Prigué
Prigué

"RITOQUE"


Capítulo 20

- Recepcioooooón.

El grito lo lanzaron al mismo tiempo varios hombres que tomaban sombra bajo un castaño apestado y grande.

- Recepcioooooooón.

Otras voces lo repitieron en los pasillos y habitaciones interiores. Desacostumbrados aún al cambio de paisaje, los siete permanecíamos parados al lado del portón de hierro del Pabellón 2, acalorados sudando junto al cerro de bolsas, colchones y frazadas. Habíamos cruzado únicamente veinte pasos para llegar a esta construcción de ladrillos y cementos igual a la estructura del Pabellón 1. Pero con diferencias. Todas las que nos recibían eran caras nuevas. A medida que se asomaban a las ventanillas enrejadas o a las puertas, acercándose con palmoteos, preguntas, bienvenidas y felicitaciones, comprobábamos que el número de los prisioneros de este recinto era muy superior al de la compañía que dejábamos. Muchos hombres sin camisa nos ayudaban a sacar el equipaje del sol y a cargar a Araneda, incapacitado de caminar por su pierna hinchada. Inmediatamente constatamos un paso adelante en organización porque disponían de esta novedosa y útil Comisión de Recepción.

Estos compañeros ya conocían por qué veníamos y estaban de acuerdo con la decisión adoptada.

- Siéntense por aquí mientras les buscamos alojamiento.

Nos abrieron espacio en bancas arrimadas al tronco del castaño ofreciéndonos tazones con café.

Caras nuevas. Trajes de calle estropeados. Cutis blancos de invierno. Con contadas excepciones hombres detenidos en los últimos meses, en la mitad de 1974. Apresados y en manos de la DINA. Cuando caímos nosotros durante el golpe y en las semanas posteriores a él, las investigaciones, interrogatorios y flagelaciones, corrían directamente a cargo de los Servicios de Inteligencia de las FF.AA., ejército. aviación, marina y carabineros. La DINA nació para coordinar y centralizar el fichaje y los presos con su papeleo disperso en los ocultos recelos y rivalidades de las cuatro ramas uniformadas. Pero la DINA manejada personalmente por Pinochet, se desarrolló imponiéndose largamente a los servicios de espionaje tradicionales como un quinto y más decisivo poder, independiente, gigantesco, con presupuesto confidencial y "licencia para matar". Con atribuciones incluso de vigilar celosamente la fidelidad a Pinochet de la oficialidad de las FF.AA. Compuesta en sus comienzos por cuadros seleccionados del ejército, la marina, la aviación y carabineros, recibió el refuerzo militante e ideológico del grupo fascista "Patria y Libertad" como integrante a sueldo y de numeroso personal extraído del submundo del hampa. Cuando nos sacaron de Chacabuco encerraron allí a 300 delincuentes comunes que cumplían castigo en Pisagua. En Chacabuco los instruyeron privadamente con disciplina militar. A su egreso se les despidió con una ceremonia solemne en Valparaíso a la que asistió públicamente como figura oficial cumbre el director de Investigaciones, General Baeza.

DINA es una palabra que los uniformados pronuncian con cuidado y los civiles con asco. Apresa y resuelve. Otorga libertades o mata. Vigila, interroga. Los uniformados son sus sirvientes. En Tres Alamos, carabineros. En Ritoque la FACH y el ejército. En Melinka, la marina, y así alternativamente en los campos de concentración diseminados por el territorio nacional De esta manera las fuerzas armadas que derribaron el Gobierno Popular con su incontrarrestable poder de fuego dirigidas por facciosos, se transformaron en seis meses de gestión pinochetiana en brazos eficaces, sin cerebro y sin voz de mando. Custodian los campos de concentración, trasladan prisioneros, entregan cobertura armada a los allanamientos de poblaciones e industrias, patrullan de noche, ; bren sus cuarteles para cárceles, rígidos a las ordenanzas de la cabeza fría de la DINA.

Igual que en la conducción real del país. Desde la gerencia de "El Mercurio", Fernando Leniz, emprendió la reculada de la economía con su equipo de oligarcas, desmontando los avances de varios lustros. Cauas y otros técnicos representativos del liberalismo machesteriano, planificaron la liquidación del área social para obsequiársela a los magnates; de la reforma agraria, atomizándola en parcelas individuales sin porvenir o en restitución de latifundios. Al uniformado se le asignó el rol de ejecutor, ordenar, cumplir, llevar a la práctica aquellos planes. Allá marchan tropas con una bandera al frente colocando otra vez a los Edwards en el sistema bancario, a los Yarur en el monopolio textil. Banderitas y desfiles con banda de músicos festejando a los enviados de la Anaconda, Kennecot, ITT, Dow Chemical, recibiendo nuevos edificios, cuentas bancarias, obreros, subsuelo y guardia armada para crecer, desarrollarse y estrujar sin sobresaltos. Su recuperación ayudará a la imposición renovada del poder económico oligarca. Hay vigilancia y decisión suficiente para evitar amenazas de los insurrectos aplastados el 11. La DINA existe en función de ello. El respaldo de terror lo dan las FF.AA.

De este nuevo Chile que no conocemos directamente los que llegamos del Pabellón 1, proceden los del Pabellón 2. Son 250. Las habitaciones para cuatro detenidos resisten ocho y diez. Hay literas en los pasillos y corredores. Los objetos de uso personal los amontonan en el patio dejando todo el lugar bajo techo al hacinamiento humano. Un muchacho cede su lecho a Araneda. Y me destinan un lugar privilegiado para dormir. En el medio metro de suelo que dejan libre dos literas. Debo esperar que todos se acuesten para extender mi colchón y envolverme en las frazadas. Los cinco restantes de nuestro grupo reciben colocación a la entrada del baño, soportando con buen humor que en la noche les despierten pasando por encima los que acuden al retrete. Las piezas son hornos durante el día. Cuesta mantenerse en ellas. Por eso los grupos a la sombra del castaño, desde donde sale también la materia prima para los caballitos de mar que tallan los muchachos. Es el único trozo de verdor. El patio es de tierra desprendiendo siempre un polvillo blanco que ensucia los encerados matinales y forma costras en la nariz. Una estrechez superpoblada con olor a sudores y porotos rancios.

- Por fin espacio, aire libre.

Puede ser una ironía provocada por las torturas, el calor y el hambre. Pero no. Se trata de una reflexión seria de uno de los compañeros del 2. Permaneció 30 días con los ojos vendados, quieto, en uno de los calabozos de Villa Grimaldi. Emparrillado en numerosas ocasiones lo dejaban 10-15 horas de pie con las manos engrilladas a la espalda. Eran plazos para ablandarlo antes del interrogatorio. Para sus familiares y amigos estaba desaparecido. La DINA es celosa en sus requiebros. Después lo trajeron con otros compañeros en un camión frigorífico a 4 Alamos, donde lo dejaron 28 días solo en una pieza. Cumplía 24 horas en la libre plática del Pabellón 2.

- Tú no entiendes mi dicha al poder desplazarme libremente cinco pasos, mirar las hojas de este árbol y ver las caras de los que me hablan.

Encontramos al senador Jorge Montes, muy delgado, pálido. Desconocía el paradero de su esposa y sus dos hijas, también detenidas y torturadas. Pero hablaba con la serenidad de siempre, terminando sus frases con una risa que ahora suspendía bruscamente ensombrecido.

El 30 de Diciembre hay traslado de prisioneros a Melinka y Ritoque. A los siete se nos destina a este último. Debemos estar preparados a las tres de la mañana.

Vuelta a vivir lo tantas veces repetido. Buses, uniformes, amenazas, velocidad de amanecida abandonando Santiago. Al mediodía detención en Puchuncaví, desembarco de cien prisioneros. Ablandamiento de la guardia al custodiar sólo a siete con destino a Ritoque. Aprovechamos una parada en la Plaza de Puchuncaví para solicitar un favor a los carabineros. Lo aceptan. Y mientras ellos compran pan amasado nosotros compramos los diarios del día. A las dos de la tarde nos internamos por un sendero de tierra y arena que cruza la línea del ferrocarril. Una garita, sacos de arena, policías. Un letrero: "Zona Militar. Prohibida la entrada". Contraseña. Ahora damos tumbos junto a una colina. Al otro lado arenales y eucaliptus. Casas de campo abandonadas. Otra barrera. Exhibición de credenciales y contraseña de nuestros conductores. Saludo con la mano en la gorra. Continuamos. Detención ante un campamento de barracas de madera, igual que Melinka, rodeada por reja electrificada, torres y una valla alta de tablones. Bajamos y nos forman en la arena blanda. Entran y salen uniformados. Desde los techos de las cabañas algunos prisioneros nos miran. Nos saludan.

La valla de tablones separa a una cabaña de las demás en el interior. Pero desde el exterior, con el portón abierto, podemos contemplar su patio donde hay una cancha de tenis improvisada. Desde allí nos contemplan sonriendo y agitando sus manos tres compañeros: Corvalán, Cademártori. Vergara. Es el recinto donde aíslan a los dirigentes de la Unidad Popular, a los colaboradores directos del Presidente Allende y a dirigentes de Valparaíso, los compañeros de Dawson. Cierran el portón y los perdemos de vista.

Aproximadamente a las cinco de la tarde nos ingresan, registran y distribuyen en las cabanas. Integramos ahora una colonia de 160, todos ex chacabucanos. Los de Tres Alamos que venían con nosotros quedaron todos en Melinka. Los compañeros ya ambientados nos reciben obsequiándonos jaibas cocidas.

El régimen interno no difiere mucho de otros campos. Únicamente en matices. Diana a las siete, formación a las ocho, a las 12 y 18 horas. Y en esta última formación tomamos parte ese mismo día.

Tres cabanas y la valla de madera forman el rectángulo donde hay una cancha de baby-fútbol, un montículo con un mástil y una bandera. Cuando constituimos la formación abren la puerta de la cabana separada y entran los compañeros de Dawson. Nos separan cinco metros y los fusiles de la guardia verde. En ese momento hay 21.

Luis Corvalán, Clodomiro Almeyda, Fernando Flores, Jorge Tapia, Jaime Tohá, Carlos Matus, Luis Valdés Matte, José Cademártori, Daniel Vergara, Orlando Cantuarias, Jaime Concha, Hernán Soto, Aníbal Palma, Miguel Lawner, Alfredo Joignant. Sergio Vuskovic, Leopoldo Zuljevic, Andrés Sepúlveda, Luis Vega, Maximiliano Marholtz, Ariel Tachi. Su número varía de una semana a otra. Los sacan a medianoche por días o semanas. Desaparecen de la fila. Llegan otros. Retornan los primeros. Con nosotros forma el diputado demócratacristiano Claudio Huepe.

Bajan la bandera. Vuskovic habla con el sargento. Este nos mira y hace un gesto afirmativo. Se aleja la guardia. Rompemos la formación y nos aproximamos a los compañeros. Abrazamos conmovidos a Corvalán y a todos y cada uno de ellos, muchos de los cuales conocemos sólo por las fotografías.

- Y Uds. ¿qué hacen por aquí?

- Veraneando, pues. ¿Y la salud?

- Buena. Pero el ánimo está mejor.

Corvalán lleva sobre sus hombros el poncho campesino y su yoqui. Igual que los demás está delgado. Fuertes apretones de manos. Palmoteos. Almeyda sonríe: "Bienvenidos, compañeros". Aníbal Palma, huesudo, bromea: "¿No viene con Uds. base radical?". Queremos preguntar a Daniel Vergara por su brazo paralizado por una bala, pero nos lo impiden las preguntas de ellos: ¿"Por qué los sacaron de los cien"?, inquiere Femando Flores. Bruscamente la guardia interrumpe el encuentro extendido más allá de lo autorizado. Los retornan al patio estrecho de su cabana.

En Ritoque perdemos nuevamente el nombre. Constituimos números.

La noche de Año Nuevo veríamos otra vez a los 21. Les prohibieron asistir al espectáculo montado por los del sector grande para recibir 1975. Estuvieron encerrados en sus cuartos. Nosotros en el comedor cantamos y bebimos té. Recibimos y dimos parabienes. Se recitaron poemas de Neruda y entonaron canciones de Víctor Jara. A las doce la guardia manifestó su júbilo disparando bengalas y ametralladoras. Desde las puertas del comedor, una alambrada permite ver la cabaña aislada, extraña en la noche iluminada por reflectores anaranjados. Los 21 dirigentes, tomados de la mano, parados en su patio, cantan en dirección del comedor el Himno de la Alegría.

".. .el canto alegre del que espera un nuevo día .. ."

Nos apelotonamos contra las rejas tomados también de las manos, separados diez metros de ellos por el enrejado y también cantando.

"vive soñando el nuevo sol".

