Prigué
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"LA LIBERTAD"


Capítulo 9

Jugábamos ajedrez comiendo cascaras de naranja y plátano. Cartas dibujadas en cajetillas vacías de cigarrillos alentaban interminables partidas de brisca. Suponíamos competir por el pago de la cuenta de una cazuela y una botella de vino. Y entre bastos de oro devorábamos ávidamente chunchules y prietas. Docenas de empanadas jugosas, racimos de uva moscatel, pan tostado, huevos fritos. Los más tímidos pedían una sopa de ave y caldillo de congrio. Y al igual que el resto finalizaban clavándole el diente al pernil con puré picante. Visiones inquietantes de las noches en que los huesos en posiciones desacostumbradas permitían dormir y soñar. Llenábamos nuestros paladares de sabores, ya que los estómagos continuarían vacíos. En el reposo nocturno y en la forzada displicencia de la partida de naipes.

Un sábado de comienzos de Octubre, soleándonos en las butacas de la tribuna, con las cartas en los tapices de frazadas, los parlantes desgranaron una extensa lista de prisioneros que debían formar ante el Disco Negro. Un disco eminentemente negro, sobre una estaca, señalización de meta para la concurrencia de detenidos a interrogatorios. Ubicado bajo la marquesina miraba directamente a la Tribuna Presidencial. Todos los nombrados éramos periodistas. Oscar Weiss, director del diario "La Nación". Carlos Naudon, de la revista jesuita "Mensaje", Alberto Gamboa, director de "Clarín", Manuel Cabieses, director de la revista "Punto Final", Franklin Quevedo, director de la radio de la Universidad Técnica del Estado, Guillermo Torres, reportero de "El Siglo", Ramiro Sepúlveda, de radio Magallanes, el director de la radio Luis Emilio Recabarren, y muchos otros reporteros de esas y otras publicaciones, emisoras y canales de televisión.

Nos habló un funcionario del Ministerio del Interior, informándonos de la decisión de la Junta de otorgarnos la libertad de inmediato, pues le había sido solicitada por la Directiva del Colegio de Periodistas. Había buenas relaciones entre la Junta y el Colegio profesional. Carlos Sepúlveda. el Presidente, acababa de ser nombrado director del diario "La Patria" nacido al calor del golpe para reemplazar al oficialista "La Nación". ¿Hay más periodistas detenidos que yo no haya nombrado. ..? -preguntó el funcionario.

- Si, le dijimos. Está Rodrigo Rojas, incomunicado en los camarines de Tribuna Andes.

- ¿Rojas cuánto... ?

- Andrade.

- Correcto. Anotaré su nombre para incluirlo en la lista. ¿Todos Uds. han sido interrogados.. . ?

- Todos.

- Aguarden un momento aquí mismo. Redactaré el oficio y Uds. saldrán en libertad.

No creíamos tanta dicha. Al mediodía podríamos llegar a nuestros hogares. Compartir nuestra alegría. Ángel Parra, al que llamaron con nosotros para comunicarle que habían llegado tantas comunicaciones del extranjero al Ministerio de Relaciones Exteriores pidiendo su libertad que la Junta había accedido, también saldría libre con nosotros. Por primera vez después de tantos días de incertidumbres, golpes, incomunicación, nos juntábamos un grupo de periodistas como esperando un acontecimiento para registrar en nuestros medios informativos. Faltaban las cámaras fotográficas, grabadoras, y las libretas de apuntes. Parecía que de un momento a otro nos dispersaríamos a los teléfonos para lanzar una noticia de último minuto.

La noticia que recibiéramos no la podríamos publicar. Los órganos de difusión a los que pertenecíamos, ya estaban clausurados. Subsistían únicamente aquéllos irrestrictamente adictos a Pinochet. Y cuando nos confirmaran esa noticia sería para vivirla en carrera desbocada a los brazos de la mujer y los hijos. Pasaron algunas horas hasta que apareció un recadero del funcionario. Vuelvan a sus lugares. Cuando el oficio esté concluido, firmado y timbrado, les llamaremos a este mismo lugar por los parlantes.

