Prisión en chile


5. Navidad en el Estadio

Hijo mío: no estoy en esta Navidad contigo porque los
mercaderes que Cristo expulsó del templo
gobiernan hoy mi patria y me tienen prisionero
por amar al prójimo como a mi mismo.

Carta de un obrero, Estadio Regional de Concepción, diciembre, 1973.

El traslado desde la isla Quiriquina al estadio Regional de Concepción, se realizó con las más estrictas medidas de seguridad. La salida fue anunciada de improviso y al poco rato estábamos formados para evacuar. En el gimnasio reinaba un optimismo desbordante. Nuestra partida era para todos el anuncio de la liberación. Con esa perspectiva nos embarcamos hacia la Base Naval de Talcahuano. En la base fuimos internados en otro gimnasio, donde estaban recluidos centenares de presos políticos, muchos de los cuales habían pasado alguna temporada en el fuerte Borgoño.

Grande fue la alegría cuando nos encontramos allí con dirigentes sobre los cuales se había descargado una implacable campaña de prensa y, desde luego, brutales castigos en semanas de martirios: había compañeros irreconocibles, con la mitad de su peso normal, demacrados y con las huellas evidentes de los maltratos, pero con una asombrosa voluntad de no claudicar. Su moral revolucionaria no sólo estaba intacta sino notablemente fortalecida.

Hacia la medianoche partimos en dos autobuses rumbo al estadio Regional de Concepción. Un oficial fanfarrón, cubierto de pistolas, puñales y granadas, además de su ametralladora de mano, nos advirtió cortante: "A la primera situación sospechosa se procederá a disparar..." Al día siguiente nos encontramos en las galerías del estadio con unos quinientos presos políticos. El ambiente era menos tenso que el reinante en la isla; los malos tratos aquí no habían llegado a los extremos del fuerte Borgoño ni de la Cuarta Comisaría de Carabineros, de Concepción, confirmando que en la región los peores cuchillos contra el pueblo fueron los marinos y los carabineros.

Contribuían también al mejor ánimo de la gente las condiciones higiénicas de los camarines, dotados de baño y excusado, ahora convertidos en celdas, aunque el hacinamiento para dormir seguía siendo grave al agruparse a cincuenta y más personas en un camarín. La comida era mejor que en la isla, aunque esto no representa ningún elogio, pero también había posibilidades para ingresar alimentos desde el exterior con mayor frecuencia y seguridad. Pero sin duda el factor psicológico más influyente en el ánimo de los detenidos provenía de la acción de curas y pastores, que se preocupaban con verdadero celo por la situación de los prisioneros, de sus asuntos personales y de amarrar, no siempre con éxito, las manos de los torturadores. Se preocuparon por establecer un flujo adecuado de correspondencia y alimentación, evitando los robos de la isla casi en su totalidad; atendieron los problemas laborales, económicos, médicos, etc., siempre con una bondad y espíritu de servicio que denotaba una sincera vocación cristiana. Los curas y pastores se convirtieron en grandes amigos, y sus nombres, omitidos por razones obvias, serán inolvidables para quienes sentimos muy de cerca el calor de su mano amiga y sus palabras cargadas de profunda humanidad.

El tiempo se consumía en interminables tertulias "sobre lo humano y lo divino"; lecturas, ajedrez, fútbol y cantos Los sacerdotes consiguieron ingresar una guitarra, que de mano en mano animaba círculos de cantores improvisados, los cuales se renovaban irregularmente. Era habitual que grupos de esos cantores mantuvieran un clima de altivo desafío moral a nuestros carceleros, cantando horas y horas. Entre los "guitarreros" estaba un destacado dirigente de la juventud comunista, sujeto a proceso por graves acusaciones que podrían llevarlo hasta el fusilamiento; sin embargo, daba verdaderas lecciones de entereza, de la serenidad propia de un cuadro político, y no le temblaban las piernas cuando se vislumbraban negras nubes en sus próximos días.

