Tejas Verdes
TEJAS VERDES

TEJAS VERDES
Diario de un Campo de Concentración en Chile


Martes, 12 de febrero de 1974

¿Qué hago exactamente aquí, en casa, a las 6,30 de la tarde? De un modo coherente no podría explicárselo a nadie. Espero que pase el tiempo, que mueran las horas. Hace un par de días le pedí a J. que me obtenga un pasaporte. He tomado una decisión sin conocer su destino. Partiré en la primera semana de marzo a donde sea, posiblemente a España. Hace tres días Eva se fue de la casa. En verdad, te pedí que se fuera. Su presencia denotaba demasiado desenfadadamente que éramos sobrevivientes de proyectos muertos, de sentimientos rotos. Entre tanto, ha venido una y otra vez, en horas imprevistas, a buscar algunas de sus cosas, su ropa, sus potes de maquillaje, últimamente algunos condimentos, el comino tostado egipcio, el eneldo, el curry, que trajo cuando se vino a vivir conmigo desde Europa. Esto último, más que todo lo que yo habría podido Imaginar, me reveló cuan definitivo había sido nuestro fracaso. Ayer partió Sara a Buenos Aires a visitar a su marido, que está exiliado hace tres meses. Aún están sobre la mesa los vasos en que hemos bebido la noche anterior, y aquí cerca las píldoras que me ha dejado contra la «depresión», los grandes lentes redondos para el sol que ha olvidado. Pienso llamar a D., a quien encontré ayer por azar, y confirmarle que en un momento más iré a tomar un trago a su casa. Su marido pidió asilo en la embajada de A. y pudo salir al exterior, hace meses. No pretenden reunirse. Los rezagados en este país de desconocidos nos usamos sin límites ni discriminaciones, sin escrúpulos de la insinceridad de nuestros deseos -para no hablar de amor-, conscientes de que cada cual busca a su modo afirmaciones de continuidad de la vida. El golpe ha deshecho toda clase de relaciones, y los residuos flotantes de esta catástrofe nos hemos encontrado para constituir otras, insólitas, precarias. Pero a veces también obsesivas, absorbentes, como un modo de compensar íntimamente las formas de expresión y acción sociales hoy destruidas. Así, hombres y mujeres que hace poco tiempo nos habíamos encontrado con nuestras parejas en un plano amistoso o de trabajo, hoy, desvinculados, nos descubrimos de pronto en una cama, extrañados de esta intimidad y de este insospechado amor que hemos hecho como remedo de aquel en el que estamos pensando, imposibilitado por la muerte, por el exilio, o por el caos en general. Quedan cada vez menos personas reconocibles en la ciudad; en cambio, han reaparecí do personajes que uno creía definitivamente extinguidos y que en realidad no estaban sino muy Inteligentemente disimulados en las contradicciones de la época que acaba de terminar. Se levantan de sus lechos de tullidos o se desprenden de su hipocresía y ocupan rápidamente las mesas, los escritorios, los espacios de las publicaciones, la vía pública, los micrófonos, con la voracidad de quienes consiguen recuperar un tiempo que la historia parecía haber dejado atrás. Si uno los encuentra, suelen tener un aire protector, y suelen justificar sus nuevas responsabilidades diciendo que nos salvan de algo peor. Soy partidario de ahorrarles la oportunidad de explicarse. Las personas en quienes se podía confiar parten, una a una. Y es Imposible conocer a otras. ¿Quién se atrevería hoy a confiar en un desconocido? Me han contado que hay una oficina en la Torre Diego Portales - Sede de la junta golpista - ante la cual los delatores forman largas filas. De manera que éste es un tiempo muerto, hasta que llegue el momento de partir. ¿A quién dejarle este lugar que he querido tanto? Quienes me lo pedían insistentemente hace treinta días, dispuestos a permanecer aquí, comienzan a desaparecer igualmente. ¿Han caído presos, se han marchado, o simplemente están en la costa? Nadie responde al teléfono. La inseguridad, por lo demás, me produce una fuerte inhibición de escribir. ¿Cómo prever el destino, en las actuales circunstancias, de cualquier papel que uno escriba? Por otra parte, necesito un distanciamiento, necesito ordenar, desde fuera, con una cierta perspectiva, todo esto que ha pasado. Aunque sea para redesordenarlo, pero a mi gusto. Por primera vez, tengo una noción de fracaso colectivo. Así que me dejo estar aquí, en el sofá, frente al teléfono, mientras se cumple el tiempo.

A través de la ventana de treinta pequeños rectángulos se oye el zumbido del helicóptero que viene cada atardecer a recoger a alguno de los generales de la terraza de la Torre Diego Portales. Es aquí, a doscientos metros de mi propia terraza, donde ahora crecen sin cuidados el estragón, el tomillo, la salvia y otras hierbas que cultivábamos con Eva con una cierta pedantería gastronómica. Desde allá arriba, un cañón periscópico se orienta hacia diversos puntos del cielo, buscando al enemigo, previamente a que el general, o quien sea, monte. Luego el aparato ruge con más fuerza y se alza a toda velocidad. Vuelve a restablecerse el silencio. En cinco minutos más llamaré a D. En el fondo, es un problema de empleo del tiempo, no soportaría otro anochecer en este espacio lleno de ausencias y de objetos que las delatan.

El timbre suena larga e insistentemente justo cuando estoy comenzando a discar. Pese a lo avanzado de la hora, se me ocurre que puede ser el cartero -la confirmación de alguna beca, de algún trabajo en el extranjero, el anuncio de un billete de avión- y desciendo rápidamente por la escalera. Cinco metros antes de llegar observo que del otro lado de la mirilla hay más de una persona y, tanto como me aproximo, que son más de dos. Tengo algún presentimiento, pero no me parece extraño que de pronto se presenten amigos largo tiempo desaparecidos o los eternos visitantes europeos que buscan a Eva. No media ningún transcurso entre el acto de abrir y la situación de encontrarme con la boca del cañón de una metralleta contra la garganta.

--Esto es un allanamiento.

No hay ninguna oportunidad tampoco para hacerlos pasar. Me palpan el cuerpo, pese a que no llevo sino un blue jean muy estrecho y una blusa. No alcanzo a distinguir cuántos son. Subo, precedido y escoltado por gente armada; me llevan a mi propio piso. Todo es muy veloz, parece que no hubiera un segundo que perder. Desde ya, esta angosta escalera que sube directamente, casi disimulada en el edificio, hasta el cuarto piso, me hace sentir culpable de alguna anormalidad. La escasa iluminación, un rellano pleno de colchones en desuso, una enorme reproducción de Magritte -la vieja bota con los dedos salientes en medio de un desierto- pegada en el muro frente al último peldaño, la pequeña y sólida puerta arcada, con aldaba y mirilla herradas, de imitación medieval, son elementos que estimulan las suspicacias en mi contra. Los tipos se Introducen con mil precauciones, y luego sorpresivamente, como si fueran a enfrentarse con Bond o el Che Guevara. Todo sucede con una excesiva prisa, no alcanzo a comprender cómo entro en mi casa de este modo. Dos de ellos me instalan en el mismo sofá desde donde me disponía a telefonear a D. y se sientan al frente mío, mientras dos más se dedican a abrir y registrar los numerosos armarlos y closets empotrados en los muros o disimulados por puertecillas en los zócalos formados por viejos tablones entarugados, y aún dos o tres van al dormitorio, en tanto que otro cuida de la puerta.

Esto hace que mi atención se disperse y que me sea muy difícil fijarla en el tipo que me interroga:

-¿Cómo te llamai?
-Hernán Valdés.

-¿Dónde trabajai?
-En el Instituto X.

-¿Edad, estado civil?

Respondo que soltero, que, después de todo, ha vuelto a ser mi estado civil. ¿Cómo explicar la vida de uno en esos términos?

-¿Y por qué estai solo aquí? ¿Por qué no te hai casao, huevón?

Ignoro cuál puede ser la expresión de mi rostro. Me descubro distraído, intentando formarme una idea de la impresión que se hacen sobre mí los tipos que entre tanto registran por todas partes. Estoy de espaldas a ellos. Pienso en las serles de fotografías de Eva desnuda que hay en algún armario, pienso en algo peor aún, pienso en los discos, pienso en el dormitorio. Ayer justamente quité la cama de Eva del lado de la mía y la disimulé en otro sitio, como un diván. La mía está deshecha hace un par de días, quizá porque he querido que permanezca alguna huella de la presencia de Sara. Huellas, fetiches, no me quedaba otra cosa.

-¿De qué partido soi?
-De ninguno.
¡ Cómo que de ninguno, huevón!
-Soy de izquierda, pero nunca milité en un partido.

Yo había intentado encender un cigarrillo, pero alguien me lo quita de la mano. El interrogador se levanta y examina algo en la mesa, a mis espaldas.

-¿Quién es Elsa?

(En la mesa yo había dejado un papel para Elsa, la chica que nos limpiaba la casa y que desapareció hace 15 días, pidiéndole que dejara las llaves y no volviera más). Mi explicación debe parecerles insoportablemente mentirosa. Me pongo de pie, como si esto pudiera aclarar algo. La expresión del Interrogador parece decir que se acabó su tolerancia ante mi ficción:

-Así que aquí teníai las farras con Miguel Enríquez y los huevones del MIR.

