Prigué
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"EN EL AÑO INTERNACIONAL DE LA MUJER"


Capítulo 22

El Boing de itinerario proveniente de Buenos Aires

aterrizó a la hora programada en Pudahuel. Domingo 7 de Septiembre de 1975. En ese aeropuerto internacional lo abordarán en 30 minutos más de 100 pasajeros del "grupo especial de Chilenos" rumbo a Panamá, sin escalas. Los del grupo especial fumábamos incómodos en una habitación espaciosa, con puertas batientes de cristal, guarecidas por piquetes de carabineros de casco y fusil automático, esperando la orden de acercarnos al avión. Ocupábamos el tiempo concurriendo repetidamente a los urinarios tan blancos, asépticos, impecables. Amansábamos zapatos con media suela nueva recién lustrados y guardados dos años. Metíamos los dedos al cuello de la camisa condecorada con corbata. Caminábamos inseguros sobre las baldosas enceradas, refulgentes, encandilados por la luminosidad proveniente del techo de vidrio empavonado.

Vestimos de nuevo con ropa de calle, impecable la raya del pantalón y planchada la chaqueta, ocupar un local limpio con aire acondicionado tibio, nos hacía retomar a momentos lejanos. Afeitados y bien peinados, nos costaba reconocemos en las imágenes de los espejos y reconocer a esos compañeros tirillentos y barbones del día anterior en Tres Alamos. Pero éramos nosotros. Tratando de reingresar a una normalidad postergada 716 días aguardando emprender el viaje de 5 horas y media por la libertad en una tierra que no es la nuestra, pero que nos abre su fraternal acogida. Ducha y arreglo personal en Tres Alamos para salir y no volver a sus dependencias y guardia odiadas.

Tres meses deberíamos vivir en el campo de concentración de Santiago, antes de volar a Panamá. El invierno del 75 encerrados en la barraca, amontonados de doce y quince en los cuartos sin ventilación de dos por tres metros.

Cuando nos trajeron de Ritoque esa noche de fines de Mayo fuimos integrándonos al centenar provenientes de otros campos de concentración, cárceles, cuarteles de provincia.

Eramos producto de un acuerdo entre la Junta y los Organismos Internacionales destinado a definir exactamente el número de chilenos expulsados entre los detenidos por Estado de Sitio. Ello funcionaría en forma paralela a la expulsión de aquellos presos condenados por diferentes tribunales, civiles o militares. En estos casos, la justicia accedía a cambiar sus condenas de prisión por exilio. Siempre el nudo del asunto fue el de los detenidos sin cargo, sin juicio y sin condena. Muchos Gobiernos de América y Europa estaban decididos a recibir desterrados, pero precisaban conocer su número. El año 74 la Junta habló de cien y más, agregando y agregando centenares y millares sin tope. Al trasladamos a Ritoque se hablaba de tres mil ochocientos sin que significara ese el término. La oposición surgida en el mundo obligó al Gobierno de Pinochet a suspender el destierro masivo. Ahora la Junta, por boca del General Benavides dijo por radio y televisión, que los expulsados -de entre los detenidos por Estado de Sitio- eran ciento ochenta, es decir, nosotros cien y ochenta más, y los familiares. Con tal acuerdo actuó el Cime, la Cruz Roja Internacional y las Iglesias a través del Comité para la Paz en Chile. Constituíamos el raspado de la olla y no la avanzada del destierro masivo de chilenos, como pretendía Pinochet el año anterior. El Cardenal Silva Henríquez nos interpretaba plenamente al referirse al tema subrayando la petición de libertad en Chile para los presos políticos. En relación a nosotros ya no había caso que la Junta echara pie atrás. Teníamos que irnos de Chile. Tristes y resentidos, nos íbamos.

