita".

El hombre llegó esa mañana muy temprano. Las puertas de la bodega no se abrían aún al público. Había llegado más temprano que de costumbre porque debía trasvasijar vino de un "fudre" que estaba "virgen" y había que "arreglarlo" con una adecuada cantidad de agua para "hacerlo rendir". El dueño de la bodega había insistido que ese vino del fudre estaba "muy cabezón" y que no se podía vender "sin arreglarlo.,.", había repetido varias veces.

El hombre, que no venía con el cuerpo muy bueno, más torpe que de costumbre, no podía encontrar la bomba para extraer el vino y comenzó a gritar: "¿Dónde escondieron la bomba...? ¿Dónde está la bomba...? ¿Quién tomó la bomba... ?" En ese instante pasaba por la calle un vehículo militar. Al oír mencionar la palabra "bomba", se detuvo bruscamente. Un piquete de soldados irrumpió violentamente en la bodega y en un abrir y cerrar de ojos sacaron al hombre de nuestro relato a la calle.

El hombre fue llevado a la base naval en calidad de "prisionero de guerra" y allí, dada la gravedad de la denuncia del cabo que conducía la patrulla, un oficial dispuso su inmediato traslado a la isla Quiriquina, "mientras se investiga y se desenreda toda la madeja de este arsenal extremista"... El hombre permaneció varios días detenido en el gimnasio de la Escuela de Grumetes. Se le veía siempre parado en el mismo sitio, junto a la puerta, haciendo todo lo posible por diferenciarse del conjunto de prisioneros. No conversaba con nadie y sólo de vez en cuando se le logró sacar algunas frases en base a las cuales hemos compuestos este relato.

Los días pasaban y el hombre parecía abrumado. Algunos pensaban que la falta del "cañonazo" diario de tinto lo atormentaba más que las tensiones políticas que inundaban el gimnasio. Como los chilenos somos bastante dados al humor negro, no faltaron los prisioneros que se le acercaban y le preguntaban:

-Amigo... ¿de qué partido es usted?. ., El hombre contestaba:

-Yo no tengo na'que ver con política... Yo no tengo na'que hacer con ustedes...

-Entonces, amigo, a usted lo van a fusilar por las puras huevas...

El hombre irrumpía en un llanto desconsolado. El macabro diálogo se repitió muchas veces y siempre el borrachito terminaba llorando...

La broma macabra tuvo, sin embargo, su efecto positivo. Los marineros, que comenzaron a participar de la broma, se convencieron de que este singular "prisionero de guerra" los estaba poniendo en ridículo, y como de vez en cuando los militares chilenos se sienten ridículos con sus medidas, declararon, solemnemente, que aquel hombrecito anónimo "no era un extremista" y fue puesto en libertad.

Un "paco" salomónico

Dos individuos caminaban con rumbo diferente, acelerando el paso. Se les había venido la hora del toque de queda y no tenían sino dos o tres minutos para llegar a sus casas. De pronto, se detuvo bruscamente un furgón de carabineros:

-¡Alto ahí! ¡Levanten las manos! ¡Los pilló el toque de queda, huevones, arriba del furgón... van a pasar una noche de oro junto con los extremistas!...

Los dos hombres se habían aproximado al furgón con las manos en alto. Uno trató de mostrar su reloj afirmando que le quedaban todavía algunos minutos.

-¡Qué caga de reloj tenis, conchas de tu madre... ya son las 9 de la noche y no hay más que hablar...

Dicho esto, otros carabineros procedieron a empujarlos violentamente al interior del vehículo.

En el interior, iban unos cinco o seis hombres más y una mujer. Todos habían sido golpeados bajo la acusación de estar realizando reuniones políticas del MIR... Sin embargo, no eran más que sencillos vecinos de una población popular, detenidos en el interior del templo de su iglesia pentecostal. Uno de los hombres era el pastor, y la mujer su esposa. Al arribar a la Cuarta Comisaría de Carabineros, la carga de prisioneros fue dejada en la vereda y recibida por una pareja de carabineros que burlonamente gritaba:

-Sigue llegando gente al baile... Adelante, caballeros... Ya van a ver cómo bailan con la picana eléctrica... En el interior, el grupo fue agregado a una masa de prisioneros que permanecían "a granel" en las dependencias de la comisaría. Pasaron toda la noche en los pasillos y patios interiores.

A la mañana siguiente, los prisioneros fueron puestos en fila, fichados y separados en varios grupos: algunos fueron dejados en libertad sin mayor trámite, otros sacados con rumbo desconocido; los menos, trasladados a la Quiriquina. Al hacer la clasificación de prisioneros, como siempre, hubo todo tipo de arbitrariedades y confusiones. Cuando les tocó el turno a nuestros amigos sorprendidos por el toque de queda, se produjo un hecho insólito: los carabineros no aceptaron sus explicaciones y uno de ellos fue categórico:

-Ahora todos los huevones han caído por toque de queda... invéntense una película nueva, tenemos cara pero no somos... ¡En la isla van a repetirles los marinos el cuento del toque de queda...

-¡Pero, mi sargento... le juro que a mí y al señor nos tomaron anoche por toque de queda... Yo no soy político ... Se lo puedo demostrar...

-¡Yo no soy político... Ni siquiera voté en la última elección... -agregaba el segundo.

-Así que ni siquiera cumplías con la ley, conchas de tu madre... Tenías que votar... Claro que no por los marxistas, ésos estaban pagados por Fidel Castro...

Siguió un tira y afloja entre los dos hombres y los "pacos", hasta que un sargento que dirigía el equipo se paró y con voz tronante cortó la discusión:

-¡Se acabó la discusión señores... Aquí vamos a ser justos, para que no alegue nadie, fícheme a uno como militante del MIR y al otro póngale Patria y Libertad... Así no se llenarán el hocico diciendo que Carabineros es parcial... ¡Ya, a la isla los dos, uno por el MIR y otro por Patria y Libertad...! ¡Se acabó la fiesta... Vamos andando...!

Y así se hizo. En la isla ambos infortunados hombres permanecieron casi tres meses detenidos. Con el tiempo, el asunto se tomó con buen humor, pero la cosa se puso brava cuando se empezó a correr la noticia que todos los miristas serían evacuados de la isla y siempre los traslados de prisioneros eran peligrosos... Nunca supe el destino final de este par de chilenos cuya tragedia había servido, sin embargo, para mostrar al mundo que la justicia salomónica tenía todavía algunos adeptos en la policía chilena.

Que pasen los abogados...

Un oficial pidió silencio y dijo en voz alta:

-Que pasen los abogados.

Comenzaron a acercarse al oficial un grupo de abogados que desde el primer día estaban prisioneros. Un viejo campesino trataba de abrirse paso por entre los prisioneros, para acudir al llamado. Alguien le dijo:

¿Adónde va, compañero?... Si a usted no lo llaman...

El hombre, muy resuelto, le contestó:

-¿Cómo que no?, si a mi casi me ahogaron en Curanilahue...

Un libro para la juventud

La quemazón de libros dio lugar a un anecdotario interminable. Cuando allanaron la casa de Francisco, un estudiante secundario de Talcahuano, militante de la Juventud Comunista, los carabineros, además de golpearlo brutalmente, le lanzaron a la calle todos los libros que tenía, incluidos sus textos escolares.

-¡Estás envenenado de marxismo, carajo -le decía un "paco" (1) mientras ponía parafina y fuego a los libros que pronto ardían en la vereda.

En medio del desorden creado por la búsqueda de armas y libros, quedó sobre un sillón la célebre novela revolucionaria, Así se templó el acero, del escritor ruso Nikolai Ostrovski. Uno de los policías tomó el libro y con él en la mano, increpó duramente a Francisco:

-¡Esto debes leer, mierda... Chile necesita industrias, trabajo y no política... Te lo voy a dejar aquí para cuando vuelvas, si vuelves, porque si estás metido en el "Plan Zeta" te vamos a tirar al mar...

La novela, que forma parte de la mejor literatura revolucionaria, quedó a salvo, y Francisco se escapó de la furia luego de permanecer tres o cuatro meses detenido. Seguro que regresó a casa a leer la recomendación bibliográfica del carabinero.

