Prigué
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"EL CATALEJO"


Capítulo 5

Correr con las manos en la nuca por entre los asientos ocupados, endilgar al baño sorteando las filas de los incomunicados, trotar en su lugar aguardando espacio en el tercer retrete, ingresar y en vez de bajarse los pantalones, poner los pies en la taza. Estirar el cuello e ir encajando las señas aprendidas: el ángulo superior izquierdo de la puerta del baño ajustarlo al cristal de la mitad de arriba de la entrada principal. Allí aparece un sector del letrero luminoso de una tienda que comunica el pasaje del Estadio Chile con la Avenida Bernardo 0'Higgins. Desde esa posición se ve un pedacito de calle, montones de tierra, autobuses. Manteniéndose un buen momento en el observatorio se las podía ver dándose vueltas, mirando hacia acá, serias.

Fue la primera vez que las vimos, esposas de presos buscando a sus maridos desaparecidos. Buscándonos.

La noticia nos alentó. Circuló en susurros de uno a otro grupo. Nuestros familiares nos buscan. Afuera hay mujeres.

Rudimentariamente tratamos de controlar los turnos de salida al baño. Funcionó más o menos hasta que debimos suspenderla porque la aglomeración casi denuncia la existencia del observatorio secreto. Pero ya regia otra vez en las calles el toque de queda y nuestro catalejo se salvó para entregamos la información en los días posteriores.

Llevábamos 48 horas en el Estadio Chile copándolo totalmente, galerías y cancha, pasillos y sótanos. Aparte del golpe y nuestra detención el mismo once no sabíamos nada. Nada del país y nada de nuestros familiares. Entre los conocidos se establecían diálogos pero la extensión de los hechos finalizaba en el lugar y momento del arresto o traslado al Chile.

Procedíamos de diferentes regimientos en los cuales quedaron más detenidos y muchos muertos. El trayecto de uno se parecía al de otro.

Cerco del lugar de trabajo por el ejército, aviación o carabineros. Ablandamiento a cañonazos, derrumbe de puertas, orden de salir con las manos en la nuca para tenderse en el pavimento, ingreso de las tropas al allanamiento y limpieza. Esto es, liquidar a los que no salieron en la primera orden y destruir en la búsqueda de los supuestos arsenales justificadores de los muertos y el golpe. Amontonamiento de hombres y mujeres en los camiones militares alineados y superpuestos como sacos de maíz, desembarque en un regimiento, primeros interrogatorios y repetición de flagelaciones. Pregunta más o menos igual a todos: ¿Dónde y quién tiene las armas. . .?

La operación puesta en marcha el 11 por la Junta cumplía sincronizadamente su misión de destrucción de los probables focos de resistencia en los cordones industriales de la capital. Mirando a los obreros con sus overoles apreciábamos la magnitud y alcances de la razzia. El Estadio Chile se repletó al segundo o tercer día. Supimos entonces que al Estadio Nacional afluía el excedente, fabricanos y pobladores raptados de sus hogares en operativos gigantescos e implacables.

Nos oprimía la angustia de la interrogante sobre las proyecciones del derrumbe.

Hasta el mismo día del golpe los estudiantes sentados como nosotros en las butacas del Chile dedicaban su tiempo y sus energías al traslado de trigo para abastecer los molinos y luego la harina para las panaderías. Santiago gemía bloqueada por el paro de los camioneros. Las carreteras a los puertos de San Antonio y Valparaíso, así como las panamericanas sur y norte, se encontraban prácticamente cortadas. Trenes o caravanas de camiones leales sólo podían romper el cerco si iban escoltados por tropas o grupos de obreros. Nos estaban agotando por

hambre.

Los obreros, mayoría entre los detenidos del Chile, eran los que mantenían la producción en las fábricas y minas. Las protegían del sabotaje y la huelga constantemente atizada por el enemigo derechista. La capital disponía de muy poca movilización colectiva, así que la mayor parte de la ciudad había que caminarla. Los trabajadores la caminaban. El pijerío provocaba desórdenes en el centro y durante las noches cortaba con neumáticos encendidos la Avenida Providencia, puerta del barrio alto. Sólo los médicos de izquierda y el personal auxiliar mantenían en funcionamiento los hospitales. La huelga del colegio médico causó muchas víctimas en las postas de urgencia y maternidades. Estaban matando a los pobres. El momiaje en el Congreso y Tribunales de Justicia extendía un amparo de palabrería constitucionalista para enmascarar el terror blanco desatado. En las fábricas, pese al agotamiento físico, se mantenía la producción a tres turnos y se garantizaba la distribución. Por arriba la neblina del caos, por la superficie la serenidad del trabajo. ¿Cuánto podríamos resistir en estas condiciones, y, en qué terreno se daría la definición? No lo sabíamos.