La guardia de carabineros pretende expulsarnos a nuestras cabañas, pero se queda quieta escuchando, observando. Hay tanto vigor y voluntad en esas estrofas escapando a los cielos negros de4 balneario. Desde el cerro del fondo en las casetas y en el puesto de la Punto 50, uniformados de pie nos miran y seguramente piensan también en sus hogares, dejados por ellos esa noche para cumplir una guardia diferente a las de rutina. En el paso del 74 al 75 custodian prisioneros políticos. Y entre esos hombres aquellos a los que conocieron en el régimen popular. Ministros, parlamentarios, personalidades de gran relieve de la política chilena durante muchos lustros. Perseguidos por ellos en el pasado por la agitación que dejaban a su paso entre los trabajadores. Obedeciéndoles durante tres años, aun cuando fuera de malas ganas, pues ganaron limpiamente su derecho a gobernar para transformar Chile. Ahora prisioneros sin ningún derecho. Enlodados por la propaganda juntista. Odiados y temidos por sus generales. Ante sus ojos hombres sensibles, inteligentes, honestos, de inconcebible trato cordial con ellos, sus carceleros. Cantando un himno de confianza, y no hay dudas, de combate. Dispersos en el viento los últimos compases partimos con la frente alta a nuestros alojamientos entre gritos de "feliz año, compañeros".

Ritoque. Otro balneario popular creado por el Gobierno de la UP, convertido en campo de concentración. Primero lo ocuparon íntegro los de Dawson. Al anunciarse el traslado de los chacabucanos les redujeron el espacio a las 10 habitaciones de una cabana y a unos cuantos metros cuadrados de pasto a su alrededor. Sus cuartos, como los nuestros, disponen de dos literas de dos pisos de listones. Esa noche de Año Nuevo hubo extensión especial del horario para el encierro, el sueño o los desvelos. Hasta las doce y media. Después la cadena y el candado a la puerta. La guardia paseándose y los perros refregando el hocico en toallas olvidadas sobre los troncos. Los recuerdos en la oscuridad. La luz anaranjada alumbrando a los 21 compañeros, la comunicación plena de sentimientos lograda por esa cancioncita entonada en mil lugares enrejados de Chile. La esperanzadora realidad de encontrarlos vivos, enteros, entusiastas, igual a como los imaginábamos. Amando la vida como el que más, deseándola dichosa para todos los trabajadores, decididos por lo tanto a conquistarla, sin importar la propia, como lo demostraban dando ejemplos de dignidad y valentía.

La Comandancia del Campo reside en la Base Aérea de Quintero, Ala Número Dos, donde aterrizamos en Octubre viniendo de Chacabuco en un traslado que creímos era a Santiago. Allá se decide todo. De vez en cuando aparecen por acá los oficiales en revisiones formales y de rutina. Una vez a la semana acude un médico. Chequea a los inscritos y les receta aspirinas. Si los pacientes son obreros o campesinos, el médico aprovecha la consulta para comentar la situación difícil de los detenidos.

- Sabemos que Uds. se encuentran en malas condiciones de salud y con alimentación insuficiente. El largo carcelazo los tiene enfermos. ¿Pero qué puedo hacer yo? En cambio, vea Ud. los jerarcas sí están bien. Comen caviar. Beben vodka. Los metieron a Uds, en este lío y llevan vida de reyes.

Los compañeros escuchan y callan. Saben que los "jerarcas" viven peor que nosotros. Otros discuten. El médico de la Fach vuelve a la carga con los otros pacientes. Cada semana. Todos los meses. El practicante, depositario de las medicinas llevadas por la Cruz Roja Internacional, producto de la solidaridad de todo el mundo, negocia con ellas. Muy poca vitamina llega a los prisioneros. ¿A quién reclamar? ¿Ante quién quejarse? Los médicos detenidos mueven la cabeza y respiran fuerte.

En Enero la Junta publicita una nueva lista de prisioneros que deberán salir al extranjero. Son 300 con destino a México. Los nombres de los siete aparecen registrados allí. Viene la Cruz Roja Internacional, preguntando voluntariedad en el destierro.

44 decimos que no.