Las lecturas estaban muy controladas. Pero la "censura" se guiaba casi siempre por el título de una obra. Así, un texto sobre la Revolución industrial o sobre cubismo, no podía ingresar: "Nada con revoluciones ni con Cuba", había establecido categóricamente el oficial de seguridad. Con esta vara para medir la "peligrosidad" de un libro, no hubo problemas para que entrara al estadio Cien años de soledad. La célebre novela de García Márquez era solicitada por muchos, no solamente por su reconocida calidad literaria, sino también por la curiosidad que despertó en quienes no la conocían cuando un abogado descubrió que en sus páginas estaba descrito magistralmente el "Plan Zeta", que los generales fascistas le inventaron a la Unidad Popular. La única diferencia estaba en que los malos de esa película eran los liberales; en Chile, los marxistas, pero la fábula seguía siendo un buen pretexto para el asesinato político.

-Escuchen... -decía un entusiasta lector- lo que dice aquí: "Los consejos de guerra son una farsa. .."

En torno a los libros, se formaban círculos que los comentaban con vivo interés y surgían discusiones que inevitablemente terminaban en la autocrítica de nuestro proceso: "¡El poder nace de las puntas de los fusiles... lo demás es pura música" insistía un compañero. Por allá otro le decía:

-Sí, pero las armas sin pueblo no llevan a la revolución ... hay que dar la lucha con las masas... lo demás es puro voluntarismo pequeño burgués... ¿Por qué no dejamos las frasecitas del misal a un lado y analizamos la realidad chilena, sus peculiaridades históricas, su estructura de clases, sus instituciones, su marco cultural, y de ahí partimos para diseñar una estrategia y una táctica adecuada? -proponía un tercero.

-Sí, las leyes de la historia son muy claras, y no cabe andar descubriendo otra vez verdades que son del porte de una catedral... ¿No les parece? -se insistía desde alguna parte. -¡Pero, compañero!, las verdades universales del marxismo deben ser aplicadas creadoramente en cada país, de acuerdo con sus peculiaridades nacionales y dentro de una perspectiva internacional de la lucha de clases... -era la réplica.

En otro rincón se escuchaba una apasionada discusión sobre la responsabilidad de los dirigentes de la izquierda en la condición del proceso chileno:

-Yo creo que los dirigentes que nos condujeron al fracaso deben ser relevados... los generales de la derrota no dan confianza para las próximas batallas.

-Pienso que hay "generales" y "generales" en esta guerra contra los momios y el imperialismo. Es cierto que nuestros dirigentes tienen gran responsabilidad en el fracaso de esta batalla... como Fidel la tuvo en el asalto al cuartel Moneada o como el propio Che de Bolivia, pero los hechos y su conducta probaron su valor, consecuencia, lealtad y heroísmo. Aquí hubo dirigentes que asumieron sus responsabilidades al riesgo de sus vidas y también los hubo que huyeron y desertaron cobardemente. ¿Usted cree, compañero, que las próximas batallas deberán dirigirlas los "generales" que dejaron todo botado, olvidando sus responsabilidades y sus palabras sonoras sobre el enfrentamiento?

-Por supuesto que no, pero creo que la izquierda debe renovar sus cuadros dirigentes.

-La renovación es necesaria, pero los dirigentes no se improvisan; los dirigentes necesitan ser probados para ganarse la confianza de los trabajadores... y aquí ha habido pruebas concluyentes... y qué pruebas, compañerito...

-Yo creo que había que salvar cuadros fundamentales, los de las organizaciones de masas, y que no es justo criticar a todos los que tuvieron que asilarse... ¡Si no se asilan, los matan!