Durante Junio y Julio trasladaron camionadas de presos de Tres Alamos a Ritoque y Melinka. Las mujeres, apiñadas en el Pabellón 1, partieron a Pirque. Allí hay un lugar de veraneo de los empleados de Soquimich, Sociedad Química y Minera de Chile, administradora del salitre nacionalizado. Pintoresco valle entre contrafuertes cordilleranos, con cabanas y piscina, durante el Gobierno de la Unidad Popular se utilizó como lugar de descanso de los hijos de los mineros del salitre a los que se seleccionaba entre los de mejores resultados en sus escuelas y se traía a conocer la capital. La Junta lo convirtió en campo de concentración para las mujeres detenidas por Estado de Sitio del centro del país. Alrededor de 200 había en esos meses. Con ellas cinco niños de pecho nacidos en prisión y amantados por sus madres prisioneras.

Vaciaron la barraca, derribando las rejas que la rodeaban. Nos distribuyeron entre los pabellones 1 y 2. Nos entregaron pintura para repasar las paredes, herramientas para reparar los 4 retretes y autorizaron el ingreso de elementos para trabajos artesanales. El trato de la guardia se hizo menos tirante y brutal. ¿Por qué el cambio? -nos preguntábamos. Ultimaba sus preparativos para viajar a Chile una comisión de las Naciones Unidas con el encargo de estudiar en el terreno el respeto a los derechos humanos en nuestro país. 4 Alamos, ex depósito de explosivos, fue limpiado y saneado. Sacaron los utensilios de apremio físico, tomándolos en un recinto de tránsito para los incomunicados, con habitaciones y literas y algunos escritorios con teléfono en una oficina. Trabajadores municipales expertos en jardinería, plantaron prados en la zona exterior de los pabellones, podaron los viejos árboles y sembraron alfombras de flores. Varió el rancho. Y a la trilogía del poroto, la lenteja y el garbanzo, dieta infaltable en el almuerzo, se sumó una vez por semana el plato de caldo con un trozo de hueso de caballo. Aprovechando esa racha, conscientes de su fugacidad, pedimos autorización para utilizar la cancha de basquetbol y realizar partidos inter pabellones.

Y lógicamente, después del discurso de Pinochet, donde negaba terminantemente su autorización a la Comisión de las Naciones Unidas para que inspeccionara los Campos de Concentración se helaron las sonrisas en la boca de los suboficiales asistentes del Comandante Pacheco, "el 22" y "el cuervo", anticiparon adjetivación de la que Pacheco nos lanzaría al día siguiente. Acabaron los deportes y se fue el caldo de caballo. Nos negaron gangochos y escobas para limpiar el piso. Trabas a las visitas. Formaciones en el barro y la lluvia en las madrugadas. Corte de luz a las once de la noche. Fuera las máquinas de afeitar eléctricas y los radiorreceptores. Prohibición de ingreso al suplementero que nos vendía diarios. Castigos por llegar tarde a la fila, por llegar muy temprano. Por no gritar con fuerza el número. Por gritarlo con mucha potencia. Una semana sin visitas. Dos semanas sin visitas. Diez, quince, castigados. Refunfuñó cuando lo mandaron a lavar fondos y a desripiar lentejas en el rancho. Dos días en el chucho. Se negó a recoger las colillas de cigarrillos que botó el guardia de la torre cuando el integrante de la escuadra de aseo pasaba la escoba, pateadura y encierro de cuatro días en la oscuridad del chucho, más un mes sin visita. Impunidad en la institucionalidad de la teja, esto es, el vaciado parcial de los paquetes de comida que los familiares llevan al preso. No más espectáculos, ni cursos, ni canciones. Esta es una prisión, mierdas. No un centro de recreo. Ingreso repentino del comandante con 10 guardias. Formar todos. Se acabó el Consejo de Ancianos. Yo lo disuelvo. Una semana sin visitas todo Tres Alamos y reclámenle a la concha de su madre.

Hasta ese momento, y como una de las formas de la organización interna, los propios detenidos nombrábamos las escuadras de servicio por riguroso orden para evitar las venganzas de Pacheco sobre determinados compañeros a los que gustaban cargar la mano. Decisión unánime y comunicada de inmediato. Desde este momento las escuadras de servicio las nombra Ud. Esto significa que salimos a trabajar obligados y sólo aceptamos trabajar en el aseo y nada más. Ninguno de nosotros va a la cocina. Esa labor corresponde a Uds. Para eso les pagan. ¡Ud., Ud., y Ud., a la cocina! Selecciona a tres. Los tres se niegan. ¿Nadie va? Nadie va. Perfecto. Los tres al chucho.

Aparte del tratamiento que nos daban había otro problema que nos dolía profundamente. Por esos días apareció en los diarios una lista de 119 compañeros que, según la Junta, murieron en enfrentamientos en diferentes países. Muchos de ellos en Argentina. Nosotros sabíamos que era mentira. Que ellos los habían asesinado. Estuvieron detenidos con nosotros, en 4 Alamos, en el Aga, en Villa Grimaldi, en Chacabuco. Salieron conducidos por la guardia a esos interrogatorios de los cuales muchos no volvían, emergían en otros campos o se esfumaban definitivamente. La lista apareció fraccionada. Algunos, en el único número de una revista que editó el todopoderoso ministro de bienestar social, cerebro y financista de la Alianza Anticomunista Argentina, triple A, López Rega, en Buenos Aires. Y los otros en un desconocido periódico provincial de Brasil. López Rega y su triple A, entrelazada a los aparatos policiales estatales, tenía mucho de común con Pinochet y su DINA. Por acuerdos entre ambos se asesinó al General Prats y su esposa en Buenos Aires. López Rega tendía la mano a su amigo Pinochet divulgando como muertos en Argentina a 119 chilenos asesinados por Pinochet en Chile.

Además recibimos dos visitas que nos pusieron los pelos de punta. Una mañana recorrió las dependencias de Tres Alamos el redactor de la revista fascista "Ahora", ex diputado del Partido Nacional, Pérez de Arce. Y en la tarde uno de los conductores civiles del golpe del 11 de Septiembre y de la posterior fascistización de Chile, el abogado dirigente de la banda reaccionaria "Patria y Libertad", Pablo H. Rodríguez. Este sujeto, además, abogado de la DINA pidió en un artículo del diario "La Tercera" la eliminación física de todos los prisioneros del país. Temimos la futura visita de alguien como el nazi Onofre Jarpa o el redactor de los discursos del Almirante Carvajal, Sergio Diez. Entonces, nadie se consideró en condiciones de contener la ira de los prisioneros. Podría producirse el ataque que los carceleros esperaban para emprender la masacre.

Todo ello se acumulaba cuando retiramos la voluntariedad a las escuadras de Servicio y que retornara abiertamente el trabajo forzado. Como que lo hicieron. Sacaron gente a acarrear piedras de un lugar a otro. Hacer hoyos en el suelo. Después cubrirlos con la misma tierra. Nos dejaban a oscuras y cortaban la corriente al televisor de propiedad de los prisioneros. Disparaban al aire durante las visitas obligando a las mujeres y chiquillos tenderse en el suelo.

Elaboramos pacientemente una carta dirigida al Ministro del Interior. Sabíamos su total inutilidad. Pero queríamos la constancia, la demostración ante el comandante, el Coronel Espinoza, que podría barrer el suelo con nosotros, pero que se sabría. Y caería como nuevo cargo sobre ellos para el futuro. Tema de la comunicación, los 119. Nadie garantizaba, ni garantiza hasta ahora, que a los demás prisioneros les ocurriera lo mismo, porque nunca se ha publicado una lista oficial del Gobierno con los nombres de los detenidos y los lugares en que se encuentran. Los asesinatos se publicitan como producto de enfrentamientos. Y no es así. A veces son hombres y mujeres matados en las cámaras de tortura. Nos consta. Advertimos que de ellos sería la responsabilidad si nos visitaba un Pablo H., un Jarpa o un González Videla. Y le detallábamos sobriamente el trato del nuevamente superpoblado Tres Alamos. A la semana nos fue devuelta la carta por improcedente. La volvimos a mandar. Supimos que en algún nivel se conoció porque al poco tiempo se suspendieron las restricciones y volvió la anormal normalidad, salieron los del chucho, se autorizaron las visitas, se cortó la teja, recibimos útiles de aseo. Y aunque el Consejo de Ancianos no se autorizó más, un soplón de la DINA encerrado entre los presos actuó de recadero entre la comandancia y los detenidos. Una forma de diálogo bastante tortuosa pero efectiva en los sencillos propósitos perseguidos.

También recibíamos noticias alentadoras. Con motivo de la discusión a nivel nacional del Código del Trabajo que la Junta pretendía imponer se publicaron artículos en los diarios. Los patrones, únicos con derecho a voz y voto, recalcaban la libertad vigente en Chile para que ellos pudieran opinar tan libremente como lo hacían. Los trabajadores también lo hacían. Y públicamente. En el Teatro Caupolicán hubo un acto de los trabajadores de la construcción. Cinco mil se reunieron una mañana para escuchar a sus dirigentes. Habló el Presidente de la Federación Nacional de los Trabajadores de la Construcción, Héctor Cuevas. Desglosando el articulado del proyecto del Código demostró que allí se recogían exclusivamente las aspiraciones de los empresarios. Emplazaba al Gobierno para que también escuchara a los trabajadores, porque ellos tenían mucho que aportar. Determinó algo. Radio Balmaceda, emisora de la Democracia Cristiana, transmitió parte del mitin. Repitió extractos del discurso de Cuevas, antes de ser clausurada. Lo sabíamos. Cuevas vendría a hacemos compañía a Tres Alamos. Y llegó sonriendo un mes después de su discurso. Arribó al Pabellón 1, donde lo recibimos cariñosamente. Lo habían detenido en virtud de la Ley de Estado de Sitio, acusado de ser agente de Moscú.

- Que se metan sus acusaciones donde les quepan, decía. A mí me van a sacar de aquí los trabajadores. Los trabajadores los van a sacar a ellos también de donde están. Ya verán como será así.

Al cumplirse dos años de la muerte de Neruda supimos del homenaje que se le rindió en el Cementerio General al pie de su tumba. Fue mucha gente. Llevaron flores y cantaron. Tres muchachos de entre los que concurrieron a rendir tributo al poeta Premio Nobel de Literatura, fueron detenidos y ahora permanecían prisioneros.

Oleadas incontenibles de detenidos entraban casi diariamente. Llegó del norte chico, para integrarse a "los panameños" el ex intendente de la provincia de Coquimbo, Rosendo Rojas, detenido el mismo 11 de Septiembre de 1973 y al que mantuvieron un año encerrado en un calabozo sin luz y con ratas. Mi hermano Héctor, modesto obrero de la construcción.

Sin embargo nos impactó fuertemente la aparición de demócratacristianos. Trajeron seis del norte chico, de la provincia de Coquimbo. Otros seis de Talca. Veinte de la Universidad de Chile. Ocho arrestados en Padre Hurtado. Nosotros contabilizábamos los que venían a nuestro pabellón, porque igual o superior número llevaron al lado. Y tantos más mantenían en 4 Alamos. Interpretaron mal los aplausos que les brindamos a su llegada con machucones, las frazadas al hombro y el pocillo y la cuchara en la mano. Creyeron que nos alegraba su detención. Les aclaramos que no. Lamentábamos profundamente que los apresaran, porque conocíamos bien qué significaba ello y qué vida les esperaba en Tres Alamos u otros campos. Que esos aplausos los consideraran la rudimentaria forma de expresión a los nuevos para decirles que estábamos entre hermanos y que haríamos lo posible para aliviarles la amargura de la situación. Nos hicimos buenos amigos. Muchos de ellos eran funcionarios del régimen. Inmediatamente después del golpe, entraron a ocupar los puestos dejados vacantes por los ejecutivos UP asesinados, expulsados o prisioneros. Sin saber por qué, ahora ellos, empezaban a transitar la misma ruta nuestra. Igual persecución, vigilancia, apremios, cárcel. La prisión permitía que nos conociéramos más a fondo y naciera la confianza mutua. Menos preparados que nosotros para resistir el régimen, precisaban más ayuda. Y se las brindábamos espontáneamente.

Una semana antes de partir nos leyeron la cartilla.

Deben informar a sus familiares que les estará prohibido ir a despedirlos al aeropuerto. Saldrán de aquí en nuestros autobuses, con nuestra custodia, directamente al avión. Que dos días antes les traigan la maleta con la ropa para tener tiempo de revisar las y sellarlas. Aquí mismo pasarán la revisión de aduana, misión entregada a carabineros por decreto. El mismo día domingo tendrán autorización de visita en la mañana y en la tarde. El resto de los prisioneros no tendrá visita ese día.

Nos fotografiaban de frente y de perfil. Con fondo de pared blanca y con fondo oscuro. Numerados y sin número. Repetían el fichaje con la impresión de las huellas digitales, dedo por dedo. Fuimos al dentista y éste nos preguntó si necesitábamos extracciones. Podía sacar muelas, reparar, no. Un médico nos chequeó superficialmente y nos otorgó certificado de excelente salud a cada uno. El sábado revisaron el equipaje, lo sellaron y guardaron con llave. El domingo temprano las familias hacían cola desde temprano en las puertas de Tres Alamos, aguardando a sus esposos, hijos, padres, hermanos. Volvieron después de almuerzo. Mañana y tarde entraron y convivieron en una despedida muy triste. Allí brotaron las lágrimas contenidas en presencia del preso durante tanto tiempo. Es cierto que esposas e hijos también viajarían. Pero lo harían en un futuro incierto.

A las 5 de la tarde "el 22" y "el cuervo" reiteraron. Nadie en el aeropuerto. Nada de despedidas. Ya se despidieron. Ni cantitos, ni grititos. Al que le descubramos cualquier indisciplina lo devolvemos, no viaja. Lo traemos y lo metemos en el chucho. Recuerden que no amenazamos en vano. Hemos devuelto gente del aeropuerto.

Así era efectivamente. Del grupo que viajó a México desmontaron a uno. Porque durante el trayecto en el bus comentó la brutalidad de la junta desterrando tanta gente pobre. Le quitaron el pasaporte y todavía permanece en Tres Alamos. Sí, cumplían sus amenazas.

Porque cuatro días antes fuimos sacados del campo y conducidos al Vacunatorio Internacional de calle Monjitas. Debíamos ir serios en nuestros asientos del autobús, sin conversar y sin mirar a los transeúntes. Pararon los autobuses en la puerta del vacunatorio. Varios carabineros desviaron el tránsito y los peatones. Mirábamos por el rabillo del ojo a la gente que observaba el operativo, la bajada de a cuatro entre fusiles, el ingreso al vacunatorio, la salida con el papelito en la mano. De todas maneras desde la esquina cercana algunos curiosos observaban cautelosos. Apareció un reportero gráfico, Rojitas de "El Mercurio" e inflamó su flash. Agárrenlo, gritó el Cuervo. Tres carabineros lo tomaron y condujeron al bus donde lo dejaron con nosotros. Un espectador reconoció a uno de los presos. Le saludó con la mano. Ese está haciendo señales. Deténganlo, ordenó el Cuervo. También lo cogieron y metieron al bus. Era un estudiante universitario, recientemente salido de la Penitenciaría donde conoció al muchacho saludado. Lo llevaron a 4 Alamos y lo encerraron. Allá quedó cuando partimos.

Pese a la aparente normalidad de los pasajeros de estos buses verdes con carabineros, el público se daba cuenta que éramos prisioneros. Así lo entendieron los obreros de un edificio en construcción de por ahí cerca. Mirando el operativo desde lo alto de los balcones inconclusos, se agruparon con sus cascos amarillos y blancos. Al partir los buses levantaron las manos con los dedos empuñados.

A las seis de la tarde nos hicieron formar. Volvieron a repetir a los que quedaban que no nos despidieran. Pero los muchachos comenzaron a cantar fuerte y decididamente el Himno de la Alegría. Cruzamos por última vez el portalón metálico marcando el paso. Allá los rostros ensombrecidos de compañeros de tantas penurias y sus voces roncas de emoción entonando las estrofas tan repetidas y tan integralmente emotivas. Dos filas. Mirándonos de frente. Separados tres metros. Dejar los bultos de mano en el suelo. Vaciar su contenido. Revisión meticulosa. Trajinar de bolsillos. Afuera del portón los autobuses y la tropa observándonos. Algunos automóviles de los funcionarios del CIME, Cruz Roja, Embajada de Panamá. Del interior del campo el potente coro de los compañeros que nos despiden violando las órdenes, arriesgando un castigo que comenzará en cuanto nos despachen al aeropuerto. El patio de piedras y árboles, donde atendimos a nuestros familiares, donde planeamos la vida cuando saliéramos en libertad está vacío. La escuadra de servicio ya lo dejó limpio. Nos entregan la documentación, pasaporte, vacunas, certificados médicos. Pacheco prepara el discurso que siempre destina a los que parten. Pero seguramente le cohíbe la presencia de los funcionarios internacionales. Pasa lista dos veces. Ordena subamos y partir. Escucha hermano la canción de la alegría. Cantan los dos pabellones. Baja el sol. Aire helado remece las ramas de los pinos. Revolotean gorriones. Y el canto alegre del que espera un nuevo día . . . ¡Debiéramos corear! Traen nuestras maletas y las suben a un camión. Seis presos. Amigos nuestros. Hermanos. Tristes y alegres porque nos vamos. Alegres porque abandonamos esta pesadilla. Tristes porque vamos al destierro. Son seis compañeros demócratacristianos. Les pedimos disculpas con los ojos por verlos cumpliendo tal oficio para los marxistas en esas condiciones. Nos sonríen despreocupados. Ven, canta, sueña cantando el nuevo sol. Los seis DC agachados por el peso de las maletas que transportan al trote mueven los labios cuando pasan a nuestro lado. Nosotros también los movemos en un coro silencioso. En que los hombres volverán a ser hermanos.

Rugido de motores. Parte la caravana. Está total mente oscuro. Dos radiopatrullas abren la columna con sus reflectores rojos encendidos y sus sirenas. Después los dos autobuses. Más atrás los automóviles de las instituciones internacionales y Embajada de Panamá, garantizando que vamos al aeropuerto y cierran el desfile por Santiago de noche, otros dos radiopatrullas con su aullido de sirenas.

Entramos a la Avenida Departamental. Desobedeciendo las órdenes terminantes, medio centenar de mujeres agita pañuelos blancos y grita palabras que no escuchamos. Saltan y se llevan las manos a los ojos, labios. Se pierde el grupito femenino arrimado a una cuneta. Vamos a mucha velocidad. No sabemos cuánta. A lo mejor vamos despacio. No estamos acostumbrados a tragar tanta distancia. Sólo los doce metros del patio de Tres Alamos. La necesidad de llorar, bramar hasta enronquecer se hace urgente. Cruzamos la Gran Avenida, paradero 11, y nos dirigimos hacia la Panamericana Sur. Allí están otra vez. Otro grupo de mujeres. ¿Cómo supieron que pasaríamos por aquí? ¿Acaso también permanecen en otras calles? ¿En todas las salidas posibles al aeropuerto? Hay más que en el grupo anterior. Unas ciento cincuenta, doscientas. Cubren media cuadra paradas en el cordón de la acera. Agitan pañuelos. Flores. Vemos mover sus bocas. A ambos lados de la calle. El rumor se agranda y baja. Son muchas. Y no son las esposas. Ellas estuvieron en Tres Alamos hasta las cinco y partieron llorando. Algunas seguramente estaban en el primer grupo que topamos. ¿Pero ahora, tantas? Hermosas compañeras. Uds. son Chile. Y Uds. nos reiteran la pertenencia patria que nos corresponde. Nos expulsa un grupo ínfimo de fascistas mordidos al poder. Pero Uds. vienen a decimos que la patria son Uds. Y nosotros. Esta mayoría oprimida del Chile nuestro que vamos a recuperar soberano y libre.

Tanto sacrificio y constancia, peregrinar por cárceles y hospitales, su rol de jefes de hogar manteniendo hijos y pagando arriendo, no las ha desanimado. ni atenuado en combatividad: ¡Qué hacer para corresponder a su confianza! ¡A sus esperanzas ! ¡ A su cariño! ¡ A su valentía! Para Uds. ha sido más duro que para nosotros. Pero han resistido y animado. Su cariño y belleza nos trajo fuerzas en la detención. Su delicadeza y bondad mantuvo latentes valores simples y fundamentales, la capacidad de amar. Si no nos hubieran acompañado en este período tan difícil, nos habríamos solamente endurecido, contagiándonos tal vez del submundo animal que rige nuestra patria. Mi compañero de asiento, campesino de Maule, con los codos sobre las rodillas y la cabeza agarrada con ambas manos se estremece en sollozos.

En nuestro grupo de "panameños" van algunas compañeras. Han padecido mucho más que nosotros. Por su condición de mujeres las humillaron de manera bestial. Las que residen en Pirque han vivido en algunos meses horrores de siglos.

La más menuda de ellas, por ejemplo. La detuvieron en Julio del año pasado por el delito de haberse desempeñado como secretaria del senador Luis Corvalán en el Congreso. La condujeron vendada al Aga para mantenerla de pie durante varios días, sin dormir, sin comer. Luego la parrilla y la electricidad en un somier. Desnuda le recorren el sexo y le manosean los senos. Electricidad en el paladar y los pezones. Palmetazos en las orejas. Insultos: ¡ Puta comunista! Encierro en una celda solitaria. De nuevo de pie al pasillo. Escucha gritos y oye respiraciones sofocadas a su lado. La venda de los ojos le impide determinar quién se queja. Reconoce la voz de Alfonso Carreño. Lo escucha derrumbarse a su lado en vaho salobre. El camarada yace muerto junto a sus pies descalzos. La sangre escapando en burbujas humedece sus dedos. Sensibilizados sus oídos por la ceguera sabe claramente lo que sucede. Carroño, reventado a puntapiés es puesto en una carretilla, sacado del pasillo. El Comandante Ceballos reta a los guardias. Infelices. Se les pasó la mano. Esa misma tarde tiene a su lado a otro secretario de un parlamentario comunista, detenido. Luis Baeza. Runrunea quejándose. Se lo llevan. No supo nunca más de él. Baeza es otro de los desaparecidos cuya muerte aún la Junta no registra. Otra vez ella en la parrilla. De nuevo los cachuchazos, repiten la electrificación de su cuerpo joven. Perdido el conocimiento despierta en la habitación cerrada. Sola, desamparada. Abren la puerta. Quítate la blusa. Continúa con los ojos vendados. La falda. Escucha las goteras del agua de una llave mal cerrada. Siente deseos de mojarse el cuerpo. Limpiarse de tanta basura. ¿Le permitirán bañarse? Sácate el sostén. En un oído quitan el seguro a una pistola. Disparen cobardes, dice ella. A tirones le arrancan el sostén y la prenda inferior. Cobardes, cobardes, cobardes, chilla con las manos entre las piernas, agachándose para ocultar sus pechos. La enderezan y le soban la cintura miembros repulsivos calientes. Alcanzan su piel respiraciones entrecortadas. Soplidos de bocas abiertas. Otro miembro le refriega el cuello y cuando brazos fornidos separan sus manos, éste baja a los senos descargando viscosidad espumosa. Ella se revuelve tratando de golpear, arañar, Dero sus manos están firmemente sostenidas y sus corcóveos y llantos excitan aún más a los masturbadores. Otros gritos de mujer. En una habitación contigua cuatro uniformados sostienen a una muchacha desnuda. Un perro especialmente entrenado la posee montado sobre ella. Academia de Guerra de la Fuerza Aérea de Chile, Aga. Leales discípulos del General Leight. ¡Gloria a los valientes uniformados! ¡Capitán Ceballos, comandante del Aga! ¡Reconocimiento por su heroísmo y la hombría de los cuadros seleccionados del plantel! Tienen Uds. razón. ¡Había que asesinar a Allende! ¡Al noble General Bachelet! Había que descabezar la Fuerza Aérea de todos los honestos, para dejar libre el camino a los degenerados. Deseando para Ud. el peor castigo por su traición a la patria, no queremos que jamás le ocurra a sus hijas, lo que sucedió a estas muchachas comunistas en manos de sus tropas pervertidas por el odio al pueblo. Sucedió y sucede en estos mismos momentos en los sótanos del Aga, lo que Ud. ordenó que pasara. Nosotros lo recordamos. Lo saben todos los patriotas chilenos. Porque cada una de las violaciones a las más elementales normas de respeto a la mujer la registramos para el proceso público que le vamos a seguir, si es que no se pega Ud. mismo un tiro en la cabeza para eludir la justicia del pueblo. Ud. pagará cada crimen. Pero a su esposa y a sus hijas las respetaremos.

Una semana antes que saliera nuestro grupo a Panamá, trajeron de Pirque a las mujeres expulsadas del país. El ensañamiento contra la secretaria de Luis Corvalán se mantuvo permanentemente. Castigos con suspensión de visitas, encierro en la celda oscura entre ratas. La furia la producía el no poder extraer de ella pruebas para acusar de algo concreto al Secretario General del Partido Comunista. Por eso también, a una semana de salir expulsada del país, la castigaron y encerraron en una celda de 4 Alamos. Al amanecer del día siguiente abrieron la puerta del cuarto, entraron algunos uniformados y le cubrieron los ojos con una venda. Sintió cerrarse la puerta y la amenaza que ya conocía: ¡Que te defienda Corvalán, tu jefe! Le quitaron la ropa y esposaron las manos a la espalda. Mientras dos le sostenían las piernas abiertas, un tercero se introdujo feroz en ella. Afuera ladraban los perros. La dejaron, saciados y se fueron. Y el anuncio que se hacía a todas las mujeres así tratadas. Si cuentas algo, pagará tu familia.

Entre las voces sofocadas de los asaltantes hay una que ella conoce bien. La del teniente coronel del Cuerpo de Carabineros de Chile, Conrado Pacheco, Comandante del Campo de Concentración de Tres Alamos. Carabineros de Chile y DINA. No puede ignorarlo. General Mendoza, Jefe de Carabineros, ni Ud. General Pinochet, jefe de la DINA. Busquen desde ya los descargos. Sus peones sólo cumplen órdenes precisas. No son excesos propios de los primeros días de sangre, de tropas desbocadas entre el botín del país ocupado. Hace dos años del golpe. Hay dos años de dictadura de por medio. La muchacha es tan honesta como antes. Uds. son los emporcados. Su gente también debe saberlo para conocer mejor a sus comandantes en jefe. Meditar y actuar en consecuencia.

La guardia de carabineros nos acompañó hasta la misma entrada del avión. Al salir de la sala espaciosa y clara para introducimos en los autobuses que nos llevarían al aparato, sentimos gritos y cantos sobre las terrazas de Pudahuel. Mujeres, varios centenares agitando pañuelos y gritándonos la despedida. Desobediencia categórica a la orden de no asistir a despedir a los desterrados. Y entre nosotros no van "personajes de significación" como constató "El Mercurio". Únicamente trabajadores, obreros metalúrgicos, mineros, algunos maestros, campesinos, obreros de la construcción, estudiantes, un médico y un periodista.

Tercer grupo femenino que nos viene a representar el calor de la madre tierra lamentando nuestra partida. Copan la terraza, afirmadas en las barandas extienden una banderita chilena. Sí, pese al horror que vive nuestra patria, llevamos a Chile en el corazón.

Panamá. Septiembre. Octubre. Noviembre de 1975.

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SI FUEREN DESTRUIDOS LOS FUNDAMENTOS
¿QUE HA DE HACER EL JUSTO?
(Salmos-11-3.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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