Algunas semanas después encuestan al campo. Profesión, edad, estado civil, cargas familiares, idiomas, y en el hipotético caso de tener que salir al extranjero, ¿cuál sería su respuesta? ¿Si? ¿No? El uniformado portador de los papeles mimeografiados al repartirlos señala traer una orden perentoria del Ala: la última pregunta hay que responderla con un SI. Alegatos, consultas, aclaraciones. Es una orden. Poner SI. De los 160 prisioneros 90 ignoramos la orden del Ala y escribimos NO. Pataleos. amenazas. Nos negamos a rectificar.

Visitadoras del SENDE, trabajan días y días, llamando a los detenidos a conversaciones amables, maternales, argumentando que la única posibilidad de salir en libertad que ellas ven, es tomando un avión y mandándose a mudar al extranjero con su familia. . . hasta que no cambie la situación en Chile.

Seis compañeros llegan tarde a la formación una mañana. Viven en una misma pieza. No escucharon la diana. A las ocho y media, después del desayuno, nos forman a todos en la cancha en dos filas. Una detrás de cada arco. Los 6 muchachos, integrantes del MIR, quedan en el centro. Ingresa guardia armada que nos apunta a las espaldas. Junto a la bandera el Jefe de Campo, un oficial de carabineros de bigote negro y boca chueca por remedo de sonrisa cínica, les ordena iniciar un trote lento en círculo ante nosotros. Ahora más rápido.

Los castigados son jóvenes. Uno de ellos, adolescente, amarillento y pecoso, respira con dificultad y tose constantemente. Sabemos por qué. Es tuberculoso. Otro es muy gordo y camina con el balanceo del hombre de pie plano. El negro de pelo rizado trota con los puños apretados en el pecho. Más rápido. Trote veloz enterrando los zapatos en la arena de la cancha, subiendo al montículo de la bandera, pasando tras ella, retornando a la cancha, bordeando una cabana. Rostros de prisioneros desorbitados, el montículo y el mástil. Metralletas. Prisioneros. Treinta minutos. Transpiran. Botarse al suelo. Flexiones de brazos. Contando fuerte, uno, dos, diez y seis, treinta. De pie. Trote rápido. Más rápido. Uno, dos, tres. Más rápido. Alto. Manos a la nuca. Asentaderas en los talones. Saltar como sapo. Ya. Fuerza. Otra vez. Ritmo. Uno, dos, tres. Cuatro vueltas. Arriba esos sapitos. Uno, dos, tres. Con los pies juntos. Eso es. De pie. Trote. Una hora y diez minutos. El Jefe del Campo enciende un cigarrillo extremadamente lento. Y entra a su circo romano un uniformado gordo, arrastrado por una larga correa en el extremo de la cual ladra un impaciente perro policial. Las manchas de humedad cubren las espaldas y axilas de los seis. Sofocados aprietan los dientes y corren. Caras mojadas por la transpiración. La arena les marca ojeras negras. El perro tironea la correa con el hocico abierto y las patas delanteras en el aire buscando el cuello del sexto. Muerde. Deja espuma blanca cuando se le obliga a retroceder. Los muchachos apuran el paso perseguidos por los ladridos y el resuello caliente del perro. Garras y dientes descargan su peso en el de adelante, el tuberculoso. Cae con una oreja sangrando. De pie, desgraciado, grita el oficial escabullendo su imperturbabilidad. Otra vez la carrera, desordenada, sin compás. Una huida de piernas tiesas desparramando arenas y difundiendo olor a sudor y rabia. El perro con la cola parada se desliza entre ellos mordiendo tobillos, nalgas, sacude pedazos de tela clavada en sus dientes y retorna a la carga. Aúlla enronquecido. Su amo lo chicotea en gruñidos y silbidos secos. Dos horas. Nosotros también transpiramos impotentes, asistiendo al acoso de seis compañeros por una bestia dirigida por otras bestias. El gordo yace derribado de vientre. Intenta levantarse. Se derrumba de nuevo. Los otros cinco saltan por sobre su cuerpo en esas vueltas sin sentido, pero con propósito. El perro ignora al caído pegado a las espaldas de los aún con energías. Faltan 20 minutos para tres horas de lección. El uniformado, ladrando se lleva a su perro, caracoleando enloquecido. Los seis al baño.

En ese momento aparece el Comandante del Campo, oficial de la FACH, con sede en el Ala. Le acompaña un estado mayor de inspección. Recorre las dependencias. Se mete en las piezas. Mira los retretes y las duchas. Comprueba la estabilidad de las alambradas y vallas de madera. Huele vapores de ollas hirviendo en la cocina. Toma un cuchillo carnicero, lo clava en una mesa, pasa a la enfermería. Los pliegues rosados de su cuello rebalsan la guerrera. Parece venir saliendo del baño turco. Lustroso, desinfectado, masajeado, gelatinoso.

Se para con las piernas abiertas en lo alto del montículo, al lado del mástil de la bandera, controlando la formación. Antes que hable, uno de los nuestros le expone aceleradamente lo que acaba de ocurrir: práctica bestial de seis hombres acosados por un perro. Le reclamamos a él. Y lo haremos ante quien sea y por los medios que podamos. Aceptamos esto únicamente porque nos apuntan las ametralladoras. Nuestra condición de prisioneros políticos, les impone a Uds. determinados límites que no deben sobrepasar. Antes que termine ese, habla otro. El Comandante, estupefacto, simula oír. La tropa, sin órdenes, también escucha. Permanecemos detenidos por nuestras ideas. Y ayer mismo, un miembro de la Junta, superior del Teniente a cargo del Campo, el General Mendoza hablaba de la necesidad de terminar con el odio que divide a los chilenos. ¿Ud. piensa que ésta es la forma? El hecho de sostener nuestras ideas políticas no es razón para imponer castigos de esta especie a seis compañeros que se atrasaron a una formación. Surgen otras voces que el Comandante silencia.

- No tengo información de lo sucedido. Pero tengan presente una cosa. Estoy seguro que la mayoría de Uds., la inmensa mayoría son gente honesta y bien inspirada. Sin embargo, y Uds. deben coincidir conmigo, entre Uds. hay personal perverso. Son los menos. Ya lo sé. Pero, por esos pocos, pagan todos. De Uds. depende que lo de hoy no se vuelva a repetir. Una manzana en mal estado pudre a todas las demás.

Se fue y retornó a mediados de Marzo. El escándalo era tremendo. Hablaban de fuga de prisioneros de Ritoque. Nos tenían todo el día en la cancha y también varias horas en la noche. Redoblaron la guardia. Al exterior de las alambradas ladraban los perros. Instalaron una segunda ametralladora Punto 50 en la colina que domina Ritoque. Racionaron la luz. Retiraron los pocos radiorreceptores existentes. Prohibieron leer, escribir cartas y suspendieron las visitas semanales. Negaron el ingreso de diarios y de paquetes con comida y ropa. Incomunicación absoluta.

La historia, bastante confusa, sólo la aclarará el tiempo. Lo cierto es que uno de los seis del perro desapareció de su cabana. Nadie se inquietó porque había partido al hospital del Ala. Uno parte en cualquier hora obedeciendo un llamado de la guardia. Va adonde le digan. A veces ni sus compañeros de cuarto se enteran. Regresa en la tarde o dos días después. O no vuelve más. Ha ido a interrogatorio. Fue examinado ante los rayos equis en Quintero. Se le transportó a Santiago o Valparaíso esposado. No supo dónde estuvo ni quiénes le formularon las preguntas. Hasta se dio el caso de algunos que salieron en esa forma de un campo, no retornaron nunca y figuraron en la lista de los "119 muertos en el exterior", según Pinochet o Benavides.

Si no sabían ellos, menos podíamos saber nosotros del "negro", bastante popular por su afición al deporte y la música.

- Se los dije ya una vez, habló el comandante de cuello rosado colgante. No me hicieron caso. Todos uds. son unos maricones de mierda, hijos de puta. Sin excepción. Saben a qué me refiero. Cómplices. Cómplices de delincuentes. Mal paridos. Eso me pasa por ser bueno. Gentil con Uds. Por confiar en su hombría. Sépanlo bien. Se acabaron las facilidades. Uds. buscaron trato duro. Pues, tendrán trato duro.

Desapareció bufando. A los pocos meses era reemplazado por otro Comandante. A nosotros nos daba igual. ¿Qué peor trato nos podían dar? ¿A qué facilidades se refería? Sus obscenidades constituían la comunicación tan habitual de los oficiales con los prisioneros que no nos extrañaban. Los insultos los acumulábamos pacientemente, recordando quién los dirigió. Aunque no sepamos sus nombres, quedaron sus rostros, voces, figuras. 160 testigos dispuestos a reconstituir el retrato hablado del forajido de uniforme cuando llegue el momento de juicio y del castigo. Si es que llega cuerdo a ese día.

Porque estos hidalgos tan parados en sus estacas se desintegran muy pronto.

Apareció a cumplir guardia quincenal un oficial de la Escuela de Caballería de Quillota. Alto, imponente en sus botas de montar de cabritilla, resistentes y flexibles. Este hombre tuvo a su cargo la evacuación de Dawson. Asistió previamente a un curso que le prepararía para tan delicada y trascendental misión: La cumplió limpiamente. Sin una falla. Dejó en Ritoque a su explosiva carga, esa densa compañía política. Ahora volvía a Ritoque a una guardia de 15 días, rutinaria, pues le acompañaban hombres expertos en estas lides. Recorre senderos entre cabanas de noche. Donde siente voces ordena abrir los candados y entra. Ilumina con su linterna de servicio y conversa. Se amanece hablando de razas de caballos y su docilidad. Los prisioneros en sus literas lo escuchan medio dormidos. Al amanecer se retira. Vaga por los dormitorios de los soldados. Sube a las torres. Camina por la cocina en los momentos de preparación del café. Le sirven desayuno de huevos fritos, leche. Se sienta solo en la cabecera de la mesa. Mira la comida. La aparta. Recorre los comedores mientras los prisioneros desayunan té y pan. Saca su revólver, lo da vueltas en su índice, para guardarlo veloz en su cartuchera. En las formaciones mira. En las noches habla bajito de competencias militares ecuestres, de sus premios. Ojeroso y delgado. De día ante los grupos saca el revólver. Apunta. Lo da vueltas y lo encierra abotonando la cartuchera. No duerme, ni come. A los seis días se lo llevan en una ambulancia. ¿Qué trabajos cumplió aparte de la evacuación de Dawson? ¿De dónde viene ese espantoso rechazar de culpas? Es juntista cien por ciento. Se jugó por ella. ¿Flageló? ¿Mató? ¿A quienes? ¿Cuándo y dónde? A lo mejor no lo recordará nunca, pues su mente la ocupan únicamente los caballos y los pliegues de sus botas negras. Se lo llevaron porque comprobaron que estaba loco. Habrá otros a los que sus turbulencias mentales les fijarán lobos y colmillos. Pero los más, repetirán esas cuatro palabras majaderas, cambiando al pasado una forma verbal. Yo sólo cumplo órdenes. Yo sólo cumplía órdenes. Cuatro palabras que ya escuchamos una vez.

La incomunicación a que nos someten por meses, las humillaciones y estímulos a la rebelión más que al reclamo o la protesta, los perros, guardia doble, sobrevolar de helicópteros, balaceras impidiendo dormir de noche y la obligada ociosidad en la cancha durante el día, advertimos va dirigida a un objetivo preciso. Los vecinos, los 21. Ellos soportan el mismo rigor, pero de entre los nuestros ¿sostendremos todos el control de los nervios? Cuando se autorizan visitas las mujeres son enteramente trajinadas por los fachos de Quintero. Les manosean piernas, senos, buscando mensajes. Desparraman el azúcar, botan el café. Las mantienen horas y horas aguardando para una visita que siempre se atrasa.

Y termina antes de tiempo. ¿Hay todavía paciencia? ¿Se producirá el derrame? Promueven meticulosamente actos de rebeldía. Tienen claro el propósito. Un desorden justificador del fuego. Pesan sobre las espaldas de Pinochet esos 21 prisioneros. ¡ Qué fácil sería eliminarlos de esta manera! ¡Terminar con las campañas internacionales que le ahogan! Eliminados los 21 rápidamente habría argumentación para quitarle la vida a los restantes.

La prisión acelera maduraciones. Porque entendemos su juego. Hasta los impacientes lo comprenden. Agachamos el moño. Pero no la frente. Los meses duros de otoño pasan. Ese camino no les sirvió. ¿Encontrarán otros? Deben apresurarse. Tienen un enemigo invencible. El tiempo. La solidaridad aparece encarnada una mañana en la figura regordeta de un gringo de puro, secretario personal del Secretario General de las Naciones Unidas. Viene a ver cómo marchan las cosas. La normalidad ha vuelto a Ritoque una semana antes. El campo de concentración se desenvuelve con la rutina estricta y austera de un campo de concentración. Nada más. Por eso volvemos a respirar serenidad.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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