-Vamos por partes, compañero... claro que había que salvar cuadros; los cuadros son un capital político que todo movimiento revolucionario debe cuidar, pero son las organizaciones las llamadas a decidir sobre quiénes deben quedar a salvo de los mayores peligros y quiénes deben ir al frente al precio que sea... porque ser dirigente no es sólo un honor, es un riesgo, una responsabilidad; hay un refrán que dice: "soldado que arranca sirve para otra vez"... pero ese refrán no tiene nada que ver con la conducta de un revolucionario.

-No hay que ser tan riguroso, camarada... habría que examinar cada caso particular, ¿no le parece?

El ajedrez o las lecturas, las tertulias o la guitarra, eran interrumpidos de pronto por alguna noticia que corría de boca en boca: "Hay una lista... me lo contó un 'milico' (1) que es compadre del cuñado de mi vecino... saldrán cincuenta en la próxima semana... y dice que de ahí se irá desgranando la mazorca, porque hay mucha presión para que entreguen el estadio... El Deportes Concepción está sin estadio y dicen que por eso no gana..." -comenta en un extremo un compañero que siempre estaba "dateado", pero que no "apuntaba" una. "¿Han visto la asistencia del público a los estadios?... no va nadie... penan las ánimas..." "¡Los estadios están malditos!..., el pueblo lo sabe... cuando nosotros salgamos va a pasar lo mismo que en el estadio Nacional; van a ir cuatro gatos al fútbol..." -comentaban por ahí. "¡Balearon a Calderón... -cuenta nervioso un compañero-, sí, lo balearon en la Embajada de Suecia... le dispararon desde afuera... ¡cabrones!... quieren descabezar el movimiento obrero". Calderón era el más destacado dirigente sindical del Partido Socialista. "¡Está grave, dice un flash; lo llevarán al hospital militar, pero el embajador sueco pidió un médico a su país, tiene desconfianza...!" "¡Con lo miserables que se han portado algunos médicos se puede esperar cualquier cosa!", agrega un compañero muy excitado.

La verdad es que el baleo a Calderón conmocionó fuertemente nuestro relajado ambiente del estadio. La gente recordaba las luchas campesinas de las que surgió Calderón, las persecuciones de que fue víctima bajo el gobierno de Frei, su paso por el Ministerio de Agricultura y la despreciable campaña de prensa que le hizo la derecha.

-No sabe distinguir una semilla... -vociferaba Rafael Moreno, ... descalificando al primer campesino que ocupaba un ministerio en la historia de Chile...

-Pero sabe muy bien distinguir un latifundista de un campesino -fue el tapabocas que le dio Carlos Altamirano.

Cuando tuvimos la noticia que estaba fuera de peligro, hubo un suspiro de alivio en todos nosotros: Calderón estaba salvado, los campesinos podrían seguir contando con su vocero más destacado, los socialistas con un gran dirigente.

Otra noticia que hizo efecto en el estadio fue el reportaje que un periodista brasileño le hizo a Luis Corvalán, en Dawson. "Amo la vida, pero no temo la muerte si es el precio que debo pagar por defender mis ideas", fue el desafío que el líder comunista lanzó al rostro a los generales. Encarcelado y amenazado de exterminio, Corvalán habló al mundo de los horrores de Dawson, la inhospitalaria isla austral en la que los generales fascistas confinaron un grupo de ministros y altos dirigentes de la Unidad Popular. ¡Qué demostración más impresionante de coraje nos entregaba Corvalán a todos los que en algún momento sentimos miedo o angustia por nuestra suerte! ¿Quién podía escatimar su reconocimiento a una actitud de ejemplar consecuencia revolucionaria? Posteriormente, Clodomiro Almeyda denunció ante la opinión pública internacional, con igual valentía: "Me mantuvieron durante un mes con los ojos vendados y he sufrido toda clase de vejámenes", tiempo en que desapareció y se temió seriamente por su vida.

Para muchos prisioneros la noticia de estas declaraciones formuladas por Corvalán y Almeyda desde sus celdas resultó un verdadero impacto. Sólo gente que ha conocido el terror desatado por los fascistas en el interior de los campos de concentración puede medir la significación moral de las denuncias de Corvalán y Almeyda.

