Prigué
Prigué

"¡HAY DESPUÉS!"


Capítulo 13

Fue el mismo día en que el temblor grande agrietó otro poco los muros de los pabellones chacabucanos. Al millar y medio de prisioneros nos formaron primero en la cancha y después a cada grupo ante la puerta de la casa que habitaba. Los uniformados allanaron. Pese a disponer de mucho tiempo actuaban con rapidez levantando entablados, trajinando colchones, alumbrando los rincones, despegando de las paredes los recortes de revistas. No teníamos idea qué diablos buscaban. ¿Armas? ¿Documentos? ¿Túneles? Sacaron de nuestra casa el chuzo, la pala y los cuatro clavos de punta aplanada utilizados por los talladores en madera. Los libros, hojeados sin entenderlos, quedaron pisoteados en el suelo. Amontonaron los objetos en la calle hasta que un camión pasó recogiéndolos. Después de tantas horas el sol secó la transpiración en los cuerpos.

Por los diarios de Antofagasta, que llegaban alguna vez, nos enteramos que en esa ciudad montaron una exposición de nuestras herramientas; armas fabricadas por los prisioneros de Chacabuco para un levantamiento y fuga masiva. Indudablemente las autoridades militares trabajaban astutamente la propaganda en su favor para desviar la corriente de solidaridad fluyendo hacia los presos.

Tres semanas después acarreamos ropas, colchones y enseres a la cancha de fútbol. Formamos un día entero, en tanto también nuestras viviendas caían sometidas en minucioso registro. Volvíamos a quedar sin herramientas para nuestros trabajos. Incomprensible porque de repente se les ocurría que cada prisionero debía realizar alguna actividad. La que fuera. Entonces permitían nuestro impulso a los talleres artesanales, a la escuela, al deporte. Dos semanas después suspendían todo y controlaban que nadie hiciera nada.

Costó entenderlos. Porque esas primeras semanas y meses en Chacabuco constituían un pequeño mundo al que nunca nos habituaríamos. Sin embargo, forzadamente teníamos que aceptarlo. Veníamos físicamente débiles y maltratados. Exigieron trabajos de mejoramiento de la presentación interior para esta "prisión modelo" interesados en mostrar y experimentar. Porque allí no sólo enmendarían nuestras ideas por medio del trabajo, la disciplina militar, precariedad en la alimentación, igualitarismo en el vestuario luciendo los uniformes dados de baja, sino que también lograrían que los prisioneros produjeran, autofinanciaran y hasta crearan excedente. Nos majadereaban lo mismo cada mañana, endulzaba estos mismos propósitos el sermón del capellán en las retretas violeta del crepúsculo. He aquí la posibilidad de que aporten dinero a sus hogares.

- Convertiremos Chacabuco en un vergel, proclamó un Comandante.

Los talleres rodantes del Instituto Nacional de Capacitación (INACAP) estacionaron en galpones con sus cepillos y tornos. Todo el mundo a trabajar. ¿Para hacer qué? No lo sabían. No tenían planes. Ni materia prima. ¿Muebles? ¿Con que madera?

Además nadie sentía la menor necesidad de fabricar algo comerciable. Todo lo contrario. Surgíamos de presenciar destrucción metódica de bienes y vidas. ¿Acaso pretendían que nosotros reconstruyéramos los desastres causados por el paso de sus blindados invasores? Un muchacho manifestó su total desacuerdo con las directrices militares. E inició la huelga de hambre. ¿Qué efecto lograrás causar con tu muerte?, le decíamos. ¿Quién sabría de tu entierro aparte de nosotros, los prisioneros, separados de la humanidad por cien kilómetros de arenas, barreras minadas, cerco artillado? El viejo dirigente campesino de la región central, no discutió. Se colgó de una viga. En él influyeron, además, otros factores. Solo en el mundo, sus únicos vínculos con la vida eran la organización campesina. Deshecha ésta, asesinados los otros dirigentes, matada su propia compañera, llegó a Chacabuco, Oficina Salitrera conocida por él. Aquí trabajó de minero cuando joven. Y aquí se casó. Al cerrarse la salitrera emigró al sur. Pero dejó enterradas en el patio de su casa. Serrano 72, sus herramientas. Como prisionero visitó nuevamente su casa. Allí estaba. Desocupada. Cavó en el patio y encontró todas sus herramientas, bien envueltas como las dejó 45 años antes. Las ordenó en el piso de la pieza interior, el dormitorio. Anudó la soga a la viga y se ahorcó.

