Prisión en chile


6. Chacabuco: regreso al origen

Los nombres de nuestros héroes caídos en la lucha. Salvador Allende, José Tohá, Arsenio Poupin, Isidoro Carrillo, Víctor Jara, Amoldo Camú, Miguel Enríquez y tantos otros, serán los nombres de las calles chilenas de mañana, de sus plazas, de sus parques y escuelas. Serán los símbolos de la consecuencia revolucionaria, del coraje moral, de la lealtad al pueblo.

Chacabuco, octubre, 1974.

en las primeras horas de la tarde del 17 de enero, comenzó a leerse una lista desde las casetas del SIM en el estadio Regional de Concepción. Fuimos llamados unos sesenta hombres y cuatro mujeres. En una oficina, un oficial de carabineros, con prepotencia insoportable, iba llamando para ficharnos una vez más. ¿Cuántas fichas tenía cada uno?

Al caer la tarde, se nos dijo que seríamos evacuados del estadio, con rumbo desconocido. Comenzaron las gestiones para ver si podríamos tener la oportunidad de despedirnos de nuestras familias, máxime si nadie sabía hacia dónde seríamos trasladados. Un oficial dijo que haría las consultas ante el general y que entre tanto no había más que esperar y prepararse para la partida.

Tuvimos cinco minutos para ir a las celdas a buscar nuestras cosas. Allí nos esperaban los compañeros, consternados: se decía que seríamos sacados del estadio para fusilarnos; que iríamos a Chacabuco, un campo de concentración en el norte de Chile; que partiríamos relegados hacia diversos puntos del país. Una y otra versión. La tensión era tal, que la despedida adquirió caracteres dramáticos. Nos abrazábamos, y no faltaron las lágrimas cuando algunos dejaban mensajes para sus mujeres, sus padres, sus hijos, novias y amigos. Nadie sabía qué iba-a pasar y cualquier vaticinio era posible: a estas alturas, todos habíamos perdido definitivamente la capacidad de asombrarnos. "Nos llevarán en avión y nos tirarán al mar", decía un compañero, al parecer resignado a lo peor.

De pronto se supo que el abogado Pedro Enríquez, del MIR, a quien las autoridades militares persiguieron durante varias semanas con orden de detenerlo "vivo o muerto", y que llevaba varios meses en el fuerte Borgoño, había llegado al estadio y había sido agregado al grupo nuestro. "Si trajeron a Enríquez desde el Borgoño para llevarlo con nosotros, estamos condenados a lo peor... A Enríquez lo van a matar, a quién le puede caber alguna duda...", se comentaba en otro círculo.

"¡Llegó Galo Gómez!... ¡Sí, lo han traído y está también en el grupo!" -informa un compañero. Galo Gómez, había sido liberado pocos días antes de Pascua y otra vez estaba de regreso en el estadio.

Pasamos la noche en celdas del lado opuesto del estadio a las ocupadas por el resto de los prisioneros. La noche fue tensa. Casi todos escribimos a nuestras mujeres y no pocas cartas fueron escritas como la despedida final.

A la mañana siguiente, salimos hacia el interior del estadio, alrededor de las ocho de la mañana. Ya estaba el resto de los prisioneros en las galerías, como era habitual. Caminamos lentamente, portando nuestros bultos. En las galerías había un silencio sobrecogedor. Al pasar junto a las rejas, a un par de metros de nuestros compañeros, sentimos como nunca la fuerza de la fraternidad humana: manos alzadas y pañuelos al viento... Voces de "¡Ánimo compañeros... firmeza compañeros!", nos despedían emocionados. Pese a todos los riesgos, ellos habían desafiado, minutos antes, a las autoridades militares, y se habían negado a realizar la ceremonia diaria de izamiento del pabellón cantando el himno nacional.

Al trasponer las puertas del estadio, pero aún en sus patios, debimos detenernos y esperar órdenes. En esos momentos, pudimos despedirnos de algunos vigilantes de prisioneros (1) que siempre tuvieron, salvo excepciones, una actitud muy humana con nosotros. No dejaba de ser impactante ver a gente, curtida en su duro oficio de carceleros, abrazarnos o darnos la mano como evidente afecto. Incluso, más de un vigilante, emocionado hasta las lágrimas, nos expresaba tácitamente su solidaridad y su impotencia. La funcionaria encargada de las mujeres prisioneras, estalló en llanto cuando se despidió con cariñosos abrazos de sus "prisioneras".

¿Qué pasaba? La verdad es que la ola de rumores que rodeaba nuestra evacuación incluía una información que había salido de los propios militares: "Los van a fusilar". Instantes más tarde, un oficial anunció que nuestros familiares pasarían a vernos y que tendríamos media hora para despedirnos. Sólo alcanzaron a llegar algunos que se abrazaron intensa y prolongadamente con quienes partirían con tan incierto destino. Ya se sabía oficialmente que íbamos a Chacabuco: ¿pero qué pasaría allá con nosotros? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cómo eran las condiciones en ese lejano campamento minero abandonado?

Los buses estaban listos para partir, fuertemente escoltados por vehículos militares, cuando un oficial anunció: "¡Mujeres no van Chacabuco!", y ordenó bajar a cuatro compañeras. Una de ellas, esposa de un alto dirigente comunista, que había permanecido largos días incomunicado en el estadio, rogó la dejaran partir con su marido. Pero había que cumplir la orden militar. El oficial aclaró que se llevaba una cantidad de prisioneros "inferior a la capacidad del avión" y que había que completar la carga de inmediato. Hombres del SIM corrieron al interior del estadio y tomaron doce o quince compañeros, a los que encontraron a la mano. Completada la capacidad del avión, los buses partieron del estadio.

Los pasajeros íbamos resignados a la suerte, pero era imposible ocultar la angustia que se dibujaba en casi todos los rostros. Encaminados hacia el aeropuerto, fuimos encontrando en el camino a familiares de prisioneros que no habían alcanzado a llegar al estadio y que estaban ahí para vernos, quizá por última vez. Encontramos a nuestras mujeres en medio del camino, alzando sus brazos al paso de los buses. Ahí estaban con sus pañuelos blancos, despidiendo la caravana y buscando identificarnos a través de los ventanales.

El vuelo se hizo sin problemas, en cuatro horas, hasta el aeropuerto de Antofagasta. De allí en buses, rumbo al desierto. Cuando los buses entraron en la infinita soledad de la pampa, un aire escalofriante recorría nuestro espinazo: ¿En qué momento nos bajarán para ultimarnos? Los rostros de los carabineros que nos encañonaban no presagiaban nada bueno: el odio los transfiguraba. Dos horas de marcha por una solitaria carretera, sin dejar de sentir el hielo del cañón frente a los ojos. Por fin las instalaciones de un campamento salitrero, Chacabuco.