Dos o tres más me rodean amenazantes. En efecto, aluden a ñas 150 botellas de vino «Cousiño Macul», vacías apiladas en un rincón contra la pared. Las habíamos obtenido de la propia viña, en agosto pasado, gracias a la influencia diplomática de Eva. Era la época del mayor desabastecimiento, producido en gran parte por la derecha para crear una imagen caótica del gobierno de la UP. Protesto de la insensatez de la acusación y trato de dar una explicación coherente de semejante consumo alcohólico. Escucho mis propias palabras como aleo absurdo, falso. Esto debe ser perfectamente claro para ellos, el cañón de una metralleta se ha incrustado en mis costillas.

-¿Dónde está Enríquez, huevón?

Con una firmeza que debe sonarles a terquedad, respondo que jamás he conocido a nadie del MIR. Uno de los que están registrando lanza entonces un grito de indignación y se aproxima blandiendo un enorme cuaderno.

-Y esto, culiao. Este plan en clave.

A pesar de todo, trato de reírme, lo que agrava las cosas. De inmediato intento explicar algo, pero no hay tiempo, la evidencia parece demasiado fuerte. Casi todos ellos me rodean, como si hubieran dado al fin con el peor enemigo del régimen. Es un gran cuaderno empastado, especie de diario de contabilidad, donde Eva comenzó a anotar nerviosamente, desde la mañana del día 11, y quizás hasta el 12, en su complicado idioma, las secuencias del golpe, las prorusas y contradictorias informaciones que nos daban las radioemisoras o los amigos, por teléfono. Dentro de las frases incomprensibles hay infinidad de nombres y siglas perfectamente reveladores: MIR, GAP, CUT, FACH, SUMAR, PUDAHUEL, etc. Hay odio en los ojos azules del tipo que ha hecho el descubrimiento: unos 45 años, rubicundo, calvicie en desarrollo, pelo rubio castaño, constitución fuerte, estatura mediana. La inutilidad de las explicaciones que les doy me desalienta, comienzo a sentirme insensatamente atrapado. Les parezco despreciable, me insultan.

-Soy escritor, señor- le digo al de ojos azules, como si éste hiera un último y mágico recurso para recuperar mi respetabilidad, e indico hacia el anaquel donde se hallan mis libros. No me escuchan, o bien esta afirmación les parece superfina o mentirosa.

-Vai a venir a hacer una declaración a la comisaría, huevón. Andando.

Pregunto si puedo dar cuenta de esto a alguien por teléfono. Me toman de los brazos, por toda respuesta.

-Lleva tus documentos y las llaves.

Echo también en los bolsillos del blue jean fósforos y cigarrillos. No estoy especialmente inquieto. Lo único grave parece no haber sido descubierto. Estoy seguro de que una declaración ante una persona regularmente sensata aclarará las cosas y de que podré estar de vuelta en poco tiempo. Ni siquiera se me ocurre ponerme una chaqueta o cambiar mis sandalias por zapatos. Bajamos en tropel, me obligan a descender de prisa. Alcanzo a advertir que algunos se han quedado arriba. Ya en la calle, no soy consciente de si los vecinos y los pasantes nos miran. ¿Hay por azar algún conocido que pueda dar cuenta de mi detención? Los movimientos a que me obligan son demasiado rápidos, no hay tiempo de percibir ningún detalle, de fijar la vista o la atención en nada particularmente. Me extraña que no vayamos derecho a la comisaría, que está a cien metros de la casa, pero tampoco puedo manifestarlo. Por el contrario, me hacen montar en una camioneta de color amarillo, abierta, que se halla cerca de la esquina. Por un instante se me ocurre que puede ser una medida de seguridad, de «naturalidad», para evitar que los transeúntes se percaten de estas detenciones. Me instalan en la segunda fila de asientos, en medio de dos de ellos. Disimuladamente, me sujetan de las muñecas.

-Cierra los ojos.

Me ponen algo sobre los bordes de los párpados, supongo que tela adhesiva. Antes de que la tela cierre totalmente el ojo derecho, alcanzo a ver que dos de ellos, los que habían quedado arriba, vienen transportando una tela de plástico, llena de una gran cantidad de papeles, de libros, de objetos que no logro individualizar. Sólo el gran cuaderno de Eva es reconocible. El vehículo se pone en marcha. Hemos torcido y no puede ser sino por la calle X. Está claro ahora que no vamos a la comisaría. Posiblemente el destino sea el cuartel de Investigaciones, la policía civil. Recuerdo el caso de tantos detenidos que ignoraron el lugar de su cautiverio y me propongo medir el tiempo que durará el viaje. La marcha es lenta, hay frecuentes detenciones, viramos constantemente. Está fuera de duda que no evitamos el centro de la ciudad y que nos desplazamos entre otros vehículos y miles de personas que ignoran mi calidad de detenido. Mi mayor temor tiene que ver con el alcance del registro que han hecho los tipos que se quedaron arriba hasta los últimos momentos. ¿Encontraron el trabajo que yo había escrito para el tribunal Russell y las copias de otros artículos enviados a publicaciones extranjeras? ¿Quedó alguno de ellos en el piso, efectuando una investigación más prolija? ¿Descubrieron la trampa, donde ocultamos, después del golpe, todos los libros y publicaciones marxistas? ¿Y la infinidad de papeles escritos últimamente, menos importantes: proyecto de novela sobre el golpe y el período de la UP, mi diario, etc.? Todo esto estaba casi a la mano. Lo más grave, dentro de los sobres de los discos de Brassens y entre los periódicos apilados dentro del ropero. A lo sumo, el viaje ha durado diez o doce minutos. Podemos, pues, estar en el cuartel de Investigaciones. Me hacen descender y marchar a tientas, tomado de ambos brazos. Me han puesto frente a un escritorio; lo noto por la dirección de la voz que me habla. Nada, otra vez mis datos personales. Me quitan los documentos, las llaves, todo lo que había en los bolsillos. Vuelven a palparme las piernas. Ninguna pregunta que se refiera a las razones de mi detención. Pienso que esto vendrá pronto y guardo silencio. Me conducen a otra parte; a cada instante temo chocar contra algo, me indican direcciones, derecha o izquierda, que me son fáciles de confundir, dada mi condición de ambidiestro. Debo descender una escalinata. El ruido anuncia una puerta de fierro con cerrojos. Un calabozo, sin duda. Olor a fuertes orines, a metales antiguamente compenetrados de orines, ruido ensordecedor de un chorro de agua intermitente, quizás en el urinario. Me sientan en una silla y me atan fuertemente cada mano contra la parte superior de las patas y los tobillos contra la parte inferior. Me sacan los lentes y me conminan a no abrir los ojos mientras me arrancan de tirones violentos las telas adhesivas, posiblemente con buena parte de mis pestañas. En su lugar, cubren la parte superior de mi cara con un antifaz que aseguran fuertemente mediante una pita delgada que me rebana las orejas y la nuca. Trato de obtener alguna aclaración de parte de quien se ocupa de todo esto, quiero saber qué pasa, por qué estoy aquí. Un palo o algo semejante me remece el cráneo. Los Insultos suenan escandalizados, intolerantes:

-¡Concha'e tu maire, qué vení aquí a preguntar hueváa ¡

La voz transmite su exasperación a otro:

-Ojo con este huevón. A mí ya me choreó.

Quedo temblando. ¿Va a venir un nuevo golpe? ¿De qué se trata? ¿No hay alguien que quiera preguntarme concretamente qué quieren de mí ¿Para qué me han traído, entonces? Los pasos se alejan de mi lado, mis palpitaciones disminuyen. Recién empiezo a percibir que no soy allí el único. Hay toses, suspiros, «dioses mío», «madres mía» en sordina. Pero nadie habla, nadie intenta comunicarse conmigo. Me dispongo a esperar. Estoy seguro de que en cualquier momento se presentarán para llamarme. Ahora me parece casi cierto que deben haber descubierto mis escritos, que alguien tiene que haberme delatado. Trato de recapitular mis acciones del día, de recordar con quiénes he estado en contacto. Descubro que mi imaginación se halla bloqueada. No puedo representarme sino este ahora, este estar aquí, maniatado, ciego, Impregnándome del avasallador olor de orines (mi silla parece estar muy próxima al urinario) que se deposita como una película contra mi paladar, transformándose más bien en gusto; este estar-aquí siendo invadido por el ruido infernal del grifo de agua, que desaloja casi toda otra impresión de mi cerebro, con el estómago temblando de presentimientos, con toda la atención concentrada en los pasos del o los guardas, en las voces que a veces llegan lejanamente, de otro ámbito, en ruidos de vehículos distantes, de goznes de puertas.

-Señor.

Es la voz de un viejo, sumisa, salivosa, que intenta pronunciar con algún decoro.

-¿Qué querís?

La voz del guarda suena a mi lado derecho. No había advertido su proximidad.

-Quisiera orinar, señor.

Pasan algunos minutos antes de que éste se levante. Luego se siente cómo desata las amarras del probable viejo y lo conduce, pasando enfrente mío, ciego, hasta el urinario. ¿Por qué ha dicho orinar en vez de mear, que es lo que se usa en el país? Orinar suena a lenguaje de laboratorios de análisis, de hospitales. El viejo da suspiros de alivio mientras mea, pero el ruido de su chorro se pierde dentro de la estridencia del chorro de agua. ¿Qué he hecho realmente? Cada vez que trato de concentrarme en esto percibo con angustia vacío que hay en mi cabeza. ¿Es posible que mi detención se deba a los trámites iniciados por J. para obtenerme un pasaporte? Quizá simplemente, me haya denunciado la propietaria del piso, para poder así alquilarlo a otro y obtener una renta tres veces superior. No llenó la casa de banderas el día del golpe? Antes de llegar a casa compré algunas cosas en el almacén de la esquina, cuya propietaria es momia. ¿No me miró de alguna manera especial? ¿Me encontré con alguien a quien haya dicho algo indiscreto? Antes estuve en casa de F., la más íntima amiga de Sara, porque quería saber qué había sentido realmente Sara hacia mí, porque quería simplemente hablar de ella, la única persona con quien tuve alguna intimidad en las últimas semanas. A mediodía pasé a beber un café en el «Haití». ¿Hablé con alguien allí? Recorrí el centro de la ciudad, donde aparentemente nada pasa, donde los que no han podido partir de vacaciones, y entre ellos el 20 por ciento de cesantes, se dan vueltas, miran las vidrieras, donde han vuelto a aparecer, como producto mágico del golpe, todos los artículos que productores y comerciantes sólo vendían antes en el mercado negro. No, no encuentro indicios de un delator, de algún acto especial que justifique una denuncia.

