Prigué
Prigué

"PERIFERIA IMPERIAL"


Capítulo 15

- Santiago autorizó visitas. Sus familiares llegarán a Chacabuco mañana y pasado mañana. Uds. se entrevistarán con ellos en el Teatro Exterior de las alambradas por espacio de media hora. Las cosas que les traigan las recibiremos nosotros y posteriormente se las entregaremos. Uds. no podrán llevar nada. Ténganlo bien en cuenta para evitar perjudicar a sus visitas. Tanto sus familiares como Uds. serán revisados al llegar y al partir. No queremos mensajes, ni papeles.

Hacía una semana que trabajábamos limpiando el viejo teatro de la oficina Chacabuco. Una construcción de madera, elegante en su tiempo, conservaba restos de pasadas suntuosidades. Similar a cualquier teatro de ópera con su coliseo de balcones, palcos y galerías. Gran escenario y amplios camarines. Subsistían todavía sus cortinajes rasgados. En el pasado actuaron famosas compañías teatrales para el personal inglés en los estratos altos de la industria. Se comentaba que hasta Caruso cantó allí en su oportunidad. Porque a comienzos del siglo Chacabuco centralizaba las actividades de una treintena de oficinas salitreras de la provincia de Antofagasta y mantenía conexiones directas con su metrópoli. Allí vivían los ingleses conduciendo la producción, despachando el salitre a Europa. Por eso el lujo de ese teatro y su salón de baile adjunto, "Filarmónica". De ahí el esplendor de los chalets del más puro estilo inglés, abandonados a la destrucción del tiempo y las ratas, ahora ocupados por los oficiales y tropa, comandancia, casino de oficiales y tropa, rancho. Chalets de muchas habitaciones con pérgolas en sus patios, enredaderas secas, zócalos de maderas preciosas, techos puntiagudos. Al medio de la plaza con kiosco de listones entrelazados algunos pimientos y tamarugos que tratamos de reverdecer. Más allá galpones de talleres desocupados con su maquinaria arrumbada, oxidada.

- Deben cortarse el pelo y afeitarse, ponerse la mejor ropa. Al que no adquiera una presencia decente no lo dejaremos salir. Y no tiene a quién reclamarle. Los llamaremos por lista a medida que lleguen sus parientes y saldarán en orden. Mucho cuidado con lo que conversan. Estarán todo el tiempo vigilados.

Un poco separada de la plaza -que nosotros bautizamos Salvador Allende- se iniciaba la doble fila de casas de barro pegadas en bloques de diez, dejando una calle al centro. Una pieza con puerta y una ventana a la calle, otra al interior abriéndose a un patio pequeño. Al fondo, el cuarto para la cocina. Habitaciones de los chilenos, los obreros casados. Parte de este sector estaba envuelto por la alambrada electrificada, seis torres con plataforma para los centinelas y dentro nosotros, los prisioneros. La muralla trasera de las piezas para solteros era la misma muralla divisoria de Chacabuco con el exterior. Hileras de habitaciones como cuevas de dos por tres metros, una puerta y una pequeña ventana. Alineadas bien lejos del barrio de los gringos. Ni las de los solteros, ni las de los casados poseían agua como las de los ingleses. El agua la acarreaban desde la fuente central de la ciudadela amurallada. Circulaban vendedores de agua arreando mulas-cisterna. Allí vivieron varios miles de trabajadores agrícolas atraídos desde el sur donde morían de hambre, por el imán de ganarse el pan en la "oficina salitrera". En el norte estaba la riqueza.

- Cuando les anunciemos que terminaron las visitas, eso quiere decir que terminaron las visitas. Deben despedirse inmediatamente de sus familiares y formar. No queremos atrasos. Cualquier atraso perjudicará a sus familiares. ┐Está claro? Ahora pueden retirarse. Proceder.

