Prisión en chile


2. La revancha de los terratenientes

Al compañero Allende lo mataron porque fue el primer
Presidente de Chile que se acordó de nosotros, los campesinos.

Una dirigente campesina.
Isla Quiriquina, septiembre, 1973

Nunca se sabrá cuál ha sido exactamente la cantidad de patriotas asesinados por orden de los generales traidores. Los fusilamientos, acordados por los desvergonzados "consejos de guerra", son una minúscula porción de la interminable cadena de asesinatos cometidos a la sombra de la noche en poblaciones, centros laborales y presidios. Por las revelaciones recogidas en Quiriquina, estadio Regional de Concepción y Chacabuco, la mayor cuota de sangre ha sido derramada en el campo. La revancha de los terratenientes ha sido monstruosa y corresponde a la profundidad de los cambios que el gobierno del presidente Allende realizó en el agro. Al 11 de septiembre de 1973, el gobierno del presidente Allende había destruido totalmente el latifundio, aplicando resueltamente la Ley de Reforma Agraria aprobada por el gobierno demócrata cristiano.

La conciencia y la organización campesina adquirió un extraordinario nivel: los trabajadores del agro se incorporaron definitiva y masivamente a la vida ciudadana. Los cambios operados en la agricultura tuvieron especial relevancia en dos provincias vecinas a Concepción: Ñuble y Bío-Bío.

Alrededor de 200 dirigentes campesinos de Bío-Bío fueron trasladados a la isla Quiriquina, luego de ser sometidos a bestiales torturas por militares y carabineros. Nos contaron cómo oficiales, enfermos de odio clasista, escupían sus botas y luego ordenaban a los detenidos limpiárselas con la lengua. Los obligaban a tragar su orina y sus excrementos; o bien, les servían sus alimentos en los platos usados previamente por centenares de otros prisioneros. Además de los azotes y puntapiés, fusilamientos simulados y vejámenes morales increíbles, los prisioneros eran subidos a los camiones, tendidos y colocados unos sobre otros, hasta colmar las barandas. Numerosos campesinos, de los que quedaban al fondo, perecieron asfixiados o aplastados por el peso de sus compañeros.

Entre los asesinatos masivos que logramos registrar en la provincia se cuenta el de dieciocho dirigentes de Laja, que fueron fusilados sin juicio alguno; se aplicó a sus cuerpos cal viva para borrar las huellas de las torturas y mutilaciones. Entre estos dirigentes estaban los socialistas Alonso Macaya y Rubén Campos, y el mapucista Jorge Lamana. En el fundo forestal El Morro se asesinó fríamente a entre quince y dieciocho campesinos, acusados de estar preparados militarmente. Sobre los puentes del alto Bío-Bío fueron ultimados cincuenta campesinos y dirigentes obreros. Los hombres fueron lanzados sobre el torrente y las rocas de una altura superior a 70 metros, y cuando iban en el aire se disparaba sobre ellos. Los muertos en esta provincia alcanzan varios centenares y a muchos miles los torturados, heridos y lanzados a los caminos con todos sus enseres domésticos. Una cantidad indeterminada huyó por los flancos cordilleranos hasta la vecina República Argentina, cruzando a pie la cordillera de los Andes.

Entre las personalidades más destacadas que cayeron en la provincia figura el economista socialista Pedro Ríos, ex director de la sede de la Universidad de Concepción, instalada en Los Ángeles. Ríos se encontraba el 11 de septiembre cumpliendo importantes tareas de gobierno al frente de un organismo de planificación regional. Pedro Ríos fue detenido y trasladado a Temuco, ciudad en la cual, como corolario de brutales tormentos, fue fríamente asesinado. Sus antecedentes de haber trabajado en Cuba durante los primeros años de la Revolución, lo "marcó" definitivamente ante los fascistas.

El diputado socialista por la región, Arturo Pérez Palavecinos, fue capturado y sometido a un demencial trato de castigos y humillaciones que podrían haber enloquecido a cualquiera. Incluso su esposa fue detenida y trasladada a la isla Quiriquina, no obstante lo cual tuvo valor para resistir, demostrando una vigorosa personalidad política que terminó por agotar a sus verdugos. Con Pérez Palavecinos iniciamos juntos nuestra lucha política en el Liceo de Chillán, y sentimos un verdadero "orgullo generacional" cuando escuchábamos a los campesinos de su provincia relatarnos con admiración su voluntad de no doblegarse ante ningún apremio. Entre los oficiales fascistas de Los Angeles, el capitán Walter Klutz adquirió fama de bestia enferma de odio; personalmente ejecutaba las torturas y vejaciones. Acostumbraba contar a los prisioneros, propinándoles a cada uno violentos puñetes en el rostro; o bien, al tenderlos en el suelo, pasar sobre sus espaldas cargando sus botas y profiriendo toda suerte de injurias. En una oportunidad llamó a un grupo de prisioneros para invitarlos a reconocer a algunos militantes de la izquierda regional que aparecían en algunas fotografías que tenia en sus manos:

-żConoces a éste?... y ża este otro?... y ża este otro? -preguntaba, con una sonrisa diabólica, y luego exclamaba: Ħa éste lo maté ayer, a este otro esta mañana y a éste lo mataré esta noche!

