Tejas Verdes
TEJAS VERDES

TEJAS VERDES
Diario de un Campo de Concentración en Chile


17 de Febrero, Domingo

Probablemente los fines de semana los oficiales no se aparecen por el campamento. La de ayer fue una noche caótica, ni siquiera nos sacaron al baño. Los soldados se gritaban, cantaban, tiraban piedras contra las cabañas y disparaban continuamente, no sabíamos contra qué. Estábamos al acecho, inmóviles en el suelo. Por último entraron al lado, a la cabaña de las mujeres. Evidentemente, estaban bebiendo con ellas. Por la ranura de su ventana se escapaba un denso humo de cigarrillos. No podíamos imaginarnos la conducta de las mujeres. ¿Participaban por temor, de pura desesperación, cínicamente o por gusto? Algunas cantaban, se oían risotadas, gritos histéricos, caídas. Luego sucedían silencios incomprensibles. A medianoche, algunos salieron fuera de la cabaña. En el estrecho espacio entre nuestra cabaña y la vecina la presencia de una pareja nos mantuvo a todos tensos.

--Aquí no, hace mucho frío. -Era la voz de una mujer.

Oímos que se alejaban. Estábamos todos furiosos. Alguno recordó que las mujeres prisioneras en el Estadio Nacional preferían ser fusiladas antes que dejarse manosear por los soldados. No podíamos explicarnos esa especie de complicidad. Algunos comenzamos a dudar de la condición política de los prisioneros del campo. Pero, ¿qué otras razones justificarían su permanencia aquí?

Muy pocos han dormido. Yo me mantengo en un estado que no es el sueño ni la vigilia. O que es más bien una dualidad sueño-vigilia. es hecho no duermo. Estoy oyendo constantemente los ruidos, imaginando lo que sucede afuera, lo que podría estar haciendo Eva, lo que podría suceder en la horas siguientes. Al alba, a las seis de la mañana antes escucho cómo vienen a desalojar cabaña tras cabaña para la gimnasia y la carrera al baño. Mucho después de medianoche entró a la cabaña un soldado totalmente borracho, iluminándonos las caras con una linterna.

-¿Hay algún huevón despierto aquí?

Nos levantaba las mantas con el fusil y con su boca nos recorría los pechos. Insistía:

-¿Hay algún huevón que esté despierto?

Todos lo estábamos, y apretábamos los ojos, simulando un sueño de los más profundos. Alguno recibió una patada, pero apenas respondió con un quejido lejano, como si se hubiera tratado de una mala situación onírica. Se marchó insultándonos.

Hoy nos sacó a hacer gimnasia «Pata en la Raja». Hedía a alcohol, seguramente no se había acostado.

-A ver vos, huevón -me dijo, después de habernos formado enfrente suyo-, dime el número de tu carnet. Rápido.

Se lo recité, a la mayor velocidad posible.

-Muéstramelo.

Por supuesto, todos habíamos dejado los documentos en la cabaña.

-Agáchate huevón. Andar sin carnet es lo mismo que andar sin huevas. Te vai a acordar.

Se escupió la punta de la bota. Yo me había agachado lo más dignamente.

-¿Así que soi elegante, huevón?

Me había dado una patada muy sonora en el culo, pero consideraba que mi posición no era lo bastante humilde. Me propinó una segunda.

-¿Estai enojao, huevón?

Hice un gran esfuerzo para no demostrar nada. Me traicionaba.

-¿Estay seguro, huevón? A ver, ríete.

Me reí, hipócritamente, mostrando los dientes.

-Más fuerte, huevón, ríete con ganas.

Eché una carcajada como de sabio loco en una película de terror. La escena se repitió con dos o tres compañeros más. El sargento pareció al fin satisfecho y nos hizo trotar sin ganas durante unos diez minutos. Al fin bostezaba.

Cerca de mediodía un suboficial cuya cara da la impresión de una enorme y solitaria dentadura, se ha presentado a buscar al de la televisión argentina. Le ha ordenado dejar aquí su reloj. El tipo había pasado la noche cruzado de brazos, en un rincón, fuera de nuestro lecho, hablando solo. En el momento de peor frío, en el amanecer, se había aproximado, buscando el calor de nuestros cuerpos. ¿A dónde lo llevan? Si van a enviarlo de vuelta a Santiago, ¿por qué ha debido quitarse el reloj? Antes de que salga, le hago una seña (ya le había transmitido también el número de Eva) y me responde con un pequeño gesto afirmativo.

Hoy nos ha tocado un verdadero almuerzo de domingo: una sopa con pedazos de gallina, patatas, y los mismos fideos grises. También nos reparten un plátano a cada uno. Hugo me pasa su pedazo de carne a cambio de la patata y lo devoro todo pese a mi estado de saturación fecal. Guardo el plátano para la tarde.

Hacia las tres de la tarde abren la puerta. Es el mismo suboficial que se ha llevado al de la televisión argentina. Este está afuera, en el medio del patio. Su pantalón es una miseria. Parece mojado y tiene gruesas manchas como de barro y grasa. Nos mira con ira y desesperación los dientes apretados. Tiene un gran moretón en la frente y uno de sus pómulos parece raspado. El suboficial nos pide el reloj y el saco de plástico con su billetera y documentos. Nuestra visión dura brevísimos segundos. Nos preguntamos, aterrorizados, qué le han hecho, y qué suerte nos espera a nosotros, que no somos de la televisión argentina ni tenemos algún embajador que proteste. Comenzamos a pensar seriamente que debemos prepararnos para enfrentar alguna prueba terrible.

El día está nublado, muy frío, hay una niebla baja permanente. Dado que soy uno de los más desamparados de vestuario, me dejan que me envuelva en una frazada durante todo el día.

El de la farmacia piensa que está detenido por haberse opuesto, junto a otros empleados, al cierre del establecimiento donde trabaja durante la huelga del comercio (una de las manifestaciones empresariales para derrocar al gobierno de la Unidad Popular). A eso se reduce toda su actividad política.

Rubén no deja que nadie se escape a su organización de distracciones. César, el «Gordo» y yo -y eventualmente el Gurú- tratamos de formar un grupo aparte, en el que se intenta comprender la realidad política, en vez de eludirla. ¿Cómo entender lo que pasó en este país? ¿Cómo entender, especialmente, la ingenuidad en que nos mantuvieron, deliberada o inadvertidamente, los dirigentes políticos de la izquierda gobernante sobre el verdadero y feroz carácter de la lucha de clases? ¿Cómo fue que gran parte de los conductores de la «vía chilena al socialismo» conservaron y nos impulsaron a conservar una cierta imagen de «Fuerzas Armadas profesionales», de una derecha humanista y caballeresca y, en última instancia, de un «golpe limpio»? ¿Tan poderosa y sutil fue la penetración cultural de la clase dominante tan persuasiva la proyección de su imagen, incluso entre la izquierda. Pero Rubén nos persigue, insistiendo en que cada cual debe contar alguna anécdota. Está convencido de que a mí, como tipo «distraído» deben haberme sucedido muchas cosas «interesantes». Finalmente, accedo a contar el drama de mi enajenación con Buster Keaton especialmente una noche, cuando fuimos con mi mujer de entonces a ver una retrospectiva suya en La Rotonde. Habíamos dejado el coche estacionado mitad sobre la acera, frente a una joyería, en una calle próxima al Rond-Point. Como de costumbre, salí exaltado, liviano con una imagen dinámica y generosa de la realidad, con un ánimo de conquistador del mundo. (El film era la historia de una luna de miel en un fastuoso y fantasmal transatlántico vacío, al cual Buster y su novia subían por equivocación, y que cortaba las amarras a causa de una tempestad, navegando a la deriva, hasta llegar a una isla de salvajes que los atacaba y a los cuales Buster vencía con mil argucias). Al volver a nuestro coche yo me sentía en pleno océano aún, tratando de hacer funcionar máquinas incomprensibles. Di el contacto y aceleré. Por desgracia, estábamos enganchados en primera y el coche dio un salto, hasta chocar con una reja de la joyería. Las alarmas se pusieron a sonar con un escándalo espantoso. Se reunía una multitud alrededor nuestro. A los pocos segundos sonaban las sirenas de la policía y estábamos inmovilizados por una docena de flics montados en motocicletas rugientes y resplandecientes. Fue cosa de dos o más horas explicar en la comisaría el problema de mi profunda identificación con el espíritu de Keaton, y al menos unos días, para que mi mujer dejara de mirarme con una cierta reticencia.

No hay manera de librarse de estas fugas de humor. Después de reírnos un rato, volvemos progresivamente a nuestra realidad, cada cual a su drama, y todos a esta incertidumbre, a esta tensa espera de nada preciso.

Hacemos nuestro miserable lecho temprano, pues después de las ocho no se ve nada adentro, y nos disponemos a esperar alguna modificación de nuestra suerte en la mañana del lunes. El frío se ha hecho mucho más intenso. Solamente la tensión de estar pensando en lo que podría concernir a mi suerte mañana, me impide siquiera aproximarme al refugio, definitivamente rebelde, del sueño. Las pulgas, por lo demás, se han multiplicado dentro de estas ropas que nunca nos quitamos. Perseguirlas dentro de los pantalones, en la noche, cuando estamos prácticamente incrustados los unos en los otros, es absolutamente imposible.

18 de Febrero, lunes

Nos sacó a hacer gimnasia el duro del oeste. En realidad, le han apodado el «Tres Tiempos», porque nos obliga a hacer todo en cedida: salir de la cabaña, lavarnos, abandonar el WC, entrar en la cabaña, etc.:

-¡Salir en tres tiempos, y van dos y medio !

Ante cualquier retraso, como él dice, masticando odiosamente las palabras, nos hace «comer tierra». Esto consiste en someternos a órdenes casi simultáneas y contradictorias: echarse a tierra de vientre echarse de espaldas, sentarse, pararse, echarse de vientre, etc. De esto resulta que nuestras pobres vestimentas, que no nos hemos sacado casi en una semana, y menos para dormir, queden grises y compenetradas de polvo. Cuando íbamos al baño nos cruzamos con los prisioneros de la cabaña vecina, que regresaban. Conté 17, entre ellos el aficionado al teatro o a la artesanía. Nos hicimos un pequeño guiño. En la tienda estaban los oficiales y algunos sargentos; en la puerta ardía una fogata. A la entrada del otro patio hay a veces algunas mujeres mirando por las ventanas de sus cabañas. No sabemos si son prisioneras o sirvientas. A veces, al fondo, vemos a algunos tipos que riegan el polvo del patio o que hacen fuego en lo que parece la cocina; también ignoramos su condición. En todo caso, las cabañas de ese patio están siempre cerradas, pero a veces se ven luces en sus interiores. César me ha dicho que hay gusanos en el WC y otros compañeros lo confirman. Me imagino que son gusanos que pululan en el magma de mierda, y si bien la idea me repugna, no me extraña demasiado. Pese al frío del alba y a la imposibilidad de secarse, he tratado de lavarme lo más posible; al quitarme la blusa he visto que tengo la piel totalmente aguijoneada por las picadas de pulgas. El color de mi camisa no lo deja ver, pero en quienes tienen camisas blancas se observan un firmamento de defecaciones sanguinolentas.

Después del desayuno hemos estado esperando minuto a minuto que suceda algo. Espiamos todas las idas y venidas de los militares por el patio. Me hallo en un estado onírico, viciado, no puedo concentrarme en nada. Seis días sin cagar y seis noches sin dormir. Y atormentado de frío. Me parece ridículo no estar enfermo. Ni siquiera un resfrío ni siquiera un dolor de cabeza. Comienzo a admirarme de una resistencia física que nunca tuve. Comienzo a desconfiar de una debilidad física que siempre me inhibió para competir en cierto tipo de esfuerzos.