También había una iglesia pequeña, esbelta con su campanario y su cruz de madera en lo alto. El interior, como los bungalows, de maderas importadas, artísticamente ensambladas. Una escuela, y en la terraza del teatro una biblioteca sin libros. Y por allí mismo el único rectángulo de tierra vegetal en cien kilómetros a la redonda. Apenas doce metros de largo por cuatro de ancho y ochenta centímetros de espesor. Tierra vegetal traída de lastre en los barcos salitreros, en suficiente cantidad para mantener la producción de verduras frescas durante todo el año para la mesa de los altos funcionarios de la Chilean Nitrate Company.

┐Quiénes serían visitados y por quién? Por las dudas había que afeitarse, estirar la ropa, lustrarse los zapatos. Septiembre, Octubre, Noviembre, Diciembre: después de 4 meses, por fin, la oportunidad de abrazar a la mujer y los hijos, leer directamente en sus ojos, palparlos. Y con un viaje tan largo hacia la pampa sólo media hora de encuentro. Bueno, pero habrá tiempo para responder y formular interrogantes. Esa noche dormimos inquietos recordando a los nuestros. Cuevitas pasó en vela con los ojos abiertos, repitiendo: "cuando caí preso el 12 en la construcción, mi madre estaba sola, enferma, en cama". La madre de este compañero tenia 80 años y sufría de parálisis. Si sus vecinas la socorrieron es posible que viva y a lo mejor venga.

Por la década del 20 Chacabuco era todavía una Oficina próspera, con un sistema de reglamentación generalizado en la más importante de las fuentes de riqueza de Chile, el salitre. Zona seca, entrada y salida controlada al exterior de las murallas. Con un cuerpo de bomberos y brigadas de boy scouts. Su propio servicio de vigilancia armado dependiente de la compañía. Dos rondas de carabineros ingresaban cada 24 horas para llevarse a quienes desconocieran alguna disposición o manifestaron pensamientos disociadores. Y confraternización de ejército y compañía el 18 de Septiembre y 21 de Mayo. La tropa marchaba ante los mineros. Los oficiales asistían a las funciones de gala del teatro y a los bailes de sociedad de la colonia inglesa. La tropa en los camiones militares. La oficialidad en los automóviles de la compañía. Desfilaban en la mañana y partían al anochecer a sus cuarteles en Calama. Su presencia en tales fechas era para reafirmación de soberanía patria con banda de músicos y banderas.

En la formación matinal informaron que aún no se conocían los nombres de los prisioneros que tendrían visita. Las listas venían con el grupo de mujeres. Sólo el arremolinamiento de presos al pie de la torre de la puerta central anunció su llegada. Y en medio del tierral revolviéndose al sol aparecieron tres buses destartalados, sucios, resoplando vapor de agua de sus motores recalentados. Eran como las cuatro de la tarde. Nuestros trajes habían perdido elegancia.

Cercanía de navidad. En algunos bloques los presos colgaban adornos alusivos con algodón nevando sobre pinos de papel verde. Estacionan los vehículos al otro lado de la plaza. Vemos bajarse a las mujeres y a algunos sacerdotes y monjas que las acompañan. Las conducen en fila al teatro, nos hacen señas con gritos de "ánimo". Nosotros somos un piño presionando en tumulto, separados de ellas por las alambradas y cien metros de arena, con soldados apuntando cada cinco pasos. Tratamos de reconocer a nuestra gente. La distancia lo impide y además se nos han empañado los ojos. No podemos gritar, la garganta permanece apretada, si la forzamos evacuará un sollozo y no el saludo cariñoso que mentalmente elaboramos. Hay algo más de un centenar de visitas y nosotros superamos los mil quinientos. Bueno, algunos serán llamados. Otros tantos mañana. El colorido de sus trajes, voces femeninas, algunos niños arrimados a las faldas, son de por sí un regalo tan grande que no nos duele tanto quedarnos a la espera de visita en tres o seis meses más. Guillermo Torres, grita y cae inconsciente despedido por un golpe de corriente. En la agitación se agarró a los alambres.