La reseña de crímenes en la provincia de Ñ es escalofriante: el alcalde de Chillán, un ingeniero socialista, Ricardo Lagos Reyes; su esposa, la profesora Sonia Ojeda, y su hijo, estudiante universitario, Carlos, fueron masacrados en su propio domicilio por una patrulla de carabineros que buscaban "armas cubanas". Sus cuerpos fueron paseados por la ciudad en un vehículo policial, para sembrar el terror, mientras su hogar fue entregado al saqueo. Lagos era un hombre de sólido prestigio ganado en una vida de esfuerzo y una larga actividad pública. El signo dominante de su personalidad era la responsabilidad y entrega ilimitada a la causa revolucionaria. Es evidente que Lagos fue asesinado premeditadamente. Las autoridades militares lo confirmaron como alcalde de la ciudad, mientras en la sombra preparaban su aniquilamiento.

El abogado Reinaldo Poseck Pedreros, secretario regional del Partido Socialista, fue bárbaramente torturado hasta llevarlo a la muerte. Poseck había sido durante veinticinco años abogado de los sindicatos de la región, trabajo que realizó siempre con especial dedicación y sin hacer jamás exigencias económicas. Su labor profesional favoreció especialmente a los campesinos, quienes ganaron innumerables batallas reivindicativas gracias a su honesta e intransigente defensa jurídica. Poseck era un destacado dirigente regional del Partido Socialista, en el que militó desde sus años de estudiante en la Universidad de Concepción y a la que entregó su vida con auténtica devoción revolucionaria. Era un hombre de una honestidad poco común. Jamás se deslumbre con las posibilidades mercantiles que su profesión abre en la provincia donde el título de abogado suele ser una patente de corso. Modesto hasta la exageración, jamás abrigó ambiciones de figuración personal. Sentía y vivía con sinceridad los principios éticos del socialismo.

Poseck logró eludir durante varios días la persecución oficial, ocultándose en poblaciones obreras donde tenía innumerables camaradas. En una oportunidad un militar de tropa irrumpió al interior de una modesta vivienda obrera, como parte de una acción destinada a encontrar al dirigente socialista. El soldado reconoció a Poseck, pero se retiró sin decir nada, y a pocos metros de la vivienda dio cuenta al oficial que no había nadie a quien aprehender. Sin embargo, días más tarde Poseck fue detenido en la población obrera Salvador Allende y sometido a un violento castigo, a tal punto que sus verdugos, temerosos de que muriera antes de ser interrogado, lo llevaron al hospital de Chillán. Al poco tiempo, se le trasladó al Regimiento de la ciudad, para ser interrogado. Abrumado por las torturas y vejámenes, Poseck no resistió las provocaciones de sus interrogadores y convencido de que su fin era inminente, se levantó de su asiento y propinó un violento puñete al agente del SIM, quien al instante descargó su revólver sobre el dirigente socialista.

Otros socialistas asesinados en Ñ fueron el secretario provincial de la Central Unica de Trabajadores (CUT), Robinson Ramírez, obrero de la industria del cuero, con dilatada trayectoria sindical; los dirigentes campesinos Octavio Riquelme, Sergio Cádiz y Gilberto Pino;

el ex presidente de la Federación de Estudiantes de Ñ y dirigente regional del partido, Patricio Alarcón Valenzuela, y el jefe de la Brigada Universitaria de la Universidad de Chile, profesor Francisco Sánchez. Entre los comunistas, fueron asesinados el dirigente campesino Carlos Montecinos; el dirigente del gremio de taxistas, Cleofe Urrutia, y dos funcionarios del Ministerio de Agricultura, de apellido Fetis. Entre los radicales, se registra muerte de los dirigentes de la juventud de ese partido: Patricio Weitzel Pérez, Arturo Prat Martí, Gregorio Retamal Venegas, Jaime Vegas y Carlos Sepúlveda Palavecinos, este último asesinado frente a su casa, en presencia de su esposa e hijos.

