Tejas Verdes
TEJAS VERDES

TEJAS VERDES
Diario de un Campo de Concentración en Chile


14 de Febrero, Jueves

Después de un cierto límite, más allá de las manifestaciones normales y comunes, el frío se expresa puramente como dolor, dolor óseo muy interior. Manuel, el campesino, me presta un delgado saco de harina (que siempre en Chile los campesinos llevan consigo, por que además de su uso intrínseco como saco lo usan a modo de falda o taparrabos en las faenas agrícolas), y con él me envuelvo los pies. Es un mínimo alivio. Pero el sueño es inalcanzable. El viento, la niebla del comienzo del amanecer, transitan aquí dentro tan libremente como en el resto de la tierra. Afuera se oyen voces, carreras, gritos agudos de aves. Abren súbitamente la puerta de una patada; gritan hacia el interior:

--¡Afuera todos, huevones, en tres tiempos! Y van dos... dos y medio ...

En cosa de tres segundos estamos todos en el exterior, no sabemos cómo. Algunos recién comienzan a despertarse, después de haber saltado. Es completamente de noche todavía, el cielo está pleno de grandes estrellas, perfectamente separadas, nítidas y a ras de tierra hay grandes jirones de niebla. El frío es bestial. Tenemos un aspecto miserable. Por supuesto, nuestros antifaces o se han caído o están completamente desplazados.

--¿Y por qué tienen puestas esas huevas?

Nos los quitamos del todo. Nos hacen formar, de frente. Nos cortan las amarras de las manos.

--A ver, huevones, un paso adelante los que hayan hecho el servicio.

Nos miramos unos a otros. Sólo uno de nosotros se adelanta. Es un individuo pequeño y muy delgado, amarillento, pero de expresión vivaz. El soldado se queda mirándonos al resto, con una repugnancia algo afectada, como a la última miseria humana.

--¿Y ustedes, vagos de mierda, fueron a la escuela de guerrilleros?

Cada cual pone una cara desolada, de haber sido víctima de alguna fatalidad, las excusas recorren la fila: pies planos, miopía, problemas cardíacos, familiares... El soldado acaricia el acero negro de su fusil automático y nos mira unos segundos, moviendo la cabeza, sin dejar terminar a ninguno. Si no fuera por el fusil y el casco de acero, que lo cubre hasta las cejas, y las fuertes botas, no sería sino un típico campesino chileno: mestizo, piel aceitunada, ojos pequeños, grandes dientes. No debe tener más de veinte años; juraría que conozco sus héroes: el Colo Colo, las teleseries mexicanas, los cómics.

--¡ Numerarse !

El que ha hecho el servicio, encabezando la hilera grita «uno» con una excéntrica voz de macho, seca, cortante, casi una detonación, y el resto le Imitamos lo mejor posible, pese al sueño y la debilidad. El délo ha comenzado a aclararse.

--Aquí van a aprender a hacer una vida sana, huevones. Nada de farras, nada de drogas ni de whisky, nada de levantarse al mediodía, se les acabaron los tres años... ¿quiénes no pueden hacer gimnasia?

Levantan la mano el viejo y alguien más. Nos hace girar a la derecha o a la izquierda.

-- ¡ Al trote, mar !

Y la fila se pone en movimiento por el patio de tierra, entre una hilera de cabañas miserables y las altas empalizadas de maderos. Al principio parece violento someter las articulaciones anquilosadas y los músculos tumefactos a ese ejercido. Pero justamente esa violencia permite que el dolor se produzca de una sola vez. Luego, el monótono ritmo trifásico, que va marcando el soldado con su voz, introduce en un estado de liberación física y de hipnosis. Los pasos se alargan, nuestra fila va formando una elipsis en el patio, el tercer paso, al caer, debe hacer sonar la tierra. Imito lo que va haciendo el que trota delante mío, apenas comprendo lo que grita el soldado:

--Manos a la nuca... lanzar las piernas adelante... pisando con las puntas de los pies... un... dos... tres...

En esa posición puedo mirar la vía láctea, cuya proximidad y profundidad en la atmósfera fría, negroazulada, hace posible la sensación de viajar a una tremenda y silenciosa velocidad por el espacio. La respiración esforzada, las piernas lanzándose al aire, de pronto me hacen sentirme libre y feliz. Posiblemente es la fatiga, el largo insomnio, el hambre, lo que me produce un estado de mínima gravidez, un trance alucinatorio. Veo una luz rosa en las copas de un bosque de eucaliptos. Estoy bajando en la mañana por el camino de Pirque, en la montaña, por el borde del cajón del río, ensordecido por su ruido y el de las abejas y cigarras, extasiados por la pureza del aire y la virginidad de ese sol y ese paisaje; voy a pasos rápidos, por el declive, vengo de casa de Sara; fue una noche sentimentalmente conflictiva, pero la felicidad de bajar por este camino...

--Manos en la cintura... golpeando las nalgas con los talones... un, dos, tres...

Es casi imposible, marchando por ese paisaje, concebir lo que ha sucedido en el país: un paisaje que a fuerza de virginidad y pureza parece hallarse fuera de la historia; así, marchar de vuelta a la ciudad crea la impresión de un alucinante viaje regresivo (¿o progresivo?) a través del tiempo.

Los blue jeans -aparte de mi vida sedentaria en el último tiempo- me impiden tal flexibilidad. Comienzo a jadear. El cielo se azula enteramente, pero el sol no aparece todavía. Venus persiste en su lugar.

Cúmulos vegetales formados por los suspiros sobre los muros, puro ruido de aguas y de insectos, olores de amarga menta y de miel, y el cielo sin ningún sedimento humano: por los aberrantes cambios de la vida humana.

--¡Vagos de mierda, al trote! Al baño, sin mirar a los otros.

En efecto, por la entrada interior de la empalizada, donde hay torrecillas con ametralladoras, viene un grupo semejante al nuestro, trotando. La mayoría son muchachos. Pasan sin mirarnos casi y no alcanzo a distinguir bien sus rostros. Entran a alguna de las cabañas mientras nosotros salimos al exterior. Pasamos ante algunas tiendas llenas de militares luego entramos a otro patio de empalizadas, donde hay más cabañas, una especie de cocina, mesas de grandes tablones. El baño está un poco más allá, en la falda del cerro.

--¡Tienen tres minutos pa' la corta y la larga y pa'lavarse!

El acceso al cerro está cortado por alambradas de púas. Subiendo una pendiente se llega a los WC, que son una hilera de casuchas montadas sobre un pozo rectangular. Los asientos están hechos de cajones con una abertura ovoide, chorreados de mierda y mojados de orines. El olor es venenoso. La mierda forma abajo un grueso pantano burbujeante. Cubriéndome las narices con una mano, orino ayudándome con la otra. Y desde esta altura, capto buena parte del paisaje. Tengo de inmediato una impresión de «ya visto», pero no tanto por la similitud con tantos campos de prisioneros mostrados en el cine por los checos y polacos, sino porque yo he estado aquí antes. Al frente está el río, y a un kilómetro y medio o dos, la desembocadura en el mar. Allí está el balneario de Santo Domingo. Estuvimos allí con Eva algunas horas, la última vez que salimos juntos a la costa, hace unas seis semanas. Ahí están las casas de buena parte de la burguesía chilena, bordeando el río Maipo. Y ésta es plena época de veraneo. Aquí, muy cerca, a cien o ciento cincuenta metros, el largo puente sobre el río Maipo. Nos admirábamos, precisamente, de la normalidad veraniega del lugar, de la conducta festiva de los propietarios que venían con sus familias a pasar el fin de semana, en tanto que el país era una carnicería. Hay un par de soldados armados en su entrada, al frente nuestro. Esto es todo lo que alcanzo a ver en medio minuto. Y las cuatro torres de las ametralladoras. Algunos se han sentado para cagar, pero deben cortar los intentos o el proceso ante la llamada del soldado. Bajo, corriendo. Hay una canaleta de cemento y una hilera de llaves de agua sobre ella. Me quito la blusa y alcanzo a mojarme. Bebo todo lo posible. Nos llaman a formar y a numerarnos. Me seco algo con las manos y espero que el aire haga el resto. Trotamos de regreso. El que encabeza la fila grita: «buenos días, mi teniente», al pasar frente a las tiendas, y todos imitamos un sonido parecido. Volvemos frente a las cabañas. Son siete.

--¡Adentro, huevones!

Nos entrechocamos al entrar precipitadamente. La puerta se cierra a nuestras espaldas. Toda esa prisa no conducía a nada, aparentemente. Nos sentamos en el piso. Ya es de día y la luz nos revela en qué miserable estado nos hallamos.