Cayó casualmente en nuestras manos mientras urgueteábamos en los papeles desparramados por montones en los talleres viejos e inactivos, un libro de tapas negras, escrito a mano por un vigilante de la compañía correspondiente al año 1922. Día a día, noche a noche, un régimen militar más que civil. Se controlaban las entradas a los retretes colectivos y duración de permanencias. Igual en las duchas. Regía toque de queda a las 21 horas. Quienes metían bulla en sus hogares después eran anotados y de esa manera acumulaban puntaje en contra para descuentos a fin de semana. O para la expulsión, sin indemnización, a fin de mes. Si un obrero regresaba al amurallado Chacabuco después de las nueve de la noche, se registraba su nombre en la puerta. A menudo con discusiones, estampadas como "Gregorio Martínez Cabezas, llegó borracho pateando la garita e insultando a este vigilante". Pero al lado solía anotarse otra información: "Mr. Schumann vino a las tres de la madrugada muy alegre. Bromeando con su habitual simpatía".

Los prisioneros salieron de a uno con sus manos vacías y su ropa revisada. Marcharon en hilera al teatro. A las mujeres las tenían sentadas lejos una de otra y en distintas bancas. Al lado de cada una, un soldado. El preso debió sentarse con el uniformado al centro. Si el soldado carecía de vigilancia de su superior, el teniente Alexander Ananias, oficial de seguridad de esa guardia, volvía la cabeza y el esposo podía besar a su compañera, tomarle las manos, pero sin secreteos.

Sólo se podía hablar fuerte y naturalmente nada posible de confundirse con planes destinados a derribar la Junta. Transcurridos los treinta minutos, salir los presos, formar las visitas. Revisión. Los presos a sus puestos tras las rejas. Las mujeres a sus puestos en los autobuses. Habían salido de Santiago cuatro días antes y pasarían navidad en los sacudones del retorno. La mitad de los alimentos portados por las mujeres, no cruzaron las rejas, fueron requisados.

En Marzo de 1922 se suicidó un matrimonio joven. El, venido del sur. Ella, indígena de las sierras. Acostados, encendieron entre ellos un cartucho de dinamita y murieron con sus tripas reventadas. Al día siguiente debían abandonar Chacabuco. El, quedó sin trabajo y sin casa. No resistió la idea de retornar al sur más pobre que antes y con la mujer esperando un hijo, sin lugar donde recibirlo. Durante una función en el teatro, la vigilancia de la compañía detuvo a un hombre que vendía un periódico socialista. Le encontraron en un bolsillo una lista de 22 suscriptores. Le entregaron a carabineros y con él a los 22 de la lista. No decía en el libro qué hicieron con ellos los carabineros, pero sí señala que los enseres domésticos de las 23 familias fueron arrojados a la calle esa misma noche con las mujeres y los chiquillos.

La visita del día siguiente llegó un poco más tarde. Alrededor de las seis. Por el camino las mujeres hallaron dificultades, porque en Santiago no les dieron salvoconducto para que los vehículos viajaran de noche. Por lo tanto alojaron en conventos y templos que la iglesia católica les abrió generosamente. Vendieron radios, relojes, televisores, para llevar algo de comer a sus maridos presos. Como el día anterior, la mitad de los alimentos, y especialmente la fruta, quedó requisada. Valdés, un obrero de la construcción, muy ┐oven, casado hacía apenas seis meses, indignado por la presencia del soldado entre él y su esposa, le dijo a su mujer: "Mijita. si estuviéramos solos le pediría que fornicáramos". Al adolescente de uniforme le subió el color a las mejillas y les pidió disculpas. "Por mí, les dejaría solos. Yo me enojaría tanto como Ud. si no me dejaran hablar a solas con mi novia. Además. .. mi padre está preso en Valparaíso". La madre de Cuevitas no lo visitó porque murió de hambre, sola en la cama de su rancho. El vecindario descubrió su cadáver podrido a fines de Septiembre.