El asesinato del dirigente del Partido Radical, Patricio Weitzel Pérez, constituyó uno de los hechos más escalofriantes de la represión fascista en Ñ. Su esposa Ana María Morgado Rubilar, de 25 años de edad y madre de 3 hijos, entregó a la Tercera Reunión Internacional Investigadora de los Crímenes de la Junta Fascista Chilena un testimonio que merece ser reproducido integralmente. (1)

"El 18 de septiembre de 1973, mi marido, Patricio Weitzel Pérez, se presentó al cuartel de investigaciones por haber sido requerido públicamente por un bando militar. Se le acusó de haber participado en el asalto a la emisora 'Los Héroes', de Chillán, hecho ocurrido en agosto del mismo año. A pesar de la violencia con que se le trató en los interrogatorios, que duraron 8 días, fue declarado inocente de dicha acusación y puesto en libertad el 25 de septiembre. Ya en la casa, me contó que había sido interrogado en la Fiscalía Militar, en presencia del secretario general de Patria y Libertad, de Chillán, señor Cox, y de otros miembros de este siniestro grupo. En presencia de ellos fue desnudado, amarrado y colgado de los pies con la cabeza hacia abajo. Lo mojaban para luego aplicarle corriente eléctrica principalmente en los órganos genitales. Muchas veces fue atado e introducido en un tarro de lata. Allí era golpeado con la culata de los fusiles hasta hacerlo desfallecer de dolor. Una noche lo encapucharon y lo sacaron a un patio, donde le informaron que sería fusilado. Le dijeron que debía escribir una carta a su mujer y despedirse en ella de sus hijos, pues había llegado su fin. La comedia terminó cuando, al momento de disparar, recibió un culatazo que le produjo una larga inconsciencia. Cuando reaccionó, estaba en la cárcel pública. Al día siguiente, el octavo de su detención, un ministro militar de visita lo puso en libertad incondicional por falta de méritos. El primero de octubre, mientras se recuperaba de las torturas recibidas en los interrogatorios, fue nuevamente detenido por una patrulla de carabineros al mando del sargento primero Herminio Fernández y el cabo Francisco Opazo. Junto con mi esposo fueron detenidos dos amigos que en ese momento lo visitaban. Ellos eran Arturo Prat Martí y Gregorio Retamal Venegas, egresados de la Escuela Normal de Chillán y ambos militantes de la Juventud Radical Revolucionaria.

"El 2 de octubre comenzó nuestra desesperada búsqueda de información sobre el paradero y la suerte corrida por mi esposo y sus compañeros. De nada sirvieron los ruegos y súplicas; tampoco nuestra angustia. Nadie reconocía haberlos detenido. Así recorrimos todas las cárceles y campos de concentración en que se nos permitió consultar. De esta manera transcurrieron tres largos meses de una angustiosa y desesperada búsqueda, hasta que, en la mañana del 27 de diciembre del mismo año, llegó al taller de relojería, del cual mi suegro es propietario, un campesino que deseaba que le repararan un reloj de pulsera. Con enorme sorpresa y angustia, mi suegro reconoció el reloj de su hijo. Preguntó al campesino dónde lo había obtenido, pero el hombre, atemorizado, huyó a su hogar. Hasta allá fue seguido por mi suegro, quien lo interrogó. La respuesta fue que había sacado el reloj a uno de los cadáveres que se encontraban al otro lado del río Ñ.

"Inmediatamente nos trasladamos a ese lugar mi suegro y yo. El espectáculo que descubrimos era realmente patético y siniestro. Yacían ahí 12 cadáveres carcomidos por el agua, los gusanos y las ratas. Algunos estaban amarrados con gruesos alambres; otros mutilados, en condiciones irreconocibles, salvo por las ropas que aún permanecían en sus cuerpos. Reconocí el rostro de mi esposo. Temerosos de que pudiera desaparecer su cadáver, lo ocultamos inmediatamente en una pequeña tumba que cavamos cerca.

Al día siguiente nos dirigimos al tercer Juzgado del Crimen de Chillán a denunciar su asesinato y exigir se levantara el acta de defunción. Después de un largo día de tramitaciones, logramos obtener lo solicitado. El parte oficial, fechado el 28 de diciembre de 1973, señala que la causa de la muerte fue: "Anemia aguda con perforaciones múltiples de bala." Hago notar que junto al cadáver de mi esposo se encontraba el de Gregorio Retamal Venegas en condiciones similares. El cuerpo fue también entregado a sus familiares, con el certificado de defunción correspondiente. El cadáver de Arturo Prat no ha sido hallado hasta ahora.

