Prigué
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"EVASIÓN"


Capítulo 12

Encerrados desde las ocho de la noche hasta las siete de la mañana del día siguiente los 18 hombres en dos piezas de 4X4, comunicadas por el hueco de la puerta interior desaparecida, encontramos que una buena manera de postergar el aburrimiento consistía en rotar protagonizando un relato. Uno cada noche. Narración de absoluta libre elección y partiendo de la inspiración del de tumo comenzaba en un momento cualquiera de la vida: recuerdos personales, sucesos vividos o escuchados, ensueños, planes; deslizando el borde exterior del apresamiento, eludiendo remover costras todavía blandas. Terminaban con el agotamiento del tema o con los ronquidos de los auditores.

Noviembre, Diciembre de 1973. ¡Nos resultaban tan largas las noches en esta suma de angustias y hambre! Nos cortaban la luz eléctrica, prohibieron las velas. Metido cada uno en su litera, con los ojos abiertos a la oscuridad escuchaba o hablaba.

El estudiante de medicina recordaba las bromas inevitables soportadas por los de Primer Año; el viejo zapatero remachaba de la firmeza con que educó a sus dos hijos hombres rebeldes y falderos; el obrero de la construcción nos llevaba con su maleta de herramientas a los campamentos carrilanos, a murallas creciendo ladrillo a ladrillo bajo sus manos y la lluvia; pero cuando reparamos que el Dr. Rolando Alvarez reproducía al detalle decenas de películas, decidimos planificar por temas las sesiones. El cine se programó para los sábados.

18 personas diferentes en edades y actividades abrían variedad ilimitada de temas, estilos, reacciones, tantas como las del cine sabatino. Becerra nunca quiso enrielarse en el carácter de las sesiones. Prefería resbalar de un tema a otro, inflando interrupciones para colgarse de los añadidos. Trabajador de una fábrica textil, cesante y preso como el millar de Chacabucanos, la oscuridad repetida convertía sus anécdotas en deshilachado paño de colores pegados sin transición. Decía que le costaba hablar sin ver la cara de quienes le oían.

No canalizaba bien la artesanía y las manos pasaban de una maleta a una tabla, sólo para cambiarla de lugar y acomodarla como almohada. Cuchillos, elementos cortantes y punzantes, estaban prohibidos. Becerra, ingenioso y hábil, con una hoja de afeitar y un clavo, talló una cachimba en madera de pino de litera. No fumaba, pero cada noche impregnaba las dos habitaciones con bocanadas de humo pestilente. Su destreza para el tallado e inexperiencia en tabacos argumentó la noche que debía llenar. 18 días después -ya todos tallábamos los perfiles chatos de Chacabuco en trozos de raulí extraídos del Teatro en ruinas. Becerra vivía en función del dibujo, y sobre dibujo conversamos.

Pedía a cualquiera de nosotros que posara e intentaba retratarlo. Inútil. Cabezas, narices, orejas, pelo, ojos, no lograban componer un ser humano sino que más bien estructuraban una masa de tallarines, nubarrones o remolinos de arena; las burlas y estímulos nocturnos no alteraban su paciencia diurna en sus combates incansables por dominar el arte del dibujo. Antes de abandonarlo para dedicarse a la pintura colgó en la pared la culminación de su trabajo. Con trazos suaves delineó una figura femenina de redondeces definidas, opulencias de sus pechos y caderas, piernas gruesas. Rayó y rectificó la cara durante tres días hasta considerarse satisfecho. Amarró el pelo en un moño y dejó unos cuantos mechones cayendo en chasquilla a la frente. Hundió tenuemente las mejillas y la observó callado a sus ojos abiertos al desafío. El vestido sin mangas destacaba una figura juvenil, como la de su creador, un adolescente. Ennegreció con delicadeza cara, brazos, piernas y dijo:

-- Mi compañera es morena, como yo. Puso papel a un marco como de dos metros, antiquísimo, de madera acanalada, color caoba opaco. Ayudado por nosotros, construyó un caballete y aceptando la donación de una acuarela del obrero gráfico, modeló el paisaje. Dos cerros, una casa con árbol al lado, un camino serpenteando y un río. Arriba, al fondo, sobre los cerros, el sol. Sugerencias recibió muchas. Las acogió todas. Parrón detrás de la casa, una vaca bebiendo en el río, tejas en el techo. Acuña, el campesino, criticó en él a los aprendices de paisajistas: ¿Creen que en el campo somos tontos? ¿Por qué ese camino sale de la casa todo retorcido? Becerra lo enderezó.

También le proponían colores. El cielo, azul; el sol, amarillo; el árbol, verde. Alguien tomó el pincel y pintó flores bajo la ventana. Ante la puerta ubicó a la pareja dueña de casa. La morena opulenta con su traje celeste y rosado despedía a su hombre de chupalla y pantalones arremangados. Este partía al riego con una pala al hombro y alzando la otra mano.

La obra terminada coincidió con una exposición montada en el campo con motivo de una visita importante, la del Obispo Oviedo de Antofagasta. Los encargados de la muestra de trabajos de los prisioneros, subyugados por un cuadro tan grande, alegre en su violento contraste con el amarillo sucio de Chacabuco lo ubicaron entre carteras de cáñamo, anillos de cromoníquel, colgantes de piedra ónix, candelabros de hierro retorcido, tablas barnizadas con las casas de la ex oficina salitrera tallada en su superficie.