Chacabuco era un pueblo minero abandonado, uno de los tantos pueblos fantasmas de la pampa salitrera del norte chileno, verdaderos monumentos de la historia del saqueo extranjero de las riquezas nacionales. La explotación de Chacabuco comenzó en los primeros años del siglo XX y se mantuvo en producción hasta 1938, con un elenco laboral de alrededor de dos mil trabajadores. Entre 1938 y 1945, fue un centro administrativo para atender varias

oficinas salitreras en actividad en la zona. El campamento estaba situado a unos cien kilómetros de Antofagasta y a mas de mil metros de altura. Las temperaturas nocturnas suelen ser inferiores a cinco arados, y las diurnas, superiores a los treinta y siete grados.

¿Qué nos esperaba? ¿Hasta cuando? Había hombres que estaban sobrecogidos, no sólo por los temores que la prisión provocaba. Eran campesinos que jamás habían visto algo tan desolador como la pampa, un inmenso cuero reseco y estrujado. Ahí estaban vivas las huellas del drama del salitre que anunciara la profecía de Balmaceda. Era el regreso al origen, a la cuna del movimiento obrero chileno, al escenario donde Recabarren despertó la conciencia de clase del trabajador pampino y surgió su organización sindical y política: salitre y lucha obrera, Balmaceda y Recabarren, eran asociaciones inevitables. Otra vez la patria traicionada. Otra vez su clase obrera sometida al látigo de los cancerberos del capital extranjero.

Fuimos recibidos al anochecer. El trato fue desconsiderado y grosero, aunque no hubo violencia física. Luego de un severo registro de los equipajes y chequeo de nombres en las listas, se nos indicaron los pabellones que deberíamos ocupar. A los pocos minutos fuimos rodeados por innumerables compañeros que ya estaban recluidos en Chacabuco y que habían sido trasladados desde el Estadio Nacional y otros presidios de Santiago. No obstante que la jefatura del campo prohibió a esos prisioneros, "detenidos sin cargos", tomar contacto con nosotros, a quienes se nos calificaba de "peligrosos extremistas de Concepción", recibimos de inmediato una fraternal recepción y la más amplia solidaridad para resolver nuestros problemas.

En lo personal, experimentamos una profunda emoción cuando nos encontramos con camaradas con quienes habíamos caminado buen trecho bregando por los mismos ideales: Augusto Jiménez Jara, ex subsecretario del Trabajo del presidente Allende y durante muchos años dirigente de la Central Única de Trabajadores y del partido; Javier Vargas Pereira, dirigente nacional de la juventud socialista, a quien conocía desde sus primeros pasos como líder estudiantil; Héctor Mellado Diez, ex presidente de la Federación Bancaria de Chile y dirigente regional del Partido Socialista en Cautín y Malleco; con los tres, nuestra fraternidad militante habría de fortalecerse en esta dura etapa en la que pude conocer y valorar aún más sus cualidades revolucionarias e ilimitada calidad humana. (2)

Chacabuco era un caserío rodeado por una reja electrificada junto a la cual se alzaban seis torres de control, con guardia permanente. Los contornos del campamento estaban minados. La guardia estaba a cargo de un comandante, un segundo comandante, un oficial de Seguridad, oficiales ayudantes, suboficiales, y unos ciento cincuenta soldados dotados de equipo moderno, inclusive tanques y tanquetas. La personalidad de los oficiales era el factor decisivo para el curso de la vida cotidiana. Había guardias que no se hacían notar más allá de las mínimas exigencias de un campo de prisioneros: controlar las listas de presos y entregar informaciones generales. En cambio, no faltaban guardias cuyos oficiales hacían todo lo posible por fastidiar con exigencias majaderas y ridículas.

Entre estos últimos hay algunos nombres que se ganaron un recuerdo imperecedero: Carlos Minoletti, Ananías, Acuña y Latorre. Estos oficiales fascistas experimentaban un verdadero deleite cuando podían crear dificultades, humillar o provocar. Minoletti torturó personalmente numerosos prisioneros del primer grupo que llegó de Santiago. "El desierto pide sangre", decía instando a los prisioneros a cortarse las venas con hojas de afeitar, para ahorrarle trabajo al ejército. En el colmo de su demencia rodeó en muchas ocasiones los comedores de los prisioneros con tanques y soldados, apuntando sobre sus "enemigos". Era un injuriador profesional que llevaba al mayor refinamiento el lenguaje de cuartel y en el delirio de su vanidad amenazó al profesor Mario Céspedes con enseñarle "la verdadera historia de Chile"; según Minoletti, el catedrático, que tenía un programa en la televisión nacional, "no enseñaba historia, sino política".

Ananías era un estúpido diplomado incapaz de hilvanar una frase. Para decirnos que a las cinco de la tarde había que volver a formar, tenía que leer un papel que se sacaba de la manga. El tipo no sólo era estúpido, sino además tenía cara de estúpido. Durante las guardias de Ananías se impuso el trabajo forzado a brigadas que debían cargar camionadas con fierros viejos y restos de maquinaria que estaba abandonada en el pueblo.

Acuña era un oficial muy joven, absolutamente descontrolado, y que tenía la manía de contarnos dos o tres veces por día. Como el hombre tenía dificultades con los números, se equivocaba en las sumas por pabellones y terminaba poniendo a los seiscientos o setecientos prisioneros en fila para contarlos de a uno. Así y todo, era habitual que le sobraran o faltaran prisioneros. Volvía a contar hasta que, por fin, cuadraba sus cuentas. Los prisioneros lo bautizaron como "Caballo loco", porque su presencia era motivo de inmediatos conflictos y dificultades, que trataba de arreglar a gritos histéricos o con sanciones vejatorias y ridículas. Latorre, era de la misma estirpe fascistoide. Advirtió, una vez que hubo cierto desorden en la fila: "Tengo cincuenta mil balas para poner orden en Chacabuco... ándense con cuidado..." Era habitual que el campamento fuese sobrevolado, a escasa altura, por aviones de la Fuerza Aérea de Chile, con el evidente propósito de atemorizar a los "enemigos", haciendo una demostración de superioridad bélica. No faltaba algún oficial fanfarrón que al paso de los aviones solía decir: "¿Cómo se sentirían con una bombita en el espinazo?"

Durante nuestra permanencia en Chacabuco, recibimos tres visitas militares de jerarquía: el general Óscar Bonilla, uno de los cerebros del golpe, entonces ministro del Interior; el coronel Jorge Espinoza, encargado de la Secretaría Nacional de Detenidos, y el coronel Moya, de la Primera División de Ejército, con asiento en Antofagasta.

