Tejas Verdes
TEJAS VERDES

TEJAS VERDES
Diario de un Campo de Concentración en Chile


5 de Marzo, Martes

Me quedé mucho rato allí, sufriendo espasmos que no podía contener. El sol parecía imponente para calentarme. Miraba los cristos del cerro, las vacas pastando, embrutecido y listado por el conocimiento de la maldad. Porque lo que yo sabía de la maldad, antes, eran puras caricaturas, pura literatura. La maldad había perdido todas sus referencias morales. Ahora se me presentaba como una pura ideología.

Los prisioneros salieron de la cabaña y se ocuparon de mí. Me cubrieron con una frazada y me hicieron mascar algunas tabletas, coagulantes, calmantes. Un viejo me encendió otro cigarrillo. Me dieron un pan. Pregunté la hora. Eran más de las tres. Había pasado al menos cinco horas allá. No podía entenderlo. Insistieron en que debía limpiarme la cara. Me llevaron adentro y me miré, por primera vez en todo este tiempo, en un espejo. Era tan raro recobrar mi imagen, aceptarla. Tenía un lado de la frente morado, muy hinchado. La nariz rota, con un gran coágulo, y la boca, las fosas nasales, la barba, el cuello cubierto de sangre seca. Los ojos extrañamente limpios. Saqué la lengua. No había ninguna huella. Pero las mucosas del paladar aparecían corrugadas, ásperas. Mascar el pan me devolvió la saliva. Las uñas todavía estaban muy marcadas en el pecho. Me limpié con un paño húmedo. Volví a ponerme al sol. Los compañeros me afirmaron que me repondría rápido. Todos habían pasado por lo mismo, unos más otros menos. «¿Y ahora?», pregunté. Ahora, si no teníamos cargos, nos soltarían tanto más rápido cuanto mejor demostráramos estar recuperados: si los teníamos, lo mismo: nos llevarían para someternos a procesos. Una semana, diez días, suele ser el plazo para «recuperarse».

En la noche pude comer. La comida es aquí mucho más abundante. Además nos dan todas las sobras de las marmitas de los soldados y cualquier cantidad de pan sobrante. El Gurú está en la cabaña. He vuelto a compartir una colchoneta con él. No lo trataron muy mal, porque pasó la mayor parte del tiempo de la Unidad Popular en el Canadá. Sospechan, sí, que su secta no es sino una cobertura de grupos de extrema izquierda y que, en todo caso, tiene en común con ellos la pretensión de separar a los hijos de los padres, destruir las familias, etc. De este lado hay seis cabanas. Los interrogados somos unos ochenta. En mi cabaña somos alrededor de quince.

Estamos separados por una empalizada baja del patio y las cabanas de las mujeres interrogadas. Estas no son más de quince.

Vino una enfermera por la tarde. Me negué a que me examinara, pero acepté píldoras para dormir. Nos trataba al campesino y a mí, como si hubiéramos sido víctimas de un rutinario accidente. Me costó mucho acostarme. El cuerpo me dolía atrozmente. No me atrevía a mirarme el sexo. Tenía miedo.

Aquí podemos levantarnos mucho más tarde. Me quedé en cama hasta las nueve. Al alba sentí como los presos de las cabanas del otro patio pasaban trotando al baño. Camino como un tullido. Las piernas, hasta las rodillas, me han quedado completamente insensibles.

La olla con el té, una vez que vuelve del patio de los incomunicados, es calentada por nosotros mismos, en un fuego de leña, en la «cocina». Allí podemos también tostar nuestros panes. Casi toda la mañana podemos estar en el patio y tomar el sol. Me aconsejan que camine, que me anime. Me aseguran que ya todo ha pasado. Pero no lo creo.

-¡Bienvenido al Sheraton! -me dice uno al que apodan el «Negro».

Desde aquí se tiene una visión conjunta de todo el campamento y de su funcionamiento. En la mañana, al mediodía y en la tarde parten los camiones con las ollas que nosotros mismos debemos lavar, al regimiento de Zapadores -donde se efectúan las torturas- a buscar el desayuno y las comidas. Son los mismos camiones donde luego llevan los presos a la tortura. Nosotros mismos debemos luego descargarlas y -cuando los soldados las han repartido en el otro patio recalentarlas para nosotros y lavar las escudillas usadas por los incomunicados y luego por nosotros. Vemos cómo llevan -a horas nunca iguales- a los del otro patio al camión que los conducirá a la tortura. Y los vemos volver, así como yo he vuelto. Cuando llega el camión con los detenidos desde Santiago nos hacen entrar a las cabanas. Pero pronto sabemos, por algún soldado, cuántos han llegado, cuántos hombres, cuántas mujeres. A veces sus nombres. Vemos todos los movimientos de vehículos por el puente y por la falda del cerro. Todos los movimientos de los mandos en las tiendas y la actividad de los soldados. Cómo, desde las torres, disparan a veces hacia las cabanas vecinas o hacia algún paseante extraviado en el cerro.

En mi cabaña hay cuatro «antiguos». Son los únicos que llevan en este lado cinco meses, y nos miran al resto como a aves de paso. Han visto llegar y partir a centenares. Tienen una gran familiaridad con los soldados y se pasean por todo el campamento sin cuidado. Han arreglado sus rincones como viviendas estables. Tienen ya sus hábitos y ocupaciones muy definidos. Escuchan con algo de benevolencia y escepticismo los relatos de los nuevos torturados. Dicen que esto no es nada. A ellos los han torturado entre siete y diez veces. La última hace un mes. Pero ésos eran otros tiempos. Dicen que últimamente hubo cambio del fiscal que dirigía los interrogatorios. A ellos los han mantenido noches colgados de las cuatro extremidades, les han puesto corriente en el culo en esa posición, corriente sumergidos en tinas de agua, los han puesto en el potro, los han flagelado de todas maneras posibles y, cuando perdían el conocimiento, los dejaban «descansar» un rato para luego recomenzar. Están llenos de marcas y cicatrices. Uno tiene una pierna monstruosamente hinchada. ¿Que qué hicieron? Trabajaban en una empresa metalúrgica. Tras el golpe, los militares necesitaron «exhibir» pruebas de los armamentos «marxistas», con los cuales el gobierno habría pretendido asesinar a los oficiales de las Fuerzas Armadas y a todos los opositores, para Imponer «una siniestra dictadura proletaria". Algunos de ellos fabricaron, en esa empresa, un par de «tanquetas» sirviéndose de pequeños tractores elevadores cuyas horquillas blindaron con planchas de acero. Las mostraron a la prensa y luego «buscaron» a los culpables. Mediante algunos de los interrogatorios que he descrito lograron su confesión. Posteriormente alguna de las policías militares hizo una Investigación y descubrió que todo había sido un invento. Los culpables esta vez fueron Interrogados para saber por qué habían aceptado la acusación y torturados por haber mentido bajo la tortura. Hasta el momento parece que los Inventores de las tanquetas y los descubridores de la impostura no se ponen de acuerdo sobre una versión definitiva del asunto y entre tanto no saben qué hacer con las víctimas. ¿Someterlos a un juicio? ¿Declararlos Inocentes y largarlos? Ambas posibilidades serían fuertemente incómodas.

