Prigué
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"LOS COSACOS"


Capítulo 18

El perro corre ladrando con la cabeza metida entre las patas delanteras y la cola enroscada. Alcanza la piedra. La muerde y retorna a nuestro lado para dejarla sobre el pasto humeando saliva. Un hermoso perro policial de orejas puntiagudas y hocico negro. Obediente, juguetón, alegre. Una especie de mascota de Melinka. Vive aquí muchos meses. Dicen que lo dejó una de las guardias porque perdió ferocidad y dientes. Ahora congenia más con los prisioneros. Por eso recorre el campo, mete su nariz en las cabanas, ladra cuando cantamos. De su pasado él no se acuerda. Los presos, sí. Se lo animaban a los castigados para hostigarlos. Aleccionado en su especialidad, el perro les mordía en las asentadores si corrían lentos, desgarrándoles la ropa y la piel. La sangre le enrabiaba más. Entonces, rasguñaba el cuello con sus patas delanteras, babeando y girando, en torno a su presa. Si el castigado caía, aprisionaba sus muñecas con los dientes y lo arrastraba hasta que se levantara.

Los prisioneros pensaron primero matarlo. Pero luego descubrieron sus flaquezas. Le gustaban los caramelos. Y con dulces lo empalagaron cada vez que entró sólo al campo. Para no acercarse se los lanzaban. Que los fuera a buscar. Corría. Cogía y masticaba el dulce. Parándose en dos patas pedía otro. Y otro. Después reconociendo el gentil regalador de dulces lo buscaba. La transición al lanzamiento de objetos y su búsqueda y traída para ganarse el dulce fue relativamente breve, pero paciente. Más tarde aprendió a recoger las piedras y volverlas al dulcero. Piedras grandes durante mucho rato y muchos días. Naturalmente terminaron rompiéndosele algunos hermosos colmillos. Sin dientes con que morder él, inteligente animal, profundizó su amistad. La guardia que lo trajo olvidó al inválido, fiel amigo de otros amos, unido a los desamparados.

Melinka. Idilio transformado en trueno. Diez cabañitas de tablas sobre soportes de cemento. Con diez habitaciones cada una. Literas para seis veraneantes pintadas de diferentes colores vivos, azules, verdes, rojas, amarillas, en la suave ladera verde de Puchuncaví, pueblecito tranquilo de la provincia de Aconcagua habitado por campesinos de la zona y obreros de Valparaíso. Pleno campo a una hora del océano. Lugar de veraneo para los trabajadores, construido durante el Gobierno Popular para esos fines. Con su bien instalada cocina y comedor. Para descanso de los trabajadores que no han tenido nunca en Chile casa en la playa ni posibilidades de vivir una semana en el campo, atendidos como en un hotel. Funcionó el verano del 72-73. Balneario Popular de Puchuncaví, se llamaba. Ahora se le denomina Campo de Detenidos de Melinka. La rodearon de dobles alambradas de púas, una caseta en su entrada y la atrincheraron con sacos de arena. Pertenece a la Marina de Guerra de Chile. La guarecen tropas de Infantería de Marina, los temibles "cosacos".

Cuando llegamos aquí los chacabucanos, había un centenar de detenidos. Parecían cadetes por lo marciales y disciplinados. Conocían todas las órdenes acatándolas a gritos. Marchaban como un solo hombre, marcando el paso, cantando a todo pulmón "Lily Marlén", girando vigorosamente la media vuelta. Acudían a toda carrera a los pitazos y se colocaban en tres filas, codo con codo, numerándose, pateando en el descanso, en el "fijarse", en el "fir". Redondos los pechos y las barbillas altas, semejaban estatuas oyendo las arengas marineras.

Nos reíamos de ellos cuando llegamos. Pero a la madrugada siguiente se nos empaló la burla. Desde las seis de la mañana nos tuvieron como una semana en la cancha en marchas, giros y media vuelta. Hasta que los emulamos como tropa únicamente ignorante en el manejo de los fusiles de los cosacos.

Iguales en marcialidad los chacabucanos nos diferenciábamos de los prisioneros anteriores a nosotros en Melinka por el color de la piel y la consistencia de las humanidades. Veníamos de color enhollinado y muy flacos. El sol del norte oscurece la piel diferente al sol de la playa. A su contacto permanente desprende polvillo blanco como caspa y la va dejando del aspecto chamuscado que traíamos. En Melinka se comía mejor y existía la posibilidad de repetirse la sopa o los porotos. Por eso en nuestra primera cena los estómagos, estrechos por un año de hambre, reclamaron devolviendo en vómitos desabridos la ración entera: la marraqueta y los porotos cocidos en caldo de extremidades equinas. Medio pan y una taza de café bastaban. Superando ese volumen devolvíamos todo. Además allí prácticamente finalizó nuestra incomunicación pues el régimen de visitas aportaba más comida. Masticábamos lentamente todo el día. Un poco cada vez. Durante el mes que el grupo nuestro vivió en Melinka, nunca logramos aplacar el hambre. Las costillas eso sí, desaparecieron cubiertas por estrías musculares.

Nos repartieron de a seis por pieza. Requisaron los receptores de radio, las medianas, objetos cortantes como tijeras, navajas, herramientas y aquellas artesanías juzgadas ofensivas para las FF.AA., por mostrar enrejados, cadenas atando muñecas.

Las formaciones se repetían con inaudita regularidad. A las siete, a las ocho, a las nueve, a las diez, a las doce, a las catorce, a las diez y seis, a las diez y ocho, a las veinte y a las veintiuna horas. Aparte de las extraordinarias, bastante ordinarias por su periodicidad. Al pitazo dejábamos cualquier actividad para correr, colocarnos brazo con brazo, gritar números y aguardar instrucciones.

Exigían máxima preocupación por el vestuario y el aseo, volaron las barbas, cayó el pelo largo. Nos distribuyeron uniformes azules de mecánico. Controlaban el largo de las uñas y la prolijidad en el lavado de las orejas.

Había dos torres de madera en construcción pegadas al camino y la guardia circulaba armada entre las cabanas. Nadie podía dirigirles la palabra. Únicamente podíamos hablar con el suboficial de guardia, cuadrándonos a tres pasos y gritando el "permiso para hablarle, mi sargento".

- Llegaron en mal momento, campaneros, nos dijeron los viejos. Porque la guardia anterior era muy buena. No nos jodía como ésta.

Efectivamente, una semana antes la habían cambiado. Y de manera espectacular. Los cincuenta y tantos infantes entablaron amistad con los presos en la convivencia diaria. Conocieron a los detenidos, gente buena, honesta, con ideas diametralmente opuestas a las de sus mandos, pero sencillos, apesadumbrados por la prisión y el abandono en que vivían sus familias, fieles a ideas de igualdad y justicia.

Un día se detuvieron varios camiones y jeeps de la marina ante la entrada. Bajaron y rodearon Melinka emplazando ametralladoras. Oficiales y tropa ingresaron a la carrera gritando. Desarmaron a la guardia. La revisaron con las manos en alto contra los costados de las cabanas y la subieron prisionera a los camiones. Incluido el sargento a su cargo. No supimos nunca dónde los llevaron y qué hicieron con ellos. Pero sí los que vieron recordaban que al partir los camiones con la tropa detenida se despedían de los prisioneros con sonrisas y batir de manos.

No se trataba de un contragolpe de Estado como llegaron a suponer algunos.

Ahora el régimen era duro, estricto.

Nos lo explicaron.

