Prigué
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"CON COMPÁS"


Capítulo 16

- ¡Voluntarios con baldes!

El grito se repitió tres veces. De un salto se levantaron muchos de los presos bajo el toldo de listones de comedor, tomando los baldes de múltiple utilización, servido de los porotos, distribución del café, hervido y lavado de ropa, trapeado de dependencias. Portados llenos de agua viajaban de mano en mano por la fila hacia la puerta exterior y luego hasta una de las edificaciones abandonadas de donde surgían las llamaradas. Incendio. Bocanadas de humo resbalaban por el techo de calamina. Atardecía.

En uno de los hornos de la vieja panadería quemaban montañas de papeles. Libros de contabilidad, tarjetas de sueldo, fichas de pago, hojas de vida, pedidos de repuestos, despachos de salitre, correspondencia en inglés y alemán, en un afán de ordenar esas dependencias eliminando el papel reseco, peligro latente de un incendio. Los conscriptos a cargo de la operación no contaron con el recalentamiento de los ladrillos del horno, hasta que se vieron envueltos por el humo y las llamas.

Para los prisioneros el alboroto rompía la monotonía. Corríamos entre los soldados transportando baldes con agua y vaciándolos sin resultado en las construcciones cercanas. Alguien sugirió trepar al techo, apartar las calaminas, guiado únicamente por el recuerdo del trabajo de los bomberos en tales casos. Así se hizo. Tres o cuatro presos y otros tantos conscriptos gatearon separando las planchas de zinc y escapando luego del oleaje prendido. Inutilidad absoluta. El Comandante del Campo ordenó desplazar dos vehículos blindados para empujar tambores de agua. Aparecieron los blindados, los ubicaron con su trompa pegada a los tambores, tronaron los motores. Avanzaron lentamente con los depósitos de agua adelante. El primero de ellos se desplazó tres metros con su tambor bamboleando y salpicando líquido. Frenado por una piedra volcó el agua. Todos aupaban instrucciones. No sólo el comandante y los sargentos. También los conscriptos y los prisioneros. Estos, mayoría, más gargantas, más gritería.

- Cuidado. Lentamente. Eso no. Así no. No pues. Así no jetón. Dale, dale. ¡ La cagaste milico huevón!

El segundo blindado recorrió cinco metros rodeado por la multitud vociferante de instructores i transpirando en el barro. Tembló la coraza y las orugas clavadas forcejeaban con el tambor estancado enterrándose.

- Ahora.

Patinada en la arena y motor rugiendo. El tambor se deforma torciéndose, plegándose para constituir al instante un aplastamiento de latas arrugadas bajo el vientre del vehículo, como un pato en una poza de agua que se le escurre. Los gritos de aliento se transforman en carcajadas y dedos apuntados al conductor que saca la cabeza sorprendido. Excepto el oficial, todos reímos totalmente olvidados y ausentes del incendio y del derrumbe del techo y de los palos quemados que caen sacudiendo chispas.

- ¡Todos los presos a formar al interior de las alambradas, carajo!

Nos cuenta pasando y repasando lista. No, nadie escapó. Ni tampoco lo intentó. Como siempre desconfían de los números y más todavía después de la casi escapada de doce compañeros con treinta conscriptos. Ocurrió dos semanas antes.

Entre los prisioneros en Chacabuco existían de todas las especialidades, oficios y profesiones. Abogados, carpinteros, maestros de idiomas, historiadores, electricistas, mecánicos, agricultores, panaderos, practicantes, científicos, periodistas, actores de teatro, animadores de televisión, un ex coronel de ejército y un ex capitán de carabineros, ingenieros, chóferes, pescadores, dietistas. garzones de hotel, ferroviarios, vigilantes de prisión, hojalateros, técnicos de radio y televisión, cineastas, veterinarios, dentistas, textiles, mineros, sastres, zapateros, matriceros, torneros, constructores, economistas, contadores, poetas, comerciantes, especialistas en computación, estudiantes universitarios y secundarios, tonis de circo, cantantes líricos, pirquineros, músicos, gráficos, pintores artísticos y de brocha gorda, matemáticos, astrónomos, médicos de 20 especialidades, bancarios, petroleros, leñadores, molineros, buzos, suplementeros, cocineros, maestros primarios, catedráticos universitarios, etcétera, etcétera, etcétera.

Nosotros mismos nos sorprendíamos cuando de improviso la guardia llamaba al frente a alguna especialidad determinada.

- ¡Médicos!
- ¡Electricistas!
- ¡Profesores de matemáticas superiores!
- ¡Peluqueros!

A veces nos separaban a todos integrando el grupo de nuestras respectivas especialidades.

Esa mañana creíamos imposible que el teniente Cañáis encontrara lo que buscaba. Preguntó:

- Los instructores de banda levanten la mano. 12 manos a lo alto.

Les entregaron 30 conscriptos para organizar con ellos una banda de pitos y tambores. Constituían el contingente del 74 y Cañáis lo preparaba para el desfile del 19 de Septiembre de Antofagasta. De los 300 soldados apostados en el exterior de las alambradas y sobre las torres vigilándonos, un tercio era de nuevos. Al entrenamiento propio del regimiento les agregaron ahora la práctica directa, durante 15 días, de custodiar un campo de concentración con prisioneros políticos.

