Prigué
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"BIENVENIDOS"


Capítulo 11

La estación de ferrocarril al fondo de la pequeña hondonada es una plancha de cemento resquebrajada pegada a los rieles. La encierran cerros de piedras y costras de caliche. No hay techo, casa, ni siquiera boletería. Una tabla clavada a un poste: "Chacabuco". Un camino de tierra suelta dobla a la derecha perdiéndose al lado de un cementerio semi derruido. (Aún se distinguen los colores borrosos de las coronas de papel sobre las tumbas apelmazadas en la arena). Aire transparente, enrarecido, sin fragancias vegetales. Sequedad volcánica. Ni árboles ni pasto, ni nubes, ni pájaros. La potencia del sol escuece la piel.

El trencito que nos trae pitea y se detiene. Soldados en la plataforma delantera y trasera de cada vagón. Humedecidos por la transpiración, sedientos, adormilados, nos levantamos de los dos únicos asientos pegados uno frente al otro en los laterales. Amontonamos pertenencias personales, maletas, bolsas. canastos, paquetes y nos disponemos a acatar la orden de bajar a la pampa.

Formamos en la profundidad de un embudo muy extendido. Los bordes superiores sirven de posiciones de combate a la tropa controlándonos con fusiles automáticos. Algunos vehículos blindados nos indican con sus ametralladoras pesadas. Silencio absoluto. La temperatura bordea los cuarenta grados con casi nula humedad relativa.

-- Numerarse.

- Los primeros cincuenta al camión. Con todas sus cosas y a la carrera. Proceder.

Un camión militar desocupado nos muestra el trasero desde veinte metros. En la portezuela de la cabina lleva el consabido: PAM (Pacto Ayuda Militar de Estados Unidos). Corremos hacia él, lanzamos el equipaje y subimos. Ayudamos a los más viejos. Alzamos a los temporalmente inválidos. Nos adelanta un blindado y otro nos escolta atrás. Bamboleándonos, pisoteándonos cuando el camión parte, buscamos asidero en los compañeros. Algunos caen. Vamos enredados en flecos de tierra blanquecina, salobre, por un sendero de recovecos entre grandes piedras y trizaduras calcinadas. Avanzamos a sacudones. De pronto eludimos una franja de tierra arada. Los surcos guardan la carga explosiva de las minas. Más allá del campo minado aparecen las paredes amarillentas de Chacabuco, la oficina salitrera abandonada, amurallada en réplica subdesarrollada de una fortaleza medieval. Traspasamos los portones de calamina, doblamos por un patio recién regado, nos detenemos brevemente ante un segundo portón y continuamos. Este último, armazón de maderas y alambre, es nuevo. No es como el anterior, tan antiguo como Chacabuco. Un portón de reja abriendo y cerrando el limite del espacio separado del mundo por alambradas, torres, electricidad, fusiles. El campo de concentración propiamente tal, de dos cuadras de ancho por cuatro de largo. Ocho torres de troncos con plataformas para los centinelas. Adentro, ordenamiento simétrico de casas entre las que nos desplazamos. El camión frena en una cancha de fútbol.

- Bajar y formar.

Los blindados giran y desaparecen escoltando al camión que parte a traer otros cincuenta.

Formamos hombro con hombro.

- Separarse diez pasos. Abran maletas y bolsas, todos sus cachurees. Extender todo en el suelo. Queremos verlo todo. Saqúense también la ropa. Ya pues, empelotarse. Les trajinaremos hasta el agujero. Rápido. Proceder.

La sangre brama en las venas de estas figuras sin sombra controladas por una fila de soldados que apunta a la espalda.

El teniente Minoletti remece de las solapas al primero.

¿Tienes las orejas tapadas...?

Cogiéndole del pelo le agacha la cabeza para darle un rodillazo en la cara. El agredido sangra sin quejarse. Extiende los brazos atontado. Un botazo en las asentaderas lo derriba de boca.

