Prigué
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"EL QUE NO SALTA..."


Capítulo 3

Durante un buen rato rodó el camión por calles desocupadas. Imposible determinar la dirección. Las barandas metálicas detenían las miradas en latones sucios. Crecían las peladuras de los codos. Calle asfaltada, una vuelta, adoquines, pavimento liso. Camino con luces de neón muy blancas. Oscuridad otra vez. Frenada. Pasamos lentamente bajo un arco de cemento amarillo. Parece que llegamos a nuestro destino. ¿Dónde nos encontramos.. .? Detención. Olor a aceite quemado.

- Bajarse.

Con dificultad nos erguimos y caemos al suelo.

- Numerarse de a cinco.

Los que nos conducen nos rodean y nos obligan a correr agrupados entre ellos hacia pabellones de un piso. Un pasadizo entablado. Retumban las pisadas en la madera vieja. Ante una puerta abierta trotamos en nuestro lugar acicateados por los culatazos y los gritos.

- Déjenlos aquí. Ahora son nuestros. Más golpes en las costillas.

- Déjenlos aquí he dicho, y retirarse.

Los que nos conducen dejan de golpearnos y retroceden blasfemando. En la habitación hay bancas apegadas a las cuatro paredes. Nos hacen pasar indicándonos que podemos sentamos. Tubos fluorescentes en el cielo raso. La intensidad de la luz nos molesta la vista. Una ventana cerrada. Desde la puerta nos observan varios uniformados, un suboficial alto, narigón, moreno. Un capitán boina negra. Varios soldados. Curiosidad en sus miradas.

Realmente traemos un aspecto lamentable. Despeinados, camisas sucias con desgarros, pedazos de forro escapando de las hombreras de las chaquetas, pantalones con rajaduras. Y sobre esa vestimenta las manchas de tierra, sangre, meados, grasa. Caras de mirada deformada por el desconcierto, la rabia, la angustia de la espera a lo desconocido en acecho. Pronto las manchas moradas reemplazarán a los abultamientos de las cejas, bocas, mejillas. Pero además portamos un cargamento de fetidez añeja, del acumulamiento de suciedades trapeadas por las ropas, de transpiradas frías que se evaporaron.

Pronto llega otro grupo y otro. A las dos horas ocupamos la totalidad de las bancas, las que nos esperaban y las que trajeron. Los nuevos grupos comienzan a ocupar también el suelo, hasta que la habitación se repleta de cabezas, rodillas, respiraciones fatigadas.

- Se encuentran transitoriamente detenidos en el Regimiento Buin, hasta tanto la Fiscalía Militar se haga cargo de Uds. Ahora deben formar en el pasillo.

Lo hacemos.

- A este lado dejan los cinturones, corbatas y cordones, y sobre esta mesa los documentos. A medida que lo hagan entran de nuevo a la pieza.

- ¿Puedo pasar al baño? - pregunta uno.

- Si. Pero en orden y no más de dos a la vez. La totalidad sentía necesidad de evacuar o beber. Así que debimos mantenemos con la mano levantada en tanto nos llegaba el tumo de pasar al retrete. Desde algunos metros de distancia nos custodiaban los soldados indicándonos el trayecto. Luego se quedaban en la puerta esperándonos.

A la casi totalidad le sucedió lo mismo: arrepentirse de la obligación de ceder ;il cumplimiento de una necesidad biológica, porque unas uñas afiladas despertaban en los conductos internos y los recorrían con la orina, que goteaba enrojecida por la sangre. Alambres finísimos parecían envolver los riñones y tironearlos a un descenso inútil encajonándolos en cavidades endurecidas y taponeadas con filtros de arena caliente. Vértigos.

Lo poco de noche que nos quedaba lo pasamos en esos viajes atormentadores después de cada uno de los cuales el que volvía emitía gemidos similares.

El sol de la mañana nos agregó palidez. Y esas dos o tres horas de descanso sin dormir en el silencio de la habitación de aire viciado nos dio conciencia del estropeamiento muscular. El acomodamiento en la banca o tablas primero molestaba y después dolía, hasta que el simple detalle de volver la cabeza repercutía en los huesos.