Filistoque tomó la batuta de los instructores y de las órdenes a los disciplinados conscriptos. En dos semanas de plazo la banda tendría que quedar lista. Tocando y marchando. Les permitieron utilizar la plaza y allí lo pasaban toda la mañana y toda la tarde con redoble de tambores y fraseo sincopado de pitos. Efectivamente nuestros compañeros conocían el terreno que pisaban. A los siete días los milicos desfilaban con rítmico y afinado acompañamiento musical. Filistoque se sentía realizado cuando por la autoridad de su cargo advertía instantánea réplica a sus órdenes:

- Con compás. De frente.... ¡Márrr!. Conversión por la izquierda. ¡Márrrr! ¡ Alt!

Algunos detenidos afirmaban sus caras contra las rejas mirando el desplazamiento de las filas musicales uniformadas flanqueadas por presos hilachentos. Doce compañeros nuestros demostraban capacidad y conocimiento de una materia tabú, sorprendiendo al resto de los soldados que observaban meditando del limpio maniobrar de tropas dirigidas por presos políticos excluidos de la vida ciudadana.

Filistoque, al que le botaron todos los dientes en el Estadio Nacional, disponía de potente voz de mando. Y extralimitándose del espacio de la plaza dispuesto para los ejercicios, pronto hizo marchar a su tropa por detrás del enrejado para que nosotros apreciáramos el espectáculo y gozáramos de él. A tres metros fuera de la reja repicaban los tambores con Filistoque al frente. Retornaban a la plaza y volvían a incursionar cerca de nosotros. Nadie decía nada. Los presos mirábamos entretenidos. La guardia observaba con curiosidad. Los músicos obedecían ciegamente a su instructor. Al octavo día repicaban sus instrumentos y botas por callejones y espacios abiertos de Chacabuco. Dueños de sí mismos, seguros en la marcialidad de sus compases se desplazaban con soltura en giros, conversiones, altos inesperados, desfile a paso regular. El teniente Cañáis mostraba su contento felicitándolos al verlos pasar tan esbeltos.

Al noveno día alejaron su música de las rejas. Cruzaron marciales ante la Comandancia y doblaron por entre los resquebrajados bungalows de los oficiales. Dirección, puerta principal. Filistoque recio conductor encabezaba la columna. Sin detenerse al llegar a la barrera y las garitas gritó con voz de trompeta:

- ¡ Levantar la barrera ¡

Los centinelas les abrieron el paso llevándose además la mano al casco con saludo respetuoso.

La columna al salir les agradeció con diez metros de paso de ganso.

30 músicos con 12 instructores desfilan gallardos por el único sendero utilizable en el terreno minado. Y se alejan en dirección a la carretera panamericana. Doscientos metros. Jóvenes, alegres, vigorosos, civiles y uniformados exhalan vitalidad y alegría de vivir con su taconeo, redoblar de parches y el silbido fresco de los pitos. Son las nueve de la mañana. El sol enceguece. La tibieza de la mañana sugiere primavera.

Desde la altura de las torres una docena de soldados les contemplan alejándose. Desde los techos de barro de nuestras viviendas les admiramos dirigiéndose por una recta libre de reja y fusiles.

Desembocan en la carretera panamericana. Superaron fácilmente las amenazantes minas desparramadas a algunos centímetros bajo sus pasos. La melodía de la marcha ya no se oye. Unicamente recibimos los latidos de los tambores en su inagotable ritmo. Sus filas parecían agruparse en la distancia a medida que disminuyen de tamaño desplazándose por el río de asfalto petrificado.

Timbres en las torres. Preguntas y respuestas cortantes. Encendido de motores en los patios de la Comandancia. Ordenes. Carreras. Las actitudes apacibles en las torres cambian. Los automáticos apuntan al interior del campo. Chasquean metales y pasan bala. Truenan los parlantes.

- Atención al campo. Nadie puede moverse del lugar en que se encuentra. Al que se mueve se le disparará. Todos deben permanecer en el mismo sitio que se encuentran. Nadie se mueve.

Tres jeeps sortean a toda velocidad la zona minada en dirección a la carretera panamericana. Les siguen dos camiones con soldados.

Los músicos y sus instructores van llegando a un recodo que pronto los ocultará a nuestra vista. Marchan impertérritos, tocando, taconeando. Disparos desde las torres. Los impactos cerca de nuestros pies salpican tierra. Los jeeps alcanzan a la banda, la rodean. Baja un oficial. Gesticula. Retornan formados sin acompañarse musicalmente.

Desde los camiones bajan cincuenta soldados apuntándoles, arreándoles en semicírculo. Vuelven asustados, pero marciales.

Los conscriptos inocentes de culpa pasaron tres días al sol en calzoncillos. A los instructores los perdonaron después de pegarles algunos puntapiés en las asentaderas. Filistoque fue degradado de su cargo, anotándole la hazaña en su hoja de vida. Permaneció preso dos años, aún cuando le habían anunciado su libertad a un mes plazo. Pudo abandonar la prisión únicamente partiendo al destierro.

Ninguno había pensado escapar. Pero sintiendo la carretera bajo sus plantas simplemente quisieron caminar, caminar. Durante esos momentos estuvieron libres. Y nosotros también.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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