El tablazo por la espalda se descargó de uniforme

allanando las fábricas en busca de armas que no existían. Ley de Control de Armas. Cobertura legal, engendrada por la derecha en el Congreso y puesta aceleradamente en acción por los mandos golpistas de las Fuerzas Armadas a medida que conquistaban posiciones clave con el desplazamiento de los patriotas. Desorientación entre los trabajadores. Desorientación en la propia tropa retornando a la tradición de perseguir y matar a los pobres. Hábilmente articulan la divisoria entre los que visten uniforme militar y los que visten overol.

¿Las Fuerzas Armadas, cuyo generalísimo es el Presidente de la República, protegen los parques de camiones en huelga en lugar de sacarlos a trabajar, o requisarlos, como es su obligación...? .. .Así es. Y triunfan en la magistral baraja de cartas marcadas, trampeando con astucia de tahúr.

Ahora nos miramos las caras machucadas dando vueltas sobre nuestros zapatos como animales en la antesala del matadero. El agotamiento de las últimas semanas es lo de menos. Los cardenales morados de la piel, tampoco. Ignorados, permanecemos sombríos y anónimos, registrados en listas confidenciales, postergados por el olvido al mismo fin de aquellos que quedaron en las calles o regimientos atravesados por los corvos. Por eso un cosquilleo refrescante nos envalentona. Alguien silva despacito un himno que conocemos y cantamos numerosas veces: "en el día que yo muera... mi lugar lo ocupas tú..."

Caídos, deshabitado el lugar que ocupábamos en la vida accionando nuestra palanca, esas sombras fugaces animadas ante el catalejo nos inyectan su savia y las pulsaciones de su existencia. Existimos de nuevo.

Compañeras de años. Compañeras de hambres, huelgas, de festín en día de pago. Allí están empeñando energías por la libertad. Arriesgan también el carcelazo. Pero están. Se agrupan decididas en las proximidades del Chile.

Recién iniciamos el tránsito a la segunda mitad de Septiembre.

Contra la cordillera se recorta la humareda de los incendios de bombardeos aéreos. Tanques controlan el centro de la ciudad y patrullas acorazadas se internan a los barrios y poblaciones populares. Cualquier transeúnte es sospechoso y al sospechoso se le arresta a lacazos. Si su ademán sugiere intento de huir se le dispara y mata. Hay vidrio, madera astillada y desconchaduras de concreto en las veredas. Manchas de sangre mal borradas. Tronar de motores, gritos que son órdenes, muebles rotos, libros quemados. Chile entero paralizado para permitir la exclusiva ocupación obsesiva de esos días: uniformados cazando civiles. Otro terremoto arruina la veleidosa coquetería de Santiago, ensangrentado trozo del planeta que gira en el espacio despidiendo detonaciones.

Dos días después del golpe levantado por unas horas el toque de queda las viudas presuntas salen en busca de los suyos. Dejan los hijos con las vecinas. Recorren caminando las cuadras que les separan del primer cuartel policial o regimiento. Preguntan y no obtienen respuesta. Las expulsan sin explicaciones. Como conejos asustados aproximan sus cabezas dos o tres. Dicen que allá... depósito de cadáveres, hospitales. . . dicen que acá. . . asistencia pública, morgue... Establecen rutas y las siguen exactamente. Otro regimiento, un nuevo cuartel. Prefecturas. Comandancias. Tenencias. No pueden formar grupo y dos que vayan juntas son un grupo. Desgranado traqueteo de la ciudad de sur a oeste y de norte a norte. Transporte circula poco. Arribar

a una meta es largo y cansador. En el centro y extramuros se dispara. Pero incluso la mujer que camina con su chiquillo menor en brazos contacta con el punto fijado. A veces la carretela es excelente medio de movilización, y se utiliza. Las echan de todos lados. Ellas se apartan y observan desde alguna distancia. Allí se quedan. Uniformado al que ven, le preguntan. Violan rígidas reglamentaciones de conducto regular. Golpean a algunas, detienen a otras. Y hay quienes reciben por respuesta un tiro. Pero aparecen más. Las poblaciones son inagotables hervideros de angustia destellando interrogantes acusadoras.

Uno de esos grupos desarticulados vimos desde el catalejo del Chile. Al otro día era más grande y más compacto. Las empujaban con las culatas de los fusiles. Algunas caían. Revolcadas y sin quejarse esperaban el cansancio de los guardianes y recuperaban el sitio conquistado antes. Allí permanecían. Y preguntaban. ¿Está vivo. . .? . . .¿Dónde lo tienen? ¿Por qué? . . Mi hombre no es delincuente. ¿Cuándo lo van a soltar. .? El fusilero de casco naturalmente no sabe. Se activa por una orden. Pero le agota su ronroneo persistente y se aleja hasta que la orden superior le recuerda su obligación de echarlas. Con una carga de bayonetas las obligan a correr, cayéndose y levantándose. Y con disparos al aire las dispersan más lejos. De a una iban apareciendo de nuevo, acercándose tímidas, parándose cerca, preguntando. El combate de la bien entrenada tropa con las mujeres desesperadas finalizaba con el toque de queda y se repetía al día siguiente. A medida que pasaban los días las mujeres llegaban en mayor número y más próximas al objetivo.

Retornaban silenciosas y cansadas a sus hogares llorando las nuevas viudas. Y las otras, aún cuando ignoraban si sus compañeros vivían, y, si vivían, dónde yacían apresados, les bastaba detectar un centro de detenciones para concentrar allí su colmenar de merodeo de horas, días, meses. Circuló el rumor que ¡en el Chile encerraron gente! El acordonamiento y el descomunal despliegue de guardia lo confirmó. Las balaceras, los chorros de agua de los "guanacos", las detenciones, los apaleos fracasaron con ellas, porque sólo desaparecieron cuando el estadio se cerró vaciado de su primera época porque todos los prisioneros fueron trasladados al Estadio Nacional. Pero ellas, acrecentada su masa infatigable aparecieron sitiando el Estadio Nacional, tantas y tan activas, que las fuerzas de combate escogidas por su eficiencia y disciplina para custodiar treinta mil prisioneros de guerra, perdieron la iniciativa y el terreno después de los infructuosos embates para dispersarlas.

Guiadas por el afecto descubrían campos de concentración agrupándose en su tomo. Organizaban caravanas de vehículos y llegaban a Chacabuco. Les negaban salvoconductos y autorizaciones. Sus viajes a Antofagasta, y después al interior de la pampa, demoraban semanas. Recorrían a pie kilómetros cargadas con paquetes de ropa y alimentos. Se sentaban jornadas enteras bajo los árboles de Puchuncaví aguardando el permiso para ver y conversar con los prisioneros de Melinka. Hostigaban a interrogaciones a la guardia de la Base Aérea de Quintero para conseguir entrada a Ritoque. En Punta Arenas reiteraban por romper la negativa de embarcarse a Dawson. No perdieron nunca la confianza de lograr los objetivos trazados, aceptando como conformidad provisoria, primero el mensaje, luego la carta, pero bregando por la entrevista personal, la visita directa, la solución definitiva: la libertad. El Talcahuano, frente a la Quiriquina hacían colas calladas y tercas; en los muelles de Valparaíso custodiaban pacientemente al Lebu con sus bodegas atestadas de hombres detenidos. En Rancagua, en Temuco, Linares, Copiapó, rodeando el Estadio Regional de Concepción, otra prisión como el de Santiago. Regimientos, cuarteles policiales y cárceles pasaron a constituirse en sinónimos incesantemente recapitulados de su hormigueo de faldas batiendo esperanzadora solidaridad.

Acudieron a los curas de sus parroquias. Hablaron con los obispos. Se entrevistaron con el Cardenal. Las iglesias las acogieron y consolaron. No preguntaron por ideologías. Las vieron desamparadas, perseguidas y les tendieron su fraternidad cristiana. Las primeras mujeres que lograron penetrar a Chacabuco antes de la Navidad del 73 iban escoltadas por monjas y sacerdotes. Durante el demoroso trayecto cedieron sus conventos para reposo de las peregrinas.

El 4 de Noviembre de 1973 conquistaron la victoria de una visita colectiva a los prisioneros del Estadio Nacional. Terminaron así con la incomunicación impuesta a decenas de miles de presos, entre los que había centenares de mujeres. Las autoridades militares no las conocían todavía. Pensaban en histeria colectiva, desmayos, y programaron el aprovechamiento en su favor del desborde de cariño. Por eso distribuyeron tiendas de la Cruz Roja y camillas. Mantuvieron alerta a la televisión en plan de registrar su humanismo.

Las mujeres guardaron sus lágrimas conteniendo la emoción. Callaron desvelos y trasnochadas insomnes. En cambio animaron, sonrieron. Arremolinadas tras la cerca captaron la primera visión directa de los suyos, concluyendo en la necesidad de garantizar la máxima periodicidad de estos encuentros.

Hasta ese día miraron al Estadio desde afuera, oyendo a los altoparlantes llamar nombres al Disco Negro. Vieron las salidas en libertad de algunos y su carrera de deslumbramientos por las calles abiertas, respondiendo nerviosamente las preguntas que les formulaban. Pero el sobrecogimiento de horror y miedo producido en el interior del Estadio tras cuyas rejas de seguridad se apelotonaban como monos maridos, hijos, padres, novios, hermanos, lo sobrepusieron. Y no comentaron el envejecimiento y roturas fulminantes de ropas, encanecimientos prematuros, delgadez de siluetas y color amarillo y verdoso de las pieles. Descolgaron con serenidad algunas penurias, las indispensables. Y desde los portones movían sus manos en alto cuando salían. Durante horas flotaron sus perfumes.

Las tiendas de la Cruz Roja permanecieron inactivas y las camillas inmóviles. Las mujeres posiblemente desbocaron el tormento de su llanto esa noche en la intimidad de sus sábanas.

Desapareció el marido y desapareció el salario. Nos desespera la impotencia para aportar sustento a la economía del hogar. Pero ignoramos la total magnitud del esfuerzo diario emprendido por las mujeres para la subsistencia, pues las que trabajaban, también fueron despedidas de sus ocupaciones. Algo nos cuentan de costuras de amanecida, del tejido y la elaboración de la ropa, compra y venta de artículos de belleza, atención de un kiosko de fruta, cocido de pan y empanadas, distribución de dulces a la salida de los colegios. Se las ingenian de muchas maneras para mantener a los hijos y enviarlos limpios a la escuela. La solidaridad del barrio es grande, pero insuficiente. La agradecen, pero no la desean como norma de vida. La noche de la enfermedad de la hija decidió la venta del televisor y para pagar el pasaje a los hijos que también querían visitar a su padre recluido en un campo de concentración vendieron los relojes y el tocadiscos.

Al hombre se le lleva semanalmente alimento tratando de evitar que continúe enflaqueciendo. Deshace su living y remata los muebles. Ella nunca falta el día de visita. Y cuando los hijos no han sido expulsados llevan su mejor regalo, buenas notas en su libreta.

Las casas se desmantelan lenta y fatalmente. La ausencia del hombre y la partida de aquellos objetos conformadores de un hogar, la repisa y los manteles, la lámpara y las cortinas, la hacen aparecer más grande y fría. Se producen mudanzas. A veces la casa se cambia por una pieza si es que no hay parientes capaces de recibirlas como allegadas. Vaciado irreverente del ordenamiento de objetos caseros, elegidos y colocados por sus manos, más, la ausencia del marido, torna la angustia en un sentimiento que la mujer rechaza acoger y alimentar: ¡ODIO!

Nos cuentan visiones reveladoras de las que son testigo. Brotan plantitas entre escombros llovidos. A sus ligas de solidaridad concurren gentes de procedencia insólita. Las caras de quienes las atienden en diversos establecimientos a los que deben concurrir cambian paulatinamente en su favor en atenciones solícitas. Los uniformados, soberbios al principio, visten de civil para caminar por las calles. Al consolidarse la dictadura los profitadores del régimen desnudan sus dientes manipulando hilos económicos tras uniformes galardonados. Caen los letreros del área social y se clavan apellidos conocidos de la fauna criolla y transnacional. Con los viejos apellidos retorna a la nave de la fábrica el paseo del capataz de sobre azul. Reclamar al fin de semana por un descuento desmedido significa autocalificarse de extremista con destino a la cárcel. Para quienes alertaron y combatieron el golpe es la situación prevista. Para aquellos que permanecieron indiferentes o lo alentaron es descubrir el terror tras la duda. Menos trabajo y peor pagado. Dos categorías de parias acrecientan su número: los perseguidos políticos y los cesantes. Ambos, por cierto, carecen de derechos.

Lo que no destruyó el allanamiento desapareció transformando en cebollas y leche. También en la casa del trabajador que no participó en política.

Estas cosas nos las ilustran las mujeres en sus visitas al contamos del compadre viudo, del mecánico vendedor de pescado frito, del vecino que se pegó un tiro, de la muchacha de trenzas de la casa con balcón convertida en salidora con hombres profesional. Aquello que callan lo escuchamos de los nuevos detenidos. Caen por decenas y sufren rigurosos castigos en los interrogatorios. Y muchos de ellos forman parte del delicado aparataje de respuesta al rigor fascista.

Mirando a Chile al revés, como nos sucede a nosotros, captando únicamente retazos de una realidad transcurrida más allá de paredes y alambradas, despejada la polvareda del derrumbe, asistimos de lejos, y sin poder ayudar, al amarre del articulado del tejido transparente, activador del renacimiento y del que no estuvieron ausentes las sonrisas dulces de los ojos femeninos. No era errada la revelación que nos hizo el catalejo el primer día.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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