Me paso la mayor parte del día sentado al sol, envuelto en la frazada. No soy capaz de pensar en mí como posibilidad, como proyecto vital. Sigo considerándome disponible para la flagelación y la abyección y de hecho lo estoy. Aquí los compañeros tienen todo lo indispensable para rasurarse y ponerse más o menos presentables. Pero ¿por qué habría de preocuparme de un cuerpo que puede volver a ser humillado de ese modo?

A las ocho de la tarde debemos guardarnos en las cabanas. Tenemos una bombilla eléctrica que queda encendida toda la noche. Los compañeros la han recubierto con una pantalla hecha de una lata de conserva perforada. Alguien tiene cigarrillos y fumamos uno entre tres o cuatro bocas. Me duele mucho la espalda. Me dicen que tengo grandes hematomas.

6 de Marzo, Miércoles

En la mañana he visto al campesino que se fugó, el que quería cosechar sus melones. Pelado al rape y envuelto con una frazada bajo el cuerpo desnudo, atado de manos, camina hacia el baño tras un soldado que lo tironea de una larga cuerda que le enlaza el cuello. Sobre el puente van y vienen los veraneantes y he aquí esta visión del medioevo. Me dicen que «le sacaron la mierda» y que lo tienen encerrado dentro de la base de una de las torrecillas de las ametralladoras.

¿Cómo verá el mundo, ahora? ¿Cómo entenderá lo que ha sucedido en su vida? ¿Sabrá realmente quién le oprime, quién lo humilla? ¿Se dará cuenta de la finalidad concreta, es decir, política, de esta perversión? ¿O verá la perversión como una fuerza ciega, inescrutable, que se ha abatido sobre él y el mundo? Sus melones ya para siempre podridos, su vitalidad y su responsabilidad productiva hasta ese punto humilladas ¿le quedará alguna fuerza para discernir quién tira de la cuerda?

Apenas encienden el fuego para recalentar el desayuno me instalo al lado. Los prisioneros riegan el patio con baldes, barren. Los «antiguos» se dedican a hacer tallados en maderas. Son los cristos que hacían dibujar al profesor y antes seguramente a otros. Los tallan en desechos de roble, provenientes de módulos militares que también llevan la inscripción US Army. Los oficiales se disputan estas obras de arte, suponemos que para decorar sus hogares. Rostros de cristos muy sufrientes, con sus cruces, sus clavos, sus espinas. Una vez tallados, nuestros artesanos los tiñen con té o los ennegrecen en la llamas. A cambio de ellos reciben pequeños favores, un trato tolerante, algún paquete de cigarrillos.

Lo que me hace temblar y me mantiene a la vez sobrecogido es el temor de saber, en cualquier momento, que han traído a Magus y las otras personas que nombré como «conspiradores». No me cabe ninguna duda de que usarán mi «declaración» para torturarlos e Inculparlos y de que me llamarán a un segundo Interrogatorio, usándome de testigo. Me paso vigilando la llegada de los camiones, los movimientos de los soldados cerca de las tiendas. Me reprocho no haber soportado un poco más. Pero quizá porque la exacta noción del terror y el sufrimiento se olvida. No pueden reproducirse como sensaciones.

Hay un muchacho, empleado del Hospital Salvador, que se pasea todo el día desesperadamente. Tiene las cuencas de los ojos totalmente negras, los ojos rojos, las venillas con coágulos morados. Parece que le han hecho abrir la puerta de la sala de Interrogatorios con extrema violencia, justo con los arcos ciliares. Lo interrogaron sobre un ocultamiento de armas en el hospital. Da a entender que también lo han obligado a nombrar a sus compañeros. Teme, Igualmente, ser llamado de nuevo.

Nos paseamos con el Gurú. Parece mucho más realista. Y no habla con tanta convicción del empleo de la energía, de su luz, para destruir el egoísmo. Pero aún así me sorprende, de pronto:

-La única solución es la de Cuba -me dice, con odio-; si no se empieza por aniquilar a los burgueses, no hay revolución posible.

-¡ Pero tú eras contrario a la violencia! -le digo, admirado.

-Por una vez, en un momento determinado, cuando se descubre lo podridas que están las mentes, no queda otro recurso. ¡Cortarles las cabezas!

Es muy sorprendente. Los extravagantes, los soñadores, los tibios, se transforman aquí en revolucionarios; los revolucionarios, a veces, en corderos. Es el caso de un militante socialista, de un sindicato de una empresa estatal: sueña que un día lo dejarán volver a su casa. Entrará y le dirá a su mujer: «M'ijita, no me pregunte nada. Aquí me tiene, vivo, y eso basta. Olvídese de todo. Ahora a trabajar y a cuidar los niños. Y nada más. El resto son puras hueváas». Pero no se puede generalizar.

Los más indomables son los jóvenes. Y entre éstos, por supuesto, los que tienen mayor cultura política, los universitarios. Después del golpe militar miles de estudiantes universitarios fueron expulsados, directamente, por cancelación de sus matriculas, o Indirectamente, al ser eliminadas sus asignaturas de los planes de estudios. Hay un grupo de unos diez. Muchos de ellos vienen de las universidades del sur. Estuvieron presos y fueron torturados de las maneras más horrendas en Valdivia y Concepción. Liberados después de meses, buscaron refugio en la iglesia luterana de Santiago, vinculada al Consejo Mundial de Iglesias, que ha acordado su apoyo a los perseguidos. El refugio fue asaltado por los militares y los muchachos han sido nuevamente torturados aquí. Algunos tenían sus billetes de avión y deberían haber viajado al extranjero. Olvidan pronto la tortura. Tienen humor envidiable, una capacidad de mirar todo esto como un duro y grotesco momento que será superado. Paso mis mejores momentos hablando con ellos. Están dispuestos a luchar como sea, donde sea, contra la opresión fascista.

Comienzo a pasearme por el patio. Se forman grupos, se deshacen y vuelven a constituirse con nuevos componentes. Algunos caminan, los «antiguos» tallan sus maderos o están al acecho de las órdenes de los soldados: los usan para toda clase de mandados, dada la «confianza» que les han conferido para desplazarse por todo el campo. Se conversa en voz baja, después de haberse estudiado mutuamente. Dicen que hay soplones. El «Negro», uno de los «antiguos»», es un muchacho de rasgos indígenas, oriundo de Valdivia. Ha sido llevado ocho veces al interrogatorio y conoce bastante de la organización. Me cuenta que todo esto, en un radio de unos diez kilómetros cuadrados, es zona militar. Que hay cuatro campamentos semejantes a éste. En total, hay una rotación de mil prisioneros por mes. Ha visto la sala de torturas y a algunos de los torturadores. Dice que está llena de cañerías, que es un viejo frigorífico del regimiento. Sobre ella se encuentra el casino de oficiales. Ha llegado a tener una cierta familiaridad con los torturadores. Celebran verlo cada vez que llega y sólo lo someten a los castigos después de haber «conversado», después de haber hecho «recuerdos» comunes, en fin, después de una charla a lo amigo. Incluso le ofrecían un cigarrillo después de ponerle corriente en el culo (para lo cual previamente le introducían un cilindro de fierro). Parece habituado a la perversión, a la humillación. Aparentemente, no guarda ningún rencor. Sabe que se halla dentro de un sistema pervertido y que hay que sobrevivir dentro de sus reglas. Habla el mismo lenguaje de los soldados, juega su juego, su ideología. Pero a veces se niega a levantarse y se queda horas, de vientre, sobre su jergón. ¿Qué recuerda entonces? ¿Qué piensa? Nunca lo dice, echa a la broma sus propias depresiones.

Hablo con don Ramón. No le pusieron corriente «por la edad», dice. Pero le dieron duro a golpes. ¿Qué querían? Nada, que las empresas periodísticas han formado otro sindicato de vendedores y, bueno, que él ya está muy viejo para seguir a la cabeza del antiguo, que era de izquierda. «¿Y qué va a hacer ahora?» «Jugar con mis nietos, qué quiere usted», me dice sonriendo tristemente.

De hecho, almorzamos dos veces. Del fondo de los prisioneros, que recalentamos, y de las sobras que dejan los soldados. Nos hinchamos de porotos, patatas y garbanzos. A veces quedan incluso algunos huesos con carne. Por mi parte, como al menos siete panes al día. Sin duda quieren que, en libertad o delante de un consejo de guerra, tengamos aspectos saludables.

En las cabanas se ha acumulado todo lo dejado por los prisioneros en estos seis meses casi del nuevo régimen. Juegos, sobre todo. Hay infinitas colecciones de damas hechas con semillas de eucaliptos, ajedreces de miga de pan, barajas dibujadas en cartones de detergente. Y extrañas perchas y armarlos. Las tablas están cubiertas de calendarlos de permanencia. Hay muchas cruces. Ningún dibujo erótico.

En nuestra cama, con el Gurú, jugamos a las damas. Tardo en dormirme horas, pero al fin me duermo. No tengo imágenes sentimentales, en mi memoria persiste ese bloqueo, como para prohibirme cualquier sentimentalidad. Detrás de esa puerta cerrada sólo percibo una confusa penumbra donde los seres conocidos tienen los rostros cambiados y donde los lugares son un amalgamiento de otros lugares, donde todo, como en los sueños, está trucado.

7 de Marzo, Jueves

Me digo que hoy tendrían que traer a Magus y los Otros amigos. Ya han tenido tiempo de detenerlos y mantenerlos la o las noches correspondientes en las sillas. No pienso sino en el momento en que sonará mi nombre en el patio para un nuevo interrogatorio. A ratos

se me ocurre escaparme, para que desde las torrecillas de vigilancia. de una vez por todas, me perforen con las ametralladoras.

Dicen que ha habido un cambio de comandante del campo. Desde ya, no nos dejan salir de las cabanas en buena parte de la mañana. Dicen que el anterior se aparecía por aquí de mala gana y que la disciplina estaba quebrantándose.

De este lado somos seis cabanas y una de ellas cada día está encargada de los trabajos del patio. Hoy somos nosotros la «escuadra de servicio» y nos dejan salir a mediodía para hacer el aseo y limpiar las ollas. Estoy adolorido todavía y colaboro muy poco. De pronto observo algo que ya había visto antes sin prestarle atención. Es una pareja de un viejo y un muchacho, muy andrajosos, a los cuales un soldado conduce al baño aprisa, empujándolos con la punta del fusil. Al pasar nos saludan, sonríen estúpidamente. El muchacho no tiene un solo diente. El viejo parece un hombre de las cavernas; lleva un tarro de meados en una mano. Pregunto quiénes son. Uno de los «antiguos» se asombra de que no lo sepa. Son campesinos de un lugar cercano. Después del golpe, los militares descubrieron en su casa una escopeta. Mediante la tortura, han querido que revelen un supuesto ocultamiento de armas checas, con las cuales los campesinos de la región habrían pretendido hacer volar todos los efectivos de la zona militar. A través de sucesivos interrogatorios -aparte de las torturas habituales- al viejo le han arrancado cuatro uñas. Al muchacho le han sacado los dientes con alicates, uno por uno. También están prisioneros en la base de una torrecilla y son llevados una sola vez al baño durante todo el día. Lo miro pasar de vuelta. Al muchacho le cae el pelo hasta los hombros, debe tener 16 años. El viejo sonríe al pasar, mirando a la tierra. Caminan rápido, con las caras mojadas, los zapatos abiertos.

Me dicen que en las otras dos torrecillas hay más prisioneros. A éstos no los sacan al baño. Nadie sabe quiénes son. Los soldados tienen prohibición absoluta de revelarlo. En general los soldados no hablan de las cosas del campo. Se puede saber, a través de ellos, cuántos y qué prisioneros llegan, quiénes han sido llevados al Interrogatorio, pequeños detalles. Se acercan a nosotros cuando alguien está contando chistes. Pero, aparte de uno o dos, no desconfían de la legitimidad del sistema y nos tratan -correctamente-, se podría decir, como a enemigos, como a «prisioneros de guerra», tal como hemos sido definidos.

Detrás de nuestra cabaña, separados por alambres de púas, hay una casa y un huerto. Es la vivienda del suboficial. Hay un gran manzano lleno de pequeños frutos que envidiamos. Las gallinas y una gran familia de patos del suboficial vienen a nuestro patio a comer las sobras que echamos en un tarro. Los patos sumergen sus picos succionando con gran escándalo y placer en una especie de ciénaga que forma el agua de los lavabos. Dicen que hasta hace poco la mujer del suboficial vendía sandwiches y cigarrillos a los prisioneros a través de la alambrada, pero que últimamente se lo han prohibido. Detrás de los WC hay un senderito que comunica las torres de las ametralladoras y que posiblemente también da a la entrada del campamento. Por allí pasan a veces los hijos del suboficial que van a hacer las compras. Pasan a dos metros de nosotros, sin mirarnos. El mayor no tiene más de diez años, pero es capaz de andar a nuestro lado, cuando estamos lavándonos o cagando, con la vista fija en el suelo o en el horizonte; de vencer, en suma, su curiosidad.

A media tarde nos encierran otra vez debido a la llegada de un gran grupo de nuevos detenidos. Las cabanas del patio de los incomunicados están llenas y nos obligan a desalojar una del nuestro, redistribuyendo a sus ocupantes en el resto, para instalar a parte de los recién llegados. Espío tensamente la posible aparición de un rostro conocido. El «Negro» sale más tarde a hacer sus averiguaciones y me tranquiliza. Logramos que también el «Negro» tire algunos panes a través de un hueco de la ventana de los nuevos prisioneros.