Los compañeros del camarín me abrazaron despidiéndose. Les agradecí alentándolos. La solidaridad que nos sacaba a nosotros de ese campo de concentración también les extraería a ellos. Y pronto. Ese breve contacto de viejos compañeros de trabajo de diarios, radios y televisión, sirvió para que intercambiáramos noticias. El golpe, el asesinato de Allende, provocó un estremecimiento de horror en todo el mundo. Protestas por los crímenes y detenciones estallaban desde el mismo día 11. Algunos países decretaron duelo nacional a la muerte del Presidente de Chile. Las Naciones Unidas constataron la bestialidad desencadenada por las tropas de Pinochet, violando cuanto acuerdo internacional existe sobre respeto a los Derechos Humanos. La Social Democracia europea repudiaba el golpe. De la misma forma la Democracia Cristiana. Y ésta enmendó la plana a dirigentes de la Democracia Cristiana chilenos, que salieron al mundo en busca de apoyo para la dictadura. Las iglesias cristianas del país se desoficializaron del régimen en sus sermones e instituyeron un organismo destinado a solidarizar con los detenidos, sus familias, albergando huérfanos, sosteniendo viudas. Al Colegio de Periodistas de Chile llegaban peticiones de los colegios del mundo entero pidiendo nuestra libertad. Las embajadas en Santiago rebalsaban asilados a los que se les negaba salvoconducto. Diplomáticos acreditados en Chile reclamaban la libertad de sus compatriotas encarcelados en el Nacional.

Ángel Parra me dijo: no quiero ser muy optimista. Creo que no saldré hoy. Me doy plazo el miércoles próximo. Entonces saldré, no antes.

- Cómo se te ocurre, le discutía. Hoy saldremos. Y antes de las trece horas en que terminan su trabajo en las oficinas. Vino especialmente el funcionario del Ministerio. Ahora debe estar sentado en la máquina de escribir o de vuelta del Ministerio de Defensa con el Oficio debidamente redactado.

El compositor y cantante tenía razones para sentirse pesimista. Dos semanas antes le llamaron al Disco Negro, para salir libre. Nos despedimos. Al partir me regaló una bolsita de plástico con dulces.

- Para matar el hambre, me dijo. En un rato más estaré en casa comiendo algo sustancioso.

Pero a Parra no lo dejaron libre. Lo incomunicaron en la piscina, desde donde lo volvieron a nuestro lado, cuando allí encerraron a las mujeres detenidas.

Ese sábado no nos volvieron a llamar al Disco Negro. Tampoco el domingo ni el lunes. El martes llamaron a Parra. Por fin. Adiós. Buena suerte. Que te vaya bien. Descenso a la carrera por las escalas de la tribuna. Detención en el Disco Negro. Alejarse custodiado por dos soldados hacia la puerta de maratón.

Ya nos llamarán a nosotros, pensábamos, tratando de contener las ilusiones diluyéndose fatalmente ante la inusitada informalidad del alto funcionario del Gobierno.

Entrada la noche Ángel Parra regresó al camarín, pálido, con la ropa destrozada, lleno de moretones, sangrando, profundamente amargado.

Lo llevaron al velódromo. Le cubrieron la cabeza con una frazada y le pegaron en todo el cuerpo durante varias horas. Lo volvían de los desmayos con chorros de agua y le continuaban golpeando. No le preguntaron ni le dijeron absolutamente nada. Permaneció seis meses más preso en Chacabuco. Le otorgaron entonces la libertad, y después de otros seis meses recién le permitieron salir de Chile. Llevaba nuevas canciones escritas en prisión.

Correos internos repetían informaciones alarmantes de los interrogatorios a Rodrigo Rojas, ex Director del diario "El Siglo". El macizo Consejero de Difusión del Presidente Allende retomaba semidesmayado a su lugar de incomunicación de los camarines Andes, amoratado, estremeciéndose por los coletazos de la electricidad. Había perdido muchos kilos. En tres oportunidades lo condujeron al piquete en otros tantos simulacros de fusilamiento. Le dispararon y le culetearon. Varias veces vomitó sangre durante el sueño. Lo sacaban de madrugada y lo devolvían al atardecer. En una ocasión lo trajeron totalmente inconsciente. Desde los hombros lo arrastraban dos soldados. Con los cordones le amarraron los zapatos al cuello. Los talones sobaban el piso. Traía las plantas de los pies hinchadas por los gomazos. Antes, ahora, ni después le arrancarían ni una sola confesión a ese limpio, valiente miembro de la Comisión Política del Partido Comunista.

En la segunda quincena de Octubre llamaron de nuevo a los periodistas. Sabíamos para qué. Un oficial amigo transmitió a uno de los reporteros la siguiente información: aquí en el Estadio existe el más increíble caos de documentación de los prisioneros. Se han confundido y extraviado los informes de los interrogatorios que les han hecho. Y los que no se traspapelaron en el Estadio se revolvieron con alguna otra documentación en el traslado de la Sede de la Junta, que hasta entonces había sido el Ministerio de Defensa, al Edificio Gabriela Mistral, hoy bautizado Edificio Diego Portales. El ex Palacio de la UNCTAD Tres. Por eso, para obviar más dificultades y acortarles la espera de la libertad los vamos a interrogar de nuevo. Será un interrogatorio más bien formal. Traten de recordar lo que declararon antes, para repetirlo ahora.

Allí mismo, en cuartos ubicados sobre las tribunas, funcionaban las comisiones de fiscales interrogadores de las cuatro ramas de las fuerzas armadas. Esperamos en una escala interior dos días. Al tercero nos trasladaron a las butacas de incomunicados, bajo la tribuna Presidencial. Cerca del mediodía pedí permiso a un sargento para ir al baño. Ordenó a un soldado que me acompañara. Este se quedó en la puerta. Junto con otro soldado con la misión de cuidar a otro prisionero.

Entonces nos encontramos con Samuel Riquelme. Sabíamos que estaba incluido entre los "diez más buscados y peligrosos de Chile", según la Junta. Hasta el golpe era subdirector de Investigaciones. El día 11, permaneció en su puesto en la Dirección de Investigaciones hasta que cayó el Gobierno y asesinaron a Allende. Entonces reunió al personal en el Teatro del Cuartel y les habló:

"Señores, Uds. saben que yo he sido nombrado por el Gobierno Constitucional que acaba de ser derribado por un golpe militar fascista. Mi cargo es de confianza absoluta del Presidente de la República. No represento, ni representaría a las autoridades ilegalmente gestadas en un putch reaccionario. Por lo tanto me retiro. Nombro en este cargo, de Subdirector, al Prefecto Romero, el hombre más antiguo y de mayor grado. Pero antes de retirarme quiero agradecerles la lealtad con que respaldaron las decisiones de esta Dirección y al Gobierno Popular. Agregándoles que el proceso de cambios puesto en marcha por los trabajadores chilenos, temporalmente suspendido por la traición, renacerá. Haremos nuevamente libre nuestra Patria. Para ese entonces queremos contar otra vez con la honesta colaboración de Uds. Con su hombría, eficiencia y patriotismo. Mi última orden: ¡Viva Chile!".

La policía civil le aplaudió. Riquelme dio la mano a cada uno de los inspectores y prefectos. Tomó su maletín y salió a pie, como llegó, caminando por General Mackenna, hacia su barrio popular. Se lo tragó la solidaridad proletaria. Su fotografía apareció en la primera página de "La Tercera" y el diario de la empresa "El Mercurio". Finalmente cayó detenido y volvió a desaparecer.

La Junta no confiaba en el Servicio de Investigaciones y esa misma noche las tropas rodearon el cuartel de General Mackenna, encañonaron a los detectives y los esposaron tendidos en el mismo Teatro donde Riquelme les había despedido. El operativo de ataque y detención de la Policía Civil estuvo a cargo de quien al día siguiente asumiría su Dirección, el General Baeza.

Ahora aparecía en este retrete del Estadio Nacional Samuel Riquelme, el ayer rozagante y robusto dirigente comunista, amoratado y despellejado, muy flaco, ojeroso. De tobillos y muñecas pendían pétalos de carne ennegrecida, abiertos por los alambres de acero, el vientre mostraba un solo manchón morado. Le habían traído la madrugada anterior y lo mantenían incomunicado en una pieza frente a esos mismos retretes, sin alimentación y sin frazadas. Su ropa consistía en pantalones sueltos, camisa rota, sucia, y zapatos sin cordones. Estropajos malolientes le cubrían.

- Me siento bien porque no me sacaron una sílaba estos carajos.

-- Trataré que los compañeros te traigan comida y ropa.

No conversamos más. Los guardias nos apresuraban desde la puerta. Llevé la noticia al grupo de periodistas. De aquí se difundiría rápidamente, porque los compañeros se nos acercaban a preguntamos si teníamos alguna novedad, y también a contarnos lo último que sabían o terminaban de oír.

