Prigué
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"FRANCOTIRADORES"


Capítulo 2

Tenemos los músculos de las piernas endurecidos, la ropa húmeda pegada al cuerpo, caras ojerosas y las lenguas cocidas de tanto fumar. Cumplimos ocho horas inmovilizados en nuestra detención, cuando nos ordenan levantarnos y formar junto a una de las paredes laterales. Fila de a uno. Nos amarran las manos a la nuca y con la misma soga atan a toda la fila. Llevamos las muñecas amarradas detrás de la cabeza. Mi barbilla topa la espalda del que me precede y sobre mi espalda presiona la cara del de atrás. Pegados unos a otros nos cuesta avanzar, pese a los empujones de los guardias. Constituimos una cuelga de chorizos de piezas verticales trepando a tanteos la escala, estimulados por los culatazos y los gritos.

- Así los queríamos ver. Ahora los liquidaremos a todos. Apúrense desgraciados.

El puntazo del fusil me hace tastabillar. Sin embargo me mantengo en pie. Prácticamente cuelgo de la cuerda. El estirón aprieta más el nudo hiriendo la piel, cortando la circulación a las manos, que se hinchan. Siento un pisotón y la respiración vinagre del que me sigue soplando agitado. Recuperada la estabilidad aprendo a dar el paso cuando el de delante lo hace con el mismo pie. Y el de atrás aprende de mí. Los tobillos desollejados nos obligan a desplazarnos con extremada cautela. Llegamos al primer piso y nos sacan a la calle. Nos organizan en una formación de a tres. El pavimento brilla mojado. Chispean espejos de vidrios rotos. La esquina de Huérfanos y Teatinos donde nos cuentan es un campamento militar apenas iluminado por algunos faroles municipales encendidos. Descienden soldados de los camiones. Nos rodean apuntándonos. Son pasadas las ocho de la noche. Hay clima de madrugada. Las ventanas de los edificios del sector permanecen cerradas, todas sus luces apagadas. Cuelgan destripados y opacos algunos letreros luminosos. Estallan disparos aislados. Las tres filas de prisioneros amarrados quedamos al centro de la calzada. La infantería se pega a ambas veredas ordenando el avance después de una arenga:

- Irán por el centro de la calle para que los francotiradores los maten a Uds. Si alguno de Uds. intenta escapar los matamos a todos.

Grotesca amenaza en realidad porque amarrados como vamos apenas podemos caminar. Es imposible correr. Por eso nos demoramos bastante en cubrir una cuadra hasta Morando. Ahí torcemos a la derecha. Nuestra columna de hombres sin cabeza, solitaria, flotando en las penumbras, avanza otra cuadra arrastrando los pies, dando y recibiendo pisotones. Esquina de Agustinas. Desde ese ángulo de la Plaza de la Constitución girando un poco la cabeza, vemos el Palacio de La Moneda.

La nube de humo surge de las ventanas delanteras y del techo, arremolinándose, expandiéndose muy alto. Llamaradas ocultas por las murallas carcomidas iluminan el humo desde abajo dándole consistencia sanguínea. Algunos carros bombas lanzan chorros de agua. Bomberos de toalla al cuello bracean en lo alto de las escalas telescópicas. Sus sombras se proyectan alargadas hacia la plaza donde hay soldados agazapados mirando. Caminamos entre escombros.

He ahí el símbolo de la institucionalidad republicana lamido por el fuego y el agua. Relumbran las llamas despejando fugazmente las sombras. El olor a madera quemada impregna el aire. Y la picazón de la pólvora persiste acá con más intensidad.

Únicamente una semana antes el panorama era aquí distinto. Había luces y frente a La Moneda, iluminada por reflectores de colores, desfilaban los trabajadores festejando el tercer aniversario del triunfo. Obreros de la construcción formaban una guardia de honor ante la tribuna del Presidente Allende y sus Ministros. Ciertamente que esa manifestación bulliciosa de marchas y canciones contenía la alarma de peligro de golpe latente. Bosques de banderas navegaban por el centro de la ciudad y los letreros en manos de la gente pobre reclamaban la destrucción del perfil del fascismo presente en el terrorismo y el sabotaje. Durante muchas horas desfiló el pueblo y los manifestantes se calcularon en medio millón y algo más. Eran días difíciles. Como lo fueron los tres años, sin pausas ni descanso.

Habíamos llegado al triunfo de 1970 después de una campaña intensa, sacrificada, activada por huelgas, tomas de terreno por los sin casa, concentraciones a la salida de las fábricas, choques con la policía, detenciones. Había que quitarle horas al sueño para rayar paredes y dibujar murales de propaganda antiimperialista. Proteger los locales de los asaltos de las bandas armadas de la derecha. Reunir escudo a escudo el dinero apenas suficiente para comprar papel, pintura, adquirir vehículos, brochas, arrendar espacios radicales, sostener periódicos populares. El 22 de Enero de 1970, a pocas cuadras de aquí, el senador Luis Corvalán proclamó en un mitin del Partido Comunista: "salió humo blanco". La izquierda aglutinada tras un programa de acción concreto para Chile lograba designar como candidato a la Presidencia de la República al Dr. Salvador Allende. Esos mismos días de Enero nacieron las brigadas "Ramona Parra" de las juventudes comunistas, integradas por obreros, campesinos, estudiantes. Los muchachos salían de sus lechos a las doce de la noche para pintar murales en todo el país hasta las siete de la mañana, hora en que se dirigían a sus trabajos o sus escuelas. Los otros partidos de la UP forjaron también brigadas juveniles que no dejaron rincón de Chile donde no escribieron su decisión de triunfo y las motivaciones de la lucha en marcha. Nueve meses de vigilia y movilización de los trabajadores hasta el triunfo del 4 de Septiembre de ese año. Las cifras del triunfo, conocidas al final de la tarde, fueron ocultadas hasta pasada la medianoche.

Conciliábulos de la derecha, intrigas palaciegas, secreteos en los cuarteles, tanques en la calle. Así fue el triunfo. Con nerviosismo y movilización humanas. Alameda rebalsando manifestantes decididos a defender la victoria a lo largo de 40 cuadras. Santiago sin transporte camina kilómetros para respaldar al Presidente electo en su proclama desde los balcones de la Federación de Estudiantes. Qué distinta noche esa de nuestro triunfo a ésta de nuestra derrota. Entonces ni un vidrio roto por las masas populares, fervorosas invadiendo el centro de la capital decididas a todo. Mucha disciplina, orden, vigilancia, canciones. Espontáneamente suben las banderas al tope de los rancheríos, poblaciones obreras y se extiende su flamear al centro de las ciudades. Ahora arde La Moneda. Los trabajadores permanecen cercados en las fábricas, minas, instituciones. Otros prisioneros o muertos. Y nosotros atados como en galera hacia un lugar que no conocemos y con propósito también ignorado. Simbología fácil de traducir.

Ráfaga de metralla en la plaza. - ¡Apurarse!

Bandera es un desfiladero oscuro con automóviles de parabrisas agujereados volcados en sus estacionamientos. Vitrinas rotas, postes retorcidos o quebrados hacia la calzada. Tropezamos con los terrones y trozos de pavimento removido. Pisamos humedad pegajosa de sangre que nos dejará el sello en los zapatos. Los bultos inmóviles botados sin orden en las cunetas, confundidos entre papeles y basura quemada que hemos visto fragmentariamente en el trayecto, aquí en Alameda y Bandera revelan identidad humana: civiles muertos. La columna de camiones tronando hacia el este los alumbra directamente con sus reflectores al pasar. Los repasan otras luces antes de que nuevamente los borre la oscuridad.

Soldados hombro con hombro cubren el frontis del Ministerio de Defensa, aparentemente la meta donde se nos conduce. Nos desatan. Ordenan numerarse de a cinco y partir a la carrera entre los uniformados. Hay que correr unos cincuenta metros, subir los escalones de la entrada principal del Ministerio, y siempre al centro de la tropa abriendo un callejón, cubrir el vestíbulo para arrojarse de vientre sobre las baldosas. Veo partir los grupos de a cinco y desaparecer entre las culatas de los fusiles golpeando, botas en zancadillas, puños a las narices, rodillas a los genitales en un tejido de gritos y escupitajos. Me corresponde: ¡cinco! -grito. Agacho la cabeza y corro tratando de mantenerme pegado al número cuatro. Vaho de sudores envuelve los cascos. Los golpes no duelen. Llegan en remezones y presiones rápidas e imprevistas a las orejas, al estómago, disminuye la flexibilidad de las articulaciones. Provocan ardor. Pero los culatazos en la espalda y riñones cortan la respiración. El uno tropieza en un pie que le tapa el callejón y cae ovillado al suelo. Los demás le caemos encima. Aumenta el volumen de los gritos. Revientan carcajadas histéricas. Nos revolvemos tratando de pararnos. Me cogen del pelo y me levantan hacia atrás. Disparan. Con los fusiles palanquean en la mata viva de brazos y piernas. Uno, dos, tres. Transpirando trotamos en nuestro lugar. Cuatro, cinco. Las caras sombreadas por el acero nos miran desde más adelante donde se abre un poco la paralela uniformada. Una bayoneta me hiela el cuello. Me empuja. Nuevamente avanzamos, corremos recibiendo puñetazos, patadas, hasta que caemos jadeando y apoyamos la cara en las baldosas. Hemos cruzado el pasillo tronante de ferocidad por el que ahora vienen otros, siempre en grupos de a cinco. Como nosotros se arrojan al piso. Y vamos quedando ordenados uno al lado del otro. Cubierto el fondo del vestíbulo. Otra hilera se tiende adelante. Los pies de los de la primera fila, ahora última, quedan topando la muralla. Los de la segunda entre las cabezas de los anteriores. Constituimos al rato una alfombra de cuerpos por la que caminan los soldados, poniendo sus botas sobre manos, espaldas, piernas. Entre nosotros, que cubrimos como cien metros cuadrados, la mitad del espacio, queda únicamente en pie don Bernardo 0'Higgins, cuyo busto de mármol sobre pedestal de granito tiene escritas algunas palabras sobre la libertad, envueltas en ramas de olivo.

El muchacho que queda a mi derecha vuelve la cara de ojos hinchados y me mira. ¡Tengo frío! dice.

- Silencio, grita alguien. Aquí nadie habla, nadie se mueve.

- Así que estos son los francotiradores, agrega otro.

Una voz de mujer llega desde lo alto.

- Infelices. Desgraciados. Asesinos. Mátenlos a todos. Perros de mierda, upelientos maricones. Rotos hediondos.

Lanzan algunos objetos que rebotan en nuestras espaldas.

La voz de mujer se aleja maldiciendo por los corredores superiores.

Y comienza el interrogatorio.

Somos unas seis u ocho filas de hombres tendidos de vientre. Viniendo de la calle yazgo en la segunda. Los de adelante salen primero. De a uno. Escuchamos las preguntas, las respuestas, los golpes y los gritos.

- Párate tú. De carrera al frente. Afirma las manos contra la pared. Abre las piernas. ¿De qué partido eres.. .?

Cualquier respuesta era insuficiente para los interrogadores, constituidos por tríos representantes de la marina, la aviación y el ejército. Oficiales sin gorra, rabiosos, eficientes en sus funciones. A comunistas y socialistas les pegaban por su condición de tales. Dudaban de inmediato de alguien que manifestara militancia en el Partido Radical o el API. Los dejaban para una segunda vuelta de preguntas. Pero los que recibían más violento y prolongado castigo eran quienes señalaban haberse mantenido afuera de los partidos en condición de "independiente". Hasta el momento en que escuché a nadie oí confesarse del MIR. De esta primera pregunta se desprendían las demás. Veníamos con la acusación de constituir una banda de francotiradores capturados en los rascacielos del sector céntrico de la capital, causantes de la muerte de varios soldados, dueños de poderoso arsenal. Por lo tanto la labor de los interrogadores se circunscribía a determinar el lugar desde donde combatimos, las armas que utilizamos, la confesión de haber dado en el blanco a las tropas, el sitio donde guardábamos armamento y munición, nombre y dirección de los cómplices.

El grupo de tres uniformados sin gorra golpeando a un civil se multiplica en toda la extensión de las murallas. Las preguntas y respuestas se confunden. Alaridos de dolor empujando negativas de las gargantas se interrumpen con los quejidos y el descompasado tamboreo de puños.

- ¿Con que, independiente, no? Aquí te vamos a hacer cantar.

- Así que te trajeron por equivocación. ¿Quiénes cayeron contigo?

- ¡Llévense a este gallito al sótano!

- Tú no disparaste, de acuerdo. Dame los nombres de los que lo hicieron.

- Repíteme la dirección.

- ¿Dónde perdiste los documentos? ¡Más fuerte! ¡No te oigo!

- Allende era maricón, repítelo.

- Si no hiciste el servicio militar ¿dónde aprendiste a disparar? ¿Quién te enseñó? ¿Quién te enseñó?

A uno lo paran en el hueco del ascensor. Presionan el botón de las puertas que se abren. Le introducen las manos. Sueltan el botón. Las puertas se cierran apretando los dedos. Sobre el quejido le agregan:

- En el sótano te daremos más duro. ¿Dónde tienen escondidas las armas?

- ¡Ahora son todos independientes! ¿Y quiénes iban a las marchas?

- ¡Déjamelo a mí, éste es mapucista! Del bolsillo del pantalón del joven de la chomba azul le extraen un brazalete de género grueso donde hay dos letras rojas: UP.

- Cómetelo. ¿No te gusta sin sal? Eso es. ¡Trágate mejor el trapo antes que te hagamos tragar mierda!

Risotadas.

- Llévense abajo a este huevón cobarde. Se desmayó.

El del trapo en la boca se dobla en arcadas.

- Ayúdate con las manos. ¡Tienes que tragártelo ! ¡ Perro upeliento!

Carrusel de cabezas despeinadas, sangrantes.

- ¡Levántate!

Me alzan del cuello de la chaqueta, indicándome un espacio vacío en la pared, muy cerca del ascensor. La patada me hace correr. Resbalo en algunos escalones en los que antes no había reparado.

- Levanta las manos y afírmalas contra la pared. ¡Abre las piernas!

El trío revolotea a mis espaldas.

Parece que el primer golpe fue a los riñones, porque después de los dos manotazos simultáneos en las orejas sentía que me tiraban ruidos a la cabeza. Incluso escuché el chasquido provocado por los lentes al caer.

- Es éste -grita uno a mi lado.- Aquí lo tenemos.

Me toca el cuerpo buscando armas. Es el tercero o cuarto registro en lo que va corrido desde la detención hace diez horas. De cara a la pared no veo los rostros del trío pero sí distingo gotitas de sangre coagulándose en la pared y arrastrándose trabajosamente hacia abajo. Las bolitas rojas dejan tras sí una estela opaca al secarse.

- ¿Cómo te llamas?

Doy mi nombre.

- ¿A qué partido perteneces?

- Al Partido Comunista.

El puño que viajaba en dirección a mi cara se detiene junto a un ojo sin tocarme.

- ¿Así que eres comunista? ¿Y no tienes vergüenza de confesarlo?

- No.

El puño vuelve y me tuerce la cabeza al impacto. Multiplicado cae en el cuello, espalda, orejas. Una rodilla encuentra desde atrás los testículos. Aprieto las mandíbulas y cierro las manos en un encogimiento desesperado.

- ¿Quién disparó desde el edificio de la radio?

- Nadie. No teníamos armas.

- Nos mataron dos conscriptos. ¿Quién disparó? ¿Tú? ¿Si no fuiste tú dínos quién? ¿Quién?

Ellos saben bien que nadie disparó desde ese edificio, porque si alguien lo hubiera hecho nos habrían matado a todos. Si en el allanamiento posterior a nuestra detención hubieran encontrado armas, igualmente habrían procedido a fusilamos a todos ahí mismo.

- Eres uno de los francotiradores. ¿Sí?

- No, soy periodista.

- De los que cayeron contigo, ¿quién disparó? Dínos un nombre y te despachamos en auto al tiro a tu casa. O de no, te vamos a tener por lo menos dos meses preso.

¡Dos meses preso! ¡Qué monstruosidad!

Ronca en mi oído:

- Bien. No alcanzaron a sacar las armas de donde las tienen escondidas... ¿Dónde me dijiste que las guardaron? Vamos, dilo. Estás cansado. Te vas a tu casa de inmediato. ¿Dónde me dijiste? Te soltamos a tí y a tus compañeros de la radio y aquí no ha pasado nada. ¿Dónde, ah? ¡Tienes aspecto de ser una persona decente! ¡Cómo puedes estar protegiendo a delincuentes y rateros! ¿Te mandamos al tiro para tu casa, ah?

Tal como corresponde al caso, después de la aprendida monotonía de aparente amistad y deferencia descolgada de sus palabras pausadas, venía el tumulto de la furia contenida. El organismo es un tambor sordo al exterior, rebotando únicamente hacia adentro el repiqueteo intenso y desordenado prodigado por manos y pies de tres altos representantes de nuestras gloriosas fuerzas armadas, dóciles a las riendas que maneja Pinochet. Tres oficiales egresados de academias, aplaudidos seguramente en las paradas de Fiestas Patrias, hombres de mundo y sociedad, educados para guardar las fronteras y cultivarse en el desarrollo de la sofisticada ciencia bélica, transformados aquí en vulgares matones. Patotas uniformadas vejando en la impunidad más absoluta por el llamado empatriotecido de quienes les manipularon la capacidad de razonar y discernir. Los golpes no duelen, escuece el corazón por la impotencia del poderoso palpitando en esos pechos de pijes renacido, horadando con odio desatado el amontonamiento de la rotería nuevamente puesta en el lugar que ellos creen debe vivir, en el suelo, pisoteada. Pretenden humillar, descorazonar. Consiguen gritos de dolor, quejidos de desesperación. Pero reniegos ninguno. Tampoco logran que los presos repitan las blasfemias contra el Generalísimo de las FF.AA. asesinado por ellos hace algunas horas, en una acción que tiene un solo nombre: traición. Traidores a la Patria que aseguran conocer y repiten amar y respetar. Traidores despreciables. - Te vamos a fusilar.

Me empujan a un rincón hacia el que, parece increíble, me cuesta desplazarme. Un hombre maduro con la camisa rota y la cara ensangrentada permanece solo e inmóvil con las manos en alto apoyadas en la pared. Quedo a su lado y espero. ¡Cómo me gustaría encender un cigarrillo! Llega otro. Somos tres. Resoplamos como después de una carrera agotadora. ¿En qué momento supimos que Allende había muerto? Y, ¿a cuántos más habrán matado?, ¿acabó, entonces, el Gobierno Popular?

Cogidos en los vaivenes de la demolición del régimen constituimos piezas aisladas de un mecanismo paralizado en su centro y desintegrándose hacia la periferia. Ramaje despegado del tronco al que calcinaron sus raíces, simplemente vegetaremos hasta el momento en que orgánicamente volvamos a encajar en el cuerpo coherente de la vida necesariamente impulsada a renacer y desarrollarse.

Es medianoche, llevamos aquí más de 4 horas.

- Numerarse.

- ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! Nuevamente el grupo de a cinco. Esto significa otro cruce por el callejón de la muerte.

- Manos a la nuca.

Ahora ocupo el lugar dos. No está tan mal. La peor ubicación es la del número cinco. Pobre del compañero que cierra la fila. Las pasará duras. Pero no llevará mucho tiempo llegar hasta la puerta. ¿Adonde nos llevarán ahora. . . ?

- Nos van a matar, susurran de más atrás.

- Ni volantines, le responde el de mi espalda. Somos simples ñeclas.

- ¡A la carrera. . . maaarr.!

Repetición de una escena ya vivida. ¡Corremos aparragados entre los soldados que nos golpean y nos gritan. El trayecto lo complementan las culatas a los que entran y a los que salen. Y como tanta gente ha estado entrando y saliendo en las últimas horas, ya hay muestras de agotamiento en los apaleadores que nos despiden. Sus golpes aunque intensos caen más ralentizados y con menos entusiasmo que unas horas antes. Terminamos de cruzar el callejón, parados en la parte posterior de un camión militar estacionado junto a la vereda. Un jeep con soldados y ametralladoras le antecede y otro le precede. Trepamos de a uno. En el piso metálico del camión hay piedrecilla y arena. Nos botan de vientre y siempre con las manos en la nuca. Prohibido volver o levantar la cabeza. Tampoco se puede hablar. Quedamos allí un rato. Traen dos grupos más de compañeros. Los obligan a tenderse de la misma manera que a nosotros. Afirmados en la barrera de atrás, varios soldados nos custodian apuntándonos con sus automáticos. Partimos con rumbo desconocido.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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