A media mañana nos dieron café, disculpándose de no acompañarlo con pan. Después escribieron nuestros nombres en una lista a la que sacaron copias.

- La copia con los nombres de Uds. quedará en el Buin. Es la constancia que llegaron vivos y que de aquí saldrán vivos.

Como a las dos de la tarde pidieron voluntarios para acarrear unos tablones con los que armaron un mesón en el pasillo. Nos proveyeron de tazones de plástico llenos de porotos con papas y carne, agregaron un medio pan por cabeza. El suboficial moreno seleccionó a los cuatro más gordos y les repitió la ración. Soldados sin fusil se asomaban entre los hombros de sus camaradas de guardia, nos miraban al interior y se iban comentando en voz baja. Quedaban pocos cigarrillos, así es que sin hablar establecimos su distribución racional entre los sesenta u ochenta prisioneros. Cuando abrieron la ventana para airear la habitación vimos árboles en el exterior y a lo lejos los faldeos del cerro San Cristóbal. De por allá llegaron ecos de disparos. Flotaron helicópteros y la balacera se acercó por algunos momentos. Cuando finalizó volvieron a cantar los pájaros. Pasaron lista y corrigieren los nombres o apellidos mal escritos. A las cinco de la tarde nos comenzaron a llamar. La relativa tranquilidad fue suprimida de inmediato por el anuncio formulado.

- Los reclama la fiscalía militar. Vuelven al Ministerio de Defensa.

Sabíamos su significado. Las horas vividas allí la noche anterior presagiaban su repetición inquietante.

Marchamos formados de a uno pasando al lado de un montón de corbatas desde donde debíamos recoger rápidamente la nuestra. Después los cinturones y los cordones de los zapatos. Los carnets los devolvían gritando nombres. La fila caminó al exterior donde varios microbuses "Recoleta Matadero" esperaban con sus motores en marcha flanqueados por jeeps y tropa.

- La guardia que les acompaña, va para protegerlos. La gente quiere matarlos. Nosotros lo impediremos. Hay muchos francotiradores todavía que disparan contra los prisioneros.

Curiosa situación. Guardamos los comentarios. Subimos y nos ubicamos. También al lado de chófer y en el asiento de atrás van soldados, nos apuntan.

En los patios, bajo los árboles descansan soldados de pechera anaranjada y cabeza descubierta. Otros con su armamento pasan número. Suben veloces a los camiones y parten. Cuando la caravana que nos conduce se pone en movimiento miran desganados y continúan paseándose silenciosos o tendidos en la sombra. Pocos entre los prisioneros son tan jóvenes como ellos. ¡Y cómo se endurecieron en las últimas 24 horas! Ahora son hombres que dispararon sus armas contra hombres de su familia. Y los mataron. ¿Pensarán eso.. .? ¿O en su hogar de barrio pobre. ..?. No. Todavía vibran en sus cerebros juveniles las arengas de los oficiales pronunciadas en la madrugada de ayer. Los llamados al combate contra una fuerza indeterminada y diabólica, atrincherada en el Palacio de La Moneda, dispersa en las poblaciones obreras, tendiendo las celadas en los cordones industriales. Organizaciones malignas preparadas para el exterminio de esos oficiales-padres guardadores solemnes del honor de la tricolor. Por eso la necesidad de arreciar la disciplina y reaccionar rápidamente en la misma dirección de la orden superior. Correr sin mirar sobre el obrero muerto, porque si no lo matas tú primero te matará él a ti. La patria recogerá tu nombre y tu figura. Y aparecerás modelado en mármol formando en la galería de los inmortales, envuelto para siempre en los pliegues imperecederos de la gloria eterna. . . O, ¿pensarán en sus hogares de barrio pobre?