El viejo es reconducido a su silla. (Supongo que tiene que ser una silla como la mía).

-Señor, ¿hay posibilidades de que nos interroguen hoy?

-No, huevón. Tate tranquilo.

De modo que nadie ha sido interrogado. ¿Desde cuándo? Y hoy no seremos interrogados. ¿Es que debo pasar la noche aquí? Una oleada de desesperación me llena. ¿A quién dirigirse? ¿Ante quién protestar? Comprendo la inutilidad, con mi antifaz, de mi expresión desolada. Me desespero ante mí mismo. Dejo caer la cabeza sobre el pecho.

Es muy difícil, auditivamente, formarse una idea de este espacio. Las toses, las respiraciones, los ruidos de los pies seguramente atados de los demás prisioneros contra el piso, se diluyen, sin individualidad ni referencias espaciales, dentro del ruido totalizante del torrente de agua. No hay ecos. Poco a poco, descubro que si levanto la cabeza y presiono con los párpados, mirando hacia abajo, puedo percibir una mancha de luz y, haciendo un máximo esfuerzo, un fragmento difuso del piso, posiblemente de concreto.

Afuera hacía calor, y no estoy vestido sino con estas sandalias, este blue jean de fibra sintética y esta blusa de seda hindú que me regaló Eva. Al llegar aquí, el miedo y la desorientación me impidieron darme cuenta de la fría humedad que existe en este sitio y que ahora, gracias a la inmovilidad en que me hallo, comienza a penetrarme. Comienzo a pensar que el piso debe estar mojado, la piel comienza a encogérseme.

Vuelvo a preguntarme si alguien habrá advertido mi detención. En ese caso ¿de qué serviría? Ningún vecino sabe nada de mi vida privada. ¿A quién podrían avisar? Mi única esperanza es que Eva, por cualquier razón, haya vuelto al piso. A buscar algo aún, tiene allí casi toda su ropa, sus objetos, sus libros, la vajilla que trajo hace dos años. O por curiosidad, para ver cómo transcurre mi vida sin ella. Pero ignoro en qué estado han dejado la casa, qué signos visibles han quedado de mi detención. Quizá sólo un poco más de desorden que el habitual, luego de la desaparición de Elsa. Sí, todos desaparecieron.

El guarda, a mi lado, ha conectado un transistor. Un tango. Es un antiguo programa nocturno, La hora del recuerdo, o algo semejante. Entonces, la vida en la ciudad prosigue como si nada. La música, las comunicaciones, los desplazamientos humanos en las calles no dejan entrever ningún drama. Se ha omitido el drama, se lo ha estrangulado. Hay dos países ahora, y uno es subterráneo. Tampoco hay drama aquí adentro. Nadie manifiesta algún sufrimiento, nadie protesta. La voz del cantante se hace un lugar entre el ruido del agua. El guarda lleva la melodía, silbando. A veces se dice algo con un compañero cuya situación no puedo precisar. En el olor-gusto del orín también se ha abierto una brecha; percibo muy cerca mío el perfume de un cigarrillo, y entonces recupero la conciencia de la apremiante necesidad de fumar. Pero me han quitado el paquete y no es del caso implorar uno. La respuesta podría ser otro golpe.

Dos o tres veces se ha abierto la puerta, que está enfrente mío, y cada vez ha sido introducido, al parecer, algún nuevo prisionero. Sólo la respiración, el miedo que expresa su respiración, los delata. Sin duda son más discretos que yo, nada de indignaciones ni preguntas sobre su detención. Quizá no es primera experiencia. Hay algunos que parecen haberse adaptado a las circunstancias y otros los imitan. Piden ser llevados a orinar con cierta regularidad. Algunos piden agua. La imagen del agua, entonces, como si hasta ahora hubiera estado disociada de su ruido, inhibida, es recuperada violentamente por la memoria de mi cavidad bucal. Beber agua es como una esperanza de prosecución.

-Señor, quisiera tomar agua, también.

Escucho mi propia voz con extrañamiento y vergüenza. Ese «señor» que no había pronunciado en más de tres años, que había desaparecido de nuestras relaciones sociales. Y luego, sin buscarlo, el tono quejumbroso, casi implorante, que he dado a la frase.

Lo que el tipo aproxima a mis labios es posiblemente una botella. Bebo el primer sorbo con desconfianza, pues se me ocurre que bien podría ser cualquier porquería. El tipo lo advierte, porque cuando adelanto la boca para beber más, el líquido se vierte por mi garganta, cae sobre mis rodillas, y antes de que beba realmente retira la botella. La busco inútilmente en el espacio. La siento una vez más, pero antes de que pueda sorber desaparece.

De pronto se escucha el primer ronquido. Que alguien en nuestra posición, atado de pies y manos, pueda dormir, es algo que me escandaliza. Como sea, los ronquidos se hacen regulares y sólo se interrumpen cuando, con toda probabilidad, el durmiente pierde el equilibrio. Dos más, al menos, siguen prontamente el ejemplo. Esa capacidad de desaprensión, de descuido de la conciencia, me deja asombrado. ¿Cómo pueden confiar en el descanso en este mundo que los rodea? Debe ser medianoche, la música cesa. A través del torrente, allá arriba, en la tierra, suena algo semejante a unas campanas.

13 de Febrero, Miércoles

La cacería debe haber concluido. Trajeron a alguien más -alguien que sollozó un instante- y luego él o los guardas aparentemente nos han dejado solos. Ninguno de nosotros ha intentado hablar, quizá porque es difícil saber qué distancia nos separa, y luego porque "o sabemos quiénes somos ni qué circunstancias comunes nos han reunido. Por primera vez, me atrevo a hacer algún movimiento, a reconocer mis músculos. Palpo los bordes de la silla, restriego mi espalda contra ella para desentumecerme, desplazo la cabeza en di versos sentidos. Entonces se revela la noción del dolor acumulado por esta postura. Es en la espalda, en la columna, donde se concentra un gran cansancio doloroso, una sensación de que mi cabeza es un objeto demasiado pesado para ella. La silla tiene la dureza y la forma de algunas en uso en los liceos fiscales. Descubro recién que la silla está adosada a un muro, y con los codos llego a palpar algo semejante a una cañería. Descubro también que puedo desplazar las amarras de los pies y hacer descansar éstos en un travesaño.

Mi conducta durante al allanamiento me parece de pronto ridícula. Sin considerar las armas, los tipos no tenían el menor aspecto de policías, muchos de ellos estaban simplemente en camisa. ¿Por qué no les exigí sus credenciales y una orden escrita, como ha sido advertido por la propia Junta militar, a consecuencia de los asaltos y robos cometidos con el pretexto de estas pesquisas? - En la mayoría de los casos, por los propios policías o militares, en sus horas "libres". - Si no hice eso, ¿por qué no les advertí de las consecuencias de violar el domicilio de un diplomático, es decir, de Eva, que al fin y al cabo todavía no se ha mudado de allí? Lo cierto es que no tuve ninguna oportunidad de hablar, de enfrentarlos, cuando abrí la puerta. ¿Y si me hubiera puesto firme, pese a la metralleta en la garganta? Seguramente todo eso habría sido Inútil, dada la impunidad con que han sido violados recintos que se consideraban intocables. Aun así, mi conducta me disgusta. Sólo la fragilidad de la condición de ciudadano en las circunstancias actuales y la debilidad de mi situación emocional pueden explicar mi absoluto anonadamiento. Por un lado, estoy cesante hace más de cuatro meses, como consecuencia del asalto y posterior clausura del Instituto X (rechacé violentamente un cargo oscuro y subalterno, en otra dependencia, concedido por las nuevas autoridades de la Universidad, designadas por los militares, los intelectuales democristianos, que de ese modo humillante aparentaban «proteger» a la gente de izquierda). Luego está el asunto de las actividades de Eva. Desde el día del golpe trabaja como secretarla en la embajada de K. y ha tenido que ver con las más importantes acciones de asilo, de rescate de prisioneros, de protección de perseguidos, y... algo sobre lo cual ni siquiera me atrevo a imaginar que haya sospechas: sus recientes viajes a un país vecino llevando y trayendo información política en microfilms, enrollados en el interior de lampones que teñía de rojo y que, riéndose jactanciosamente frente a mí, introducía en su vagina (truco que por lo demás había inventado para guardar su dinero en una travesía por Tunisia y que tenía la ventaja, aun en la intimidad, de defraudar a los ladrones. Después de los primeros días de estricta prudencia, nos descuidamos. El coche diplomático quedaba aparcado en la puerta misma de la casa. Recibíamos gente que buscaba la protección de alguna embajada, periodistas extranjeros buscaban lo que a nosotros mismos nos hacía falta, una explicación. Y por último, estaba el asunto de mis artículos, que ahora quizás están leyendo, y las llamadas telefónicas, la correspondencia, nunca del todo discretas y, sobre todo, la conciencia culpable de odiarlos, de verlos pasar con un odio silencioso, de convivir entre ellos y entre sus multitudes, que muestran, radiantes, sus hocicos liberados del «yugo marxista».

De modo que estaba bien condicionado, emocionalmente, para someterme a la agresión, al rol de víctima. ¿No se hallaba en esa misma situación, por lo demás, la mayor parte de la población partidaria de la UP, desde el momento en que buen número de sus dirigentes, amedrentados por el fantasma del golpe, en vez de denunciar su inminencia y afrontarlo con el apoyo del pueblo, comenzaron a ceder, a transar políticamente con el enemigo, como si así hubieran podido disuadirlo, hasta el extremo de enmudecer completamente cuando se produjo? Como si cincuenta o más años de conducción de luchas populares no hubieran servido sino para hacerlos desembocar en esa impotencia, en esa fatalidad. Sin información previa de los dirigentes, sin explicaciones posteriores, como cada cual, a la desbandada, me sentía ya una víctima indirecta. Sin embargo, nunca había pensado seriamente que alguien pudiera ocuparse de mí, ya que mi actuación política fue mínima. Quizás, en el fondo, no se han ocupado de mí, sino, a raíz de alguna denuncia, de mi aspecto o de mi conducta, no muy normales en ese barrio donde está la sede de la Junta, plagado ahora de fuerzas policiales y habitado por gentes que se conocen y se vigilan. Con Eva habíamos esperado un allanamiento en los días posteriores al golpe. Eso era algo que ocurría corrientemente en el barrio, que hasta entonces habitaban intelectuales de izquierda, artistas, hippies que fumaban marihuana. Así que habíamos quemado en la chimenea kilos de libros y papeles, todo lo más comprometedor. En esos días de primavera, ya bastante calurosos, las chimeneas funcionaban día y noche, el cielo estaba denso de cenizas y smog. Tensamente lo esperamos el día en que los militares hicieron una especie de Pogrom en ese sector de la ciudad, que fue cercado al amanecer por as tropas y registrado casa por casa en busca de armas y «extremistas», sin que nadie pudiera salir de la suya durante veinticuatro horas. ¿Por qué no llegaron a la nuestra? O negligencia o falta de tiempo. Luego, en la medida en que la ciudad se «normalizaba», fuimos dejando de tomar precauciones. Muchos pensamos que habíamos salido indemnes, que si tentamos que Irnos era porque no teníamos cómo ganarnos la vida ni con quiénes convivir; que la persecución, las redadas, la tortura y el exterminio continuaban, pero de un modo selectivo, muy selectivo. Pensábamos que no éramos gente de peligro -y en realidad directamente no lo éramos- y poco a poco volvimos a desocultar nuestros libros, volvimos a hablar sin muchas inhibiciones por teléfono, a reunimos y a intentar lo que podíamos para denunciar los crímenes y el carácter cada vez más orgánicamente fascista del régimen.

Mi estado de ánimo era vulnerable. En las últimas semanas no sólo se había extinguido -con toda la conflictividad que Implica aquí el uso de esa palabra- el último resto de mi cariño por Eva, sino que además estaba resentido con ella, por esa conducción casi consciente del proceso de deterioro de nuestras relaciones. Lo estoy ahora, y posiblemente con mayor razón; como si el fracaso en cambiar nuestra sociedad se hubiera correspondido perfectamente, sincrónicamente, con el nuestro. La breve historia con Sara no condujo a nada, y porque no podía conducir a nada, me produjo una depresión peor que la que quise evitar al acercarme a ella. Estaba solo, todos los vínculos sentimentales estaban rotos, todo trabajo normal imposibilitado; salía y regresaba decenas de veces únicamente para constatar el deterioro de ese hermoso lugar que había sido nuestra casa, para ver si Eva se había llevado algo más, para ver si habría llegado alguna carta, para esperar que alguien, algún sobreviviente, llamara por teléfono. Tenía muy poco que defender cuando llegaron.

No es que piense en todo esto; soy incapaz de reflexionar. Son visiones y sensaciones velocísimas que pasan por mí y se desvanecen, avasalladas por las siguientes. Soy incapaz de detener alguna, de pensar en ella. Todo Intento de orden y de análisis de los actos que han formado mi vida en los últimos meses cede ante la fuerza de una sola obsesión: por qué me han detenido, qué quieren de mí.

El frío ha comenzado a producirme una sensación de enfermedad, de fiebre y desamparo físico. El culo me duele atrozmente. No hay una sola posición, cargando el peso hacia adelante o hacia atrás, con una asentadera o con la otra, que no haya ensayado; siento toda esa región glútea tumefacta, saturada de sufrimiento, y si por unos segundos logro levantarla algún centímetro, apoyándome con los bordes de las palmas sobre el borde de la silla, esto, más que proporcionar alivio, recrudece la sensibilidad. Y luego está la sensación de peso en los hombros, de hundimiento de la espalda por una carga indefinible. El ruido del agua acrecienta los efectos del frío y de la humedad. Sin embargo, los otros roncan todavía. ¿Hay alguno que permanezca despierto como yo, que ni siquiera he intentado abandonarme a algún tipo de descanso? Nunca he podido dormir sino en condiciones óptimas: silencio total, fin de toda actividad vecina. En cualquier viaje estoy condenado al insomnio. Mi conciencia desconfía de cualquier movimiento.

Pueden ser las dos o las cuatro de la madrugada. Curiosamente, en ningún momento he sentido hambre, ni siquiera he advertido la falta de comida, Sólo una vez, hace una media hora, reapareció un guarda, para dejarnos nuevamente solos. Mis tentativas de movimientos sobre todo para defenderme del frío y el cansancio, adquieren cada vez mayor libertad. De pronto descubro que, refregándome la cara contra el hombro, puedo desplazar el antifaz hacia arriba y, si lo deseo, volverlo a su sitio. O las amarras se han aflojado o mis orejas ofrecen menos resistencia. Con muchas precauciones, primero observo el piso, mis pies. Es extraño ver mis pies desnudos, después de tantas horas, como cortados, en una franja de luz. Parecen muy pálidos, mortuorios. El piso es de cemento. Me aventuro progresivamente. Enfrente mío hay dos peldaños de concreto y, efectivamente, el comienzo de una puerta de hierro. En el suelo, a mi lado derecho, no hay nada, no están los pies de quien podría ser un guarda. Pero a la Izquierda, en dos hileras hacia el fondo, están los pies de los demás. Me cuesta ver los de mi propia hilera, pero trato de contarlos. La luz es mortecina y sólo estoy mirando entre los párpados. Alcanzo a contar al menos dieciséis pies. Viejos zapatos de trabajadores, ningún modelo especial, algunas botas. Sólo mi vecino de la Izquierda -nos separan no más de 50 centímetros- lleva unos zapatos de reno, de caña. ¿cómo no había advertido su presencia tan próxima? Un poco más arriba el antifaz y mi visión es casi completa: mis compañeros aparecen de cuerpo entero, el recinto muestra su miserable secreto. Lo que más me impresiona es la naturaleza de los antifaces: son pedazos de una materia plástica esponjosa, de medio centímetro de espesor, de color blanco brillante, cortados irregularmente y que cubren generalmente las caras entre la nariz, la frente y las orejas, ceñidos mediante cordeles de diversas clases. Es la pobreza, la precariedad de este recurso lo que me llama la atención, lo que me recuerda el carácter también subdesarrollado de nuestro fascismo, y, luego, un fuego de niños, en que echábamos mano de cualquier cosa para vendarnos y luego buscarnos en difíciles escondites. Pero el aspecto de mis compañeros me recuerda en realidad otra cosa: es la visión de alguna fotografía Impresa con manchas de tinta en algún mal papel de algún viejo periódico popular. Mis compañeros parecen un grupo de fusilados. Sólo les falta el disco con el corazón. Cabellos revueltos, a veces entierrados, ropas arrugadas, camisas salidas de los pantalones, cabezas caídas. Posiblemente es la luz, amarilla, distante, la que Induce aún más esta impresión. Los que duermen -los mismos que roncan, tal vez- han inclinado las cabezas sobre un reborde del muro y bajo el antifaz sólo muestran las bocas abiertas. Ningún color sanguíneo anima las pieles -lo que puede verse-, las manos atadas, las barbillas. Al fondo hay una puerta, posiblemente de fierro, clausurada, del ancho del calabozo. Hay alguien acostado en el suelo, contra ella. Es la única persona que se halla en esta situación. Todos los demás están atados a sillas semejantes a la mía. Sobre los muros, de color incierto, corren diversos tipos de cañerías descubiertas, en diversos sentidos. No alcanzo a ver sino la mitad del cuerpo del que está sentado a mi Izquierda, sus pantalones blancos. Las ropas de los demás tienen aspecto de viejo, ese colorido indefinido entre el gris y el marrón de la ropa popular. ¿Quiénes son? ¿Por qué están aquí? Sigo pensando que nos hallamos en una celda del cuartel de Investigaciones y se me ocurre que algunos de ellos podrían ser delincuentes comunes. ¿Por qué no? No sería la primera vez que la policía crea este tipo de promiscuidad. El primero de la fila de enfrente es un viejo, bien podría ser un negociante del mercado persa. Mi visión es muy rápida, temo ser sorprendido en cualquier momento, y vuelvo la cabeza hacia el lado de donde proviene el ruido del agua, a mi derecha. Hay una grada para subir al urinario, que sólo está oculto en parte por una plancha de metal. Es visible un pequeño lavamanos y el piso mojado. Insisto aún en mirar la cara de mi vecino, para saber si se puede establecer alguna comunicación, pero comprendo que un desplazamiento mayor del antifaz puede producir la imposibilidad de volverlo a su sitio con la sola ayuda de los hombros.

Me someto otra vez a la ceguera. La visión de mis compañeros -quienes sean- me ha permitido una mínima ruptura del temor individual, de la soledad individual ante el destino próximo. Percibo ahora la existencia de una suerte común -por distintas que sean sus motivaciones- en manos de un opresor común. Pero, como ellos, no me atrevo a romper el silencio, a interrogarlos sobre esta suerte. Parece existir aquí una prohibición sobreentendida en este sentido. Sería fundamental saber qué motivos nos reúnen aquí, cuál puede ser el desarrollo de esta situación, que ni siquiera ha sido explicada como la espera de algo. Es una situación en sí. Hay en alguna parte una racionalidad que la ha determinado y cuyos designios, como los de Dios, son inescrutables.

La noche no avanza, pero sí el frío, el cansancio y el dolor. Y la incertidumbre. A veces he dejado caer la cabeza sobre el pecho, como buscando el curso de una oculta somnolencia, pero las imágenes, las interrogantes, los estremecimientos me traen una y otra vez a la superficie. La extraña vida con Eva desde que dejó su país y vino a vivir conmigo en esa casa. Después de las refacciones, las pinturas, las decoraciones, el progresivo descubrimiento de nuestra equivocación. Una equivocación cuyo desenlace ya habíamos decidido días antes del golpe, y que éste no vino sino a postergar, bajo una falsa apariencia, siempre cumpliendo esa justa e inadvertida coincidencia del fracaso privado con el social. El odio al enemigo común nos hizo olvidar nuestras querellas y durante dos o tres meses incluso nos dejamos engañar por una cierta ternura de seres políticamente vencidos. Pero luego el caos político llegó hasta la última intimidad de las personas. La extrañeza de vivir juntos, cuando todo ya estaba destruido, de pronto nos hizo sentir repulsión por todos aquellos elementos de cada cual que una vez nos habían atraído al punto de llevarnos a vencer todos los obstáculos geográficos que nos separaban. Observo de pronto que estoy pensando en Eva utilitariamente; si no le hubiera pedido que se fuera, si hubiera estado en casa, conmigo, tal vez no se habrían atrevido a actuar de ese modo, tal vez no me habrían detenido... Como sea, se impone una tendencia a atribuir lo sucedido a mi mala suerte. ¿Por qué tenía que estar en casa justamente cuando llegaron? Media hora antes o después el resultado habría sido diferente. O no habría llegado todavía, o ya habría salido. Entonces habrían tenido que forzar la puerta y esta advertencia me habría bastado para ocultarme. ¿O es que alguien dio aviso a la policía justamente cuando supo que yo estaba en casa? ¿Quién? Alguien tiene que haberme estado observando desde hace algún tiempo. Para cualquier vecino mi vida tiene que haberse prestado a mil sospechas. Salía a las 11 de la mañana, volvía a cualquier hora, Eva llegaba o no llegaba, con su singular coche diplomático, yo escribía solitariamente a máquina durante toda la tarde, a veces llegaban media docena de amigos, de aspectos muy poco convencionales, a comer. Los vecinos ¿no escuchaban nuestras conversaciones, a veces bastante apasionadas? Y el domingo último, cuando Sara tardaba más de una hora en llegar, desesperado de no escuchar sus pasos en la escalera ¿no bajé a esperarla a la calle, paseándome, espiando su aparición, como un imbécil? Todo esto, tantos otros detalles de una vida «anormal» ¿no habrán parecido a alguien indicios suficientes de alguna actividad conspirativa?

Hay algunas señales de que amanece. El frío, que se ha intensificado. El gusto usado del cuerpo, en el paladar. Tiemblo, sin poder dominarme. El frío y la angustia van bien, sus efectos se complementan: la sensibilidad de la piel se degrada hasta el punto de no reconocer otras referencias que frío-calor, y la personalidad se disgrega bajo la urgencia de una sola aspiración: ser uno mismo consistiría solamente en librarse del temor, en dormir en paz. Comienzan a llegar algunos rumores de lo que debe ser, allá lejos, la superficie de la tierra: explosión del motor de un vehículo que se pone en marcha, silbido de una sirena. Nuevamente, uno comienza a estar alerta, lo percibo en la respiración, en los movimientos de los demás. La posibilidad de una definición de nuestra suerte vuelve a plantearse. Los ronquidos cesan, poco a poco. Alguno se despierta y se lamenta de descubrirse aquí. Ahora se oyen ecos de una conversación en el exterior y pasos que se aproximan. La puerta se abre, alguien entra y para enfrente mío. Levanto la cabeza hacia él, instintivamente.

-¡Estás mirando, vos!

Al mismo tiempo que dice eso recibo un golpe en la cabeza. Ha sido dado por un instrumento aparentemente formado por un mazo de tablillas, como un metro plegado. La cabeza me queda zumbando La voz se dirige a los otros.

-Y ...¿durmieron bien, pelotudos? ¿Tienen alguna queja?

Es Inequívocamente la voz de un argentino o de un uruguayo muy joven. Hay algunos vagos murmullos. Se renuevan, respetuosamente, las peticiones de orinar y tomar agua.

-La gran puta. ¿Me han tomado por una enfermera, che?

-Señor -es alguien que debe tener alguna experiencia policial- , mientras dormía se me han desatado las amarras de una mano.

-Vos sos un vivo, che

Se oye el golpe del mismo instrumento contra su cabeza, luego frisamiento de las amarras. Sólo después de un buen tiempo el tipo a la pena de desatar a los más necesitados y de conducirlos, uno se no al urinario. Son largas meadas, vigorosas, que llegan a romper a monotonía del ruido del chorro del agua. Pero también defecaciones expulsadas con vigorosos vientos, cuyos olores pútridos se expanden todo el recinto. El tipo los putea. Algunos se excusan, muy humildemente. Por último examina las ataduras de mis manos y pies y se marcha. Se han hecho más intensos los ruidos lejanos, de pasos, de vehículos, de bocinazos. Tengo un gusto viciado en la boca, gusto de orín de secreciones bronquiales, de residuos químicos acumulados por la fatiga. Una voz gruesa riñe afuera:

-¡Conchas de su madre! ¡Por qué nadie hace guardia! ¡Cualquier día nos van a volar el culo con dinamita! |A ustedes, huevones les va a tocar guardia doble!

Agitados pasos resuenan sobre nuestras cabezas, algunas puertas se cierran violentamente. Hay órdenes que se retransmiten, y entre todo ello se intercala, incoherentemente, la música de una radio. Alguien abre nuestra puerta otra vez, examina nuestros antifaces y nuestras amarras, se marcha. Luego entran y salen otros, intermitentemente.

Sin duda, va a haber un interrogatorio. Por lo que he oído decir, los interrogatorios se efectúan en las mañanas. No tengo claro cuál será mi conducta en el caso de que hayan encontrado coplas de mis artículos, por mucho que he tratado de buscar alguna justificación convincente durante toda la noche. Las posibilidades son: o confesar que soy su autor, o atribuir su redacción a alguien que esté a salvo, fuera del país. En el primer caso la tortura, o al menos una fuerte paliza, me parecen inevitables; en el segundo, no logro dar con el nombre de nadie cuya paternidad intelectual pueda parecer verosímil. El artículo principal hace alusión a situaciones que acaban de producirse y no podría haber sido escrito por un extranjero ni por alguien que haya quitado el país hace mas de cinco días. No puede haber sido escrito por alguien asilado en las embajadas, pues en parte se refiere a la vida cotidiana en la ciudad, simultánea a la represión, hace alusiones a encuestas en los mercados, en las poblaciones. Decir que desconozco a su autor, que me llegó por correo algo semejante, son recursos que sólo extremarían la desconfianza y la compulsión para arrancarme la verdad. El tiempo pasa y sólo imagino explicaciones desatinadas complicadísimas. Declarar, por ejemplo que su autor es un periodista norteamericano que partió hace tres días, que tan sólo lo traduje. ¿Lo traduje para qué? Es tan grave como declararse su autor. Declarar que fue escrito por Eva, inmune por su condición diplomática, a quien no podrían interrogar, sería asumir de todos modos alguna complicidad y lo mismo seria castigado, tendría que asumir el castigo que no podrían aplicarle a ella. No veo ninguna solución. Estoy muy fatigado, el miedo vuelve a dominarme, mi cabeza funciona muy mal. De pronto, me parece que lo mejor será afrontar mi responsabilidad. Habrán de golpearme, casi con seguridad, y después me procesarán ante un consejo de guerra por traición a la patria o alguna imbecilidad semejante, y entre tanto se habrán movido Eva y los amigos, se habrá hecho algún pequeño escándalo internacional, y la condena no será muy severa o consistirá en el destierro, tan deseable. Además, mi condición de escritor y mi falta de antecedentes políticos pueden serme favorables. No veo otra solución, no se me ocurre nada mejor, experimento ahora un cierto descanso. En cuanto a las otras cosas que les han parecido sospechosas, me tienen sin cuidado, son tan fáciles de explicar. Lo de las farras con Miguel Enríquez me parece una tontera en la que no querrán insistir. Estoy dispuesto para el interrogatorio. No les daré gran trabajo.

El tiempo vuelve a transcurrir sin novedades. Restregamos los pies contra el suelo, nos refregamos contra las sillas. Cualquier ruido externo nos hace sobresaltar. La inquietud es fuertemente perceptible, pese a la ceguera. De algún modo, se siente que la mañana avanza. De pronto la imagen de una taza de café se impone en mi memoria como una exigencia biológica. Creo, incluso, percibir el aroma. Mi saliva fluye y tiene un viejo gusto de aguas servidas.

La puerta vuelve a abrirse. Alguien permanece en su umbral durante unos segundos.

-¡Valdés!- dice.

Hago un ademán de incorporarme, olvidando que estoy atado. El tipo se aproxima, se asegura de que mi antifaz esté firme, me desliga manos y pies de la silla y me ata las manos por delante, palma contra palma.

-Andando.

Avanzo con mucha inseguridad. Ya sé que hay dos peldaños a la salida, pero más allá todo es incógnito y peligroso.

-A la derecha, huevón.

Voy palpando el piso, la cabeza gacha, luchando con la contradicción que se establece entre mi tensión y la necesidad de mantener , músculos flojos, en caso de cualquier accidente. El tipo me da un empujón.

-Levanta las patas.

Mido la altura del obstáculo, es un peldaño, otros mas, no puedo saber hasta dónde, en qué dirección.

-Apúrate, huevón.

El tipo me ha cogido de la blusa, por detrás, y me orienta bruscamente. La escalera gira.

-Cuidado con la cabeza, huevón,

Pero ya me he golpeado contra el cráneo, como al salir de una trampa. Luego pierdo la cuenta de los cambios de dirección. Hay nuevos peldaños que suben y bajan. Transponemos dos o tres puertas. Mi temor fundamental es caer a un pozo. Entramos a un espacio que me parece amplio. Advierto un cambio de aire. Han desaparecido el olor de orines, la humedad,

-Siéntate, huevón.

Es una silla con brazos y respaldo. El tipo se aleja, y por un momento tengo la sensación de hallarme ante un gran escritorio o tribuna, lleno de acusadores que me observan en silencio. Hay algo de metafísico o sobrenatural en las circunstancias de esta comparecencia, y yo me siento muy solo y pequeño, puro objeto de culpa. Pasan diez minutos, quizá. Tengo cada vez más miedo. Las eventuales respuestas que había estado preparando toda la noche comienzan a diluirse, a confundirse. Muy sigilosamente, alguien se aproxima. Frente a mi oído izquierdo empieza a originarse un ruido extraño, que al Principio no llego a comprender, y que sólo en la medida de su repetición monótona y cada vez más acentuada va conformando en mi una imagen. Es el ruido correspondiente a un gancho filudo o a una garra metálica que va desgarrando o rasguñando una superficie de badana, algo que ofrece alguna resistencia, una pelota de cuero tal vez. Son perfectamente perceptibles las heridas que ese Instrumento va produciendo en la supuesta superficie tensa y mórbida. Pero mi piel lo ha descubierto antes que mi Imaginación. Siento los vellos erizados, los poros contraídos, un frío desconocido. Me parece que mi sexo se encoge por este frío, hasta desaparecer. Al fin el ruido se interrumpe, pero al instante se produce otro en mi oído derecho, ahora mucho más simple, de Inmediato reconocible. A veces es como el golpe de unas varillas metálicas contra la palma de la mano, a veces como el golpe de una porra de caucho. Estoy advertido. Vuelvo a quedar solo con mi conciencia.

Percibo que se aproxima un nuevo personaje. Las pisadas son distintas, firmes, autoritarias. La voz también revelará en él una alta estatura, una fuerte caja torácica, hábitos de autoridad. Adivino de inmediato que es un uniformado, que está calzado con botas, que es un militar.

-Párate, huevón- me ordena alguno de los otros.

Advierto que el tipo se pasea a mi alrededor, observándome.

-Así que Miguel Enríquez estuvo en tu casa, huevón.

Su modulación es casi teatral. Niego y protesto con un suspiro de impaciencia y con un movimiento de mi cuerpo que pretende expresar lo descabellado de esa afirmación. Y antes que Insista en esa acusación, creyendo con esto desvirtuar todo malentendido, con la máxima dignidad posible en esas condiciones, agrego precipitadamente:

-Señor, yo soy escritor. Soy una persona conocida, dentro y fuera del país. Mis actividades son muy claras. Aquí hay un malentendido.

Antes de que alcance a terminar, su vozarrón estalla frente a mí con una indignación iracunda:

-¡Yo no te he preguntado, huevón, si eres escritor o qué mierda¡ ¡ Te estoy preguntando por Enríquez!

Dos o tres más se han aproximado y me rodean amenazantes.

-¿Dónde está Enríquez?
--No lo conozco.
--¿ Y cómo es esto que declaraste ayer que estuvo en tu casa?

Niego violentamente y como respuesta me llega un golpe en los riñones que no siento como dolor, sino como una especie de chispazo azul en esa zona.

--¿No me dijiste ayer, huevón, que erai del MIR?

Descubro que es la voz del tipo que me interrogó ayer, en casa.

-Dije que soy de izquierda, que voté por la UP.
--¡Qué me importa a mí, huevón, por quién hayas votado! ¡ Suelta dónde está Enríquez ¡

Me quedo en silencio. Siento una total impotencia,

-Ya, te jodiste, huevón -dice con un tono de paciencia agotada. Y dirigiéndose a algún otro, cuya respiración siento en la cara-: Llévatelo p'arriba. Si se te va cortao, peor pa' él. Te jodiste, huevón.

El aludido me coge de la manga y quiere arrastrarme con avidez, como a una buena presa. Está claro que es un viaje sin retorno seguro. Las advertencias y las alusiones no dejan la menor duda sobre la suerte que se sufre allá arriba: los golpes, los desgarramientos, la tortura eléctrica. No tengo la menor experiencia de todo esto que no sea referida o puramente literaria, y ello no tiene ahora la menor utilidad. El terror me propone cualquier recurso dilatorio.

-¿Es que no pueden preguntarme normalmente sobre lo que yo sé, sobre lo que yo he hecho? No tengo nada que ocultar.

Mi voz debe sonar patética. El presunto militar, que ya partía, se aproxima. Su voz refleja un gran tedio de perder el tiempo conmigo, de concederme esta oportunidad. Pregunta sin énfasis y yo debo decirle cualquier cosa interesante para salvarme de ser llevado "arriba".

-¿Y qué es lo que vos sabís, huevón? ¿Dónde está Enríquez?

-Nunca he visto a Enríquez -protesto, ya exasperado-: los únicos políticos que he conocido eran compañeros de trabajo.

-Dónde trabajai vos?
--En el Instituto X.
--¿Quiénes son?

Doy los nombres de quienes ya han salido al extranjero y del director, lo que no tiene nada de secreto.

-¿Y dónde están, ahora?
--Cesantes.
--¿Cómo cesantes?
--El instituto fue clausurado.

Por un segundo parece satisfecho y yo respiro.

De pronto me llega un golpe en la mandíbula, y nuevamente el dolor parece algo ficticio, un puro estallido eléctrico, silencio, como si el miedo me mantuviera aislado de las sensaciones físicas.

-Tai mintiendo, huevón,

Me zarandean, me llueven golpes de todas partes.

-Y este libro en clave. ¿Te estai haciendo el tonto? Ya, llévatelo a cantar arriba.
--El libro es de Eva -grito, jadeando-. Está escrito en su idioma.
--Vai a descifrarlo al tiro, huevón, o te capamos.

Protesto que no entiendo su idioma, pero no hay caso. Un tipo me coge por detrás los testículos, presionándolos. Me quitarán el antifaz y deberé mirar exclusivamente las letras. Cualquiera desviación de los ojos y se acabó, los testículos están tirantes.

Por primera vez comprendo el sentido de sentirse desalumbrado. Todo es blanco, inaprensiblemente blanco, en un principio. No miro hacia el frente -me tienen la cabeza sujeta hacia abajo-, pero tengo la impresión de hallarme ante amplios ventanales que dan hacia un cielo muy abierto. Quizás esto es completamente falso, quizás no estoy sino bajo un tubo fluorescente. Luego, entre el resplandor, reconozco la letra de Eva. No puedo leer lo escrito, pero sé perfectamente lo que dice. Vuelvo a explicar lo que he contado ayer sobre este cuaderno. Me obligan a leer detenidamente las palabras GAP, que está dentro de un recuadro, MIR, FACH, etc. Al más leve movimiento de mi cabeza dan tirones de los testículos. Vuelven a ponerme el antifaz.

--¿Quién es Eva?
--Es mi compañera. Es diplomático.
--¡Te creís que estai en una reunión de la UP, culiao ¡ Qué es eso de compañera, de diplomático.
--Es mi novia. Es diplomático de la embajada de K.

Contra todas mis expectativas de que esta revelación los conduciría a actuar con mayor prudencia, los golpes arrecian, me insultan, quieren saber más. En frases entrecortadas, jadeando, cuento que está encargada de atender las necesidades sanitarias de los asilados de la embajada.

-¡ Así que con esa puta te hai metió! ¡traidor de mierda!

Piden sus datos personales, la dirección de la embajada, su teléfono.

-¿Y esta carta, huevón? ¿De qué libro habla, qué es esto de que va a caer Nixon?

Recuerdo que es la carta de un amigo norteamericano, que me cuenta que está traduciendo una novela mía al inglés, y que al final me expresa su satisfacción por la caída inminente de Nixon. Lo explico. De pronto me doy cuenta de que el terror me ha hecho olvidar el terror fundamental: que hubieran descubierto mis artículos. En alguna región muy distante, entre las dudas, siento un cierto alivio.