En esta línea de consecuencia revolucionaria estuvieron todos los "hombres de Dawson", isla austral en la que confinaron a los más altos dirigentes de los partidos y del Gobierno Popular.

Los nombres de: Clodomiro Almeyda, Luis Corvalán, Edgardo Enríquez, Aniceto Rodríguez, Orlando Letelier, Daniel Vergara, Hugo Miranda, Julio Stuardo, Aníbal Palma, Alejandro Jiliberto, José Cademártori, Camilo Salvo, Alfredo Joignant, Enrique Kirberg, Carlos Morales, Orlando Cantuarias, Anselmo Sule, Jaime Tohá, Pedro Felipe Ramírez, Fernando Flores y otros, se convirtieron en verdaderos símbolos morales y políticos de la resistencia chilena por su valerosa actitud frente a los desmanes del fascismo y por su espíritu unitario.

Símbolos igualmente dignos se convirtieron los nombres de los dirigentes socialistas Carlos Lazo y Erich Schnake, que junto con un grupo de oficiales constitucionalistas de la Fuerza Aérea fueron llevados ante un desvergonzado Consejo de Guerra, luego de ser bárbaramente torturados y víctimas de ridículas acusaciones. Entre estos oficiales, el general Alberto Bachelet murió bajo los apremios físicos, pero dejó una imagen imperecedera de hombría y lealtad al pueblo.

Por esos días supimos en el estadio la noticia de la muerte del padre de un compañero de celda, César Cabrera, fundador del Partido Socialista en Lota. La vida del viejo luchador se apagó, pero había de librar aún su última batalla por la causa socialista. Sus familiares envolvieron su cuerpo en el interior de la urna con la bandera del partido y sobre su pecho pusieron la insignia. Desde la clandestinidad, los camaradas le hicieron llegar una corona de flores con el dibujo del escudo socialista. Agentes del SIM se hicieron presentes en el velatorio y ordenaron el retiro de la ofrenda floral y provocaron un violento incidente para quitar la bandera, desistiendo finalmente, luego de amenazar a los familiares con las penas del infierno por el desafío a la autoridad militar. Toda la familia Cabrera había sufrido desde el primer día del golpe una despiadada persecución: las hijas fueron vejadas y torturadas en la vía pública, mientras la madre debió luchar tenazmente para impedir que a su marido agonizante se le llevara detenido. La suerte de esta familia nos causó profunda emoción, tanto por su tradición revolucionaria como por el hecho de haber sido profesor de estas muchachas que desde muy jóvenes revelaron su vocación socialista.

Nuestro compañero de celda era el representante del poder ejecutivo en la comuna de Lota y sufrió horrendas torturas, las que soportó con notable entereza. Cuando supo de la muerte de su padre y de los incidentes a que dio lugar su funeral, nos decía con lágrimas en los ojos: "El viejo murió peleando, con la bandera de toda su vida; a nosotros no nos doblegarán jamás..."

Luego de una tenaz persecución, fue detenido el profesor Mario Benavente P., miembro del comité central del Partido Comunista, quien se entregó cuando fueron aprehendidos sus hijos y su esposa; no obstante su entrega, sólo se consiguió la libertad de los hijos. A Benavente se le responsabilizaba de la conducción política del partido y de la formación de grupos armados en la región. La detención de sus familiares y una prolongada incomunicación quebrantó seriamente su salud. Con el propósito de debilitar su fortaleza, Benavente fue nuevamente incomunicado la noche de Pascua. Su mujer, que estaba también detenida en el estadio, logró hacerle llegar la siguiente comunicación: "Yo te adoro. Nada del mundo podría causarme mayor dolor que tu muerte, pero la prefiero a que te transformen en un delator, en un Judas de tus propios hermanos y compañeros. Fuerza, Mario. Estamos en esta difícil situación tu mujer y tus hijos, material y espiritualmente contigo y dispuestos a todo. Con amor. Nimia."

