Prisión en chile


1. Pesadilla en la isla

Nunca en mi vida había sufrido más que bajo las botas y la picana eléctrica en la Cuarta Comisaria de Carabineros, pero ahora que todo pasó, que comprobé cuánto se puede aguantar, estoy feliz, seguro que me la "pude"; con orgullo revolucionario... ¡Me la pude, compañeros, me la pude...!

Un minero de Lota, Quiriquina, 1973.

Eran alrededor de las 4 de la tarde cuando la embarcación tocó el muelle de la isla Quiriquina, situada a una media hora de navegación del puerto de Talcahuano. Formábamos una columna de unos cincuenta prisioneros y se nos ordenó caminar rumbo a la Escuela de Grumetes. A poco andar, se nos detuvo en una cancha de fútbol. Comenzó un severo registro de la ropa y la identificación verbal, hecha por la espalda, por un sargento de infantería de marina. En el grupo iban unos diez a doce extranjeros, estudiantes universitarios, brasileños, bolivianos, ecuatorianos, peruanos y panameños, a quienes se separó del grupo dando varios pasos al frente. Se inició una sesión de vejaciones incalificables.

Un sargento se dirigió a ellos en el conocido lenguaje de los infantes de marina. Los calificó de "manzanas podridas" que habían traído el veneno de la división y el odio a un país donde todos eran hermanos. Les reclamó que habían estado "robando" su alimentación, vestuario y educación al pueblo chileno:

-Ahora, esa deuda que tienen con Chile la tendrán que pagar con trabajo, mierdas...

Frente a nosotros, los estudiantes latinoamericanos fueron obligados a lanzarse de bruces y gritar ¡Viva Chile mierda! Un infante de marina les propinaba una violenta patada en la espalda y los conminaba a lanzar ese grito de refinado patriotismo de cuartel. Una y otra vez se repetía el ejercicio. Luego fueron obligados a tenderse sobre el suelo, boca abajo, y a caminar haciendo el punto y codo:

-Como en la guerrilla, mierdas, como se instruían en los campamentos de guerrilleros...- exclamaba el sargento, mientras pateaba el cuerpo de los estudiantes.

Los extranjeros fueron reintegrados a la columna, se dio orden de marchar. La columna caminaba lentamente. ¿Hacia dónde?, ¿nos irían a fusilar, como se nos había amenazado varias veces? Nos detuvimos frente a uno de los muros del gimnasio de la Escuela de Grumetes. Se nos ordenó quitarnos la ropa y permanecer con las manos apoyadas sobre el muro y las piernas abiertas, mientras infantes de marina se ubicaban a nuestra espalda. Permanecimos en esta posición alrededor de una hora, o poco más. Nadie nos decía nada, el silencio era absoluto. Por nuestra mente pasaban las imágenes más queridas y el recuerdo de tantas luchas. Estábamos derrotados y quizá esa sería nuestra última jornada.

Un grito destemplado nos ordenó vestirnos, luego girar hacia la izquierda y marchar hasta una piscina sin agua. En el interior estaban contemplándonos, mudos y tensos, varios centenares de prisioneros políticos. Una fuerte emoción sentimos al ingresar a este recinto, al estrecharnos las manos con antiguos camaradas del partido, colegas universitarios, líderes sindicales y estudiantiles, anónimos campesinos y obreros que habían sido arrancados brutalmente de haciendas y fábricas.

A los pocos instantes pudimos advertir que, más allá de una alambrada, un crecido número de mujeres prisioneras nos miraban tratando de identificarnos.

-Hay muchas compañeras detenidas -me dijo un dirigente del partido-, las han ultrajado de manera increíble ... son unas bestias...

Había comenzado la pesadilla de la Quiriquina. Era el 15 de septiembre y allí habría de permanecer hasta comienzos de diciembre.

El gimnasio de la Escuela de Grumetes se convirtió en la cárcel de casi un millar de prisioneros. El número oscilaba diariamente con la gente que salía e ingresaba sin arreglo a ningún criterio. La incertidumbre sobre el destino de cada uno era total. El espacio físico se hizo insoportablemente estrecho. Hubo instantes en que apenas había alguna posibilidad de desplazamiento en el interior, y las dificultades de muchos compañeros para hallar un mínimo espacio donde dormir. El hacinamiento era tal que en muchas colchonetas, y no todos las tenían, solían dormir hasta tres compañeros tapados con una sola frazada. El gimnasio estaba rodeado de alambradas, y a la altura de los ventanales se alzaron varias torres con guardias que nos apuntaban noche y día. No pocas veces los jóvenes grumetes que montaban guardia se distraían, y se les escapaba algún disparo que ocasionaba viva inquietud entre los prisioneros. En el interior, la vida cotidiana transcurría bajo fuerte presión psicológica. Por las noches, se abría la puerta principal, y una voz tronante urgía la presencia de compañeros con destino a la suerte más variada: algunos eran llevados al Fuerte Borgoño, para ser sometidos a periodos prolongados de torturas; otros, trasladados a la fatídica Cuarta Comisaría de Concepción, con el mismo propósito; otros más, castigados ahí mismo en la isla, con descargas de corriente eléctrica, inmersiones en agua, puntapiés, simulacros de fusilamiento, etc., mientras el resto de nosotros no podía dormir por la tensión de los continuos disparos durante la noche.

Las condiciones higiénicas eran deplorables. En el interior del gimnasio no había excusados. Durante las primeras semanas se controlaba estrictamente la salida para satisfacer las necesidades fisiológicas elementales. Se disponía de uno a dos minutos para esta emergencia y se debía salir al trote, con las manos en la nuca y seguidos por un infante de marina que corría al lado, encañonándonos. Los servicios higiénicos eran muy escasos y pronto quedaron inutilizados. Sólo acercarse a ellos representaba una tortura terrible.

La situación tuvo un cambio positivo cuando la Cruz Roja Internacional obligó a los marinos a instalar servicios higiénicos de emergencia. Se instalaron pozos sépticos y se aflojó el control para salir a usarlos. El agua era muy escasa. Sólo el débil chorro que surtía una bomba del grueso de un dedo meñique era la fuente de suministro para la bebida y el aseo personal. Posteriormente se obtuvo, como gran concesión, que a las 7 de la mañana se ofreciera la posibilidad de "manguerearse" con agua de mar, en el interior de la piscina, a campo abierto y con las bajas temperaturas y los vientos de octubre.

La alimentación era mal preparada y de pobre valor nutritivo. Sin embargo, los días miércoles se servía una comida especial. ¿Por qué? Porque para ese día se habían previsto las visitas de inspección de organismos internacionales, colegios profesionales, personalidades religiosas, etc. Era indignante ver a los reporteros gráficos de la prensa controlada por los militares aparecer ese día para hacer reportajes y tomar fotos que publicaban sus diarios y programas de televisión, mostrando los platos de nuestra alimentación:

-No estuvo mal la comida ayer en Quiriquina -decía un pasquín regional-; muchos presos están comiendo mejor que en su casa...

La incomunicación con nuestros familiares era total. Gracias a las gestiones de las iglesias cristianas y de organismos internacionales, se logró, después de varias semanas, establecer un flujo de correspondencia bajo censura. ¡Qué inmenso alivio poder escribir a nuestras mujeres, a nuestros hijos, y decirles que aún estábamos vivos! ¡Qué emoción recibir las primeras cartas que nos traían el mensaje de aliento y amor de quienes estaban, sin duda, sufriendo más que nosotros en la incertidumbre, por la brutalidad de los hechos que todos conocían, los rumores agobiantes que corrían de boca en boca con caracteres de verdad apocalíptica!

Más adelante se autorizaron encomiendas con ropa y alimentos. Seria el comienzo de una fase menor del botín de guerra de los victoriosos soldados que habían salvado en Chile la propiedad privada: encomiendas enteras se perdían o llegaban incompletas en diversos grados. ,¡A quién reclamarle? Cuando el problema se planteaba a los oficiales de seguridad, de inmediato se amenazaba con terminar con la recepción de encomiendas:

-Para evitar estas dificultades; por lo demás, ustedes no tienen derecho a nada y de puro buenas personas que somos les estamos autorizando recibir alimentos y ropas... Es mejor que terminemos con estos reclamos, porque mi comandante ya está cansado de oír estas quejas...

Los nuevos contingentes que se concentraban en el gimnasio aportaban más leña a la tensión: relatos sobre el espanto que azotaba los barrios obreros, fábricas, aldeas rurales, aulas universitarias: fusilamientos sin juicio en los centros de trabajo, en las calles; lanzamientos al mar desde helicópteros con el cuerpo atado a una piedra; torturas indecibles, violaciones; lanzamientos sobre hogueras de libros a jóvenes estudiantes, aplicación de corriente eléctrica en los órganos genitales y en los senos; inmersiones en aguas negras, etc.; eran tan reiterados los relatos de estos hechos, que se nos aparecían como perspectiva inminente y real para cada uno, incluidas nuestras familias.

Entre los compañeros que ingresaban al gimnasio, venían algunos que al vernos nos abrazaban y exclamaban: "¡Pero estás vivo...! Afuera se comenta que te fusilaron..." "¡Qué alegría de verte vivo, compañero...!"

Más tarde supe que mi familia, como la de muchos compañeros, vivió días y noches de profunda angustia cuando alguien echó a correr el rumor de que varios de nosotros habíamos sido fusilados. Las mujeres corrían de una oficina militar a otra, recabando noticias sobre traslados de prisioneros, muchos de los cuales culminaban con desaparecimientos definitivos o temporales; indagando por nosotros, llegaban hasta la morgue. Por eso, en medio del terror que sofocaba el gimnasio, sentíamos como un garfio en el alma el dolor de nuestros seres queridos. Por las noches, éramos muchos los que rompíamos la oscuridad con cigarrillos sucesivamente encendidos, soñando despiertos con nuestras mujeres o novias, con los hijos o hermanos, a veces también prisioneros y sometidos a brutales castigos y humillaciones.

A través de algunos pescadores, familiares de dirigentes que llegaron a la isla, supimos que un número no precisado de presos políticos habían sido lanzados al mar, frente a la península de Tumbes. Algunos buzos se encontraron, mientras realizaban sus faenas de pesca, con un macabro hallazgo en el fondo del mar: decenas de cadáveres atados a piedras y con el vientre abierto. El rumor encontró fundamentos cuando a los pocos días un bando de la jefatura de la Armada prohibió no sólo pescar en las inmediaciones de la península, sino acercarse por tierra a la playa: Tumbes fue declarado "recinto militar".

En Penco se tuvo noticia de dos crímenes escalofriantes: los dirigentes socialistas Mario Avila, secretario de organización, y Arturo Villegas, secretario político, fueron descuartizados por carabineros y luego lanzados en la profundidad de una quebrada. Algunos vecinos, que lograron enterarse del crimen, siguieron la pista que alguien descubrió y dieron con los cuerpos mutilados a tal punto que sólo a través de la ropa, reconocida por familiares, se pudo comprobar su identidad.

En el vecino puerto textil de Tomé, registramos otro crimen premeditado: la muerte, a consecuencia de prolongadas torturas, del profesor radical Héctor Velásquez Molina. El profesor Velásquez tenía 40 años; era casado, con cuatro hijos; un destacado hombre público en el puerto textil de Tomé, ubicado frente a la isla Quiriquina. Militante del Partido Radical, ocupaba, al 11 de septiembre, la presidencia de la asamblea comunal, y como dirigente gremial, la presidencia comunal del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación, sute. Un hombre de esta significación local no podía escapar a la furia represiva: fue detenido a pocas horas del golpe y sometido de inmediato a un proceso de lento aniquilamiento físico y moral. Permaneció varios días sin comer ni beber, encerrado en una celda oscura, hasta que sus verdugos decidieron acabar de una vez. Fue colgado de las vigas de un galpón, de las manos, y luego lanzado violentamente contra los muros; el tratamiento se mantuvo por varios días, hasta que el profesor Velásquez sucumbió víctima de las hemorragias, los hematomas, el hambre y la sed. Su muerte conmocionó a quienes lo conocían y valoraban como un destacado y honesto luchador social. Como protesta por su asesinato, jóvenes radicales sacaron clandestinamente un volante denunciando el horrible crimen. Un grupo de estos muchachos fue detenido y llegó a la isla luego de haber recibido una descomunal paliza antes de ser embarcados en Tomé. Estaban sin embargo tranquilos y muy firmes, sentían que habían cumplido su deber.

En octubre. Tomé fue el escenario de otro horrible crimen cometido contra otros jóvenes militantes del Movimiento (MIR), a quienes, después de torturarlos durante semanas en el Fuerte Borgoño, se les acusó ante un consejo de guerra de formar parte de un grupo armado. El tribunal militar los condenó a cuarenta y cinco años de prisión, sanción que a sus captores, los carabineros, les pareció demasiado benévola. Los prisioneros regresaron al Borgoño, donde fueron nuevamente torturados hasta dejarlos exánimes y con los rostros irreconocibles. Según la versión que recogimos en el gimnasio, de un oficial de la marina, los cuatro jóvenes miristas murieron a las pocas horas, a consecuencia de las torturas. Pero la prensa regional informó que los prisioneros eran trasladados a Tomé para cumplir en dicha cárcel su condena, y que el convoy militar que los trasladaba fue atacado por un grupo de guerrilleros; que al producirse el enfrentamiento entre militares y guerrilleros, los prisioneros trataron de huir, obligando a hacer fuego sobre ellos. Esta fue la explicación para un asesinato que estaba decidido desde el instante en que los oficiales más reaccionarios expresaron su disgusto por la "mano blanda del consejo de guerra".

La presión de la Iglesia y de los familiares consiguió que los cadáveres fuesen entregados y se autorizara el funeral. El cortejo reunió varios miles de trabajadores, que silenciosamente expresaron su repudio por el crimen de Miguel Ángel Catalán Febrero, Héctor Manuel Lepe y Carmen Cabrera. La manifestación adquirió tal carácter que nunca más se autorizó en la región un funeral público de otras víctimas del fascismo.