Los soldados parecen haber recibido nuevas Instrucciones. A las once nos hacen salir al patio. Inmediatamente se nos ocurre que algo va a definirse, pero no, se trata de sacudir las frazadas y de barrer la cabaña. Hay un hermoso sol marino y ahora se siente olor de eucaliptos. Los patos vuelan en escuadras sin fin cerca de la costa. Tratamos de demorarnos lo más posible. Entretanto, el hombre que ha hecho el servido barre. Parece dispuesto a demostrar una conducta ejemplar, una eficiencia perfecta, sin cinismo alguno, más bien como recuperando un viejo reflejo de su educación militar que asocia sacrificio a recompensa, pensamiento-ideas-conciencia, a insubordinación y castigo. Además de recibir la comida, siempre está dispuesto a sacar el tarro de los meados, a cantar, a prestar cualquier servicio. Salen nubes de polvo de la cabaña. Doy la cara al sol con avidez. Pero esto dura muy poco, después de cinco minutos vuelven a encerrarnos, Parece que repiten lo mismo con todas las cabañas. Me quedo mirando por una ranura hacia el cerro. Hay algunas vacas cerca del Cristo y las envidio. Se oyen cantos de gallos, el paso constante de vehículos sobre el puente. Son los veraneantes. Poco rato después abren y preguntan quiénes quieren Ir a la enfermería. La mitad, al menos, aunque no sea sino para estirar las piernas y tomar otro minuto de sol, decimos que estamos enfermos. Caminamos en fila. La enfermería está en la tercera tienda, a la salida del patio. Nos sientan en un tronco, mientras entra primero don Ramón. Desde aquí vemos el comienzo del puente, gran parte del río y la entrada del campamento. Hay otro bosquecillo de eucaliptos que oculta el campamento de este lado. Hay un soldado en cada una de las torrecillas en las esquinas de nuestro patio, limpiando las ametralladoras. Es difícil formarse una Idea de conjunto del campamento. Entramos juntos con el Gurú. La enfermera es joven, culona, muy tetona. Viste uniforme militar, botas y un gorrito con visera. Boca y ojos muy pintados. El Gurú dice que tiene el estómago destruido, que ha llevado de hace tiempo, debido a sus convicciones, un régimen de verduras y frutas, nada más. La enfermera, moviendo inevitablemente sus carnes, se extiende líricamente acerca de su nostalgia por un régimen semejante. Pregunta cómo poder sobrellevarlo sin desesperación. El Gurú aprovecha para hacer su pequeño proselitismo, y le insiste en que para ello hay que tener una convicción espiritual, y la conciencia de que toda carne que se come es corrupta. La enfermera suspira, dice que no puede hacer nada por la calidad de la comida y le da unas tabletas. En cuanto a mí, ¿cuál es el problema? Le expongo que siempre los he tenido para dormir, pero que dadas las condiciones miserables en que vivimos actualmente, esto es del todo imposible. Ella parece ofenderse por estas expresiones de desprecio de su hospitalidad. En cuanto a la constipación, trato de detallar sus razones más crudas. La enfermera se muestra chocada por mi indiscreción. Da a entender que si estamos aquí es porque lo merecemos. Me da un laxante y una píldora para dormir. Llama al siguiente. Le pregunto qué puedo hacer si me dan ganas de ir al baño.

-Tómelo por la noche -me dice- para que el efecto coincida con la salida al baño en la mañana.

Alcanzo a gozar de dos minutos de sol y aire, mientras atienden a Manuel, el campesino.

Después nos traen los elementos que habíamos encargado comprar: pasta de dientes, cepillos, jabón, dos rollos de papel y -curiosa inspiración del soldado- un spray desodorante. Incomprensiblemente, nos dicen que hay prohibición de comprar toallas. Algo más ilógico todavía: olvidando el celo del «secreto militar» de nuestra prisión, nos entregan la factura de la compra con las señas impresas de un almacén de Llolleo. Es un balneario muy próximo, entre San Antonio y Santo Domingo. Bajamos a tomar una cerveza allí, en algún bar de la plaza, cuando vinimos con Eva, hace un mes y medio. Habíamos pasado toda la mañana en la playa de El Tabo y buscábamos un lugar donde almorzar. De pronto, vestido con unos pantalones deshilachados, como un anciano hippy, apareció en la playa, a pasos nuestros, el poeta P. Hice un violento esfuerzo para no verlo, para no reconocerlo. Había tenido que escupirlo, de lo contrario, y no tenía ganas de enturbiar el placer del sol y las olas. Pues el poeta P., quizá para vengarse de haber recibido algunos raspacachos y no los honores que esperaba durante el gobierno de Allende -y todo esto a partir, anecdóticamente, de una irrefrenable aceptación de una invitación para tomar té con la señora Pat Nixon en la Casa Blanca, que provocó la consecuente ira de los intelectuales cubanos, sus anfitriones del día anterior-, ahora ha asumido la sucia responsabilidad de dirigir un departamento en la Universidad de Chile, intervenida por los militares, y de depurarlo de «elementos extremistas». Pero su resentimiento no ha terminado allí. Debía extremarlo hasta un exhibicionismo grotesco, y se ha dejado fotografiar por un periódico tomando helados con el interventor militar. Todavía más: quiso ser el antihéroe de la antihistorla: envió unos versos a «El Mercurio», el antiguo diario de derecha chilena, ridiculizando la lucha final de Allende y las circunstancias de su «suicidio». Parece que el diario decidió no publicarlos, quizá por respeto al propio prestigio que una vez tuvo el poeta.

He ahí el final, cuando la lucha de clases se agudiza y la sociedad pierde su ambigüedad, de algunos intelectuales y artistas que antes fácilmente se definían como independientes o francotiradores y que entonces podían usufructuar de los favores de ambos sin comprometerse a fondo con ninguno.

Destruimos la factura, para que no sepan que sabemos. Y nos rociamos del spray, que tiene un olor químico de pinos. Luego, a medida que la mañana avanza sin ninguna noticia que defina nuestra situación de prisioneros, comenzamos a recaer en un sombrío abatimiento. Aunque siempre hambrientos, comemos con desgana la sopa de porotos.

A media tarde oímos la llegada del camión y nos disputamos un lugar en las ranuras. Pronto aparecen los nuevos detenidos. Sólo alcanzamos a ver algunos cuerpos, siempre de cara contra la empalizada, con sus antifaces, las piernas abiertas, los brazos extendidos; pero tenemos la impresión de que son una gran cantidad. Su aspecto es miserable y no nos cuesta imaginar su terror, la angustiosa ignorancia del destino que les aguarda, después de las experiencias del calabozo y del viaje en el camión. Van a distribuirlos y nos sentamos, hablando de cualquier cosa, como si no supiéramos nada. Al rato empujan a cinco de ellos al interior de la cabaña. Entran tropezándose, buscando un arrimo. Huelen fuertemente a encierro, a orines. Tardan largos minutos en fijar su vista en nosotros, en distinguir las características del interior. Cuando comprenden que no hay ninguna amenaza, que no va a sucederles nada peor, se echan en el piso, en silencio. Uno de ellos parece muy mal. Tiene los ojos rojos y gimotea, desesperado, sin ver a nadie. Parece haber sido golpeado. De vez en cuando da un grito salvaje, como llamando a alguien, inconsciente. Nos acercamos, ofreciéndoles los pedazos de pan que hemos guardado -nuestra reserva para entretener el hambre en la noche- y los devoran en un segundo. Les contamos lo poco que sabemos. Uno de ellos se recupera rápidamente. Tiene humor, incluso, y desenvoltura. Es director de un liceo cercano a Santiago. De Inmediato declara ser comunista. Es pequeñito, delgado, entrecano, de unos 45 años, pero con cara de muchacho. Tiene una conciencia muy clara de las razones de su detención: notable influencia entre los estudiantes, actividades de orientación pedagógica antifascista después del golpe. Todos ellos han estado en el mismo lugar, atados a la sillas, desde el viernes y sábado. Esta vez el cargamento ha sido de unos veinte tipos. Sus relatos se organizan y se complementan en el resto del día. Por ahora, algunos se ponen a dormir. El que gime y otro más son campesinos. El primero parece sufrir de ataques de delirium tremens, ya que su consumo alcohólico ha sido bruscamente interrumpido. Hay un tipo enorme,
muy joven, de mirada melancólica. Apenas habla, parece contener el llanto. Y otro, de edad avanzada, torvo, de expresión desconfíable. Nos alejamos de él por el hedor de sus pies. Es un olor vivo, transpasante, de origen gaseoso, como si sus pies y calcetines y botas estuvieran siendo trabajados por millones de bacterias y hongos, descomponiéndolos, pudriéndolos a una velocidad enloquecedora. Para colmo, como para ejercitar las piernas, da patadas en el aire, de modo que el olor prácticamente nos da de bruces.

Hay muy poco espacio para caminar ahora. El tráfico por momentos se hace denso y no podemos dar dos pasos sin chocar. Algunos nos disputamos el aire que entra por las ranuras de las ventanas. Con el abogado, el Gurú y el «Gordo», tratamos de aislarnos en el compartimento de la derecha. Acerca de la gentileza de la izquierda durante el período pasado y la violencia de la derecha en el presente. Nos desespera no entender aún esta incoherencia. Mil veces recomenzamos, hablando de ese pasado, los si esto... si lo otro... todo habría sido diferente. Si solamente los que conocían el peso real de la amenaza nos hubieran hecho conscientes, como pueblo, de nuestra precisa responsabilidad, y si hubiéramos sido traídos aquí por defenderla, todo esto sería casi aceptable. Pero estar aquí como los segmentos de una confusa, inofensiva izquierda atomizada... Tenemos largas y difíciles discusiones. El Gurú tiene una vida curiosa. Ha estado los últimos años estudiando pintura en Canadá y, para costearse estos estudios en un país de cultura plástica tan poco imaginable, trabajaba en un hospital. Hasta el día en que el Gurú Maharají -que entonces tenía doce años- llegó en su turbojet desde la India para revelar su mensaje en un estadio. Hugo no recuerda por qué estaba allí -por curiosidad o por divertirse, tal vez-, el caso es que en adelante olvidó todos sus actos profanos. Le bastó ver al Gurú y oír un par de palabras suyas para comprender que su mensaje era justamente el destino que había estado buscando y que todo lo que ambicionaba decir con la pintura no era sino una parte ínfima y rudimentaria de la verdad que ahora se abría ante él. De modo que se aproximó al Gurú, hasta que logró viajar con él a la India, donde al fin recibió el conocimiento. Desde allí, le pareció que su deber era difundir el mensaje en Chile. Ahora tiene algunos evidentes conflictos entre su sensualidad y su responsabilidad. Piensa que no debe afligirse y considerar todo esto como una prueba de su vocación. Pero de hecho se aflige. Duerme gran parte del día, y otra gran parte la ocupa en sus meditaciones, cubriéndose ahora la cabeza con un pedazo de frazada, porque la luz externa, que no es mucha, lo «distrae de la verdadera luz». Pero súbitamente recuerda el gusto de un trozo de sandía deshaciéndose entre
los dientes, haciéndose jugo sobre la lengua, y la vida aquí se le hace insostenible. De pronto, tras de unos instantes de vacilación, se decide a contarnos una curiosa historia: cuando hacía trámites para legalizar el funcionamiento de su «hogar», fue llamado a una reunión por el Intendente de Santiago, en ese tiempo un socialista. Tras los necesarios preámbulos, éste le propuso poner a su disposición todas las facilidades necesarias para desarrollar sus actividades: alquiler de casas, publicidad, transporte, etcétera, siempre que prometiera difundir su mensaje exclusivamente en los barrios ricos. «Querían usarme para distraer la atención política de los jóvenes fascistas», nos confiesa, con un melancólica perspicacia. «¿Y por qué no aceptaste?» preguntamos. Suspira desde su posición de loto: «yo no podía negar el mensaje del Gurú, la luz divina, a los pobres».

En el compartimento vecino el profesor ha monopolizado la atención y Rubén sólo tiene un rol superfluo en su manía de organizar las comunicaciones. El profesor parece conocer una infinidad de trucos para distraer a su auditorio y para Instruir sobre cualquier materia con un aire jovial y ligero. Su intención parece ser la de trivializar nuestra situación, la de consumir el tiempo de un modo que no nos atormente. Chistes (y muchos sobre los militares), anécdotas, canciones, un cierto enciclopedismo básico y ameno, y una confianza simple y comunicativa en la victoria final de los trabajadores, lo convierten de Inmediato en el mayor deleite para muchos de nosotros.

Por la tarde, poco antes de la comida, han sacado a las mujeres al patio. Son unas diez, es la primera vez que las vemos en conjunto. Tienen entre veinte y sesenta años. Ninguna me parece particularmente expresiva. Canturrean, se ríen, conversan con los soldados.

Ninguna da la impresión, tampoco, de las militantes políticas que hemos conocido. Parecen muy banales, o fingen serlo. Las más jóvenes visten pantalones.

Las ganas de fumar me atormentan. Siento los bronquios insoportablemente vacíos, como una plaza solitaria. Para qué hablar de la necesidad de una botella de vino.

19 de Febrero, Martes

Tomé mis píldoras laxante e hipnótica, y el campesino seguía jadeando y llamando con voz ininteligible. Nos dieron más frazadas y colchonetas -siempre insuficientes- y logramos acostarlo. Tenía los pantalones mojados, posiblemente de haberse meado, y las comisuras de la boca, el cuello y la chaqueta empapadas de baba. Durmió un rato, con sobresaltos. Más tarde se levantó, en la oscuridad total, ignorante del lugar donde se hallaba, y pasó sobre nosotros, gritando, cayendo una y otra vez. Decía que tenía que ir a cosechar los melones, que tenía que ir. Que los melones iban a pasarse, que iban a reventarse de maduros con ese sol. Que lo dejaran ir. No teníamos qué darle para tranquilizarlo. Le hablábamos, el profesor le decía que no, que todavía no era tiempo, que a los melones les faltaba todavía. Manuel intentaba calmarlo con su propio lenguaje caluroso y cantante del campo. Pero él lanzaba los pies hacia adelante, nos daba golpes, quería abrirse camino. Era un caos, el lecho había volado por todas partes, nos tropezábamos en la oscuridad, recibíamos golpes, estábamos agitados por una risa histérica, ahogada, y tratábamos de cubrir los gritos del campesino envolviéndolo en frazadas. En el fondo nos gustaban sus gritos, de algún modo nos Identificábamos con su desesperación, había que cosechar esos melones, todo el trabajo se iba a Ir a la mierda si no lo hacíamos ahora, si no empleábamos todas nuestras fuerzas en cobrar sus frutos. Sonaron un par de disparos cerca y creíamos haberlo aterrorizado lo suficiente, con nuestro propio miedo, para que se quedara otra vez quieto. Deliraba muy quedamente, como adormeciéndose con sus propios lamentos. Volvimos a ordenar malamente el lecho. El recién venido apestaba la cabaña con sus pies. Don Ramón y el «Gordo» comenzaron a roncar. El Gurú, a mi lado, también se durmió, prontamente. Yo buscaba el sueño con esfuerzo, como remontando un río. De pronto oí un grito de batalla, siempre algo que tenía que ver con los melones, y el campesino saltó sobre todos nosotros, y ciego, se lanzó fuera de la cabaña, rompiendo no sé cómo el pestillo de la puerta, y lo sentí correr gritando hacia el lado del río, y todos se despertaron y la metralla de la torre comenzó a funcionar, llenando la atmósfera de un ruido de fragmentaciones de rocas gigantescas, y después nada, voces, unas estúpidas risotadas, algunos gritos, y después un silencio indescifrable.

Pero pronto nos sacaron violentamente de la cabaña. Nos contaron, mientras nos estremecíamos de miedo y frío. Querían saber si no había sido un intento organizado de fuga. No quisieron respondernos cuando preguntamos si el campesino había sido muerto. Nos Introdujeron a la cabaña a culatazos.

No sé si me hizo algún efecto el hipnótico; de todos modos, debe haber sido tan fuerte la fatiga, que me parece que he dormido al menos un par de horas al amanecer.

Al alba, apenas nos sacan a la gimnasia, volvemos a preguntar sobre el campesino. Los soldados se ríen. Parece estar vivo, pero no nos aclaran en qué condiciones. Dicen que, en todo caso, «al huevón ya se le pasaron las ganas de cosechar sus melones».

Algunos compañeros, y los mismos soldados, habían hecho bromas sobre los efectos afrodisíacos de un ingrediente del té que nos reparten. Después del desayuno el profesor nos explica su fuerte contenido en «piedra alumbre», esto es, sulfato de aluminio, cuyo poder astringente parece ser conocido desde la antigüedad. Lo usaban antes los barberos, para restañar las heridas, y en Chile lo usan abundantemente el ejército, las cárceles y en general todos los internados de estudiantes, religiosos o laicos, por su fuerte acción inhibitoria de la circulación en las zonas erógenas. Esta explicación más bien nos divierte. Nos parece demencial que se preocupen de inhibirnos sexualmente con medios químicos, puesto que de sobra nuestra misma situación nos mantiene en un estado de Inhibición no sólo sexual, sino que fundamentalmente sentimental. La Incertidumbre y el miedo de lo que pasará con nuestras vidas no dan lugar ni a la nostalgia ni al deseo.

Me siento extraordinariamente aliviado, lúcido. En la mañana ha sucedido el milagro al ir al WC. Junto con preparar en la noche tapones para los oídos con papel -lo que quizás me permitió dormir un momento- había dejado listos otros tapones para la narices. Un tanto protegido por ellos, me subí al cajón, para no tocar las tablas compenetradas de orines y mierda, y me colgué de un palo que soporta el techo de los retretes, como un mono. Y entonces fue como destapar una vieja alcantarilla, cantidades increíbles de mierda que sonaba estruendosamente al caer sobre el espeso contenido del pozo. Me sentía liviano, casi un elfo, al salir de allí. Pienso que dormí aún algunos minutos, mientras todos hablaban a mi alrededor, en las tres horas que median entre la gimnasia y la ida al baño y el desayuno.

Me pregunto si el de la televisión argentina habrá llamado a Eva. Me pregunto qué ha pasado en casa en toda esta semana. Doy casi por descontado que han hecho nuevos registros y que han descubierto todos mis papeles. Mi única esperanza es que Eva y los amigos estén intentando algún tipo de intervención a alto nivel para salvarme de lo peor. Tengo una idea muy vaga de mi destino. Así como mis compañeros, no quiero pensar en lo que harán conmigo. Pensar constantemente en eso, imaginar, haría de cada minuto que transcurre aquí una ingestión de veneno.

Después de la sopa de porotos, que ha llegado a ser cotidiana, estábamos hablando con César y el «Gordo» de la responsabilidad de los democristianos en el golpe. El PDC fue el partido que proporcionó la mayor parte de los instrumentos ideológicos y de los argumentos conceptuales, en estrecha alianza con la derecha, para uso de las fuerzas armadas. Pero con la convicción de que las fuerzas armadas serían sólo el instrumento de derrocamiento de Allende para luego poner en su lugar presumiblemente a el ex Presidente Frei. La repugnancia a los democristianos es muy fuerte en algunos de nosotros, en gran parte de la izquierda, especialmente si se tiene en cuenta que jugaron torcidamente con todas las tentativas, por demás ilusas, que hizo el PC para buscar un entendimiento con ellos antes del golpe y, aparentemente bajo presión, el mismo presidente Allende, incluso en los últimos días de su vida. Inmediatamente después del golpe, bajo su apariencia de tecnócratas o de factores «amortiguantes» entre el fascismo y la izquierda, algunos ocuparon las sillas todavía calientes abandonadas por los muertos y los perseguidos.

-Estoy seguro de que aquí jamás traerán a un democristiano digo en voz alta, muy ofuscado.

El gigante melancólico, el que trajeron ayer, me mira entonces fijamente, con indignación y tristeza. No dice nada, pero se produce un silencio extraño, que en ese momento no llegué a comprender.

Sólo después, al anochecer, se decidió a hablar. Resulta que es justamente democristiano, y presidente del sindicato de empleados de una fábrica de aceites y margarinas. La fábrica fue intervenida por el gobierno de la UP y en este caso los trabajadores democristianos estuvieron de parte de la izquierda para apoyar la intervención, aun cuando él era partidario de la autogestión, especie de colaboración capitalista entre trabajadores y empresarios. Supone que ésta es la razón de su detención. Tiene una invitación y un billete para viajar a San Francisco, el lunes próximo, a un seminario de sindicalistas, algo organizado por la AFLO-CIO, organismo infiltrado por agencias norteamericanas. Confiaba en que los militares permitirían un sindicalismo no marxista. Alguna vez estuvo a punto de ser pastor evangélico, pero entonces se enamoró de la que ahora es su segunda mujer. Tuvo que elegir, qué diablos. Cree en la justicia trascendente del cristianismo, no entiende el carácter «Imprescindible» de la lucha de clases. No está de acuerdo con el golpe, pero tampoco estaba de acuerdo con el gobierno de la UP. Le digo que sus Ideas y sus buenas intenciones le han sido transmitidas por la clase dominante para defenderla en última Instancia, sin que deba entrar en conflictos con su moralidad. Se queda pensando, parece muy confuso por todo, no especialmente por lo que le digo. Su situación, nuestra situación, le produce más tristeza que odio. Parece sentir que algo ha marchado mal, sin llegar a comprender exactamente qué. Como si no hubiera sido sino moralmente traicionado. Creo que comprendería y perdonaría a los que ahora, incomprensiblemente, son sus enemigos.

20 de Febrero, Miércoles

Nos despierta muy temprano el frío. Nos hemos repartido en los dos lados de la cabaña y nuestros lechos ocupan casi todo el espacio. El tarro de los meados, siempre lleno, tiene un olor fétido de metal corrompido por el ácido. Nos ponemos a escuchar los gritos para despertar a los prisioneros de cada cabaña, los sucesivos trotes de cada grupo en el patio, las idas y venidas al baño. Buscamos nuestros zapatos en la oscuridad, para estar listos a salir en «tres tiempos» cuando abran la puerta. Algunos duermen con ellos y ni siquiera les es necesaria esta preparación para saltar del lecho al patio. Nuestras barbas están espesas, nuestras cabelleras endurecidas por el polvo y la suciedad. El tiempo siempre es insuficiente para lavarse, hay que elegir entre el WC o los caños de agua. Los que logramos lavarnos volvemos con los cuerpos humeantes, esperando que nos seque al aire, Y después de toda esa prisa al amanecer, nuevamente a permanecer ociosos en la sombra de la cabaña. Hay sólo tres acontecimientos más o menos previsibles en cada día: el desayuno, el almuerzo de porotos y la cena de porotos más licuados. Las visitas de las enfermeras son caprichosas. También lo es la presencia de los soldados. A veces nos abren la puerta con cualquier pretexto, continuamente. A veces desaparecen gran parte del día.

Las mujeres no son obligadas a hacer gimnasia. A eso de las diez de la mañana las dejan salir a tomar sol en el patio.

Después del desayuno el profesor se ha puesto a fabricar un juego de damas, utilizando la caja de cartón en que nos trajeron las compras. En esos momentos se presentó el suboficial cuya dentadura distrae de la captación de cualquiera otra seña en su rostro. Traía un cuaderno y nos pusimos de pie anhelantes, presintiendo algo decisivo. El llamado fue César, que saltó al instante.

-Deje su reloj y los anteojos.

Los oficiales no tutean. Dio un portazo, llevándose al elegido, y nos quedamos mirándonos como huérfanos de la realidad, como seres irreales cuyo destino está olvidado o en suspenso en algún centro indiscernible de la nueva y caótica burocracia policial. Echados en el suelo, durante mucho rato no hablamos. Sabemos lo que estamos pensando. Envidiamos la llamada de César, pero también tememos los peligros que puede depararle. ¿Cómo y dónde se deciden estas llamadas? Alguien que miraba por las ranuras ha dicho que César no era el único, que se había unido a un grupo de tres o cuatro prisioneros. ¿A dónde los llevan, realmente?

El profesor restablece la continuidad de la vida cotidiana. Después de media hora de chistes decide dar algunas lecciones de aritmética a Manuel, el campesino, que se muestra apasionado por aprender a dividir. Decididamente nos hemos dividido en dos grupos: el de los pies hediondos, don Ramón y los más viejos en el lado Izquierdo; los «intelectuales» nos quedamos en el derecho. Es decir, los que «no quieren calentarse la cabeza» y se distraen a cualquier precio, y los que intentamos comprender y discutir este drama del cual somos una ínfima parte. Tratamos de Imaginar el uso que haríamos de nuestras vidas si alguna vez logramos salir salvos de aquí. Se nos ocurre que esta experiencia, esta desvalorización total de nuestras vidas, tendría que magnificar más tarde, para cada cual, sus significados. Que habríamos de ser conscientes del uso de cada minuto, del aprovechamiento de cada posibilidad sensual, de la realidad total de cada acto. Hay algo más: alguien ha robado el pan del Gurú. Todos nos indignamos. Se nos ocurre, quizás injustamente, que ha sido el de los pies hediondos. La promiscuidad fisiológica y nuestra incoherencia ideológica, de todos modos, nos conduce a detestarnos un poco. Para algunos, el otro es quien disputa su espacio vital, un pedazo de frazada, las sobras de pan duro, que a veces nos reparte algún soldado en forma extra. Pero también el otro a veces es quien no tuvo una actitud definida, quien no entendió cabalmente lo que estaba en juego. Son los que juran ya que de salir vivos de aquí jamás volverán a «meterse en política», es decir los que ya en estos días han sido neutralizados quizá para largo tiempo.

En la tarde se presenta el oficial de rasgos delicados, acompañado de dos soldados. Parece sinceramente sorprendido de nuestros aspectos. Nos hace salir al patio y sentarnos en la tierra. ¿Que por qué no nos hemos bañado? ¿Que por qué estamos con estas barbas? ¿Cómo, si él había dado instrucciones? Mira a los soldados, como extrañado. No sabemos si es una comedia. En fin, que sacudamos las frazadas y limpiemos la cabaña. Tomaremos aire unos minutos. Mañana podremos lavar nuestras ropas y bañarnos, si hay buen tiempo. Por ahora, ¿alguien sabe cantar? El que ha hecho el servicio indica. Sí, le gustan mucho las canciones chilenas. Nuestro compañero se pone de pie, adelante, cantará «Ando buscando un tesoro», y nosotros debemos corear las estrofas. Algunos desentonamos intencionalmente. ¿Qué es esto? ¿Debemos reírnos y avergonzarnos? Lo único que me importa es respirar. El oficial aplaude complacido. Se trata de estar afuera todo lo posible y aplaudimos a rabiar para una nueva canción. El oficial accede, pero ahora una vez terminada, de pie y adentro, en orden. Luego escuchamos la repetición del número en cada una de las cabañas. Nuestros vecinos logran un récord de permanencia en el patio, gracias a su conocimiento de himnos militares.

Sólo antes de la comida se presentan con César de vuelta. Lo dejan entrar a la cabaña a recoger sus cosas. Tiene un olor fétido, las ropas hechas una inmundicia, una ceja rota. Los músculos de su rostro están rígidos. Sin embargo, aparenta tranquilidad. El soldado vigila y sólo está dos segundos en el interior. Nos mira a algunos, asegurándonos que transmitirá nuestros mensajes y sólo alcanza a murmurar un par de palabras, sin mover los labios: «Es duro».

21 de Febrero, Jueves

Estábamos demasiado inquietos y angustiados por la imprecisa revelación de César, y el profesor entonces decidió cortar por lo sano: dijo que debíamos ser conscientes de que nos torturarían a todos. Si alguien se salvaba, mejor, pero que teníamos que saberlo. Su partido tenía informaciones de que era así y los militantes habían recibido instrucciones sobre el carácter de las torturas. Tortura eléctrica, por descontado. Nos explicó el funcionamiento de la maquinita y los electrodos: alto voltaje, pero baja tensión. Insoportable, pero no como para matar. Lo escuchamos fascinados, temblando. Había que hacerse a la idea, sería más fácil. Nos atormentaríamos menos y podríamos soportarlo mejor. Como para romper la tensión, comenzamos a hacernos bromas sobre la tortura. El «Gordo», que ha perdido ya unos cinco kilos, aseguró que saldría hecho una belleza después del tratamiento. Yo recordé que de chico me gustaba bastante meter los dedos en los enchufes.

Pero después hemos comenzado a lamentarnos de nuestra miseria. ¿Para qué torturarnos, si bastaría un interrogatorio bien llevado? Nadie pretende ocultar su participación ideológica en la UP. ¿Qué información estratégica pueden sacar de esta menuda gente que estamos aquí? Nos sentimos como conejos de jaula: nuestros amos pueden venir en el momento que quieran para escoger al que quieran y hacer con él lo que se les ocurra.

Alguien le dijo ayer al oficial que los soldados jamás nos daban tiempo para bañarnos. Al parecer, el oficial debe haberlos reprendido, porque uno de los que lo acompañaban se presentó hoy preguntando quién había sido el maricón. Nos quedamos todos en silencio.

Paseó la vista por cada uno, mirándonos fijamente, y yo debo haber desviado la mirada.

-Te voy a machacar, maricón- me dijo con un odio intenso.

Y al almuerzo me llamó a distribuir los platos, mientras él mismo servía del fondo, insultándome por mi poca destreza. Aprovechando mi nerviosismo, de pronto vertió una cucharonada de garbanzos hirvientes sobre mis pies semidesnudos.

Encogido de dolor, comí de todos modos los garbanzos durísimos.

A menudo el campesino se desvanece a causa de su corazón enfermo. Apenas respira, y nos apretamos en un compartimento para que pueda tener todo el aire en el otro. Poco falta, entonces, para que todos perdamos el conocimiento. Cuando despierta se pone a hablar, como prosiguiendo el desarrollo de un sueño, pero muy coherentemente, cada vez más relajado. Jamás fue a la escuela, por supuesto, y el primer par de zapatos que tuvo los compró el día de su boda. Toda su vida se pasó entre las seis de la mañana y la puesta del sol, los pies en el agua, la cabeza a la lluvia o al sol, encorvado, sacando malezas, abriendo surcos, limpiando surcos, plantando, matando bichos, cosechando. Toda la vida, diosito, y después en las noches hacer críos para que repitieran la misma historia. «Hasta que llegó el compañero Allende, nomá, y los jodió a los jutre». Tantita alegría, que nunca habían tenido cuando llegó el compañero de la CORA (Corporación de la Reforma Agraria) y les dijo que sí, que dirigieran ellos mismos la producción, que era lo que querían, después de haber ocupado la casa de los dueños, porque igual estaban dispuestos a todo. Y entonces otra vez de la mañana a la tarde, y hasta en la noche en el campo, pero ahora «pa nosotros y los compañero de la clase obrera», por nuestra voluntad. Tiene una ternura especial por los tomates, que cómo hay que cuidarlos de la «hela», que los almacigos, el trasplante, las plagas, todo el amor que hay que tenerles hasta que se afirmen. Manuel habla en la oscuridad de los tomates, del agua que va inflándolos y del sol que los va pintando «como si estuvieran de acuerdo los dos», y sabemos que está viendo su campo, sus compañeros con los pies desnudos cosechando quién sabe para quién, ahora, su mujer, sus hijos en el patio de la casa en silencio, volviendo a interrogar a la naturaleza, volviendo a recordar las viejas supersticiones para llamar a la suerte, percibimos con él el olor ácido y ferroso de las oscuras hojas del tomate, y cada cual, en su lecho de viruta, evoca su mundo correspondiente.

22 de Febrero, Viernes

Hoy, efectivamente, nos llevan a bañarnos, rasurarnos y a lavar nuestras ropas. Hace un radiante sol. La ducha es una jaula construida con módulos de fierro en los que todavía se leen las marcas: «US Army». No cabemos más de dos al mismo tiempo y mientras unos se bañan en el agua muy fría, otros lavamos las camisas y las ropas interiores. Nos han prestado un par de extrañas maquinillas de afeitar que carecen del soporte inferior, de modo que la hoja corta a filo abierto. Sacarnos las gruesas barbas unos a otros resulta una especie de carnicería, todos sangramos y quedamos con islas de pelos en las caras. Junto a la ducha y los lavabos hay un enorme tarro donde se echan las sobras de comida de los soldados y las moscas forman una nube. El proceso resulta muy lento y siempre nos están apurando. Siempre no tenemos con qué secarnos y tampoco nos permiten hacerlo al sol, de modo que al salir de la ducha tenemos que ponernos los pantalones sobre los cuerpos mojados. Colgamos las ropas lavadas sobre los alambres de púa que cierran esta parte del campamento. Un poco más arriba hay un muro y tras éste está el camino que bordea el cerro. Regresamos a la cabaña con los torsos desnudos, dando un aspecto muy miserable, pero sintiéndonos, a pesar de todo, más aliviados. Pese al sol, el interior de la cabaña está muy frío.

He comenzado a perder la esperanzas de que estén haciendo algo por mí en Santiago. El Gurú, que también esperaba una movilización a su favor, del Maharají y sus tres millones de adeptos, está desconcertado. Qué decir del gigante melancólico, dirigente sindical democristiano, cuyo partido, todo lo Indirectamente que se quiera, tiene responsabilidades en el gobierno de la Junta. «Pata en la Raja» sigue presentándose de vez en cuando. Nos somete a alguna prueba estúpida y acertemos o no, por angas o por mangas, nos propina sus sonoros puntapiés en el culo. Esta mañana, como pareciéramos muy perezosos en la gimnasia, fuimos castigados con 50 metros de sapitos, esto es, correr a toda velocidad en cuclillas, lo que aparte de ser casi imposible produce en el interior de los muslos un dolor que impide caminar. En compensación, hemos logrado, después de días de ruegos, que un soldado nos venda a un precio exorbitante un paquete de cigarrillos. Hemos decidido hacer un derroche y fumar uno por cada dos cabezas, pese a la advertencia de que si nos sorprenden vamos a ser duramente castigados y también el soldado. Lo imprevisto es que después de tres chupadas nos mareamos. Algunos sienten ganas de vomitar. Yo lo siento como el efecto de una droga, y aprovecho la repugnancia del algunos para fumar los restos. Logro emborracharme, la cabaña se deforma y no puedo hacer ningún movimiento sin producir terribles oscilaciones en su equilibrio, como si me hallara sentado en el centro de una balanza. Después, por primera vez desde que estoy en el campamento, recuerdo mi visita a la bruja.

Un grupo de amigos estaba fascinado con ella. Sara insistía en que fuera. Los relatos acerca de sus capacidades videntes, a pesar de cuanto se hiciera para desorientarla, entusiasmaban a vivir la experiencia, aunque no fuera sino por curiosidad. No tenía nada que hacer, mi destino, por lo demás, era absolutamente incierto, y le había pedido hora por teléfono, en esta época, la demanda por la atención de los adivinos era extraordinaria. Ninguna cita se obtenía sino con una semana de anticipación. Me encaminé a Ñuñoa, un tranquilo barrio de clase media, de viejos chalets con frondosos antejardines. Me instalaron en una salita donde había un mullido diván, una mesita y una biblioteca que comprendía textos de todas las viejas técnicas adivinatorias y de los psicólogos clásicos y modernos. La bruja no tenía nada de tal. Era una dama algo entrada en carnes, muy cordial, con aires de feliz dueña de casa. Durante diez minutos al menos insistió en que yo la desorientaba. Parecía afligida. No sabía si yo era un hombre espiritual o práctico, un músico o un corredor de automóviles. Miró mis manos y poco a poco, titubeando, comenzó a entresacar hechos, situaciones, fechas. Muy fragmentadamente, como en una serie de tarjetas de identificación, iba saliendo todo lo que había hecho. «Usted es escritor», me dijo súbitamente. Yo no aprobaba ni negaba, me negaba a ayudarla, a que hiciera deducciones. Y de pronto se puso a describir a Eva y lo que había sido mi vida con ella. Ese extraño conflicto erótico-cultural, esa inhibición de mi vitalidad que había sido mi vida con Eva, contados por una extraña que no sabía ni mi nombre, me conmovía fuertemente. Pero mi vida cambiaba del todo, pronto, en los próximos dos años. Comenzó a echar el tarot. Todos los personajes que habían hecho mi vida Iban ordenándose sobre la mesa, en una especie de triángulo dentro de un círculo. De pronto se refería a circunstancias muy privadas, muy precisas, y no me quedaba sino reconocer su veracidad. «Usted no va a viajar antes de marzo», me dijo, viendo el futuro, sin saber que yo estaba decidido a viajar en febrero. «Pero con qué cantidad de gente usted va a estar reunido. Tanta gente», insistía. «¿Por qué, a dónde piensa ir?» «SÍ, su vida cambia del todo, acuérdese de mayo, en mayo sucede algo definitivo». «Y, después de haberlo rehuido tanto tiempo, va a tener un hijo. Usted nunca ha querido a nadie, verdaderamente, usted nunca se ha comprometido hasta la médula. Ahora va a pasarle. En todo sentido. Lo siento, pero se va a casar de nuevo, aunque no se debería casar, por su carácter. Pero su carácter también se modifica con esta experiencia. Y esta vez lo va a tomar en serio. Es una morena, de piel blanca, muy joven. Su vida cambia del todo, usted se va a entregar a algo totalmente distinto de lo que ha hecho hasta ahora».

Había estado más de una hora hablándome. Debí reconocer que me había contado muy bien mi vida. Salí de allí inquieto por la morena con quien tendré que casarme y por el aplazamiento de mi viaje.

Todavía mareado por los cigarrillos, me pregunto si la multitud de personajes que iba a encontrar son éstos, mis compañeros.

Ayer y hoy han llegado camiones con nuevos prisioneros. El tráfico de carne evidentemente se intensifica. Ayer no nos tocó ningún nuevo huésped, pero hoy nos han echado seis. En los grupos de ayer y hoy había mujeres, unas siete en total, entre ellas una muchacha, de no más de catorce años. Los recién llegados son: un mozo de cocina del hospital Barros Luco, muy pequeñito y fuerte; un compañero de trabajo del de la farmacia, especie de buda viviente; un muchachote de rasgos campesinos, vestido a la moderna, que recién ha terminado el servicio militar; un empleado de la Empresa de Comercio Agrícola, que dice haber sido aprehendido con todo un grupo de vecinos por denuncia de una vieja; un almacenero, del mismo grupo, que vendía por cuenta de la JAP (Junta de Abastecimiento y Precios. Las habla principalmente en los barrios populares y, junto con asegurar el abastecimiento de la población, frente a la especulación y el mercado negro desatados por la derecha, cumplían una tarea de concienciación de clase. Fueron duramente combatidas, como embriones que eran de poder popular.) durante la UP, y que no tiene mayor idea de política; un profesor de primaria, socialista, que dirigía una JAP en su barrio, y cuya mujer ha sido traída junto a él y se halla en la cabaña vecina; y el presidente de un sindicato de trabajadores de hospitales, democristiano. De modo que somos una especie de mosaico Informe de la sociedad chilena. El caso del nuevo democristiano es especialmente significativo, ya que representa a unos 300.000 trabajadores. ¿Cómo se explica que muchos de los políticos de este partido y casi todos sus intelectuales y tecnócratas colaboren con los golpistas y que los dirigentes sindicales del mismo sean encarcelados? El hombre no quiere hablar de eso; menos sentimental que su correligionario, el gigante melancólico, prefiere creer que su detención proviene de algún error que habrá de ser prontamente reparado, y se une de inmediato al grupo de los que pasan el día contándose chistes y anécdotas, sin siquiera condenar a los culpables de su propia situación. De hecho, ya no podemos movernos dentro de la cabaña: tenemos poco más de medio metro cuadrado por persona.

24 de Febrero, Domingo

Al amanecer vi los gusanos en el WC. Yo había pensado que pululaban sumergidos en el pantano de mierda, pero no, se deslizan sobre el piso y sobre las mismas tablas de los cajones donde uno se sienta. Son exactamente como una tira de algodón sucio, sin cabeza. Pero lo más repulsivo es que tienen el intestino afuera. Caminan muy lentamente, arrastrándolo. Algunos me dicen que se les han pegado a los pantalones mientras cagaban. Me revisé minuciosamente. Creo que en muchos días no podré cagar de nuevo.

Los llegados últimamente no fueron pasados por la experiencia del simulacro del fusilamiento. Algunos de ellos, en cambio, han sido duramente golpeados en el calabozo. Alguno de los guardas se ensañó especialmente con un fornido jugador de rugby, que se halla ahora en la cabaña vecina, y que para colmo es derechista. El caso es que el Upo fue apresado por intentar seducir a la mujer de Leigh, el general más orgánicamente fascista de la Junta. Pasaba cada día ante su casa y se daba la casualidad de que ella en esos momentos siempre estaba en la ventana o en el antejardín. Este disminuía la marcha de su vehículo cada día más aventuradamente, echándole besos y sonrisas cada vez más ardientes. Hasta que se detuvo y se bajó, resueltamente, para hablarle. Una media docena de policías cayeron sobre el seductor, antes de que pudiera abrir la boca.

-¡Así que te queríai culitar a la mujer de mi general, desgraciao le gritaban, mientras le daban de golpes.

-No sería la primera mujer de un milico que me tiro -respondía, bajo los golpes. Y como éstos le cayeran con mayor violencia--: Échenle nomás, huevones! El placer tiene su precio. Total, igual me rompo la cabeza todas las semanas.

Dicen que, efectivamente, su cabeza es una calamidad, pero que su deporte le había dado el hábito de tenerla así. Dan por descontado que en el interrogatorio lo van a moler.

El profesor de primaria hizo varios intentos por comunicarse con su mujer a través de la ranura de la ventana. Pero al parecer lo sorprendieron y llegó una lluvia de disparos. Ignoramos a qué distancia de nosotros tiran, pero nos da la impresión de que las balas nos estallan en los oídos. Finalmente, uno de los soldados «buenos» se atrevió a llevar y traer mensajes. No quisimos decirle una palabra de lo que pasó en la cabaña de las mujeres el sábado pasado. Ayer, afortunadamente, no se notó nada raro.

El Gurú parece haber seducido al chico del hospital con sus enseñanzas. Medio en broma, medio en serio, éste lo llama «mi maestro», y como se ha convertido en el encargado de repartir los platos en este lado, siempre le elige el mejor. El Gurú sonríe enigmáticamente del juego, halagado. Ayer nos hizo unas demostraciones de yoga, doctrina en la «que ya no cree». Estuvo largos minutos parado con la cabeza, luego con una mano. Después hizo una especie de ritual gimnástico para saludar al sol. Nos enseñó algunas técnicas para relajarnos, pero no conseguimos ningún resultado.

Mis funciones evacuatorias se han regularizado, pese a los gusanos, mi cuerpo responde ahora a un sistema de reflejos condicionados. Funciona a cualquier hora, cada vez que nos sacan al baño. Y logro dormir, muy angustiosamente, tres o cuatro horas cada noche. Por la noche, justamente, la cabaña se anima de una plaga de pulgas y mosquitos. Dormimos rascándonos con una mano y dándonos de palmadas en la cara con la otra. Las picadas sobre las pieles pálidas por el encierro forman una trama repulsiva.

Algunos soldados participan activamente de la Ideología de los golpistas y desempeñan respecto a nosotros el rol que Imaginan debe corresponderles. Cualquier pretexto les sirve para provocarnos. Saben que cualquier rebeldía nuestra puede justificar un disparo. Uno de ellos se presentó a mediodía. Las conversaciones cesaron. Nos miraba uno a uno, expresándonos con sus rictus de cerdo ideologizado la repugnancia que le provocaba nuestra miseria, nuestra suciedad, nuestro mal olor, nuestra promiscuidad, como si todo esto manifestara la maldad de nuestras ideas. El Gurú, con su mirada de elevación ultraterrena, le pareció especialmente odioso.

-¿Hay algo que no te gusta, huevón?

-No, mi soldado -responde el Gurú, con un tono de sinceridad religiosa.

-Dime, huevón, ¿te parece mal alguna cosa?

-No, mi soldado, francamente.

-¿No te gusto, huevón? Dímelo nomás, si eres hombre.

El Gurú no sabe qué hacer. Echa las manos al aire, como para señalar la ausencia de respuestas.

-Dime por qué no te gusto, huevón. ¿Qué es lo que te parece

Su fusil ametralladora subraya en el aire sus palabras. El Gurú está a punto de desbordarse en su paciencia. Mira al soldado fijamente y mastica las palabras:

-To-do-me-gus-ta-aquí. Es-toy-per-fec-ta-men-te-có-mo-do, mi sol-da-do.

El soldado quizá no encuentra más argumentos:

-Porque si algo no te gusta, huevón, me lo decís nomás y salimos afuera, de hombre a hombre.

-Sí, mi soldado -alcanza aún a responder el Gurú, y éste nos cierra la puerta, mirando antes fijamente cualquier posible mala cara.

25 de Febrero, Lunes

Se ha presentado el suboficial omnidentado con su cuaderno y ha llamado al dirigente sindical de los hospitalarios. Hasta aquí, estas llamadas han parecido corresponder a casos especiales: el argentino, ciertamente por la intervención de su embajada; César, por la intervención del Colegio de Abogados; éste, por las gestiones de su partido. Pero ¿y nosotros? ¿Cuál será el orden para llamarnos, alguna vez? ¿Alfabético? ¿Según el calendario de nuestras detenciones? Carecemos de todo indicio. A lo sumo, podemos sacar la cuenta del tiempo que llevan detenidos nuestros vecinos: 27 días. Pero, ¿están allí todos los que llegaron hace 27 días? No lo sabemos.

El ex soldado nos dice que hay que reírse de la tortura. Es un machote, que se jugaría la vida por un «quítame allá esas pajas». El, por su parte, ha tenido que aplicarla contra su propio hermano, cuando hacían el servicio, por «alguna huevaá que había hecho». Podía ser su hermano, pero las órdenes eran órdenes. «El huevón se revolcaá en el suelo, puro teatro nomá, lo mismo que en la casa». Qué, eso no era nada. A un tipo que se presentó con un día de retraso después del domingo «franco», lo tuvieron 60 días encerrado en un hueco de concreto de un metro cuadrado a pan y agua. «Salió medio loco, el huevón, pero too tenimo que hacerno hombre». Si no, «esta hueva andaría al lote».

¿Por qué este tipo está adentro, con nosotros, y no afuera, custodiándonos? Es una de las muchas cosas que cuesta entender aquí. Dice que no sabe por qué está detenido. «Pura hueva, nomá», es su explicación. Se dedica el día entero a agredirse infantilmente con el de la ECA:(Empresa de Comercio Agrícola Estatal) bromas pesadas, puyas, algunas representaciones grotescas de homosexualidad «entre machos». Se encoleriza si hablamos en serio, dice que «nos masturbamos». Finalmente hacemos un frente común entre algunos y no le dejamos espacio. En todo caso, nos queda en claro que su aplicación se enseñaba normalmente en las Fuerzas Armadas, como una materia más, lo que debe ser usual en gran parte del mundo. Desde luego: los torturadores no se improvisan, se educan. Nos abruma la magnitud de nuestra ignorancia en el pasado, la escandalosa inocencia de nuestra ex condición de ciudadanos.

Pero pese a las advertencias del profesor y a estas grotescas descripciones del ex soldado, no llegamos a representarnos objetivamente qué es la tortura; imposible imaginar, anticipar sus efectos. Un cerrado sistema defensivo de la imaginación, de la cultura, por último, hace que siempre la consideremos de un modo muy abstracto.

Algo que nos subleva a todos es la irracionalidad de nuestro encierro. Los compañeros que ejecutan trabajos manuales son los más humillados por este desprecio «a la fuerza productiva obrera», por esta inutilización Insensata de su capacidad. «Que nos condenen a trabajar un año gratis», dicen, «pero que no nos tengan echados aquí, como perros sarnosos». Otros pensamos, Igualmente, que cualquier condena de prisión definida sería mil veces más soportable que este encierro extrarreal, que esta marginación de todo conocimiento sobre nuestras culpas, su formulación y sus castigos.

Después de unas cinco horas han traído de vuelta al dirigente de los hospitalarios a recoger sus cosas. Se las pasamos. Tiene el mismo aspecto desastrado de los otros y la nariz rota. Parece muy tenso y contenido. No tiene oportunidad de decirnos nada.

26 de Febrero, Martes

El tiempo se ha descompuesto mucho en los últimos días. Una densa y oscura niebla con llovizna mantiene la misma luz de la mañana a la tarde. Hace mucho frío y nos consolamos pensando en la desazón de los veraneantes.

Creo que conozco cada nudo, cada mancha, cada relieve de estas tablas de la cabaña. La situación y forma de cada rendija, en los muros y en el piso. Después del té matinal, sentado sobre una colchoneta doblada, envuelto en la frazada, permanezco horas mirando los dibujos dejados al descubierto por el corte de la sierra, componiendo y descomponiendo rostros, formas animales y vegetales, ocultándome la tensión de la espera, disimulándome las otras imágenes que querría proponerme mi memoria y que podrían acongojarme; distrayéndome de aquéllas que acechan el umbral de mi imaginación y que sin duda podrían conducirme a la angustia más intolerable. Así, estas formas, estos dibujos de las tablas, me permiten pensar en algo sin pensamientos.

Como sucede algunas veces, un soldado se había puesto a conversar con nosotros, desde la puerta de la cabaña.

-No se aflijan, huevones, ustedes van a volver a ser chilenos, Cualquier día empieza la guerra con los peruanos, y todos vamos a tener que defender la patria.

Lo interrogamos todos a un tiempo, extrañadísimos. Logramos saber que el ejército, y la tropa especialmente, están siendo preparados psicológicamente para una guerra Inminente con el Perú, a raíz del próximo vencimiento del tratado de armisticio que sancionó la entrega de los territorios ganados por Chile en una guerra de conquista económica inducida por el imperialismo inglés en el siglo pasado. El propósito de cohesión ideológica nacionalista, en las actuales circunstancias de guerra interna, es evidente. Por desgracia, no tenemos ninguna información de lo que ha sucedido en el país y en el mundo en las últimas dos semanas.

Hemos logrado darnos cuenta, cuando extraordinariamente nos sacan afuera durante el día, que el patío del otro lado de la empalizada está lleno de prisioneros. Sin embargo, cuando nos llevan al baño, en la mañana y en la noche, no hay ninguno. Cuando nos llevaron a bañarnos tampoco había un alma. Entendemos que entonces los ocultan en sus cabañas, pero no logramos saber en qué situación se hallan.

Un soldado ha venido a preguntar quién de nosotros «es bueno para el dibujo». El profesor se ofrece. Le pasa una tabla y un lápiz y le encarga que dibuje la cara de un Cristo. «Es para tallarla», le explica.

27 de Febrero, Miércoles

Después del desayuno se presenta el suboficial con su cuaderno. Como cada día, hemos estado esperando el momento de entrar en la realidad de este mecanismo invisible del que formamos parte, y nos levantamos con terror y expectación. Los llamados son Rubén y el «Gordo», Este último se pone lívido, pero lo mismo salta afuera, con un ademán de embestida, de bestia que llevan al matadero. Los rezagados nos debatimos en un estado de alivio de no ser llamados y de angustia de seguir indefinidamente aquí, sabiendo que alguna vez, de todos modos, seremos llamados.

La exclusiva alimentación de porotos a mediodía y en la tarde, y probablemente el famoso té con sulfato de aluminio, nos mantienen en situación permanente de diarrea. Quedo asombrado, cada día, de las cantidades de mierda que logro evacuar, de color amarillo subido, como pulpa de naranja prensada, cantidades superiores a lo que he comido. Ahora estoy inmovilizado, muy adolorido y con algo de fiebre, pero no a causa de esto, sino más bien como consecuencia de esto. Como muchos en la mañana no alcanzamos a ocupar los retretes, nos quedamos con las ganas, rogando a los soldados, durante el resto del día, para que nos saquen de nuevo. Después del almuerzo accedieron a llevarnos a la zanja de los eucaliptos. Teníamos que despacharnos otra vez en tres minutos. Salimos corriendo, para aprovechar el tiempo lo mejor posible, abriéndonos los pantalones ya por el camino. No recuerdo exactamente cómo sucedió, pero resbalé en los palos humedecidos por la llovizna y caí en el interior. Caí con todo mi peso y sólo las caderas me sujetaron. La violencia del dolor no me dejó gritar. Traté de Izarme con los codos. Mis pies danzaban, a dos centímetros de la capa suculenta y burbujeante de mierda. Mis compañeros se dieron cuenta, pero, como estaban cagando, no podían hacer gran cosa. Se apuraron lo más posible. El soldado me vio y comenzó a doblarse de la risa. Poco a poco me sacaron. Me afirmé contra el eucalipto. No podía hablar a causa del dolor, apenas tragaba el aire. Tenía los pantalones y la blusa embadurnados con la mierda de los palos y los muros del foso. Me los bajaron, para ver las heridas. Tenía (tengo) la piel totalmente raspada, la carne abierta en ambas caderas y los huesos muy golpeados. Casi no pude caminar de vuelta. Me sacaron la blusa y tomándome de los brazos me trajeron en vilo. El profesor obtuvo permiso para lavar mi ropa, que ahora debe estar secándose. Estoy cubierto con una frazada y no puedo pensar en nada. Sólo percibo en mi cabeza las ondas Intermitentes del dolor. Me he negado a que llamen a la enfermera.

lº de Marzo, Viernes

Los blue jeans me hacen torturante presión sobre las heridas, y caminar y moverme me resulta atrozmente doloroso. Por lo tanto, no puedo hacer gimnasia. Lo mismo debo salir afuera en la mañana y tiritar de frío, parado, mientras los otros trotan y cumplen las órdenes de ejercicios. Desde ayer hay un olor repugnante detrás de las cabañas, de descomposición, y digo a mis compañeros que probablemente habrán echado algunos perros muertos para aumentar, ahora con recursos olfatorios extras, los factores de humillación.

Después del almuerzo el «Tres Tiempos» nos hace salir al patio para que cantemos una canción patriótica, de glorias militares, cuyo texto manuscrito nos había dado el día anterior, para aprender. Nos hace repetir dos o tres veces, porque desentonamos o «no tenemos voces de hombres». Hay unos tres soldados más. Cuando terminamos, siempre intentando ganar un minuto más de aire, entablamos cualquier conversación con ellos. Nunca responden a nuestras preguntas. Entre tanto, algunos hemos visto, a través de las grietas de la empalizada, que el «Gordo» y Rubén están en el patio vecino. Comenzamos a entender algo. El olor es muy fuerte y pregunto qué diablos se está pudriendo ahí detrás.

-Son perros muertos- escucho como respuesta.

-¿Perros muertos? -exclamo, Indignado.

Mis compañeros y los soldados se largan a reír Inconteniblemente. Yo los miro con la boca abierta de asombro y no logro que me expliquen. Por el contrario, sus risas redoblan, sus caras enrojecen. Sólo mucho después, casi ahogándose, me cuentan que el soldado no ha respondido «perros muertos», sino «fierros viejos». Quedo definitivamente con una fama de tonto del regimiento.

2 de Marzo, Sábado

A primera hora el suboficial se llevó al Gurú y a don Ramón. El resto quedamos sombríos, muy abatidos, porque sabemos que ya nada nos sucederá eventualmente hasta el lunes. Por otra parte, nos imaginamos que hay días mejores para ser llamados. Pensamos que los sábados, por ejemplo, deben ser excelentes, ya que entonces los torturadores han de estar impacientes por terminar su jornada e Irse a tomar un trago o a almorzar. Por el contrario, creemos que los lunes deben volver llenos de energías.

La convivencia entre nosotros se ha vuelto muy asfixiante. Entre algunos casi no nos hablamos. Aparte de nuestras diferencias ideológicas -hay dos o tres que ven en nuestra situación un puro acto de «crueldad» apolítica de los militares-, en ciertos momentos nos detestamos unos a otros. Detestamos nuestros temores, nuestros hedores, nuestros ruidos, nuestra hambre, las expresiones de angustia mil veces repetidas por lo que va a sucedemos, por lo que habrá sucedido con todos esos familiares y compañeros que afuera no saben si estamos vivos o muertos. Nos peleamos por la comida, por el pan, nos robamos unos a otros las mejores frazadas. No nos gustan nuestras caras; la fealdad de las demás expresa demasiado claramente cuál debe ser la fealdad de la propia. Los llamados a la cordura, a la responsabilidad propia de nuestra calidad de detenidos políticos, tienen sólo un efecto pasajero. Lo cierto es que han conseguido degradar a la mayoría de nosotros. Han conseguido producir una conducta regresiva, infantil, indecente, a veces. Las proposiciones «si salgo vivo de aquí» tienen condicionantes poco variadas: «en la vida me vuelvo a meter en política», «no volveré a hablar más huevadas», «lo único que quiero es estar con mi mujer y los niños».

Y es que la opresión y el sometimiento a la opresión pueden ser vistos como legítimos y naturales cuando se los ha vivido por siglos, como una forma de cultura, y cuando no se tiene acceso a otros elementos culturales que informen de su carácter puramente clasista, factual y, por lo tanto, reversible. La libertad -no la abstracta- sino esta libertad política popular que hemos vivido en los últimos tres años, puede aparecer, en consecuencia, para estos compañeros, como transgresión a la «ley natural», como culpa y causal de castigo, hacia el que ahora están irracionalmente predispuestos.

A mediodía ha llegado una nueva camionada. Las cabañas parecen estar repletas. Han echado a tres más en la nuestra y luego han regresado varias veces para ver si cabían otros. Se dieron cuanta al fin de que era imposible. Los recién llegados son un muchacho de dieciséis años, estudiante de secundarla, acusado de «extremista»; un viejo taxista, también delatado en aquel mismo barrio de donde provienen dos de los llegados antes; y un nuevo obrero de servicio del hospital Barros Luco.

3 de Marzo, Domingo

Me doy cuenta, sorprendido, de que en todo este tiempo no he estado nunca solo. De que la constante proximidad de los otros, no sólo de sus cuerpos, sino que de sus pensamientos, sus voces y miradas, y la ininterrumpida vigilancia de alguna señal que se refiera a mi suerte, me han impedido pensar un solo minuto en mí mismo. En mi intimidad. Nunca he estado solo, íntimamente, sinceramente conmigo mismo en todos estos días. ¿O es que la sola preocupación de sobrevivir me lo ha impedido? Cada vez que han venido a mí las imágenes de Eva, de Sara, de mi casa abandonada y posiblemente saqueada, de mi vida sentimental y laboral cortada, reducidas a cero, cada vez que estas imágenes se han aproximado, en mi visión interior acontece un fenómeno fragmentativo, diluitivo, distanciante. Y las imágenes se transforman en otras, en estas voces, en estos dibujos que forman las tablas de la cabaña, en estos pasos que se acercan y en una boca de bestia que puede pronunciar mi nombre. De hecho, no hay nada vivo o real por lo que pueda sentir melancolía. Todo lo que yo puedo evocar es irrecuperable, aun si pudiera en algún momento salir de aquí. No podría recobrar casi nada, ni siquiera mis papeles, para nombrar algo. De hecho, mi conciencia no quiere todavía recibir esta información. Sería demasiado insoportable cargar con estas verdades, además, dentro de esta prisión intemporal. El temor, la constante inseguridad por la vida, no permiten, por lo demás, ningún instante propicio a la melancolía.

4 de Marzo, Lunes

El suboficial está con su cara repulsiva y su cuaderno, en el umbral de la puerta. Deben ser las diez de la mañana. Afuera hay un sol radiante, luz marítima. De sus dientes sale el nombre de Manuel, el campesino. Una pausa. Ahora es el mío. Saltamos a tierra. Tengo una sola preocupación: cagar, porque apenas me aguanto y estoy seguro de que me haría en el interrogatorio. Le pido que me deje Ir. Me enseña sus dientes con recelo, temiendo una estratagema. Llama a un soldado y le ordena que me acompañe, y rápido. El soldado me lleva a los eucaliptos. Es una de esas mañanas privilegiadas de la costa, de sol dorado y de cielos vírgenes de toda referencia a la civilización, de un celeste verdoso en el horizonte marino. El olor matinal de los eucaliptos Incluso se impone sobre el hedor de la zanja de mierda. Me afirmo con cuidado y me acuclillo. La mierda fluye al instante, totalmente, color de mostaza de Meaux, a la perfección. El soldado me vigila con su fusil, de muy cerca. No tengo con qué limpiarme, pero, qué importa ahora. Raspo los restos con hojas de eucaliptos. Regresamos. Al trote. El sol me deslumbra, la luz y la velocidad me impiden pensar en mí de otra manera que como un puro objeto de la naturaleza. Me están esperando con el campesino, al lado de un camión.

-Arriba, huevones.

El mismo camión en que nos trajeron, con su caja metálica espejeante. Pero compenetrado interiormente de un olor rancio, al comienzo extrañísimo. El piso es muy resbaloso. Nos tiran un par de sacos angostos, de tela impermeable.

-Póngase esas hueváas.

Nos encapuchamos con los sacos y alguien nos ata las manos por detrás, con mucha fuerza, con una cuerda delgadísima e hiriente. Nos obligan a sentarnos en el piso. Está mojado. Palpándolo, reconozco que es una especie de grasa, de agua y grasa. Reconozco entonces también el olor de la sopa de porotos. El camión se pone en marcha. A la primera curva nos deslizamos, y luego nos ponemos a resbalar, hechos un lío, lanzados de una pared a la otra. Tratamos de apoyarnos mutuamente en un rincón. llago un esfuerzo muy grande para redescubrir mi personalidad, mis conocimientos, mis informaciones, mis temores más definidos, para organizar un mínimo sistema de defensa. Pero no encuentro nada, apenas uno y otro fragmento. Además Manuel me pide que le levante un poco el saco, que se ahoga. En realidad, también yo me estoy ahogando. El saco me cubre hasta los hombros y tiene un olor a comida rancia. Nos ponemos espalda contra espalda y con las puntas de los dedos nos levantamos los sacos lo más que se puede. El camión da saltos. Me doy cuenta de que en todo

este tiempo no he sido capaz de imaginar sensatamente mi culpabilidad ni de anticipar la naturaleza de las acusaciones que debe haber en contra mía. Todo lo que he hecho y lo que he dejado de hacer, en fin de cuentas, puede ser considerado como delitos. Siento que la grasa me ha traspasado el pantalón, sobre todo en las nalgas. Mis manos, con cuyos nudillos me afirmo por detrás al piso, están empapadas. El viaje es muy corto, cinco o siete minutos. Abren los cerrojos.

- ¡ Abajo, huevones !

He olvidado la altura del camión y, por supuesto, desconozco la naturaleza del piso. Salto al vacío. Piso mal -debe haber algún fuerte desnivel- y caigo de bruces. El campesino cae a mi lado.

-¡De pie, huevones ¡

Me cuesta mucho buscar un punto de apoyo, con la sola cabeza, para ponerme de rodillas y luego darme impulso. Me llegan puntapiés en las costillas. El miedo me hace levantarme, no sé cómo. Alguien me toma de una punta del saco, por debajo de la barbilla y me arrastra. Nos detenemos.

-¿Vos soi maricón?

-No.

Un culatazo en la cadera.

-¿Pa qué lo negai? ¿Y esa pinta'e maricón que tení ?

Muevo la cabeza negativamente, sabiendo que es estúpido, que no debería hacerlo.

-Ahora lo vamo a saber, huevón. Andando.

No sé hacia dónde, pero una patada en el culo me orienta.

-Bajen, huevones rápido.

Hay gradas que descienden. Siento el cuerpo del campesino delante mío. No avanza con la suficiente rapidez. Me llegan violentos puntapiés en la espalda. Empujo a Manuel. Bajamos rozando un muro con el hombro. Las patadas me llegan desde arriba y son dadas con los talones. De pronto el muro se transforma en una cascada: una película de agua corre sobre la piedra. El suelo es una laguna. Del techo caen gruesos goterones. Hace un frío penetrante.

Quieren hacernos creer que estamos en una gruta subterránea. Y lo creemos en este momento. Andamos algunos metros, chapoteando, yo directamente hundido en el agua hasta los tobillos, empujando a Manuel para tratar de escapar de los golpes, con el capuchón empapado. Repentinamente la gruta termina, ya no hay más agua. Vamos por una especie de túnel. Nos hacen subir y bajar nuevamente. Llegamos a un espacio abierto, pero no puedo percibir si seguimos bajo tierra o si nos hallamos en la superficie. Me empujan y me hacen entrar a una habitación.

-Quédate ahí, huevón, sin moverte.

Cierran una puerta de madera. Me parece que han llevado a Manuel a otra parte.

No sé cómo decir que estoy temblando sin que esto parezca una figura retórica. Las rodillas, los hombros, el pecho, los músculos del cuello y la nuca se estremecen cada cual independiente, con contracciones distintas. Sé que me duele mucho la espalda, pero el dolor no me hace sufrir. El efecto de los pies mojados, de la camisa empapada, del lóbrego frío de este lugar, se entrelaza perfectamente bien con el temor, estableciendo un circuito de estremecimientos musculares y respiratorios. Tanteo el recinto con los pies. Girando con mis manos atadas, trato de palpar los muros. Esto debe ser algo como una jaula de madera, una garita. Deduzco que no debe tener más de unos dos metros cuadrados. Me mantengo en el centro, frente a la puerta, con las piernas abiertas. Supongo que me van a sacar de un momento a otro. De pronto, lejos, oigo gritos. Pero no son gritos de los que nacen de la garganta; éstos tienen un origen más profundo, como desde el fondo del pecho o de las tripas. ¿Son de Manuel? No podría asegurarlo. Hay muchos otros sonidos entremedio. Ruidos de motores, voces de mando, silbidos que conforman una melodía, muy entonadamente. Los gritos cesan y después recomienzan, cubiertos por todo lo que debe ser una actividad humana rutinaria y trivial en un espacio intermedio. Tengo mucho frío. Entiendo que debo apresurarme en convenir conmigo mismo mis respuestas, en reunir los elementos, tan dispersos, de una personalidad, en decidir cuáles aspectos debo mostrar y cuáles debo ocultar. Pero el frío y la respiración tan entrecortada no me permiten concentrarme. Lo único que puedo Imaginar es el sol que hay afuera, en la playa. Los colores vivaces de los que se pasean por algún malecón. La luz enceguecedora sobre la espuma de las olas. Y ese azul de nuevo mundo del cielo sobre el océano. Todo eso, y centenares de personas tomando cócteles en sillas de hierro y plástico, es algo que veo claramente. Los gritos llegan con menos fuerza, sólo parecen lamentos. El dolor en la espalda se revela en ciertos instantes, es como si ahora, recién, comenzara a recibir las patadas, una por una, en forma metódica, con una cronología precisa. Siento pena de mi cuerpo. Este cuerpo va a ser torturado, es idiota. Y sin embargo es así, no existe ningún recurso racional para evitarlo. Entiendo la necesidad de este capuchón: no seré una persona, no tendré expresiones. Seré sólo un cuerpo, un bulto, se entenderán sólo con él. Pasa mucho tiempo y no me atrevo a cambiar de sitio ni menos a sentarme en el piso. Afuera, por momentos, hay un completo silencio. Doy puntapiés en el aire para secarme los pies. Me cuesta mucho respirar a través del saco. Tengo que pensar en algo, tengo que aprender lo que voy a decir. Doy por seguro que encontraron las copias de mis escritos. Esto no debe comprometerme sino a mí. Podría demostrar mis contactos con una publicación extranjera, llegado el caso. Luego... el trabajo de Eva. Aquí mi información me abruma. Trato de recordar lo que ha sido publicado sobre la actividad de la embajada de K., para no hablar sino de eso, para decir lo mismo. Es muy difícil separar lo que sé de lo que he leído. Sobre mi propio trabajo, está claro que trataré de presentarlo con el carácter más técnico posible. Lo demás, todas las estupideces que me han atribuido en el primer interrogatorio, me dejan sin cuidado. Exagerar mi importancia como escritor sigue pareciéndome un buen recurso. Supongo que en todo este tiempo habrán examinado a fondo mis antecedentes y que habrán descubierto viajes a los países socialistas. Explicar su origen es. por supuesto, embarazoso. Incluso pueden acusarme de bigamia, los delitos comienzan a sumarse, sin fin. En verdad, toda una vida de delitos. Y los dólares que tenía en casa ¿de dónde los obtuve? ¿Del mercado negro? ¿Y la literatura marxista? ¿Y por qué mi rechazo del trabajo con que me quisieron «salvar» los intelectualoides democristianos que ahora están en el poder en la Universidad? No veo escapatoria. Todos mis delitos se entrecruzan en la oscuridad de mi cerebro, el frío me hace sentir la piel como una textura de trapero podrido, empapado de agua.

Ha transcurrido más de una hora, posiblemente. Desde hace mucho rato ya no se oyen gritos. Cuanto más recuerdo el día de sol que existe en la realidad, más vulnerable me hago al frío de este lugar y a las penumbras que entrecortan mi conciencia. Tengo la Impresión de que sucedería algo muy grave si falto a la orden de no moverme que me dieron. Un viejo reflejo parece decirme que la obediencia podría salvarme del castigo. Con todo, pienso que si tuviera verdaderamente zapatos y algún chaleco, todo esto sería más soportable.

Alguien viene. Abren la puerta y me tiran del borde de la capucha. Camino a pasos cortos y rápidos, para no pisar los talones del que me conduce. Camino como un chivo tirado de las barbas. Nos detenemos. Me dejan solo. Hay un gran silencio alrededor, muchos segundos de vacío y silencio. Entonces alguien se aproxima corriendo por detrás y lanza un grito de ataque bestial, un grito salvaje, de luchador japonés, y siento dos pies que me dan de plano contra la espalda, con toda la fuerza de su impulso. Salto disparado velozmente, ciegamente. Choco contra algo -es una puerta-; la abro directamente con la cara, con la frente y la nariz, y sigo hacia adentro, casi sin pisar el suelo. Trato de frenar y, al hacerlo, me cuesta encontrar el equilibrio. Durante un segundo vacilo, buscando la verticalidad con las piernas y el torso.

-¡Putas que soi insolente, huevón, manerita de entrar !

- ¡ Estamos conversando aquí, desgraciado, qué te hal creído !

-¡ Pero soi muy mal educao, concha'e tu maire !

-¿No te han enseñao a golpear antes de entrar a una casa?

-¿Te eréis que estai en la selva, culiao? ¿No tenías respeto por la gente?

-¡ Vai a ver lo que te pasa por intruso!

Es un coro de insultos alrededor mío, y yo giro Inútilmente la cabeza de una voz a otra, ciego, extraviado.

Uno de ellos se aproxima a mí, coge dos puntas de la capucha y hace un nudo fuertísimo sobre el puente de mi nariz, de modo que la mitad de la cara queda descubierta para ellos. Otro me enrosca un cable en cada uno de los dedos gordos de mis pies mojados. Hay un brevísimo silencio y luego siento un cosquilleo eléctrico que me sube hasta las rodillas. Grito, más que nada por temor. Me insultan, como escandalizados de mi delicadeza. Siento un desplazamiento de aire al lado mío y alguien me da, con toda la fuerza de que es capaz un brazo, un puñete en la boca del estómago. Es como si me cortaran en dos. Durante fracciones de segundo pierdo la conciencia. Me recobro porque estoy a punto de asfixiarme. Alguien me fricciona violentamente sobre el corazón. Pero yo, como había oído decir, lo siento en la boca, escapándoseme. Comienzo a respirar con la boca, a una velocidad endiablada. No encuentro el aire. El pecho me salta, las costillas son como una reja que me oprime. No queda nada de mí sino esta avidez histérica de mi pecho por tragar aire.

-¿Cómo te llamai?

La voz viene desde el fondo. Los sonidos que emito no alcanzan a intercalarse en el aire que respiro. Tengo que tragar, tragar. Me repite la pregunta, impaciente.

-Hernán Valdés -logro soltar, en varios espacios.

Me llega el golpe de un garrote de goma, por detrás, en el hombro.

-Señor, huevón, más respeto.

-Hernán Valdés, señor.

Comienzan a pedir todos los datos de mi filiación, velozmente, datos que deben tener allí, en una tarjeta. Posiblemente no tengo la posibilidad de preguntarme si para esto me han pegado. Es así. Espeto las respuestas, rápido, aún sin recobrar el aliento: «soltero, señor», «un metro sesenta y cinco, señor», etcétera.

-Color de los ojos.

-Castaño, señor.

Un golpe de corriente me sube por los huesos, hasta las rodillas.

-Cómo que castaño, huevón. Café, será.

-Café, señor.

-Color de pelo.

-Café, señor.

Otro golpe de corriente. Los tipos se ríen. No es dolor exactamente lo que produce la electricidad; sino como una sacudida interna, brutal, que pone los huesos al desnudo.

-Así que vos soi maricón.

-No, señor.

-Cómo que no. Aquí está escrito que soi maricón.

Es otra voz. No alcanzo a preguntar dónde está escrito. Esta vez el golpe de corriente me saca los pies, prácticamente, de su sitio y caigo a un piso de cemento. Me obligan a levantarme al instante, a patadas. No sé cómo lo consigo. Otra voz, más reposada:

-Así que declaras que eres maricón.

-No, he sido casado. Dos veces.

El gomazo en el hombro, desde atrás.

-Señor, huevón.

-Casado, señor. Dos veces, señor.

-¿Con quién eral casao?

Doy el último nombre. Es tan raro pronunciarlo aquí, ahora.

-¿Y te dejó por maricón?

-No, señor. Nos separamos, señor. No nos comprendíamos.

Otra descarga de corriente. Vuelvo a caer y vuelven a levantarme a patadas. No sé cómo debo responder para salvarme. Soy una pura masa que tiembla y que trata todavía de tragar aire. Es otra voz aún:

-Cuenta la firme, huevón. Te dejó por marica.

-No, señor, vivo con una amiga, señor.

-Ah, ah, así que con una amiguita. ¿Y no te da vergüenza, huevón?

No sé qué responder. Siento que se desplaza otra vez el aire a mi lado y que va a venir el golpe en el estómago. Pero el golpe no llega.

-¿No te da vergüenza, huevón?

-No, señor, íbamos a casarnos, señor.

-Y te la estai culiando gratis, mientras tanto. Su nombre.

No entiendo por qué me preguntan todo esto, que saben de sobra. Cuando les digo la nacionalidad de Eva, prorrumpen en exclamaciones de concupiscencia. Esta nacionalidad los excita. Están pensando en alguna cover-girl de piel bronceada.

-¿Y es rica, huevón?

-Es normal, señor.

-¿Usa anticonceptivos?

-¿Cómo, señor?

La descarga. De terror por las patadas, hago desesperados esfuerzos para no caer.

-¡Anticonceptivos, desgraciad

-Un anillo, señor. De cobre, señor.

-¿Y no te molesta cuando te la tirai?

-No, señor.

-¡ Qué le va a molestar, si éste es maricón ! ¿Tenis pico?

Alguien me da un agarrón en el sexo. Insisten en que les describa los órganos sexuales de Eva, el color de sus pendejos, la forma de sus tetas. Quieren saber qué hacemos en la cama, cómo y qué nos besamos. SI mis respuestas son evasivas o demorosas, viene la descarga

-¿Y por qué no hay tenís hijos, huevón? ¿Vis que soi marica?

-¿Qué hace esta huevona?

Me arriesgo a cambiar mi declaración del primer interrogatorio, puesto que Eva no es diplomático sino desde después del golpe. Mi sistema defensivo funciona automáticamente.

-Es periodista, señor.

Se me ocurre que eso puede aconsejarles alguna prudencia.

-¿Y sobre qué escribe?

-Sobre el hogar, señor.

El golpe eléctrico vuelve a retirarme los pies del suelo. Caigo muy duramente y al instante me incorporo, a punta de patadas. No dejo en ningún momento de jadear y temblar.

-¿Nos estai tomando el pelo, huevón? Habla.

-Para un programa. Sobre el hogar. En todo el mundo, señor. La mujer en el hogar, señor, los niños, señor.

Quieren saber cómo nos conocimos, cuándo llegó a Chile, cómo envía sus informaciones.

-¿De qué partido es?

-Socialdemócrata, señor.

Eso parece gustarles.

-¿Le pagan en dólares?

Eso sería un grave delito, si no se comprueba su conversión

-En escudos, señor

-¿Cómo en escudos? ¿Quién le paga?

-La embajada, señor. La radio es del Estado.

-¿Y qué sabe ella de la embajada? ¿Qué es lo que te cuenta a

vos?

-Tiene mucho trabajo, señor.

-¿Y los asilados, huevón?.

Uno me ha abierto la camisa y me agarra una parte del pecho, hundiéndome las uñas.

-Sabe que están ahí, señor. Tiene prohibido verlos, señor.

-¿Cómo que prohibido, desgraciao? ¿Y no sabís que mientras vos estai aquí ella está culiando con el huevón de F.?

F. es uno de los asilados en la embajada.

-No sé quién es F. Eso es mentira, señor. El garrotazo en el hombro. El otro me arranca los pelos del pecho. Realmente no sé si grito, a veces. No me escucho. Tengo la boca muy seca. Las palabras me raspan la garganta. El coro de insultos se ha elevado, después de mi última respuesta.

-¡Qué le va a importar que la otra esté culiando con F.

-¡ Cornudo!

- ¡ Maricón!

Me pregunto si realmente no tienen a la vista mi declaración anterior. No puedo explicármelo. ¿O están jugando, para ver hasta qué punto miento? Hay uno que parece estar en el centro del coro y cuya voz es más grave y «culta»

-¿Y este cuaderno?

Pregunto sus características y vuelvo a contar la historia de las anotaciones de Eva. No insisten.

-¿Qué piensa ella de la Junta?

-No entiende nada de política chilena, señor. Por eso tomó esas anotaciones.

El que me tiene agarrado el pecho no afloja. Pero los golpes de corriente cesan por un rato. Arriba, sobre el cielo, se oye de vez en cuando el sonido de un piano. Es como si alguien, distraídamente. haciendo otra cosa, pasara una mano por las teclas. Me preguntan por diversas cartas recibidas tanto por Eva como por mí. De ello se deducen mis actividades.

-¿Así que soi escritor, huevón?

-Sí, señor.

-¿Y sobre qué escribís?

-Sobre mi vida privada, señor.

-¿Son libros homosexuales?

Anotan sus títulos. Preguntan cuánto me han pagado por ellos. Sin pensar, doy cualquier cifra, exorbitante. Que qué he hecho con ese dinero. Si lo he gastado en drogas.

--¿Y esta pomada, huevón? Me leen el nombre de una supuesta pomada. Realmente no la recuerdo. Digo que podría ser de Eva, pero que no estoy seguro, Hay como un Intervalo. La corriente sigue pasando por mis piernas, pero débilmente, como cosquilleándome. El del «centro» dicta a otro mis «declaraciones». Por un instante creo que el Interrogatorio ha terminado. No entiendo un ápice de su utilidad. Pero súbitamente la corriente me arranca las tibias de su sitio, como haciéndolas bailar solas, desprendidas de la carne.

-¿Dónde está Miguel Enríquez?

Insisto una y otra vez en que no lo conozco, y cada vez las descargas me hacen caer y las patadas levantarme. Debo tener los codos deshechos, pues con ellos me afirmo al caer y al ponerme de pie.

-¿Cómo se escribe su apellido?

Deletreo Henríquez, con H, pues el otro es muy raro en Chile y revelaría un conocimiento íntimo.

-Así que conocís el truco, huevón.

El dorso de un puño gigantesco cargado de anillos hirientes me recorre la otra parte del pecho, por la derecha. En un tono íntimo, ávido, una voz me confiesa al oído, de tiempo en tiempo:

-Putas que te tengo ganas, flaco. Putas que te tengo ganas.

No sé hasta cuándo voy a durar. No sé cuál será mi límite. No tengo la menor experiencia de mis fuerzas. Me tiran hacia adelante y me dan un empujón.

-Siéntate, huevón.

Es una silla de lona, al parecer, con brazos, muy inestables. Me llega un pequeño golpe de corriente, siempre en las piernas y me hecho hacia atrás.

-Si te caís, huevón, val a caer al hoyo. Asunto tuyo.

-¿Qué hiciste el 29 de junio?

Es la voz grave. Mi cerebro está en blanco. Trato de buscar cuándo fue junio, dónde está junio. Nada*

-No sé, señor.

Pasa la corriente. Levanto las piernas. Me balanceo. Siento las rodillas como lámparas que estallan.

-Pal tancazo, huevón.

-En mi oficina, señor. Lejos del centro.

En verdad, no recuerdo. Sólo está la imagen de Allende, en la noche, hablando desde un balcón de la Moneda y mostrando al pueblo los héroes militares que habían «vencido» a sus compañeros precursores del golpe. La gente había gritado «paredón» y se retiraba antes de que el presidente concluyera su discurso, desilusionada una vez más de que siguiera confiando la defensa del gobierno justamente en las instituciones burguesas que conspiraban para derribarlo, en vez de confiarla directamente en los trabajadores.

-¿Y el 11 de setiembre, huevón, qué hiciste?

-Estaba en casa, señor. No alcancé a salir.

La descarga es muy violenta. En esta posición, ahora me golpea sobre todo en las rodillas, me las hace explotar brutalmente. Tengo que hacer fuerzas a la vez para encontrar los golpes y no volcarme con la silla, pues realmente creo que caería a un precipicio. No tengo por qué dudar. La voz me sale muy entrecortada, en sordina, como soplidos secos, sin vibración. No tengo una gota de saliva. Como de palo, el interior de la boca:

-En casa, señor. Por las balas, señor. Cigarrillos. Cuando dejaron salir. Salí. A comprar cigarrillos, señor.

Y es cierto. Buscar cigarrillos en medio del vapor, de los heridos, de los cuerpos tendidos de los prisioneros o muertos, de las ambulancias, los bomberos, los blindados. Ese día los precios se habían triplicado en el mercado negro.

-¿Y a quiénes escondiste en tu casa? ¿Eran del MIR?

-No, señor. A nadie.

No puedo soportarlo más. La corriente me muerde los huesos, me triza las rodillas. Quisiera poder decir cualquier cosa que pusiera fin a las descargas.

-¡ Cómo que nadie, desgraciao ¡ ¿Quiénes durmieron en tu casa el 20 de diciembre?

-Periodistas, señor. Dos. Austríacos. Amigos de Eva. Los pilló el toque de queda, señor.

Ciertamente no lo recuerdo. Pueden haber sido esos periodistas. Pero puede haber sido un matrimonio que temía ser aprehendido en su casa esa noche. La otra noche. ¿Es ésa una de las denuncias que han hecho sobre mí? Dejo caer la cabeza. Desaparecer.

-¿Dónde está Eva?

-En su trabajo, señor.

-¿A qué hora llega a casa?

-A las seis, señor.

-Vamos a traerla pa'ca, huevón. Pa mirarle el anillito de cobre.

Risitas. Por la Izquierda, uno vuelve a agarrarme el pecho, con las uñas prontas. Por la derecha, los anillos me raspan la tetilla. Un par de segundos de silencio. ¿Se aburrieron? Surge una nueva voz:

-¿Dónde trabaja! vos?

-Trabajaba en el Instituto X.

-¿Cómo que trabajabai?

-Lo clausuraron, señor.

Otra voz:

-¡ Claro, pos huevón ¡ ¿Qué te creía! vos? La anterior:

-¿Y qué hacís ahora?

Miento:

-Me ofrecieron otro trabajo. En la misma organización. Tenía que presentarme.

-¿Cuándo teníai que presentarte?

-El seis de marzo, señor.

-Puh, no vai a estar vivo, huevón.

-¿Y qué hay hecho desde septiembre?

-Escribía, señor. Leía.

-¿Querís decir que no hai hecho náa? ¿Hai estao viviendo a costas de esa huevona?

-No, señor.

-¡ Cómo que no ¡ ¡Vago de mierda!

- ¡Cafiche!

-¡ Descarao! ¡Maricón !

Es el coro. Y a cada voz el golpe de corriente. Realmente soy mi cuerpo es- por un simplísimo sistema de reflejos condicionados insultos-castigo, todo lo que ellos gritan.

-¿Dónde están las armas?

-¡Armas! ¡Qué armas, señor!

-En el Instituto, no te hagai el huevón.

-La policía nos registró, señor. Se llevaron todo. Puros papeles.

-¿Y las armas? ¿Dónde las escondieron? Las uñas se hunden y van arrancando, al cerrarse, los pelos del pecho. Doy patadas contra las descargas. Los gritos no me salen. Esto es eterno, entonces.

-Nadie allí. Sabía. Disparar. Eran teóricos. Teóricos, no más, señor.

-¿No sabís que esos son los peores, huevón? ¿Los que empujan a los asesinos?

Es la voz grave, que se ha aproximado. Me pisan ambos pies, para que nos los dispare con las descargas.

-¿Y el director? ¿Hay estao con Magus después del II?

-Sí, señor. Hace poco. Lo encontré en la calle.

-¿De qué hablaron?

-Le pedí que apurara. Mi nuevo trabajo, señor.

-¡Desgraciado! ¿Y el 18 de enero, maricón?

No encuentro nada. No tengo memoria. No logro recordar en qué mes estamos, para entonces calcular cuándo fue enero. La corriente circula. Va a venir el golpe.

-¡ En el número seis de la calle Bach, infeliz!

Ahora caigo. Pero si era tan simple. Siento un desahogo, no hay nada que ocultar:

-¡Pero si fue el cumpleaños de Sofía!

Nos habíamos reunido varios ex compañeros de trabajo en casa de Sofía, entre ellos Magus, y otros amigos, para celebrar el cumpleaños de ella. Yo había ido con Sara y más tarde había llegado Eva.

-¡Fue una reunión de la resistencia, maricón ¡

La descarga eléctrica fuertísima y a la vez las pisadas que me trituran los dedos de los pies. Curiosamente, ello en cierta forma amortigua la corriente.

- ¡ No, señor!

Realmente, no habíamos hecho otra cosa que beber. Yo no me había ocupado sino de mirar a Sara y, luego, de sustraerme a la incomodidad de la presencia de Eva. No tengo idea de lo que hacían los otros. Beber compulsivamente, tal vez nada más.

-¿De qué hablaron? ¿Qué acordaron?

Es inútil que con mis sonidos de fuelle desvencijado yo grite que no, que sólo bebimos y hablamos de tonterías y que no recuerdo una palabra. No me creen. Que se habló de política. Que se acordó algún plan. Que repita lo que dijo Magus. La corriente me roe los huesos. Los pelos del pecho salen de cuajo con las uñas. Los anillos se ponen a golpearme el otro lado como un tambor. Sé que cuando el tipo golpee en serlo va a reventarme. Tengo que inventar algo, lo que sea.

-Habló. De la situación. Económica, señor.

-¿Qué dijo?

-Que... a corto plazo... Las condiciones eran. Favorables para la Junta. Pero que. La situación Interna de Estados Unidos...

Me toman de la blusa y me arrancan violentamente de la silla.

-¡Ya! ¡Te cagaste, huevón!

Me desatan las muñecas, por detrás.

-¡Desnúdate! ¡Rápido!

Tengo las manos rígidas. Me quito la ropa, tambaleando. Tengo la impresión de que he pasado muchos días aquí y de que voy a seguir aquí, siempre. Odio mi capacidad de seguir despierto. Me hacen caminar, a golpes. Me hacen subirme y tenderme en una especie de camilla alta recubierta de algún plástico. Me atan de cada pie y me tiran los brazos hacia atrás, atándome también de las muñecas. Mi cuerpo queda muy estirado. No puedo hacer el menor movimiento. Me dispongo otra vez a morir, pero ahora sin imágenes. Vacío, en blanco. Sólo la noción de cuerpo vivo que va a morir. Ponen una especie de anillo o dedal en mi sexo.

-¿Qué dijo Magus?

Me tiemblan las mandíbulas. No sé qué decir, no se me ocurre qué inventar. Volteo la cabeza de un lado a otro, la boca abierta. No me sale nada, entonces me introducen algo bajo la lengua y una mano me cubre la boca. La descarga estalla simultáneamente en la lengua y en el sexo. Me desgarro los hombros al tratar de contraerme. No pierdo la conciencia. El dolor corresponde por una parte, a una mutilación. Es como si me arrancaran el sexo de raíces, como una dentellada que me deja abierto y, arriba, en la boca, como una explosión que volara toda la carne, que dejara los huesos de la cara y del cuello al desnudo, los nervios petrificados, en el vacío. Es más que eso, no hay memoria del dolor.

-¿Propuso actuar contra la Junta?

Muevo la cabeza de arriba a abajo, muchas veces, rápido. Sí, propuso todo lo que quieran que haya propuesto. Llega otra descarga, menos violenta.

-¿Quiénes estuvieron de acuerdo?

Me quitan la mano de la boca. Mi lengua está rígida, la piel del paladar contraída, seca como una cascara de nuez. Casi no escucho lo que digo, ásperamente. Nombro a algunos y en mi cuidado de omitir a alguien nombro a otro que no estaba allí.

-¿Y dijo que estaba colaborando en la campaña internacional del marxismo contra Chile?

Por supuesto que sí, todo lo que quieran.

-¿Y para esto te complicaba! tanto, conch'e tu maire?

Me dan una última descarga en el sexo, como de despedida. Me desatan.

-¡Vístete, maricón!

Me deslizo de la camilla y busco a tientas con las manos por el
piso, en distintas direcciones. No recuerdo dónde me he desvestido.

-¡Rápido, mierda!

Me conducen a patadas. No hay tiempo para atender al dolor. Confundo las ropas, no encuentro los huecos de los pantalones.

- ¡Primero los calzoncillos, mierda! Vístete bien.

Logro vestirme bajo una lluvia de puntapiés. La voz grave viene de lejos:

-¿Quieres declarar algo más?

Como si después de todo, no hubiera hecho sino una simple y rutinaria declaración. Se me cae la cabeza. No, nada más. El de los anillos vuelve a tocarme:

-Ahora vamo a traer paca a estos huevones. Si no hai dicho la verdá, entonces sí que vai a saber lo que es bueno. ¿De acuerdo?

Me desatan el nudo de la capucha contra la nariz, vuelven a atarme las manos por detrás y me dan un empujón para abrir la puerta. Afuera me coge alguien otra vez del borde delantero de la capucha y me arrastra. No siento las piernas. Me da la impresión de que estamos al aire libre.

-¡Sube. huevón!

Busco en el aire con un pie por todos lados. No hay nada. Un coro de risotadas. Me llevan a otro lado. Me levantan y me empujan. Caigo cerca de otro cuerpo. Reconozco de algún modo que es Manuel. El camión se pone en marcha. Nos sentamos contra la pared y apoyamos la cabeza del uno en la del otro.

-¿Cómo estás? -le preguntó.

-Mal, compañero. ¿Y tú?

-Mal, compañero.

Nos estrechamos las cabezas encapuchadas. No decimos nada más. Respiramos con las bocas abiertas, jadeantes.

El camión se detiene. Abren los cerrojos y alguien sube. Nos sacan las capuchas. Es uno de los soldados conocidos del campamento. Nos mira sin asombro, un poco sonriendo de reconocernos. Grito, mientras me desata las amarras. Veo que tengo la piel de las muñecas profundamente rebanada. Esta vez nos ayudan a bajar. El oficial joven y de rasgos finos nos está esperando. Me mira, algo chocado, con un aire de compasión impotente.

-¿Le pusieron corriente?

No contesto. Insiste dos o tres veces. Asiento, con la cabeza. Hace un gesto de disgusto. Viene el «Pata en la Raja» y nos toma de los brazos. Nos hace entrar al otro patio, el que hemos visto siempre desierto, excepto cuando podíamos espiar a través de la empalizada.

-Ustedes quedan ahora en libre plática -nos dicen-. Pueden dormir, si quieren. Pero cuidado con tomar agua en seis horas.

Nos hace entrar en una de las cabañas. Está llena de prisioneros que nos miran solícitamente. Les recomienda que nos cuiden, que no nos dejen tomar agua. Pregunto si puedo quedarme un rato al sol. Sí, puedo. Me siento en un palo, en el patio. «Pata en la Raja» me pone disimuladamente un cigarrillo en la mano. Me lo enciende.

-Con cuidado, huevón. Si me pillan me cagan.

Aspiro el humo, rápido, para emborracharme. El sol es radiante, pero tiemblo de pies a cabeza. Siento mucha lástima por mi, mucho frío por mí.


Notas:

* Fecha de sublevamiento de un regimiento, conocido "como el tancazo"


Edición digital del Centro Documental Blest el 18jun03
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