Guerrilleros en Nahuelhuta

La prensa informó ampliamente de una "Operación Peineta" que 2 mil soldados, apoyados por helicópteros, tanques y camiones blindados, realizaron a fines de noviembre, con el propósito de "exterminar una guerrilla marxista que estaría operando en la Cordillera de Nahuelbuta..." La "Operación Peineta" terminó con un saldo poco alentador para los rastreadores de guerrilleros. Sólo encontraron, perdidos en la montaña, a dos humildes campesinos analfabetos, que probablemente ni siquiera se habían enterado de la caída del gobierno popular.

La columna militar llegó hasta el estadio Regional escoltando el jeep en el que los traían, maniatados y amordazados. Los campesinos no atinaban a comprender qué estaba pasando con ellos.

A poco de arribar al estadio, estos singulares prisioneros de guerra fueron sometidos a un primer interrogatorio. Un equipo del SIM se preparaba para tomar la punta de un ovillo, que seguramente se extendía hasta los cordones industriales y desde ahí a La Habana y Moscú. ¿Por qué no? Los marxistas son increíbles, sobre todo si han sido adiestrados por instructores cubanos en alguna montaña de Vietnam o han sido preparados para la guerra "subterránea" en Corea por el propio Kim II Sung... Los interrogadores estaban tensos: tenían en sus manos ganarse un ascenso que, en tiempo de guerra, además de significar más sueldo, significa gloria y quizá si hasta una medalla de oro, de esas que los militares estaban confeccionando con los anillos matrimoniales donados por incautos derechistas como "aporte para la reconstrucción nacional".

-¡Aquí, carajos, tienen que cantar todo...! ¿Oyeron? Al que no cante se le parte la cabeza de un tiro... Ya, vamos cantando... Comienza tú.

Los pobres campesinos tiritaban de miedo. En su aporreada vida se habían visto en una igual.

-¡Ya canta, hijo de puta... No te vengas a hacer el fruncido comunista de mierda...!

Uno de los hombres, a quien se dirigían las gruesas palabras del interrogador, sintiendo que no le quedaba más que obedecer, respiró hondo y comenzó a cantar:

Mataron a la paloma...

Los interrogadores se quedaron perplejos al ver que el campesino comenzaba a hilvanar una canción con una letra incoherente y una melodía increíble... Los hombres, a pesar de ser tornillos del SIM, no carecían del sentido del humor y soltaron una estruendosa carcajada... No era para menos... El "cantor", avergonzando ante tan sorpresiva reacción de sus interrogadores, se paralizó. Los hombres del SIM reían descontroladamente...

Pasaron algunos minutos. Uno de los militares salió de la cámara de torturas para ir a dar cuenta a sus jefes de la clase de individuos que tenían capturados como presuntos guerrilleros.

Pronto llegó un jefe del SIM, que al parecer no estaba para bromas.

-A ver, caballeros, cómo es la cosa... Vamos cantando de una vez... No tenemos tiempo.

Ahora el otro campesino tomó la iniciativa y comenzó a entonar una extraña melodía de letra muy confusa, en la que lo único que se distinguía era que había plantado un ciruelo en el patio de su casa...

Esta vez, no hubo risas. El jefe, digno de su jerarquía, que se esmeraba de hacer respetar escrupulosamente, máxime ahora, en "tiempo de guerra", montó en cólera y gritó destempladamente:

-¡Qué van a ser guerrilleros estos huevones... ¿Quién los trajo... ? ¿Cómo se les ocurre... ?; Vayanse a la misma mierda y no vengan a hacer perder el tiempo!

De inmediato procedió a lanzar fuera de la sala a uno de los hombres, pateándolo brutalmente.

-¡Saquen estas mierdas de aquí! -gritaba como loco, mientras sus ayudantes se lanzaban sobre el par de infelices. Los golpeaban mientras tomados de los pies eran arrastrados hasta tirarlos al interior del estadio.

Entretanto, el jefe vociferaba manos en cadera, contemplando la escena:

-Creen que aquí no hay nada que hacer que traen 'huevones' como éstos; den gracias que no les meto veinte tiros de una vez para acabar con ellos... Los huevones nos hacen movilizar tanques, camiones, aviones y después resultan ser unas mierdas... ¡Sí, son unas mierdas!...

Los pobres campesinos quedaron tendidos sobre el césped del estadio. Al día siguiente, fueron lanzados a la calle sin explicación alguna. Fue como si despertaran de una pesadilla. Pero no era todo: estaban a casi 200 kilómetros de sus hogares, sin un centavo, muertos de hambre, maltratados y confundidos... ¿Qué estaba pasando en Chile? Los hombres no entendían lo que era vivir en tiempo de guerra.

¿Jap o Gap?

El oficial interrogaba a un prisionero:

-¿Dónde trabajas?

-Instructor de jap.

(Las jap eran las Juntas de Abastecimiento y Precios, creadas por el gobierno de Allende para organizar la lucha contra la especulación, el mercado negro y asegurar un adecuado abastecimiento popular.)

-¡A la isla con este gap, son los más peligrosos! -gritó el teniente. (Sus miembros conformaban la guardia privada del presidente Allende y eran las presas preferidas de los militares.)

-Mi teniente, yo no soy instructor de GAP, sino instructor de jap.

-A la isla con este cabrón... ¡jap y gap son la misma huevada! -seguía gritando el teniente. (2)

El error no era pequeño, uno era un organismo de carácter administrativo y el otro se vinculaba a los "aparatos armados" del gobierno, calificados de ilegales por los golpistas. Por fortuna, la confusión no terminó con la muerte de este compañero, como ocurrió con casi todos los miembros del gap.

Un marxista profundo

En la comisaría de Cabrero, una aldea campesina cercana a Concepción, se interroga a Pedro Vázquez Peralta, un muchacho campesino de 17 años. Un sargento se pasea fumando mientras lo interroga. A poca distancia, un cabo está instalado frente a una máquina de escribir, llenando la ficha del detenido.

-¿Militancia política? -pregunta el sargento...

-Juventud Socialista, mi sargento -responde Pedro con voz entrecortada. El muchacho estaba pálido y sentía que una transpiración helada recorría su cuerpo. Había sido detenido mientras se escondía tras un matorral, hasta donde había escapado cuando la casa de sus padres fue allanada. En sus oídos estaba fresca la amenaza de la pareja de carabineros que lo detuvo y trajo a culatazos hasta la comisaría: "Te vamos a fusilar..."

-¿Por qué eres socialista, si no sabes dónde estás parado, estúpido? -prosiguió interrogándolo, el sargento.

-Bueno... -tartamudeó Pedro-, en mi casa somos socialistas porque no tenemos tierras propias, somos asalariados, vivimos de nuestro trabajo.

El sargento se acercó al cabo escribiente y le ordenó:

-Póngale marxista profundo...

Dada la peligrosidad del detenido, el sargento ordenó fuera trasladado de inmediato al estadio Regional de Concepción, para juntarlo con los "pescados grandes". Pedro era un "ideólogo", que debía ser interrogado por el Servicio de Inteligencia Militar. Era el diagnóstico del sargento de Cabrero, que lo único que sabía sobre marxismo, según se lo confesó al detenido, era que "esa cuestión la inventó un guerrillero argentino que murió en Bolivia".

¿Dónde está Solís?

Don Juan era un viejo campesino de unos 60 años, a quien se había detenido como un "peligroso agitador" el mismo 11 de septiembre, en el fundo donde trabajaba. Don Juan apenas si sabía dibujar su nombre y no tenía sino una vaga simpatía por la UP, o "el partido de Allende", como le gustaba decir. En manos del Servicio de Inteligencia Militar, debía declarar su filiación política antes de someterse al "hábil interrogatorio".

-¿De qué partido eres...? -interrogaba un militar.

-¡Soy de la UP! -respondía don Juan, mientras sus manos hacían girar su gastado sombrero de paja a la altura de las rodillas.

-¿De qué Partido, viejo de mierda...? -insistía el interrogador.

-¡Soy de la UP.' -respondía el campesino.

-¡La UP no es un partido, imbécil...!

-¡Soy del partido de Allende!

-¡Mira, viejo huevón, o nos dices de qué partido eres o te meteré todas las balas de este revólver en el cuerpo!

-¡Pero, señor, si yo soy de la UP!

-¡Mira, viejo huevón, escucha bien!, ¿eres socialista, comunista, radical?, de cuál partido, ¿entiendes...?

-¡Señor, yo soy del partido de Allende! Sobre el pobre viejo se descargó una jauría de militares que lo golpearon sin piedad durante más de media hora. Como pudo, se paró y fue a quejarse junto al resto de los prisioneros del estadio.

Días después, la escena volvió a repetirse. Don Juan estaba muy lejos de comprender el sentido de lo que se le preguntara. Para él, Allende era su bandera y su esperanza y no entendía que hubiese varios partidos con los variados nombres que se le indicaban. Para don Juan todos los seguidores de Allende eran la Unidad Popular, y nada más... Cuando fue llamado por tercera vez a interrogatorio, el pobre hombre caminaba espantado. Sabía lo que le esperaba. Pero, ¿cómo contestar?, él no sabía nada de socialistas, comunistas, radicales y otras denominaciones ... Pero se le exigía una definición... ¿Qué hacer?... Alguien se acercó a don Juan y le aconsejó:

-Dígales que es de cualquier partido, al fin da lo mismo.

Don Juan estuvo pronto otra vez frente a los acuciosos investigadores del "Plan Zeta":

-¿De qué partido eres, viejo conchas de tu madre...? Ahora vas a contestar de una vez... No vamos a perder un solo minuto... Ya, ¿de qué partido eres...?

El campesino, aterrado ante el tono brutal con que se le emplazaba, recordó el consejo del compañero y dijo con voz entrecortada:

-Póngale del Partido Comunista.

-¡Comunista eras, viejo cabrón! Ahora vas a ver lo que es bueno... ¿Dónde está Solís? -Tomás Solís era el jefe regional del Partido Comunista en Concepción, ex parlamentario, un hombre de gran arraigo en la masa popular y por ello, "pieza vital" para la escalada represiva.

La verdad es que don Juan jamás había tenido contacto alguno con Solís y mal podía saber nada de su paradero. De nada valieron sus razones, el hombre fue molido a palos hasta que sus verdugos se saciaron. ¿Qué pasó finalmente con don Juan? Nunca lo supe.

Lógica militar

Juan Quintana llevaba alrededor de 10 meses detenido. Había llegado del Estadio Nacional a Chacabuco, luego de pasar algunas semanas en el Estadio Chile. A esta altura, apenas si quedaba una huella en su cuerpo de la paliza que recibiera, por partida doble, en ambos campos deportivos.

El compañero Quintana era un diestro artesano, padre de seis hijos, un hombre tranquilo, sin militancia partidista. Sin embargo, había decidido colaborar a resolver los problemas del abastecimiento del barrio y se incorporó al comité de una junta de abastecimiento y precios, jap, organismo que concitó un odio zoológico de parte de los especuladores. Su familia estaba pasando graves penurias económicas. Dos hijos habían suspendido los estudios, otro menor estaba enfermo, la madre estaba vendiendo hasta las herramientas del taller para poder subsistir.

Apremiada por las circunstancias, doña María se dispuso a plantearle sus angustias al coronel Espinoza, jefe de la Secretaría Interministerial de Detenidos. Como ocurría casi siempre, el coronel Espinoza no estaba y debió participar su problema a uno de los oficiales de su elenco.

Le hizo ver la situación por la que atravesaba la familia y su impotencia para afrontar los gastos elementales de la alimentación y medicinas para su hijo enfermo. Suplicó una solución pronta en el proceso que se seguía con su marido.

-Señora... -le explicó el oficial, con un tono cortés-, contra su marido no hay ningún cargo... No tiene proceso..., está en calidad de detenido preventivo... Hay que tener paciencia...

-Señor teniente, ¿no podrían darle arresto domiciliario? Él no saldría de su casa por todo el tiempo que ustedes ordenen; como es artesano, podría trabajar y mantener su hogar... Estamos desesperados, ¡por favor, señor ... Ténganos compasión...!

-Pero, señora, ¿no le estoy diciendo que contra su marido no hay ningún cargo? En estas condiciones, ¿cómo quiere que le demos arresto domiciliario? Eso sería darle su casa por cárcel y no nos es posible cuando no existen acusaciones contra él..., sería privarlo arbitrariamente de la libertad y usted sabe cómo se reclama el imperio de los derechos humanos... No, señora, está claro; su marido es un detenido preventivo en virtud del estado de sitio y usted debe estar tranquila, ya que no irá a proceso; se ha investigado bastante y no hay cargo alguno contra él... ¿Está claro?

Doña María quedó absolutamente turbada. ¿Qué había propuesto contra su marido a quien los militares declaraban inocente? Totalmente confundida se retiró de la oficina con una rara sensación de haber estado a punto de perjudicar a su marido: "...Sería darle su casa por cárcel cuando no existen acusaciones contra él..." La lógica militar era implacable.

Salió nerviosa a la calle y tomó el rumbo del paradero de su autobús. Mientras esperaba movilización, seguía dando vuelta en su cabeza toda clase de confusiones. No sabía que pensar.

En eso, su vista chocó con los titulares de uno de los periódicos de la Junta: "En Chile no hay presos políticos, declaró el general Bonilla."

Doña María se confundió todavía más, su marido era un "detenido preventivo en virtud del estado de sitio", según se lo había recalcado el teniente hacía sólo algunos instantes. Entonces, ¿tenía razón el general Bonilla?, pero, ¿cuál era la diferencia entre un "detenido preventivo" que llevaba diez meses cautivo y un prisionero político? Definitivamente la lógica de los militares era incomprensible para doña María.

¿Dónde esta el oro?

Un destacado economista chileno que trabajaba en el Banco Central, para los días del golpe contaba cuánto debió soportar bajo los apremios del SIM. Lejos de los acontecimientos, mi amigo se moría de la risa recordando aquellas estúpidas sesiones del Estadio Nacional:

-Me pegaron hasta que se cansaron... -relataba-, hasta que decidieron someterme al "hábil interrogatorio".

-¿Dónde trabajabas tú?

-En el Banco Central.

-¿Qué hacían en ese banco...?

-Bueno, el Banco Central cumple varias funciones, es desde luego un instituto emisor...

-Deja de hablar huevadas, conchas de tu madre... Dime dónde está el oro..., el oro que se robó la Unidad Popular. ¡Dónde está el oro, carajo! ¡Dónde está el oro...!

Nuestro amigo estaba paralogizado y no atinaba a responder nada; qué podía responderse ante tan ridícula acusación... Su silencio se rompió cuando sus quejidos estremecieron la sala: dos agentes del SIM se lanzaron sobre él y lo golpearon con un odio bestial. El economista fue retirado de la "sala de interrogaciones" y llevado en vilo por algunos de sus compañeros hasta su celda. Habían pasado algunos días, cuando otra vez fue llamado. ¿Le insistirían en preguntar por el oro? Muerto de miedo fue avanzando hasta la oficina del SIM.

-¡Así que tú has trabajado en Cuba, cabrón!... Eres activista guerrillero. -¿Cuánto tiempo estuviste en Cuba?

-Tres años.

-¡Así que estás envenenado hasta los huesos con el marxismo, la revolución y todas esas huevadas de Fidel Castro...! ¡Desnúdate, conchas de tu madre!... ¡Aquí vamos a ver cuánto aprendiste en Cuba!...

El economista quedó totalmente desnudo, silencioso y trémulo frente a sus torturadores.

-¡Ahora baila, carajo...! ¡Baílate un "cha cha cha" de esos que aprendiste en la isla... Ya... No te vengas a hacer el culijunto... Vamos, bailando...

Nuestro amigo permanecía quieto y silencioso. Por su carácter, no era hombre de bailes ni de bromas, jamás había bailado un ritmo semejante.

-¡Vas a bailar o no, carajo! -gritó un agente lanzándole un violento puntapié. Ya, menéate, mierda... menéate... ¡dale... dale... dale...!

No quedaba más que moverse como fuera, independientemente del ritmo. Lo importante era evitar un mayor castigo. El hombre del SIM, estaba decidido a degradar a su víctima y contra este designio no había nada que hacer.

-¡No vis que sabís bailar, carajo... Dale más, dale más, más ritmo..., más movimiento..., suelta las caderas..., dale..., así..., así..., ¡qué bien!