-¿De qué trata tu novela?

La pregunta me desconcierta más que cualquier otra. Mi memoria queda bloqueada, en blanco. Cada vez que alguien, antes, me ha hecho una pregunta semejante, también me he sentido incapaz de responder, pero era otra cosa. Ahora tengo que hablar, los alientos están encima de mi cara, los puños están impacientes. No hay ningún argumento, es una novela de situaciones. Reduzco lo que me parecía un drama existencial a una aventura para gusto de domésticas. Quizá no era más que eso. Me siento miserable. Hay unos segundos de silencio. Alguien, luego, me empuja y me reconduce. De nuevo la superficie del piso, el espacio, inciertos. Las escaleras que ahora bajan, siempre en distintas direcciones, la angustia de llegar a caer, en cualquier momento. Con verdadero alivio, con la sensación del reencuentro de un sitio familiar, escucho aproximarse el ruido del chorro de agua. Una vez adentro, vuelven a atarme a la silla. Recién entonces todo el miedo se desinhibe, mi corazón comienza a dar saltos, mi respiración se hace entrecortada y acezante. Quisiera que los otros, si aún están allí, me dijeran algo, quisiera oír cualquier palabra de un semejante.

Ha entrado alguien. Un aliento repulsivo de alcohol y de tabaco viscerales fluye frente a mi cara. Es como la voz sanguinaria de un ebrio:

-Te las vai a arreglar conmigo, concha'e tu maire, si no hay dicho la verdá. Te voy a hacer pebre.

Me quedo mudo, el tipo desaparece. Se me estremecen los hombros, las rodillas. La mandíbula me tiembla. Siento una soledad carnal, absoluta.

-¿Qué hay, pibe? ¿Tenes miedo?

La voz del argentino o uruguayo suena entre compasiva y jocosa.

-Tengo frío- digo en un susurro, sin poder controlar mis temblores.

El tipo me pone su vestón sobre los hombros y me siento emocionado casi hasta las lágrimas. El peso del vestón parece protegerme de un mundo que ha sido conquistado por el odio y el hielo. Recobro alguna capacidad de reflexión. ¿Qué va a pasar ahora? Llamarán a Eva, sin duda. Si no se encuentra en su oficina y si quien llama no se identifica, es muy posible que por prudencia nieguen su pertenencia a la embajada. Yo quedaría como un mentiroso, todo volvería a empezar. ¿Harán un nuevo registro de la casa? ¿No lo están haciendo, quizás en estos mismos momentos? ¿Comprenderán que pueden obtener de mí informaciones Importantes del Instituto X, de las actividades de Eva y la embajada? Me sorprende que no llamen a mis compañeros al interrogatorio, cuya presencia percibo. Quizás han sido llevados simultáneamente conmigo, a otros Interrogadores.

El ruido de vehículos es constante allá afuera, lejos. Los pasos sobre nuestras cabezas no cesan jamás. Nuestro destino vuelve a Interrumpirse, transcurren aún dos o tres horas. La incógnita de si Eva habrá advertido o no mi detención me atormenta. ¿Dónde se ha Ido a vivir, qué hace a esta hora? Las puertas son abiertas de par en par. Hay muchos ruidos de pasos dentro del calabozo, muchas voces. Somos desatados de las sillas bruscamente, al parecer todos al mismo tiempo. Me amarran otra vez de las muñecas, por delante. Están armados. Picaneándonos en las costillas con los cañones nos hacen salir. Como un rebaño ciego tropezamos unos con otros, ignorantes de la erección que debemos tomar. Los cañones nos orientan, sin sutilezas. Damos muchos rodeos, subimos pocas gradas esta vez. Sospecho que Quiere crearnos la impresión de que nos hallamos en un laberinto, en las mazmorras de alguna fortaleza medieval. Llegamos, al fin, a un espacio donde el aire es respirable. Nos han ordenado en fila, de frente codo contra codo. ¿Quizá se trataba de identificarnos, de ficharnos, y ahora nos van a dejar libres? Por detrás alguien me empuja la cabeza brutalmente hacia abajo. Mi frente choca contra un muro como de ladrillos. Simultáneamente oigo los topones de las frentes de mis compañeros contra la misma superficie. Mi cerebro queda flotando en un ámbito de niebla, siento calor en la frente, debo estar sangrando. Los guardas se pasean a nuestras espaldas, murmuran. Entonces sentimos el ruido metálico, inequívoco de la preparación de las armas. Vamos a morir así, tan estúpidamente. Los casos de fusilamientos absurdos y gratuitos son cosa trivial en los últimos meses, y ninguno de nosotros parece escandalizarse o rebelarse. Nadie dice nada. Curiosamente, el miedo desaparece, estoy finalmente ante una certidumbre, recobro mi lucidez. Debo contar con muy poco tiempo y debo reordenarlo todo en mi cabeza. ¿Es en mi cabeza? Considerar mi vida como un todo, como una obra acabada. Todo se resitúa, en un tremendo desorden de carreras; las personas, los actos, se entrechocan, se empujan, cada cual quiere estar en su sitio, en una posición privilegiada. Hay sorpresas desconcertantes; hechos mínimos, momentos olvidados, rostros desvanecidos, que se afirman en posiciones sólidas. Todo lo fútil, casi todo el presente, se desmorona. Rostros subyugantes y todas sus connotaciones, valores indiscutibles, se alejan con un aire asustadísimo, de fantasmas. Hasta ayer mi vida era un proyecto, yo creía que lo más importante estaba por hacer. Recién comenzaba a sentirme preparado para empezarla en serio. Ahora es un hecho consumado, no hay nada que añadir. Todo está allí, en esas imágenes. Dos, tres imágenes.

A nuestras espaldas los asesinos se permiten iniciar una pequeña disputa, no sin humor.

-Déjame este gordo a mí, huevón.

-Este viejo está rico.

-No, huevón, este huevón es puro hueso, déjame el gordo.

Alguien me quita el vestón, que aún llevaba puesto. Me palpan las piernas por detrás de las rodillas.

-¿Estás nervioso, che? Dejá, va a ser rápido.

Imagino el impacto en la espalda, el agujero. Ni siquiera concibo la posibilidad de dolor, debe ser efectivamente muy rápido. Los tipos parecen retroceder a sus posiciones. Los segundos pasan aún. Y lo peor es que a mi imaginación no acude nadie de quien despedirme. Nadie que se haga cómplice de esta despedida. Nadie que sepa, que me corresponda. Esto me produce la más lacerante tristeza. Eva, no, no me sirve. No tengo nada que decirle. Debo acudir a las otras Imágenes, que creía tan viejas, tan muertas. Están aquí, radiantes, limpias de todas las deformaciones que debieron imponer los malentendidos, el rencor, la naturaleza, por algún tipo de conveniencias emocionales. Pero esos rostros, en la vida real, no saben que se presentan a mí con semejante belleza, Ignoran que me dicen adiós.

Una ráfaga de disparos percute en la habitación.

Pienso que las balas, a tal velocidad, no producen dolor, que el cuerpo debe insensibilizarse en el momento de la muerte. Pienso que estoy herido y que éstas son las últimas expresiones de mi conciencia antes de desvanecerme. Pero el lapso se hace demasiado largo, sigo de pie, comienzo a desconfiar de mi muerte. No he sentido el menor gemido, la caída de ningún cuerpo. A nuestras espaldas estalla una carcajada general. Termino por entender. Nos empujan de nuevo con los cañones. No siento nada, he perdido toda conciencia de mi cuerpo. Se suceden las bromas y las risas, pero no distingo las palabras. El odio es la primera reacción que percibo, una especie de odio químico, mensaje de la sangre. Enfrente nuestro se abre lo que parece ser una cortina metálica. Al traspasarla, me abrasa una onda de calor, como si avanzara hacia la puerta abierta de un horno de fundición. ¿Es un Incinerador, van a echarnos ahí? ¿O es simplemente el sol?

-Suban, huevones.

No sé a dónde debo subir. Busco con el pie Inútilmente algún peldaño. Recibo un puntapié en el culo, pero muy distantemente, como si hubiera sido dado en un cuerpo que ya no me pertenece.

-Sube, huevón.

No hay nada. No tengo noción de mis piernas. El peso y las proporciones de mi cuerpo son inmensurables. Es como estar constituido de una materia semejante al algodón prensado. De este modo, me es indiferente cuando me empujan rodando, como un fardo, al interior de una trampa metálica.

Instintivamente me acomodo, la espalda contra un muro, acuclillado. Siento los miembros de quienes deben ser mis compañeros, alguno cae con todo su peso sobre mí. Las puertas se cierran, los cerrojos son echados. Luego un motor se pone en marcha y comprendo que estamos dentro de un camión. Apenas avanzamos unos metros y ya se oyen nítidamente conversaciones triviales, gente que pasa, que va de compras, que recibe el sol aquí, a unos centímetros, y que ignora la composición de este cargamento. Todo el rumor de la ciudad nos rodea: una ciudad que pretende, en buena parte, seguir viviendo en la inocencia.

¿A dónde nos llevan? Hemos rodado unos sobre otros y el argentino nos acomoda, haciendo bromas que parecen ser ingeniosas. Se pone a hablar con otro guarda, de chicas, de cualquier trivialidad. ¿Van a soltarnos en alguna parte, ha sido consumado ya nuestro castigo? Si me sueltan, está claro que telefonearé de Inmediato a Eva para que me lleve a un refugio de la embajada.

Intento llevar la cuenta del tiempo. Por supuesto, si van a soltarnos no lo harán en el centro de la ciudad, sino en algún suburbio. En este caso, el viaje puede tardar quince o veinte minutos. Hay mucho tráfico y vamos lentamente. Los guardas ponen en funcionamiento el transistor. Cuando se cumple más o menos ese tiempo, hay un conflicto entre la esperanza y el pesimismo. Nadie se atreve a hacer preguntas. Vamos tomando mayor velocidad. La esperanza quiere permanecer allí, en un rinconcito. El pesimismo no quiere imponerse del todo. Se produce una neutralidad del ánimo. Y la sensibilidad se despierta. Me doy cuenta de que todo mi cuerpo es puro dolor. Cada salto del camión me hace gemir. Siento los huesos del culo totalmente triturados, las nalgas y la espalda molidas. Debe haber transcurrido ya una media hora; el pesimismo, de malas ganas, vuelve a ocupar su lugar. Comienza a ser claro que nos conducen a algún campo de prisioneros, alguno de los tantos que llenan el país. Imagino que vamos a San Felipe, al norte de Santiago, cerca de la cordillera, donde hay un regimiento y está preso un amigo mío. Pero ni siquiera distingo claramente de qué lado del camión avanzamos, ignoro si el techo está descubierto o no, la ceguera sigue siendo absoluta.

A menudo rodamos unos sobre otros, pues el piso metálico es sumamente resbaloso. Con las manos atadas es muy difícil mantenerse en el sitio. Los guardas nos reordenan a puntapiés. Las suposiciones sobre nuestro destino se tornan cada vez más descabelladas. Aproximadamente a las dos horas de viaje el camión comienza a ascender. Sin duda, estamos adentrándonos en la cordillera. Pero ¿en cuál? ¿En la de los Andes o en la de la costa? A veces el camión se detiene. De pronto se me ocurre que es un camión de tolva y que mecánicamente vamos a ser volteados en un precipicio. Puede suceder cualquier cosa. Son dueños de hacer con nosotros lo que les dé la gana. Ascendemos aún, dando vueltas, seguramente rodeando un cerro. El camino ya no es pavimentado, hace un buen rato. Los saltos y los desplazamientos de la carga se hacen cada vez más violentos. Nos detenemos. El chófer y sus acompañantes se saludan con quienes deben ser los vigilantes de algún recinto militar, las voces son Inconfundibles. Traen mensajes, al parecer encargos de compras en la ciudad. Se oyen mugidos de vacas. El aire parece frío. Me hago la idea un tanto idílica de mi condición de prisionero en este lugar: trabajos forzados, quizá talando bosques, limpiando establos, respirando un aire sano, disciplina militar. Pero el camión vuelve a partir. Sólo después de unos 15 minutos más de viaje llegamos a lo que parece ser nuestro destino final.

Nos hacen saltar a tierra y caemos unos sobre otros. Nos ponen en orden y nos hacen avanzar, al parecer en fila. Nos hacen entrar en algo, hay un peldaño que cruje. Es una construcción muy Inestable, de madera, que al comienzo tomo por una vieja embarcación. Pasan lista, por primera vez escucho nuestras voces. Han cerrado la puerta, pero ignoramos si estamos solos o no. Desconfiados, tanteando, nos echamos en el piso de tablas. Tratamos de acomodarnos, midiendo con las manos atadas el espacio. Casi simultáneamente nos descubrimos haciendo lo mismo: levantando nuestros antifaces, mirándonos. Pese a la poca claridad -debe ser un atardecer avanzado- qué extrañas apariencias nos descubrimos los unos a los otros. El aspecto de

lamentable y el mío debe ser idéntico: demacrados, barbudos, e isas desencajadas, ropas sucias y arrugadas. Nos contamos: somos nueve, de todas las edades. El menor debe tener veinte años, el mayor cerca de setenta. Estamos en una pequeña cabaña de tablas ligeras clavadas, superpuestas, con fallas y rendijas que dejan pasar el viento Hay una subdivisión al centro. El lado donde nos han dejado debe tener unos 2 x 2,5 metros. Hay una ventana que está clausurada una lámina acanalada de zinc, dejando en lo alto una pequeña ranura para que entre el aire. Se aproximan pasos y volvemos a cubrirnos. La puerta se abre de un golpe. Es la voz económica, cortante, de un militar:

-Ustedes son prisioneros de guerra. Al menor intento de fuga, aquí disparamos al cuerpo. Nada de advertencias, nada de balas al aire.

Hay un intento general de hacer preguntas. El tipo prosigue, sin dejar lugar:

-Otra cosa: este lugar es secreto. Si alguno descubre dónde nos hallamos, es mejor que lo olvide.

Un portazo.

Después de un rato volvemos a mirarnos, atónitos. Nadie parece comprender. Atropelladamente, en voz muy baja, comenzamos a narrarnos cada caso, las circunstancias de nuestras detenciones, buscando la explicación común de nuestra suerte. Nadie sabe exactamente por qué ha sido detenido. Cada cual tiene sus suposiciones, sus sospechas, pero nadie se considera sorprendido en ningún delito.

Vuelve a abrirse la puerta. Es otra voz, más joven:

-Por llegar tarde, huevones, se quedaron sin comida. A lo mejor encuentro por ahí unos pedazos de pan.

-Señor -es la voz del más viejo.

-Nada de señor, huevón. Aquí somos «mi soldado», «mi sargento», «mi oficial», o lo que mierda sea.

-Mi sargento -se aventura el viejo.

-Mi soldado, huevón.

-Mi soldado, estoy que me reviento, quisiera orinar.

Otro portazo. Intentamos descubrir el exterior por las rendijas. Apenas alcanzamos a distinguir, a los lados, pegadas casi a la nuestra lo que parecen ser otras cabañas, y al frente una alta empalizada de tablones, y, más allá, algo a la derecha, un cerro. Entre la empalizada y la cabaña hay un patio de tierra. Al rato abren de nuevo y alguien trae un tarro para orinar y nos distribuye pedazos de pan viejo. Antes de que salga, el anciano, con su voz respetuosa y cascada, vuelve a aventurarse:

-Mi soldado, ¿no sería posible conseguirse alguna manta? Yo sufro de asma, y...

El portazo. El viejo continúa para nosotros el relato de sus enfermedades. Mascamos el pan. Un manjar de esos de la Infancia, delicioso. El viejo no para de hablar y mea, largamente. Los efluvios del orín llenan la cabaña. Doy algunos pasos, reconociendo mis músculos. Sensación de torpeza, me siento como una vieja máquina oxidada. Busco los intersticios más amplios de las tablas para respirar. Es totalmente de noche. El viejo propone que durmamos abrazados, será la única manera de darnos algún calor. Todos orinan, el tarro se desborda. Buscamos el rincón con menos viento y nos apretamos unos contra otros. Quedo protegido por el «Gordo», un tipo simpático, de unos 30 años. Su gran vientre me cubre los riñones. Suspiro, un poco reconfortado por esta proximidad humana, por esta nueva y primitiva sensación de solidaridad. Pero el viejo, el «Gordo» y algún otro comienzan prontamente a roncar de un modo cavernario. Estoy demasiado cansado y adolorido como para percibir alguna Imagen de mi vida. Mis sensaciones están embrutecidas. El terror continúa allí, subyacente, listo para expandirse. El Interrogatorio, los golpes, los disparos se reproducen una y mil veces en mis oídos. Trato de cambiar de postura, pese a que estamos encajados unos en otros. Sé que no podré dormir esta segunda noche. Solamente el frío en mis pies desnudos lo impediría. Con los ojos cerrados, apretados, con las manos atadas ocultas entre las piernas, con los pies buscando el ilusorio calor de los otros, con el estómago contraído, tragando saliva, dejo que transcurra, paso a paso, la noche.

14 de Febrero, Jueves

Después de un cierto límite, más allá de las manifestaciones normales y comunes, el frío se expresa puramente como dolor, dolor óseo muy interior. Manuel, el campesino, me presta un delgado saco de harina (que siempre en Chile los campesinos llevan consigo, por que además de su uso intrínseco como saco lo usan a modo de falda o taparrabos en las faenas agrícolas), y con él me envuelvo los pies. Es un mínimo alivio. Pero el sueño es inalcanzable. El viento, la niebla del comienzo del amanecer, transitan aquí dentro tan libremente como en el resto de la tierra. Afuera se oyen voces, carreras, gritos agudos de aves. Abren súbitamente la puerta de una patada; gritan hacia el interior:

-¡Afuera todos, huevones, en tres tiempos! Y van dos... dos y medio ...

En cosa de tres segundos estamos todos en el exterior, no sabemos cómo. Algunos recién comienzan a despertarse, después de haber saltado. Es completamente de noche todavía, el cielo está pleno de grandes estrellas, perfectamente separadas, nítidas y a ras de tierra hay grandes jirones de niebla. El frío es bestial. Tenemos un aspecto miserable. Por supuesto, nuestros antifaces o se han caído o están completamente desplazados.

-¿Y por qué tienen puestas esas huevas?

Nos los quitamos del todo. Nos hacen formar, de frente. Nos cortan las amarras de las manos.

-A ver, huevones, un paso adelante los que hayan hecho el servicio.

Nos miramos unos a otros. Sólo uno de nosotros se adelanta. Es un individuo pequeño y muy delgado, amarillento, pero de expresión vivaz. El soldado se queda mirándonos al resto, con una repugnancia algo afectada, como a la última miseria humana.

-¿Y ustedes, vagos de mierda, fueron a la escuela de guerrilleros?


Edición digital del Centro Documental Blest el 18jun03
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