El SIM trabajaba intensamente en el estadio Regional. Todos los días se llamaba a diversos compañeros a las temibles oficinas donde se efectuaba el "hábil interrogatorio". El caso más revelador de la bestialidad de estos verdugos dirigidos por el mayor Sánchez, fue la tortura a que sometió al dirigente minero Isidoro Carrillo y a sus dos hijos mayores, antes de su traslado a la Quiriquina. Les destruyeron la dentadura y fracturaron costillas; posteriormente al fusilamiento, los hijos de Carrillo fueron llamados e informados, con el periódico a la vista, de la ejecución de su padre, y nuevamente torturados; fueron incomunicados durante 15 días en un último intento para arrancarles declaraciones que justificaran la ejecución del dirigente minero.

Compartí con uno de los hijos de Carrillo largo tiempo en la isla Quiriquina, el estadio Regional y Chacabuco, y pude conocer detalles de la vida de su padre y del drama de una familia de 13 hijos. Formados en la juventud comunista, se habían sobrepuesto a su dolor y miraban el porvenir con la confianza de los hombres que sienten fundidas sus vidas a la fuerza irreductible del pueblo. Otro caso revelador del trato dado a los prisioneros en el estadio Regional fue el del dirigente minero, también comunista, Romilio Garcés, quien murió a pocos días de su liberación a consecuencia del maltrato recibido.

En el estadio fue interrogado siete veces. Tres fueron los temas sobre los cuales había mayor interés en "conversar" conmigo: mi reciente viaje a Cuba, una inverosímil acusación de infiltración en las fuerzas armadas y un texto de educación política del que era autor y que había sido encontrado en una "Escuela de Guerrillas" (2). La verdad es que yo no fui torturado físicamente en los interrogatorios, aunque sí, en tres ocasiones, se me amenazó con las penas del infierno; amenazas que se combinaban con el ofrecimiento de la inmediata libertad a cambio de una adecuada "cooperación". Ante la insistencia de que diera nombres de dirigentes del partido, decidí ser claro y definitivo:

-Señores, yo asumo plenamente la responsabilidad de mis actos políticos. Soy socialista. Desde hace unos veinticinco años he luchado por mis ideas, convencido de que son las mejores para Chile... Me acusan de concientizar porque he escrito un texto de educación política; sí, efectivamente, soy responsable de esa actividad, pero no voy a darles los nombres que me piden... no soy un delator...

Uno de los hombres del SIM me respondió con buenas maneras:

-Quiere decir, profesor, que tendrá que armarse de mucha paciencia... Si no coopera no va a salir libre y va a tener que pasar un tiempo muy largo detenido... Usted dirá...

En el transcurso de estas sesiones, temí más de una vez el espanto de ser llevado a las cámaras de tortura, de las cuales en dos ocasiones, sentí los desgarradores gemidos de mis compañeros martirizados.

Sin embargo, pude sentir también como una fuerza moral formidable, la vigencia de la lealtad de mis compañeros. Con qué satisfacción comprobé que en mi partido la buena madera es infinitamente mayor que los tres o cuatro palos podridos que no resistieron el temporal. En esa fragua tensa y decisiva, se conoció la calidad de la gente. Recuerdo el caso de un periodista amigo, sin militancia partidaria, a quien trataron de vincular a mis actividades y que soportó el presidio, los apremios y las amenazas, sin acceder a dar el pretexto que los militares buscaban para llevarme a consejo de guerra, por "infiltración en las fuerzas armadas".

¿Por qué a mí no me torturaron como a otros prisioneros? Diversos factores podrían explicar la excepción. Ante todo, al juzgar por las propias palabras de mis interrogadores, la tenaz presión que algunos amigos hicieron desde el exterior, me rodeó de cierta "inmunidad universitaria". Además, habría de incluir el azar. No todos los equipos del SIM eran iguales. Había entre ellos verdaderas bestias humanas, enfermos de odio, cuya crueldad resulta inconcebible, pero también algunos elementos solían tener consideración humana con los detenidos y algún respeto por los universitarios. Por fortuna, la mayor parte de mis interrogatorios fueron hechos por gente no perturbada por el odio.