Cuidando de que nadie esté oyendo desde el exterior, hablamos casi todos a la vez. Al principio hay un cierto recelo. Cada cual cree en su inocencia y en la arbitrariedad de su detención y piensa que los otros deben tener graves cargos políticos. Sin embargo, pronto advertimos una primera coincidencia asombrosa: ninguno de nosotros sabía que iba a ser detenido en el momento de ser detenido. Algunos estaban, como yo, en sus casas, otros en sus trabajos. Siempre se presentó la misma clase de gente, de civil, armados con mayor o menos discreción, actuando con mayor o menor violencia y, dado el caso hipocresía; siempre se trataba de lo mismo, de hacer una declaración en la comisaría más próxima, cosa de minutos. Pero una vez fuera de las casas o de los lugares de trabajo, lo mismo, las vendas, la conducción secreta. Algunos han permanecido cuatro días atados a la silla Manuel, el campesino, y César, el abogado, están allí desde el sábado. Dicen que el domingo pudieron encargar a alguien que les comprara un sandwich. Nos asombra también -y a mí me produce escalofríos- una primera excepción: yo he sido el único interrogado. A nadie le han hecho la más insignificante pregunta.

Sucesivamente, han sido sacados a hacer gimnasia los prisioneros de las otras cabañas. Los miramos trotar por las ranuras. En algunos momentos, se percibe un tono de familiaridad entre los soldados y ellos, bromas, risas. Nos preguntamos quiénes son, cuántos somos en este lugar, desde cuándo están los otros. De los que parecen haber salido de la cabaña vecina contamos veinte cuerpos.

Hay algunas inscripciones en las tablas, nombres, fechas, y luego rayas correspondientes a días transcurridos. Es difícil sacar alguna conclusión, a veces hay siete rayas, a veces treinta. De todos modos, la cabaña parece haber sido construida hace poco, las maderas se ven nuevas, sobre todo las del piso. Concluimos que debe haber sido construida hace unos cincuenta días.

Ha aparecido un sol neblinoso. El cerro del frente, a la derecha, se ve ahora con toda nitidez, hay una gran figura de Cristo sosteniendo una cruz, en cemento probablemente, pintada de blanco. El palo de la cruz -o el cemento, más bien dicho- está quebrado a la altura de los hombros y la cruz misma sale hacia un lado formando un ángulo recto en relación al cuerpo. Más lejos hay otra figura del calvario, menos visible, pues esta vez es un relieve ejecutado también en cemento pintado de blanco. Pastan algunas vacas alrededor de los cristos.

El cansancio es ahora de un alcance embrutecedor. Me derrumbo de sueño, pero luego el sueño se rodea de obstáculos, de falsas entradas. Es como si tuviera que saltar con mi conciencia dentro de un punto preciso y disimulado en un muro, como pasar con el elefante de mi conciencia por el ojo de una aguja. ¿Cómo olvidarse de su búsqueda para dar con el camino, cómo distraer a mi conciencia, cómo reducirla? Trato de no pensar sino en mi cansancio, en el peso de mi cabeza, en la lasitud de mis brazos ¿por cuánto tiempo? Ah( están las imágenes del terror ante ella, monstruosas advertencias para que no la descuide, para que no la traicione con mi entrega al sueño, y también otras Imágenes, divagaciones de la memoria sobre el presente y futuro de sus contenidos. Pasando el puente con Eva, en el volkswagen diplomático de color naranja, sin sospechar lo que había aquí, a unos metros, sin presentir que yo estaba ya, de algún modo, aquí abajo, riéndonos con pena de los soldados a la entrada del puente, entre fastidiados y exasperados de su guerra contra los fantasmas. Esperando conocer, de un minuto a otro, el objetivo real de ese cautiverio. Si nosotros, conscientes del terror que ha sido instaurado en el país, pasamos por aquí sin sospechar la existencia de este lugar, ¿qué queda para quienes quieren ignorar el terror sobre los otros, deliberadamente? ¿De qué se trata? ¿Estamos aquí, algunos, por algún error del aparato represivo? ¿Van a someternos a un castigo? ¿Es esto, ya, un castigo? Si el frío disminuye un tanto, sólo sirve para que el hambre se manifieste con todos sus síntomas más obsesivos y humillantes. No, el sueño se muestra inalcanzable, la conciencia irreductible, y la fatiga y el sufrimiento crecen. Estamos sentados hombro contra hombro, apoyándonos mutuamente las cabezas, con un muchacho, Fernando. Con los ojos cerrados, hablamos a veces desordenadamente. Fue detenido en su casa, estaba solo con su hija pequeña y tuvo que dejarla a unos vecinos. Estudiaba en la Universidad Técnica y trabajaba en una fábrica de conservas que estuvo intervenida por el Estado. Su mujer no sabe quiénes lo han detenido, dónde lo han traído. Se desespera pensando en que lo busca desde hace tres días por comisarías y oficinas militares, por hospitales y depósitos de cadáveres - Una broma muy en uso de los militares, cuando los familiares andan en busca de sus desaparecidos, consiste en negar su existencia en los numerosos lugares de detención, incluso cuando efectivamente se encuentran allí, y en aconsejarles que vayan a buscarlos a las morgues, lo que implica una larga y a veces frustrante peregrinación entre filas de cadáveres -.

--Si por lo menos supieran que estoy vivo -repite de tiempo en tiempo, hundiendo la cabeza en mi hombro.

En la ventana también clausurada del lado derecho, donde nos hallamos, se oye un golpe, como de una piedra. Empinándonos, vemos que desde la ranura superior de la ventana de la otra cabaña nos hacen señas. Alguien dice mi nombre. Los compañeros me izan y del otro lado, en la penumbra, cortada por la ranura, veo la cara de alguien que me es conocido. No logro recordar perfectamente de quién se trata ni su nombre, pero sé que es alguien vinculado al teatro o a la artesanía, actividades que encubrían o canalizaban, en los últimos años, muchas vocaciones indefinidas. La visión no dura más de dos o tres segundos y mis compañeros me hacen volver al piso. Sin embargo casi de inmediato vemos aparecer por la ranura la punta de un listón, donde hay un mensaje amarrado. Lo cojo, pese al temor y las protestas de mis compañeros. Dice más o menos lo siguiente:

Nosotros somos diecinueve. Hace quince días que estamos aquí. Todavía no hemos sido interrogados. Hagamos un intercambio de nombres y actividades de cada uno. ¿Hay algún compañero con problemas graves? Para más informaciones, contacten a la Gorda, de la otra cabaña. Destruyan esto y contesten.

Casi todos se retiran de mi lado, aterrados de que nos sorprendan en esta especie de conspiración y los dos que leen el papel conmigo no se atreven a tocarlo. Algunos pretenden que es una provocación, que hay algún espía que quiere hundirnos. Les aseguro que conozco al individuo del otro lado, que no me parece sospechoso, pero no hay modo de convencerlos. Me obligan a hacer desaparecer el papel de inmediato, pues no quieren ser castigados por mi culpa. No es el caso de discutir siquiera una respuesta o de contactar a la posible «Gorda". Rompo el papel en pequeños pedazos y comienzo a humedecerlos en saliva para tragarlos. Pero la saliva casi no fluye y éstos pasan hirientemente por mi garganta. El «Gordo» se aproxima y me quita la mitad: engulle los papelillos de una sola vez y se queda como si nada. Sólo entonces, cuando no quedan restos, todos se aproximan para conocer el mensaje.

Lo que nos deja más estupefactos es esa noticia de los 15 días de permanencia. Se nos ocurre, quizá para tranquilizarnos algo, que nuestros vecinos deben estar en situación muy calificada, que deben ser considerados extremadamente peligrosos, en tanto que nosotros, en algunos casos, incluso desconocemos las razones de nuestra detención. Hacemos toda clase de suposiciones, el hambre y el cansancio nos hacen divagar. ¿Habrá allí peces gordos? Nos damos cuenta de que hemos imaginado una permanencia muy transitoria en este lugar, que, cada cual por su cuenta, está esperando ser llamado de un momento a otro para oír algo semejante a «fue un error, ándate», o que sus amigos, sus mujeres, estén realizando alguna gestión importante para reparar el malentendido. Y luego, la referencia a mujeres en la otra cabaña. No se nos había ocurrido que pudiera haberlas. Pero ni siquiera la fuerte curiosidad logra vencer la suspicacia o el temor de mis compañeros: no permiten que responda al mensaje, que pida más Informaciones ni que me comunique con la llamada «Gorda». Quedamos esperando, entonces, conocer la verdad por nuestros propios medios.

Siempre se han estado oyendo pasos y voces en el exterior, pero sólo cerca de las 9 tienen una característica que hace que el viejo, que se llama Ramón, despierte bruscamente y diga sin titubear:

«nos traen el desayuno». Nos ponemos todos de pie. Son ruidos de entrechocar las latas en la cabaña de la Izquierda. Cuando más tarde esta sonajera se aproxima y abren nuestra puerta, nos agolpamos sobre ella al mismo tiempo y vemos una olla gigantesca montada en un carro desvencijado que un soldado hace rodar. Con un cucharón nos vierten un líquido en una escudillas de aluminio y nos las van pasando a través de Mario, el tipo que ha hecho el servicio. Nos dan también un pan por cabeza. Tenemos tres minutos para acabar con esto y nos sentamos en el suelo. Al menos la infusión está callente. Se pretende que es té, pero el gusto dominante es el de la melaza. En cualquier caso, para los estómagos vacíos es fuertemente reconfortante. Acabamos con esto y con los panes vorazmente. Las escudillas deben servir, sin que medie lavado alguno, para los de la otra cabaña. Algunos cerramos los ojos y nos entregamos a una especie de sopor vigilante, otros se pasean. Siempre se espera algún acontecimiento.