Entre los compañeros que una noche cualquiera fueron llamados a presentarse a la puerta del gimnasio, estuvieren los dirigentes del sindicato de empleados de una empresa de ingeniería industrial (la Sigdo Koppers), Máximo Neira y otro de apellido Chamorro, ambos militantes del MIR. Fueron trasladados al Fuerte Borgoño y durante días no supimos de ellos hasta que en un diario regional leímos con indignación que habían sido ejecutados; el pretexto fue el de "haber tratado de quitar sus armas a los centinelas". La verdad es que, contra los trabajadores de esa empresa, existía el propósito de reprimir con la mayor violencia, como venganza a sus expresiones de solidaridad con un grupo de marineros antigolpistas, procesados por la Marina semanas antes del 11 de septiembre. Neira y Chamorro fueron asesinados fríamente por los oficiales fascistas de la Base Naval de Talcahuano, y su muerte provocó en el gimnasio un profundo dolor.

El principal centro de tortura de los marinos estaba ubicado en el Fuerte Borgoño, en la base Naval de Talcahuano. Por el Borgoño pasaron centenares de hombres y mujeres de todas las edades, calificados, "a ojos", como los elementos presuntamente "más peligrosos". Sería interminable y hasta morboso describir cada caso de tortura que conocimos en los meses de cautiverio en la isla Quiriquina. Nos limitaremos a dar una versión panorámica que retrata la infinita crueldad, la degradación moral, el desquiciamiento total, de quienes dirigen y ejecutan estas siniestras acciones contra la humanidad.

En el equipo de torturadores destacaban el capitán Ariosto Köller; los tenientes Arnoldo Runa, Luis Silva, Pedro Aretxavala y los médicos Minolletti y Jeria, encargados del "trabajo científico". Al igual que en todos los aspectos en que se examine la conducta de los militares fascistas chilenos, en el Fuerte Borgoño campeaba la arbitrariedad más absoluta. Se podría decir que la única constante del "trabajo" en el fuerte era la crueldad. Las formas específicas de tortura variaban de un preso a otro, de un día a otro, de un torturador a otro. Nunca se sabía exactamente qué le iban a hacer a un prisionero, pero éste tenía la certeza de que sería llevado a un martirio enloquecedor. Comenzando por el régimen de alimentación. Se daba el caso de privar a las víctimas por varios días de todo tipo de alimento y de agua. Otras veces, se les suministraba diariamente, durante el día, una comida satisfactoria, y por la noche se les sometía a un castigo incesante. A algunos se les obligó a tragar los excrementos humanos y la orina de sus torturadores.

Los castigos corporales eran muy variados: descargas eléctricas que se aplicaban en los órganos sexuales y en el ano, pecho, sobre el corazón; a las mujeres, en ambos senos, en los ojos, en la nariz. En estos lugares se colocaba un apretador, conectado a un artefacto eléctrico, para luego accionarlo hasta provocar en el prisionero extenuantes crisis nerviosas, vómitos, desmayos, e incluso infartos cardiacos que costaron numerosas vidas. Los cuerpos solían ser golpeados con látigos de goma, cadenas metálicas y palos, y por supuesto por las botas de los torturadores. Se practicaba el colgamiento de los prisioneros. Unas veces se les mantenía suspendidos de una viga, atados de los pies con la cabeza hacia el suelo, o bien de las manos fuertemente atadas. De una u otra manera, el suplicio se practicaba por varios días, incluso semanas, y era matizado con lanzamientos violentos contra los muros. Las quemaduras eran procedimiento socorrido: en una de cuyas variantes se procedía a quemar los senos de las mujeres con cigarrillos encendidos.

A algunos prisioneros se les "grabó" a fuego con alguna sigla de su partido en el pecho, o en la espalda. En el gimnasio de la isla pudimos ver a varios que, olvidados del dolor, mostraban con orgullo el signo de su organización política marcado sobre el cuerpo. La inmersión en aguas negras, infestadas de ratas y excremento humano, era quizá la prueba menor a la que se sometía a la generalidad de los visitantes del Borgoño. A varios compañeros a quienes de antemano se había "preparado" durante varios días sin alimentos ni agua, se les sacaba por la noche a un patio, donde se les obligaba a tenderse en el suelo. Contra ellos se lanzaba un vehículo, al que debían esquivar.

Los simulacros de fusilamiento alcanzaron en algunos casos una crueldad demencial: se hacia traer a la presencia del detenido a su mujer y a sus hijos de cortos años. Con su presencia, se le exigían nuevas declaraciones. Si el detenido se negaba, entonces iban sacando sucesivamente a los hijos y luego a la mujer, contra quienes se disparaba a fogueo a cierta distancia.

Las mujeres despertaban en los torturadores una excitación patológica: se las interrogaba desnudas, y cuando no respondían satisfactoriamente las preguntas, se desataba una increíble cadena de vejaciones humillantes y daños físicos del más increíble sadismo: se les introducían en la vagina ratones, arañas, etc. Los más depravados de los infantes de marina las violaban por grupos, en presencia de otras mujeres, y se les obligaba a tener relaciones sexuales con los prisioneros. Hubo casos en que tales depravaciones se cometieron en presencia del esposo, el padre o los hermanos de las víctimas.

En un párrafo destacado de esta reseña, y entre los testimonios que recibimos en el gimnasio de centenares de compañeros y compañeras, debe agregarse un hecho que sobrepasa todos los cálculos de la corrupción moral de los fascistas chilenos: cuando algunos prisioneros eran considerados "clave", se hacían serios esfuerzos para que no murieran "antes" de confesar. En estos casos, luego de algún tratamiento severo de los que hemos descrito, se les solía llevar al hospital naval, donde eran atendidos con efectivo esmero por un equipo de médicos sin duda coludidos con los torturadores. El "paciente" era sometido a los más eficaces recursos médicos disponibles y sobrealimentado. Cuando se había "recuperado", los facultativos procedían a darlo de alta y devolverlo de inmediato al fuerte. El ciclo se volvía a repetir dos, tres o cuatro veces.

En el gimnasio conocimos el caso de cuatro obreros de las industrias textiles de Tomé, quienes nos contaron detalles de su aventura y algo más: días más tarde les había llegado la notificación de su despido de las industrias y junto con ella pudimos ver, con nuestros ojos, los descuentos, distraídos de sus fondos de retiro, por los gastos de hospitalización a que habían sido sometidos en la Base Naval.

El Borgoño fue un yunque donde se forjó un buen acero para el futuro de la revolución chilena. Hay una lista de compañeros que soportaron su martirio con una valentía increíble. Los veíamos llegar apenas de pie, pálidos, con brazos o piernas quebrados, cejas partidas, narices rotas, ojos perdidos para siempre, sorderas definitivas, hematomas y quemaduras; en fin, con las huellas vivas del horrible maltrato. Sin embargo, esos hombres venían con el espíritu entero, más decididos que nunca a no renunciar a sus convicciones, con una profunda satisfacción y con el orgullo de haberse comportado como hombres y como revolucionarios.

-Yo soy del partido de Allende -decía un obrero socialista-; los socialistas no podemos aflojar... El compañero murió como hombre... No importa, compañeros, si pierdo el brazo; con el que me queda seguiré peleando... Allende murió por nosotros...