A las 6 de la tarde, cesaban todas las actividades y venía la formación de control. Luego, en sucesivas filas, la gente se marchaba hasta sus celdas. A esta hora se producía una notoria depresión, que se expresaba a veces en una marcha silenciosa frente a la mirada satisfecha de algunos oficiales que a esa hora sentían como nunca la evidencia de su "gloriosa victoria".

En el interior de cada celda se vivía con matices diferentes de acuerdo al tipo de habitantes, su personalidad, cultura y armonía psicológica.

En mi celda se vivió siempre un ambiente de fraternales relaciones. Gente con un agudo sentido del humor, sabía encontrar mil y una formas de entretenerse, inventando coplas, contando chistes, haciendo bromas, inventando cuentos fantásticos en los que siempre había alguien que creía. Desde las 6:30 hasta las 11 o 12 de la noche, nuestra celda vivía quizá las mejores horas del día. En estas horas, que para muchos serán inolvidables, se destacaba un personaje excepcional por su talento nato, su personalidad pintoresca y su simpatía desbordante: Juanito.

Juanito era un mapuche consciente y orgulloso de su raza. Durante varios días nos disertó sobre variados aspectos de la vida social y cultural de su pueblo. Nos transmitía una cosmovisión que reflejaba el "desarrollo combinado" que tenia en la cabeza: el hombre creía que de un cabello se podía hacer crecer un culebrón alimentándolo con leche y con el cual algunos hacían pactos con el diablo... Nos hablaba de terribles "cueros" que había en los ríos del Sur y que atacaban al hombre... nos daba su imagen fantástica sobre la masonería... pero al mismo tiempo, nos asombraba con sus conocimientos de historia de la conquista de América, de la resistencia de Lautaro, del despojo de las tierras de sus antepasados en la república...

Una vez que alguien le preguntó si estaba cansado de tantos meses preso, Juanito replicó con voz categórica:

-Mi pueblo peleó varios siglos contra el colonialismo español y yo voy a estar cansado cuando recién comienzo a pelear contra el colonialismo norteamericano... No, compañero, esta pelea recién está comenzando... Juanito comenzó a dar clases de lengua mapuche y leía con extraordinario interés cuanta cosa relacionada con su raza salía en la prensa, en algún libro que circulaba; siempre con su sombrero puesto, alegre y firme como un roble.

Era la tarde del 24 de diciembre de 1973. La marcha de las columnas de prisioneros hasta sus celdas tuvo un sabor más amargo que nunca. Sobre nosotros se descargaban las imágenes de nuestros hijos y mujeres en tantas navidades. Se cerraron las puertas de las celdas. En todos los rostros había una marca de indisimulada tristeza.

-Bueno... -exclamó uno de los compañeros que lidereaba el grupo-, tenemos que apalear las penas, porque si no, en unas horas más aquí va a quedar la pura llantería... Organicémonos, juntémonos con todo lo que tengamos y preparemos una "cena de Pascua", cantemos, contemos chistes; "démosle calor" a la cosa, no le llagamos el gusto a los "milicos" que deben estar felices con nuestra tristeza...

De todos los sectores salieron voces de aprobación. "No hay que echarse a morir, compañeros... al mal tiempo buena cara... no hay que aflojar...", repetían unos a otros.

Así se hizo. Comenzó una algarabía creciente, canciones picarescas, chistes de todos los tonos, bullicio generalizado, un ambiente festivo. Se compartían frutas, caramelos, pan de Pascua y otros alimentos que nuestras mujeres nos habían hecho llegar. Sin embargo, en el tras-fondo de nuestra alegría, en la medida que avanzaban las horas, una angustia creciente iba apagando una a una las voces y bajando notoriamente el clima de la euforia. Se acercaban las doce de la noche. ¿Cuántas veces a esa hora gozábamos, con la expectativa dibujada en los ojos, de nuestros hijos que miraban los regalos junto al árbol de Pascua?

Todo parecía desmoronarse, cuando alguien sintió que tocaban a la puerta; al abrirse, tremenda fue nuestra sorpresa. Hicieron su entrada dos compañeras seguidas por un centinela. Una de ellas se adelantó y tomó la palabra para decirnos: "Queridos compañeros: hemos solicitado permiso para traerles el saludo de las mujeres detenidas del estadio en esta noche que tanto significa para todos nosotros... Queridos compañeros, nosotras sabemos que esta noche es para ustedes más dura que tantas noches vividas en los lugares de reclusión. Ahora ustedes sienten quizá como nunca la distancia que los separa de sus mujeres y de sus hijos, de la intimidad de sus hogares. Por eso, queridos compañeros, hemos decidido venir a traerles con nuestra presencia todo el aliento que podemos brindarles y decirles esta noche, las mujeres del estadio, que los queremos fuertes, indoblegables, enérgicos... La mujer siempre ha admirado en el hombre su coraje, su reciedumbre, su voluntad para luchar, cualidades que deben ser todavía más sobresalientes en los revolucionarios... Por eso, esta noche les exigimos sean fuertes, les pedimos que encuentren en su unidad y conciencia la fuerza necesaria para sobreponerse y seguir mirando la vida con optimismo... Aquí tienen en esta flor el símbolo de nuestra amistad y afecto..."

Cada palabra de aquella mujer, entera y firme, nos traspasaba el alma con una descarga de fuertes emociones. Pero había que ser fuertes y pudimos no sólo escucharla, conteniendo una irresistible necesidad de llorar, sino también abrazarla y entregarle el testimonio de nuestra entereza revolucionaria. Mientras la compañera hablaba, por la ventana de la celda, la mano anónima de un militar entregaba, con destino a muchos compañeros, tarjetas postales confeccionadas con hojas de todo tipo de papel y con artísticos adornos confeccionados con recortes de revistas; cajetillas de cigarros, envolturas de conservas, que también nos enviaban las prisioneras del estadio.

Al día siguiente, tuvimos la oportunidad de recibir la visita de nuestras esposas. Fueron dos horas de intensa emoción. Mi compañera tenía en el rostro las huellas de su martirio y el luto de nuestros amigos asesinados: Ricardo Lagos, alcalde de Chillán, y su esposa, Sonia Ojeda; Reinaldo Poseck, Francisco Sánchez, Patricio Alarcón, Fernando Alvarez, Danilo González, nombres asociados a tantos acontecimientos de nuestras vidas. Con verdadera admiración me contó su encuentro con Adriana Ramírez, esposa de Fernando Alvarez.

-Es una mujer increíble -me dijo. Ha sufrido mucho, pero conserva una entereza y confianza en el futuro que me ha transmitido fuerzas para sobreponerme... Se enfrentó al general Carrasco y a los jefes de Carabineros de la Cuarta Comisaría con una valentía tremenda. Ha incinerado el cuerpo de Fernando y lo tiene en su casa en un cofre de cobre, sobre el que ha puesto su carnet del Partido Comunista.

Al regresar a la celda, todos caminábamos radiantes de alegría. No sólo habíamos podido ver a nuestras compañeras, sino recibir de ellas el aliento y su decisión irrevocable: no doblegarse. En ese clima de viva emoción, un profesor amigo resumió la admiración que todos sentíamos por nuestras compañeras: "¡Qué grandes son nuestras mujeres, camaradas!"


Notas:

1. Denominación popular dada a los militares.

2. Estudio y partido. Apuntes para la educación política. Ediciones del Comité Regional de Concepción, Partido Socialista de Chile, 1972.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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