La visita de Bonilla estuvo rodeada de cierta expectación. Algunos "caldólogos" (3) habían difundido el rumor de que Bonilla era jefe de un sector "liberal" del Ejército, partidario de liquidar pronto el problema de los presos políticos. Se decía que era el general más "político" del grupo fascista. Bonilla nos habló con inaudita prepotencia :

-Les vamos a tender la mano a algunos, pero óiganlo bien, estamos dispuestos a responder a cada patada del marxismo con diez patadas... no lo olviden. El hombre dejó una lamentable impresión:

-Es un gorila igual a todos -dijo un compañero, con desencanto.

-No es igual -alguien le contradijo: -¿No se dieron cuenta de que hablaba de corrido...?, dice las mismas tonterías que Pinochet, pero las dice "fluidamente"... en el Ejército lo consideran un intelectual...

El coronel Espinoza llegó al campo en una visita inspectiva, y como era su costumbre, anunció liberaciones "prontas y masivas". Consciente de que ya nadie le creía, llegó a decir:

-¡Por favor créanme, ahora sí que es cierto... palabra de militar...!

Sin embargo, había interés en muchos prisioneros por conocer a este coronel que tenia un rasgo muy singular. Entre los propios militares tenía fama de tarado.

-¡Cómo sera! -se decía-, cuando escuchaba a un oficial: -"Mi coronel Espinoza no fue capaz de aprobar su examen para ingresar a la Academia de Guerra, fíjense en el cuello de su uniforme, no tiene nada, por eso en el Ejército se le llama "Cogote pelao". Todos los coroneles "Cogote pelao" están incapacitados para llegar a general y se tienen que jubilar sin ascender.

Mientras el oficial nos contaba la historia de "Cogote pelao", un campesino que escuchaba dijo, en voz baja:

-Este coronel Espinoza tiene que ser harto tonto para salir mal en un examen que no tiene que ser muy difícil si hasta Pinochet salió bien...

El ilustre coronel Espinoza no solucionó ningún problema y su viaje no hizo más que confirmar su fama de tarado.

El coronel Moya llegó un día domingo a librar una de las mas heroicas batallas de los fascistas contra nosotros en Chacabuco: de un grito derogó todas las conquistas que se habían obtenido en laboriosas gestiones del Consejo de Ancianos: la Iglesia, Cruz Roja, etc. "¡Ustedes no tienen derecho a nada!... -gritaba seguro de sí mismo-, sólo tienen derecho a vigilancia y se las estamos dando... entendido? ¡Todo el mundo va a comer solamente en los comedores oficiales; nada de comidas en las casas, prohibido hacer fuego en las casas, prohibido permanecer en el interior de las casas durante el día!..."

Antes de despedirse, nos dejó abierta una esperanza sobre la posibilidad de encender fuego en las casas para preparar un café o un mate:

-Volveré el próximo domingo, y si ando de humor, a lo mejor los autorizo para hacer fuego en las casas, ahora no.

Por fortuna, a pocas horas que el coronel Moya había establecido un reglamento destinado a hacernos reventar, nadie se acordaba de sus bravatas, comenzando por los propios oficiales del campo, que calificaron sus ordenanzas de "descriteriadas".

Habíamos regresado al origen y esa raíz histórica habría de ayudarnos a convertir el presidio en una trinchera silenciosa de lucha:

-Nosotros cumplimos aquí un importante papel político -explicaba un dirigente-; nosotros somos una bandera de agitación en la campaña internacional contra la Junta, no nos desesperemos; la lucha nos ha colocado en esta posición. Nadie debe caer en la desesperación, por el contrario, hay que estar conscientes de que un revolucionario debe vengarse de sus carceleros, ¿cómo?, ¡aprovechando el tiempo libre que tenemos para prepararnos para el combate! Hay que organizarse, estudiar, aprender algo útil para nuestro trabajo futuro, iniciar la autocrítica, reflexionar sobre el futuro... nadie debe abatirse, todos debemos comportarnos como auténticos hijos del pueblo...

Chacabuco es el fiel reflejo de lo que fue el gobierno de la Unidad Popular, se decía una y otra vez en los cotidianos comentarios de la vida social, en las charlas de los paseos de la tarde, alrededor de un mate o una taza de café. Chacabuco reflejaba diariamente la formidable calidad humana y política de la inmensa mayoría de los presos, pero también las debilidades ideológicas y morales de algunos elementos retrasados políticamente o de comportamiento incompatible con los ideales del socialismo.

Uno de los rasgos más característicos del pueblo chileno es su notable experiencia organizativa. Los presos de Chacabuco confirmaron esas virtudes sociales. Se creó una completa organización administrativa encargada de enfrentarse a una infinidad de problemas derivados de las necesidades materiales y espirituales de casi un millar de gentes. En cada pabellón se designó un jefe encargado de representarlo en una junta que fue llamada Consejo de Ancianos. La curiosa denominación se debió al hecho de que en un primer tiempo los militares exigieron que esos cargos recayeran sobre las personas de más edad de cada pabellón. Posteriormente se desestimó este requisito a petición de los presos.

El Consejo de Ancianos tenía un presidente y un secretario, además de comisiones de trabajo: cultura, salud, deportes, aseo, etc. El consejo dio vida a una completa estructura de "servicios públicos", que prestaban una inestimable contribución a la vida cotidiana del campamento.

Se instaló un policlínico, en el que laboraron, con extraordinaria dedicación, médicos, dentistas, químico-farmacéuticos, enfermeros, practicantes, y funcionarios que habían pertenecido a la planta administrativa del Servicio Nacional de Salud. El policlínico brindaba una eficiente atención, dentro de sus posibilidades, gracias a la responsabilidad de sus "funcionarios" y a ciertos recursos mínimos que le proporcionaban la Cruz Roja, la Iglesia y los propios prisioneros. Cada preso que pasaba por el policlínico era registrado en una "ficha de salud", con la historia de sus consultas y tratamientos, todo gratuitamente.

Se organizó un servicio de correos, encargado de despachar y recibir la correspondencia. El correo estaba bajo la tuición del capellán, encargado por la administración del campo de ejercer la censura a la correspondencia. Las deficientes condiciones alimentarias del campamento planteaban graves problemas nutricionales. Luego de laboriosas gestiones de la Iglesia, se obtuvo autorización para crear una cooperativa de consumo a través de la cual fue posible adquirir cigarrillos, conservas, café, azúcar, etc. La instalación y funcionamiento de la cooperativa representó una de las preocupaciones más absorbentes para el Consejo de Ancianos.

El aseo era una tarea de primera importancia para la salud de los prisioneros. Las brigadas de aseo libraban una dura batalla contra las moscas, las ratas y la basura. Participaban en estas faenas, por turnos, todos los prisioneros.