Nos mantuvieron formados al sol cuando encontraron el cadáver y después se lo llevaron hinchado, mordiéndose la lengua amoratada.

¿Y todavía trabajarles?

Oponerse radicalmente a ellos apresuraría el exterminio de muchos. La furia con que derribaron el régimen constitucional estaba fresca. Proseguían las redadas en las poblaciones obreras, la persecución en las fábricas, los fusilamientos sin proceso, el abarrotamiento de las cárceles, la extensión de campos alambrados. ¿Una oposición frontal nuestra ayudaría a quienes fuera ataban las amarras del renacimiento? Y si permanecíamos vivos, pese a todo. sin claudicaciones de ninguna especie, dispuestos a retomar vías transitoriamente obstruidas ¿acaso no será mejor proyectarnos al aporte futuro? Si nos creemos capaces de hacer algo y conservamos aún la lucidez y alguna energía, ¿por qué no podríamos calibrar mejor el terreno, buscando la manera de tornar la dirección de esta maquinaria destinada a fulminarnos. . . ? Ya veremos cómo.

Un compañero llenó una maleta a medianoche y partió a la guardia, exigiendo le abrieran la puerta. Viajaba a Santiago en ese mismo instante. Sólo con algunos golpes le devolvieron a su litera. A la noche siguiente repitió el recorrido listo para irse. Lo aislaron tres días en el horno apagado del exterior de las alambradas. Cumplido el castigo sus compañeros de cuarto lo cuidaron que no saliera. Pero una vez se durmió el vigía. El viajero partió a reclamar libertad y traslado. Dicen que los disparos de esa noche lo mataron. No vimos su cadáver. A sus compañeros de pieza los aislaron una semana en el horno.

Los médicos y personal de salud organizaron la atención de los casos más urgentes de acuerdo a las disponibilidades. Algunos profesores iniciaron cursos individuales en partidas de ajedrez. Aprovechando la orden de cantar en las retretas autorizaron la existencia de una comisión encargada de coros y conjuntos folklóricos. La misa dominical acogió al conjunto de Ángel Parra contando versículos escogidos de la Biblia. Un profesor de educación física, asesorado por un eminente traumatólogo, inauguró las clases de gimnasia destinadas a reparar los daños dejados por las flagelaciones en brazos, columna vertebral, dedos. Un sastre arrancó los sacos que cubrían las puertas de las casas vacías y con ellos fabricó gorros. Apareció abundante piedra Ónix y se la trabajó para collares, aretes y anillos. Unos montones de envejecido alambre de cromo níquel dieron nacimiento a una verdadera industria de pulseras y colgantes.

El robo de las herramientas el día del temblor provocó rabia y desaliento. Nos prohibían trabajar después de habernos proclamado hacerlo. Cuando supimos que se nos aplicaba el Código para Prisioneros de Guerra de 1929 abrimos los ojos y nos estabilizamos un poco. Allí se determina que al prisionero hay que mantenerlo desconcertado, inseguro, angustiado, temeroso. Meterle en la cabeza su condición de derrotado, aplastarlo y humillarlo reiteradamente, reducirlo a la condición de bestia o vegetal, obediente y fiel como un perro, o, acorralarlo irredento.

Por eso Minoletti que un día vejó a Parra y Céspedes, al día siguiente les pidió disculpas en su oficina. Después los trataba tan mal como antes.