En el Fuerte Borgoño estuvo largo tiempo un socialista acusado de ser miembro del aparato de seguridad del partido. Un conjunto de circunstancias lo dejó a merced de sus captores, y ante los apremios para que revelara los nombres de dirigentes de su partido, asumió toda la responsabilidad que se le imputaba, corriendo el riesgo evidente de ser condenado a muerte por un consejo de guerra. Los compañeros que estuvieron junto a él en el Borgoño nos relataron con admiración su notable firmeza física y moral para enfrentarse a los apremios y su irrenunciable decisión de ofrecer su vida por salvar a un grupo presumiblemente implicado.

A otros dirigentes socialistas se les castigó también con demencial refinamiento; se les amenazó innumerables veces con la muerte, se les vejó y humilló a limites que podrían haberlos enloquecido; incluso a uno le marcaron a fuego la sigla del partido por negarse a repudiar sus ideas ante los interrogadores. Para los militantes, cuya suerte dependía en buena medida de la actitud de nuestros dirigentes, su martirio era nuestro propio martirio, y por lo tanto nadie mejor que nosotros puede valorar su sacrificio y lealtad revolucionaria. (1)

Otro "héroe del Borgoño" fue el joven comunista Ambrosio Huecher, uno de los hombres más castigados física y moralmente por los fascistas en la región. Se le golpeó brutalmente; sus heridas sangraban copiosamente y sus ropas se pegaron al cuerpo, a tal punto que un oficial que lo levantó con brusquedad mientras dormía le arrancó prácticamente toda la piel de la espalda. Compañeros de Huecher nos relataron llorando cómo presenciaron impotentes las torturas aplicadas al joven revolucionario, quien al borde de la muerte no pronunció una sola palabra que pudiera ser utilizada contra ningún militante de la izquierda chilena.

Era impresionante y alentador que pudieran contarse con los dedos de la mano los hombres o mujeres que se desplomaban frente a los torturadores. La inmensa mayoría respondía con fortaleza y honestidad asombrosas. Ningún castigo ni amenaza podía doblegar a la inmensa mayoría de quienes pasaban por el Fuerte Borgoño. Los cuadros dirigentes y los militantes de trayectoria revolucionaria soportaron con singular heroísmo todos los castigos y vejámenes, siempre firmes y leales a sus partidos y a su pueblo. Se registraron muy pocos casos de traición y todos ellos correspondieron a los afiliados nuevos que inexplicablemente habían escalado posiciones en la jerarquía en los organismos de partido o en el Gobierno Popular y que se habían distinguido por su verborrea revolucionaria y bravuconería. Entre los prisioneros había unanimidad para reconocer como un grave error la entrega de la confianza política a aquellos a quienes no habían demostrado una trayectoria de lucha y madurez ganada en un tiempo suficiente, condición sin la cual -se estimaba- no es posible garantizar la lealtad revolucionaria. También era unánime la comprobación de que había una relación inversa entre la bravuconería y la fortaleza moral. Un campesino comentaba:

-Yo siempre he desconfiado de esos compañeros que andan con la metralleta en la punta de los labios... En el campo decimos, "perro que ladra no muerde"... Yo no sé mucha teoría, pero me parece un juego de niños andar cacareando como las gallinas cuando van a poner el huevo... Había compañeros que andaban mostrando la pistola a quien quisiera verla, y dárselas así de gran revolucionario... y esos fueron los primeros que arrancaron...

La gente que ha pasado por los campos de concentración ha desarrollado un espíritu profundamente crítico y autocrítico. Pero ese espíritu analítico nada tiene que ver con el resentimiento ni con la amargura de los frustrados, ni con los revanchismos de pequeña capilla. Los campos de concentración han servido para erradicar mucha de la mala yerba que floreció en la izquierda chilena hasta obstruirnos el camino: el sectarismo, el verbalismo seudorrevolucionario, el dogmatismo seudoteórico, el liberalismo anarquizante. La sangre, el dolor y la angustia, han producido madurez, claridad y realismos suficientes para poner en primer lugar de las preocupaciones, la unidad de los revolucionarios, la responsabilidad política y la autoridad moral para asumir tareas de dirección. Si la unidad surge como tarea central, hay también una actitud tajante para rechazar todos los sectarismos y combatir implacablemente toda actividad divisionista o diversionista que tienda a anarquizar los partidos y el bloque unitario de los revolucionarios. Hay también una actitud muy clara frente a los ideólogos de café y los bravucones que juegan a la línea dura a favor del viento y corren a las embajadas cuando aparecen las primeras nubes. (2)

Los generales fascistas, para justificar sus crímenes, inventaron la existencia del llamado "Plan Zeta". El descabellado plan, atribuido a los dirigentes de la Unidad Popular, habría tenido por objeto asesinar a los oficiales de las fuerzas armadas, a sus esposas e hijos y a miles de dirigentes políticos y gremiales opositores al régimen de Allende. En cada provincia los fascistas responsabilizaron de este plan a grupos de dirigentes populares que por ello fueron ejecutados en sumarísimos consejos de guerra. En Concepción se acusó de "cerebros" del "Plan Zeta" a Isidoro Carrillo, líder minero del carbón; Danilo González, alcalde de la ciudad minera de Lota; Wladimir Araneda, profesor primario de Lota, y Bernabé Cabrera, obrero de la Compañía Carbonífera de Lota. Los cuatro eran dirigentes del Partido Comunista; Carrillo, miembro del comité central, y Araneda, uno de los principales en el carbón.

La prensa regional desató una furiosa campaña de acusaciones tendientes a preparar a la opinión pública para el 'crimen. Sostuvimos largas conversaciones con Danilo González, a quien conocíamos desde nuestros primeros años de luchas políticos estudiantiles. Danilo estaba preocupado por las acusaciones, pero conservaba una notable serenidad; mientras sus amigos estábamos cada día más nerviosos con su suerte, él pasaba largas horas jugando ajedrez. Al despedirse de nosotros, cuando fue evacuado de la isla, recuerdo que nos dijo:

-Si no nos vemos más, no olviden que no pueden aflojar; a mí podrán molerme a palos, podrán matarme, pero no me obligarán a traicionar a nadie... Las acusaciones son ridículas, pero no se trata ahora de pedirle sensatez a los fascistas; ellos quieren amedrentar a los mineros, pero se equivocan; a los mineros del carbón no los doblegará nadie.

Los dirigentes del carbón fueron trasladados a la Cuarta Comisaría de Carabineros de Concepción, donde el mayor José Elgueta dirigió personalmente las torturas. Luego de varios días de maltratos, fueron interrogados y acusados de ser los dirigentes regionales del "Plan Zeta". El fiscal pidió 15 años de cárcel para cada uno de los acusados; sin embargo, la prensa fascista exigió "una mano más dura con los extremistas". Al día siguiente, el consejo de guerra presidido por el general Washington Carrasco acordó la pena de muerte. (3)

El fusilamiento se realizó frente a los muros de la Feria Regional del Bío-Bío por el personal del Servicio de Prisiones, bajo el mando del teniente Raúl de la Fuente, el 22 de octubre de 1973. Los hombres encargados de disparar sobre los dirigentes mineros fueron presas de un gran nerviosismo y permanecieron inmóviles ante la orden de hacer fuego. Era evidente que esta desobediencia había de conducirlos a su propia ejecución. Isidoro Carrillo les habló:

-Somos inocentes. Toda nuestra vida la hemos entregado a la defensa de los intereses de los trabajadores. No se preocupen. No son ustedes culpables de este asesinato que se cometerá contra el pueblo. Son los fascistas, los asesinos del presidente Allende; hay miles de mineros dispuestos a ocupar este lugar de combate que dejamos. Morimos por la patria y cuando se muere por ella y por la revolución, se vive eternamente. Cumplan con la orden que les han entregado. ¡Viva el Partido Comunista! ¡Viva Chile libre!

Los condenados comenzaron a entonar La Internacional, que se interrumpió con la mortal descarga de los fusileros. Así entraron en la historia estos héroes de la revolución chilena que murieron con el honor con que caen los verdaderos revolucionarios.

Corrían los primeros días de noviembre y se vislumbraba una baja en la marea represiva cuando habríamos de sentir el impacto de uno de los crímenes más brutales perpetrados en la región: el asesinato del intendente de Concepción, Fernando Álvarez Castillo, dirigente regional comunista y miembro del Consejo Superior de la Universidad de Concepción.

Conocí a Fernando Álvarez desde hacía más de 20 años, desde los primeros tiempos de nuestras luchas estudiantiles; conocía, por lo tanto, la verdadera dimensión del hombre y del militante, que lo hacían una personalidad respetada y estimada por todos los sectores. En la isla Quiriquina me tocó compartir con él, minuto a minuto, aquella pesadilla. Teníamos nuestros lechos vecinos, compartíamos alimentos, ropas y cigarrillos, y a diario conversábamos sobre lo humano y lo divino. Había sido detenido el 11 de septiembre, en la madrugada, y trasladado al casino de oficiales de la Armada; cuando se enteró que a la isla estaban llegando centenares de sus compañeros, exigió compartir con ellos su suerte. No quería ningún privilegio en razón a su rango de primera autoridad regional; desde entonces hasta los primeros días de noviembre no había sido interrogado y podría decirse que había sido incluso tratado con cierta consideración; no obstante, sabía con certeza que en algún momento habría de ser interrogado. Entretanto, conservaba un magnífico estado de ánimo y su reconocido buen juicio político.

Cuando llegó a la Quiriquina la noticia del fusilamiento de los dirigentes del carbón, fue Fernando quien nos leyó la crónica del periódico en medio de un silencio sobrecogedor. Al término de la lectura tomó asiento sobre su cama y encendió un cigarrillo, y al vernos abrumados nos dijo: "Firmeza, compañeros". Permaneció silencioso, sin bajar la vista, mientras por muchos rostros corrían lágrimas de dolor e impotencia. Llegó la noche y fue imposible no volver sobre el tema del fusilamiento. El recuerdo de Danilo González, viejo amigo común que dormía también junto a nosotros, no nos abandonaba. Fernando comentó:

-Además del significado político del fusilamiento, estoy pensando en la compañera de Danilo... es una mujer excelente, pero ella no estaba preparada para un desenlace así... no es el caso de mi mujer... Adriana sabe que yo, desde el momento en que asumí la Intendencia, corro el mayor riesgo.

Siempre sereno, se preparó para acostarse y tomó un libro. Yo también trataba de leer; en un instante, lo vi cerrar el libro y meterse hasta el fondo de su saco de dormir, sin poder retener las lágrimas. Al ver que algunos compañeros nos dábamos cuenta de su emoción, exclamó:

-¡Junten odio, miserables! ¡Junten odio... ya verán que las pagarán todas!

El viento implacable del tiempo fue reanimando los espíritus y Fernando continuó compartiendo, con todos, los avatares del presidio, con su firme personalidad de siempre. Una noche, un marino anunció en voz alta:

- Mañana a las 7 de la mañana deberán evacuar el gimnasio los siguientes detenidos: Fernando Álvarez Castillo, Jorge Peña Delgado, Eliecer Carrasco, Julio Sau, Ozren Agnic.

Mientras estos nombres se leían, crecía la tensión en el gimnasio; se trataba de un grupo selecto de personalidades regionales del Gobierno Popular, contra quienes se había montado una siniestra campaña de prensa.

Jorge Peña médico y profesor universitario, militante socialista, era el director zonal de Salud y se encontraba en Brasil al producirse el golpe, cumpliendo una misión del gobierno; regresó al país para asumir sus responsabilidades. La prensa fascista lo acusaba de organizar clínicas clandestinas. Carrasco y Sau eran dirigentes regionales socialistas y se les responsabilizaba de formar grupos armados, y Agnic era presidente del Banco de Concepción, entidad a la que se le atribuía el financiamiento (4) de esos grupos.

A la mañana siguiente nos despedimos de todos ellos. Con Fernando nos estrechamos en un prolongado abrazo. Estaba, sin duda, tenso, pero hacia lo posible por conservar la serenidad. La verdad es que muchos quedamos con un nudo en la garganta. En una escena parecida nos habíamos despedido de Danilo, en ese mismo lugar del gimnasio. Entre nosotros estaba su secretario privado, Alonso Moena, que días antes había sido brutalmente torturado para arrancarle confesiones que comprometieran al intendente. El trato dado a Moena fue un anuncio de los siniestros planes que los fascistas tenían preparados para Fernando Álvarez. La noticia de la muerte de Fernando fue un duro golpe que nos estremeció de espanto. Supimos la noticia por un obrero que lloraba desconsoladamente. Sobrecogidos, nos quedamos helados ante la increíble noticia. ¿Era posible que a esa altura, comienzos de noviembre, sin haberle formulado un solo cargo, se asesinara a sangre fría a un hombre del significado social de Fernando Álvarez Castillo? Sin embargo, no sólo ese crimen era posible. El tiempo nos acostumbraría a no asombrarnos de nada: se había institucionalizado un odio zoológico que legitimaba todos los excesos.

La jefatura militar publicó un breve comunicado de prensa, dando cuenta de su muerte como consecuencia de una "crisis cardiovascular". Obviamente nadie creyó dicha versión, comenzando por los propios oficiales de la Marina a cargo del campo de prisioneros de la isla. Estos oficiales se esforzaron por desvanecer su responsabilidad en el crimen y nos recalcaban que "el señor Álvarez salió de la isla en perfectas condiciones". Algunos oficiales nos instaron a escribirles a nuestras familias para informarles que Álvarez había sido evacuado de la isla y que por lo tanto no había responsabilidad de la Marina en su muerte. El asesinato se produjo en la Cuarta Comisaría de Carabineros de Concepción, donde Álvarez fue sometido a un despiadado castigo que incluyó fuertes descargas eléctricas. El equipo responsable del crimen lo formaban el coronel Benjamín Bustos; el mayor Francisco Linares; el mayor Sánchez; el capitán Ranglianti; el teniente Offermann; el civil, de Patria y Libertad, Sengers; el sargento Zapata y el detective Muñoz. Este equipo recibió órdenes del general inspector de Carabineros, Silvio Salgado, y del jefe del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército, Luciano Díaz Neira. El asesinato del intendente causó profunda impresión en todos los sectores de la opinión pública regional y fue evidente que el hecho influyó en el relevo del general Washington Carrasco, autoridad máxima del régimen fascista en Concepción. El general Carrasco fue trasladado a los Estados Unidos como jefe de la misión militar agregada a la Embajada y remplazado por un fascista todavía más perverso, el general Agustín Toro Dávila.

Por diversos conductos, incluidos los mensajes de Radio Moscú, los prisioneros nos informábamos de noticias impactantes que motivaban innumerables círculos de conversaciones:

La muerte de Pablo Neruda nos dejó mudos. Pero la noticia del saqueo de su casa nos dio la exacta medida de nuestra indefensión total. Si ante ese chileno ilustre, de dimensiones universales, no se habían detenido, estaba claro que cada uno de nosotros podía esperar cualquier fin. La providencial escapada al exterior, y la aparición en La Habana de Carlos Altamirano, provocó una inmensa alegría. Todos expresamos admiración por la audacia con que burló el cerco de miles de agentes de la seguridad tendidos hasta el último rincón de Chile;

La captura de Luis Corvalán produjo una fuerte impresión. Sin duda era un golpe duro para la izquierda chilena y pensamos que el líder comunista sería fusilado si la opinión pública internacional no detenía el gatillo de los fascistas. La heroica resistencia del compañero Allende en La Moneda. La muerte de Arsenio Poupin y Augusto Olivares. El frío asesinato de Víctor Jara. Los combates librados en poblaciones de Santiago, la resistencia en los centros fabriles, las masacres campesinas en el Sur, el arresto de centenares de oficiales constitucionalistas. La vida cotidiana se matizaba con estas y otras noticias que pronto corrían por el gimnasio; el anecdotario de las capturas y los interrogatorios del Servicio de Inteligencia Militar, se tornaban círculos de discusión en los cuales comenzaba a despuntar la autocrítica: ¿Por qué fracasamos? ¿Por qué no fuimos capaces de convertir el formidable movimiento popular en una fuerza invencible? ¿Cuánta responsabilidad nos corresponde en la derrota y cuánta a la mano de la cía y de las empresas imperialistas? ¿Cuánto a las debilidades y a la conciliación y cuánto al verbalismo irresponsable de los impacientes?

Entre los prisioneros había variados estados de ánimo. Los más, nerviosos y tensos, soportaban aquella prueba con claridad política y la decisión de no doblegarse. Otros buscaban la soledad y dialogaban horas y horas consigo mismos; tampoco faltaron quienes descubrieron en la religión un camino de fortaleza y esperanza. Una lección ejemplar fue dada por muchos hombres que ya habían conocido los campos de concentración de Gabriel González Videla, en 1948. Los viejos cuadros, de una sola pieza, enteros y lúcidos, firmes y dispuestos a todo, explicaban a los jóvenes sus experiencias y comparaban aquellas jornadas con éstas, con pasmosa naturalidad.

En el círculo de nuestras relaciones más frecuentes en el campo de prisioneros, contábamos cómo la formación política de un revolucionario es imposible sin una trayectoria que haya templado cuerpo y espíritu en grandes y pequeños combates. Luminosa ocasión para acabar con las controversias sobre quiénes eran los "verdaderos revolucionarios" y quiénes los "reformistas". Los hechos, los porfiados hechos, rompieron muchos esquemas.

Los interrogatorios caminaban con extremada lentitud. Los llamados solían ser duramente castigados, trasladados a otros lugares con instalaciones técnicas para retinar los sufrimientos, y otros eran regresados sin mayor trámite al interior del gimnasio, luego de haber escuchado en su contra los cargos más increíbles, sin ninguna prueba.

A muchos se nos ofreció la libertad incondicional a cambio de nombres, datos o piscas para las investigaciones que más les interesaban: los dirigentes de los partidos y los encargados de los grupos armados de la Unidad Popular o del MIR. En la isla fui interrogado sólo dos veces. La primera vez fue más bien sólo un fichaje y una destemplada acusación:

-Usted es uno de los jefes del "Plan Zeta"... lo sabemos todo, lo vamos a llamar y va a cooperar con nosotros... ahora vayase al gimnasio y piénselo...

En ese momento, el equipo que estaba interrogando no torturaba y se limitaba más bien a registrar el ingreso de prisioneros a la isla bajo la responsabilidad del Ejército. En el gimnasio había dos tipos de prisioneros: los del Ejército y los de la Marina.

Dos o tres semanas después volví a ser llamado. Fui interrogado con cierta consideración. El día anterior había recibido de manos del capellán un sobre, en el cual venían ofrecimientos para viajar a trabajar en la Universidad Nacional Autónoma de México. A este oportuno ofrecimiento se sumaban otras notas de El Colegio de México, una cierta cantidad de cables de universidades argentinas y venezolanas, de la Secretaría General de la Asociación de Universidades de América Latina, también con sede en México, y la permanente preocupación por mi suerte de la Embajada de la República Federal Alemana. Como tendría ocasión de comprobarlo en el estadio Regional, este apoyo explica las características de aquel interrogatorio. Se me preguntó por mis actividades en el Partido Socialista y luego se me pidió reseñar con cierto detalle el funcionamiento del Consejo de Difusión de la Universidad de Concepción, que yo dirigía. Se me ordenó regresar al gimnasio:

-No hay problema con usted, profesor -me dijo uno de los agentes-... vayase tranquilo, que va a salir luego y podrá irse a México con su familia...

Al gimnasio seguían llegando grupos de toda la región del Bío-Bío: Chillán, Los Ángeles, Yungay, Yumbel, Monte Águila, Coelemu, San Rosendo. Entre estos grupos, venían numerosos dirigentes campesinos que nos relataron el horrible balance de muerte, despojo y dolor, que desató en el campo la revancha de los terratenientes.

Comenzaron a ser evacuados los numerosos extranjeros que se encontraban detenidos: profesores universitarios, médicos, estudiantes de diversas nacionalidades latinoamericanas. La salida de los ciudadanos extranjeros, bajo la presión diplomática, dio lugar a vergonzosos negocios impuestos a estos prisioneros por oficiales de la marina. Los oficiales presionaron a algunos profesores y profesionales para que les vendieran "a buen precio", sus vehículos y menaje de casa. Nos contaron cómo vendieron, pagados en cheques-dólares contra bancos norteamericanos, los bienes que les exigían los marinos. Conocimos casos de negocios que surgieron cuando el capellán, que censuraba la correspondencia, se enteraba por las cartas de que algunos extranjeros daban instrucciones a sus familiares sobre la venta de sus departamentos y vehículos. El capellán pasaba el dato al oficial interesado en aprovecharse de la emergencia y pronto el prisionero era llamado para "conversar sobre el negocio". "Qué hago...? -nos decía un amigo profesional casado con una europea-, un capitán insiste en quedarse con el auto, pero ofrece una miseria..." Un día me di cuenta que el compañero ya no estaba. Alguien contó que había sido llevado al aeropuerto junto con su esposa. El informante decía: "Parece que el marino mejoró la oferta o el compañero aceptó venderlo como mercadería salvada de incendio..."

Los evangelistas fueron en la isla unos personajes que animaron en buena medida la vida de los prisioneros. El grupo tenía un líder, Julio Martínez. Se trataba de un hombre de gran sociabilidad, movido por una auténtica pasión interior. Pronto se transformó en el paño de lágrimas de muchos prisioneros. Hasta el 11 de septiembre, Martínez se ganaba la vida como sargento de carabineros. Esa mañana recibió la orden de participar en la ofensiva fascista contra el movimiento obrero y las fuerzas democráticas de Chile. Se acercó a su jefe superior y sacándose el cinturón, procedió a entregar su arma de reglamento:

-Yo no puedo cumplir estas órdenes que van contra mi conciencia cristiana -le explicó al superior-; por favor, acepte de inmediato mi retiro del Cuerpo de Carabineros de Chile.

Martínez fue arrestado y remitido junto con los presos políticos a la isla Quiriquina.

A las pocas semanas, en el gimnasio, Martínez había creado un grupo de evangelistas con quienes se dedicó a leer y comentar la Biblia. Luego vinieron las oraciones y los cánticos. Primero, a media voz; más tarde, un grupo se instalaba en una esquina, a las cinco de la tarde, para cumplir con Dios y su conciencia. El grupo evangélico crecía día a día. Martínez, Biblia en mano, daba consuelo y esperanza. El liderazgo de Martínez en el gimnasio comenzó a inquietar a los marinos que nos custodiaban. Lo tenían en la mira telescópica, a la espera de algún pretexto para someterlo al mismo régimen que sus "enemigos de la Unidad Popular (UP), o el MIR".

Un día apareció un funcionario de la Cruz Roja Internacional, a quien se pudo denunciar uno de los hechos que más conmovieron a los prisioneros en Quiriquina. Un profesor había sido sacado durante la noche con destino desconocido. Fue trasladado hasta el vecino puerto de Tomé y de ahí a Coelemu. Durante una semana lo mantuvieron ensacado y sin comer, hasta que, gracias a la tenacidad de su esposa que logró enterarse del traslado, se pudo comprobar que había una confusión de nombre con otra persona a quien se buscaba con orden de fusilarla.

-Te escapaste, viejo -le dijo un carabinero-; ...no, no eres al que hay que dar vuelta... y vas a regresar a la isla...

El funcionario internacional interrogó al profesor, que permanecía acostado sin poder mover sus piernas, y tomó nota de sus denuncias en presencia de oficiales de la Marina.

Parece que se culpó al pastor Martínez de haber provocado la entrevista y que como represalia se le incomunicó.

La reacción en el gimnasio no se hizo esperar. Ese día, cuando llegó la hora de los cánticos evangélicos, sin el pastor, nosotros sumamos nuestras voces y prácticamente todo el gimnasio irrumpió, interpretando una sencilla estrofa que ya habíamos aprendido de memoria a fuerza de oírla una y otra vez:

Sin Dios nada somos en el mundo,
sin Dios nada podemos hacer,
ni las hojas de los árboles se mueven,
si no es por su poder...

A partir de este día, esos versos se convirtieron en la "canción protesta" con que los prisioneros comenzamos a hostigar moralmente a los infantes de marina. Cuando fuimos trasladados al estadio, el pastor Martínez fue con nosotros y allá siguió su prédica evangélica, y también fue con nosotros la "canción protesta". Al atardecer, cuando marchábamos en filas hacia nuestras celdas para dormir, la pegajosa melodía evangélica se cantaba una y otra vez, causando notorio malestar a los carceleros. Era evidente que habían captado que cantando esas estrofas, las que no podían proscribir como subversivas, se recobraba, aunque fuera informalmente, el derecho a hablar en voz alta en su presencia.

Marxistas y cristianos encontramos así un lenguaje simbólico para cantar juntos en las catacumbas del fascismo chileno. Contrariamente a esta imagen humana y fraternal de los evangelistas en la isla, la Iglesia católica estaba representada por un capellán inequívocamente fascista: Gustavo Tempe. Tempe no tenía en sus palabras ni en sus gestos el menor rasgo de humanidad. Cumplía sus obligaciones como un funcionario más del SIM, el Servicio de Inteligencia Militar, encargado de la correspondencia y las encomiendas. Colaboraba con celo hurgando en cada carta, en cada rumor, alguna pista que pudiera justificar algún interrogatorio, sabiendo perfectamente que de ahí al fuerte Borgoño había un paso. Era un fraile deshumanizado y buen fariseo: cumplía con la misa dominical v daba la comunión. En conversaciones con prisioneros procuraba justificar todo; incluso se atrevió a sostener la tesis que el intendente Fernando Álvarez, asesinado por las torturas, efectivamente había muerto de un ataque cardiaco "porque estaba enfermo del corazón". Su fariseísmo quedó al descubierto cuando se consiguió una brigada de trabajo forzado para pintar la parroquia de la isla y quitar la maleza que había crecido en la escalinata: había que tener flamante el templo en Navidad, fecha que, nos recordaba, "tenía una profunda significación cristiana". Era sin duda un cuadro impresionante contemplar, tras la reja del patio del gimnasio, un grupo de compañeros que trabajaba en la parroquia custodiado por grumetes, metralleta en mano.

Entre los oficiales de seguridad no había un pan que rebanar. Todos tenían una actitud llena de odio contra nosotros, salvo que, alguno, como el teniente Silva, era evidentemente más imbécil que el resto. El jefe del campo era el capitán Pedro Arrieta, un insecto que debe quedar clasificado como de los ejemplares típicos de la mentalidad fascista en la Marina. El capitán Arrieta sostenía animadas tertulias con algunos compañeros y defendía abiertamente el fascismo y el sistema imperialista norteamericano.

-Que han cambiado las cosas -solía decir, paseándose con una mano sobre su revólver-; ahora aquí le podemos dar una patada en el "poto" a un médico, a un abogado, a un profesor universitario... Ahora estos caballeros están bajo nuestra bota, somos nosotros quienes mandamos.

El hombre no podía disimular su amargo resentimiento contra la inteligencia y la cultura. Esa amargura y frustración no eran privativas de este oficial parlanchín y engreído; la inmensa mayoría de los oficiales experimentaba un extraño placer cuando podían humillar a un hombre que sabía o tenía algún rango intelectual indiscutible.

-Esto está comenzando, señores -repetía Arrieta-; hemos empezado por ustedes y en enero comenzarán a llegar los demócratas cristianos; esos son unos demagogos que están esperando que les entreguemos el gobierno. Se van a pisar la "huasca"; ahora gobernarán sólo los militares, y sin más políticos; se acabó la política en Chile; sí, señores, no habrá más política, esto es claro y definitivo...

Sin embargo, estas bravatas no mostraban sino una profunda inseguridad y temor. Cuando salimos de Quiriquina, las iglesias y organismos internacionales, exigieron se certificara el abandono del campo de cada prisionero. Se nos entregó un certificado que llevaba la firma de Pedro Arrieta:

-Con esta firma... -decía medio en serio y medio en broma-, estoy cagado si se da vuelta la tortilla...

Como una manera de bajar la fuerte tensión nerviosa y disipar un poco la nube de amargura que provocaba la diaria humillación a que se nos sometía, un grupo de compañeros tomó la iniciativa de organizar algunos programas artísticos. En un improvisado escenario se montaron pequeñas dramatizaciones, se contaron chistes, se cantó y recitó; incluso se logró la entrada de una guitarra, que estalló como una bomba moral en el ambiente.