Y después la monotonía habitual a la que nunca nos acostumbramos. Levantarse a las seis, desayunar a las siete, formar a las ocho. Hasta las nueve, aseo de dependencias. Luego nuestras actividades. A las doce los porotos. A las seis la retreta y a las nueve el encierro nocturno. Los cambios de guardia cada dos semanas. Arenga del oficial de seguridad: rotación de uniformes del ejército, aviación, carabineros. Cazabombarderos volando a ras de los techos cada día a las 14 horas. Venían de Cerro Moreno en Antofagasta. Y constituían parte de la rutina de vigilancia.

- Y Uds. se preguntarán ┐por qué yo me encuentro en este lado y Uds. en ese?-, nos dijo una noche el Capitán Santander, de nariz ganchuda, campeón de tiro. Por tres razones. Durante el Gobierno de la Unidad Popular no me pude comprar automóvil, porque me estafaron en una financiera automotriz. Sí, esas que cerraron al poco de asumir Uds. al Gobierno. Segundo. A un hermano mío le partieron la cara a cadenazos en una pelotera en la Universidad. Tercero. Cuando me enviaron a Panamá, integrando el equipo militar de tiro, ningún banco de ese país me quiso cambiar un cheque del Banco del Estado con los dólares que me dieron para viático.

- Y no pudiste ir a putas, masculló a mi lado un ex soldado preso.

Santander gustaba hablar paseándose a golpes de polaina con una correa.

- Intentaron dividirnos, pero no pudieron. Únicamente con las FF.AA. divididas pudo desencadenarse una contienda. Pero nos mantuvimos y nos mantendremos unidos. Lo hacemos porque somos la patria. Uds. la antipatria. Véanse Uds. ahora en las condiciones en que se encuentran. Olvidados. ┐Cuántos amigos, pero amigos sinceros, han concurrido con ayuda a sus familias ahora que están derrotados y presos? Les bastan los dedos de una mano para contarlos. Están solos. Reducidos a la mínima expresión del odio que pretendieron sembrar entre los chilenos. Nosotros, las FF.AA., reconstruiremos la patria.

Chacabuco murió, y con excepción de dos. cerraron todas las oficinas salitreras de la provincia. Los obreros emigraron por pan al sur. En todo el norte sucedió lo mismo. Siluetas de pueblos fantasmas a la orilla de los caminos. Chacabuco se conservó mejor defendida de los merodeadores por sus murallas. Durante el Gobierno Popular se trabajó en su adaptación a "Museo del Salitre", ejemplificador de nuestra historia. Se preparaban las colecciones de fichas de carey del pago semanal, contra las que se levantaron los mineros. Ellos querían que se les cancelara en dinero chileno. Los Gobiernos respondieron disparando sus fusiles de repetición ordenado por las compañías. Los disparos corrieron por cuenta de tropas chilenas.

Ahora nuevamente no sólo en el norte. En todo Chile. Armas evolucionadas, contra un pueblo también evolucionado. Y más maduro. En la huella de los salitreros de comienzos de siglo, casi llegó a la meta de conquistar todo el poder para los chilenos en la más original y audaz de las experiencias de Gobierno vividas por nuestra patria. Aunque momentáneamente dispersos, somos la mayoría los que pensamos así. Esto no lo entiende Santander. Ni Minoletti, ni Ananias. Pero sí lo comprenden sus mandos superiores allá en el edificio Diego Portales. Ellos saben exactamente por quién y para quién montaron la dictadura. Para salvar un capitalismo decadente y rapaz y para imponer nuevamente el dominio imperial. Ahora no es Londres. Es Washington. También habla inglés. Rapiña materias primas de otros suelos que no son los suyos. Y deja tras sí escombros, viudas. Y ni siquiera oprimen el gatillo sus soldados rubios como en Vietnam, aquí cuentan con quién lo haga. El Conscripto antofagastino que recogió muertos en Santiago lamentó que le dieran la parte sucia de la guerra. Los generales del golpe, seguramente no lo lamentan. Los yanquis en el acumulamiento de riquezas para palacios de mármol, cristal y aluminio, en su estrategia de colonización de hombres lejanos, les encomendaron la guerra y represión contra sus compatriotas. Es decir, también la parte sucia.

Del salitre no quedó nada. El cobre nacionalizado comenzaba su alumbramiento.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube