Prigué
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"TRES MAS UNO"


Capítulo 8

- Aquí no les sucederá nada. No deben preocuparse. Nosotros somos la garantía. Les reitero, eso sí, que el reglamento es para cumplirlo. Al que se resista lo obligamos por la fuerza. Diana a las seis y media de la mañana. A las ocho revisión de camarines. Durante el día la puerta permanecerá abierta. Pero nadie puede asomarse, ni menos salir al pasillo. Los soldados tienen orden de disparar al que lo haga. Es todo por el momento. Ahora, dormir como se pueda. Buenas noches.

Dio media vuelta, salió y cerró la puerta. Escuchamos girar la llave en la cerradura y retumbar de botas alejándose.

Aflojando las mandíbulas apretadas resoplamos aliviados sin uniformes a la vista, ni ametralladoras presionándonos las costillas y nos movimos buscando espacio para tendernos. Imposible elegir. De pie, uno al lado del otro, entumidos de frío, cubiertas las espaldas con frazadas grises, llevábamos diez minutos en un camarín de futbolistas del Estadio Nacional, calculando la forma de botamos al piso, estirar las piernas, cerrar los ojos y dormir. Poco espacio en realidad. La acción, sin embargo, parecía simple. Sacarse la frazada y elegir utilizarla de colchón o de tapa, luego acostarse abriendo una zanja en los ya tendidos para encajarse en el ancho de una baldosa. Desde la puerta debajo de las regaderas de la ducha goteando se pegaban los cuerpos impidiendo la posibilidad de desplazarse, correrse, darse la vuelta. Incluso sobre las repisas de listones algunos consiguieron pasar a la horizontal nocturna.

Los camarines representaban una etapa de ascenso en la escala de trato. Evidentemente así era. Disponíamos de retrete, lavatorios y hasta duchas. Además, según lo aseverado por el suboficial orejón y trompudo, el Ejército nos escudaba de nuevas pateaduras. Así interpretábamos su arenga al recibirnos. Ascendíamos allí es cierto, después de cumplir el inquietante rito del interrogatorio en el velódromo cercano y seguidos en los archivos confidenciales de los datos que interesaban a los Servicios de Inteligencia sobre nuestra vinculación con el Gobierno constitucional derribado. Central Única de Trabajadores, militancia política, actividades cumplidas desde el 11 de Septiembre a la fecha. Coincidentemente los que roncábamos desasosegados en el nuevo alojamiento caímos el mismo día 11.

Más o menos 300 partimos a interrogatorio esa mañana. Alrededor de setenta u ochenta volvieron a las escotillas con buena nota en el examen engrosando el contingente de los cinco o seis mil en Libertad Condicional (LC) que tomaban el sol de día en la galería norte. Los ochenta habitantes del camarín permaneceríamos por plazo indeterminado mientras corroboraban nuestras declaraciones o buscaban nuevos antecedentes, nos dejaban libres o nos interrogaban de nuevo. Del resto no supimos hasta después, porque los apartaron a las primeras preguntas de los interrogadores y los encerraron con los de "La Legua".

Al anochecer ingresamos al estadio de fútbol vacío por la puerta de maratón, doblamos a la izquierda y caminamos por la pista de ceniza de cinco en fondo, rodeados por las filas de soldados de Punta Arenas. Dirección: Tribuna Presidencial. Tres bloques. Adelante los LC, después nosotros y finalmente los de interrogatorios vendados. Estos últimos caminaban trabajosamente, apoyándose unos contra otros, arrastrando los pies, cabezas caídas al pecho, uno ciego con la frente levantada y las rodillas tiesas tomado de la punta de la frazada del de adelante, otros hamacados en frazadas portadas entre varios. Estrofas de hombres muy cansados, con hambre acumulada de un mes, con voltaje en sus organismos y huellas de golpes. Desde la maratón hacia la derecha surgió el bloque de mujeres del SNS procedente como nosotros del velódromo. Frente a la marquesina nos detuvimos esperando destino los cuatro rectángulos. Brillaba húmedo el césped de la cancha vacía a la potencia blanca de los "matamoscas". Entonces estallaron los disparos.

- A las armas. Orden a los soldados.

- Al suelo todo el mundo. Manos a la nuca. Orden a los prisioneros.

Chisporroteo de bengalas enceguecedoras. Soldados corriendo entre los asientos de las tribunas. Ametralladoras retumbando. La guardia que nos conduce se atrinchera y nos apunta agazapada tras los muros. Olor a pólvora. Fusileros en cuatro patas cruzan la cancha. Relámpagos. Desde el exterior del Estadio llegan estampidos de canon, metralletas. Las mujeres lloran boca abajo desparramadas de la formación que traían. Las botas que pasan cerca salpican tierra negra.

- Al primer atacante que vean entrar me matan a todos estos güevones y güevonas.

Ni una voz más. Sólo esas órdenes gritadas por el oficial. Pasos en el cemento de la marquesina. Ecos metálicos y vainillas humeantes. Explosiones. Uniformes y correas trepan a saltos por las galerías vacías hacia los tramos superiores. Asoman el casco a la calle, descargan bocanadas de ideas en las chispas y estruendo de sus SIG y se agachan.

- A Uds. les digo. Levantarse. Rápido.

Desorientados nos paramos y corremos por el pasillo de culatazos. Una hilera de camarines con sus puertas cerradas, menos una. A él se nos dirige al galope. Entramos atropellándonos. Termina la mudanza.

Ya no se oía la batalla. Pero cuando una semana después se repitió el espectáculo supimos que no existió el ataque, sino un ejercicio cumplidor de dos objetivos: mantener a la tropa presta a combatir y a nosotros alertados de su fuerza y capacidad, disposición implacable de agujerearnos al primer atisbo de insurgencia.

De pie, dando saltitos, contando seis pasos, refregando las manos o formando grupos cautelosos, pasábamos el día en el camarín, esperando el momento de los porotos que podían llegar a las 12 del día o a las cuatro de la tarde. También no venir. Si venían con pan, poníamos en práctica variantes conversadas, discutidas. Guardarlo en el bolsillo para comerlo miga a miga cuando los desgarros del hambre impedían dormir. Comerlo de sopetón para sentir la masa que baja acariciando el esófago. En todo caso, en ambas soluciones, vencía el hambre. Los cigarrillos muy escasos, ingresaban por anónimas rutas de manos uniformadas. La ceremonia de fumar la compartíamos todos. El que lo prendía lo entregaba a su vecino después de chuparlo una vez, el siguiente al próximo y así hasta que se apagaba en el filtro. Aquí se retomaba la posta encendiendo el segundo, o el tercero, si los había. Los fumadores compartíamos una dosis a media mañana o al anochecer, o en ambas ocasiones si los correos funcionaban sin obstáculos.

Improvisadamente, hermanos desconocidos hasta el 11. compartíamos los pocos bienes que poseíamos, los cigarrillos o la barra de chocolate que apareció una vez. El círculo de barbas crecidas admiró la destreza del que dividió el chocolate en 80 pedacitos iguales sobre una frazada jugando de mantel. Al chiquillo tan triste como los demás jóvenes y habituado a gemir de noche en el retrete le dimos ración doble, ignorando sus accesos de angustia, achacándolo al hambre, a los malos tratos, aceptando sus reivindicaciones al llanto provocado por el dolor al corazón y felicitándolo por su hombría de no lagrimear jamás ante los carceleros.

Allí no hablábamos de nosotros. A veces los conocidos se desconocían en miradas comprensivas. Nos sabíamos infiltrados de soplones de oreja parada y palabra experta en extraer nombres de vinculaciones aún no detenidas.

Mientras punteábamos en los calendarios de bolsillo los días. las semanas, escuchamos y vimos retazos de prisioneros de otros camarines. Oprimidos de indignación constatamos que si nosotros nos asardinábamos ochenta, al lado la cifra subía a noventa, más allá de ciento veinte, hacía el fondo ciento cincuenta. Pero en peores condiciones aún vivían en la obscuridad absoluta los encerrados de los cuatro túneles de acceso de la cancha, con los pies en el agua mezclada con sangre y excrementos, sin comida, ni frazadas, punzados por ratones, tosiendo en vapores fétidos.