La comisión de cultura (4) desarrolló un trabajo de la mayor importancia para la conservación y estímulo de la moral de los prisioneros. Fue notable el cultivo del folklore musical y artesanal, del teatro, cuento, poesía, dibujo, pintura, etc. Surgió una biblioteca y una escuela. Ángel Parra fundó el "Conjunto Chacabuco", que alcanzó un magnífico nivel artístico cultivando la canción folklórica latinoamericana. (5) El conjunto era uno de los números de mayor éxito en los espectáculos artísticos de la noche de los domingos. Además, actuaban en las misas, para las cuales Ángel Parra compuso un maravilloso Oratorio basado en textos bíblicos.

La comisión de cultura organizó concursos literarios, campañas del libro, exposiciones de artesanías, pintura y dibujo. Una de las exposiciones que mayor impacto moral provocó en el campo, incluso entre los militares, fue una de dibujo infantil, con trabajos enviados por los hijos de los prisioneros. Una labor cultural más sistematizada se realizó a través de un ciclo de charlas sobre variados temas de cultura general, y de una Escuela de Educación Básica, Media y Superior, que marcó un verdadero salto en la vida cultural de Chacabuco. Se organizaron variados cursos de idiomas, gramática, lectura y comprensión, matemáticas elementales, alfabetización, estadística, geografía y nociones de astronomía, a los que asistieron más de 360 compañeros. (6) Los alfabetizadores pudieron tener la satisfacción de enseñar a leer y a escribir a un buen número de obreros y campesinos, uno de los cuales contaba, a quien quisiera oírlo, cómo ya podía leer las cartas que le enviaba su mujer y escribirle, a esa altura de su vida, la primera carta de amor.

Personalmente, tuve una inolvidable experiencia como profesor de geografía, única materia de ciencias sociales que- autorizaron enseñar los militares. Sin embargo, estas clases fueron realmente lecciones sobre introducción a las ciencias sociales. Jamás como profesor había experimentado mayores satisfacciones profesionales. Entre mis alumnos, tuve obreros y campesinos con una auténtica sed de conocimientos. Expectantes, tomaban en sus manos por primera vez un mapa de Chile, y se aproximaban a una comprensión elemental de la conformación física y humana de su patria.

Durante el curso surgió la idea de rendir un homenaje a 0'Higgins, el 20 de agosto, en conmemoración de su natalicio. Se acordó que el profesor diera una conferencia a la cual se invitó a todo el campamento. Uno de mis alumnos campesinos me dijo al terminar la conferencia:

-Nunca en mi vida había aprendido más que en estos dos meses que lleva funcionando la escuela en Chacabuco ... sigo clases de gramática, matemáticas y geografía, y ahora me doy cuenta de saber que las cosas que pasan hoy en Chile tienen su explicación en el pasado. (7)

El interés de numerosos obreros y campesinos por estudiar era notable y correspondía a su toma de conciencia del antiguo adagio, "saber es poder".

Recuerdo una acalorada discusión sobre la importancia del conocimiento técnico en la construcción del socialismo, y cómo un obrero, dirigente nacional de los trabajadores del vidrio, refutó a quien sostenía que "lo importante no es la tecnocracia sino el control obrero sobre las empresas".

El dirigente sindical contó su experiencia:

-Nosotros agitamos mucho tiempo la consigna del control obrero y un día se consagró nuestro derecho a controlar la empresa por diversos canales de participación, tuvimos acceso a la contabilidad, movimiento bancario, comercialización, importaciones y exportaciones, y sufrimos un terrible desencanto cuando ninguno de nosotros sabía qué hacer frente a esos datos. La verdad es que nos enfrentamos a un muro insalvable debido a nuestra ignorancia... La asamblea esperaba nuestros informes sobre la realidad de la empresa y fue muy poco lo que pudimos dar a conocer... Al contar esta experiencia en el partido, un compañero me aconsejó leer a Lenin acerca del control obrero y sobre la necesidad de que los revolucionarios sepan contabilidad para ejercer ese control. Comencé a leer y supe que Lenin otorgaba una importancia muy grande a la preparación técnica de los dirigentes obreros, y que ridiculizaba a los que viven agitando consignas sin bases serias... Yo creo que el revolucionario que se conforme con agitar consignas y no se prepare técnicamente para dirigir la producción, es un demagogo y no puede ni merece ser dirigente.

Nuestro amigo organizó su estudio en Chacabuco con verdadera pasión intelectual. Seguía cursos matemáticos, castellano, geografía y alemán, convencido que en la próxima etapa del proceso revolucionario chileno debería cumplir un papel de mayor trascendencia política:

-Cuando volvamos al gobierno, repetía, debemos exigir conocimientos y eficiencia en todos los niveles, la costumbre "echarle para adelante", sin seriedad técnica, debe ser desterrada... Los obreros hemos aprendido una dura experiencia: el control obrero no se realiza con palabras sino con conocimientos, la lucha revolucionaria debe combatir la ignorancia y la ineficiencia con mayor energía...

Como una manera de romper la monotonía de la vida cotidiana y aprovechando la creciente distensión en el clima represivo interior, un grupo de compañeros organizó una "peña" folklórica, conocida como "La Chingana", los sábados; se ofrecía a la población chacabucana una grata velada artística. Por el escenario, frente a un fogón, desfilaban intérpretes de la música criolla, incluidos payadores y cantores entre los que destacaban los campesinos de Colchagua. Junto al espectáculo se podía pedir un plato, "chacabucano", café o mate. La escasa utilidad que dejaba esta comercialización de alimentos iba para los fondos de solidaridad social creado por el Consejo de Ancianos y destinado a resolver los casos de extrema necesidad de algunos prisioneros. Recuerdo una noche habernos impresionado mucho, cuando uno de los artistas rasgueaba y rasgueaba la guitarra y no empezaba su canto.

-Estoy recordando, -dijo- cómo en este mismo patio jugué cuando niño. Mi padre fue trabajador del salitre... yo vivía en esta casa...

El esfuerzo de estos compañeros para instalar la peña, ornamentarla, programar las presentaciones artísticas, animar las veladas, cocinar, servir y asear el local, sólo es posible comprenderlo cuando uno conversaba con ellos:

"Conservar la moral de los presos es una tarea política y en eso estamos." Era la tarea que voluntariamente habían asumido. En el grupo había dirigentes sindicales, profesores universitarios, trabajadores de diversos oficios; todos animados por un admirable espíritu de servicio social y de fina sensibilidad para preparar sesiones de gran calidad artística.