Una hora después, quizá, la puerta vuelve a abrirse. Entra un soldado -alguien lo saluda como sargento- con cara de putero y pinganilla. No lleva casco, sino gorra, y un revólver en el cinto. Hace alguna broma sobre nuestras comodidades en este «hotel».

--A mí me dicen el «Pata en la Raja» -nos explica, mostrándonos las puntas de sus botas-. Suavecitas y brillantes, pero matadoras, como cuero'e pico. ¿A alguno de ustedes le gusta el pico?

Mis compañeros ríen, algo forzadamente. El sargento nos examina. Saca un paquete de cigarrillos. Se enciende uno.

--¿Alguien quiere fumar?

Casi todas las manos se levantan, pero luego la mayoría las retira, temiendo alguna trampa. Dos o tres alcanzan a tomar cigarrillos.

--Agacharse, huevones -les dice a éstos.

Estos lo hacen, tratando de mantener algún humor. "Pata en la Rala" les da un fuerte puntapié en el culo a cada uno.

--¿Les dolió?

--No, mi sargento -contesta cada cual.

--Entonces, agáchense de nuevo.

Las patadas vuelven a repetirse, grotescas, sonoras, como en el circo, Luego hace entrega de una caja con un fósforo. Este gesto es considerado una buena oportunidad para hacer preguntas.

--¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí, mi sargento?

--¿Ya estai aburrido, huevón? ¿Te han tratado mal?

Insistimos. Nos dice, entre broma y broma, que eso depende. Que hay tipos que están unos días, que otros están más de un mes, que según el «peso». Que sí, que van a buscarnos algunas frazadas. Que ya iremos al baño.

--Mi sargento -es Ramón-: Si podemos hacer algo, limpiar, trabajar en lo que venga, tanto mejor. Cualquier actividad es mejor que estar encerrados.

El sargento se ríe. Sale del cuarto. Antes de cerrar la puerta nos advierte:

--Si descubro que algún huevón está fumando, voy a volarle la raja a patadas.

Apenas desaparece, sin embargo, corremos el riesgo. Siete bocas ávidas hacen desaparecer el par de cigarrillos en rápidas chupadas. Ya es algo. Dentro de todo, hay una pequeña distensión. Pero las visitas se suceden. Esta vez es una enfermera, acompañada por un soldado armado. Viste el uniforme militar, con pantalones y botas. Nos apretujamos contra la puerta, modo también de percibir el cielo y el cerro, ahora completamente asoleado. Es una pequeña morena también de rasgos nacionales muy característicos, un moreno enfermizo, ceniciento, ojos negros, boca pequeña. Está muy maquillada en los ojos. Pregunta si hay algún enfermo entre nosotros, sin animosidad, incluso con una modesta simpatía, como si fuéramos personas en una situación del todo normal. El viejo es el primero en exponer sus males, latamente, con detalles fastidiosos. Ocupa toda la puerta. Manuel, el campesino, dice que estaba en un tratamiento cardíaco cuando lo detuvieron y que ahora quizás el corazón le va a dar una «patada». La mayoría pide aspirinas. Yo pido una píldora para dormir y aprovecho para mostrar mi vestuario miserable. ¿No habría unos calcetines viejos, una botas viejas, alguna camisa? Ya se verá, me divierte un poco la idea de verme vestido con esos restos de manicomio. La posibilidad de quejarse de algo, aunque sea muy indirectamente, nos fascina. Sin darnos cuenta, vamos adoptando un comportamiento infantil. La muchacha toma nota, ya volverá con los remedios. Don Ramón Insiste en la falta de frazadas. Muchas peticiones no alcanzan a ser oídas. El soldado cierra la puerta. De pronto nos miramos, solos, y nos damos cuenta de que comenzamos a habituarnos a nuestra situación, de que nuestra inteligencia comienza a aceptar esta irracionalidad.

Pero pronto volvemos a nuestros puestos de observación, principalmente en las ranuras de las ventanas. Podemos saber que los soldados van y vienen constantemente por el patio, podemos ver a veces el paso de algunos prisioneros. En las cabañas vecinas hay conversaciones, en la de la izquierda una mujer canturrea. Así como a Fernando, el muchacho, lo que atormenta más a mis compañeros es la Incertidumbre de sus familias sobre su suerte. Sólo algunos tuvieron testigos de su detención. Pero, aún en esos casos, queda la imposibilidad de conocer el destino de los detenidos. Porque, realmente, ¿quiénes nos han detenido? Casi todos estamos de acuerdo en que han sido gentes del SIM *, institución secreta, cuyas actividades de espionaje, conspirativas y contrarrevolucionarias son muy anteriores al golpe militar. Se sabe ahora, positivamente, que todos los militares retirados que volvían a trabajar en la vida civil preferentemente como porteros de industrias, universidades y oficinas, como chóferes, como cuidadores de bancos y ministerios, estaban vinculados a ella y le proporcionaban información sobre el gobierno y sus funcionarlos. Se sabe ahora que las fuerzas armadas tenían mayor y mejor información sobre la izquierda, a través de este tipo de infiltración, que la izquierda sobre éstas, a pesar de la posesión del gobierno y de todos sus aparatos informativos.

El «Gordo» se ha puesto a pasearse con impaciencia, resoplando Piensa en su mujer. Dice que nadie puede hacer nada por nosotros que él conoce a un sobrino del general Pinochet, militante de algún grupo de izquierda, que ha sido preso y torturado por la aviación. El general ha tenido que respetar la autonomía de esa rama y no ha podido hacer nada. ¿Qué nos espera a nosotros?

Pienso en cada paso de Eva. ¿Ha ido a casa? ¿Sabe de mi detención? ¿Me buscan? ¿Tratan de contactar a alguien influyente para lograr que me liberen? Es bien posible que todo siga allí en desorden y que ni siquiera piense en mí. Sin embargo, J. debe llamarme para los trámites del pasaporte...

Hay indicios de que se aproxima el «peugeot». (Así ha bautizado alguien al carro donde nos traen la comida. Es un carro hecho a mano, por los mismos prisioneros, tal vez, con restos de cajones; las ruedas, irregulares, deben haber sido cortadas a ojo. Produce un ruido tremendo, bajo el peso de la marmita). Todas las preocupaciones se postergan ante esta perspectiva de comer y nos amontonamos en la puerta en actitud vigilante.

--¿Cuántos son aquí?

--¡Nueve, mi soldado!

Mario se ha convertido, gracias a su lejana experiencia militar, en el receptor de la comida. Los soldados sirven y él nos va pasando las escudillas de aluminio con asas. Bajo el caldo negro hay una capa de porotos, pedazos de cebolla y de zanahoria. Algunos han recibido algún pedazo de cuero o grasa de cerdo. Hugo, justamente, el de zapatones de piel de reno, que está a mi lado y se declara vegetariano. Me pasa este trozo de grasa, que finalmente no podré comer. En cuanto al resto, lo trago todo, incluso la cebolla cocida, que antes me parecía repugnante. No me pregunto qué gusto tiene, no alcanzo a advertirlo. Sólo me importa que esto llegue velozmente a mi estómago, que esto se deposite allí, como requisito indispensable de la subsistencia de mi personalidad.

En la tarde viene un sargento y nos hace entrega a cada uno de una bolsita de plástico sellada que contiene nuestras pertenencias. Por un momento, se nos ocurre que esto significa algo. Nos ordena abrirlas y pregunta si no nos falta nada. En la mía faltan papeles con direcciones y por lo menos la mitad del dinero. En los demás se repite esta falta parcial. ¿Por qué no lo han tomado todo? Pregunta que si queremos reclamar. Nos miramos, vacilantes. ¿Quién se atrevería? ¿Para qué? Lo único que nos interesa es que nos liberen. El sargento dice no saber para qué estamos aquí, no es cosa suya. ¿Podemos ir al baño? los porotos han movido el vientre de algunos y... Que ya vendrán a llevarnos. El portazo.

El tarro de orines está hace tiempo hasta el borde. La tarde transcurre sin que nadie se ocupe de darnos algún Indicio de la necesidad de nuestro encierro en este lugar. ¿Para qué nos han traído? ¿Por qué ocupar policías, transportes, construir estas casuchas y emplear en nuestra custodia a todo este personal militar, si no nos utilizan en nada? Nadie viene hasta la hora de la comida, esto es, alrededor de las 18,30. Son otros soldados. Nos dan los mismos porotos, menos abundantes, pero con más agua y sal, y un pan. Cuando terminamos, después de entregar los platos, uno de ellos se nos queda mirando, con una expresión preocupada. Tiene la misma piel aceitunada, ojos pequeños, pómulos salientes, casi un vietnamita. Pero es más alto que sus otros compañeros.