Había una muchacha de Los Ángeles que cautivaba con su voz, de una extraña dulzura; un gordo de Talcahuano, singularmente dotado para cantar y contar chistes, que desataba oleadas de carcajadas interminables... Pero nunca olvidaré cuando una enfermera amiga subió al escenario y comenzó a cantar con guitarra una hermosa canción del folklore argentino:

Andar en la huella,
siguiendo una estrella
que aunque esté muy alta
yo sé que un día la he de alcanzar...

Morir no se muere nunca,
vivir es la ley del hombre...

Nunca lo dijo, pero muchos sabíamos que cantaba en homenaje a nuestro inolvidable intendente de Concepción, Fernando Álvarez Castillo, que hacía pocos días había sido asesinado por los carabineros. Ella cantaba convencida "que el hombre no muere nunca", pero humana al fin, nos transmitió no sólo con su voz, sino también con sus ojos, la profunda pena por la partida sin retorno de un gran amigo y un revolucionario ejemplar.

En la medida que los consejos de guerra iban culminando sus procesos, se hizo necesario contar con un recinto especial para recluir a los condenados. Se dispuso la rehabilitación de Rondizzoni, un antiguo presidio que estaba abandonado en la isla Quiriquina. El presidio está situado en un lugar inhóspito, extremadamente húmedo, encajonado entre dos quebradas, frente al mar.

Como parte del refinamiento del trato psicológico dado a los prisioneros, la superioridad de la Armada dispuso que estos trabajos fueran realizados por "brigadas voluntarias" de prisioneros politices. En medio de la tensión que se vivía, era evidente que negarse a trabajar en tales faenas significaba un desafío cargado de las peores consecuencias.

Cuando fuimos evacuados de la isla, los trabajos de Rondizzoni avanzaban a plena marcha.

El 10 de marzo de 1974, en El Color, un diario de izquierda incautado por la Junta, se publicó el artículo del que a continuación transcribimos algunos párrafos que nos ahorran mayores comentarios tanto sobre el trabajo forzado a que se sometió a los prisioneros en Quiriquina, como del grado de envilecimiento del "chupafusil" que lo firma, Antonio Álvarez:

"Lo que observé en Rondizzoni era el producto de apenas cuatro meses ininterrumpidos de esfuerzo y sudor. Aquella inmensa construcción había sido levantada en ese antiguo lapso por los propios detenidos, con el asesoramiento técnico de personal uniformado y civil de la Armada. Allí en la isla nos recibió una fuerte y fresca brisa. El próximo paso fue abordar un autobús de la Escuela de Grumetes. Se agregaron entonces al grupo el director del establecimiento naval capitán de fragata John Martin y el subdirector del mismo, comandante Eduardo Young.

"Al llegar a un plano e iniciar nuestro descenso, lo primero que vimos fue una gran techumbre blanca y la interpretación de un himno militar. Como impelidos por la curiosidad, empezamos a caminar presurosamente, pero siempre cerca de las autoridades que nos precedían. Abajo, frente a un respetable inmueble casi terminado en su construcción interior, se encontraban los detenidos. En correcta formación -haciendo cuatro filas-, los 192 hombres aguardaban la llegada del contralmirante Costa Bobadilla y demás miembros de la comitiva. A su lado, el personal uniformado que tiene a su cargo la guardia, la banda instrumental y los voluntarios de las diversas reparticiones navales que habían trabajado en la obra.

"Yo me sorprendí por la calidad de la prisión Rondizzoni. Su gruesa estructura material es muy apropiada para las condiciones climáticas de la isla, fundamentalmente durante la época invernal. Observé detenidamente cada rostro allí. Había orgullo flotando en el patio de Rondizzoni. En el semblante de los detenidos pude ver satisfacción por la faena realizada. El comandante Henríquez Garat -ahora con el mando del crucero Prat a quien se debe en gran parte lo que en ese lugar vimos los reporteros-, se los agradeció. Y el contralmirante Costa Bobadilla, también lo hizo. Recuerdo que el entonces jefe de Estado Mayor les dijo a quienes construyeron el inmueble Rondizzoni: 'Tengo un encargo del almirante. Él se ha mostrado gratamente impresionado. La Comandancia, el que les habla, los oficiales y personal civil que ha participado en la construcción de este nuevo establecimiento, me han hecho llegar el reconocimiento por el esfuerzo desplegado por todos ustedes. Y -concluyó-: La construcción de Rondizzoni se hizo en cuatro meses de trabajo. Se hizo para darles las comodidades que ustedes merecen como seres humanos. Más adelante iremos mejorando esto...'

"Los dormitorios -cuatro en total- pueden albergar 200 personas. Había allí tres dormitorios con 56 camas totalmente habilitadas cada una de ellas, y otro provisto de 24 camas. Se trata de literas que llegan hasta el mismo cielo raso de Rondizzoni. 'Son bastante altas, pero los más jóvenes dormirán arriba y los de más edad se ubicarán en los lechos situados abajo' -explicó el comandante Henríquez Garat. Con respecto al asunto de las camas, quiero destacar la labor del ahora comandante del crucero Prat. Él, con su dinamismo conocido en la II Zona Naval, bregó arduamente para conseguir sábanas y frazadas para los reclusos y personal de guardia. A fuerza de insistir en las industrias y otro tipo de empresas locales, consiguió finalmente ropa de cama para los 192 hombres y sus guardias. Es que -como lo dijo el comandante allí en Rondizzoni, a modo de conversación- recién ahora, después de varios meses, los detenidos sabrán lo que es dormir desvestidos y en un lecho blando y cómodo. De manera que ahora puede venir el invierno nomás. Creo que Rondizzoni, aparte de haber constituido un producto del esfuerzo de muchos hombres, es en estos instantes el símbolo probatorio de que allí, en la isla, hay humanidad por sobre otras tantas cosas. En la ínsula, en fin, flotaba orgullo y se respiraba satisfacción..."

La humillación diaria, el hambre, el frío, la presión psicológica, la tortura y la muerte, dominaban la escena en el gimnasio de la isla Quiriquina. Fueron meses que parecieron siglos y que sin embargo habrían de darnos la exacta dimensión de nuestra resistencia física y moral.


Notas:

1. No damos sus nombres por razones de seguridad, pero en el futuro habrán de conocerse como parte de la historia heroica del socialismo chileno.

2. En los campos de concentración se saludaba con alegría la noticia del asilo de ciertos compañeros que sólo por esta vía podían salvarse del asesinato. Sin embargo, se estimaba que ningún dirigente, de ningún nivel, podía asilarse sin autorización de su partido Aquello de "después de mí el diluvio", no podía ser un principio aceptable de la moral revolucionaria. Quienes dirigían debían asumir sus responsabilidades. Es el riesgo del auténtico liderazgo.

3. La decisión de fusilar a los dirigentes del carbón estaba tomada con antelación al proceso, como lo reconoció el propio general Washington Carrasco, quien reconoció haber recibido instrucciones de la Junta Militar.

4. Peña, Sau y Carrasco, escaparon milagrosamente de la muerte y dieron impresionantes lecciones de moral revolucionaria.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube