Prigué
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"LA ESTATUA"


Capítulo 17

El avión Hércules rodó por la pista y se elevó a saltos tomando altura rumbo al sur con su transporte de 150 prisioneros evacuados de Chacabuco.

Una de las etapas tradicionales de la libertad.

Partir a las cinco de la madrugada de Chacabuco en los autobuses seguidos del camión con el equipaje de maletas, bolsas y sacos. Abordar el aparato en Cerro Moreno y volar a la capital. Viajar al campo de concentración de Tres Alamos. Si cumplían los horarios significaba que se podría salir en libertad ese mismo día alrededor de las cinco o seis de la tarde. Después de esa hora ya no atendían las oficinas, así que había que pernoctar allí para obtener la libertad al día siguiente. Tampoco esto era seguro. Se repetían los casos de compañeros, ya con el decreto de libertad emitido por el Ministerio del Interior, rezagados días, semanas y meses aguardando salir.

16 de Octubre de 1974.

Trece meses y cinco días detenidos.

La misma edad de la dictadura.

Once meses y siete días encerrados en Chacabuco.

Más de la mitad de los pasajeros hacinados en el FACH sin ventanas que se desplazaba temblando a tres mil metros de altura sobre el Pacífico, acumulábamos ese tiempo en encanecimiento de pelo, endurecimiento de la piel y desdoblado archivo de nostalgias.

Tres días antes partió otro grupo grande. Nadie dijo exactamente para dónde y para qué era el traslado. Pero la oficialidad venía sugiriendo con insistencia el cierre de los campos de concentración; su existencia acentuaba el desprestigio nacional e internacional de la Junta. Hablaban de relegaciones y libertades.

Quietos en los asientos de correas no podíamos dejar de pensar en la libertad. Ninguno fue sometido a proceso ante ningún tribunal, ni acusado de nada concreto. Sin condenas, sin embargo, carecíamos de plazo de detención. Pero, por lo menos abandonar ese hoyo en el desierto causaba alivio y esperanzas.

En Chacabuco quedaron 420 compañeros. Aguardan escuchar su nombre en la lista de mañana.

Ahora que es mediodía seguramente vagan descalzos en las cercanías de la cocina atentos al llamado de rancho para matar el hambre a medias.

Chacabuco. Copia calcada de la magna creación del nazismo hitleriano. Trágica opereta de amplificadores ladrando órdenes y marchas, cercas de alambre de púa electrificada, ordenamiento de hombres por números, constante martillar de instrucciones absurdas y contradictorias destinadas a aplastar voluntades y vivir en función de obedecer sin discutir, desvirtuar la capacidad de pensar con lucidez. Acostumbrarse a vivir atemorizados disfrazando ideas para transcurrir achatados en calidad de vegetales o fábricas ambulantes de abono. Oficiales y soldados, rotando en guardias quincenales, lo mantenían funcionando con tal propósito. Irrumpían fieros y con energía fresca. Pero actuaban sólo dos semanas. Y partían antes de agotarse o enloquecer, cuidadosos de asimilar algún tipo de contagio en sus cabezas rapadas. Quince días y después un baóo de nuevos entrenamientos y lecciones.

Calcomanía chillona del hitlerismo, se desvanecía a veces en planes incompletos e inconexos en su aplicación práctica.

Porque la tropa odiosa en los primeros días, obligada a convivir con prisioneros compatriotas, hombres de su misma clase social, del mismo lenguaje y las mismas necesidades, se apaciguaban en los siguientes. Rotos los esquemas masticados en cuarteles, mirándonos desde las torres durante sus guardias, entablaban conversación cada vez que era posible. Preguntaban origen, causa de detención. Era posible desobedecer la disciplina porque era fácil encontrar comunicación en temas e inquietudes. Los pequeños favores reflejaban respeto y confianza. Aquellos conscriptos que perdieron sus corvos en las maniobras en la pampa, resolvieron el problema con los prisioneros que se los fabricaron a escondidas de sus superiores. Y a medianoche el agua caliente para el café subía a las torres desde la oscuridad de los pabellones. De vez en cuando también un pan amasado o un cigarrillo. Eran tan pobres como nosotros y como nosotros desamparados, pese al uniforme. Ellos correspondían con igual diligencia.