Además había otras complicaciones interfiriendo la posibilidad de conocer el ambiente de la armazón uniformada actuando contra los prisioneros.

Un capitán nos subrayó no juzgarlos superficialmente por sus actitudes.

- Cada uno de nosotros, dijo, interpreta un personaje. Unos encarnan los buenos y otros los malos. Es la guerra. Y su escenificación. Representamos el rol que el mando nos distribuye. Y el reparto ya está hecho. Yo soy el bueno. Minoletti es el malo. Cuando Minoletti suba de grado ordenará a otro los trabajos sucios y entonces él será el bueno. Así es la cosa. Pero, somos todos chilenos, llegará nuevamente el día en que bebamos juntos una botella de vino.

Minoletti era subordinado del capitán que nos hablaba.

A la semana de vivir en Chacabuco, todavía Noviembre de 1973, apareció el Comandante de la Primera División del Ejército. General von Kretschmer. Chacabuco era su jurisdicción. Nos habló a todos en el comedor y a la sombra:

- Aquí tienen mis manos. Se las entrego. En respuesta denme solamente una de sus manos para convertir ese desierto en un vergel. Nada más les pido. Trabajen, colaboren en las labores que organizamos. Uds. serán los beneficiados. Aquí nadie les tratará mal. Permanecerán retenidos mientras así lo dictamine la orden superior. No sé quienes son Uds., ni por qué se hayan en Chacabuco. Yo cumplo órdenes. No soy político. Soy soldado. Las divergencias que nos separan momentáneamente no , deben hacernos olvidar que por sobre todas las cosas ( somos chilenos, hijos de la misma patria. Personalmente me esforzaré por hacerles más llevadera su vida. Incluso en mi comitiva traje un camión con verduras y frutas. Sé cuánto las necesitan. Ya lo ven. Mi preocupación por Uds. es grande. Correspondan a ella colaborando conmigo.

Varios grados por sobre el capitán. Bueno también. En Febrero del 74 visitó Chacabuco el coronel Espinoza, Carcelero Jefe de Chile. Llegó precedido de anuncios y fanfarrias. Vestía uniforme de campaña al estilo Rommel. Binoculares colgando sobre el pecho, pistola en cartuchera abotonada, gafas de aviador, cantimplora y morral. Formados al sol oíamos su verborrea.

- Tal como se lo dije en el Estadio Nacional, el Ejército de Chile les mantiene retenidos mientras aclaramos la situación de cada uno de Uds. Los fiscales trabajan incansablemente estudiando cada caso. En 20 días más evacuarán sus informes. Y Uds. serán divididos en tres categorías: unos pasarán a proceso, otros serán relegados y el resto, la gran mayoría, saldrá en libertad.

Otro bueno.

Una semana después el helicóptero aterrizó levantando polvareda en la pista exterior de Chacabuco. Bajó el General Bonilla y nos habló en el comedor, a la sombra, desde detrás de una pared de guardaespaldas, doscientos soldados y cuatro vehículos blindados. Derribó el castillo de esperanzas construido por Espinoza:

-Uds. son nuestros rehenes. Ante cualquier acción contra el Gobierno emprendida en cualquier parte del país, tomaremos las represalias contra uds. Para eso están aquí. No saldrán en libertad porque la situación no lo aconseja. Sabemos que Uds. se sumergerán inmediatamente a combatirnos. Y no somos tontos para entregarles activistas al marxismo. Cuando estuvieron en el Gobierno creyeron que nosotros, los soldados, éramos los tontos. E intentaron utilizarnos. Paguen ahora su ingenuidad y torpeza. Y mucho cuidado con su comportamiento en Chacabuco. Los tenemos en nuestras manos, controlamos cada paso de sus familiares y relaciones. Cuidado con pretender damos una patada en las canillas, porque les responderemos con 50.

El malo.

Dio media vuelta y partió seguido de su escolta que taconeaba al trote al helicóptero.

Los buenos y los malos.

