Prigué
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"CO-LI-MI"


Capítulo 21

Dos semanas ejército. Dos semanas aviación. Dos semanas carabineros. El calendario de rotación de las guardias cumplía fielmente su sincronizado turno. Un teniente, algunos suboficiales y tropa. Uniformes oliváceos, azules, verdes. Inabordables y altaneros al presentarse y humanización paulatina durante el transcurso de los días de la vida obligadamente en común.

- Estamos tan presos como Uds., repetían. Si inmediatamente después del golpe los oficiales cumplían entusiasmados funciones de activistas políticos, ahora, a más de un año de dictadura perdieron la confianza, la alegría y el empuje. Estadio Chile, Nacional, Chacabuco. Demoledores constantes de la construcción de tres años de Gobierno Popular y de 50 del movimiento obrero. Frases categóricas. Argumentos inapelables. No porque no fuéramos capaces de rebatirlos, sino porque no nos dejaban contestarles. Añadían soñadores de las inmensas perspectivas abiertas por ellos en este país. Por fin ordenado, disciplinado, preocupado de trabajar y no de politiquear. A estas alturas del tiempo carecían de optimismo y se sentían ajenos al proceso de descalabro económico. Simples guardianes de campos de concentración, tuteladores del miedo. Todavía algunos repetían frases hechas sobre la crisis del período de la UP. Pero la mayoría soslayaba los temas políticos, insistiendo con más frecuencia en el papel profesional de su uniforme y en el irrestricto acatar de órdenes. Ahora nadie defendía a la dictadura en las conversaciones no tan difíciles de entablar.

- Comprendemos que nuestra función no es la de carceleros. Igual que Uds, queremos que esto termine pronto para retornar a nuestros cuarteles.

Y a menudo confidenciaban, conociéndolo de buena fuente, el fin próximo de los campos de concentración.

- Ojalá, respondíamos nosotros. Con miles de hogares reprimidos, los trabajadores amordazados, nada bueno puede resultar.

Llegaba una lista de compañeros a la libertad. Tres, doce, 20. Los mismos autobuses que se los llevaban habían traído treinta, sesenta, 90.

En nuestro lado la rotación funcionaba con signo menos a los que se iban y con signo más a los que llegaban.

Una sola vez llegó uno solo. Sin que saliera el medio o cuarto de prisionero correspondiente.

Un radiopatrullas escoltado por dos motocicletas se detuvo en la puerta de Ritoque. Al centro del convoy un furgón de carabineros. De allí bajó un hombre esposado, Samuel Riquelme. En su equipaje traía pliegos de cuero y badana, sacabocados y pegamento. Venía transformado en eficiente fabricante de carteras de señora, oficio adquirido en la Penitenciaría de Santiago.

Con Riquelme nos encontramos 18 meses atrás en el Estadio Nacional, recién capturado y proveniente del tratamiento que le dio la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea, Aga. De allí pasó a la cárcel pública en donde se le procesó por una serie de causas: robo de armas, implicancia en el Plan Zeta y por el delito de ser dirigente del Partido Comunista. Pero tan aberrantes cargos ni siquiera resistieron la complicidad del Consejo de Guerra. Después de ocho meses de juicios sumarísimos, secretos y confidenciales, fue sobreseído. Buscaron y rebuscaron en su vida, aunque fuera el protesto de una letra sin pagar. Y como no encontraron nada que les justificara una pena aflictiva volvieron a clausurar el caso, por carecer de pruebas. Riquelme entonces tendría que salir en libertad. Pero en cambio lo trasladaron a la Penitenciaría de Santiago sin, por cierto, decirle por qué, ni por cuánto. Allí convivió muchos meses con un millar de presos políticos, muchos como él sobreseídos por los Tribunales o sin juicio de ninguna especie. Ello contraviene las disposiciones de los Tribunales de Justicia: detenidos por Estado de Sitio no pueden encerrarse en cárceles. ¿Y a quién reclamarle? Entre los detenidos muchos militares patriotas, sobrevivientes de aquéllos que los fascistas asesinaron el mismo día del golpe o en semanas posteriores. Oficialidad constitucionalista opuesta al arrasamiento de las libertades y de la justicia en Chile, suboficialidad, tropa. Allá permaneció el General de la FACH, Alberto Bachelet, resistiendo varonilmente las torturas y las vejaciones hasta su muerte. Los prisioneros políticos rindieron homenaje a su memoria, supieron de la posterior detención de la viuda e hija del General. Las torturas a que fueron sometidas.