--Aquí -nos dice de pronto- lo mejor es que nos entendamos. Cuanto menos problema, mejor pa' todos. A nosotros tampoco nos gusta estar aquí. Algunos estábamos estudiando, otros estamos lejos de la familia, hemos dejado las novia...

El «Gordo», que oía desde detrás, se abre paso hasta enfrentarse al soldado y se cruza de brazos sobre su gran barriga, sonriente y desafiante:

--¿Por qué no hacemos un trato, entonces?

El soldado lo mira a los ojos, receloso.

--Ustedes se van a sus casas y nosotros volvemos a las nuestras. Y se acabó el problema.

Hay una carcajada cautelosa. El soldado se mantiene serio o hace un esfuerzo. No se ha irritado. Da una palmada a su fusil y sale.

--Así que ya saben -dice, antes de cerrar la puerta.

15 de Febrero, Viernes

Pese a la píldora, que posiblemente no era sino un placebo, otra noche sin dormir. Rechazo absoluto de mi organismo a toda manifestación de confianza, de descuido. Mis sentidos -el oído, sobre todo se han declarado en vigilia permanente. Los pasos, los cantos de los pájaros nocturnos, el viento, los disparos, que a veces estallan a centímetros de la cabaña, no me permiten un solo momento de abandono. Por otra parte, el frío bastaría para inhibir cualquier descanso. Sólo a última hora, como pareciera que podríamos amanecer muertos, nos han tirado un par de mantas, que nos cubrían mal y que calor no daban, pero que sirvieron al menos para quitarnos la sensación de estar a la intemperie. No me explico cómo no estoy enfermo. Mis vías respiratorias siempre se han inflamado ante cualquier descuido. Sin embargo, muchos de mis compañeros logran dormir. Tampoco me lo explico. Don Ramón y el «Gordo» hacen vibrar la habitación con sus ronquidos. Después de la comida, al anochecer, don Ramón se puso a hablar. Tiene un cuerpo deforme, difícilmente imaginable debajo de sus pantalones bolsudos, una especie de barril deforme. Tiene una gran cabeza, su caja torácica es enorme y su vientre, que la prolonga, ocupa en relación al culo un nivel inferior. Sus pies forman un cono respecto a esta masa. Se sienta en el suelo con dificultad, y debe hacer grandes esfuerzos para levantarse. Tiene olor de viejo, de ropa vieja, sobre todo. Por alguna razón desgraciada, cuando lo detuvieron estaba sin su dentadura y ni siquiera recordó su falta mientras lo llevaban con el pretexto ya conocido de «hacer una declaración». De modo que habla con un sonido salivoso y un eco blando y monótono, de carne. Formábamos una masa de cuerpos, en un rincón, apretándonos para abrigarnos. Don Ramón es presidente del sindicato de suplementeros, que tiene un fuerte poder frente a algunos monopolios periodísticos, y cuyos miembros, si bien ahora muchas veces acomodados, tienen una extracción muy popular, más exactamente marginal. En los años 30 los vendedores de periódicos pertenecían al lumpen proletariado y convivían con el hampa y las prostitutas. Don Ramón era un buen corredor y en esa época, más aún que ahora, casi la única posibilidad de surgir individualmente, para una clase condenada a la miseria desde su nacimiento, era el deporte, y principalmente el boxeo y el atletismo. Ramón soñaba con los héroes que habían salido del barro y cuyos nombres se encendían en los grandes estadios de Nueva York, más o menos cuando la clase dominante descubría la conveniencia de difundir el mito de que cualquier lustrabotas podía llegar a ser presidente de los Estados Unidos. Pero él no estaba sino en Santiago, una miserable aldea del Imperio, con aires de ciudad, y corría horas y horas, después de haber vendido sus periódicos, por las calles que entonces desembocaban casi directamente en el campo. El caso es que venció en los campeonatos de barrios y llegó a destacarse rápidamente. Era una excepción, era una voluntad salvaje de triunfar, de abandonar la miseria. De algún modo se le permitió disputar el título nacional con el campeón de esos tiempos, cuyo origen social era totalmente distinto. La competencia se desarrollaba en el Estadio Militar, situado en el barrio alto, y sus compañeros y admiradores no fueron admitidos. Desde el comienzo, tomó la ventaja. Los espectadores no lo estimulaban. Admitían que compitiera, pero manteniéndose en su lugar, nada de disputar el triunfo. Sin embargo, él creía en la limpieza del deporte, en su oportunidad. Quería vencer entre ellos, sus enemigos de clase, porque en sus manos estaba el premio, la fama, la riqueza. Eran los tiempos de Gardel, todos esos valores eran sentimentalmente exaltados, y don Ramón corría tras ellos. A la mitad de la carrera su triunfo parecía ya seguro, su rival estaba demasiado atrás. Pero de pronto apareció un perro, «un perro enorme, de esos de lujo», que se dirigió directamente a él y comenzó a morderle talones y pantorrillas, que lo obstaculizaba, que al fin lo echó por tierra. Su rival terminó por alcanzarlo y lo sobrepasó. Los espectadores tronaban de la risa. Don Ramón llegó cojeando a la meta, ya cuando el otro era celebrado. El perro había desaparecido. Nadie se ocupó de él. Salió solo del estadio y volvió solo a su casa, sangrando. En los periódicos, al día siguiente, no hubo ninguna alusión al accidente del perro. El esfuerzo de don Ramón apenas era mencionado.

Don Ramón contaba eso sin ningún resentimiento, como hechos lejanos que ocupan fantásticamente su memoria, todavía admite su participación real en ellos, como si hubiera creído y aún creyera ahora, a pesar de todo, en la fatalidad de los orígenes de clase Habla de los jardines del estadio, del lujo de los salones, de la elegancia de las mujeres que asistían al espectáculo con una fascinación actual, todavía conmovido por lo extraordinario de haber sido allí admitido para disputar un puesto de gloria. Su forzada derrota, al parecer no consiguió sino redoblar sus ambiciones. Se había casado; ahora tenía que sacar adelante a su familia, lograr para ellos un espacio y un destino en el mundo. Quería una casa, quería sacar a su madre de la población callampa, a su mujer del cuarto de pensión. Siguió corriendo. Ganó por dos mil de distancia una carrera de diez mil metros. Era un prodigio. Se hablaba de él, pero tenía que salir de su cuarto al amanecer para vender periódicos. El caso es que la gran oportunidad vino -probablemente con el auge del populismo en esos años-, y fue designado para integrar la delegación chilena a las Olimpíadas de Berlín, en el año 36, en pleno reinado del nazismo. Probablemente los comerciantes hicieron algunas donaciones, don Ramón fue vestido elegantemente, de pies a cabeza. Lo que recordaba con mayor emoción era el desfile de las delegaciones de todo el mundo dentro del estadio desbordante, él, con la bandera chilena, marchando ante las aclamaciones de esa multitud, y luego la solemnidad y el orden de la inauguración, los gigantescos cuadros gimnásticos de los muchachos nazis. En algún momento, después, fuera del estadio, unas muchachas piden a la delegación que cante una canción del país, Ellos acceden y las muchachas escuchan extasiadas la melodía y las voces tan exóticas, pero (don Ramón se sacude de risa) él y sus compañeros habían cambiado la letra por palabrotas, insultos y alusiones pornográficas criollas. Era una manera de desquitarse de su exotismo, de su marginalidad, las primeras manifestaciones de la contracultura. El día de la competencia de los dos mil metros don Ramón obtuvo el cuarto lugar. Había podido ganar, pero... Esta vez no fue un perro quien se lo impidió. Desde el comienzo, como antes, tomó la delantera. Los corredores iban precedidos y acompañados por dos filas de motociclistas uniformados, cuya misión no era clara; podía ser de protección o puramente decorativa. El público esta vez gritaba, pero don Ramón no podía saber si de alegría o de temor por su ventaja. El asunto es que él estaba jugándose una fortuna que nunca más estaría a su alcance y corría, ya no tan sólo para obtenerla para sí y los suyos, 0 que para darla «a su pueblo, a su patria». Era evidente que llevaba las de ganar, la ventaja comenzaba a ser irreversible. Entonces fue cuando los motociclistas se colocaron delante suyo, precediéndolo, en una posición aparentemente inofensiva para el público, pero de hecho letal: los gases de los tubos de escape chocaban directamente contra su cara. No era la posición normal de los tubos de escape de las motos, y don Ramón, intoxicado, ya no pudo seguir corriendo a la misma velocidad. Le alcanzaron los otros y empezaron a retroceder la casita para su familia, los titulares en la prensa del mundo, los premios, la fama que iba a dispensar a todo un país. Cuando los otros comenzaron a aventajarlo, las motos desaparecieron. Y él siguió corriendo. De todos modos, lo festejaron mucho, un cuarto lugar en una olimpíada era algo apreciable. Lo que mejor y más embelesadamente recordaba era un cabaret berlinés. Los palcos dorados y rojos, las butacas de terciopelo, las lámparas de cristal, las altas copas talladas en que les sirvieron vino blanco. Y luego el baile, las mesas con números de bronce y teléfonos. Desde una de ellas los llamaron (¿exotismo aún?), invitándolos a bailar. Una muchacha rubia, por supuesto. «El perfume que tenía, la piel tan blanca, ustedes no van a creerme». El, que abandonaba recién un sucio lecho lleno de pulgas en el último rincón del mundo, bailando allí con esa muchacha de piel tan blanca, tan rubia. La voz se le quebraba, tiritábamos, todavía no había traído el par de frazadas *.