A algunos comandantes se les ocurría obligarnos a trabajar de la mañana a la noche, apartándonos de las labores artesanales o de estudio en las que ocupábamos el tiempo. Acarreábamos fierros o piedras. Los ordenábamos a cincuenta metros de distancia. Al otro día los amontonábamos en el sitio primitivo. Ellos dictaban las instrucciones y dejaban la vigilancia de su cumplimiento a la tropa, porque los oficiales no se achicharraban al sol con 40 grados de temperatura para controlar una tarea tan inútil como esa. Funcionaban bien en la arenga matinal y cuanto más en la distribución de los soldados a cargo de cuadrillas de prisioneros. Mientras los superiores observaban nosotros emulábamos a las hormigas cargando rieles y tubería. Pero, si desaparecían disminuía y terminaba la actividad. Soldados y prisioneros siempre encontrábamos un rincón de sombra para conversar sentados en las piedras y fumar. Alguien adoptaba el rol de observador. soldado o prisionero. Era lo mismo. La aparición de jinetes accionaba la alarma. Otra vez trabajo febril. Otra vez a vigilar. ¿Quién podía evitar que dos habitantes de Renca hablaran de su barrio, aún cuando uno vistiera uniforme y el otro harapos y un número reemplazara su nombre? ¿Y que el muchacho del fusil leyera rasgos familiares en el preso si su padre es también obrero metalúrgico. . .?

Les dolió confirmar esto. Pretendieron evitarlo. No siempre lo lograron.

Chacabuco ya había muerto en la década del treinta. Sin mercado para el nitrato despidió a los obreros sin pensión, cerró velozmente los hornos y oficinas para digerir los jugos en Londres. Aquí restó cascajo, herrumbre y mástiles blanqueados donde flameó equívocamente una bandera. Si geográficamente el salitre residía en Chile y si chilenos lo extraían a cambio de silicosis, el reguero de libras esterlinas pasó de largo al imperio, dejando caer únicamente los peniques pagadores al sostén en el poder de quienes les garantizaron los beneficios sin peligros... Total, con sangre obrera y campesina uniformada se ganó una guerra. Aquí quedaron las glorias, las viudas. Allí maduraron los frutos. El imperialismo dejó sus fantasmas deambulando, casas vacías y costras desordenadas por la dinamita. Al Presidente Balmaceda con un tiro en la sien porque había pretendido nacionalizar aquello. Los sirvientes imperiales de entonces asistieron a la colocación de cruces y flores de papel en los cementerios del norte, y sin pausa, pasaron a prestar servicio al nuevo patrón sombreado de barras y estrellas. Los salitreros también dejaron buena siembra: organización clasista a los trabajadores del país y una meta, el socialismo. Tarea de plena vigencia. Con avances y tropezones. Alumbramientos y cadáveres. Frente Popular el 38. Dimensión de poder el 70 y tres años de liberar y construir infatigable. Otro Presidente baleado el 73 y apertura plena al reguero de riquezas a Washington y las manos extendidas a las treinta propinas recogiéndose a la armazón mercurial.

Tres horas dura el vuelo a Santiago. Colgamos como bolsas textualmente amarrados a los asientos en cuatro filas. Dos a lo largo del fuselage. Dos dándose la espalda al centro. Tripulación corpulenta nos controla con pistolas sin seguro. Dos horas y treinta minutos más y veremos cuadraditos de Santiago después de un año. Y a lo mejor nos espera la libertad. ¿Será posible caminar de nuevo cuadras y cuadras derecho sin que una reja y un soldado cierre el paso?

Chacabuco era el 73 un monumento histórico no escrito en los catálogos de los museos. Cuando nos obligaron a habitarlo quisimos en revancha agregarle además nuestro aporte al pasado. Por eso pensamos en la estatua. Porque dejamos escondida allí una estatua que los fascistas no encontrarán jamás. Pueden revisar casa por casa. No hallarán nada. Pueden terminar la misión del tiempo arrasando las construcciones de adobes ahumados y grasientos, borrar el trazado de las calles, prenderle fuego al teatro y arar la plaza. Persistirá el aporte erigido a pleno sol. Los botazos de espanto y miseria del fascismo manipulador de Chacabuco quedaron registrados para siempre en un símbolo que Chile libre contemplará pronto.

Busquen. No encontrarán nada. Sólo nosotros los tres mil chilenos que pasamos por Chacabuco conocemos los lugares exactos en que se encuentra diseminada. Miren bien. Empleen vanamente los detectores de minas, el blindaje les desorientará. Mil manos trabajamos en él con cuidado y paciencia de meses. Dos mil ojos lo proyectamos y admiramos al finalizar. Y cada vez que un grupo de prisioneros fue evacuado se despidió ante él con solemnidad, reiterando la promesa que es razón de nuestra vida: derribar el fascismo, liberar Chile, construir la sociedad sin clases añorada por los salitreros. Nosotros también, los que ocupamos este avión.

Algunos dormitan inquietos. Muchos llevan colocadas las pulseras con forma de culebra y los anillos de monedas hechos con martillar paciente. Mucha de la artesanía fabricada en ese tiempo va en los bultos atados a la cola del avión, entre colchonetas, abrigos, alpargatas todavía utilizables.

Sin horarios se pulían metales y maderas, en los talleres de casi cada casa. Las exposiciones del campo, con motivo de alguna visita importante, concitaron comentarios admirados y sugerencias de montar esas exposiciones en Antofagasta y ¿por qué no en Santiago? Lo hablamos con las iglesias y éstas concordaron en impulsar tal iniciativa. Básicamente buscábamos comerciar esos trabajos, obtener algún dinero para la familia. Elaboramos planes y seleccionamos las más bellas chucherías y los tallados más hermosos. Incluso los repujados en cobre, llegados a Chacabuco desde el Estadio Chile. (El Estadio Chile funcionó por segunda vez como campo de concentración desde Noviembre del 73 cuando los prisioneros del Estadio Nacional fueron evacuados. Encerrados a la sombra y vigilados por carabineros permanecieron varios centenares de presos hasta el mes de Junio del año siguiente. Conocíamos de inmediato a los que llegaban "del Chile" por su palidez, calificándolos de "pantrucas". Entre ellos ve nía el senador por Malleco y Cautín, obrero enfierrador, Ernesto Araneda, convertido en maestro repujador de cobre que enseñó a muchos el oficio adquirido en prisión.) La dictadura vio el peligro de tales exposiciones en grandes ciudades y las impidió sin prohibirlas.

Ordenó desmontar los talleres de las casas y agruparlos en un solo local fuera de las alambradas, en el galpón que fue salón de baile, o Filarmónica. Refunfuñando se deshicieron, pero no todos se trasladaron, sólo una cincuentena de mesones y algunos juegos de herramientas.

- Así reglamentaremos el trabajo, dijeron.

Los compañeros fueron inscritos y cada mañana a las ocho debían pararse en la puerta central, escuchar su nombre en la lista, someterse a una revisión para después irse a los talleres comunes. Al mediodía regresar por lista, dejarse trajinar de nuevo y entrar a comer los porotos. En la tarde, a las dos, la misma función, repetida a las seis cuando entraban definitivamente. Se trataba de industrializar la artesanía con horarios rígidos, transformar el entretenimiento en una obligación más del régimen opresivo. Allanaron las casas para retirar lo que quedó olvidado. Entonces se dictó la prohibición de trabajar dentro.

Para los jóvenes que no trabajaban iniciaron jornadas de gimnasia. A los viejos se les sentó durante el día en las bancas del comedor. Ya estaba ordenado el campo. Tal como querían. Con disciplina.

Este régimen interno lo mantuvieron en el papel muchos meses, porque en la práctica lo desmoronamos paulatinamente en un par de semanas.

Los que salían al taller común reclamaron por los allanamientos vejatorios y se devolvieron del portón sin salir. Al principio unos pocos. Después la mitad. Finalmente todos. El militar encargado del deporte gimnástico se aburrió a los tres días y no asistió nunca más. Los viejos de las bancas estiraban las piernas hasta 10 metros del lugar y posteriormente por todo el campo. Desafiamos entonces a los milicos a un partido de fútbol. Aceptaron. Recolectamos camisetas rojas para vestir el equipo nuestro. Organizamos barras. Aparecieron puestos para la venta de mote con huesillos y alfajores. Los rojos ganaron por tres a uno porque "los rojos son imbatibles", cantamos en las barras.

Discretamente nacieron herramientas y sin comentarios trabajamos otra vez en las casas, con recato. A los 45 días la actividad era pública en el interior y también, sólo entonces, en el taller colectivo, al que podía ir el que quisiera, cuando quisiera, acatando pasar lista pero sin aceptar registro del cuerpo. Con este acuerdo tácito retornó la creación artesanal.

Y aquí apareció la otra ofensiva.

- Bien. Uds. trabajan y nosotros les permitimos el ingreso de materia prima. La comercialización de esa producción la haremos nosotros, a través del' Comité de Mujeres que preside Lucía Iriart, la esposa de Pinochet, Primera Dama de la Nación. Y nos dividiremos las ganancias. El cincuenta por ciento de la venta de cada producto le será entregado al autor de la obra y el otro cincuenta por ciento lo manejará el comité de damas para sus labores sociales.

No fueron éstas las palabras textuales del Coronel Espinoza, pero eso dijo.

- Nosotros disponemos de medio de salida y comercialización. Esto es nuestro y los beneficios que pueda reportar su venta serán para el mantenimiento de nuestras familias. Agradecemos los desvelos de la Primera Dama, pero este asunto es nuestro y a nosotros nos corresponde resolverlo.

Más o menos así respondió el Consejo de Ancianos.

Por ese tiempo la Junta señalaba que en Chile cada empresa estatal debiera autofinanciarse, pues, dejaría de recibir aportes fiscales, desde el petróleo a los hospitales, ferrocarriles y universidades, azúcar de remolacha y colegios secundarios. Formula para quebrar el área social y regalarla sin dolor al capital privado. Pago de favores recíprocos. ¿Entonces los campos de concentración eran considerados "empresas" destinadas a autofinanciarse, que nosotros pagáramos los porotos cocidos con sal, y las balas, el transporte, los sueldos délos carceleros? Por cierto que no. Y no pueden obligarnos. Ahí acaba su poder. Podemos marchar al sol horas y horas en la arena, formar toda la noche con 4 grados bajo cero como lo hacen, pero si no queremos, no hacemos nuestra artesanía. Imposible que nos obliguen.

Espinoza quedó en respondemos y no nos respondió. Más de un oficialillo volvió a la carga. Sin poder emplear el respaldo armado a sus exigencias, éstas no fructificaron.

Con redoblado empeño y la vía libre crecieron otra vez los talleres artesanales y lo que salió del campo fue llevado por familiares de presos. Tampoco conseguimos montar en Antofagasta o Santiago una exposición o salón de ventas.

Pero en cambio se montó una comedia musical en tres actos y 20 cuadros. Una taberna del oeste norteamericano donde los bandoleros planifican el asalto de las diligencias y el robo del oro que sacan otros. El Jovencito, vaquero de blanco y dos revólveres defiende la justicia y aclara entuertos. Incluso las intrigas de la prostituta del bar, voraz, inagotable, devoradora de clientes; "Lucy la Trepadora".

Faltan treinta minutos. Debemos volar ya sobre la provincia de Santiago. Nos despertamos de noche con la constelación de Orión en el cielo. Por eso el sueño y el hambre. De noche pasamos lista y la revisión de los bultos con luz de linternas. No hay electricidad en Chacabuco. El motor se quemó el 26 de Julio del 74. Ardió un edificio entero. Felizmente un accidente sin heridos. Antes de dos horas llegaron a Chacabuco vehículos blindados de Calama y buses con tropa desde Antofagasta. La columna de humo se veía desde lejos. Decían que los prisioneros rebelados incendiaban el campo y escapaban. Suspendieron el tránsito por la Panamericana cercana y rodearon Chacabuco con artillería. Instalaron motores de emergencia y a las tres de la mañana nuevamente encendieron los reflectores de vigilancia. Nos contaron y autorizaron para dormir. Dos días después se quemó el motor de emergencia y nunca más tuvimos luz eléctrica, tampoco fluido en las alambradas. Pero ellos reforzaron las guardias.

El avión pierde altura estremeciéndose en capas de nubes. Quiere decir que llegamos a Santiago. Pronto volaremos entre los cilindros de la Compañía de Gas y tocaremos tierra en los Cerrillos. Mirando hacia adentro, las pocas ventanillas, no pueden hablarnos del paisaje que ahora será verde. Es primavera y abajo hay árboles. Por fin otro panorama que no sea el amarillo de las arenas nortinas. No más ese brillo atontador del sol. Y estaremos bajo cielos con nubes en invierno desde las que otra vez veremos caer lluvia, torrentes de agua, truenos, relámpagos. Y aromas vegetales. Terminamos con la camanchaca matinal sólo sugiriendo humedad y la soledad volcánica de estación ferroviaria abandonada y con películas de hollín. Zona central de Chile. A lo mejor aquí nos espera la libertad.

Tocamos tierra. Mantenerse en sus asientos. Nadie se mueve. El Hércules raspa el suelo y se detiene. Nadie se mueve. Silencio. Voces afuera. Ordenes. Carreras. Frenada de vehículos. Nadie sé mueve. Zumbido de una puerta lateral abriéndose cóncava hacia arriba. Nadie se mueve. La tripulación nos vigila severa. Penetra una bocanada de aire fresco, vegetal, salobre. Desatados formamos en el pasillo. Bajar. Un salto y tierra. Día nublado y neblinoso. Por fin estamos en....

No estamos en Santiago. Colinas verdes y casitas blancas a un lado. Al otro una bahía. La pista de aterrizaje casi termina en el oleaje de la costa. Canto de pájaros. Zumbido de mosquitos. Olor a hierba. Nos miramos desconcertados. Nadie lo sabe. No podemos hablar. Constituimos una fila y frente a nosotros treinta, setenta, varios centenares de uniformados apuntándonos. Hay soldados, marinería, tropas de aviación y carabineros. La base de la junta vino con representación proporcional en cuoteo perfecto. También las cuatro ramas de las FF.AA. con oficiales. ¡Qué caballerosidad y cuánta deferencia para nosotros! Un oficial de marina manda. Se aproxima a nuestra fila. Delgado, moreno, camina como señorita y nos mira uno a uno sin hablarnos. Un pije de tomo y lomo airado porque la rotería prisionera no baja los ojos a su mirada. Ya los conocemos. Miran fieros a los ojos. Basta resistirles unos segundos la mirada con la misma fiereza y la vuelven, eluden los ojos del prisionero acusándolos.

Señala diez prisioneros con su índice mostrándoles la cola abierta del avión donde viene el equipaje. Su dedo sigue describiendo la curva y queda dirigido a los camiones. Más claro, echarle agua. Hay que transbordar los bultos. Los diez compañeros trotan, sudan, descargan y cargan bultos. Llenan dos camiones. El oficial indica 10 más. Esto significa el relevo. Parto con los demás y terminamos la obra. ¿Pero, dónde estamos?

Este destino, por el momento, significa desterrar totalmente las esperanzas de libertad.

Trepamos a camiones y se organiza esa columna que conocemos tanto. Radiopatrullas, jeeps, buses con soldados, motocicletas, los camiones con nosotros otra vez en calidad de ganado, atrás repetición de vehículos, armas, cascos, miradas torvas. Salimos del aeropuerto. Desde los hangares contemplan hombres de overol blanco y casco amarillo. Obreros. Nos saludan con gestos leves. Amigos, como en todas partes. Igual que en Cerro Moreno esta mañana. Rodeamos bosques de eucaliptos. Causa placer a los ojos mirarlos y aspirando a pulmón repleto su fragancia apaciguamos el odio que nos provoca el operativo de la recepción. Continuamos siendo considerados bestias peligrosas. Vamos por un ancho camino pavimentado, sin vida. Lo sabemos desocupado para nuestro paso. Son las tres y tanto de la tarde. Entramos a una aldea y doblamos junto a una plaza con flores. Kiosco de diarios, pérgola. Tras las ventanas de las casas de un piso las caras miran difundidas por los visillos bordados. Abandonamos el centro del pueblo para detenernos al borde de una colina. Enrejado. Barracas puntiagudas de madera azul, verde, amarillo. Infantería de marina en la guardia. Entramos. Descendemos de los vehículos. Caminamos con nuestros equipajes al hombro. Formamos sobre el pasto. Hay habitantes. Prisioneros políticos también. Suena el rasgueo de una guitarra. No sabemos quién y dónde la toca. Pero la melodía sí nos es familiar a todos. "Será, mejor, la patria que vendrá..." Un himno nuestro, "el pueblo unido, jamás será vencido".

El aeropuerto es la Base Aérea de Quintero.

La aldea que cruzamos es Puchuncavi y el campo de concentración es Melinka.

Nos pasan lista. Nos revisan el equipaje desparramado y nos tantean el cuerpo.

El grupo grande evacuado tres días antes de Chacabuco tampoco salió en libertad. Aquí están los compañeros saludándonos desde lejos.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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