Un día nos sacaron al sol. Primero formamos dando vueltas en el camarín y luego estiramos la fila en el pasillo. Mientras nos numerábamos reparamos en detalles que no captamos cuando semanas atrás ingresamos corriendo. El techo del pasillo cae oblicuo casi hasta el suelo frente a las puertas de los camarines. Ese pedazo de tierra húmeda, helada, está dividido del resto por columnas de concreto sin enlucir. Parados, día y noche, permanecía una hilera de prisioneros silenciosos de ojos grandes que nos miraban tensos. Colmado el Estadio hasta en sus más escondidos vericuetos, colocaron aquí a centenares de incomunicados, vigilados constantemente por la mira de las "Punto treinta". Si caían, nadie los auxiliaba. Ni de entre ellos podían intentarlo. La arriesgada maniobra de lanzarles pedazos de pan o colas de cigarrillos funcionaba cada vez que un camarín -como ahora el nuestro- marchaba al sol. Claro que siempre en algún bolsillo quedaba un saldo para otro más necesitado que uno. Entre esos incomunicados estaba Osiel Núñez, Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica del Estado. Nos sentaron cinco minutos en las tribunas antes de encerramos de nuevo. Los días posteriores gozamos de la luz natural una hora, tres, cuatro.

Graderías repletas para un partido que no se jugaría nunca. Cada asiento en las tribunas de marquesina permanecía ocupado. De la misma manera las tribunas Andes. Bajo la torre del marcador una multitud, las graderías norte apretujadas. Sólo las filas altas mostraban huecos. En la valla de seguridad flameaban camisas secándose al viento. Respaldos de asientos y trozos de tablones desocupados asoleaban frazadas. Los amplificadores atronaban canciones del conjunto "Los Quincheros" y de bandas con marchas militares de la Alemania nazi. Una Bazooka y ametralladoras "punto treinta" apuntaban desde lo alto de la marquesina. En los ángulos de la cancha más ametralladoras y sus servidores vigilando. Detrás de los cristales de las casetas de las radioemisoras miembros de los servicios de inteligencia lamían a los prisioneros con anteojos de larga vista y aparatos fotográficos provistos de teleobjetivos. ¿Quién conversa con quién? ¿Quién hace señas a quién?

Cuando permanecíamos hasta el anochecer veíamos retornar caminando por la pista de ceniza larguísimas columnas de hombres cansados y maltratados, de andar lento. A estas alturas, a casi un mes del golpe, algunos conscriptos se compadecían de los caminantes andrajosos, dejándolos en su trayecto pausado, autorizándoles a tenderse en las llaves y beber estremecidos de estertores. Así vimos portar a Luis Alberto Corvalán, procedente del velódromo donde lo electrificaron repetidamente por ser hijo del Secretario General del Partido Comunista. Al joven dirigente socialista, hijo de la senadora Carrera, Corvalán Carrera.

Dos dirigentes sindicales de una industria de la calle San Joaquín, sentados muy juntos, inmóviles, con las manos en las rodillas, habían llegado al camarín durante nuestra primera ausencia colectiva. Crecíamos en número.

Detenidos en sus domicilios pocos días después del asesinato del Presidente Allende fueron conducidos a un cuartel de carabineros para cumplir un trámite de rutina del que quedarían libres en media hora. Pero en la misma sala de guardia los obligaron a desnudarse, arrojaron al suelo a lumazos y arrastraron a un calabozo. Aparte del nombre no les preguntaron nada. Dos días después les entregaron los zapatos, pantalones y chaqueta, encaramándolos en un furgón policial para dejarlos en los pabellones de la Feria Internacional de Santiago (FISA) con sus pertenencias, les dijeron, en manos de efectivos de la FACH. Constaron sus nombres en los registros, les metieron la cabeza en sacos harineros que les llegaban a la cintura y les empujaron a una sala grande como gimnasio, con muchos presos más que no veían, pero que sentían saltar al compás "soul beat" amplificado a volumen ensordecedor.

Puntazos de fusil, órdenes gritadas les indicaron que debían moverse, atender el ritmo, seguirlo, desplazarse adaptándose al culebreo colectivo. Un disco dura tres minutos, repetidos diez veces seguidas suma más de media hora. 20 veces arman una hora. Multiplicado con 14, 23, 85 o lo que fuera necesario si pudiera medirse ese chicotazo, se sabría con exactitud cuánto permanecieron amarrados al vaivén taladrador estos dos hombres y cuatro centenares que ya estaban de antes, conformando la diabólica diversión de altos mandos de la FACH.