Volvieron hoy a despertarnos (o a hacernos salir, mejor dicho) al alba. La gimnasia fue más dura. Insisten en que debemos perder definitivamente nuestros hábitos de parásitos y alcohólicos o drogadictos (?). Como algunos nos demoráramos algo más de dos minutos en el WC, tratando de desalojar alguna mierda, y sin considerar que antes habíamos invertido el otro precioso minuto en lavarnos, nos han ordenado echarnos por tierra, de modo que volvimos a la cabaña con las manos y la ropa cubiertas de polvo. Después del desayuno pasó a visitarnos el oficial que comanda el campo. Se le notaba incómodo con nosotros. Venía a informarse de nuestra situación de abrigo y descubría que teníamos dos frazadas para nueve. «¿Sólo dos?». Nos miraba como si hubiéramos sido culpables también de eso, pero era evidente que estaba simulando. Es un tipo bastante joven, alto, de piel rosa, ojos celestes. La tela de su traje era muy fina. Le chocaba nuestra suciedad, nuestra indigencia, nuestra promiscuidad. Hizo anotar lo de las frazadas. Y colchonetas ¿no teníamos? No habíamos oído hablar, dormíamos sobre las tablas. Parecía sentirse sorprendido e impotente al mismo tiempo. ¿Hacía una pequeña comedia moral? ¿La sensibilidad humanista de su clase lo ponía en algún conflicto con la realidad de sus nuevas responsabilidades? ¿Necesitábamos algo para nuestra higiene? Por supuesto, papel, para limpiarnos, siempre que nos dejaran tiempo de defecar, pasta de dientes, jabón. El soldado seguía anotando en un cuaderno. Y sería quizá conveniente que nos rasuráramos, para no desmoralizarnos. ¿Que no teníamos hojas ni máquina? Ya se vería, estaba prohibido tener hojas. ¿Que cuánto tiempo? El no podía saberlo; los soldados tenían únicamente la responsabilidad de vigilarnos y alimentarnos y cuidar de nuestra salud. Hicimos una colecta y le dimos dinero al soldado para las compras.

Algunos soldados, sin embargo, han sido más explícitos. Habría casos de prisioneros que permanecen aquí una semana, otros serían mantenidos treinta, cuarenta días. De cualquier modo, hay un interrogatorio. No, no se sabe en qué consiste ni cuál es el orden de llamada ni quiénes interrogan. Nos aferramos un poco a la idea de que podemos estar aquí una semana. ¿Y después? Comenzamos a contar triunfalmente las horas que pasan, cada día cumplido nos parece un progreso.

De cuando en cuando disparan contra las cabañas o muy próximamente. A nosotros nos da la impresión de que las balas estallan a pocos centímetros de las tablas. ¿Es cuando advierten que estamos espiando por las ranuras? ¿Es sólo para mantenernos amedrentados? ¿O es realmente para producir una baja, de vez en cuando? Cada vez que abren la puerta nos ponemos de pie. Las conversaciones se interrumpen o cambian rápidamente de tema. En la mañana nos visitaban a cada momento, con cualquier pretexto. Hay soldados o cabos o sargentos que nos miran torvamente, a veces con odio, como si realmente encarnáramos ese enemigo que, según los golpistas, tenía el «propósito de exterminarlos, a ellos y sus hijos, para instaurar una dictadura marxista». Nos examinan, con los fusiles ametralladores prontos, no permiten que nos aproximemos a una distancia que pudiera ser quizás propicia para atacarlos, mientras nos hablan. Hay otros, los menos, que parecen olvidar momentáneamente nuestra peligrosidad. Nos preguntan de qué barrio somos cada cual y se alegran cuando el de alguno coincide con el de ellos. Entonces aprovechamos para lanzar nuestra lluvia de preguntas y peticiones: frazadas, que nos lleven al baño, agua. Pero ellos mismos no parecen saber gran cosa ni ser capaces de darnos alguna solución.

Para el almuerzo esta vez nos han dado un caldo que contenía unos fideos de color gris amarillo, pedazos de patatas y uno que otro hueso de caballo con grasas y cartílagos. Hemos devorado todo sin ningún comentario, algunos con las manos, pues las cucharas de aluminio escasean. Es una comida que nos proporciona calorías por un par de horas, luego el hambre reaparece.

Es difícil analizar nuestra situación como resultado del brutal cambio político en nuestro país con mis compañeros. O porque algunos insisten en verla en sus puros alcances emocionales, como resultado de una "mala suerte individual» o porque niegan haber tenido un compromiso político directo. Quizás esto último sea cierto o quizás haya que ver en estas afirmaciones una comprensible discreción. Aparte de don Ramón, que no lo declara pero lo deja entrever, sólo el muchacho de la Universidad Técnica afirma su militancia en el PC. Privadamente, sólo el «Gordo» y César, el abogado, confiesan pertenecer al PS. En verdad, el único que tiene aquí una cultura marxista es César; los otros tienen una adhesión o de clase o emotiva, que en ningún caso se expresa en términos marxistas, sino en un vago lenguaje referente a la «revolución chilena». En cualquier caso, pareciera que, así como no pudimos o no nos fue permitido asumir toda nuestra potencial responsabilidad política en estos últimos tres años. así también, ahora, como en revancha, nos negáramos a aceptar la responsabilidad del fracaso, a encarnarla. César trabaja en un alto organismo del Estado, de tipo legal, que no ha sido disuelto por los militares por la sencilla razón de que han comprendido la utilidad que podía prestarles simplemente reorientando sus funciones. Es un funcionario antiguo, anterior a la UP, y por esto no han podido echarlo, pese a que estuvo preso casi un mes en el Estadio Nacional después del golpe. Por otra parte, y pese a su militancia política (según él pasiva), cuenta con el apoyo del Colegio de Abogados, una de las corporaciones que más hizo por el derrocamiento del gobierno, y que algún crédito tiene ante la Junta. Eso me hace pensar que será liberado pronto y le pido retener de memoria el teléfono de Eva para que le informe de mi situación. Se compromete a hacerlo en el caso de salir libre. Como todos los que estuvieron en el estadio, fue golpeado brutalmente, fue testigo de las violaciones, de las torturas y de los fusilamientos. Pero, como muchos de los que no estuvimos allí, pensaba que el peor momento había ya pasado. Dice no saber de qué lo acusan. No ha estado «metido en nada» en los últimos meses. Pero hay indicios de que los militares no estarían conformes con los interrogatorios del estadio: por su misma precipitación, por su misma brutalidad, muchos los habrían pasado sin soltar gran cosa. Habrían comprendido la necesidad de «repasar» a la gente salida de allí o de tantos otros lugares de detención, de una manera más metódica y detallada, y también más discreta sin la compulsión de la publicidad acerca de esos centros de detención multitudinarios. César sabe de muchos otros que han vuela ser detenidos. Sólo así puede explicarse su situación en este Con él puedo hablar de cualquier cosa, manteniendo, como él

mismo debe hacerlo, una necesaria reserva sobre los puntos débiles. No me atrevo a pedirle, por ejemplo, que comunique a Eva dónde están o estaban ocultas las copias de mis artículos, y mucho menos que los escribía). Hablamos con indignación de los errores y discrepancias internas de la Unidad Popular, de la desinformación en que fueron mantenidos los trabajadores respecto a los planes golpistas y respecto al caos político y de autoridad en que se encontraba el gobierno. ¿Hasta qué punto el temor a la guerra civil, al enfrentamiento armado entre ciertos dirigentes de la Unidad Popular desarmó a los trabajadores y a sus mismos simpatizantes dentro de las fuerzas armadas? ¿Hasta qué punto ese temor facilitó o estimuló la ofensiva reaccionaria? ¿Y hasta qué punto no resultó más caro en vidas humanas para no hablar de pérdidas políticas- el golpe de lo que habría costado el riesgo de un enfrentamiento ofensivo contra la reacción, con todas las ventajas que supone tomar la ofensiva?