Los oficiales de la guardia del campo -que previamente nos ordenaron limpiar meticulosamente las calles, casas, comedores, baños- orientaban al ilustre visitante alabándole lo saludable del aire seco y puro y dirigiéndonos sonrisas cuadradas. Como correspondía a la ocasión, constataron el espíritu de trabajo de los prisioneros, estimulado por el trato "paternal" que nos deparaban. A la retaguardia de la comitiva sudaba un Capitán de carabineros tirando su perro policial, con collar de cuero negro con puntas de acero.

- ¿Quién pintó esto?, preguntó ante el cuadro de Becerra.

- Uno del pabellón 18, le respondieron sin mucho entusiasmo.

- P'tas la guevá fea. ¡Mi perro lo haría mejor!

Callaron todos, porque a las autoridades no se les podía discutir. Claro que ya no mataban cuando se les contradecía, pero bien propinaban tres días de aislamiento en el horno de ladrillo junto a la chimenea apagada.

- ¿Y esto que hay junto a la puerta, es otra vaca? ¿O alguna de sus putas. . .?

Los muchachos le volvieron la espalda y se fueron arrastrando los pies. El Capitán se alejó tironeando al perro preocupado de levantar la pata contra una mesa volcada.

Ninguno de nosotros se lo dijo. Sin embargo. Becerra se enteró del comentario que produjo su creación en el uniformado.

- Ah, dijo. ¿El Paco que se robó la leche? Muy bien.

Efectivamente no le dio importancia al suceso porque él, como todos los prisioneros, vivía en función permanente de morder cada humillación, aturdirse en el agotamiento físico del fútbol, reducir la atención a la tabla que se convierte en árbol, tragarse la impotencia soslayando choques suicidas. Tantas veces nos dirigieron ofensas directamente y lo sabíamos- otras vendrían. Nos consolaba ratificar que el Capitán, realmente, se robó la leche de los prisioneros.

(En ese entonces la Cruz Roja Internacional enviaba a Chacabuco tarros de leche en polvo, producto de la solidaridad de todo el mundo. Los tarros desocupados servían de baldes a los prisioneros. El Capitán ordenó a los rancheros que los vacíos se los apilaran en un rincón de la cocina. Le acumularon 32 que sus ordenanzas cargaron en una camioneta, agregándole 68 sellados, llenos. Y partió al fin de su quincena con ellos y su perro. Nunca más nos dieron leche al desayuno. Cuando en otras ocasiones ese Capitán volvió nadie le preguntó nada. ¿Cómo podíamos atrevemos?

El cuadro del paisaje adornó posteriormente la singular oficina del Inspector Poirot en el siguiente estreno del Teatro de Cámara, en el barrio cívico y Becerra inició la crianza de conejos.

En las conversaciones nocturnas repasábamos las actividades que nos significarían ganamos la vida al salir en libertad. Concluyó Becerra sobre la capacidad de reproducción acelerada de los conejos y sus posibilidades de alimentarlos por manadas con los pastos de los potreros melipillanos. La cuestión consistía en construir sólidas jaulas o pozos profundos. Preguntó a los entendidos la cantidad de crías y periodicidad anual de parición de las hembras. Volumen y calidad de los alimentos. Precio de la carne, utilidad de los cueros. Edificó columnas de cifras y boceto las instalaciones. Comenzó la crianza con dos parejas que al día siguiente -en sus apuntes- alcanzaban ya una colonia de 3.800, consumían camionadas de pasto, entregando barriles repletos de carne y cajones de cueros. Integró a sus padres, hermanos, abuelos y vecinos a la empresa. Montó curtiembre y una fábrica de sombreros. Y ante el aumento impetuoso de la conejería se impuso propiciar mayor consumo de esta carne entre la población. Me incorporó a su cooperativa como publicista. Planificamos la gran campaña con el correspondiente estudio de mercado. Las primeras conclusiones nos colocaron ante una disyuntiva bastante seria. Si promocionábamos el consumo masivo del conejo encontraríamos reacción negativa de pucheros y llantos en el consumidor infantil opuesto a devorar el simpático animalejo.

No conocíamos otro bicho de tan infatigablemente rápido ritmo de reproducción. ¿Y si existiera?

Asesorados por el resto de los habitantes de la casa dimos con la solución en un injerto biológico: verraco y coneja. Conejo y cerda.

La inseminación artificial nos impidió incurrir en atendibles descalabros de volúmenes físicos incompatibles. El nuevo engendro, más grande que el conejo, jamonudo y tierno, nos satisfizo plenamente y lo bautizamos como Becenejo. Emprendimos su crianza masiva aplicando la experiencia adquirida con los conejos. Pronto el Becenejo ganó el favor del público, resolviendo en gran medida el problema de la carne en el país nuevamente libre. Ya los cálculos nos permitían estudiar seriamente su exportación cuando Becerra abandonó esa empresa floreciente para dedicarse a la explotación de ranas en un estanque ovalado. Transcurría Febrero de 1974. En Abril, Becerra recibió por fin la notificación de su libertad.

La noche antes de la partida regaló su gorro blanco, el archivo con las fórmulas matemáticas de sus trabajos, el choquero. Los amigos lo abrazamos emocionados llenando la pieza donde Becerra apelotonaba calcetines, sacudía mantas, presionaba la bolsa marinera tragando dificultosamente una chomba agujereada. Al desempolvar la última frazada, encontró el regalo que manos anónimas deslizaron a su litera en forma desapercibida. Un collar de cuero negro con punta de acero y sangre seca.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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