- No sabemos qué han hecho Uds, pero algo muy malo tiene que haber sido para que permanezcan en el recinto. Los que permanecen aquí desde antes saben lo que es zafarrancho. Es indispensable que Uds. también sepan de qué trata. Varios pitazos seguidos y un disparo lo anuncian. En esas circunstancias todos los detenidos deben permanecer inmóviles en el lugar que los sorprendió el zafarrancho. No hay que botarse al suelo, ni correr, nada. Quedarse quieto en el mismo lugar y en la misma actitud que tenían. Porque, para que conozcan las reglas del juego, eso significa para nosotros que hay ataque externo. Antes de enfrentar al atacante, nosotros limpiamos la retaguardia. La retaguardia son Uds. ¿Está claro?

Clarísimo. Quietitos nos mataban mejor.

De repente se les ocurría ensayar. Piteaban, disparaban, corrían entre nosotros, espantaban los pájaros gastando munición en abundancia, ensordeciéndonos. Si lo hacían de noche agregaban las bengalas cuya luz se filtraba a las piezas donde escuchábamos inmóviles.

Para el Viernes Santo del 75, Melinka, vivió un zafarrancho inolvidable para detenidos y guardia. Oscurecido ya y encerrados los prisioneros en las cabanas, alertó acción el zafarrancho. Pitos, disparos, bengalas, gritos. Carreras por los patios. Estruendo de puertas derribadas, vidrios rotos, madera astillada. Entran los cosacos a una pieza y sacan a patadas sus habitantes. Llevan el rostro tiznado, irreconocible. Dan alaridos mostrando los dientes. Derriban la estantería y meten los yataganes rompiendo las maletas, ropa, colchonetas. Vuelcan los tarros utilizados de urinario y aplastan contra el suelo los repujados de cobre, anteojos, libros. Son un torbellino demoníaco destruyendo ampolletas, fotografías de esposas e hijos clavadas en las cabeceras, rasgando camisas, disparando ráfagas en la oscuridad. A los prisioneros los empujan y derriban. Los levantan a puntapiés.

- Corre contra las rejas, desgraciado. El hombre corre y se detiene a un paso de las alambradas espinosas.

- Corre contra las rejas, desgraciado.

Bayonetazos, bengalas blancas y azules. Estampido de automáticos junto a las orejas. Partir de nuevo y lanzarse con impulso contra la valla arañándose y rompiéndose contra las púas de acero.

- Ah, ¿te querías arrancar, maricón? Corre hasta el estanque.

Hay un estanque de emergencia para el agua. Poco más grande que un tambor de petróleo.

- Métete dentro. De cabeza. El hombre trepa al borde medio atontado, sumerge la cabeza en el agua.

- Te dije que te metierai adentro y no que te lavaras la cara, hijo de puta.

Lo toman de los pies, se los levantan y lo clavan en el agua helada. Allí lo dejan. Veinte, treinta segundos, un minuto. Lo sacan semiahogado, resoplando despavorido, retumbando el corazón en los oídos.

- Ahora canta. Canta, mierda.

El hombre intenta una melodía antes de desmayarse.

Hasta la madrugada dura el zafarrancho.

Al día siguiente la vida transcurre con su normalidad de formaciones. La guardia sugiere que vino tropa de fuera. Otros cosacos. Ellos no tuvieron nada que ver. ¿A quién reclamar? ¿Al comandante de Melinka, Soto Aguilar? ¿O al comandante en Jefe de la Armada, miembro de la Junta, artífice del golpe y la dictadura. Almirante, José Toribio Merino? A ambos. Aunque vivan inaccesibles para el vulgo, aferrándose a sus cargos con intrigas y poder de fuego. Ellos tramaron todo, disponiendo su ejecución a sirvientes eficaces. La respiración de los semiahogados se recupera rápido. Y los moretones son tragados por la circulación. Hasta las cicatrices del yatagán desaparecen con el tiempo. Los tímpanos rotos no se reparan. Las culpas de Uds. tampoco. Ni fanfarrias o entorchados consiguen ocultarlas, Merino, Carvajal, Soto. 300 hombres golpeados y humillados una vez más en Melinka, en una noche de Viernes Santo, tienen presente que solamente deben aspirar su furia y aguantarla: únicamente cuando termine la opresión de Chile entero terminará la nuestra. A continuar, pues, viviendo encajonados y sostenidos por ese objetivo vital. El mismo 11 de Septiembre del 73, comenzó la cuenta regresiva para quienes prostituyeron los cargos máximos de nuestra marina. ¡ Y los pobres sí tienen honor, Merino!

Junto al campo de concentración hay un cuartel policial. Al otro lado de la calle algunas casas y más casas en la colina del frente. Circulan automóviles, camiones, autobuses de recorridos rurales, campesinos con la pala al hombro calzando ojotas. En los ratos desocupados contemplamos la vida de los que transcurren en libertad y cruzan al frente nuestro. Miran de reojo y continúan impávidos. Los guardias de la puerta coquetean con muchachas de pantalón ajustado o falda corta que lucen piernas rosadas, suaves, delicadas.

Descubrimos algunas novedades. La tropa, cuando sale franca, viste de civil y lo hace en grupo. Nadie sale o llega solo. Siempre acompañado de cuatro o cinco. Nueva realidad para Chile. Hasta antes del Golpe los uniformados merecían respeto y consideración donde aparecieran. Ahora no. Se les odia y desprecia. Por eso esconden la vergüenza de la función carcelera en el disfraz de civil, ocultando su misión militar.

Y hay más. Escuchamos una camioneta con parlantes anunciando un baile en el Puchuncaví cercano. Alguna fiesta tradicional del pueblo con orquesta, reinas, guirnaldas, flores. Fue un sábado. Algunos de los guardianes, endomingados, perfumados y con zapatos lustrosos fueron al baile. Al día siguiente rezongaban uraños del mal trato recibido. Lo supimos todo.

El grupo de adolescentes de la infantería de marina, vistiendo ropas de civil, pagaron su entrada e ingresaron a la fiesta. Se acercaron a un círculo de muchachas invitándolas a bailar. Ellas se negaron respondiéndoles orgullosas: "No bailamos con carceleros. Déjennos tranquilas. Vayanse de aquí".

Los infantes las trataron de putas baratas. Les rodearon amigos de las muchachas y se armó el pugilato violentísimo. Bofetadas, sillas al aire. "Milicos maricones". Garrotazos. Narices sangrando. La orquesta sigue tocando indiferente, llegan los pacos, ¿qué pasa aquí? Estos cosacos andan güeviando. La botella rompe una cabeza, los últimos bailarines abandonan la pista. Calma, calma, sermonea un caballero, la pata de una silla esgrimida por mano joven cae en cabeza con gorra, vuela una luma por el aire. Un disparo de revólver. La orquesta termina abruptamente el lucimiento de sus trompetas en la cumbia. La gente abandona tragos a medio consumir y emprende la retirada velozmente. Un organizador agita su libreta de recibos, no se vayan sin pagar, pues. Acompáñame a la comisaría. No me llevai preso, paco culiao, soy de la Marina de Chile. Suena un silbato. Los marinos se escabullen de los carabineros, salen corriendo. Más jóvenes que los policías les sacan ventaja. Cruzan las trincheras de Melinka haciendo gestos obscenos a los uniformados. Carabineros maldiciendo cubren los diez metros que les separan de su cuartel e informan. Desde Octubre del 74 se enfriaron las relaciones de los policías del cuartel y de los cosacos del campo de concentración. Y los infantes, para asistir a bailes, eligieron desde entonces Valparaíso o Viña del Mar, donde no les conocieran.

¿Tomaste nota. Merino?

El oficial de seguridad cambia cada semana. El sábado a mediodía nos forman. Uno se despide y otro saluda. Sin cortesías, por cierto.

- No me conocen, no los conozco a Uds. Pero la Marina de Chile aplasta la voluntad del más fuerte y pobre del que conozca mi furia ante la desobediencia.

Se iban y permanecían la semana entera encerrados en su oficina.

Un sargento indicó a seis prisioneros y les indicó que "voluntariamente" hicieran un trabajo. Lavar la ropa de la tropa. Los hombres dijeron "nones". Eso sí que no. Los platos en que comemos, los fondos en que cocinamos sí que los lavamos, pero los milicos pueden perfectamente jabonar sus pilchas. Es orden de mi teniente. No importa. Vamos a su presencia. Vamos. No quieren lavar la ropa de la tropa, mi comandante. Retírese. A ver Uds. ¿qué pasa? Comandante, no haremos ese trabajo. Lo consideramos destinado a humillarnos. Cortamos el pasto, colaboramos en la cocina, formamos diez y doce veces al día. Nos aprendemos y cantamos los himnos de la marina, la aviación, el ejército y carabineros, limpiamos el campo, trabajamos en todo aquello que signifique aporte a nuestra estancia obligada en Melinka. Pero los soldados pueden perfectamente cumplir su propio aseo.

- No tienen tiempo. Cuando hacen guardia de noche duermen en el día. Y cuando la hacen de día, duermen de noche. Además tienen los entrenamientos y otras labores que cumplir.

- Mande su ropa a la lavandería, entonces.

- No hay presupuesto y alguien tiene que lavar esa ropa.

- Le proponemos una solución. Nosotros, los detenidos, haremos una colecta y con lo que arroje pagaremos la lavandería.

- Retírense.

Su punto débil. El orgullo.

Esa misma tarde los cosacos levantaban espuma en los baños, remojando uniformes, calzoncillos y camisetas que después flamearon secándose en las alambradas.

Otro oficial descargó también en el sargento la tarea de elegir presos que supieran de automóviles. Había dos. Tenían que lijar su Fíat 600, enmasillarlo y después pintarlo. Los muchachos se negaron. Si nos pagan lo hacemos. Dos pelados trabajaron la semana en el auto de su oficial.

Podíamos recibir a nuestros familiares cualquier día de la semana -menos lunes -entre las 14 y 17 horas. Las mujeres se agrupaban desde muy temprano esperando entrar. Las recibíamos en el comedor, después de la revisión tanto de ellas como de nosotros. Las autorizaciones de visita, las otorgaban en el Congreso en Santiago, donde se instaló el Estado Mayor de los Campos de Concentración, bajo la comandancia del Coronel Espinoza. Allá tramitaban a las mujeres. Debían ir a las siete de la mañana a hacer cola para ser atendidas recién desde las 13 ó 14 horas. A veces les autorizaban. Otras no. Las mujeres se aburrieron de tanto tramiteo y partieron no más a Puchuncaví. Allí las atajaron. Las corrieron a balazos. Las insultaron. Ellas insistieron, hasta que lograron saltarse el Congreso para llegar a Puchuncaví y visitar a sus maridos, padres, hijos presos. Dicen que en los meses siguientes ya no hubo dificultades. Incluso con las iglesias las mujeres organizaron sus visitas en autobuses, tanto las de Santiago como las de Concepción, Linares o Coquimbo.

A comienzos de Octubre apareció en los diarios una lista de 100 presos políticos castigados a abandonar el país. Mi nombre figuraba entre ellos. Llevamos más de un año presos, nos han investigado sin encontrarnos razón de juicio o condena. Y ahora, el precio para salir del campo de concentración es irse de Chile. Los primeros cien. Después vendrán más.

En Melinka habíamos un cuarenta por ciento de los cien. Los demás vivían en otros campos de concentración. El 16 de Noviembre nos ordenaron arreglar el equipaje para partir al mediodía. Nos llevaban a Santiago.

- Mejor que se vayan de Chile, me dijo un cosaco. Uds. no saben como están de mal las cosas. La gente fuera no tiene qué comer. ¡Estamos como las güevas ¡

Despedidas. Abrazos. Emoción. Amigos de tanta pellejería nos separábamos. Nos desconcierta aceptarlo, pero los que quedan arguyen que esa es la solución. Salir, reponerse y volver. Total, la Junta no puede durar mucho. Nosotros hemos dado nuestro aporte a la causa con una actitud digna, sosteniendo nuestros principios. Nos disciplinaron el cuerpo pero no nos cuadraron la mente. Al contrario. Las ideas se consolidaron más. Infinidad de uniformados han conocido a los marxistas y les admiran. O por lo menos, les han dejado dudas sobre las soluciones a problemas que creyeron fatalmente inconmovibles. Y si nuestra salida significa que disminuye el número de detenidos, por lo menos ese es un buen síntoma.

Cerca del mediodía aparecen los buses verdes de carabineros. En ellos viajaremos. Vienen repletos de prisioneros. Nuevos detenidos. De las redadas de los últimos meses. Reconocemos a algunos. El gordo Jacinto Nazal, el dirigente gremial Claudio Alemany. Entran pálidos, delgados, caminan con dificultad. Nazal no puede permanecer de pie. Carece de equilibrio. Lo tuvieron 120 días incomunicado, sin dejarlo sentarse o tenderse, en los sótanos de la Academia de Guerra de la Fach, la siniestra AGA. Siempre con la vista vendada. Jacinto perdió los dientes y a menudo vuelve el zumbido del reventón de palmetazos en las orejas. Los ojos acostumbrados únicamente a la oscuridad, no resisten mucho rato el sol, ni la luz de una ampolleta, la pantalla de TV provoca vómitos. Han retiñido los métodos contra los prisioneros. Esta nueva generación de detenidos ha recibido la sofisticación de nuevos sistemas destinados a extraerles declaraciones, nombres, direcciones. La corriente eléctrica la emplean en somieres metálicos donde tienden al prisionero días y días. Les inyectan estupefacientes. Además, aplican todo el aparataje de brutalidad empleado con nosotros. Nos horrorizamos al verlos tan maltratados y nos estremecen sus relatos. Pero, también nos dicen sonriendo con sorna:

- Caímos pues, compañero. ¿Y?

Y no les importa el castigo y el aislamiento. La incomunicación de meses. Ellos cayeron, pero hay otros batallando, arriesgando la vida y la integridad en los heroicos desplazamientos, organizando, ampliando filas, royendo cimientos que la dictadura creía hasta ayer inconmovibles. Las hormigas de que me habló el Capitán de la Fach, hace más de un año en el Estadio Nacional. Silenciosas y cautas, han ido cumpliendo metas y ascendiendo escalones del renacer con valentía, serenidad, paso a paso, conociendo las consecuencias de la detención. Y cuando ella llegó aguantaron mordiéndose sus secretos, o muriendo con sus secretos como Alfonso Carreño, Luis Baeza en la misma Aga. Despojos físicos, estos compañeros son monumentos de integridad moral ante la cual los propios carceleros meditan temblando al pensar en su futuro breve.

"Escucha hermano la canción de la alegría.."

Nos cantan apretados contra las rejas cuando subimos a los autobuses de carabineros. Gritan despedidas y buena suerte.

Un sargento duro y fiero que nos apresuraba a las formaciones, increpándonos por el desinterés en machacar el suelo en las marchas, o cantar sin la fuerza suficiente "Lily Marlen", intenta hablarnos. Pero sólo puede decir: "No quiero que nunca vuelvan por acá". Lleva la mano a la gorra, da media vuelta y se aleja mirando hacia otro lado. No debemos ver sus ojos. Tiene lágrimas.

Los carabineros van de casco y portan metralleta. Reciben la mercadería conforme. Ordenan partir. Desde las alambradas nuestros compañeros gritan y cantan. También los cosacos nos desean buen viaje.

"y el canto alegre del que espera un nuevo día.. ."

El perro desdentado agita la cola con una piedra en el hocico.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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