Un día de agosto aparecieron carteles invitando a una velada singular: "Homenaje a Carlos Gardel." La reunión fue todo un éxito. Por el improvisado escenario desfilaron verdaderos eruditos en la vida de Gardel y la historia del tango. Luego vinieron los intérpretes que espontáneamente pasaban a cantar los más famosos "tangos de la guardia vieja", acompañados de dos guitarras y un bandoneón.

La artesanía fue una de las actividades culturales que atrajo a una mayor cantidad de gente: los tallados en madera, la orfebrería y los telares, produjeron una impresionante cantidad de creaciones, muchas de las cuales lograron una estimable calidad. La comisión de cultura editaba un diario mural, instalado frente a los comedores, y en sus columnas colaboraba un selecto grupo de periodistas. El diario entregaba "información oficial" del Consejo de Ancianos, recortes de prensa y notas de la vida chacabucana, donde no faltaban el buen humor y los estímulos morales para quienes destacaban en diversas actividades administrativas, culturales o deportivas.

El culto religioso fue otra importante actividad cultural en Chacabuco. Católicos y evangélicos tenían sus respectivas capillas y reuniones, que atraían un crecido número de prisioneros. Era visible que los feligreses católicos eran gente de extracción urbana; en cambio, en el culto evangélico, casi la totalidad eran campesinos. Los católicos tenían su misa dominical y reuniones de oración algunos días a la semana. El capellán les decía la misa y un número importante de fieles comulgaba. Los evangélicos se reunían diariamente, y sus cánticos y plegarias colectivas formaban parte del paisaje crepuscular de Chacabuco.

El campamento fue visitado por cuatro obispos católicos: El cardenal Raúl Silva Henríquez; el obispo auxiliar de Santiago, Fernando Ariztía; el obispo capellán castrense, Francisco Gilmore, y el obispo de Antofagasta, Carlos Oviedo Cavada. Estas visitas nos mostraron inequívocamente las dos líneas que dividen la Iglesia chilena: una corriente social-cristiana progresista, con diversos matices; desde posiciones centristas, hasta francamente de izquierda, y la otra, la conservadora, desde el conservadurismo "democrático" hasta el fascismo descarado. El cardenal Silva y el obispo Ariztía nos mostraron la cara noble y progresista de la Iglesia chilena; el cardenal, en un discurso nada convencional, y el obispo Ariztía en el sermón de una misa memorable a la que todos asistimos. Ambos obispos, rodeados de oficiales, hablaron con la voz de auténticos cristianos, con un sincero amor al prójimo en desgracia, como verdaderos abogados "de los perseguidos y ofendidos" (8). El cardenal dejó en Chacabuco una huella de humanidad admirable. Se llevó un documento que el Consejo de Ancianos elaboró, reseñando nuestros principales problemas, y con satisfacción pudimos ver que, en documentos del Episcopado, nuestras denuncias y peticiones encontraron eco. El cardenal ha tenido de su parte a la gran mayoría de los obispos y se ha jugado entero en defensa de la vida y el respeto a elementales derechos de los ciudadanos perseguidos. Su inteligencia y coraje moral ha salvado a la Iglesia del derrumbe que han sufrido todas las instituciones tradicionales en Chile y ha representado un muro de contención para la jauría lanzada sobre el pueblo indefenso. El odio que Pinochet y los grupos privilegiados chilenos tienen al cardenal es proporcional al cariño y respeto que se ha ganado entre los trabajadores. En cambio, los otros obispos no pudieron disimular sus simpatías por los militares fascistas. Como buenos fariseos, hablaron de Dios, de la Virgen, del bien y del mal, de la fe y la esperanza, pero no tuvieron una palabra de adhesión concreta para los presos políticos. El obispo de Antofagasta tuvo el descaro de justificar las demoras de los procesos que presuntamente se nos seguían, "porque el aparato forense tenía un excesivo recargo de causas y no estaba preparado para ello..." El señor obispo pretendía ocultar detrás del eufemismo: "aparato forense", a los consejos de guerra, las cámaras de tortura y los campos de concentración. El obispo castrense nos entregó un discurso que a ratos parecía una voz salida de un mausoleo: "Los oficiales del Ejército chileno... -dijo con inaudito cinismo- son gente de excepción, lo mejor de la sociedad chilena; tengan confianza en ellos... El Señor ha querido que suframos los chilenos para que regresemos al verdadero camino, del cual nos estábamos apartando por el canto de sirenas de ideas extrañas al alma nacional... Tengan fe en Dios, en los militares y en Chile... piensen en esa bandera hermosa que nos cobija a todos como hermanos, el blanco imponente como la cordillera de los Andes... el azul como el límpido cielo.. . el rojo, como la sangre de nuestros héroes..." A este mismo obispo lo pude ver por la TV Nacional el 11 de septiembre, oficiando una misa de campaña en la Escuela Militar, y escuchar otra vez su palabra cavernaria: "Dios iluminó la mente de nuestros soldados y los llevó a cumplir la gloriosa misión de liberar a Chile de la tiranía del materialismo ateo que se había enseñoreado en ella."

La conducta de este obispo influía en la de muchos capellanes, aunque por fortuna no en todos. La mayoría de los capellanes se comportaban como representantes del ejército en la Iglesia y no como representantes de la Iglesia en el ejército.

Los grupos religiosos desarrollaron sus actividades gozando del mayor respeto y consideración del resto de los prisioneros. Para todos era claro que las ideas sobre el otro mundo no debían romper la unidad de los trabajadores sobre los problemas concretos de éste.

Otras visitas significativas, recibidas en Chacabuco, fueron la de una delegación sindical australiana y la de miembros de la comisión investigadora de la OEA. Los dirigentes sindicales australianos nos llevaron el fraternal saludo de los trabajadores de ese lejano país, hasta el cual habían llegado los ecos de la barbarie fascista de Chile. Nos informaron de la actitud de su gobierno, favorable a la emigración de perseguidos políticos chilenos; sus gestiones a diversos niveles para presionar en favor del respeto a los derechos humanos y las innumerables expresiones de solidaridad de los sindicatos, partidos políticos progresistas, prensa y universidades.

Cuando llegaron los juristas de la OEA, la jefatura del campo cayó en un nerviosismo casi descontrolado. Trataron de convertir la visita en un show en el cual los presos podrían mostrar sus obras de arte, cantar sus canciones, etc. Sin embargo, la delegación rechazó estas maniobras y fue directo al grano: entrevistar a los prisioneros y a solas, sin presencia militar. Los juristas pudieron ver por sus propios ojos las huellas de las torturas y escuchar escalofriantes denuncias sobre variados casos por sus propios protagonistas. Profunda impresión causó a la delegación las denuncias que varios detenidos formularon en contra de oficiales que trabajan junto al coronel Espinoza en Santiago, por sus proposiciones deshonestas hechas a esposas y hermanas de los prisioneros a cambio de conceder a éstos su libertad. El Consejo de Ancianos entregó a la Comisión de la OEA un documento, con una detallada información, que sin duda debió haber sido útil a sus investigaciones, a juzgar por los términos de su informe oficial.

La vida chacabucana se alteraba intensamente cuando solían llegar grupos de esposas a visitarnos, luego de haber vencido las mil dificultades que ponían las autoridades militares. Para nuestras mujeres, llegar desde Concepción, recorriendo en buses más de 2 500 kilómetros, para conversar con nosotros dos o tres horas, representaba un esfuerzo físico y un gasto considerable. En la obtención de los permisos para llegar hasta Chacabuco y en ,el financiamiento del viaje, la Iglesia católica intervenía activa y efectivamente.

Las visitas nos traían no sólo el calor humano de nuestros seres queridos; también informaciones sobre lo que estaba sucediendo afuera de Chacabuco y toda suerte de cabalas sobre la situación de los presos políticos.

Las noticias más impresionantes provenían del exterior, repulsa del mundo por la guerra declarada contra el pueblo chileno. En el centro de esta incesante actividad solidaria aparecía una y otra vez la compañera Hortensia Bussi de Allende, Tencha como la llamaba el pueblo, golpeando la conciencia del mundo: iba y venía de un país a otro, sus cartas estremecían a los lectores de muchos periódicos influyentes, sus informes eran piezas fundamentales para el trabajo de organismos internacionales, su actividad era recibida por nuestras mujeres como una esperanza y un ejemplo.

Mi esposa me contó un episodio que ilustra el impacto de Tencha entre las madres, esposas, novias, hermanas y compañeras de los prisioneros y perseguidos. Una mujer humilde, familiar de un minero del carbón, llegó a las puertas del obispado de Concepción, y al darse cuenta que numerosas mujeres lloraban desesperadas por la suerte de sus seres queridos, les dijo con voz firme: -"No lloren, compañeras; si la compañera Tencha no hubiese sido capaz de sobreponerse a su dolor personal y salir a luchar para denunciar al mundo lo que está sucediendo, ya no quedaría un preso vivo... ¡Arriba, ese ánimo, compañeras!; vamos a tratar de hablar con el obispo, después con los pastores evangélicos, con la Cruz Roja Internacional, dicen que andan por ahí investigando; toquemos todas las puertas buscando solidaridad y no nos quedemos con los brazos cruzados llorando y llorando... ¡Sigamos el ejemplo de la compañera Tencha...!" ¿Cuántos chilenos fueron salvados de la muerte o arrancados de las manos de los torturadores gracias a la formidable solidaridad internacional?

Desde Quiriquina a Chacabuco, todos seguimos paso a paso las acciones de los gobiernos progresistas, de organismos internacionales, parlamentos, prensa, personalidades influyentes de la ciencia, el arte y el derecho, contra el fascismo. Especialmente, de los países socialistas, del Tercer Mundo y de las fuerzas democráticas de Occidente.

En el interior del país, en medio del terror desatado, seguía viva la fraternidad combatiente a pesar de todas las amenazas y de las listas negras, los hombres y mujeres de la izquierda siempre encontraban alguna manera de prestarse auxilio material y moral.

Cuando los buses se detenían en el mercado de Antofagasta y nuestras mujeres compraban frutas y otros alimentos, encontraban entre los comerciantes pequeños una emocionante solidaridad que se traducía en regalos, precios rebajados y algo más importante aún: el mensaje de aliento para los detenidos. "Díganles a los compañeros que se mantengan firmes, que no se desmoralicen, que tengan ánimo, que resistan; llévenles nuestro saludo cariñoso y la confianza que pronto volverá la libertad a Chile..."

Aquella visita de nuestras mujeres, del 16 de marzo de 1974, estuvo rodeada de un excepcional dramatismo, ocurría al día siguiente de la muerte de José Tohá. Mi compañera me contó que conocieron la trágica noticia cuando el bus se detuvo en Copiapó, al amanecer del día 16.

"-Una compañera -dijo- compró un periódico, y al leer el principal titular estalló en llanto; al instante la rodeamos, mientras otra compañera comenzó a leer la noticia en alta voz. El grupo enmudeció y las lágrimas comenzaron a rodar por nuestras mejillas... El sacerdote católico Julio Olivares propuso un minuto de silencio, que guardamos con profunda emoción.

"Al reanudar el viaje -prosiguió- la conversación estuvo centrada en el recuerdo de la noble figura de José. Nadie dudaba que había sido asesinado y todas compartimos la opinión que el pueblo chileno perdía uno de sus mejores hijos... ¿Quién podía discutir que José había proyectado una de las mejores imágenes del verdadero revolucionario, ponderado, inteligente, honesto, fraternal y generoso?

"Pensábamos -agregó- que esta noticia causaría profundo dolor en Chacabuco, como en todos los rincones de Chile... No en vano José era un símbolo para todos nosotros."

Le conté que en Chacabuco hubo lágrimas y recuerdos sobre la vida de quien entregó lo mejor de sí por su pueblo. Efectivamente, José demostró desde temprano su vocación de luchador social. Siendo presidente del centro de estudiantes del Liceo de Hombres, de Chillán, su ciudad natal, concibió y realizó un proyecto que muchos miraron como una ilusión juvenil: fundó un liceo nocturno para obreros y empleados. José y sus compañeros se convirtieron en maestros y, sin remuneración alguna trabajaron con la responsabilidad de estudiantes revolucionarios, maduros y consecuentes (9). En esa misma ciudad fue elegido presidente de la Federación de Estudiantes de Ñ, y más tarde culminó su carrera de líder estudiantil en la presidencia de la Federación de Estudiantes de Chile, siendo alumno de Derecho en la Universidad de Chile. A la generación universitaria de José Tohá correspondió librar una heroica lucha contra el régimen de Gabriel González Videla, autor de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia y del Pacto Militar con los Estados Unidos. En el centro de esos combates, su figura alcanzó dimensiones nacionales.

Como militante socialista, José sintió intensamente la tarea partidaria, siempre con abnegación y ajeno a todo cálculo mezquino, personal o de grupo. En la organización alcanzó las más altas dignidades: miembro del comité central de la juventud y del partido. Amigo inseparable de Salvador Allende, no ocultaba su admiración por el hombre a quien desde temprano visualizó como el líder indiscutido del movimiento popular chileno. Lo acompañó en sus largas y duras batallas, siempre con eficiencia y lealtad. Cuando Allende llegó a la presidencia, fue uno de sus colaboradores más directos: ministro del Interior, ministro de Defensa y Vicepresidente de la República.

En todos estos cargos, lució su genio de estadista y la transparencia de su calidad humana. Sin estridencias, impuso su palabra serena y conquistó un sólido prestigio en la opinión pública. La derecha percibió el significado de Tohá como jefe político del gabinete del presidente Allende. Mientras Tohá estuviese en el Ministerio del Interior, no sería fácil deformar la imagen del gobierno. Y además, como lo reconoció un personaje de los conservadores "los socialistas como el señor Tohá son los más peligrosos porque con su serenidad dan una imagen angélica de la revolución..."

-"¿Por qué ellos se ensañaron con José? -escribe el general Prats a su esposa Moy-, porque a cada uno de los cómitres de hoy les torturaba la evidencia de que, dentro de la Unidad Popular, José era quien mejor los conocía. Los observó humildes y obsecuentes, los vio hacer genuflexiones y supo de sus miserias intimas, de sus celos inter armas, de su concupiscencia y frivolidad, de sus limitaciones intelectuales y culturales y de la farsa de su lealtad. José Tohá tenía mucho que decir y cada palabra suya, avalada por su incuestionable autoridad moral, habría tenido la fuerza suficiente para derribar de su auto-erigido pedestal a los apóstatas del profesionalismo militar. ¿Y cómo podrían contraatacar a José? ¿Cómo podrían vituperarlo si hasta la mención de sus convicciones ideológicas iba a serles contraproducente? Porque no les resultaba tolerable ni compatible exhibir como "marxista" a un ser de tanta sensibilidad social, de tanta nobleza y dignidad personal y de tanta misericordia humana. (10)

Al 11 de septiembre, José Tohá no ocupaba ningún cargo ministerial ni de dirección política; sin embargo, su alta responsabilidad revolucionaria y su invariable lealtad hacia el presidente Allende, lo impulsaron a dirigirse a La Moneda. Tohá, en la hora definitiva, no olvidó que su nombre se vinculaba al proceso político sometido a prueba y no vaciló en situarse al lado del presidente con todos los riesgos que los auténticos líderes no eluden jamás. Tohá fue hecho prisionero y posteriormente trasladado a la isla Dawson, recibiendo una de las mayores cuotas de vejaciones y violencia física. Su martirio terminó con su valiosa vida, privando a la izquierda chilena de uno de sus mejores dirigentes, el 15 de marzo de 1974. ¿Cómo explicar la extraña muerte de José a una opinión pública que tenía sobre su personalidad una impresión irreprochable? Cada general dio su propia versión de la muerte: "Se colgó de la puerta de un ropero..." "se suicidó en el baño..." Incluso uno, que no pudo evitar la presión invisible de la acusación pública, se atrevió a decir con inaudito cinismo: "Siento la muerte del señor Tohá."

Pronto supimos del funeral de José Tohá, al que nosotros asistimos desde nuestro encierro en el pensamiento de muchas horas. Con Tohá se enterraba una parte de la mejor tradición partidista: una militancia antigua y consecuente que se convierte hoy en tradición y prestigio para el Partido Socialista de Chile. Supimos que miles de chilenos desafiaron el terror y lo despidieron en el Cementerio General. Que desde aquellas columnas acongojadas se lanzó, una y otra vez, como un latigazo en el rostro de los asesinos, el grito de la rebeldía popular: "¡José Tohá... Presente. ..!"

Profunda impresión provocó en el campo de Chacabuco la noticia de la presencia en los funerales de Tohá, de Aniceto Rodríguez, y de su tentativa de hablar a nombre del partido. Aniceto venía saliendo de Dawson, y con ejemplar actitud militante asumió la representación socialista en un instante que registrará la historia.

Entre tanto, en Chacabuco, el tiempo seguía corriendo y tras las rejas, una vida cotidiana que acumulaba emociones y experiencias.

En las torres de control, jóvenes soldados montaban guardia día y noche. Muchachos muy jóvenes, hijos de trabajadores, mantenían una actitud de franca cordialidad con los prisioneros y era común charlar con ellos y escucharles maldecir sus funciones y el agotador trabajo que se les encomendaba. Por eso es explicable que una noche, cuando a uno de esos muchachos uniformados se le escapó un tiro, la reacción solidaria de los prisioneros no se hizo esperar. Todos los médicos se levantaron y se dispusieron a atender al soldado en un curioso hospital de campaña que tenían los militares para sus necesidades sanitarias, pero que carecía de los más elementales recursos. Nuestros médicos amanecieron luchando por salvarle la vida al soldado. Llamaron a dar sangre a los detenidos y una masa de gente se dispuso a colaborar. Lamentablemente, la herida había causado daños irreparables y el joven soldado falleció al amanecer. Una profunda y sincera emoción recorrió Chacabuco. Todos comprendíamos que ese hijo de obrero pampino era un hermano nuestro, un hijo del pueblo convertido por el fascismo en carcelero de sus iguales, y que su sangre, tempranamente sacrificada, era también un crimen que había que cargar a la cuenta de los generales traidores. Los más sorprendidos con la reacción de los presos fueron los oficiales del campo. Al día siguiente, el oficial de seguridad, al realizar su control matutino, nos dirigió la palabra para expresar a nombre del Ejército su gratitud por la noble actitud de los detenidos.

-Esto prueba que todos somos chilenos y que las diferencias tienen que terminar, y confío que sea pronto -dijo el oficial, evidentemente golpeado por el hecho. Hechos como el señalado, las noticias que de una u otra forma llegaban sobre muertes y torturas, abusos incalificables, dramas familiares, conformaban un cuadro de fuerte emotividad que apenas si conseguía ocultarse detrás de las bromas y las diversas formas inventadas para entretenerse y matar el tiempo.

La noticia de la muerte de un ser querido, el nacimiento de un hijo, el ajusticiamiento por consejos de guerra de familiares o amigos muy cercanos, la suerte de nuestros dirigentes encarcelados, perseguidos o procesados, las dificultades económicas en los hogares, todo aquello golpeaba de una y otra manera al hombre de Chacabuco y se traducía en estados depresivos, caminatas solitarias, angustia e impaciencia.

Recuerdo haberme incorporado a un grupo de compañeros que rodeaban a un profesional que fue llevado a Antofagasta para ser interrogado. Allí permaneció una noche en una comisaría de Carabineros junto a numerosos presos políticos recién capturados. Nos contaba que junto a él un obrero se quejó toda la noche; lo habían golpeado con inaudita brutalidad. Al amanecer, el hombre le dijo:

-No lo dejé dormir compañero... pero es que me patearon en los testículos... Me duele mucho...

Nuestro amigo le preguntó:

-¿Cuándo lo tomaron, compañero?

-Anoche mismo, compañero... Estaba con otro camarada escribiendo en un muro, ¡libertad para los presos políticos!...