Al atardecer llega el camión con los Interrogados. Entran tambaleándose al patio, seguidos de un soldado. Las caras blancas, las narices o las frentes rotas, las ropas engrasadas y en desorden. Dos de ellos son echados en nuestra cabaña. Uno de ellos está en un estado patético. Nos acercamos para ayudarlos. Les preparamos camas, les damos píldoras, tratamos de tranquilizarlos. Uno se acuesta, hecho un ovillo, maldiciendo. Pero el otro, un muchacho de alta estatura y carne fláccida, llora. Llora de dolor y de congoja. Le quitamos los pantalones. Tiene las partes anteriores de los muslos y las nalgas totalmente desolladas, la carne al vivo, los pelos Incrustados en una película de sangre. Cree que lo han flagelado con varillas de acero. Llora constantemente porque no entiende la ilimitación de sus propios sufrimientos. Estaba en un tratamiento antidepresivo desde hacía un año. Ha pasado en total cinco años de su vida en cama y diez por lo menos como un Inválido. Ha tenido tuberculosis, infecciones renales, úlceras. ¿Su delito? Era candidato del PC a una elección sindical de profesores de enseñanza primarla que no se alcanzó a realizar debido al golpe. No entiende que para esto haya sufrido tanto su madre cuidándole la vida, que él mismo haya debido abstenerse de tantas cosas que la ponían en peligro. Debe tener unos treinta años. Llora y no podemos hacer otra cosa que ofrecerle pan y prometerle que ya todo ha pasado. Al rato llega la pequeña enfermera morena. Lo mira con simpatía y lo trata como si hiera un simple enfermo de insolación.

-Animo -le dice-, en un par de días estará como nuevo. Los «antiguos» no se alarman. Han visto llegar cientos y cientos.

-Esto no es nada -insiste uno de ellos-. Por lo menos, ahora pueden llegar caminando solos. Antes teníamos que Ir hasta el camión y traerlos como bultos, en frazadas. Así nos trajeron a todos nosotros.

-Algunos ni siquiera volvían -agrega otro-. Ahora tienen órdenes de que no se les pase la mano.

La noche es muy penosa. Tiemblo a la idea de un nuevo interrogatorio.

El «Negro» ha dicho que hay rumores de un viaje para mañana. Ello significa que pueden llevarse a un grupo para dejar a algunos en libertad y para someter a otros a proceso.

8 de Marzo, Viernes

Han llegado aún más detenidos. Las cabanas están abarrotadas. La máquina represiva funciona de una manera masiva.

Casi todos los días, a eso de las diez de la mañana, pasan por el puente multitudes de jóvenes con camisetas y pantalones blancos. Son los nuevos conscriptos. Corren en un apretado bloque y gritan. No cesan en ningún momento de gritar en coro mientras corren, golpeando las sílabas. Dicen cosas como: «¡Mi vida por la patria ¡», «¡ Sol de Chile, sol de Chile!», «¡La patria sobre todo, sólo Dios por sobre Chile ¡» Me recuerdan ciertos viejos noticiarios cinematográficos que
he visto en alguno retrospectiva.

Los rumores sobre el viaje aumentan. A través de los WC una mujer ha pasado un mensaje. Un sargento ha dicho que habrá viaje a Santiago. Nos paseamos inquietos, vigilando todos los movimientos en la tienda de oficiales y la posible llegada del camión. Los viajes se realizan aproximadamente cada diez días, pero ahora tendrían que acelerarlos para dejar espacio a los nuevos interrogados que vendrán a recuperarse a este lado. Hay unos veinte compañeros Interrogados hace más de una semana que ya están en buenas condiciones y que esperan ser llamados. Todos los demás, sin embargo, esperamos igualmente. En el fondo no hay aquí ninguna regla fija y cualquiera podría ser elegido.

A eso de las cuatro el «Negro» comunica que ha visto al suboficial con unos papeles en la mano. Nadie se hace esperanzas de ser dejado en libertad, pero, lo mismo, nadie puede contener su impaciencia. Un rato después llaman al muchacho del Hospital Salvador. La tensión llega a un extremo insostenible. Cuando regresa, después de unos diez minutos, lo asaltamos. Está muy pálido. Habla con los dientes apretados. Lo han hecho firmar una declaración inculpándose e inculpando a algunos compañeros. No es exactamente lo que le hicieron declarar con la tortura. Aquello ha sido tergiversado y exagerado. Pero no firmar habría significado un nuevo interrogatorio. Total, habría terminado declarando algo peor. Sí, habrá viaje. Sabe que lo llevarán a Santiago, a una nueva prisión, para someterlo a algún grotesco proceso.

Una media hora después aparece el suboficial con unos papeles y un cuaderno. Nos agrupamos alrededor de él. Muestra sus dientes y comienza a mascar nombre tras nombre. Los llamados se ponen a un lado. Es muy lento, le cuesta descifrar las letras. Cada uno está a punto de saltar. Salir de aquí, adonde sea, pero salir. Algunos compañeros de mi cabaña son llamados, entre ellos el viejo que me regaló un cigarrillo el día de mi llegada, y que está acusado de haber sido chofer de Altamirano, el ex Secretario general del partido socialista. Los elegidos son unos veinticinco. El resto debemos encerrarnos en las cabanas. El grupo se instala en dos bancos de troncos, frente a una mesa hecha de tablones. El suboficial les distribuye una hoja a cada uno. Les da instrucciones. Hace algunas advertencias. Luego les dicta algo. Durante una media hora los tipos escriben, muy lentamente. Por último se levantan y se disparan hacia las cabanas. Pero los soldados los acompañan. Vienen a buscar sus cosas. Están vigilados y no pueden hablarnos casi. Recogen sus ropas y sus documentos y nos dejan todo lo innecesario de herencia. Luego se los llevan al patio de las tiendas para que esperan el camión. Quedamos todos muy abatidos. Atardece. Ño tenemos ganas de hablar ni ganas de comer en un momento más. Los «antiguos» son los primeros en reanudar la rutina. Total han visto partir a tantos y han desesperado tanto de ser alguna vez llamados. El «Negro» nos informa que el dictado consistía en declaraciones de no haber recibido aquí maltratos y tonteras parecidas.

-Cada vez que se los llevan es la misma hueváa -dice.

10 de Marzo, Domingo

Me quedo horas mirando un retamo florido que sobresale sobre el muro que da al camino de la falda del cerro. Es el único amarillo que se ve desde aquí, lo único animoso. El cerro tiene pasto seco y unos arbustos mordidos por las vacas. El manzano está desnudo de hojas. Los eucaliptos dan una impresión sombría. Entonces el amarillo de ese retamo absorbe mi mirada, atrae algo de mí, algo que sospecho como un deseo muy oculto de reencontrar sensaciones que tuve o me parece haber tenido una vez.

Los torturadores no descansan en domingo. En la mañana se han llevado a seis prisioneros en el camión.

No alcanzamos a comer todas las sobras de los soldados. Tenemos que tirarlas. Sin embargo, sabemos que los del otro patio sufren hambre.