No bastó a los fascistas lo ya narrado. Los allanamientos a mi hogar continuaron en forma constante. Finalmente, fui detenida el 15 de enero de 1974 por una patrulla de carabineros al mando del mismo suboficial que había apresado a mi esposo: Herminio Fernández. Sin dar ningún tipo de razones, me entregó al regimiento de Chillán. En cuanto entré al regimiento, fui amarrada de pies y manos con apretados alambres, y me vendaron los ojos. En estas condiciones, me arrojaron a un calabozo muy húmedo y estrecho, donde permanecí por espacio de unas tres horas. Luego fui sacada de allí y conducida a una sala grande, donde me ataron a un poste. El interrogatorio comenzó con la siguiente frase: 'ĦBueno, mierda! Ya que tu cagada de marido no dijo dónde había armas, tú vas a cantar ligerito si no quieres que te matemos a ti y después a tus 'huachos'.' Como mi respuesta fue que jamás vi nada, recibí el primer latigazo con lo que parecía ser una correa de cuero muy ancha. Al primero siguieron muchos y muchos más. No podía yo responder lo que ellos querían, por lo que me dijeron: 'Ya que no hablas te vamos a hacer algo que te hará cantar hasta cómo se llama tu abuela'.

"Así, en medio de insultos y risas grotescas, fui desnudada. Me mojaron con agua y luego me botaron al piso, con los brazos y las piernas abiertas. Empecé a sentir fuertes golpes eléctricos. Tanto se repetían las descargas de electricidad que sufrí numerosos desmayos, y aunque gritaba suplicando que me dejaran, que nada sabía, que estaban equivocados, de nada servía. A veces me metían a una celda para que me recuperara y pronto era sacada nuevamente para continuar el tratamiento. En muchas ocasiones los oficiales llamaron a les soldados diciéndoles: 'Vengan a entretenerse con ésta un poco, porque lo necesita'. Así fui vejada y violada muchas veces. Luego, para reaccionar, me metían en unos tambores con agua durante algunos minutos, y nuevamente desnuda y mojada me devolvían a mi celda. Así, angustiada, sufriendo constantemente humillaciones, torturas y vejámenes, viví en el regimiento de Chillán durante 15 días, en los cuales mi único alimento consistía en té frío y algo de pan remojado.

"Un día, después de ser otra vez violada, me subieron a una mesa y me abrieron las piernas, introduciéndome alambres eléctricos en la zona vaginal. Sentí un fuerte golpe de corriente; creí que mi vida ya se terminaba, que me moría. Algo muy grave estaba pasando, pues entre los continuos desfallecimientos oía voces que me parecían lejanas diciendo: 'ĦLa cagamos! Avisen para que la botemos'. Perdí definitivamente el conocimiento. Desperté en la sala de operaciones del hospital Herminda Martín. Había sufrido la ruptura del útero y tenía una fuerte hemorragia. Allí permanecí 10 días, al cabo de los cuales fui puesta en libertad con la advertencia de que si salía de mis labios alguna palabra en relación con las causas que originaban mi estado, ello me costaría la vida.

"Durante mi permanencia en prisión sólo se me exigió confesar en qué lugar se encontraban las armas que supuestamente ocultaba mi marido, cosa que jamás habría podido declarar por ser absolutamente falso. En septiembre de 1974 pedí asilo en la Embajada sueca en Santiago."

Centenares de cadáveres, a menudo imposibles de identificar por las torturas, fueron arrojados a los ríos Ñuble, Itata, Chillán, Cato, Niblinto, etc., a tal punto que la jefatura militar dictó un bando prohibiendo la caza y la pesca 'hasta nueva orden'...

En Chacabuco pudimos confirmar que el golpe en el agro fue particularmente brutal. En el sur del país, aldeas completas fueron arrasadas por bombardeos aéreos; hubo centenares de fusilados sin juicio alguno y muchos en compañía de toda su familia. Las torturas rayaron en la locura: los prisioneros solían ser atados de pies y manos, luego colgados de los pies y elevados en un helicóptero y lanzados contra matorrales espinosos. En el complejo maderero de Panguipulli, un oficial de la FACH ordenó fusilar familias enteras "para que no quede semilla del marxismo en el campo chileno".

Los latifundistas regresaron a sus haciendas en gloria y majestad para aplicar su ley secular: explotar más al hombre que a la tierra. Al cabo de algunos meses, los generales entregaron el control del sector agropecuario a oficiales del cuerpo de Carabineros.

Los policías se instalaron en la Corporación de Reforma Agraria, Instituto de Desarrollo Agropecuario, Servicio Agrícola y Ganadero y de otros organismos encargados de diversos aspectos de la política agraria. Entre sus primeras preocupaciones, los carabineros anunciaron que se "devolvería la tierra injustamente quitada a sus legítimos dueños", y además cancelarían toda actividad sindical, "para regresar la paz a los campos perturbados por la agitación política". Un campesino, al escuchar en rueda de amigos comentarios sobre la "política agraria" de los carabineros, preguntó sinceramente asombrado: "Por qué les entregaron el agro a los carabineros si no saben nada de agricultura?... A lo mejor -agregó socarronamente- porque los carabineros saben andar a caballo..."


Notas:

1. Efectuada en México, del 18 al 21 de febrero de 1975.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube