Tejas Verdes
TEJAS VERDES

PROLOGO

TEJAS VERDES Y NUESTRA MEMORIA COLECTIVA.


Los campos de concentración y su significado.

Escribo este prólogo a pocos días de cerrarse la Impresión de la primera edición de este libro en Chile, más de veinte años después de su edición original en España. La casualidad ha querido que lo escriba en medio de un viaje y nada menos que en Amsterdam. No deja de ser simbólico: con las pruebas de este libro en la mano, he vuelto a visitar la casa de Ana Frank. En Chile, el diario de esta niña escrito durante su vida clandestina en aquella casa y luego asesinada en un campo de concentración nazi es leído en casi todos los colegios y las obras de teatro y danza basados en él han sido vistas por multitudes. Nadie osaría negar que ello ocurrió, nadie deja de horrorizarse por los campos de concentración nazis o comunistas y nadie deja de solidarizar con la memoria de aquella niña mártir.

No ocurre lo mismo con los múltiples campos de concentración que existieron en Chile durante la dictadura militar, básicamente en sus primeros años. No difieren en lo esencial, aunque sí en grados y magnitudes, de aquellos otros mencionados. Pero es un tema que salvo las víctimas y sectores cercanos y los defensores de los derechos humanos parecen conocer y difundir. En términos de medios de comunicación y opinión pública o es callado, o se le menciona poco. No se estudian ni se dan a conocer a las nuevas generaciones. Más bien, se disminuye su importancia, o se les niega, o se atribuye a uno que otro exceso o a responsabilidades personales y no institucionales de las Fuerzas Armadas, o se les justifica en nombre de una guerra que nunca existió. Lo que a juicio de grandes pensadores es el fenómeno más significativo de la época moderna y que marca con signo trágico Indeleble este siglo, en Chile es silenciado, olvidado o amnistiado (amnesiado).

En un magnífico libro escrito apenas dos años atrás y cuarenta después de su prisión en el campo de Buchenwald, Jorge Semprún, nos recuerda la importancia fundamental en la historia de la humanidad de los campos de concentración: es la experiencia real y tangible de que el mal y la perversión humana absolutos existen y es la más verdadera vivencia masiva, si se permite la paradoja, de la muerte. Con la mediocridad e hipocresía que nos caracteriza, en escalas menores y sin el perfeccionamiento y la sofisticación tecnológica, pero no con menor brutalidad para quienes los vivieron, Chile tiene su propia historia y aporte a esta tragedia de la humanidad, aunque hoy se trate de negar, minimizar, olvidar o justificar. La expresión del mal absoluto existió en este país, fue creado por seres humanos y no por fuerzas naturales ni como respuesta a ninguna necesidad, y el país en cuanto tal, además de muchas personas en carne propia, vivieron la experiencia de la muerte. Sólo asumiendo esa verdad, podemos volver a vivir con sentido y sin fantasías, no para esclavizarnos al pasado, sino precisamente para coexistir con él y ser más humanos.

Porque se puede explicar el golpe militar, aunque se le rechace ética y políticamente y, aunque a nuestro juicio nunca se le pueda justificar, a partir de una situación o condiciones socio-políticas o coyuntura histórica. Pero ninguna situación política o coyuntura pueden explicar jamás ni menos justificar el asesinato, tortura o desaparecimiento planeados sistemáticamente a través de mecanismos como los campos de concentración. Algo muy podrido o perverso (un «mal absoluto» del que nos hablan Malraux y Semprún), que no puede explicarse por «razones históricas», debe alojarse en las mentes y almas que los concibieron e Implementaron.

La literatura y otras manifestaciones artísticas de las últimas décadas, así como las investigaciones históricas y sociales, han abundado en relatos, obras de arte y estudios sobre los campos de concentración, tanto sobre sus significados más profundos históricos, culturales, políticos, también económicos, como sobre sus modos de organización y funcionamiento. Todo este material es poco conocido en las bibliotecas chilenas y en el proceso de formación de la juventud y de profesionales, técnicos, artistas, científicos, intelectuales. Este acopio de conocimientos ha llevado a distinguir entre diversos tipos de campos. Los hay de detención y prisión solamente aunque sean muy diferentes de las cárceles propiamente tales, otros se destinan a trabajos forzados orientados al simple castigo o a la producción, otros a la «rehabilitación», otros se constituyen para interrogar y enjuiciar, otros tienen como vocación la tortura y otros la ejecución Individual o el exterminio masivo. En muchos casos, y dependiendo del tamaño de la población concentrada, se combinan varias de estas funciones, pero también hay campos con funciones muy específicas y que no abordan las otras.

Pero todos estos diversos tipos de campos donde se priva masivamente de la libertad, comparten el mismo significado de «universo concentracionario»: la creación de un mundo, de una «ciudad», de un sistema de vida (o muerte), a veces de trabajo y producción también que al contrario de una cárcel que se rige por leyes nacionales aplicables a ella, crea su propia normatividad a partir de delitos que los define el poder político por sí y ante sí, y se convierten en un mundo y clima propio cerrado, donde el único referente para los que son llevados a ellos es el campo mismo.

En Chile existieron prácticamente todos estos tipos de campos, aunque muchas veces con funciones confundidas en los primeros largos años de la dictadura (Tejas Verdes, Isla Dawson, Tres Alamos, Cuatro Alamos, Ritoque, etc.). Más adelante se fueron cerrando, básicamente por presión internacional y de la Iglesia Católica, muchas de cuyas autoridades pudieron visitarlos y constatar directamente su existencia.

Tejas Verdes fue uno de los primeros campos de concentración y puede ser definido como un campo de detención, pero más precisamente, un campo de tortura. La tortura, ya ha sido dicho, no es un exceso, es una política explícitamente definida y tiene uno o varios fines: se trata básicamente de Infringir sistemáticamente un daño físico o psíquico, en general ambos, a la víctima, ya sea para obtener alguna información de ella o simplemente para castigarla sin otro fin que destruir su dignidad, su psiquis, su integridad física, es decir, anularla como persona. El establecimiento de un campo de concentración cuyo fin es la tortura, no es entonces ni una necesidad de una guerra real o imaginarla, ni un azar, ni una locura o irresponsabilidad Individual. Es evidente la responsabilidad de Individuos concretos, pero también es cierto que tales campos no existirían si no hubiera una institución en cuanto tal que los crea. En el caso chileno, se trata de las Fuerzas Armadas, y en el caso de Tejas Verdes, del Ejército. Ellos y sus autoridades, además de los individuos (soldados, oficiales y civiles comprometidos), son los responsables de estos crímenes y ello no puede ser negado. Sólo si es reconocido institucionalmente, puede ser perdonado por las víctimas y la sociedad. Así ha ocurrido en todas partes del mundo. Así deberá ocurrir, aunque tardíamente, en Chile.

Tejas Verdes y la dictadura militar chilena.

Los primeros conocimientos más difundidos de Tejas Verdes, forma muy fragmentaria y sigilosa, como campo explícitamente organizado para la tortura más que para la detención en sí misma, datan de la época en que ocurren los acontecimientos narrados en el libro que presentamos, es decir verano de 1974, aunque se sabe que el campo funcionaba desde antes. Fue con Tejas Verdes que se dio a conocer, para los no especializados en los crímenes y violaciones de derechos humanos, el nombre de Manuel Contreras, quien sería luego el máximo Jefe de la DINA y quien se jacta de siempre haber sólo cumplido las órdenes, no sabemos cuan vagas o específicas, del general Pinochet. Tejas Verdes se transformó en el símbolo de la parte más represiva y más oculta de los crímenes cometidos en aquel período de la dictadura, cuando sólo embrionariamente se constituían las organizaciones de defensa de derechos humanos y cuando el país aún se debatía entre la ignorancia y la perplejidad frente a la brutalidad y la violencia desatadas por el Estado controlado por las instituciones militares. Recordemos que luego del golpe militar de Septiembre de 1973 se desató un vasto operativo de represión dirigido básicamente contra quienes habían participado o apoyado al gobierno de la Unidad Popular, pero que incluyó también a quienes solidarizaban con ellos. Poco a poco este sistema represivo se fue organizando y coordinando, una de cuyas expresiones principales fue la creación de la DINA del Coronel Contreras, dependiendo directamente por leyes secretas del General Pinochet.

El escenario político del primer período de dictadura militar se constituye, por un lado, con un poder político-militar que debe intentar re-estabilizar la economía y poner orden político a sangre y fuego, para lo cual debe organizar su aparato represivo inicialmente disperso y eliminar y silenciar tanto a quienes apoyaron al gobierno anterior como a quienes critican la violencia del nuevo régimen y acuden en protección de las víctimas de la represión. No hay por el momento otro contenido o proyecto histórico para esta doble tarea, aunque ya se plantea que se trata de un gobierno no de paréntesis, sino de una nueva etapa en la historia del país. En el seno de este núcleo, en el poder, el problema central de Pinochet es agregar a su poder institucional como Comandante en Jefe, el poder político como máximo líder de la Junta de Gobierno. Por otro lado, no puede hablarse de oposición propiamente tal, sino de resistencia y sobrevivencia por parte de quienes son los derrotados con el golpe. La tarea principal es evitar la muerte y la detención, así como preservar en lo posible los aparatos organizacionales. En la imposibilidad de ello, el exilio empieza a hacerse masivo. La Iglesia ya ha empezado, aunque con menor capacidad organizativa que más adelante, su acción de defensa de las víctimas de la represión. En torno a ella o a organizaciones internacionales, los sectores intelectuales inician una tarea que en este momento es básicamente de denuncia y de intento de comprender cuál es el nuevo contexto y cuáles fueron las causas de la derrota y el fracaso. La Democracia Cristiana ha empezado lo que muchos denominan el «camino de Damasco» y sus sectores dirigentes toman distancia frente a un régimen que las pasiones del período de la Unidad Popular le impidieron rechazar globalmente en los primeros momentos.

Todo ello ocurre en medio de un país en silencio, perplejo por un estilo de gobierno del que no se tenía ningún antecedente y aún traumatizado por las luchas del período 70-73 y por la violencia de los primeros días del golpe militar. Hay sin duda un país de triunfadores, expresado sobre todo en los militares, que sólo ven un orden reconquistado; un país de perseguidos que viven el derrumbe de un mundo individual y colectivo (como lo describe muy bien la primera jornada de este libro) percibiéndolo como derrota pero también como fracaso, y cuya punta visible se expresa en las denuncias contra la represión; y un país del temor, la ignorancia real o buscada, el silencio o la complicidad.

Es en este contexto que deben ubicarse las diversas formas represivas utilizadas por el régimen militar en sus primeros anos de existencia, en general muy bien descritas en la primera parte del Informe Verdad y Reconciliación elaborado por la llamada Comisión Rettig, constituida bajo el gobierno del Presidente Aylwin. Es en este contexto que se ubican los campos de concentración. En algunos casos, ellos obedecían a un plan de detención de altos dirigentes de la Unidad Popular y fueron conocidos. En otros casos, se organizaron para absorber contingentes masivos de detenidos políticos, sin que se supiera mucho la causa de su detención ni la razón de su destinación a uno u otro lugar, dependiendo mucho de quiénes eran los captores. A la indiferenciación funcional inicial de los diversos campos que se fueron estableciendo en todo el país, le siguió una mayor especializa don de cada uno de ellos. Con todas las Improvisaciones y debilidades organizacionales, puede, sin embargo hablarse, de la existencia en Chile en esos años de un verdadero sistema de campos de concentración. Muchos de ellos eran ocultos o secretos, lo que permitía, a diferencia de aquellos que podían ser visitados o conocidos por observadores, la más absoluta arbitrariedad e impunidad en el manejo interno y en el trato de los prisioneros. Tejas Verdes es un caso emblemático de este tipo.