Mis heridas ya están secas y los hematomas pasan del negro al lila. Me he bañado y rasurado. Engordo, más bien dicho, me recupero. En el espejo tengo una mirada de extrañeza y, a pesar de todo, de inocencia.

Por la tarde los de las torrecillas se divierten disparándole a un veraneante que ha tenido la distracción de pasearse por el cerro. Vemos cómo las balas levantan el polvo a centímetros de sus pies. El tipo no sabe qué hacer. Huye hada un lado y le disparan. Coge la dirección
opuesta y lo mismo. Levanta los brazos al cielo. Se echa por tierra. Las balas lo rodean. La diversión dura un buen rato. Luego una patrulla parte a buscarlo. ¿Qué van a hacer con él?

11 de Marzo, Lunes

El nuevo comandante visita intempestivamente las cabanas. Es un tipo joven, de piel aceitunada, ojos negros mongólicos y grandes mostachos también negros. Lleva un kepis y camina con una pistola al cinto, cimbrando las caderas.

Se escandaliza del espectáculo de objetos inútiles y chucherías que presenta nuestra cabaña.

-¡Y esto! |Qué es esto! -exclama paseándose y mirando con repugnancia el amontonamiento de porquerías en los armarios que han construido los «antiguos» con sobras de cajones-, [Pero ustedes son un lote de viejas basureras!

Toma una y otra cosa con la punta de los dedos.

-¿Qué es esto? ¿Para qué sirve esto?

En realidad, los objetos son Inexplicables. Los prisioneros recogen cualquier porquería. Porque todo es útil alguna vez. Pero eso no puede decirse antes de que la necesidad se presente. Hay clavos viejos, semillas de eucaliptos, plumas de gaviotas, tuercas, pedazos de suela calcinada, envases de cartón, alambres, plásticos, corchos, tiras de género, trapos, y al menos un centenar de cepillos de dientes abandonados, entre otros objetos indescriptibles.

-|Lo único que falta aquí, ociosos de mierda, son algunos trapitos regleros!

Sigue escarbando.

-¿Y esos panes viejos, huevones? ¿Están criando ratas? ¿Y esa cuchara, qué hace aquí? ¿Y ese tarro? ¿Y esa muleta?

La muleta, en realidad, forma parte del museo del campo. Fue construida con ramas de eucaliptos por los mismos prisioneros para un compañero al cual le rompieron un pie en los Interrogatorios. Pero eso no puede ser explicado al comandante.

-¿Y ese tarro? ¿Qué mierda hace aquí ese tarro?

Luego se queda observando al compañero depresivo de las piernas desolladas, que no ha querido moverse de su cama en el suelo.

-¿Y vos, huevón?, ¿te eréis que esto es un sanatorio?

El muchacho comienza a dar cuenta, quejumbroso, de sus Infinitas dolencias, pero logramos interrumpirlo.

-¡Van a hacerme desaparecer todas estas hueváa en cinco minutos ¡ Esta hueva es un lugar de paso. ¡Esta no es una pensión, culiaos ¡

Nos ponemos rápidamente a tirar todo. En realidad, nadie puede explicar para qué se guardaba todo eso.

12 de Marzo, Martes

Soy incapaz de reflexionar críticamente sobre mi Interrogatorio. Los amigos a quienes «delaté" no han sido traídos. ¿Para qué gastaron todo ese tiempo y me infligieron todos esos sufrimientos? Sigo creyendo que en algún momento me usarán de testigo para alguno de los tantos procesos grotescos que se montan con el fin de demostrar el «terrorismo» y la «conspiración» marxista. Quizá la maquinaria represiva todavía es muy embrollada y lenta. Posiblemente quien me delató lo hizo meses antes de que me detuvieran. No sé si el procedimiento de los interrogatorios es extremadamente hábil o absolutamente caótico. Todas las preguntas imbéciles podrían formar parte de un modus operandi que desconcierta al interrogado y que lo hace descuidar la defensa de aquellos temas para los cuales se había preparado. De hecho éste es un buen sistema de humillación, incertidumbre, desconcierto. Se trata, en realidad, de mellar todas las defensas. Estamos perdidos y dependemos sólo de ellos. Sólo a través de ellos nuestros nombres, nuestras personalidades, pueden reencarnarse, y sólo aceptando nuestra culpabilidad tenemos la esperanza de salir con vida. Hay aquí casos que demuestran que los propios interrogadores no sabían de qué acusar al tipo que tenían delante, temblando de terror. Son excepciones es cierto-, pero hay aquí tipos traídos porque estaban parados en una esquina, sin documentos o porque estaban de visita donde alguno que detuvieron. Eso no los ha salvado del proceso. A veces los torturadores se fastidiaban. Hay aquí un tipo detenido por haberse entusiasmado con una chica en un autobús y por haberse bajado tras ella donde no le correspondía. Desgraciadamente, la chica trabajaba para la policía militar. Le pusieron corriente en las tetillas y como no consiguieran que diera ninguna explicación más interesante, lo obligaron a contar chistes. Si el chiste era bueno, lo perdonaban, si era malo o no los divertía, venía la descarga eléctrica. Otros cuentan también que entre los interrogatorios los hacían contar chistes contra la Junta. A un campesino que no tenía idea de los motivos de su detención lo han obligado a bailar una cueca con golpes de corriente en los pies. La historias de los interrogatorios son infinitas. Pero yo no logro entender las contradicciones del mío. ¿Por qué aceptaron que diera dos versiones de la actividad de Eva? ¿Por qué no me preguntaron sobre lo que yo hacía en el Instituto X? ¿Por qué no se interesaron en lo que yo pienso? ¿Por qué, en cambio, las insistentes preguntas sobre Enríquez? Ahora he sabido que muchos al azar las sufren. Parece que el sistema de los torturadores para obtener informaciones se basa un tanto en el cálculo de probabilidades de una lotería. Con la diferencia de que la masa de números somos nosotros. A primera vista los enormes recursos empleados para semejante sistema parecen demenciales, pero, si además del albur informativo se piensa que cumple un objetivo de aterrorizamiento masivo de la población, no lo es tanto. Lo que me parece claro, en cualquier caso, es que no han encontrado las copias de mis artículos y que, en consecuencia, saben muy poco de mí.

Algo interesante: yo y muchos pensábamos que habíamos sido detenidos por el SIM. Alguien de aquí que tiene buena información me asegura que nuestros aprehensores son de la DINA (Dirección de Información Nacional), en uno de cuyos centros de detención, probablemente de la calle Agustinas en Santiago, estuvimos al inicio.

En situaciones como ésta, cuando todo el esfuerzo de la inteligencia se reduce a y se concentra en la posibilidad de salvar la vida, cuando toda la personalidad racional se disimula, por un imperativo biológico que no tiene sino aquel fin, es casi imposible reflexionar sobre la naturaleza misma de las fuerzas que la han puesto en peligro. Comprender las motivaciones del odio y la violencia cuenta poco entonces para el funcionamiento de ese sistema defensivo que opera, parece, a nivel celular. Más aún, es como si tal comprensión, semejante toma de conciencia de las motivaciones del opresor traicionaran nuestra culpabilidad, haciéndonos más vulnerables todavía a su odio y venganza. Tal lucidez frente al opresor y al torturador implicaría asumir una conducta que entraría en contradicción con aquella inteligencia instintiva, animal, de sobrevivir. Implicaría respuesta, desafío, es decir, suicidio. En cierta forma, prestarse al juego de la conciencia que odia.

Es lo que nos ha sucedido a todos, me parece, en mayor o menor medida, a lo largo de estas semanas. Sin embargo, en los últimos días, paseándonos por el patio con los estudiantes del sur, a veces logramos emerger de esta formidable Inhibición biológica, y, a través de pequeños encuentros, nos esforzamos por descubrir alguna coherencia entre esta realidad y la anterior. ¿Cómo es que ésta nació de la anterior? ¿Por qué precisamente ésta, tan insospechadamente brutal, y no otra, como todo llevaba a creer, teniendo en cuenta la historia, y las características culturales de nuestra sociedad?

Lo más difícil de comprender y aceptar, según esas características, es este fenómeno de eclosión repentina del fascismo. Es decir, la apariencia de eclosión repentina, simplemente debida a nuestra carencia de elementos de análisis para haber detectado oportunamente su incubación. El hecho de que nuestra burguesía y la mayor parte de nuestra pequeña burguesía, que durante décadas han ejercido su poder en forma compartida, a través de instituciones democráticas liberales, de pronto sean capaces de recurrir, con todas sus implicaciones de violencia física e inteligencia al fascismo, es algo que deja perplejo, porque no estábamos preparados para tal eventualidad, porque la izquierda -al menos la oficial- no estaba preparada. Antes bien, en su juego de alianzas con algunos de sus sectores, nos había habituado a una imagen caballeresca de la derecha chilena. Nos habíamos formado en el mito de su discurso cristiano y humanista, de su tolerancia ideológica. ¿Cómo nos había transmitido esta Imagen, y con qué complicidades? Fundamentalmente, bajo la apariencia de una sociedad pluralista, en la que la Izquierda tenía las mismas opciones; a través de un juego parlamentario (para no mencionar la prensa y mil instituciones menores) que permitía una perfecta esquizofrenia entre ideología y vida cotidiana, de modo que después de la violencia verbal, tras los insultos de un bando a otro, era aceptable que derechistas e Izquierdistas solieran terminar la noche juntos, en una completa armonía gastronómica y alcohólica. Habituados a compartimentar en la cotidianidad debate político y vida social ¿cómo podíamos imaginar que esa derecha, es decir, esos comensales, esos contertulios, esos vecinos, pudieran de pronto enfrentarnos con una conducta fascista?

Problemas de una izquierda conducida por hombres de extracción burguesa, o pequeño-burguesa, dicen los estudiantes del sur. Proporcionalmente, nuestro problema.

Reconocemos que no fuimos conscientes del proceso de metamorfosis de esa derecha, que no tuvimos las referencias ni empíricas ni conceptuales como para prever el resultado. Nunca habíamos presenciado antes semejante gestación. Cada vez que consideramos la posibilidad de un golpe, lo concebimos con una relativa gentileza, con la gentileza de la ignorancia. Porque quienes iban a darlo ¿no eran acaso nuestros ex patrones, o ex contertulios, o parientes o ex compañeros de escuela? Podíamos esperar que fueran severos y duros, pero no sanguinarios. Además, el calificativo de fascista fue usado por la Izquierda prematura e inoportunamente contra cualquier opositor, y eso lo vació de contenido. Nadie explicó el fascismo como una ideología subyacente en todas las sociedades, nadie nos advirtió claramente que es el salvavidas ideológico de la burguesía en los momentos en que el liberalismo ya no le sirve para mantener su hegemonía. En nuestra cultura se nos había llevado a asimilar el fascismo como un fenómeno particular, singularmente localizado en la Europa de los años 30.

Por eso, por esa ignorancia, por esa inocencia, la dificultad de entender la violencia del golpe, la densidad del odio acumulado por sus partidarios y ejecutores, la ferocidad de su venganza contra quienes estuvieron a punto de quitarles el poder; la dificultad de entender la necesidad de destruir históricamente todo el desarrollo de la sociedad que puso en peligro su economía y sus ideas: la conciencia social del país.

A eso se deben también las preguntas idiotas que una y otra vez nos hacemos. ¿Dónde estaban antes estos miles y miles de hombres que a través de todo el país son nuestros asesinos, nuestros carceleros, nuestros torturadores? ¿Qué hacían, qué aspectos tenían? ¿Cómo es posible que no les hayamos visto, que no hayamos sospechado de su rencor, de su futura ferocidad? ¿Es qué vivían en un mundo aparte, es que sabían disimularse tan bien?

Es fácil comprender ahora -por desgracia tan tarde- que vivían entre nosotros. Que no eran ni más ni menos que nuestros conciudadanos, nuestros vecinos, a veces nuestros parientes y, en una que otra ocasión, nuestros amigos. Los encontrábamos cada día en las tiendas, en los transportes, en el cine, y nunca los asociábamos con las avanzadas terroristas de la ultraderecha, y si hablaban contra el gobierno o si hacían sonar sus cacerolas al anochecer, o si hacían sus marchas «para salvar la democracia», a lo sumo les insultábamos con buen humor. Quizá no son los mismos que han disparado y flagelado, pero, los militares no habrían hecho gran cosa sin ellos. Ellos fueron sus masas, ellos cubrieron sus balcones de banderas para celebrarles, emularon cobardemente su ferocidad, denunciando a sus vecinos izquierdistas, lavaron los muros de la ciudad, donde el pueblo había llamado tan profusamente a la revolución, regalaron sus anillos de boda para recompensar a la Junta, entregaron a los bancos los dólares que habían comprado en el mercado negro, y, en fin, salieron en tropel a las tiendas a cobrar su mísera recompensa: a consumir lo que ya en adelante no estaría permitido consumir a los trabajadores.

¿Cómo no haber comprendido que todos esos que nos parecían enemigos inofensivos -hablamos de la pequeña burguesía-, puramente verbales, formaban un frente de clase único con la ultraderecha y tenían un plan de guerra y de exterminio? Reprocharnos esa ingenuidad, ahora, paseándonos desconfiadamente en este patio, no sirve de nada. Hay revelaciones que sólo se adquieren de una vez y para siempre. En las llamadas democracias liberales, como era la nuestra, es muy difícil sospechar que el discurso reaccionarlo de la burguesía y las manifestaciones de intolerancia y descontento de la pequeña burguesía -su «avanzada popular»- hayan de tener fatalmente un desenlace histérico de tipo fascista. Parece que en ciertas circunstancias históricas los «espíritus liberales» tienden más fácilmente a involucionar que a evolucionar; o, en otras palabras, como sabíamos teóricamente y habíamos olvidado: que, ante la imposibilidad de seguir conservando por las vías «democráticas» su poder y sus valores culturales, cuando la sociedad está en el umbral de efectuar un cambio revolucionarlo, la burguesía opta muy fácilmente por el fascismo, arrastrando a las inseguras clases medias con todo su liberalismo y, dentro de éstas, a veces, a ese hombre que conocemos como «independiente» y «objetivo», siempre más dispuesto de lo que él mismo supone a sacrificar o alienar su libertad ante la angustia de la libertad verdadera, de la democratización. Sin todos ellos, sin su sostén, este cambio monstruoso de la realidad no sería concebible.

Así, entonces, en la misma medida en que estos momentos de esfuerzo reflexivo nos restituyen nuestra humanidad, así también nos someten a la angustia de esa condición, a una penosa lucidez que nos da escalofríos: justamente lo que nuestra más primitiva inteligencia había tratado de evitarnos.

Por la noche, a través de los resquicios de la ventana, bajo la luz de las bombillas desnudas que cuelgan en el patio, veo pasar trotando a cada grupo de las cabanas del otro lado, en dirección al baño. Unos tras otros, y luego vienen mis ex compañeros. Desde las sombras emergen ante la pálida luz amarilla, como fantasmas de galeotes, como una tribu de la edad de piedra, barbudos, las ropas deformes. El chico del hospital Barros Luco va al fínal y lleva el tarro de los meados. Tres minutos después regresan, apurados por los soldados. Luego se escucha aproximarse el ruido del trote de los siguientes. Hay muchos recién llegados.

13 de Marzo, Miércoles

Después del desayuno me paseaba cerca de la verja que nos separa de las mujeres mirando ávidamente a una de ellas, que fumaba, es decir, mirando su cigarrillo. De pronto me hizo una seña y me acerqué, eludiendo las miradas de las torrecillas. Al tiempo que me pasaba la mitad del cigarrillo, me dijo:

-Hoy habrá viaje.

De modo que me adelanté a las informaciones del «Negro». Todos estamos nuevamente tensos. Pero creemos que el viaje no se hará sino por la tarde. ¿Quiénes serán esta vez los elegidos? Si estuviera entre ellos, no me hago la menor ilusión de que vayan a dejarme Ubre.

Sabemos poco de las torturas a que son sometidas las mujeres. Algunas han contado algo a través de los WC. Por lo menos aquí no son sistemáticamente violadas, como en otras prisiones; sino más bien ultrajadas. A algunas les han introducido ratas en la vagina.

Me paseo con un español que no entiende que su embajada no haya hecho nada por él. Dice que está aquí por un pasaporte que le robaron. Lo acusaron de habérselo cedido a un «extremista». En realidad, es difícil saber qué hay de verdad en lo que cada uno cuenta. Quizá somos todos estúpidamente inocentes. Quizá nos guardamos algo debajo del poncho. En un lugar como éste nadie va a caer en la debilidad de confiarse a los otros.

Al atardecer estamos con los nervios gastados. Creemos que ha sido una falsa alarma. Estoy haciendo fuego para recalentar la comida cuando un soldado grita mi nombre desde la entrada del patio. Se me contrae el estómago. Avanzo, mirando en los otros mi propia consternación. No puede ser sino para llevarme a otro interrogatorio y sólo pienso en algún medio rápido de matarme o de hacerme matar. Me introducen en la tienda de los oficiales. Frente a un escritorio está el comandante, sentado. Hay un teléfono. Detrás, en un caballete, hay una veintena de fusiles ametralladores. Alrededor de la mesa hay unos cuatro soldados con las armas en la mano. El suboficial me tiende unos papeles.

-Lee eso.

Hago un gran esfuerzo para concentrarme frente a las palabras escritas a máquina. Las leo una por una, moviendo los labios, como un analfabeto. Es una declaración. Están mis datos personales. Se dice a qué corresponde cada una de las cosas encontradas en mi casa, dejándose constancia de mi negativa a reconocer un tubo de pomada. Se dice que Eva es «simpatizante» de un determinado partido político. Luego viene la descripción de la reunión «conspirativa» en casa de Sofía. En ella Magus planteó la necesidad de «hacer algo urgentemente contra la Junta». Están los nombres de quienes estuvieron de acuerdo. Magus, luego «expuso su intención de hacer un viaje a Alemania para conectarse con los marxistas de ese país y difamar a la Junta, a fin de dañar la asistencia económica».

-Firma, huevón.

Miro al comandante, perplejo. Balbuceo algo, quiero decir que no es exactamente lo que dije.

-Si no estai de acuerdo, te van a hacer otras preguntas, pa saber por qué no estai de acuerdo.

Los soldados se ríen.

-Bueno, ¿así que esto es mentira?

Tomo el lápiz que hay sobre la mesa y firmo con una repugnancia ostensible cada una de las hojas. Me reconducen al patio. Les cuento esto a los que se aproximan. Unos me compadecen, otros lo echan a la broma. El temor de que me van a usar ha sido confirmado. No tengo ganas de comer. Me paseo de un lado a otro. El Gurú me parece ser la persona que quedará libre más prontamente y le cuento todos los detalles para que Informe a Eva y a Magus *.

El suboficial aparece con su cuaderno y sus papeles. Todos abandonan la comida. Volvemos a agruparnos alrededor suyo.

Comienza a descifrar y a masticar los nombres. Por la mitad aparece el mío. Los elegidos formamos un grupo de unos veinticinco. Echan el resto a las cabanas. Traen unos cajones llenos de cinturones y cordones de zapatos para que cada cual retire los suyos. Nos hacen sentar en la mesa de tablones. Nos distribuyen dos hojas a cada uno. Hay un silencio muy tenso. Aparece el comandante, cimbrándose.

-Ahora ustedes van a viajar a Santiago -nos dice- Algunos van a quedar en libertad, otros van a ser transferidos para que se les Inicie proceso. Quiénes son quiénes, eso no lo sabrán hasta el ultimo minuto. Ustedes van a escribir y firmar dos papeles. En uno van a comprometerse a no revelar -quienes lo sepan-, bajo ninguna circunstancia, el nombre del lugar donde han estado. En el otro van a declarar, bajo juramento, que no han sufrido en este lugar ninguna clase de maltrato.

Va y viene, mirándonos fijamente mientras habla. Dice todo esto con enojo, como escupiéndonos. Entre nosotros no se oye un suspiro.

-Porque aquí, en este sitio, nadie los ha tratado mal. Lo que les ha pasado fuera de aquí no es asunto mío. Yo no sé nada de eso. Yo soy responsable de lo que pasa aquí.

El silencio nuestro es completo, pero él comienza a exaltarse:

-Yo soy responsable de vigilarlos, alimentarlos y mantenerlos en buenas condiciones sanitarias. ¿Ustedes creen, huevones, que a mí me gusta este trabajito de mayordomo? Pero yo soy un soldado de Chile y cumplo mi deber. }A mí sólo muerto me van a sacar de aquí, óiganlo bien, huevones! Porque estamos en guerra con ustedes y cada cual debe estar en su puesto. Yo aquí, ustedes allá. Así que ya lo saben.

El suboficial cree que ha terminado y se dispone a dictarnos nuestros juramentos. Pero el comandante prosigue:

-Otra cosa. Aquí nada de mensajitos. Nada de llevar recados a las familias o a los cómplices todavía sueltos. Hay huevones que creen que pueden transmitir recados impunemente, desde un teléfono público. ¡Las huevas! En un par de minutos los pescamos y entonces saben lo que es bueno. Y los que queden libres, nada de volver a meterse en hueváas. A su trabajo y a ocuparse de sus familias. Yo no quiero volverlos a ver por aquí. ¡Y si los veo llegar de nuevo los voy a masacrar, huevones! ¡Yo mismo!

Se golpea el pecho enseñándonos su furor.

-Ahora, pueden hacer tres preguntas, huevones. Un empleado público levanta su brazo.

-Di, huevón, rápido.

-Si salimos en libertad, ¿podremos volver a nuestros trabajos?

-Por supuesto, huevón. No querrán seguir en vacaciones, los cuitados.

-Pero... ¿cómo justificaremos esta... ausencia?

-Podís decir que te rompiste una pata ¿no?

-¿Y si no nos readmiten? ¿No podríamos obtener un certificado, mi comandante?

-¿Me estai tomando el pelo, huevón? ¿No querís que te recoja unas florecitas, también, pa llevar de regalo? Ya, mierda, se acabaron las tres preguntas.

Golpea sus botas, da media vuelta y nos abandona, siempre cimbrando sus caderas. El suboficial nos dicta. La escritura se hace muy lentamente porque hay pocos lápices. El suboficial debe dictar lo mismo a cada grupo de tres o cuatro. Cada hoja debe ser firmada por uno y además por los dos vecinos de la mesa como testigos. Desde luego yo me equivoco -estoy muy nervioso- y aparezco como testigo de mi propia firma. Por ultimo concluimos y nos envían con los soldados a las cabanas a buscar nuestras cosas. Nos apretamos rápidamente las manos con los que quedarán aquí. Los «antiguos» están deprimidos y silenciosos, como cada día de viaje. Desde hace meses, no logran habituarse a no ser llamados. En un momento más echarán alguna maldición y volverán a la rutina.

Corremos hacia el patio que hay enfrente de las tiendas. El camión debe llegar de un momento a otro. Un soldado nos convida un cigarrillo para todos.

Don Ramón y el Gurú* están conmigo. Pese a la incertidumbre, estamos muy excitados. Nos sentamos en un tronco. Es casi de noche.

El camión no aparece. Nos dicen que si no llega antes de las 8,30 no habrá viaje. Tendremos que esperar hasta mañana. Todas nuestras fuerzas mentales no consiguen nada. A esa hora desocupan una cabaña y nos meten adentro. El suboficial nos declara incomunicados. Nos está terminantemente prohibido tener ningún contacto con el resto de los prisioneros.

14 de Marzo, Jueves

Pasamos el día casi sin hablarnos. Apenas cabemos de pie aquí adentro. Creíamos que íbamos al fin a separarnos y aquí estamos juntos de nuevo con todas nuestras miserias. Nos fastidiamos unos a otros. Nos han olvidado, por lo demás. No nos dan desayuno y para el almuerzo un par de soldados nos reparte unos restos. No nos dejan salir al baño. El camión no debe haber llegado -no sabemos de dónde tenía que llegar-, pero no nos dan ninguna explicación. Hemos dormido directamente en el suelo con una frazada por pareja. Me paso con un ojo pegado a las aberturas de las tablas. Los prisioneros se pasean al sol y nos hacen signos de interrogación. Nadie sabe nada. Por la noche nos sacan unos minutos al baño y nos vuelven a encerrar sin precisar nuestra suerte.

15 de Marzo, Viernes

A eso de las diez de la mañana nos sacan y nos hacen subir al camión. Al menos han puesto unos palos en el piso y nos sentamos en apretadas filas. Hay también tres mujeres. El camión es totalmente blindado. Dos soldados con los fusiles al hombro se acomodan junto a la puerta trasera, ligeramente entreabierta para que podamos respirar. Una media hora después nos ponemos en marcha.

Y bien, prefiero no hacerme ningún ánimo determinado, me refugio en un moderado pesimismo. Cualquier ilusión podría ser brutalmente rota en un par de horas. Sé que si me llevan a otra prisión al menos tendré medios de comunicar mi situación y de obtener un abogado, aunque en estos tiempos de bien poco sirven. Si me dejan libre, sin duda llamaré a Eva y en diez minutos estaré de algún modo en la embajada de K. Sería una imbecilidad regresar a casa. Sabemos que el hecho de que una policía lo deje a uno libre no significa nada; otra policía puede llegar para recomenzar toda la historia desde cero. No sería yo la excepción en esta realidad. Y tomemos en cuenta que hay seis o siete policías más o menos distintas que se disputan, a veces, a los mismos sujetos.

Los soldados quieren que contemos algún chiste, que cantemos. Piensan que deberíamos estar contentos. Pero nadie tiene ánimos. Nadie puede estar totalmente seguro de su suerte.

Pese al encierro, sé perfectamente por dónde vamos. Este camino -de San Antonio a Santiago- está bordeado de chacras de pequeños propietarios que venden directamente sus productos a los viajeros. Imagino los puestos con pilas de gigantescas sandías, de melones, los grandes racimos de uva, las canastas de melocotones. Alamos, sauces, plantaciones de maíz, de tomates. Los campesinos imaginan sin duda que somos un cargamento de jurel y merluza, ya que estos camiones en aquella época de la Unidad Popular, eran frigoríficos para transportar el pescado desde el puerto directamente a las poblaciones más necesitadas de Santiago.

No decimos una palabra durante el camino. Los soldados bromean entre ellos. Las mujeres se rascan. A la entrada de Santiago el camión se detiene. Un soldado baja y va hasta la cabina. Hace descender a un par de prisioneros. Luego cierran de nuevo y el viaje prosigue. Nos parece que los han soltado. ¿Será posible? Estamos en un estado de ansiedad insoportable.

Unos diez minutos después el camión vuelve a detenerse. El soldado va de nuevo a la cabina. Al rato regresa, con aire indiferente. Nos hace levantar al español y a mí.

-Salten, huevones.

Caigo de pie esta vez, sobre el pavimento.

-Desaparezcan, rápido.

Echo a andar, sin mirar por dónde ha ido el español, sin volverme para observar el camión, que ha partido en seguida, ando cada vez más rápidamente, sin mirar hacia atrás, sin ver a nadie, mareado por este espacio que hay hacia adelante -es una calle desconocida-, a toda prisa, reteniéndome para no correr y a la vez para no volver la cabeza hacia atrás.


Notas:

* Supe posteriormente que nadie había transmitido mis mensajes.

* Dejado en libertad supe, que había sido nuevamente detenido, esta vez con sus adeptos, y enviado a un campo de concentración en el norte del país.


Edición digital del Centro Documental Blest el 18jun03
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