Un millar de presos en una calle con celdas con capacidad para 100. Igual que en otros lugares de confinamiento. Pese al abotargamiento de la Penitenciaría, se organizaron para salvar el equilibrio mental y lo que se pudiera del físico. Establecieron talleres artesanales, grupos artísticos, sesiones deportivas. Riquelme, por eso, recibió el encargo en Ritoque de dirigir al grupo de gimnastas.

25 adolescentes de corazón nos sometimos a sus estrictas lecciones durante un par de horas al día. Jóvenes, adultos y algunos viejos. Corríamos junto a la reja dando vueltas y vueltas por el interior del campo. Saltábamos, dábamos volteretas, competíamos en flexiones, matando el letargo, oxigenándonos a dos cuadras de ese mar que no veíamos.

Poco después del golpe detuvieron a Riquelme. Lo condujeron a un cuartel de carabineros. Lo encerraron desnudo en un calabozo hermético, sobre excrementos y gangochos. Al segundo día lo sacaron vendado al patio. Calor y el crepitar de llamas. Una pira de libros. Humo y cenizas. Lanzazos de fusil en su espalda. Pies descalzos sobre brazas. Olor a carne quemada. Caer y revolcarse sobre el fuego. Tirones a las piernas arrastrándolo fuera de la hoguera. Silencio en el calabozo. Ardor en las piernas, pecho y vientre. Cabellos chamuscados. Temblor de dedos entre los dientes. Garganta seca. Insomnio.

A la madrugada del otro día le entregaron los pantalones, los zapatos y la chaqueta. El resto de la ropa, documentos, reloj, dinero, lo tomaron de botín los guardianes. Le ajustaron la venda, le tendieron sobre el piso de una camioneta y le llevaron dando vueltas por calles hasta un lugar desconocido. Bajó y subió escalas. Dobló por pasillos y cruzó puertas. De espaldas sobre una mesa, desnudo, lo interrogaron. Para que no durmiera, le lanzaban agua y le aplicaban los polos eléctricos en las orejas, paladar, ano, testículos, pene. En las pausas, las preguntas. ¿Dónde están los arsenales del Partido Comunista? ¿Quién dirige sus fuerzas de choque? ¿Dónde está escondido tal o cual dirigente? ¿Qué contactos tienen en las fuerzas armadas? Bastonazos en los muslos y el estómago. Paños mojados. Puñetazos al pecho. Al corazón. Después, el estetoscopio del médico: ¡sí, todavía resiste! Sintió anudarse de alambres en las muñecas y los tobillos. Por ahí entraba ahora la electricidad tronando en los oídos y casi borrando las imágenes dulces de sus hijas, nietas, esposa. Piernas y manos suben tiradas por los alambres. Sólo el tronco reposa en la mesa. También éste se alza lentamente despegándose de la tabla mojada y caliente. Cuelga ciego con manos y piernas abiertas. El acero rebaña la piel de las muñecas y tobillos. Desde más allá de la venda su hija menor sonríe. Un cajón le presiona la espalda. No. Yace otra vez en la mesa. Recoge con los labios agua que le cae encima. Voces con repetición de las preguntas. Recriminaciones de hombres furibundos: te prepararon bien, desgraciado. Electricidad, golpes, vuelo, cabeza caída hacia atrás. Desplome, médico, corazón: déjenlo un rato. Se nos va. Fin brusco del sueño con el agua helada y el vaivén alado. Nota la humedad tibia de gotitas de sangre en los brazos. Lo descuelgan y desatan. Le permiten dormir arrollado en el suelo frío. Desconociendo si era de día o de noche volvía a sentirse elevado por los alambres y golpeado desde abajo con varillas de acero. Tantas horas como desmayos y tantas preguntas como mutismo. Al insulto respondía con otro insulto. ¡Comunista, maricón! j Milicos traidores! ¡Agente de Moscú! ¡Cobardes! El diálogo lo apagaba el metal introduciéndole espasmos de vidrio por las extremidades y los órganos sexuales, las descargas de puños y garrotes, y emergía proyectada en la venda la cara rosada de la hija cantando. La aguja entró en el brazo derecho y el líquido inyectado circuló por su sangre proveyéndolo de apacible somnolencia. Oía clarito. Le preguntaban por la hija menor. Si, es buena estudiante.