Una historia personal de este libro.

Espero que el lector comprenda y perdone la libertad que me tomo en lo que sigue para contar la historia de este libro, desde una perspectiva muy personal.

Entre los años 1970 y 1973 me tocó dirigir en la Universidad Católica, el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN), que en el libro aparece bajo el nombre de Instituto X y su Director con el nombre de Magus, constituido por un grupo de científicos sociales chilenos y extranjeros de orientación crítica y de izquierda. El Centro llegó a ser muy conocido por su papel en la Universidad en materia docente y en el país por sus investigaciones que eran dadas a conocer por su revista, los Cuadernos de la Realidad Nacional, que pasó a ser la principal revista de debate intelectual del período . Al poco tiempo de asumir el cargo de Director se me presentó al escritor Hernán Valdés para colaborar con las tareas del Centro. El resultado de ese encuentro fue que Valdés pasó a ser el Secretario de Redacción de la Revista y nos tocó trabajar estrechamente en los años siguientes, en que se constituyó en un miembro insustituible del Centro.

Hernán Valdés no era ni un intelectual político, ni un académico propiamente tal. Era estrictamente un escritor - poeta , novelista y ensayista- de gran nivel, preocupado además de los temas nacionales. Con otros colegas había participado en debates y publicaciones sobre el papel de la cultura en el proceso político chileno, habiéndose siempre mostrado escéptico y crítico respecto de cómo el mundo político abordaba dicha problemática. No era militante de ningún partido político, hombre de izquierda sí, pero sin definición ideológica de alguna ortodoxia, tan común en aquél entonces. En el tiempo que trabajamos juntos aproveché de leer su novela "Zoom", donde se muestra una sensibilidad muy especial, que se vuelve a encontrar en «Tejas Verdes» respecto de la correspondencia entre la desintegración individual y la del mundo que rodea a los personajes. El título mismo muestra otro rasgo que se hará presente en "Tejas Verdes", cual es la gran capacidad de manejo de la mirada cinematográfica.

El golpe militar de Septiembre de 1973 dejó al desnudo la soledad de Valdés, en la medida que desintegró los lugares que él frecuentaba, especialmente los de discusión literaria, cultural y su propio espacio de trabajo. No tenía grupos políticos ni de otro tipo que le sirvieran de referencia. El CEREN fue disuelto, la Universidad intervenida militarmente y todos nosotros expulsados. En ese tiempo vivíamos a unas cuadras de distancia entre nosotros, a su vez separados por pocas cuadras de la sede de la Junta Militar, el edificio UNCTAD o Gabriela Mistral y luego Diego Portales. Prácticamente todas las noches me llamaba para pedirme información sobre lo que pasaba en el país y mi opinión sobre cómo se veían las cosas y nuestros destinos futuros. Su perplejidad y abatimiento están muy bien expresados en las primeras páginas de su libro.

En aquel período yo estaba preocupado de mantener algún tipo de nucleamiento de los intelectuales y científicos sociales expulsados de las universidades y de aprovechar nuestras capacidades para analizar lo que ocurría, entender las razones del fracaso y derrota y denunciar ante la Iglesia y ante la comunidad internacional, únicos actores visibles fuera del gobierno y los militares, los crímenes cometidos y la represión de- salada. Una de las oportunidades para ello era la decisión del Tribunal Russel de hacer su sesión de 1974 sobre Chile, para lo que era necesario realizar un conjunto de investigaciones e informes. Coordinando esta tarea, le solicité a Valdés una visión testimonial de lo que ocurría en Chile en los primeros meses del golpe militar, sobre la dimensión psico-social y cultural. Dicho texto nunca fue conocido en Chile, por lo que ninguna actividad en este sentido de Valdés puede ser esgrimida como pretexto, aunque en todo caso ilegítimo, para su detención. Su documento era de una enorme fuerza literaria y en él mostraba el estado anímico devastado de los sectores perseguidos, la carnavalesca euforia de los vencedores, los ritos militares llenando los espacios de la crónica social de los diarios y las calles, el espectáculo alucinante de la limpieza de las consignas en los muros y las quemas de libros, el lenguaje inédito de «afirmativo» y «negativo» que reemplazaba nuestras simples expresiones tradicionales del sí o el no, la orgía consumista de los sectores privilegiados y agradecidos por el golpe militar, la tristeza y escasez de los barrios pobres, la incertidumbre y terror en las vidas cotidianas. He buscado desesperadamente en estos últimos meses este texto que, con los otros elaborados con el fin mencionado, guardé siempre como testimonio de nuestro trabajo y nuestra lucha silenciosa de aquella época. Mi intención era publicarlo como Anexo de este libro. Tanto escondite y traslado, terminé por extraviarlo.

En el mes de Enero de 1974 se terminaron las llamadas nocturnas y perdí contacto con Hernán. Recuerdo que en las trágicas y forzadas vacaciones de aquel verano nos preguntamos entre amigos muchas veces por él y llegamos a la conclusión que debía haberse arrancado con su tristeza a alguna playa. Varias veces pasé por frente de su casa, tocaba el timbre, nadie respondía y no logré percatarme de nada. Ya preocupados por su ausencia, le solicitamos a abogados amigos que trabajaban cerca de la Iglesia que averiguaran si alguna tragedia había ocurrido, porque ya se sabía de la masividad y arbitrariedad de las detenciones y desaparecimientos.

Un día de Marzo de ese mismo año, un colega de FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), donde se había agregado a los antiguos académicos de esa institución un grupo de los que habíamos sido expulsados de las Universidades, entra a mi oficina con el escueto recado: «Encontraron a Valdés. Estuvo preso en Tejas Verdes. Está a salvo en una embajada. Manda a decir que te vayas del país porque lo obligaron a firmar con torturas una serle de acusaciones contra tí». Esto último está confirmado por el autor en este libro en su narración del descabellado y brutal interrogatorio final. Desde ese momento hicimos todo lo posible con amigos españoles que aún vivían la dictadura franquista para encontrarle algún espacio en España. Gracias a ellos pudo llegar a Barcelona, donde escribió este libro. Luego estuvo en Inglaterra. Algunos años después escribió una impresionante novela, «A partir del fin», sobre la destrucción de las relaciones humanas con la crisis política y el golpe militar de 1973. La escena en que desde una bañera el personaje central escucha el último discurso del Presidente Allende y se pregunta por el sentido de aquellas muertes heroicas que «nos quedan demasiado grandes» a los seres comunes, es de antología y le da una poderosa fuerza literaria a los múltiples análisis sobre el fracaso del proyecto de la Unidad Popular.

A mediados de 1974, recibo un libro por correo con una dedicatoria escrita a mano. Se trataba de «Tejas Verdes, Diario de un campo de concentración en Chile». La dedicatoria decía, no sin algo de humor negro, «A Magus, esperando que para la próxima vez me dé mejores motivos de inspiración. Con un abrazo. H. Valdés». Por supuesto que el libro circuló ampliamente entre los amigos, forrado para que no se leyera el título y en forma clandestina. Desde ese mismo momento, se intentó ver cómo podía difundirse en Chile, sabiendo lo conocido que era en otros contextos. Para mí se convirtió en obsesión con los años y con el escritor Alfonso Calderón, una vez terminado el régimen militar nos hacíamos la promesa que lo haríamos lo antes posible. No sabía de las dificultades que Valdés cuenta en su presentación para publicarlo en Chile. Para mí el problema era simple y doble: no sabía cómo contactar a Valdés para pedirle autorización, y, más grave aún, había perdido de tanto esconderlo mi ejemplar y no era posible conseguir otro. En esta búsqueda, en el mes de Enero de este año, estando mi madre ya muy enferma, conversábamos en torno a su cama con mi hermana y mi hermano, ambos dedicados al tema de los derechos humanos desde hace muchos años, sobre la necesidad de haber publicado este libro el año de la condena de Manuel Contreras por el asesinato de Orlando Letelier, es decir, el año pasado. Les explicaba yo que era imposible encontrar el libro, cuando mi mamá por señas y hablando dificultosamente nos hace ver que ella tiene un ejemplar del libro en inglés y castellano y con una dedicatoria de Valdés, porque ella me había encargado que yo le solicitara un ejemplar a Valdés, cuando ambos estábamos de paso en Inglaterra en 1976. Si me he permitido contar este detalle personal, es simplemente como un homenaje a mi madre que falleció en marzo de este año.

Ese mismo día conversé con Faride Zerán quien me hizo ver que LOM Ediciones publicaría este libro, porque estaba empeñado en editar una colección sobre temas de nuestra memoria histórica. Gracias a la Embajada de Chile en Alemania, se pudo ubicar a Hernán Valdés. El dio su autorización para esta publicación, que contempla correcciones posteriores, facilitadas por el propio autor, a la edición original, y en la que se han integrado las notas al texto o suprimido cuando se refieren a referencias conocidas del público chileno.

Testimonio y creación literaria en el diario de H. Valdés.

El libro «Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile» narra sin aspavientos ni dramatismos innecesarios prácticamente día a día, el paso de su autor por el campo de concentración mencionado, desde el momento de su Inexplicable y absurda detención en su casa, donde sufre el fracaso de su vida personal y del mundo que se derrumba alrededor suyo, hasta el momento de su salida del campo, poco más de un mes después. Es el testimonio de alguien que no quiere defender ninguna posición ni se ufana de ningún heroísmo, por el contrario. Tampoco pretende presentarse el autor como la mayor de las víctimas. Todos sabemos, si es que puede hablarse así, que hubo violaciones a los derechos humanos y crímenes mucho mayores que los cometidos contra el autor de este libro. El es una de las tantas personas que nunca tuvo nada que ver con acción política directa, ni menos con algunas de las vagas acusaciones que se le hacía. El diario es el testimonio de la perplejidad y vulnerabilidad de un ser humano común y corriente sometido a la arbitrariedad, brutalidad y también ignorancia de quienes tienen todo el poder sobre su vida. Ni él ni sus captores pueden dar una explicación de por qué está detenido. Sin embargo, a lo largo del libro queda claro para todos, víctimas y victimarios, que toda esta «irracionalidad» se enmarca dentro de un racionalidad global, aunque nadie pueda definirla con exactitud.

Se trata del primer testimonio de un campo de concentración en Chile publicado como libro y escrito Inmediatamente después de la experiencia del campo. En este testimonio hay descripciones memorables del clima interno del campo de concentración y su organización y forma de funcionamiento; del mal trato a los prisioneros; de la dinámica de la tortura física y moral a través de los interrogatorios, el mal trato, el uso de implementos técnicos y el manejo de la incertidumbre; de la mentalidad militar en sus distintas jerarquías y de su sensación de impunidad; y del mundo social que se congregaba en estos campos de detención, constituido por todas las variedades de sectores medios y populares (profesionales, obreros, profesores, campesinos, comerciantes, sindicalistas, líderes de sectas espirituales, intelectuales, todos ellos personajes o privados o de ámbitos públicos muy estrechos).

No debe buscarse en este libro ningún análisis político propiamente tal. Más bien éste o no existe o es muy débil. Ya hemos dicho que su autor no era un político ni un especialista en estos temas. Precisamente la precariedad de este tipo de análisis le da otro enorme valor testimonial al libro, porque permite entender cómo las personas corrientes veían los acontecimientos en que estaban involucrados pero que no dominaban. Esta visión permite a su vez entender por qué tenía que pasar tanto tiempo antes de producirse el encuentro entre todos los que se oponían a la dictadura.

Pero Hernán Valdés no sólo da un testimonio riguroso y honesto Tiene el oficio de un escritor y es un novelista, es decir, un artista que a través de la creación puede desbanalizar la suma de datos y descripciones para hacernos ver todo su significado trascendente, todo el simbolismo de la condición humana que ahí se oculta. A través de la creación, de un toque mínimo, de una frase, de una expresión, se da cuenta de la polivalencia de situaciones, se convierte a un retrato en vida misma, en fin, se nos hace más real la propia realidad. La verdad miserable se transforma en obra de arte para que podamos asumir toda la significación de esa miserabilidad. Así, son especialmente notables las descripciones de la situación anímica del mundo social y cultural derrotado en el golpe y su intrínseca vinculación con el derrumbe de los mundos personales. También la descripción de los tipos sociales adquiere un valor metafórico conmovedor, como cuando se nos cuenta la historia de algunos detenidos: el suplementero, prototipo del mundo popular que quiere superar su marginalidad, cuyo ascenso frustrado en la vida es simbolizado en las maratones que se le impidió ganar, o el campesino que no sabe sino cosechar melones y es baleado cuando los busca con desesperación en el campo de concentración. O la reflexión sobre el dolor («no hay memoria del dolor») y la reducción del prisionero a su cuerpo y de éste a la fetidez omnipresente de sus excrementos. O las preguntas lacerantes sobre la vida antes del campo (¿dónde estaban y qué hacían los torturadores, de dónde salieron?) y después del campo (¿es posible volver a vivir después de esta experiencia?). Todo ello le da al libro de Valdés un valor superior al testimonio personal y lo convierte en un acto de creación, potenciándose ambos aspectos mutuamente.

¿Por qué publicar este libro ahora?

La pregunta eterna del por qué pasan las cosas que se narran en este libro, suele ser respondida evasivamente con el llamado a no remover causas ni acontecimientos que puedan reavivar odios o resentimientos. La afirmación que una sociedad no puede sobrevivir si no asume su pasado en todas sus dimensiones no encuentra respaldo en la historia, la que nos muestra que casi siempre las sociedades o las naciones se las arreglan para ocultar o mistificar el pasado.

Entonces, ¿para qué publicar un testimonio, por alta que sea su calidad humana y artística, tantos años después, cuando ya hemos superado esa etapa y estamos asumiendo nuestro futuro triunfalmente? ¿Para qué empañarlo con temas viejos? ¿No es lo que algunos llaman pomposamente «nuestra modernidad» una muestra de que hemos dejado ese pasado atrás?. Muchas veces, en otros libros he parafraseado esta reflexión, ahora más que nunca pertinente, de Vargas Llosa frente al monumento al holocausto en Jerusalén: «Haber ignorado que ninguna sociedad, empezando por la propia, está libre de perpetrar o sufrir una iniquidad parecida al Holocausto. Haber olvidado que todos estamos sumidos en esta guerra, sin victoria posible, cuyos combatientes encarnan papeles que cambian muy de prisa, y en la que, al menor descuido, se es derrotado. Porque, curiosamente, esa guerra que no se puede ganar, se puede en cambio perder. La grandeza trágica del destino humano está quizá en esta paradójica situación que no le deja al hombre otra escapatoria que la lucha contra la Injusticia» y diríamos nosotros, contra la mentira o el olvido, no para acabar con ellos, sino para que ellos no acaben con nosotros.

¿Por qué publicar este libro ahora?. Porque persistimos en ocultar lo que aquí se nos narra y así olvidamos sobre qué bases hemos construido nuestra «modernidad», de la que tanto nos enorgullecemos. Estamos llenos de Imágenes e ideas que nos recuerdan otras bases más positivas y enaltecedoras. Debemos tenerlas siempre presentes. Pero es también necesario recordar las dimensiones de horror y maldad que nos devuelvan la humildad y nos recuerden el peligro. Ellas, las narradas en éste y muchos otros testimonios, son también inseparables de lo que somos hoy. ¿Por qué revivirlas y recordarlas?. Simplemente porque así somos más humanos.

Manuel Antonio Garretón M.
Septiembre, 1996.


Edición digital del Centro Documental Blest el 18jun03
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