La escuadra de servicio nos trajo los porotos. En ella trabajaba Luis Alberto Corvalán, moviéndose con fondos de comida y canastos de pan por diferentes dependencias. Le contamos del arribo de Riquelme y el delicado estado en que venía, las condiciones del cuarto donde le aislaban. Luis Alberto, recogiendo pocillos distribuyendo cucharas pasó por todos los camarines del Sector Sur bajo la Marquesina. Los prisioneros que los atiborraban le escucharon: "Compañeros, acaba de llegar un dirigente comunista en muy malas condiciones físicas. Lo torturaron terriblemente. Viene casi desnudo. No le dan comida. Entrégenme lo que puedan y con la escuadra trataremos de entregárselo".

De bolsillos anónimos aparecieron pedazos de pan, cigarrillos a medio fumar. Pedazos de azúcar. Dos camisas. Calzoncillos. Pastillas verdes y rojas de vitamina. Se partieron frazadas para regalarle mitades sin que se notara. Con su valioso cargamento Corvalán traqueteó por los pasillos, corredores, ubicó la puerta y sorteando la guardia con los compañeros de la escuadra de servicio, ingresó a la habitación, entregó los regalos, abrazó y dio la bienvenida a Riquelme. Hijo de tigre, agradeció Riquelme.

Luis Alberto había sido maltratado tan duramente como Riquelme.

Y como Riquelme en esos momentos, recibió el calor solidario y fraterno de los compañeros en aquellos elementos tan insignificantes y tan preciosos, representativos del desprendimiento de todos los bienes que se poseen en el mundo. Riquelme encontró de nuevo la existencia de Chile habitado también por seres humanos.

Dos días después el subdirector de Investigaciones del Gobierno Popular era confinado con delincuentes comunes en el Estadio. Pretensiones de la Junta, que aquellos traficantes de drogas tomaran desquite con quien los persiguió implacablemente. Que lo mataran, concluyendo así la tarea tan eficientemente iniciada por ellos. Sin embargo, aquellos delincuentes, atendieron con respeto a Riquelme, compartieron con él la abundante provisión de comida que les autorizaban ingresar. Su tremenda fortaleza física permitió que sobreviviera las sesiones de electricidad, golpes, ayuno. Su prestigio le salvó de la muerte programada para él en un camarín del Nacional. Su honestidad política y moral, su valentía le agrandó a los ojos de sus propios captores.

Por fin. al cuarto o quinto día nos comenzaron a llamar para interrogamos.

Las oficinas existentes arriba de las tribunas son en realidad separaciones de madera y cristal empavonado con un pasillo entre ellas. Afirmados contra las paredes había media docena de detenidos cubiertos de la cintura a la cabeza por un saco papero. Los entraban a empellones, les hacían girar rápidamente sobre sí mismos. Luego los dejaban pegados a la pared, señalándoles la prohibición absoluta de moverse estáticos, figuras a las que se les detuvo en la mitad de un gesto. Quedaban horas y horas, silenciosos, ciegos, atemorizados.

Me indican debo entrar a una de esas separaciones donde hay un escritorio, un sillón, máquina de escribir y una silla.

- Vacía los bolsillos. Y todo lo que llevas déjalo encima del escritorio.

Un pañuelo arrugado, llaves, carnet de identidad, algunas cascaras de naranja guardadas para cenarlas, corbata que no usaba a esas alturas, el cortaúñas, una camiseta sin mangas para reemplazo de la camisa cuando lavaba y que también utilizaba de pijama, jabón, peineta, cepillo de dientes, siete escudos en moneda, dos botones, un calendario de cartón en el que anotaba los días de prisión, un juego de dominó dibujado por Alfaro, portero de la radio, en cartulina y un clavo. Ah, también un lápiz de pasta Big. Todas mis posesiones. Mi equipaje completo. (Ah, dichosos aquellos días en que no debíamos cargar ni maletas, ni bolsas en los traslados. Como los caracoles andábamos con la casa a cuestas). La toalla que usaba de bufanda la colgué en el respaldo de la silla con la inseparable frazada.

Entró un oficial de carabineros. Me parece que era Capitán o algo así. Maduro, robusto, cara redonda. Con la palma abierta pasó la mano sobre mis pertenencias, apartando unas, mirando detenidamente otras. Con dos dedos cogió el carnet de identidad y se sentó a la máquina.

Preguntó edad, domicilio, estado civil, escribiendo todo. Al lado interrogaban a Cabieses y a Gamboa. Sentía los vozarrónes de los que preguntaban. El que me interrogaba a mí, también hablaba a gritos. Los ensacados del pasillo temblaban.

- ¿Dónde ingresaste al Partido Comunista?

- En Santiago.

- ¿Qué hacías en la Consejería de Difusión de la Presidencia?

- Propaganda política.

Era como un escribiente tomando un dictado. Me miraba al hacer la pregunta y luego agachaba la cabeza ante la vieja Underwood, tecleando en una hoja de papel sin copia. Traté de repetir más o menos textual lo que había declarado en el interrogatorio número dos. Pero éste quería llevarme más atrás.

- ¿Por qué te mandaron a trabajar a La Moneda?

- Todo el equipo que trabajó en la propaganda de la campaña presidencial de la Unidad Popular pasó a integrar la Oficina de Radiodifusión de la Presidencia, OIR. Yo pasé a la Consejería.

- ¿En qué propaganda te especializabas en la campaña?

- Radio.

- ¿Radio Minería?

- No, para todas las radios del país que aceptaban contratarnos propaganda.

Al reiterar detalles sobre la labor de la Consejería, le expliqué ampliamente los planes trazados de llevar claramente a la población el contenido del programa de Gobierno de la UP, sus realizaciones, la edición de los discursos del Presidente, las cadenas radiales desobedecidas por las emisoras de derecha, las órdenes de clausura y el levantamiento inmediato de ellas por el poder judicial.

Anotó todo. Gritó. Me retó. Reiteraba las preguntas varias veces, pero no dijo groserías.

- ¿Por qué pasaste de la Presidencia a la radio de la CUT?

- Porque ganaría mayor sueldo. Vuelta a las preguntas sobre el Plan Zeta, opinión sobre las FF.AA.

Me extendió dos hojas escritas a renglón seguido. Firma.

Firmé.

En el otro escritorio daban cachuchazos a Gamboa porque como director de Clarín era responsable de los titulares donde se llamaba "Pacomios" a los carabineros. Le habían cortado los bigotes y el pelo entre pregunta y pregunta. Cabieses disertaba en torno a la orientación política de los editoriales del vespertino "Ultima Hora". Sus interrogadores no sabían de la existencia de "Punto Final", revista bastante más conflictiva que el diario socialista.

Pasamos a los camarines de "libre plática". Terminaba nuestra incomunicación, pero la nueva situación no se diferenciaba de la anterior, porque igualmente estábamos impedidos de recibir visitas, escribir o recibir cartas. Únicamente estábamos autorizados para que se nos entregaran los mensajes de una línea, cuatro palabras, que nuestras mujeres nos mandaban desde las puertas exteriores.

Por esa fecha tuve la primera noticia de mis familiares y de que mi esposa había salido en libertad. Todavía guardo ese papelito amarillento. Un verdadero poema. Con la retaguardia segura, como le escribió Corvalán a su hijo Luis Alberto, se puede resistir lo que sea. Y el tiempo que sea. Por fin dormí tranquilo esa noche. Ya no me importaba que el nuevo interrogatorio, o los que vinieran, carecieran de resultados, que constituyeran maniobras después tan conocidas de nosotros, de ilusionamos con el abandono de la prisión para meternos aún más al fondo del calabozo.

"Te esperamos. Ten confianza. Ana".

Analizaba su contenido. La espera en plural significaba que toda la familia existía y el Ana de firma ratificaba su vida fuera de un campo de concentración.

Me faltaba poco para cumplir los dos meses de prisión a que me habían condenado en el Ministerio de Defensa. Estos interrogatorios seguramente pretendían de alguna manera justificar tan larga privación de libertad. Las acciones ahora consideradas "delitos" por la Junta como la militancia en un partido popular no nos alcanzaba. Nos mantenían encerrados única y exclusivamente como una forma de darnos una lección. Según ellos a mí me bastarían sesenta días, porque comenzaba a dudar de la efectividad del ofrecimiento de libertad del funcionario del Ministerio. Pero no totalmente. Estaba tan equivocado. Creía conocer ya a la Junta. Me hacía ilusiones de dos meses, cuando debiera hacérmelas de dos años. Allí habría andado más cerca en los cálculos. Como que me reuniría con mi esposa y mis dos hijos en 720 días más en la cabina de un avión volando al destierro.

Pero con la retaguardia segura, me envolví en mi frazada color ratón y dormí profundamente, por fin.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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