Hablar desde aquí de todo eso como una realidad esfumada, como de una situación histórica única dilapidada por el temor, suena a pesadilla; pero más todavía reconocernos a nosotros mismos, en la medida en que hablamos como sobrevivientes de esa realidad. Porque, si logramos salir de aquí alguna vez, ¿qué seremos si no? En el mejor caso, individuos aislados, ocupándonos oscuramente de mantener nuestras vidas. Melancólicos de lo que no supimos hacer con la historia.

Voy de un lado a otro de la cabaña, unos cinco metros en total, escucho las conversaciones de uno y otro lado, espío constantemente por las rendijas. Por la tarde nadie nos ha abierto la puerta. El tarro de los meados está otra vez completamente lleno y algunos se quejan; tal vez no habrá posibilidades de sacarlo hasta la noche. Está pasando otro día y no hay ningún indicio de nuestra utilidad para nuestros carceleros. Imagino insistentemente qué se está haciendo por mí en Santiago, en las oficinas, en los ministerios. A veces doy por hecho que deben saber que he sido detenido. Recuerdo que el presidente de la Sociedad de Escritores (desde el día del golpe un democristiano) Intervino por los casos de algunos escritores detenidos. El general Leigh, partidario de «extirpar al marxismo hasta las raíces», pero hombre sensible también, gran amante de la música, envió un telegrama a las cárceles del sur, especialmente a Valdivia. Sin especificar nombres el texto decía: «Suelten a los poetas». ¿No se está haciendo algo parecido por mí? Magus. el director de nuestro ex instituto, ¿no ha ido a hablar con el cardenal? ¿Eva no le ha pedido al embajador que haga algo? Por momentos me descorazono: bien puede ser que Eva haya ido a casa, que no se haya extrañado mayormente del desorden y que en fin haya creído que simplemente me fui con alguien a la costa. Trato de orientarla: «¿No te das cuenta de que he dejado en el baño mi máquina de afeitar, el cepillo de dientes, todo lo que uno se lleva cuando sale de viaje?» Pero ¿por qué habría de darse cuenta, si ninguna sensibilidad la guía, después de todo, a percibir mis actos o la ausencia de mis actos? Eva no es una sentimental, en el sentido latino;

no tiene sentido de la nostalgia. Nostalgia es culpa, y Eva, como toda una generación rebelde contra la noción de culpabilidad, se formó contra ella. De modo que si va a casa o llama por teléfono, bien puede atribuir mi ausencia al goce de mis nuevas libertades de soltero. No se te pasaría por la cabeza, por ejemplo, guardar algo de mí que te recuerde estos increíbles dos años que hemos vivido juntos, este erotismo degradado en la misma medida de la degradación de la fe y de la fuerza para cambiar la vida en este país. El día que te fuiste con tu bolso de plástico rojo con tus pequeños utensilios (el mismo bolso que trajiste en 1971, cuando llegaste en un charter desde el hielo a conocer la revolución chilena, como tantos otros turistas de la revolución venidos de un mundo donde se la permite como puro objeto de consumo intelectual), apenas desapareciste, porque ya me era insoportable tu presencia como pura negación de la imagen que tuve, que me hice y que quise seguir teniendo de ti -llorando, es cierto, aunque yo simulé no advertirlo mientras escribía vehemente mi trabajito para el tribunal Russell (pero no llorabas por nosotros dos, sino que por nosotros dos y todo lo que se había venido abajo y lo que había sido pisoteado y ensangrentado y descalabrado simultáneamente) -, cuando cerraste la puerta, después de mirarme, como quien recoge una última imagen de la persona que compartió parte de su vida, diluida ya por las lágrimas, cuando oí que bajabas nuestra escalera por última vez, no corrí tras de tí, no, fui al baño. Habías estado encerrada al menos una hora allí antes de irte. Y descubrí (¿no lo temía?) que te habías cortado precisamente los cabellos. (Uno de nuestros juegos más deliciosos, porque trenzándolos, mezclando sus sectores castaño oscuro y oro viejo teníamos, según estuviéramos al sol de la terraza o bajo la lámpara . ronce del comedor, mil combinaciones cromáticas, mil posibilidades sensuales). Ellos estaban allí, gruesos y largos mechones, en la canasta de la basura. Los recogí y formé un solo haz, que más tarde guardé tras de los libros. Era para estar contigo, alguna vez, más tarde. Desconfío de mi memoria. Era para saber cómo habías sido. A tí no se te habría ocurrido algo semejante. Es un puro sentido latino de la nostalgia. ¿Están allí, todavía? Te fuiste sin algo que me gustaba tanto, en cierta forma era una gentileza, pero también un reproche, una mutilación común, y una ostentación de esta ruptura, y a la vez de tu ajenidad y libertad, de ahí en adelante. Así, es muy posible que pienses que me he ido a casa de Sara, en la montaña, y que por discreción no digas una palabra sobre mi desaparición, o que, por ironía, al fin, no hagas de ello sino una broma.

Los muchachos de la cabaña vecina se han puesto a cantar en coro. Es una marcha militar, un himno de la infantería que evoca heroicamente el sacrificio del hogar, de la novia, en nombre de patria por la cual se va a entrar en combate. No se dice cuál es el enemigo y eso no debe tener importancia. Los muchachos cantan esto con fuerza y convicción y nos imaginamos que o son soldados prisioneros o que el aprendizaje y práctica de tales himnos forma parte de algún sistema de rehabilitación moral al que también seremos sometidos.

Manuel, el campesino, de pronto se ha puesto a hablar y cuenta que él cree saber dónde nos encontramos. Trabaja en un asentamiento de propiedad colectiva en Renca. Son veinte campesinos y sus familias que cultivan comunitariamente un fundo expropiado. Tres de sus compañeros fueron detenidos hace un par de meses y traídos a un lugar semejante a éste, que él cree reconocer de acuerdo a sus relatos. Los tres fueron torturados y volvieron al fundo semienloquecidos. Todos nos agrupamos alrededor suyo, pidiéndole más detalles, anhelantes de curiosidad y miedo. Manuel no puede o no quiere dar más precisiones. «Contaron que les pusieron corriente, pero ya a la semana estaban bien, cosechando tomates, que es fácil». Imagino rápidamente la impotencia verbal de esos campesinos, su incapacidad de dar cuenta matizadamente de su aventura, su tendencia a atribuir los males a la fatalidad y a olvidar prontamente las manifestaciones de esta fatalidad. ¿Qué se esconde tras de ese relato? «Era cerca del mar, as casuchas eran las mismas, más de un mes los tuvieron los milicos».

En verdad, no insistimos demasiado para que Manuel nos cuente otras cosas de sus compañeros, quizá no queremos saber nada preciso de esas experiencias. Sin declararlo, nos decimos que los campesinos son un poco despistados y que confunden el mar con cualquier laguna. Seguimos esperando que nos llamen a declarar en cualquier momento. Nos hacemos la idea de un interrogatorio duro, frente a una mesa de militares, probablemente en la tienda donde hemos visto al oficial en la mañana, al ir al baño. No queremos pensar en nada peor. ¿Por qué habríamos de pensarlo, si no nos han descubierto en ningún «plan subversivo», en ningún ocultamiento de armas, que es lo que a ellos más les preocupa?

Al fin ahora en la noche, después de darnos la misma sopa del mediodía, más diluida, nos han traído dos frazadas más y cuatro colchonetas, esto es, unos sacos de yute rellenos de viruta. Formamos así un lecho común. Después de las nueve nos sacan para ir al baño, nuevamente al trote, con prisa. Hago un salvaje esfuerzo por vaciar mi vientre, equilibrándome para no tocar con las nalgas las tablas chorreadas de excrementos y apretándome con una mano la nariz, pero no consigo expulsar más que unos vientos. Veo algunos vehículos cruzando el puente, las luces de las casas que bordean el río. Existe, evidentemente, una vida cotidiana a pocos metros de aquí y, más que eso, una vida festiva de quienes pasan sus vacaciones. El soldado nos apura con un fusil ametrallador. Algunos han conseguido cagar y se limpian apresuradamente con pedazos de cartón de embalaje que hemos encontrado en la cabaña para tapar las ranuras. Salimos apresurados, abrochándonos los pantalones. Nos numeramos, con fuertes gritos. Al trote, otra vez, hacia la cabaña. Entramos a tientas y buscamos nuestro lecho en la oscuridad. Tengo una sensación de fiebre, de frío envenenamiento. Hace tres días que no duermo ni cago. Es un estado semejante a la alucinación, al desvarío de los inmundos ascetas del desierto. No puedo razonar. Todo lo que me propongo como pensamiento se transforma en ensoñaciones, en visiones tortuosas y escalofriantes. Me silban los oídos, mi piel empieza a desaparecer bajo la barba. No doy conmigo, no sé qué soy exactamente después de todo lo que ha sucedido. No tenía nada allá afuera, no tengo nada que recuperar, imaginativamente, aquí adentro. Pero no quiero pensar en eso, no puedo, mi conciencia no admite otra noción que la de este estar-aquí-esperando. Pura vigilancia del presente. Es curioso, pero justo: en todos estos días no he tenido ninguna Imagen sensual.