¿A quién creíamos? Naturalmente al de mayor rango. Bonilla era el Ministro del Interior, bordeando el máximo nivel inmediatamente después de Pinochet. Cabeza visible del golpe. Personalmente mostró su cara ante el General Prats, comandante en Jefe del Ejército en Agosto de 1973. Debía renunciar a su cargo. Lo exigían altos mandos y oficialidad de las tres ramas de las FF.AA. El ultimátum de Bonilla lo respaldarían tres días después mil oficiales en la puerta de su casa. Como lo hacían en estos momentos las esposas de esos mandos ante su mujer. Si Prats sostenía todavía la negativa a dejar la conducción del ejército, éste estaba condenado a una tajante división y a la consecuente guerra civil entre los chilenos. Única solución. Prats tiene que renunciar a la comandancia en Jefe. Y lo hacia, presentando su expediente de retiro, salvando con ese gesto patriótico la integridad de las FF.AA. Y evitando la confrontación mortífera entre chilenos. Asumió el mando el General Augusto Pinochet, constitucionalista, hombre leal, patriota. Instaurada la Junta, cuya presidencia sería rotativa entre las 4 ramas de las FF.AA., Bonilla figuraba como evidente sucesor de Pinochet ante muchos uniformados y civiles, especialmente el freismo. En el forcejeo a alto nivel Bonilla perdió posiciones, su chófer caería prisionero junto con nosotros y el General terminaría muerto entre los fierros calcinados de su helicóptero, misteriosamente abatido un año después. Muerto como el General Prats, asesinado en Buenos Aires en compañía de su esposa. Triunfador incuestionable, Pinochet.

Los buenos y los malos.

Como las tramposas competencias de lucha libre del empresario Venturino en el Teatro Caupolicán. Combatientes caracterizados en el ring. Bueno y malo. El malo gesticula obscenidades al público, al arbitro, golpea por la espalda al contendor. El bueno es humilde, saluda y agradece, cumple rigurosamente los reglamentos, gana el favor de los espectadores. Los aficionados abandonan felices sus butacas, porque al final de la lucha el malo yace aturdido en la lona y el bueno canta victoria con el pié sobre el pecho del vencido. Aquí hay también un Venturino repartiendo papeles ante un público que pagó el precio de su entrada con pulmones, riñones y cráneo.

Los buenos abren su atención a problemas, compartiendo pesares con los prisioneros únicamente en lo formal. Porque sucede que disponiendo de posibilidades para resolver alguna dificultad, desaparecen sin posibilidades de oírla y por lo tanto de resolverla. Los buenos buenos, que en realidad existen, los identificamos bien y los recordamos. Esos viven sinceramente el drama. Y no llevan máscara caracterizadora.

Por eso escuchamos y obedecemos y ponemos a funcionar el campo preocupados de preservar dos saludes: mental y física. Para ambas necesitamos carenar constantemente el amargor del derrotismo adherido y brotado en la mente. Ocuparnos de trabajar, emplear manos y mentes en construir obras concretas, ojalá útiles, mejor si son hermosas. Es tiempo en que no sabemos nada de Chile, nada del mundo, la vida se reduce a pabellones numerados. Estacas con alambradas, cascos recortados contra ruinas.

Cada casa elige un jefe. Los jefes de casa escogen un representante por pabellón: Los representantes de pabellón integran el Consejo de Ancianos, presidido en su primera época por el Dr. Requena. Veinte delegados de mil doscientos detenidos. A través del Consejo parlamentamos con las autoridades de potencia a potencia. Con el Consejo funcionará el campo, sin el Consejo y exclusivamente por las botas funcionará también. Pero costará esfuerzo diario, control permanente, trabajo. Aceptado el Consejo echamos a andar Chacabuco.

Abre sus puertas el policlínico atendido por 20 médicos especialistas, número superior de personal auxiliar profesional. La escuela matricula a 600 alumnos alfabetizándose algunos, estudiando motores a combustión otros, matemáticas superiores o apreciación literaria. Maestros primarios, secundarios y universitarios transmiten saber a su alumnado heterogéneo y ávido de conocimiento. Hasta funciona un seminario de astronomía con observatorio e instrumental moderno en aquella época en que la humanidad carecía de vidrio de aumento. Una colecta entre los presos arroja capital para fundar un almacén de artículos de primera necesidad abastecido desde Antofagasta, nuestra Pulpería. Por su intermedio llegan los cigarrillos, azúcar, té, leche. Se encienden hornos en cuatro panaderías. Los católicos habilitan una capilla con un pez en su altar, igual que los cristianos perseguidos del Imperio Romano. Los protestantes decoran su templo con letreros copiados de las sagradas escrituras. Funciona una oficina de correos centralizando la correspondencia y distribuyendo cartas y telegramas a domicilio. Cada una de las comunicaciones porta el timbre de la censura de la Primera División. Los abogados establecen un consultorio jurídico. Los patios de los pabellones se convierten en talleres de tallado y bruñido. Autorizados a cachurear al exterior de las alambradas los grupos de compañeros regresan con madera, vidrio, latas, cartones, neumáticos, pernos. Inventan taladros activados por cordeles, cinceles de clavos, serruchos de latón de tambores de petróleo. Tablas abandonadas en el viejo teatro y filarmónica se transforman en pupitres para el colegio, estantería para la biblioteca, sillas, mesas, bancas. Nace el coro polifónico y dos compañías teatrales, cuatro conjuntos folklóricos, una orquesta tropical. Los fines de semana se prende el farolito de la peña artística bautizada como "Chingana". La compañía del "show" trabaja una vez por semana y el galpón de sus estrenos adquiere aspecto de verdadero teatro con su escenario de doce metros de boca por diez de fondo. Cortinaje de sacos pintados. Reflectores de tarros vacíos. Tablero de iluminación capaz de accionar sofisticados efectos. El "show" con su cuerpo de baile estable, concursos, desfiles de fantasía y música, era el más popular de los espectáculos. Participan en él más de cien aficionados al arte escénico, dramaturgos, escenógrafos, tramoyistas, carpinteros, electricistas, pintores. Programado para los domingos en la noche cumplía al 200 por ciento su objetivo en los cambios de guardia.

Cada comandante entraba al campo soberbio, provocador, despectivo. Desconocían quiénes éramos y por qué nos encontrábamos presos. Suponían por lo tanto que se trataba de un rebaño de delincuentes peligrosos. Ellos eran soldados apolíticos, pero inflexibles en sus órdenes. De estos harapientos disciplinarían chilenos obedientes. Si alguien pretendía oponerse tenían orden en blanco para hacerse obedecer. Pronunciadas sus alocuciones una representación de los rotos alzados le invitaba respetuosamente a él y a sus hombres al espectáculo. Admirados por la grandiosidad del decorado corpóreo, la calidad y fluidez de las obras teatrales o comedias musicales escritas por los detenidos, el afiatamiento de los coros en temas clásicos y populares, de los conjuntos folklóricos comenzaban a descubrirnos. Sorprendidos sin demostrarlo a veces reconocían capacidad, confianza en el futuro, creatividad muy superior a la que se podía imaginar de tal gente. Y nos respetaban.

Ya no les importaba tanto que no nos afeitáramos todos los días, ni que lleváramos al lote los uniformes viejos que nos dieron. Sabían de la existencia de calidad aún cuando no apareciera cubierta de formalismo burgués. Aliviábamos así la rigidez del régimen interno. Algunos no entraban más al campo durante su turno. Otros volvían y conocían más manifestaciones artísticas y culturales, interesados en saber cómo de la nada o de lo insignificante era posible florecer belleza. Conversaban con nosotros, admirados de los telares manuales, autorizaban el ingreso de la tropa para que comprara tallados, anillos, chamantos, bolsos, recuerdos de Chacabuco para sus novias. De los uniformados llegó el único dinero alimentador parcial de la industria artesanal.

Fundamos un diario mural con dos ediciones semanales y en el que nos propusimos registrar paso a paso la historia de ese campo de concentración. Sus ediciones, cuidadosamente revisadas por la censura, se mantuvieron fieles desde Noviembre del 73 hasta Octubre del 74, cuando nos evacuaron. A lo mejor algún día será posible recuperar sus ediciones dispersas.

Consolidada la autoridad del Consejo de Ancianos, los oficiales de seguridad concurrían invitados a una de sus sesiones cuando llegaban. Allí definían su política para con los presos y se enteraban ordenadamente de nuestras actividades. Les sorprendía la vitalidad y organización de estos hombres separados de la sociedad. Sus creaciones infatigables, el remedo de ciudad normal allí transplantado con ingenio en vez de descabezamiento humano.

Un visitante reseñó bien ese clima. Fuera de las alambradas hay opacidad, mastique de rencores, inquietud. Dentro serenidad, miradas limpias, cariño por la vida. Parece que los prisioneros son los que cuidan.

Los capellanes, dos del ejército y uno de carabineros, también entraron desconfiados a nuestro domicilio común con la palabra de Cristo. Uno de ellos, incluso, oficiaba misa con pistola. Pero cuando conocieron a los presos en su salsa y sus pensamientos íntimos, se convirtieron en amigos sinceros. Buenos amigos. Uno de esos capellanes había estado brevemente detenido en los días del Golpe. Físicamente se parecía al Secretario General del Partido Socialista, Senador Carlos Altamirano. una patrulla lo detuvo cuando lo vio en la calle de uniforme militar.

- Por fin te agarramos, desgraciado.

- Camaradas, se equivocan.

- No vengai a camaradearnos a nosotros, te conocemos. Este sí que es pez gordo. Ascenso en perspectiva. Nada menos que Altamirano.

Golpes, manos esposadas a la espalda. Transformado en bulto pateado lo lanzaron al piso del jeep.

- No soy quién creen. Soy el Capellán Várela.

- Y yo soy Napolión.

- Soy Capellán. Revisen mi documentación.

- A mi Capitán se lo vaí a demostrar, culiao. Amarrado, tendido, prefirió callar y soportar el ultraje. La detención del máximo dirigente del Partido Socialista alteró itinerarios cumbres y reuniones juntistas. Pero con la misma rapidez con que se infló el globo se destripó en soplidos en la guardia del regimiento. El detenido era efectivamente capellán. Las patadas preparadas para el cautivo cayeron en las nalgas de sus supuestos captores.

Sin embargo esos últimos meses del 73 y primeros del 74 significaban activismo político de los oficiales de seguridad. Escoltados por media docena de fusileros y un blindado, repetían:

- Uds. eran la tropa que sus superiores dejaron abandonada, uds. están pagando los platos rotos. Sus dirigentes se ríen de Uds. tomando whisky en el extranjero. En cambio nosotros, somos leales con nuestra tropa. Yo marcho siempre a la cabeza de mis peladitos y doy la vida por ellos. Como ellos por mí. Por eso somos superiores a Uds. Por disciplina y lealtad mutua.

Su tropa se mantenía con el rostro imperturbable. No se nos autorizaba replicar para recordarle que nuestro dirigente máximo, el Presidente de la República. Dr. Salvador Allende, murió baleado por quienes jerárquicamente le debían lealtad. Pero a la primera oportunidad que se nos presentaba, y se nos presentaron varias, dábamos nuestra opinión, dialogábamos con los soldados. Por eso fue que al poco tiempo un bando prohibió la comunicación entre tropa y presos. Sólo podíamos hablar con el oficial de seguridad si es que éste nos autorizaba a hacerlo.

El día del temblor y allanamiento cambió la vida en Chacabuco. A la soledad nuestra cesantía. Clausura de la pulpería y de todas las oficinas del Barrio Cívico. Fin a la escuela, despojo a los talleres. Agotadoras formaciones desde las ocho de la mañana hasta las doce. Formación en la tarde desde las dos hasta las seis. Lista en noche en la cancha de fútbol entre las 22 horas y tres de la madrugada. Hay cuarenta grados de calor en el día. Y cuatro grados bajo cero en la noche. Nuestras filas en la cancha y las filas de soldados apuntando y disparando al aire. Disolución del Consejo de Ancianos. No más representantes de pabellones, ni jefes de casa. Trotes en la arena. Traslado de piedras y fierros cambiando de lugar el montón de ayer. Muchos castigados aislados. Suspensión de la correspondencia. Suspensión de visitas y término de la recepción de encomiendas. Verano seco y eterno en el día. Invierno despejado cada noche. Arenas amarillo negruzcas. Ventarrones después del mediodía. Y polvo flotando en los remolinos alargados. Inmóviles, con las rodillas resentidas de permanecer parados, los ojos se entretienen atentos repasando el paisaje durante horas, días. Semanas enteras machacando escondidos el alambre cilíndrico, tornándolo lámina delicada que se doblará en anillos. Raspado clandestino de la piedra Ónix para la lágrima o gota de agua que irá al pecho de nuestra compañera. Iluminación de velas en la tabla de raulí donde nacen las miniaturas de los callejones de Chacabuco. Pensamientos concentrados en el naranja y azul de las lanas escribiendo su texto nuevo en los telares. Igual un día que otro. Hambre nunca satisfecha. Lecturas evadiéndose después de algunas páginas. Trabajos colectivos absurdos, inútiles, fatigosos, sin razón. Tránsito a las formaciones. Encierro con corte de luz en los cuartos estrechos, Quema insuficiente de energía en la interminable soledad de hombres solos. Espacio mental vacante, imposible de llenar totalmente en su cavidad cada vez mayor.

Aparece como si fuera un dolor de muelas. Levemente agudo, tenaz, agazapado allí cerca del oído, escarbando suavemente, retorciendo pausadamente los nervios en los insomnios de espaldas sobre la litera. En los diálogos con lo vivido y nunca jamás repetido. ¿Hay un después? Levantar los ojos, cerrar el libro, quedarse sentado solitario, olvidado en una casa abandonada para sacudirse del aguijón vigilante, y constatar su veneno inyectado a la circulación, inmovilizando brazos y encendiendo angustias muy adentro. ¿Hay un después? Acuden los calores amables de la mujer envejeciendo triste, de hijos sin zapatos, ni escuela. Barrotes cortando imágenes fraternas. Irrumpe la pena por tanta desgracia prolongada y de tanta gente pobre, explosiones sordas de la pólvora y desfile de muertos sin compañía. Los conocimos, nos duelen. El corazón se achica palpitando únicamente hacia su centro, ampliando el vacío destinado a las imágenes, confluyendo a encuentros sin brazos. ¿Hay un después? Luchamos aspirando profundamente el aire seco y cortante, despegando una viruta con la gubia, martillando el metal, produciendo ruidos con el chocar de piedras. Retomando la bola de la luna en la parte superior de una torre con soldados diminutos, aplastando con la alpargata azul el aguijón apaciguado, enrollado a la espera de desplegarse en grito, aguardando el dolor levemente agudo, cerca del oído, probando en sueños y vigilias, mirando desde el brillo de un ojo negro. Un día como el otro. Una noche como la anterior. Con sus constelaciones tan inútilmente próximas fijas en nuestro traslado sin objeto por el cosmos.

La voz nos vino una noche desde las estrellas. Disponíamos de algunos receptores de radio, pero escucharlos requería extremados cuidados. Después del encierro patrullas en zapatillas oían tras las puertas y ventanas, controlando y detectando. Por eso los receptores se animaban entre las frazadas de la litera más alta. Una noche apareció un receptor en nuestra habitación, y tres personas girábamos el dial buscando el mundo. Y lo captamos entre ruidos de estática y conmoción de nervios.

- Escucha Chile.

Katia.