Y muy alegre. Con su coche y muñeca canta bajo un árbol. Canta bajo un árbol. Peinada con chasquilla canta bajo un árbol. Hay chercanes y un zorzal, pero sobre todo gorriones. Revolotean animosos en el ramaje. Chercanes y un zorzal. Su oído de cazador los conoce de inmediato. Permanece solo en una celda. Lo despertó el canto de los pájaros. Es de madrugada. Pronto saldrá el sol. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué día es?'Después interrogatorios sin apremios. La amenaza del mesón y de colgarlo otra vez. No les satisface en sus propósitos de envolverlo en las novelas que tejen contra el Partido Comunista, sus dirigentes, los Partidos de la Unidad Popular, el Gobierno traicionado. Por eso retorna al castigo, al pentotal. Pero acude la hija con su coche, su muñeca y sus canciones entrelazados con el concierto matinal de la pajarería despertando en algún lugar del exterior de esos sótanos. Una mañana le entregaron los pantalones, los zapatos, restos de una camisa que no era suya. De vientre sobre el piso de una camioneta rodó por calles desiertas de Santiago hasta que lo dejaron solo en la pieza de otro edificio que no supo conocer. El silencio y la oscuridad le permitieron dormir muchas horas. Al despertar golpeó la puerta. Abrió un soldado que le condujo al retrete frente a su cuarto. Allí nos encontramos y Luis Alberto Corvalán consiguió ropa y comida para él, con los otros prisioneros del Estadio Nacional.

Riquelme fabrica carteras de reno y suela en Rito-que. Muestra a otros la forma de cortarlas, coserlas con el mismo material. Sus parientes le consiguen materia prima aportándosela en las visitas. Samuel las exhibe, pasea mostrándoselas a los compañeros y termina regalándolas para las esposas e hijas de otros presos. En las tardes recorre las cabanas sacando a los gimnastas remolones.

Araneda ha sido examinado en el Hospital Naval. Su pierna empeora. Los médicos dictaminaron flebitis. Requiere tratamiento ciudadoso, exactitud en el ingerido de medicinas. Pero no siempre le permiten el ingreso de sus remedios. Hay días en que debe permanecer en cama. No puede madrugar como es su costumbre. Tampoco caminar. Cuando se siente bien se cuela de arquero en un partido de baby-fútbol. Se luce. Ataja incluso los penaltis. Pero en un lanzamiento de costado equivoca el blanco y en vez de parar hacia la derecha, lo hace hacia la izquierda. Choca contra el palo. Cae mal. Se quiebra un brazo. Ahora vuelve la cojera a la que agrega un brazo enyesado. Entonces intensifica su labor ante las delgadas láminas de cobre repujando repetidamente la figura agachada de una india mapuche sacando agua de la fuente con un cántaro de greda. Termina una de dos metros de alto por ochenta centímetros de ancho. Todo un mural. Recibe sugerencias de quienes le visitan en su cama-taller. Yo haría este pómulo así o asá, le propone Claudio Huepe, de quien se hace gran amigo. Correcto, responde Araneda. Toma la herramienta y hazlo tú mismo. Y quién formule una proposición de cómo alargar las trenzas de la india, o profundizar más el calado del trarilonco, recibe la misma respuesta de Araneda. Toma las herramientas y métele fierro, es un trabajo colectivo, camaradas. Yo me entretengo, Uds. se entretienen y elaboramos un cuadro hermoso entre todos. Total, todos estamos contentos. La india mapuche recibió también un marco de dimensiones colosales. Unos compañeros del norte chico lo tostaron para darle "la pátina del tiempo". La esposa de Araneda y sus hijas consiguieron un camión el día de visitas fijado para llevárselo.

El compañero Corvalán contagió a los demás prisioneros de su cabana con el repujado de cobre. Se hizo asesorar por Miguel Lawner, dibujante excelente, e iniciaron la producción de retratos familiares. Una fotografía de Lily, su esposa, pasó a la lámina de cobre previamente quemada. Con el palito aguzado, tomado como lápiz, delineó el mentón, ojos, cabello. Observaba los resultados comparando su trabajo con la fotografía y preguntando a Lawner, ¿qué tal, ah? Y se respondía rápidamente, ¿va saliendo, ves? Dejaba el trabajo y tomaba sus textos de francés y agronomía. Daniel Vergara, con quien compartía la habitación en ese tiempo leía y leía, imposibilitado de entregarse al placer creador de la artesanía simple porque su brazo continuaba semiparalizado, desde el balazo que le dieron durante su traslado a Dawson. Tras varios intentos fallidos que no le desanimaron, Corvalán, terminó el retrato de su esposa Lily en la plancha de cobre. Construyó el marco y lo dio de sorpresa en una de las visitas. La vital Lily se emocionó y violando las reglamentaciones prohibitorias de que los visitantes de los 21 se mezclaran con los demás prisioneros de Ritoque, acudió a nosotros abrazándonos alegre y levemente humedecidos sus ojos. Mi viejo querido lo hizo, repetía apretándolo contra su pecho. En el retrato ella sonreía.

Nadie supo exactamente cómo, pero el hecho es que a eso de las siete de la tarde, nos enteramos de que Luis Corvalán había sido galardonado con el Premio Lenin de la Paz. Araneda, cojeando y con un brazo enyesado pidió permiso a la guardia para devolver algunas herramientas a los de al lado. Se metió de sopetón y llevó el saludo de todos nosotros, los abrazos, nuestra alegría, por tan merecido homenaje. El Premio es de todos nosotros, camaradas, dijo Corvalán serio y conmovido. Efectivamente. Así lo sentíamos, porque nos abrazábamos y corríamos de una cabana apotra repitiendo una noticia que todo el campo conocía. Los compañeros socialistas tallaron en una moneda su símbolo: sobre el mapa de América un martillo más la hoz y el martillo de los comunistas. Nuestra unidad sí que es buen homenaje por el premio Lenin, subrayó Corvalán.

Esa noche nos correspondía espectáculo en el comedor. Asistimos todos. Incluso la guardia autorizó la asistencia de los 21. Como era habitual los sentaron separados. Los oficiales vigilaban atentos, mirando, escuchando. Osear Castro, actor y dramaturgo, prisionero ocho meses, al que asesinaron su madre de 60 años al momento de detenerlo a él, director del grupo teatral de Ritoque, dedicó el espectáculo: Con todo nuestro cariño y respeto a ese hombre que todos conocemos y queremos. Desde el corazón de un país lejano y muy nuestro le rinden homenaje a su honestidad, patriotismo, capacidad. A su vida entregada a conseguir la felicidad de Chile. A Ud. compañero Corvalán.

Aplausos como en los días de libertad y triunfo. Batir frenético de manos de todos aquellos que querían abrazarlo y no podían. Corvalán se levantó, alzó un brazo y moduló una palabra que no dijo, pero que leíamos en sus labios: ca-ma-ra-das. Queríamos expresar lo que en ese mismo momento sentían millones de chilenos a lo largo del territorio, centenares de chilenos desterrados, millones de hombres y mujeres de otras tierras que lo sabían prisionero e íntegro, moralmente en condiciones de regalarnos esperanzas y confianza absoluta en el futuro. Viviendo la derrota con la convicción contagiosa de la fugacidad del momento amargo y duro para el pueblo de Chile. Asegurándonos con su mirada paternal que el triunfo nos espera detrás de algunos sacrificios y esfuerzos más. Totalmente fuera de programa cantamos nuestro himno de la alegría.

"en que los hombres volverán a ser hermanos".

Los milicos se dieron cuenta de qué se trataba. Excepcionalmente esa vez se hicieron sordos y nos dejaron tranquilos con nuestro canto y nuestro contentamiento, que en parte muy profunda también les tocaba a ellos.

Un amigo minero nos mandó piedras de lapislázuli para el enriquecimiento de la joyería ritocana. Durísimo trabajo es de cortarla, darle forma en el esmeril y bruñirla con tres categorías de lija de agua. La hicimos llegar a los compañeros de al lado. Cademártori la compartió con los interesados en trabajarla. Hernán Soto dominó pronto su porfiada dureza combinándola con trabajos en metal. A Sergio Vuskovic, siempre que lo divisamos en su cuarto lo vimos leyendo libracos inmensos. Al dejar uno sin concluir, marcaba las páginas con láminas de metal de anillos no terminados. Los domingos se metía impecable en un traje azul marino para recibir la visita de su esposa.

Carabineros 15 días. Aviación 15 días. Ejército 15 días.

En Julio se cerrará Ritoque, nos informaron una mañana. Permanecerá Melinka. Me imagino que Uds. irán libres. Es lo que les deseo, por lo menos, yo.

Cambiaba el lenguaje hacia nosotros.

Los hombres de la tropa en sus ratos libres iban a la playa cercana. Pescaban jureles y jaibas. Nosotros les fabricamos ganchos de alambre y le armábamos lienzas y anzuelo. Compartíamos los frutos. Si conseguíamos limón, preparábamos sebiche con el que festejábamos los domingos a las visitas que salían de madrugada de Santiago, para vemos en la tarde y retornar a medianoche a la capital.

Poco antes que saliéramos en un grupo rumbo de nuevo a Tres Alamos, y en un cambio de guardia que no reparamos si se trataba de aviación o ejército, aparecieron inscripciones en las paredes del comedor: "Confianza, compañeros. Entre nosotros también tienen amigos".

Para el Primero de Mayo correspondía espectáculo. Decidimos efectuarlo fuera del comedor como habitualmente los realizábamos. Elegimos la cancha al centro del campo. Se decidió participación de todos.

Un escenario armado de mesas y tablones, cuatro frazadas cosidas entre sí al fondo como telón. Sobre ellas letras recortadas con cinco palabras grandes, rojas, estridentes; ¡ Viva el Primero de Mayo!.

En esa fecha éramos más de 200 prisioneros, repartidos en cuatro cabanas. Divididos en cuatro grupos nos preparamos para recordar la fecha internacional de los trabajadores. Los de la cabana uno se vistieron de campesinos con poncho, ojotas y chupalla. Formaron una columna con carteles sin inscripción y dieron varias vueltas cantando y coreando gritos alusivos a nuestra vida en Ritoque. Un verdadero desfile. La tropa se ubicó inmediatamente detrás de las alambradas controlando posibles excesos o alusiones políticas. El oficial a cargo la encabezaba presto a dar la orden de reprimir lo que considerara inapropiado para nuestra calidad de prisionero sin derecho a expresar nada susceptible de herir la epidermis de la Junta. Los campesinos vociferaban vivas a la tierra y vivas a los campesinos. De la cabana dos surgieron cincuenta estudiantes y maestros con libros, bolsones, tremendos lápices, compases y birretes negros. Recorrieron los senderos de las cabanas, pasaron al lado de las rejas, cantando un himno juvenil. Los campesinos, ya ubicados de espectadores ante la tribuna eran el público que les aplaudía efusivo. La cabana tres dio origen a los pobladores, habitantes de los barrios marginales de las grandes ciudades, vestidos sin mucha dificultad con prendas rotas, remendadas, descalzos y sus letreros donde solamente brillaba la palabra: pobladores. La cuarta cabana dio nacimiento a los mineros vestidos con el uniforme azul y una imitación de casco con una taza de plástico semejante a la clásica lamparita que ilumina los túneles del carbón y el cobre. Estos, son, los mineros, del carbón, coreaban desfilando ante los soldados de los que los separaba la reja. Aplausos, canciones, un conjunto folklórico alentaba cuecas en el escenario. Luego, un breve discurso de uno de los detenidos, con el repaso somero al mundo sacudido por la solidaridad hacia Chile, el fin del mandato negro en Grecia, la nueva vida emergiendo en Portugal con la derrota de Gaetano-salazarista y el retomo de las bayonetas hacia el sector que nunca debieron abandonar, el pueblo. Panamá golpeando la mesa de negociaciones para recuperar el canal, legítima pertenencia de su nación. Y nuestro homenaje a los caídos: Allende, Carrillo, Tohá, Bachelet, Prats, Neruda, Jara, Henríquez, Cortés Monroy, Tapia, Molina, el cura Poblete, Ofelia Villarroel, Lumi Videla y tantos otros de la interminable lista de sangre. Reiteración de agradecimientos a la solidaridad que es estímulo para el aguante de los presos. Después un minuto de silencio y meditación. Tarareando con fuerza el acompañamiento de las guitarras finalizamos silbando el himno de la CUT: ¡ Aquí va la clase obrera, hacia el triunfo querida compañera ... !"

Después el deporte ante el control permanente de los guardianes.

Cien decretos de expulsión dieron a conocer a nuestros familiares en Santiago. Quienes figuraban allí, 20 de los cuales estábamos en Ritoque, serían trasladados muy pronto a Tres Alamos. Mi mujer apeló ante un fallo emitido sin juicio. El Coronel Espinoza le dijo: yo no decido. No saca con nada con reclamarme a mí. Diríjase al Ministro del Interior. Buscó infructuosamente una entrevista con el General Benavides, inalcanzable secretario de Estado. Al Ministerio de Defensa no la dejaron entrar y la expulsaron del edificio Diego Portales. Escribió entonces a Benavides y me contó desesperanzada. Vivíamos ya en Tres Alamos la tramitación previa al viaje. Mi mujer recién encontraba casa, porque la habían lanzado de donde vivía, cuando le llegó una carta del Ministerio del Interior, por pagar. "Su marido, actualmente arrestado en uso de las Facultades Constitucionales del Estado de Sitio" ... no resulta posible acceder a su petición "por ser inconveniente a las necesidades de la Seguridad Nacional". Reíamos con amargura.

La última semana de Mayo nos sacaron de Ritoque. Los compañeros cantaron despidiéndonos. Algunos lagrimeaban. Llegaba la fatal separación después de 20 meses de penurias vividos con el mejor ánimo que fuera posible, y en el momento que nos imaginábamos era el término de la prisión acudía algo más grave, la expulsión de nuestra tierra. Nos impidieron despedirnos de los dirigentes, pero por entre los alambres del recinto y el comedor, estiramos las manos y las apretamos fuertemente. Animo, compañeros, nos decían. Buen viaje. Fuera tendrán trabajo como el que tendrían en Chile. Tomados de la mano cantaron con nosotros que acarreábamos el equipaje para la habitual revisión. El compañero Corvalán agitó su yoqui sonriendo. Una sonrisa como la que tenía en su cara 20 meses antes, cuando lo vi en la sede del Comité Central del Partido Comunista en Teatinos 416. Viernes 7 de Septiembre de 1973.

El Partido Comunista ofrecía una conferencia de prensa a los periodistas de izquierda. Había muchos cabos desatados que no comprendíamos. Los problemas del país acentuaban su gravedad. Paro patronal, declaraciones de ilegitimidad del Presidente por parte de la Cámara de Diputados, Poder Judicial. Corvalán y Orlando Millas respondieron las interrogantes, coincidiendo en que la situación tendría su definición muy pronto. Incluso en esos momentos se definía en dos planos. El social, respecto de la correlación de fuerzas en pugna y el político, tanto en el seno de la Unidad Popular, como en las conversaciones con la Democracia Cristiana sobre un plebiscito nacional. En esta profundidad costaba armonizar soluciones. Existía turbulencia de ánimos exacerbados. Las movidas de mandos sugerían inquietante toma de posición en las FF.AA. El Partido Comunista continuaba dispuesto a emplearse enérgicamente para sostener el Gobierno del Presidente Allende imprimiéndole fuerza a la consolidación de las conquistas alcanzadas. Desgraciadamente ello, no lo resolvemos enteramente nosotros, sostuvo Corvalán. Ahora bien, agregó Millas, cualquier solución que logremos, pasa por la unidad socialista-comunista, considerada tanto por nosotros como por ellos, vital para nuestro pueblo.

- ¿Cuándo comenzarán los enfrentamientos que decidan la situación?- preguntó un reportero.

- Tememos que ya comenzaron, enfatizó Corvalán. Aquella misma mañana, habíamos conversado con el Presidente Allende en La Moneda. La entrevista con los periodistas de izquierda se realizó en la sala del Consejo de Ministros. Con Allende de capa negra con forro rojo, estaban el Ministro de Defensa, Orlando Letelier, el Ministro Secretario General de Gobierno, Fernando Flores. Su Consejero de Difusión, Rodrigo Rojas. Su secretaria de prensa Frida Modack. Doce representantes de los medios informativos de la izquierda. Tomando café escuchamos a Allende y planteamos preguntas. La agitación y el terror blanco, el paro patronal de los transportistas, la posición de los trabajadores, del ejército. Sobre esto último se le reiteró el tremendo desconcierto de los trabajadores allanados por tropas, asesinados por ellas, vejados en las industrias que protegen ante el sabotaje golpista. Se horadaba el sustento del régimen. Allende sabía todo eso. Y nos confirmó las conversaciones sostenidas a propósito de esto con el Comandante en Jefe del Ejército, General Augusto Pinochet. El General también está preocupado y ha ordenado a los Comandantes de Unidad suspender los allanamientos de industrias. Letelier, asintió serio.

- Se comenta, dijimos, que la flota de guerra se niega a abandonar Valparaíso.

- Saldrá a alta mar a las maniobras programadas.

Cada director de medio informativo traía decenas de casos alarmantes respecto a las actitudes de los oficiales. No cumplen las órdenes de reprimir a los patrones en huelga, vuelven sus armas contra sus víctimas, los trabajadores.

- Todo lo sé, señaló Allende. Por eso quiero pedirles máximo cuidado en el enfoque de estos problemas. Que ni una línea de lo que aparezca en sus diarios, radios, televisión, haga dudar del patriotismo de la FF.AA. Es cierto, existe confusión en determinados sectores de ellas, pero se impondrá su amor por Chile, ellas saben tan bien como yo que la defensa patria no es un concepto abstracto. La soberanía nacional puede garantizarse únicamente con la soberanía económica que estamos forjando.

- Ministro Letelier, ¿Habrá parada militar?

- Sí. Existían algunas dificultades ya superadas. El lunes a las 16 horas lo anunciaremos en una conferencia de prensa en el Ministerio de Defensa con la presencia de representantes del ejército, la marina y la aviación. Les haré llegar una invitación.

- ¿Nos puede decir cuáles eran esas dificultades?

- No.

Allende agradeció nuestra presencia, se levantó y se alejó desapareciendo tras los cortinajes rojos en dirección a su despacho. Esa habitación alargada y sombría, de paredes tapizadas en verde y caoba, con la mesa y los micrófonos y el Acta de la Independencia de Chile colgada en un extremo ardería cuatro días después al impacto de los rockets de los caza-bombarderos. Allende caería acribillado a balazos tras esos cortinajes rojos que se lo tragaron hoy. Varios de los que tomamos ubicación en esa mesa, desaparecerían para siempre, muertos. Otros asilados, el resto presos. Y el leal Comandante en Jefe del Ejército, General Augusto Pinochet, en quien Allende confiaba por su constitucionalidad, patriotismo y lealtad, recorrería como Jefe de la Junta Militar esos escombros quemados. Antes de dar la orden de ataque, reiteraba fidelidad a su superior, el Presidente de la República.

A Tres Alamos llegamos cerca de medianoche. Separaron el grupo distribuyéndolo en los diferentes pabellones. Entre 13 "que nos interesan especialmente", según un capitán de carabineros, nos mandaron a la barraca donde antes mantuvieron a las mujeres, y donde entramos a compartir vicisitudes con más de 200 compañeros detenidos en los últimos meses y semanas. Lluvia, viento, frío en Santiago, pleno invierno.

Recordábamos Ritoque con los compañeros cantando y las inscripciones dibujadas a mano en las tablas del comedor por anónimas manos uniformadas. "Tengan confianza, compañeros. Tienen amigos entre nosotros".

Firmaba: Co-li-mi, que leído al revés significaba: mi-li-co.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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