Prigué
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"EL PRÍNCIPE"


Capítulo 4

Un Príncipe rubio de ojos verdes, alto, fornido. Ajustado en la talla del uniforme militar portaba a manera de cetro un "linchaco" flexible y dócil a sus requerimientos. Cabeza esférica de pelo casi rapado. Pretendía afirmar su virilidad en la potencia y sonoridad de su voz de barítono. Pero si camina mirándonos desde lo alto de su grado de oficial esa humanidad musculosa se ablanda en un quiebre de caderas más bien feminoide. Cuando nos habló la primera vez apartó el micrófono conectado al potente juego de amplificadores del Estadio Chile:

- ¿Me escuchan los de abajo...?
- Si.

- ¿Me escuchan allá arriba...?
- Sí.

- ¿Me escuchan bien en aquel rincón...?
- Sí.

- ¿Me escucha la cloaca extranjera...?
- Sí.

- Tengo una voz de príncipe.

Era el amo. Manejaba la recepción y acomodamiento de los prisioneros. Ordenaba a una fila completa trasladarse numerada a las aposentadurías del frente. Regresar después de cuatro horas al sitio primitivo. Reiteraba el carácter estricto de las medidas de seguridad vigentes allí y su decisión de obligamos a cumplirlas irrestrictamente, demostrándonos la obediencia suprema de las tropas a su cargo.

- Esas ametralladoras ubicadas allá arriba son punto cincuenta. Sus balas no atraviesan, cortan. Las cuatro de las esquinas son punto treinta, también cortan a un hombre con sus ráfagas. Mi gente, como Uds. ven, maneja fusiles ametralladores. Y sabe manejarlos bien. Aparte de la guardia interna, hay una guardia externa rodeando este Estadio, luego otros anillos vigilantes más afuera. No se hagan ilusiones de que podrán ser liberados por una fuerza atacante, porque sus amigos serían detenidos muy lejos. Y en ese caso, además, los sirvientes del interior les matan a Uds. en un par de minutos, ¿está claro.. .?

Francamente no estaba claro. ¿En qué mundo vivía el Príncipe. ..? ¿Qué supuestos ejércitos en combate acudirían al Estadio Chile a liberar a estos prisioneros. . .? Tiempo después entenderíamos que no hablaba tonterías. Su discurso, aparentemente dirigido a nosotros, iba con otra dedicatoria: sus tropas. Nos vigilaban atentas, pero oían a su superior repitiéndonos a nosotros, los que antes les informaron a ellos. Saldrían a combatir con tropas enemigas con las que hasta ese instante no habían contactado. Limpiando el terreno cayeron civiles muertos y estos otros prisioneros. Pero el encuentro se produciría fatalmente de un momento a otro. De ahí las medidas adoptadas.

El discurso del Príncipe fue largo. Suspendido a veces por sus salidas, los proseguía desde otro lugar y en otro momento, paseándose por corredores superiores o desde los balcones laterales. Uno de los pocos militares que cuidaba no remachar con groserías sus alocuciones y que además, una verdadera excepción, hablaba de corrido. Era sin embargo temible, despiadado.

- ¡Salga al trote y formada de a uno la cloaca extranjera!

Desde su rincón, donde los mantenían apartados de nosotros, se levantaban los extranjeros allí detenidos. Como cien. En una lección ya aprendida se paraban lado a lado mirando una muralla, alzaban sus manos y abrían las piernas. El PRÍNCIPE pasaba detrás de ellos, y hábilmente, con su linchaco, les azotaba los testículos.

- ¡ Regresen a su sitio, a la carrera! Personalmente actuaba en la recepción de los que llegaban.

- Se acabaron los sindicatos, señores, y el desorden. Ahora habrá que trabajar y producir. No más mítines y desfiles. Tampoco aceptaremos nunca más a los extranjeros en nuestro territorio. Resaca venida de otras tierras no la queremos. Que se guarden sus inmundicias en sus países. ¿Escuchó la cloaca extranjera. . .? Nuestra raza chilena es noble y bella. Debemos limpiar nuestra sangre de las mezclas inferiores que la estaban degenerando. Fuera los judíos y los negros, sí señores. Estamos sepultando para siempre el marxismo y a Uds. marxistas despreciables, óiganlo bien. No sé lo que van a hacer con Uds., pero mientras permanezcan en mis manos, les daré lecciones que nunca olvidarán.

En las aposentadurías del Chile no existía diferencia entre el día y la noche. Al enceguecí miento provocado por las luces ubicadas en el techo y las barreras separadoras de las diferentes localidades se sumaba la intermitencia de faro de los reflectores manejados por los uniformados batiendo y retornando con sus rayos a las caras, ladeándose por el sueño. Únicamente el viaje a los retretes del lado de la entrada principal permitía saber si en el exterior había sol o continuaba la oscuridad. La tercera noche sin dormir acentuaba la tensión de los nervios respondiendo en respingos independientes de la voluntad a los estímulos de luz y sonido. El Príncipe hablaba y hablaba. Mandaba formar a los extranjeros para palparles el crecimiento de los testículos sometidos al tratamiento del linchaco. Ordenaba a seis soldados descargar sus armas contra el techo. Cumplía su propósito de darnos lecciones que nunca olvidaríamos. Como que nunca las olvidaremos.

Como esa del jueves o viernes cuando el hombre de traje azul marino y camisa blanca sentado en una primera fila estiró inconscientemente un pie al pasillo en un momento inoportuno. Pasaban por allí seis soldados con fusiles apuntando al techo. Tropezó levemente el de adelante y los restantes se detuvieron. El hombre despertó sobresaltado y se mantuvo tomado a los brazos del asiento.

- Limpia tu honor mancillado, le gritó desde el otro lado el Príncipe.

Se dio vuelta el soldado propinándole un culatazo en la cara al prisionero. Este, enceguecido por la sangre y la rabia le agarró el fusil pretendiendo arrebatárselo. Los cinco restantes se alejaron unos pasos en semicírculo apartando a quienes se encontraban cerca y apuntándoles con sus armas.

-- Nadie se mueve, tronó el Príncipe. Al que se mueva me lo matan.

Las ametralladoras pesadas giraron en sus soportes. La gente de la cancha volvió a sentarse lentamente. De cada asiento una cara miraba en dirección del incidente.

El prisionero, hombre cincuentón, de pelo ralo, sangraba de la boca, pero no soltaba el fusil tratando de desviar la culata. El soldado lo arrastró fuera del asiento tirando del arma y le entró un rodillazo en el bajo vientre. Pero el civil, doblándose en quejidos, lanzó desesperadamente su mano hacia adelante e impactó en la mandíbula del adversario. Un casco rebotó en el pavimento con estruendo de latas. El soldado perdió apostura, ahora sobre su rostro de adolescente con espinillas mostraba más que furia, espanto y dolor. Los demás soldados del grupo se fueron encima del civil y terminaron de derribarlo en lanzazos de los cañones de las armas.

- Déjenlos solos, aulló el PRÍNCIPE espectante.

El soldado sin casco pateó la cara del caído. El también sangraba y chorrillos rojos bajaban por la guerrera. El terno azul marino del hombre del suelo también estaba enlucido de rojo. Y salpicó sangre alrededor cuando abrazó las botas del uniformado palanqueando con su cuerpo para botarlo. Sin embargo le quedaban pocas fuerzas y en el aturdimiento entregaba su cabeza como blanco perfecto a la culata. Tomado con las dos manos su fusil, el guardia lo levantaba y dejaba caer sobre la cabeza de su contendor apisonándola, desgarrándole la piel del cráneo, ya blanqueando sobre una oreja partida. Y como el hombre no le soltaba los pies aumentaba la velocidad y potencia de sus golpes. Erró la cabeza dos o tres veces. Crujió la madera y volaron astillas de la culata. El bulto del suelo rodó escala abajo, desvanecido. Trastabilló el soldado, descendió los peldaños, y descargó el arma de culata descascarada sobre la cabeza. En el silencio total de las respiraciones contenidas el acero quebraba huesos y volvía al aire impregnado de masa amarillenta. La cabeza del cadáver, despedazada, abierta en la nuca. concentraba toda la luz de los reflectores dirigidos a ella. Con los ojos cerrados el uniformado golpeó dos o tres veces más. Soltó el fusil. Llevó sus manos a los oídos y se estremeció en llanto histérico mirando la obra realizada, el cabal cumplimiento de la orden. Sus compañeros lo rodearon y condujeron al exterior a la carrera. En la escala, el muerto de terno azul marino abrió los dedos que mantenía empuñados rígidamente. Las manos encallecidas quedaron con las palmas vueltas hacia arriba, hacia donde partía la luz de los reflectores.

El asesinato del niño de nueve años transcurrió mucho más rápido y en ese mismo momento. Se levantó el muchacho del lugar donde lo mantenían sentado, trepó a saltos a una escala, chocó un soldado y le topó el fusil. El uniformado, casi doble en estatura y corpulencia dirigió el cañón del arma al pecho del niño y disparó una, dos, tres veces. El cuerpo pequeño congeló las acciones y se desplomó muy despacio.

Dos cadáveres en dos puntos distintos enseñaban que las amenazas del PRÍNCIPE efectivamente eran reales. Porque incluso los dos cuerpos ensangrentados permanecieron varias horas a nuestra vista antes que acudieran unos médicos de delantal blanco a certificar las muertes, y posteriormente los camilleros a retirarlos.

- Torpes, estúpidos. Aquí no hay reclamos, ni desobediencia. El que no acata totalmente mis órdenes, lo mato, clamaba el PRÍNCIPE.- ¿No entienden que Uds. ya no son nadie. . .? ¿Nada? Prisioneros de guerra, esa es su condición. Bazofia. Excremento. Menos que animales.

Uno se paró en el borde de las barandas superiores. Levantó ambos brazos y gritó:

¡Viva el Presidente Allende! ¡Abajo el fascismo!

Y se lanzó hacia la cancha, diez metros más abajo. Al estrellarse se quebró el cuello y murió en los brazos de los compañeros. Su cadáver estuvo también horas, muchas horas, solitario, observado en circulo de prisioneros impotentes, rígidos.

El Príncipe entonces ordenó a sus tropas disparar. Flotó humo y cayó polvo de yeso del techo perforado. Obedeciendo su orden los prisioneros nos tiramos bajo los asientos y los de la cancha se tendieron de vientre. Desde el exterior llegó otra sinfonía de tiros. Las lecciones que no debemos olvidar.

En la noche del viernes al sábado nueve compañeros enloquecieron. Les cortaron el mal rodándoles la muerte a balazos.

La imposibilidad de dormir aceleraba el desconcierto en torno a los horarios y los ritmos de la vida normal. Se cabeceaba apenas y las órdenes del Príncipe obligaban a pararse, cambiarse de lugar, volver de nuevo. El hambre la apagábamos con agua. Reglamentariamente se nos alimentaba, pero en la práctica los fondos de café y los porotos que ingresaban una vez al día alcanzaban para algunos. La gran mayoría no tocaba rancho. Por eso el agua. Cuando uno se desmayó y gimió apretándose el estómago con ambas manos, los que estaban cerca afirmaron que el ataque lo produjo el hambre. Conocedor del comentario, el PRÍNCIPE ordenó desparramar en el suelo un fondo de lentejas y los que tuvieran hambre lamieran el piso.

Una mañana, sin la presencia del PRÍNCIPE, apareció el Mayor Acuña. Hombre reposado de garganta asordinada por la nicotina, cambió el trato. Personalmente vigiló la llegada del pan y su repartición de a media unidad por cabeza. Posteriormente lo encontramos en el Estadio Nacional leyendo listas de los que salían en libertad. Nunca tuvo una palabra de aliento para los presos, pero tampoco nunca un insulto. Repentinamente desapareció. Comentaron en el Estadio que su ausencia se debía a un "accidente" automovilístico.

Después de breves desapariciones, el Príncipe asomaba su cabeza rapada y reiniciaba los discursos. Infaltablemente se dirigía a los extranjeros arrimándolos contra la pared para cumplir su rito. Acariciarles por atrás los testículos y luego fustigárselos con el linchaco.

Los retretes rebalsaron excrementos muy pronto y los orines corrían por los pasillos en caudales malolientes.

En uno de esos pasillos inundados y fríos, donde mantenían a determinados prisioneros, vimos a Víctor Jara, quieto, en una silla aislada. Nos saludamos. Al día siguiente todavía permanecía allí. En su frente crecían machucones. Pero mantenía la serenidad de su sonrisa. La misma que lo vistió siempre. El lunes 10 de Septiembre lo habíamos encontrado en la radio oyendo una de sus últimas grabaciones, el Himno de los Trabajadores de la Construcción. Aquí, en el Chile, vivía sus últimas horas. porque cuando nos evacuaron hacia el Estadio Nacional, Jara ya había muerto a manos del Príncipe y sus hombres. El estremecimiento causado por la noticia de su muerte nos impulsó a cantar sus canciones en los campos de concentración, sabedores que las oiremos de nuevo cuando abramos las grandes alamedas por donde pase otra vez el hombre libre de esta tierra.

El domingo 16 de Septiembre finalizó la evacuación del Estadio Chile, íbamos al Estadio Nacional, porque allá se aceleraría la revisión de cada uno de nuestros casos por los fiscales militares, quienes no contaban con comodidades para trabajar en este recinto atestado de gente. El lunes a más tardar gozaríamos de la libertad porque el lunes 17 había que estar ya trabajando. Así lo dijo el coronel Espinoza cuando nos visitó por primera vez y nos habló a todos. Era una de las primeras mentiras oficiales que escucharíamos, porque después tendríamos tiempo de oírlo tratando de envolvernos en muchas otras.

Trotamos a la calle enfilados de a uno, manos en la nuca, casi rozando los microbuses de recorridos capitalinos y provincianos arrimados a la cuneta. Subimos y tomamos asiento aliviados del contacto con la luz natural de un suave sol de atardecer.

- ¡Al sucio upelientos del carajo!

El carabinero nos daba estas indicaciones desde el asiento del chófer.

- ¡Botarse en los pasillos y bajo los asientos! ¿Que se imaginan los huevones...? ¿Van de paseo. . .? ¿Hijos de puta. . .? ¡Y miren, estas cagadas querían gobernar el país. ..!

Llegamos al Estadio Nacional sin ver el trayecto, mirando únicamente las latas oxidadas del piso del vehículo y las botas lustrosas donde guardan el cerebro nuestros carceleros. Cinco días sin dormir y sin comer nos han debilitado y nos movemos maquinalmente, indiferentes a la verborrea de estos uniformes verdes y sus aspavientos machistas. Incapaces de asestar una bofetada el desparramo de veinte del piso del microbús llevamos una custodia que nos duplica en número. Ellos se relamen altaneros y feroces. Nosotros amargados por los muertos y el derrumbe de nuestro Gobierno, y tan avergonzados por el espectáculo protagonizado por el Príncipe. Nos recalcó que no lo olvidaríamos. Y claro que no lo olvidaremos. Recordaremos siempre ese centenar de extranjeros pateados por un régimen que no es nuestro, pero que es de Chile. Porque fue en nuestra patria donde les aprisionaron, humillaron y vejaron. Lo que suceda con nosotros no tiene importancia, porque estamos en casa y lavaremos un día esta ropa sucia. Conocemos precedentes de una brutalidad masiva desplegada contra seres humanos venidos de otros países, únicamente en la racista Alemania hitleriana. No lo olvidaremos. A ti Príncipe, te vimos bien varios miles de chilenos y recordamos cada uno de tus rasgos. Aunque te saques el uniforme y te dejes crecer el pelo y la barba te reconoceremos.

Y si te escondes te reconoceremos y te encontraremos.

Tú, y los otros como tú, pagarán cada golpe, cada insulto.

Asesino traidor de tu patria, tu bandera y tu uniforme.

¡No tendrás paz, hasta que revientes!

¡Recuérdalo tú, también!


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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