Radio Moscú nos habla a nosotros. Nos describe el universo desconocido hasta entonces de solidaridad estallando por Chile y su causa. La magnitud del espanto montado por la Junta. Los días de duelo nacional por el asesinato de Allende. Las manifestaciones en París, Buenos Aires, Nueva Dely, Londres, Caracas, por que se ponga fin a los asesinatos. A los fusilamientos. Que terminen los campos de concentración.

Chequini.

Los moscovitas expresan ira ante el fascismo con su telaraña extendida matando sobre Chile. En Leningrado y Majachkala, Irkutsk, las reuniones de los trabajadores solidarizan con los patriotas chilenos encarcelados.. .

¿Los patriotas?

Desde fuera de las alambradas, desde afuera de las fronteras se les habla a mujeres y hombres detenidos por abrigar una causa noble, justa, la grandeza de la patria. A esta parte del conglomerado humano que inició la más original de las experiencias políticas de Chile y de más grandiosas proyecciones de nuestra historia.

¡Libertad para Luis Corvalán!

La URSS, Cuba y otros países socialistas suspendieron relaciones con la Junta. Mitin en Turín con asistencia de 150 mil jóvenes. El Secretario General de la ONU pide la libertad de Corvalán. El Papa Paulo Sexto condena el golpe, también la Internacional Socialdemócrata. La represión en Chile es discutida en el Senado de los propios Estados Unidos. Funcionan comités de solidaridad en todos los continentes. Reclaman los parlamentos europeos y la Federación Sindical Mundial. Países no alineados excluyen a la Junta fascista.

- Bajen el volumen. Viene la ronda. Cuidado. Llegan a nuestra ventana. Silencio.

Pasos acolchados deslizan arena alejándose. Es Diciembre. Debe haber nieve en Moscú. Sonreímos iluminados por el piloto de la radio. Habla Volodia. Define el régimen establecido en Chile. Y sus formas bárbaras de opresión. Disolución del parlamento, de los gobiernos municipales, interventores en las universidades. Todas las libertades públicas han sido liquidadas. Los cuervos se han lanzado a picotear el cuerpo del Presidente Allende. Nunca arrancarán del corazón del pueblo la memoria de Allende, que amó su patria, luchó decenas de años por la liberación de los oprimidos y explotados y quien cayó combatiendo como un héroe.

Volodia Teitelboim vive.

-... el actual estado de cosas no será eterno. No prevalecerá la mentira sobre la verdad, ni la opresión sobre la libertad, ni el fascismo sobre la democracia. Más temprano que tarde el país saldrá de esta oscuridad y regresión. No hay ni habrá fuerzas capaces de aherrojar por largo tiempo a nuestro pueblo, ni aplastar las corrientes renovadoras de la sociedad. . .

Sí, es la palabra del Partido Comunista de Chile.

-... no podrá jamás ser destruido, existirá siempre, y el marxismo como ideología científica, como filosofía del conocimiento, como doctrina llamada a interpretar el mundo y a transformarlo incesantemente subsistirá por los siglos de los siglos.

Algunos compases de himno Venceremos.

Escucha Chile.

Katia Olevskaya: Los niños del barrio Sókol de Moscú recolectaron chocolates esta tarde para los huérfanos chilenos.

Luis Chequini: un combinado metalúrgico de los Urales acuerda donar un día de salario para ayudar a los familiares de los asesinados.

Nobles camaradas soviéticos.

Olevskaya. Chequini. Las mismas voces de Radio Moscú cuando desde el corazón de Rusia entregaban aliento al mundo. La URSS derrotará al fascismo. Y los tanques nazis cañoneaban los accesos de su capital. Es necesario vivir para derrotar este fascismo como Uds. aquel. Y edificar el nuevo Chile como Uds. edificaron más bella su patria arrasada. Gracias Katia, un día te besaré en Moscú o en Santiago liberado.

Hay un después.

Por las caras de mis compañeros corren lágrimas.

No puedo decirles nada. Yo también lloro.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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