Transpiración. Sed. Uno se desploma. Filo de bayoneta quemando la tetilla izquierda. Sin dejar marcas, mierda, estalla la orden. Lento medio erguirse y ritmo. Ritmo beat. Sordo golpe de cabeza azotándose contra el cemento. Taco de suela revuelca los testículos. Alarido. Ritmo soul. Ahogo. Luces amarillas dentro de los ojos. Una babosa danza en el estómago, crece, abulta el vientre, repta al paladar, vómito amargo. Beat. Ritmo. Los pies pisan con la punta, independientes del resto del cuerpo. Flautas y voces delgadas se anudan a la melodía del piano. No pensar en nada. Tambores de papel llevan el ritmo soul, beat. Hay un charco viscoso bajo los zapatos. La orden es ritmo y las marchas beat, ritmo. Me esperan en casa. Cuerdas de guitarra eléctrica trenzadas a la cola de un gato. Maullido furioso. Humo ácido. Ritmo. Turbulencia aguda. Silencio. Inmovilidad.

En el camión abierto que los sacó de noche al Estadio Nacional todavía movían rítmicamente los pies y los dos dirigentes sindicales escuchaban el ritmo beat varias semanas después en el camarín y ocho meses más tarde en Chacabuco despertaban sudando empujados por ese compás febril.

Nunca consiguieron que les devolvieran los relojes, billeteras, ni ropa interior.

Desde entonces se aceleró el ingreso de los nuevos porque esa misma madrugada nos despertó la caída de un cuerpo balbuceante encima de los que dormían cerca de la puerta. Miraba sin ver con los ojos muy abiertos. Venía en mangas de camisa, sin zapatos. El resto de su ropa rodó con él en una pelota amarrada con el cinturón. Se tendió murmurando enronquecido y se durmió en encogimientos y suspiros ruidosos.

En la mañana se duchó temprano, lavó meticulosamente calzoncillos y pantalones mugrientos de escamas verdinegras. Anduvo dos días envuelto en su frazada tratando de taparse el cuello amoratado, rastro de la soga. Tres veces lo suspendieron, aflojándolo cuando los pies descalzos se agitaban buscando apoyo.

Interventor de una industria cercada el 11 por el ejército, detenido con todos los demás trabajadores el 12, fue separado de sus compañeros y trasladado de un lugar a otro con los ojos vendados, hasta que se confinó en un cuarto del Nacional. Le preguntaron sobre armas de las que no tenía conocimiento y de relaciones ignoradas en altos mandos de las FF.AA. No lo golpearon. En cambio le comunicaron al vigésimo día de incomunicación que ante su negativa de reconocer los cargos acumulados en su contra, éstos, ya comprobados en las interrogaciones a otros prisioneros, allanamientos e investigaciones, el Consejo de Guerra le condenaba a la horca. La sentencia se cumpliría a la madrugada siguiente. Próxima a su oído la voz de quien se dijo sacerdote, le rogó piadosamente confesara sus pecados, filtrando melosamente en las oraciones las mismas preguntas de los interrogadores. Oyó súplicas y plegarias toda la noche hasta el momento en que le colocaron la cuerda al cuello otorgándole una última oportunidad de arrepentirse. ¿Dónde están las armas? ¿Con qué uniformados mantenía relaciones? ¿Qué rol desempeñaba en el Plan Zeta? Pronto caerá tu familia, le advirtieron. Le ayudaron a trepar a la banca sobre la cual permaneció sentado inmóvil todo el tiempo. Ajustaron el nudo detrás de la cabeza y suavemente retiraron el sostén de sus pies. Su mujer y sus hijos giraron en el vértigo de sangre agolpada en los ojos empujándolos hacia afuera. Notó un chorro tibio sobándole las piernas. Se aflojó la tenaza del cuello y cayó. A su lado una voz chillona refunfuñó contra el carpintero que atornilló la argolla a la viga. ¡Salva tu vida que el Altísimo ha protegido! -dijo el que oficiaba de cura.- Piénsalo -agregó otro-. Tienes tiempo hasta que arreglemos esta porquería.

Le dieron agua. Sobre su mano colocaron papel higiénico. Limpíate. Y le dejaron otra vez solo.

Antes de recomenzar las preguntas, cuando volvieron, le informaron: Tu mujer fue detenida. La pillamos en un hotel revolcándose en la cama con su amante. For-ni-can-do. Tus hijos continúan prófugos. Pero los encontraremos. Ahora, vamos. Cuéntanos todo lo que sabes.

Cuerda al cuello. Pararse en la banca. Zapateo en el aire. Caída violenta. Lágrimas bajo la venda por la detención de su mujer y las infamias con que quieren emporcar su imagen. Otro plazo de vida. ¿De qué extensión? Nunca lo supo. De nuevo está parado en la banca, repetición de preguntas, ronroneo sacerdotal. Arriba lentamente. Abajo con violencia. Silencio. Agua. Un camarín repleto de hombres tirillentos. Ahora sin venda.

El 4 de Noviembre cuando las puertas del Estadio cedieron a la presión de los familiares de los presos abrazó a sus hijos animosos, besó a su mujer embarazada de siete meses y derramó lágrimas, con pena, es cierto, pero con la dicha de la dignidad probada en medio de ese basural castrense.

Otro vino caminando en la mañana desde el Hospital de Campaña, sostenido del brazo por dos presos. Se sentó en la punta de una banca que le desocuparon y se quedó allí cuatro días antes de poder acostarse. El dolor de sus costillas quebradas le impedían hablar, limitándose a repetir casi con fluidez: Gracias, gracias, compañeros, al sopear los porotos que le recibíamos. A su interrogatorio también asistió un médico, así que cada vez que los gomazos o las descargas eléctricas lo desmayaban, el doctor medía en su corazón la capacidad de resistencia que podría restarle. Pueden seguir, decía. O bien. Esperen un rato que se reponga. Este gallito aguanta mucho. Le golpearon con las manos abiertas en las orejas, que le zumbaban quitándole el aliento. El crujido lo sintió inmediatamente después que una bota sucedió a otra y el peso de un cuerpo cargó su pecho. De espaldas en el suelo, brazos y piernas abiertas, nunca supo quién se le subió encima. Tampoco cómo lo llevaron al hospital y cuándo. Ni en qué momento despertó vendado hasta el cuello. Opiniones coincidentes indicaban a los médicos de ese mismo hospital como los asesores.

Adaptamos camas con frazadas dobladas en un rincón para cuidar racionalmente a los enfermos organizando turnos para su atención. Rapiñamos frazadas y pusimos en práctica un sistema destinado a conseguirles doble ración de rancho. A la cabeza de la fila de los porotos formaban tantos presos con frazadas sobre los hombros como enfermos yacían acostados. Cogían su ración del fondo que colocaban frente a la puerta en tanto de más atrás alguien llamaba la atención del suboficial o cargo de la comida. Bastaba que éste volviera los ojos para que el pocillo lleno desapareciera bajo la frazada para estirar la mano en busca de otro. También el que encabezaba la fila con frazada, se ponía nuevamente a la cola, ahora sin frazada. Extendimos este sistema a un viejo y tres muchachos. Con el correr de las semanas pedimos enviar comida incluso a algunos aislados. Y en alguna ocasión despachamos ropa recolectada en el camarín para quienes llegaban desnudos desde los cuarteles policiales y regimientos. La idea. justo es reconocerlo, no nació en nuestro camarín. La red solidaria de las decenas de miles de detenidos surgió y se desarrolló con la transformación misma del Estadio Nacional en Campo de Concentración.

Pronto bordeamos y superamos el centenar, extendiéndose el rincón de los enfermos a más de la mitad del espacio. Nuestra preocupación se limitaba a evitar los ruidos, fumar únicamente si nos sacaban al sol, llevarles agua, taparlos, estimularlos. Entonces no teníamos radio, no recibíamos diarios, carecíamos de todo contacto con el exterior. Ignorábamos lo que sucedía en Chile, aparte de la detención de mucha gente, del asesinato de miles, de las redadas en marcha.