Toman por Recoleta. Casas de dos pisos y fachadas deslucidas. Ropas asoleándose en balcones y patios. Puertas y ventanas cerradas. Banderas en algunos mástiles. ¿Banderas. . .? Las veredas sin transeúntes en el atardecer de un barrio de Santiago no existen. Las puertas con la silla donde la comadre aprecia el transcurrir del tiempo en su vecina, tampoco existen. Y las esquinas con la gritería de los chiquillos, no son verdad. La pareja tomada de la mano en dirección al beso que oficializa el romance, es pura imaginación. Vega Central. Sólo paraguas de moscas bajo toldos abandonados recorren la verdura secándose podrida desde el día anterior. Estación Mapocho. Desaparecieron los cargadores de gorra roja capitaneando escuadrones de maletas y canastos. El llamado eterno del ofertante gentil de un taxi al puerto, no se escucha. Banderas huérfanas flamean en los hoteles de amor furtivo.

Hay casas embanderadas. Al sol las casas cerradas, las calles peladas y las banderas blandiendo colores a las paredes, a los grifos, a los escombros. a la muerte presente en la transparencia del vacío.

De pronto la multitud, el gentío, el ruido, las voces, el movimiento. Desde Alameda desembocamos en un costado del Estadio Chile. Muchos llegaron antes. Se pierden de vista los vehículos estacionados. Tropas de ejército y aviación en gran número. También marinería. Y grueso contingente de carabineros. El resto de la muchedumbre, aplastantemente mayoritaria, son presos saltando. Bailan encajonados en filas de a uno, largas, apretadas. Cubren en rayas rítmicas la calle angosta de la entrada del Estadio y las primeras cuadras de Alameda. Bajamos de nuestro microbús aliviados pese a todo de encontramos cerca del Estadio Chile y no en la sordidez del Ministerio de Defensa. La mentira de los del Buin sobre el destino que llevábamos la calificamos de mal menor en el avispero actual.

Apenas bajamos caemos sometidos al ritmo de la danza de los demás prisioneros. Con las manos en la nuca hay que saltar constantemente. Esas son las órdenes. Trotando nos desplazamos lentamente hacia la entrada principal del Estadio, picaneados por la guardia, rígida valla separadora de otras filas de gente saltando hacia la derecha, izquierda, adelante, atrás. Culebreamos en el oleaje de cabezas emergiendo y escondiéndose por entre bayonetas.

Transpiramos cansados. Todos transpiramos menos los uniformados, alegres de la diversión que protagonizamos únicamente para ellos. Los últimos rayos de sol desaparecen de los techos vecinos. Nosotros continuamos danzando en las penumbras.

- ¿El que no salta es momio, no...? grita un oficial.

Réplica bestial de una práctica nacida durante la campaña electoral de 1970, cuando los jóvenes para entrar en calor en los mítines realizados en pleno invierno al frío coreaban: el que no salta es momio. Su ritmo festivo contagiaba a los asistentes y sólo culminaba en el momento en que en la tribuna los dirigentes también saltaban. En el Estadio Nacional repleto la tarde del 4 de Noviembre de 1970, fecha de la asunción de Allende a la Presidencia, la multitud acogió entusiasmada el desafío de los jóvenes y saltó en galerías y tribunas, en el césped de la cancha, en la pista de ceniza, otorgándole ritmo al grito colectivo y desplegando un vaivén de manos tomadas por varios minutos. Era una muestra de vitalidad y juventud decidida a levantarse por sobre el formalismo de los mediocres a los que, derrotados en las urnas, había que derrotar ahora en su potencial económico, desde las organizaciones populares desarrollándose con ímpetu. Era el comienzo optimista de la concreción de ideales salvajemente interrumpidos. ¿En qué cerebro germinó la burla...? ... ¡ Ahh qué perfecta armonía en la aplicación de la guerra total con su complemento sicológico! Claro que el triunfo carece de gloria cuando un ejército invade una ciudad abierta. Y cuando ese ejército invade sus propias ciudades, inermes, porque a él corresponde defenderlas, la guerra no es tal, es barbarie y cobardía. ¡Cómo se sonrojarían en estos momentos los estrategas del golpe, contemplando su obra! A lo mejor no. Quién sabe si la hallarían magistral. Como el retardado mental que se contenta admirando la perfección con que vomitó en su lecho.

Si en una fila decaen las energías, ahí aparece la argumentación estimulante, el culatazo en la espalda. El que no salta. La marejada se repite monótona. Trotando hacia adelante. Retrocediendo al trote. El que no salta. Es de noche. Respiraciones fragmentadas. Humedad en el cuerpo. Chasquido de metales y correas. Niños de uniforme escolar en las columnas de presos. Adolescentes de uniforme militar en las columnas de carceleros. Charreteras doradas. Un libro pisoteado en el suelo.

Nos enfrenta el capitán boina negra del Buin. Nos indica la puerta central y da órdenes que no entendemos. Despegándonos de la jalea humana en estertores nos acercamos a la entrada y la cruzamos. Corremos trepando escalas. Ingresamos al Estadio. El capitán adelante, agita papeles. Nos señala una corrida de butacas que debemos ocupar, a la segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta. Nos pasa lista. De pie le contestamos, presente y volvemos a sentarnos. Repite por segunda y tercera vez nuestros nombres. Se cuadra. Da vuelta y desaparece. Un rato más tarde agradeceríamos la inusitada y aparatosa preocupación demostrada por nosotros hasta dejarnos ubicados en el primer rectángulo inferior de butacas, al lado derecho del lugar que normalmente ocupa el escenario cuando allí hay espectáculos. Ese capitán nos salvó de la paliza con que se recibía en el Estadio Chile ese día 12 de Septiembre de 1973 a los siete mil chilenos y extranjeros que comenzaban a ingresar para protagonizar alucinantes jornadas planificadas para aplastar física y moralmente a los contendores derrotados de una guerra a muerte.

Del segundo rectángulo inferior de las butacas del otro lado de la cancha de basketbol nos observaban hombres de ojos muy abiertos, sentados tiesos, silenciosos. Reconocí rostros amigos. Funcionarios de la Universidad Técnica del Estado. Quinientos o seiscientos estudiantes y profesores. Entre ellos miraban dos niños pequeños tomados del brazo de su padre canoso, vestido solamente con calzoncillos y camiseta. El resto del local esperaba a sus ocupantes. A éstos los reciben en los pasillos exteriores en una ceremonia que duró 48 horas seguidas. Ingresaban del trote callejero para tenderse de boca y entregar relojes, billeteras, corbatas, cordones, documentos, dinero, llaves, cinturones, lapiceros, libretas, anillos, vertiginosamente recolectados en cajones de manzanas. Les culeteaban y anotaban identidad. Después, de pie con las manos levantadas apoyadas en la pared les sometían a un cuidadoso chequeo de bolsillos para evitar filtraciones de armas o mensajes. Actuaban los linchacos fustigando genitales. Entonces, de nuevo a la fila de a uno. Alanos a la nuca y trote mar. Ocupar las butacas que previamente se les asignaba. Así se extendieron los manchones de prisioneros por las filas inferiores, superiores, balcones y tribunas, hasta que en la madrugada del jueves corrieron sin zapatos por la cancha decenas de hombres de overol azul para sentarse en la superficie encerada. Los obreros de Horizonte.

Los queridos compañeros de Horizonte, empresa gráfica que hasta el martes 11 editaba el diario "El Siglo", "Puro Chile" y otras publicaciones de combate. El arresto de estos camaradas significaba que Horizonte vivió otro asalto y su personal sufría una nueva represión. Entre ellos venía Barría, descalzo, sólo con pantalones, y sin sus lentes indispensables. Barría, su gerente, obrero macizo y corrientemente silencioso trabajó muchos años en Horizonte, aprendiendo y enseñando cada especialidad de la imprenta popular hasta ocupar la delicada responsabilidad de su administración. Nos estremecimos de pena cuando los vimos llegar tan maltratados del Regimiento Tacna. En 1957 Horizonte fue asaltado por la policía política, destruida su maquinaria, detenido todo su personal, encarcelado y relegado a los sitios más inhóspitos de nuestra geografía. Como ahora los sacaron de madrugada, casi desnudos, golpeándolos salvajemente. La libertad de esos compañeros se logró después de grandes batallas de masas y Horizonte se reconstruyó nuevamente con el aporte de los trabajadores de todo Chile. ¡Tantas veces que ha sido destruida su maquinaria, arrestado su personal, asesinado!. . . Y otras tantas veces retoma a la vida de guía en el combate que es su razón de existir.

Durante la tiranía del traidor González Videla, también el furor oligárquico cayó sobre Horizonte, ahogándola hasta cerrarla en 1948. Su gerente era entonces un obrero gráfico, Américo Zorrilla, primer Ministro de Hacienda del Gobierno Popular derribado hace dos días. Empastelada su imprenta, presos sus trabajadores en el campo de concentración de Pisagua, los periódicos patriotas allí editados continuaron viviendo en nacimientos y distribución clandestinos, custodiados por la invisible capacidad creadora de los trabajadores, organizando y activando la lucha que llevaría al aislamiento y derrota del régimen traidor.

Sus talleres de calle Lira 363 han sido nuevamente profanados. ¡Qué tremenda vejación se comete otra vez contra los trabajadores más conscientes de este país, superando los rigores de la persecución de comienzos de siglo cuando a los dirigentes obreros se les consideraba bandidos y el ejército y la policía los baleaba donde los capturaba. La presencia de los compañeros de Horizonte, aunque parezca irónico, nos trae fe rabiosa en que volveremos a levantarnos. En que reconstruiremos pulgada a pulgada lo que el pueblo se dio en escuela de medio siglo. Y que esta derrota no es más que una de las lecciones históricas de las que debemos aprender para que nuestra próxima arremetida sea tan poderosa que jamás el pueblo vuelva a ser pateado.

Las mancomunales obreras organizadas por Recabarren a comienzos de siglo en el norte vivieron rigores como éstos. En Punta Arenas incendiaron los locales sindicales con los obreros dentro, quemándolos vivos. En Antofagasta los echaban a correr por la pampa y los "palomeaban" por la espalda. En Valparaíso los arrojaron al océano asfixiándose en sacos paperos. En Temuco y Colchagua les amarraban en porquerizas y eran devorados por los cerdos. En la Escuela Santa María de Iquique masacraron a varios miles en un solo día. En Ranquil fusilaron a los campesinos con sus mujeres e hijos y prendieron fuego a sus ranchos, y ¿si hubo tanta brutalidad inútil, creen que insistiendo ahora con los mismos métodos, van a conseguir asentarse indefinidamente en el trono movido por control remoto desde Washington...?

(Recabarren, presos como tú, los gráficos como tú de Horizonte, conquistarán la libertad apoyados por el brazo del que no cayó. Y aparecerá otra vez "El Siglo" como tantas madrugadas amanecieron con los periódicos que escribiste para orientar el puño obrero. Los tres años de dignidad de Chile serán de lección y meta. Tu partido sigue al frente. Los mineros del carbón marcharán de nuevo sobre Concepción. Los salitreros arriarán las insignias del Pirata North que les imponen a tiros. El cobre no está solo. En el campo hay siembras. El socialismo que nos describiste y enseñaste a amar estuvo a un paso. Llegaremos).

Se completaron todos los espacios vacíos de la cancha. Ya no hay lugar en el Estadio. Ahora inmovilizan a los que llegan en los pasillos, entre las puertas de cristal de la entrada central. Hacinamiento iluminado a toda potencia por las luces de colores del Estadio, reflectores que nos recorren alumbrándonos siempre a los ojos. Desde las plataformas nos apuntan las ametralladoras y los piquetes de soldados. Segunda noche sin dormir. En la calle balean para los saltos de los que todavía no han entrado y mantienen su ritmo de rodillas al aire desde hace doce lloras. Pronto el espectáculo ingresará también especialmente preparado para nosotros por las computadoras de la CIA en Lengly.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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