El compañero que relataba el hecho no pudo contener la emoción. Con voz entrecortada decía:

-Nunca sentí más admiración por nuestra clase obrera... Ese compañero estaba molido a golpes, pero me alcanzó a decir, antes que me sacaran de la celda: "Si me llevan para Chacabuco, allá nos vemos, compañero... Si me largan, dígales a los compañeros que seguiremos haciendo lo que podamos por su libertad..."

El grupo se quedó electrizado; una emoción incontenible nos abrazó a todos. El compañero que relataba su experiencia pudo calmarse y concluir sus palabras:

-Esta fortaleza y claridad de nuestra clase obrera no podrán ser destruidas jamás por el fascismo.. .No, compañeros... ese obrero de Antofagasta era un cuadro auténtico de base, educado por su partido, convencido de que no hay más camino que la lucha y que la lucha será dura, pero que hay que darla, que al final venceremos.

Esa noche, la tertulia junto al café giró en torno a la historia de nuestro movimiento obrero, de los tiempos de Recabarren, de aquellos años cuando ser socialista o comunista era en sí una sentencia al despido, al hambre, a la cárcel y al exterminio.

-Me emociona -decía un joven socialista- ver a los viejos dirigentes obreros; son los más serenos, hablan poco, siempre modestos; escuchan las pláticas de los intelectuales y rara vez intervienen, pero en su inmensa mayoría están intactos, serenos seguros de que están librando otra batalla; es la calidad insuperable de la clase obrera con conciencia de clase, con experiencia de lucha.

-Es cierto, camarada -agregó un profesor de Santiago. Esa es la base granítica del movimiento popular chileno, ¿recuerdan ustedes a esos compañeros de Valparaíso que estuvieron un tiempo aquí en Chacabuco? Había unos condenados a cadena perpetua, otros a veinticinco años de cárcel, y estaban serenos y confiados en el porvenir. Un viejo portuario me dijo una tarde, con una seguridad increíble: "¿Por qué desesperarse por una cadena perpetua o por veinticinco años de cárcel, si estos 'milicos' de mierda no durarán tres años? El capitalismo se hunde en el mundo entero en un pozo sin fin... Tres o cinco años presos no son nada en la lucha de la clase obrera, sobre todo cuando estamos en víspera del derrumbe final del capitalismo." Otro compañero de Lota me dijo, un día que me vio muy triste y desanimado: "El com- pañero Allende no murió para que se nos cayeran los pantalones, sino para enseñarnos a cumplir nuestro deber revolucionario, porque el socialismo no lo regala nadie, porque no hay otro camino que la lucha.. . ¡Arriba ese ánimo! ¿No sabe lo que está pasando en Portugal, Francia, Italia, España, Grecia, Perú? ¡La cosa se está poniendo brava en todas partes; derrota en Chile, pero se avanza en muchos países; no olvide, compañero, que nuestra lucha es internacional!"

Finalmente, valga algunos alcances sobre patología política, el sectarismo endémico de algunos militantes de la izquierda, que no podía faltar en Chacabuco. A decir verdad, el fascismo derribó muchas fronteras y la convivencia entre todos los sectores era excelente. Sin embargo, no faltaban ciertos individuos que vivían con la excesiva preocupación sobre el "control", o mayor o menor influencia sobre las iniciativas comunes en el campamento, de tal o cual partido. Para la gran mayoría, resultaban increíbles estas "preocupaciones" de injustificado chovinismo partidista. Nosotros habíamos vivido largos meses en Quinquina y en el estadio Regional, practicando una efectiva unidad: socialistas, comunistas, miristas, radicales, cristianos de izquierda y otros grupos; teníamos muy claro que, más allá de las divergencias del pasado, estaban las tareas del momento y del futuro. Conveníamos en que la unidad, sin exclusiones, debía ponerse en la orden del día, como el principal deber de los revolucionarios chilenos, y que las discusiones deberían desarrollarse con el respeto que corresponde a fuerzas que, con distintos matices, luchan por un mismo objetivo: un Chile socialista. Pero hay gente que no tiene remedio:

los sectarios de nacimiento, los divisionistas de la "discrepancia permanente", los pequeños burgueses enfurecidos y, desde luego, los infiltrados; para todos el "enemigo" está siempre a su lado y no al frente.


Notas:

1. Servicio especializado en la custodia de reos comunes.

2. Jiménez, Vargas y Mellado, fueron bárbaramente torturados; sin embargo, su moral y fe socialista jamas se quebrantó un instante.

3. Se denominaba "caldólogos" a los compañeros prisioneros que le sumergían en solitarias y prolongadas meditaciones. Se decía que estos tomaban "caldo de cabeza", sacando de su imaginación toda suerte de cabalas y rumores sobre la situación y futuro de los detenidos.

4. En esta comisión tuvieron una destacada dirección Galo Gómez y Manuel Cabieses y colaboraron, entre otros, Mario Benavente, Eugenio García, Javier Vargas, Máximo Antonioletti y el autor de este libro. En las actividades artísticas, recordamos a: Rafael H. Salas; Juan C. Saez; Hugo Valenzuela; Sergio Lidid; Emilio Cisternas; Jorge Valdés; Luis Cabezas; José Becerra; Román; Acuña y Figueroa, Servando Becerra; Rodolfo Harding. En el periodismo, a Alberto Gamboa y a Franklin Quevedo

5. Entre los integrantes del "Conjunto Chacabuco", que fueron muchos, recordamos a: Joselesky, Ipinza, Canto, Vega y Cifuentes. La actividad coral tuvo como principales animadores a Iván Quezada y Nazim Pualuam.

6. Véase informe del director de la escuela, Patricio Corvalán Carrera, presentado a la Tercera Reunión Internacional Investigadora de los Crímenes de la Junta Militar de Chile, México, febrero. 1975.

7. El texto de la conferencia se incluye completo en Revista de la Universidad de México, septiembre, 1975.

8. El secretario del obispo Ariztía, Francisco Ruiz, se encuentro actualmente detenido en Ritoque.

9. En ese liceo nocturno laboramos sucesivas generaciones de estudiantes sin recibir más estímulo que la satisfacción de traducir nuestro compromiso político en una comunicación viva y fecunda con los trabajadores. Uno de los sucesores más brillantes de José Tohá en la rectoría, fue Jorge Tapia Valdés, compañero suyo en el gabinete de Salvador Allende y luego en la prisión de Dawson.

10. Carta a Moy de Tohá, Buenos Aires, 29 de agosto de 1974. Publicada en Chile Democrático, órgano oficial de la izquierda chilena, núm. 14, Roma, noviembre-diciembre, 1974, p. 4.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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