Nos juntaron las imágenes estáticas que portamos: trabajadores tendidos de vientre con las manos en la nuca en el pavimento frente a las fábricas de Avenida Vicuña Mackenna. Gritería en una comisaría donde 18 pacos violaban a una muchacha. Un avión picando sobre el Palacio de La Moneda. Cristales cortados por una ráfaga de balas cayendo sin ruido en cortina de hielo encima de una grabadora en el Estudio de radio. Una mujer con un pie enyesado muerta de boca en calle Huérfanos. Las butacas verdes y azules del Estadio Chile ocupadas por hombres callados mirando fijo ante sí. Cuerpos semihundidos en el polvo de yeso dentro de vagones de ferrocarril en Puente Alto. Puertas derribadas en San Miguel. Estampido de botellas de champán antes los palacetes de Vitacura. Libros amontonados en Plaza Italia ardiendo y esparciendo ceniza. Columnas de hombres amarrados avanzando por calle Bandera de noche. Soldados pateando liceanas en Alameda. Multitud arrancando por San Diego de un jeep que les dispara por la espalda. Árbol de humo iluminado por el fuego. Cadáveres en la escala central de la Intendencia de Santiago. Patadas de uniformados a prisioneros atados del cuello en el Ministerio de Defensa. Sangre coagulada en los adoquines del regimiento Tacna. Camión militar atrepellando muertos en la Panamericana Sur. Yataganes cortando cabelleras femeninas. Ciudad patrullada por el ejército ocupante: saqueo, robo, fuego, balacera.

Las imágenes cobran movimiento en las pesadillas nocturnas y se inmovilizan nuevamente durante el día, persistentes, tenues. El chasquido de un fósforo al encenderse o el agua goteando en las duchas, las anima otorgándoles nuevamente la capacidad de animarse y repetirse hasta que un nuevo estimulo las retrotrae congelándolas en fotografías pegadas en la pared interna del cráneo. Incapaces de aquilatar la dimensión exacta de la situación para proyectarnos más allá de las murallas blancas del Estadio Nacional, atinamos únicamente a volcarnos a la atención inmediatamente urgente que nos reclaman aquellos compañeros que llegaron en peores condiciones que nosotros. Y esos compañeros se multiplicaban incesantemente. Venían orinando sangre, con las uñas de los pies arrancadas, brazos dislocados, tímpanos rotos, testículos hinchados, botones negruzcos de cigarrillos apagados en la espalda, rayas moradas de piel que se fue con la cera derretida, astillas chamuscadas bajo las uñas de las manos. Así también se desgajaron a otros camarines y escotillas los 140 que apartaron de nuestro grupo de 300 cuando nos interrogaron. Por eso nos angustiábamos tanto al despedir a los que partían a interrogatorio y nos costaba tanto callar el odio al recibirlos castigados, vejados con frialdad y energía.

El suboficial trompudo a cargo de nuestro sector no formulaba ni permitía comentarios. Nos miraba rabioso si sugeríamos algo y se marchaba. Su actitud inmutable se alteró una sola vez. Con el caso de los cuatro.

Formábamos para rancho a las tres de la tarde. Un oficial de la FACH apartó a cuatro jóvenes dirigentes estudiantiles: uno de la Universidad Técnica del Estado, otro de la Católica y dos de la Chile. Amigos detenidos el 11. Salió con ellos. En la pista de ceniza se les unió un piquete de cascos azules que los arreó en dirección exterior. A las siete de la tarde regresaron sin custodia al camarín afirmándose unos en otros, cara y ropa con sangre entierrada. Les rodeamos desconcertados, porque hasta rechazaban el agua y los cigarrillos que les tendíamos.

Mientras se dirigían al velódromo cambiaron miradas interrogadoras. El oficial marchaba adelante. silencioso, serio. Se detuvo ante una de las hileras de puertas del velódromo. Pasen, les indicó. El mismo les abrió camino cediéndoles el paso. Alcanzaron a ver un escritorio viejo, una silla, ampolleta colgando del techo y varias figuras avanzando. No vieron nada más porque les ensacaron las cabezas anudándoselas diestramente al cuello. A uno le cruzaron una tira de tela adhesiva ante los ojos. Les anudaron las manos a la espalda y esposaron los tobillos. Giraron varias veces sobre si, volteados con fuerza, dando botes contra las paredes y muebles. Les envolvía la refrescante fragancia de loción de afeitar. Arrinconaron a tres y al cuarto le bajaron los pantalones. ¡Agáchate en la mesa! Grito susurrado cerca de sus oídos. Pinzas en el pene. Con un alambre le hurguetean el ano. Se retuerce y salta al fluido eléctrico seco que olea violentamente contra los pliegues internos del cerebro, chicharreando en los oídos. Alza la cabeza, pero un lacazo se la baja aplastándole la nariz contra la madera de la cubierta. Suspenden la corriente. El metal frío de las pinzas y alambre provoca escozor de burbujas. La segunda descarga es más potente. En los ojos tiritan telarañas luminosas chorreando lágrimas. Escucha un grito desgarrado. Sale de su propia garganta. El corazón late en cada tímpano desde fuera. Aire helado circula sobre la transpiración de las piernas desnudas. Yace de un costado en el suelo. Abre los ojos. Oscuridad. Voces. Alguien se queja a su lado con la boca abierta. Al segundo muchacho, cabalgando en la silla, le mantienen la lengua afuera tirándosela con pinzas, como pez cazado por el anzuelo. Si intenta entrarla se la atraviesa. De sus labios cuelgan gotas de saliva enrojecida. Y la electricidad entra en chorro de arena caliente y corrosiva. Aprieta desesperado los dientes, mordiéndose su propia lengua se atora tragando líquido viscoso, salobre. Oye una palabra repetida, amplificada, superpuesta: ¡Párate! Se levanta. Manos y pies están libres. Camina débilmente empujado por la espalda. La lengua hinchada colgando fuera de la boca le dificulta respirar, pero no duele. Le quitan la venda. Delante hay una puerta abierta. Velódromo. A su lado un brazo se apoya en su hombro. Atrás le siguen dos personas más. Los otros dos. A éstos solamente los golpearon. Bofetadas a la cara y estómago, puntapiés en los testículos, botándolos, levantándolos. En el capuchón con que les cubrieron la cabeza quedaron trozos de dientes y un par de anteojos molidos. Habían pasado casi cuatro horas. Y no les preguntaron nada.

Llamamos al suboficial que no arengó al llegar, pedimos médico que testificara las heridas de los cuatro muchachos. Apareció el suboficial orejón y el médico jefe del Hospital de Campaña que anotó y recetó. Más tarde envió remedios. Los médicos prisioneros del camarín los atendieron durante semanas, hasta su convalecencia. Los muchachos se negaron a aceptar atención militar en el hospital. Prefirieron el suelo y el hacinamiento de seres humanos entre los que podían dormir tranquilos. El suboficial escuchó nuestros reclamos airados, nos abandonó y posteriormente nos instruyó: ¡Nadie me sale de aquí si no es por orden mía, expresa mía, y si otra institución armada los pide a Uds. sólo podrán salir si van custodiados por mis hombres que me responderán directamente a mí!

Esa palabra se cumplió. Carabineros, tachos y hasta marinos llegaron a buscar gente. Si requerían su traslado a otra dependencia del Estadio la custodia corría a cargo de la guardia militar del sector. A veces salieron con papeleo, órdenes, formas y timbres. No supimos del destino de éstos. Lo cierto es que no volvieron al Estadio.

Los interrogatorios de ese período, ¿qué buscaban. . . ? Nos preguntaban por armas y por el Plan Zeta. Si los trabajadores amontonados por decenas de miles en el Estadio hubieran dispuesto de armas no serían prisioneros. El golpista Pinochet señaló posteriormente a la prensa que manejaba desde muchos meses antes los hilos de la conspiración. Si la oficialidad torturadora creía la existencia del Plan Zeta -con el que se eliminaría a todos los altos mandos de las instituciones armadas- estaba engañada. Si conociendo la verdad, castigaba y mataba, ¿qué factores la impulsaban a hacerlo? La pregunta nunca la pudimos responder en el Estadio, ni tampoco en los campos de concentración, donde nos apiñaron durante meses, años. La única explicación a tal ferocidad quizás parta del escarmiento a la "rotería" destinado a grabarle cicatrices tan profundas que nunca más volvieran a alentar propósitos de gobernar Chile.

Esa tarde habían partido tres militantes de las Juventudes Comunistas al velódromo. Después del escarmiento, volvieron cuatro.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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