Pero el hombre del SIM quería todavía más relajo:

-¡Ahora canta, huevón..., canta..., cántate un "cha cha cha"... ¡Cómo no te vas a acordar de alguna letrita cubana!

Sin embargo, no se venia a la mente del economista ninguna letra de un ritmo semejante... Decididamente estaba perdido, era evidente que volvería a ser golpeado...

Sobre el torpe bailarín se lanzaron dos hombres que lo tiraron de espaldas al suelo y allí le propinaron varios golpes.

-¡Levántate, conchas de tu madre, y canta... No vengas a hacerte el culijunto... Tienes que cantar...!

En eso, se vino a la mente de nuestro amigo el eco de una melodía que alguna vez había escuchado en alguna parte y comenzó lentamente a entonarla:

Los marcianos llegaron...

-¡No vis que sabís cantar, huevón...!, ¡bravo!, ¡ahora canta y menéate duro, dale duro, cabrón, dale...!

En un esfuerzo desesperado, nuestro amigo cumplía como podía con el mandato de sus torturadores hasta que se dieron por satisfechos.

-¡Ya está bueno... No vis que no era tan difícil...! Ahora nos vas a contar la firme: ¡dónde está el oro...! ¡Dónde escondieron el oro que se robaron en el Banco Central... Dinos de una vez, que te podís ir cortao...

Por fin, los torturadores se saciaron. El economista regresó a su celda y allí permaneció hasta que lo trasladaron a Chacabuco... Allá quedó en calidad de "detenido sin cargo", mientras dure el estado de sitio... Por lo demás, "el estado de sitio está contemplado en la Constitución..."

Justicia divina

Compañeros de Santiago, que pasaron por la penitenciaría, nos contaron un hecho que prueba que la justicia

divina existe. Como se sabe, las violaciones eran una práctica generalizada en los centros de detenciones y en los allanamientos a domicilios privados.

A algunos generales, cuando se les formulaban las denuncias, en público negaban rotundamente que las violaciones existiesen, pero en privado, solían decirles a los familiares de las víctimas:

-¿Su hija no es marxista, señora? ¡Qué reclama entonces, los marxistas son partidarios del amor libre..., de qué se queja entonces...!

Una noche, una pareja de carabineros allanó un domicilio en uno de los barrios distinguidos de Santiago. Se había denunciado a una dama, que vivía sola, de "recibir extrañas visitas a altas horas de la noche". Los carabineros irrumpieron en la lujosa habitación y se encontraron frente a una bella mujer que apenas había alcanzado a ponerse una bata de levantarse.

Las fieras se lanzaron sobre la mujer y abusaron con ella. Luego se retiraron felices de esta nueva "victoria militar" contra el marxismo-leninismo. A las cuarenta y ocho horas, los carabineros fueron arrestados por orden superior. ¿Que había pasado? Simplemente un error. Una lamentable confusión que no es posible perdonar en "tiempo de guerra": la dama violada era amante de uno de los generales de Carabineros que figuran entre los cabecillas del fascismo. Los carabineros fueron llevados a la cárcel y metidos con los delincuentes comunes, quienes, como es tradición, procedieron a violar a los carabineros. La infortunada pareja policial fue retirada de esa ingrata compañía de malhechores y metida en una dependencia donde se recluían presos políticos.

Un militar explicaba con buen humor:

-En verdad estos "pacos" son técnicamente "presos políticos", porque cometieron un error político: confundieron al enemigo... Los pacos estaban ahora como gatos mojados entre los dirigentes y militantes de la UP. Nadie les dirigía una palabra. Se dice que uno de ellos se atrevió a comentarle a un preso:

-Nosotros sabemos que estamos "cagados" mientras estén los militares en el poder y si vuelven ustedes, también ...

Esta vez sí que no se equivocaban.


Notas:

1. Denominación popular en Chile a los carabineros.

2. La oposición llamaba "Grupo de Amigos Personales", GAP, a la guardia del presidente Allende, y centró contra ella una intensa propaganda. La guardia fue creada para la protección del Presidente ante la ola de atentados terroristas que se desató inmediatamente de su victoria en 1970. La mayoría de estos compañeros fueron asesinados por los fascistas.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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