16 de Febrero, Sábado

En un estado de torpeza, de completo sonambulismo (otra noche sin dormir) al saltar al patio en la madrugada, sin darme cuenta, coloqué en la cabeza de la fila. Los gritos de derecha e izquierda perdían absolutamente esa mínima parte de significado intelectual que tiene esta compartimentación para mí; y el desorden de los ejercicios que yo debía conducir, parece que era tremendo. El soldado nos insultaba, pero hasta ese momento no se daba cuenta de mi responsabilidad. Y yo volvía a dar a esos ejercicios un sentido liberador y realizándolos redescubría, pese al dolor, a veces, o quizá mediante el dolor, una sensualidad de percibirme vivo. La nitidez y la proximidad de las estrellas nunca me había dado tan bien esa noción intemporal de su mutua distancia, y yo corría justamente con una felicidad de nave interestelar, en el frío espacial y los insultos del soldado y las advertencias de mis compañeros apenas me llegaban desde otro mundo. El polvo blando del patio facilitaba ese desprendimiento. Era fácil olvidar la tierra.

--¡Alto la cabeza! -gritó el soldado, en el colmo de la exasperación, y yo levanté aún más la cabeza hacia el cielo, y como no oyera otra orden seguí corriendo en línea recta, fuera del patio, hacia donde están las tiendas de los militares.

Un par de disparos, como dos latigazos cerca del oído, me detuvieron. Detrás mío no había sino dos o tres compañeros. El resto estaba dentro del patio, junto al soldado que me apuntaba amenazante con el fusil.

--¡A dónde vai, huevón !

Me empujaba con la punta del cañón en las costillas. Yo no entendía nada.

--Usted dijo que levantáramos la cabeza, mi soldado.

Todos mis compañeros, e incluso el soldado, rompieron a reír. Se torcían de la risa, sujetándose los vientres. Yo seguía en las nubes, mirándolos perplejos. Sólo rato después, cuando pudieron calmarse, me explicaron -sin creer mucho en mi inocencia- que «alto la cabeza» significaba detenerse, parar el que estaba a la cabeza. Mi tardía comprensión los hizo reír hasta la extenuación, una vez más. He quedado con una fama de cómico imbécil, del tonto de las filas en las viejas películas norteamericanas.

Luego resultan una vez más inútiles mis esfuerzos en el WC. Descubro que hay autobuses que pasan por detrás, a pocos metros de este pozo de mierda, por un camino en la falda del cerro. Llevan la leyenda «Litoral Central». Después del té y el pan, en la mañana siento repentinamente ganas de hacer caca. Espío por las ranuras la posible presencia de un soldado, para pedirle que me lleve, pero ninguno aparece y debo volver a sentarme, cubierto con una frazada tratando de contenerme. Es una masa cálida, pulsante, que me quema el ano y que distiende el esfínter. Apenas respiro, bastaría un descuido para vaciarme a través de los apretados blue jeans. A otros les sucede algo parecido. Paso al menos una hora sin moverme y me niego obstinadamente a recurrir a la única salida posible, el tarro de los meados. Creo que sufriría mucho más infligiéndonos a todos un día de hedor que luchando por contenerme.

Siento fiebre y escalofríos durante toda la mañana y los soldados no vuelven a aparecer. Pero los disparos que estallan cerca da la cabaña se han hecho más frecuentes. Los sobresaltos que nos producen logran, al fin, que mis ganas se inhiban.

Hugo, el de zapatones de reno, es un tipo que había hablado muy poco hasta hoy. Pasaba el día sentado en posición de loto, con los ojos cerrados, muy serlo, con su barbita de chivo hundida en el pecho. Los compañeros hacían algunas bromas sobre él, pero su carácter dulce y serio, su actitud de colaboración en todas nuestras miserias, y su sincero interés por entender qué fue esta historia de la Unidad Popular, hacían que se tuviera un cierto respeto por su extravagancia. Hoy ha contado que es el representante para Chile del Gurú Maharají, «uno de esos hombres que nacen cada miles años, como Cristo, y cuya misión es salvar prontamente al mundo, porque queda muy poco tiempo antes de que el hombre se destruya a sí mismo». El mismo es un mahatma, un maestro. Recibió el conocimiento en la India, un año atrás, y su trabajo consiste en difundir la nueva verdad. Vive en un albergue comunitario, en Santiago, con unos seis tipos más. Los otros trabajan en diversas actividades y entregan sus salarios al hogar, donde todo se hace en forma colectiva. Son vegetarianos, abstencionistas y, en lo posible, célibes (aunque esto último no está prescrito terminantemente). Siente una terrible nostalgia por las frutas. Cada tarde tenían reuniones en un local de la calle Arturo Prat, a las que asistían unos ochocientos muchachos. Los adherentes en todo el mundo son unos tres millones. No es una religión exactamente nos dice, es algo mucho más simple, de una simplicidad científica. Hay una energía en el universo que está vibrando y hay un ser («llamalo como quieran») del que emana esa energía. La energía es mensurable científicamente, pero no cognoscible de modo racional sino para muy pocos (Einstein, en sus últimos años, estuvo muy influido por su descubrimiento). Pero hay una manera sencilla de ponerse en contacto con ella, accesible a todo el mundo, ése es el mensaje del Gurú Maharají. La energía es la que anima y conforma todo el universo en sus infinitas manifestaciones. ¿Qué impide comunicarse efectivamente con ella y reintegrarse a su orden, del cual el hombre se ha apartado? La mente, esa sucia computadora. En la mente residen el odio y el egoísmo. Mediante la meditación -que no es reflexión, que no es pensar en algo-, que es psíquica y físicamente un acto de distracción, el hombre puede ponerse en comunicación con la energía. La energía es amor. Es perceptible por los sentidos. Hugo puede verla, con los ojos cerrados, como una luz azul, puede oírla como un rumor poderoso, melodioso, puede gustarla, como un sabor fuerte, de alcachofa. Cuando se entra en comunicación con el flujo de esa energía, uno puede orientarla hacia la mente, y limpiarla de su egoísmo. Entonces el hombre se va transformando en puro amor, y desaparecen el odio, los vicios, y con ello la explotación, las diferencias de clases, las guerras, es decir, todo lo que conduce a la humanidad a su extinción próxima.

Al oírlo hablar, acuclillado en el suelo, entre este grupo de andrajosos prisioneros en una cabaña cerca de la costa, confinados aquí en este fin del mundo por un poder arbitrario y fantasmal, sus palabras no suenan extravagantes. Por el contrario, da la impresión de hablar de algo muy real, de algo muy práctico. A nadie se le ocurre pensar que escucha a un charlatán o a un insensato. Todos quieren saber la forma de conocer y usar esa energía. Yo mismo reconozco que hace una semana no habría tenido paciencia de escucharle ni menos ganas de discutirle.

Le reprocho su concepción antropológica de la creación del universo. Si el ser que dio origen a esa energía y creó el universo la destinó al fin de cuentas a salvar al hombre, ¿qué diablos hizo durante los millones de años en que todavía no existió el hombre sobre la tierra? ¿No se aburrió durante ese tiempo infinito, en que nadie fue capaz de percibir su energía desparramada? No, dice Hugo, ese tiempo fue necesario, porque el hombre es el producto último, el más complejo y perfecto del proceso de organización de la energía, ¿y cómo se entiende que se haya apartado de sus beneficios, que sea su negación? El desarrollo de su mente lo ha extraviado, lo ha ensoberbecido, convirtiéndolo en su propio enemigo. Pero ¿existiría el hombre que conocemos sin tal desarrollo de su mente? Etcétera.

Finalmente me aburro. Me pongo a pasear furiosamente. Siete pasos y vuelta, decenas de veces. En el patio no hay nadie A veces se tiene la impresión de que los soldados se han marchado del campamento. ¿No podría ser cierto? ¿No habrá habido un nuevo golpe, un cambio insospechado de la situación? ¿No habrán huido? La exposición de Hugo al fin ha degenerado en una chanza general. El «Gordo» le propone que levite, con todos nosotros como un racimo colgando de sus piernas. Nos imaginamos el espectáculo de este racimo elevándose por sobre el campamento, el espanto de los militares, y nos retorcemos de una risa incontenible y estúpida.

Muy tarde, llegan los soldados arrastrando el «peugeot" y nos reparten nuevamente los porotos con sopa. Parecen bebidos y nos hacen bromas de doble sentido que no sabemos interpretar. No sabemos si nos dan confianza o nos provocan. Nos reíamos a medias.

--¿Hay algún maricón aquí? -pregunta uno.

--Aquí todos somos casados, mi soldado -dice don Ramón, tomándolo a broma- Yo tengo catorce nietos.

--¿Y ninguno te salió maricón, tata?

Don Ramón se ofende y dice que el pueblo no produce maricones, que éstos se encuentran entre los ricos. El soldado nos mira uno por uno, tratando de descubrir alguna evidencia feminoide. Instintivamente nos ponemos serios, conformamos expresiones duras. Por un segundo mis sandalias parecen sospechosas, pero mis pies están tan sucios que la impresión se desvanece. No dice nada. Nos abandonan con un portazo.

Hacia las tres de la tarde sentimos la llegada de un vehículo y poco después, amontonados frente a las ranuras de la ventana derecha, descubrimos la llegada de un nuevo grupo de detenidos. Están las mismas vendas blancas, de cara a la empalizada, con las piernas y los brazos abiertos. Los mantienen largo tiempo en esta posición. Sentimos pasos muy próximos y dejamos nuestro puesto de observación. La puerta se abre de un golpe y alguien es empujado al interior. Se queda vacilante ante nosotros, sin vernos durante unos segundos. Recién le han quitado la venda y no sabe dónde está ni quiénes somos. Se pasa las manos por la cara, se soba las muñecas heridas por las amarras. Viste un pantalón fino, muy arrugado, y una blusa de verano. Es rubio, robusto de piel bronceada. Al fin nos mira, con desconfianza y repugnancia. Toca la puerta, las ventanas, como si buscara alguna posibilidad de salir. No, no quiere sentarse junto a nosotros, se queda junto a la puerta, como esperando algo, como negándose a entender que está aquí, que éste es su lugar. Tampoco acepta un pedazo de pan que le ofrecemos. Al fin nos hace algunas preguntas y mueve la cabeza, incrédulo. No entiende que no seamos los delincuentes comunes que parecemos ni que tampoco seamos terroristas. No entiende que no sepamos por qué estamos aquí y que nos quedemos tan tranquilos, según a él se le ocurre. Tiene un marcado acento argentino. Parece repugnarle la idea de asimilarse a nuestra situación; la suya es muy especial. Nos cuenta algo, todavía encolerizado.

Es periodista para asuntos latinoamericanos de una cadena de televisión argentina. Viajó el jueves a Santiago, acompañado de un amigo, funcionario del ministerio de Asuntos Exteriores de Argentina. Fueron detenidos el viernes a mediodía, en el hotel, sin que hubiera todavía comenzado su trabajo. Se les tuvo vendados, atados a las sillas en el mismo lugar, hasta hoy a mediodía. Como protestaran y exigieran hablar con algún oficial, fueron golpeados. Ha sido traído con su acompañante, al que han puesto, supone, en otra cabaña. Habla indignadamente del escándalo internacional que esto habrá de significar y no duda de las reclamaciones que debe estar haciendo su embajador. Lo miramos con una cierta envidia, por su situación privilegiada, pero también con un poco de lástima, por lo que puede ser su ingenuidad al pensar que los escándalos internacionales tengan algún efecto sobre los golpistas. Más de algún embajador ha recibido patadas de los militares en los últimos meses.

Nosotros tenemos que seguir nuestra vida cotidiana. Es sábado Y suponemos que nada podrá esperarse hasta el comienzo del lunes. E1 argentino se queda solo, esperando la llegada de alguna alta orden de liberación y nosotros volvemos a nuestro círculo en el suelo. Hay un tipo que me es desagradable, un tal Rubén, de unos 45 años, de modos muy ceremoniosos y convencionales, que trata de organizar nuestro ocio, de promover conversaciones, narraciones «entretenidas", ruedas de chistes, interpretación de canciones, discusiones científicas, filosóficas, etcétera, cualquier «tontería que nos entretenga». El es también quien trata de uniformar nuestra conducta ante los soldados: obediencia, seriedad, discreción. No transgredir las reglas, aun cuando no hayan sido formuladas. Por último, es quien da órdenes sobre la mejor confección de nuestro lecho colectivo en la noche y sobre quién debe dormir al lado de quién. Además, mea cada quince minutos. Pretende ser un hombre liberal y moderno, sobre todo en sus relaciones con su mujer y sus hijas, pero se jacta de sus muchas «infidelidades» y se sorprende mucho si uno le pregunta si no se las habrá permitido también su mujer. Es director del sindicato de empleados de su empresa, pero sus ideas políticas son muy ambiguas. Parece un radical de centro.

A eso de las cinco, somos varios los que no soportamos más la necesidad de cagar. Don Ramón llama a un par de soldados que pasan junto a la cabaña.

--¿Así que quieren cagar, huevones?

Nos miran a la cara. Sus pieles aceitunadas están amoratadas por la cerveza. El aliento es inconfundible. Ponemos caras de sincera angustia.

--¡Afuera todos, mierda!

Saltamos en un segundo. Nos hacen sentar en la tierra, en dos filas. Miro al cielo y respiro. Una bandada de patos marinos en V pasa sobre nuestras cabezas. Trago todo el aire posible.

--A ver, huevones, quién sabe cantar.

Tiene una voz de «duro» de un bar de los films del oeste, pero no más de 20 años. Nos miramos unos a otros, desesperados. El hombre que ha hecho el servicio nos saca una vez más del apuro. Se pone de pie y se sitúa enfrente de nosotros. Muy serio, un poco temblorosamente canta «Yo vendo unos ojos negros», una falsa canción tradicional. Lo aplaudimos discretamente. El soldado no parece muy conforme.

--A ver huevones, alguien que cuente un chiste. Trato de ocultar la cara. Nadie responde.

--Vos, huevón, ven a contar un chiste. Y si es malo te pateo.

El elegido ha sido el «Gordo». Se pone al frente y cruzando las nos sobre la barriga cuenta uno de un maricón en las filas. Eso parece satisfacer al soldado.

--Ahora, a cagar, huevones.

Nos conduce hacia el lado contrario del baño y por primera vez podemos ver el resto de las cabañas, construidas miserablemente, como piezas de guardar. Salimos por una puertecilla, fuera de las empalizadas, hacia un bosquecillo de eucaliptos. Podemos ver la parte posterior de las cabañas, que dan hacia el puente, disimuladas con maderos. Inmediatamente está el río, y al borde de éste hay lanchas de metal, de aluminio, probablemente, una serie de aparatos de desembarco y estructuras metálicas entre la hierba. Bajo el bosquecillo hay dos fosos rectangulares muy angostos, y sobre éstos dos pares de troncos.

--¡Vamos, cagando! Tienen tres minutos

Nos bajamos los pantalones con prisa, tratando de equilibrarnos sobre los dos troncos también chorreados de mierda. Quedamos culo contra culo, difícilmente de frente. Yo quedo con el culo de Rubén, muy pálido, lampiño, enfrente mío, casi tocándome las rodillas. El de la televisión argentina se ha negado a participar en esta defecación colectiva. Nos observa con una incontenible repugnancia, con una extrañeza total, apoyado en un eucalipto centenario. El pozo no es muy profundo, no tiene más de un metro y medio de fondo, y las sucesivas cagadas forman capas multicolores, superpuestas, una especie de textura de Van Gogh, ocre, amarilla, naranja. El olor de los eucaliptos no se percibe, sólo este olor letal, enfermo, corrosivo. Los soldados están a muy pocos pasos, apuntándonos con sus fusiles ametralladores. Fuman y se ríen. Cuentan el tiempo. La mierda de Rubén sale ante mis propios ojos, es como un parto. Un cilindro de mierda compacto, increíblemente grueso, estriado de nervaduras amarillas y con algunas incrustaciones blancas, granulosas, sale de un orificio estrechísimo. Parece cosa de magia. Algunos, a mis espaldas, son como esclusas que se destapan. Y yo no puedo nada. Los fusiles apuntándonos al culo por esas manos algo descontroladas por el alcohol, la necesidad de equilibrarme en los maderos, el dolor de los músculos de las rodillas, el olor, el espectáculo de este carnaval de mierda alrededor mío, me cohíben absolutamente. Nada, puros vientos, como si la mierda se hubiera escamoteado, en una perfecta maniobra de ilusionismo. Trato de recordar mis ganas de la mañana, trato de imaginar que no soy sino mierda una gran bolsa que debe desalojarse, y nada, soy una masa hermética un globo perfectamente obturado. Por lo demás, nos apremian. Me subo los pantalones y aprovecho para hacerme una idea algo más amplia del paisaje. Más allá del bosquecillo de eucaliptos, tras una alambrada de púas, hay un sembrado de maíz. El río a unos treinta metros formando un codo. Desde aquí la desembocadura es perfectamente visible. El campamento está oculto en una hondonada en la playa del río. Los automovilistas que pasan por el puente no pueden vernos debido a las barandas. Nos hacen trotar, de vuelta. El de la televisión argentina tal vez piensa que puede sustraerse a esta manera de regresar, pero recibe un golpe con el cañón del fusil en las corvas. Un «hijo de puta» entre dientes le sirve malamente de desquite.


Notas:

* Servicio de Inteligencia Militar

* Un conocedor de la historia de los juegos olímpicos me hizo ver, tras publicado el libro, que ningún chileno de esas características participó en los juegos de Berlín


Edición digital del Centro Documental Blest el 18jun03
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