- ¿Escuchaste cabrón...? ¡Apúrate! ¡Empelótate! El caído se levanta lentamente. Mirando fijo al teniente se quita chaqueta, camisa, pantalones, zapatos, calcetines.

- ¡Los calzoncillos también!... ¿O quieres que te mate desgraciado...? ¡Y Uds... a empelotarse!

Tranquea veloz frente a nosotros golpeándonos en la cara con la fusta de cuero trenzado.

Debemos elegir entre las dos alternativas. Agachar el moño o desobedecer la orden conociendo sus consecuencias: el tiro en la nuca, muerte por la espalda sin pelea. Estamos en proporción de a un prisionero por cuatro soldados. Además los automáticos los manejan ellos. ¡Prisioneros de guerra en farsas de batallas! ¿Vale la pena salvar la vida a este precio. ..? Nos detuvieron en nuestros lugares de trabajo hace tres meses y constituimos un rebaño servil al que encerraron, trasladaron, golpearon, hambrearon, mutilaron. Un rebaño silencioso y reiterativo, eso sí, de no ceder un milímetro en las causas de la detención: posición política activa. militante, partícipe y actuante en los principios accionadores del Gobierno Constitucional por ellos derribado. ¿Vale la pena salvar la vida? Es la oportunidad de poner fin a la mansedumbre bestial a la que estamos sometidos y terminar con el rosario de vejaciones. Cerrar aquí nuestro capítulo en estas soledades muertas ya una vez.

Dedos en los gatillos. (Dedos y pañuelos blancos).

Dedos al corvo. (Dedos de artesa y de caricias).

Formación de encasquetados apuntándonos agresivos. (Hileras de cabelleras femeninas en las calles con árboles).

Aquí ferocidad parda. (Allá tenues sonrisas de esperanza).

Ladra el teniente. (Pechos de mujer latiendo en las puertas de los cuarteles por sus hombres prisioneros).

Es posible. Posiblemente seamos nuevamente útiles. Pero: ¿A este precio...? Servir para algo. Salvar la vida para algo.

¿Explosión. ..? No. El palmetazo en las orejas me dejó sin anteojos. Sí. Salvar la vida para buscar la oportunidad de sacarle la mugre a este tenientillo pije, amariconado. Para vengar todas las ofensas. Para sacar al país del hoyo en que lo dejaron metido estos milicos lameculo de los ricos, oficiales vendidos a los yanquis.

Henos aquí cincuenta zombies en cueros con las rodillas al aire, avergonzados, flacos, tiesos, con la frente levantada. Barrigas hundidas con la piel arrugada. Moretones en la espalda, muslos. Vendas, tela adhesiva tapiando heridas, brazos con llagas. Y las cabezas tan difícilmente separadas del tronco por ese delgadísimo cordón de tendones y pliegues sueltos.

Las maletas abiertas y en exposición sobre mantas y chales, los chalecos de lana, zapatos, chaquetas, gorros, ropa interior hasta un momento antes blanquita, tarros de conserva, saldo de la comida que una semana atrás nos llevaron nuestras mujeres al Estadio Nacional en Santiago. Pantalones, pijamas, pañuelos, hojas de afeitar, jabón, toallas, libros: equipaje para vivir cuatro meses en Chacabuco.

Los soldados circulan aquilatando el bazar de objetos desparramados. Uno de ellos revuelve la ropa con sus pies.

- No se amargue, amigo. Es huevonazo este teniente, pero hay que decirle a todo que sí.

Con una rodilla en tierra revisa meticulosamente los bolsillos de las camisas y el cuello de un vestón. Habla como distraído. Se dirige a nosotros. No hay dudas.

- Entre nosotros tienen amigos, recuérdelo. Minoletti se aproxima y retira personalmente lo que califica de peligroso: libros, hojas de afeitar, medicinas, todo objeto punzante y cortante, amontonándolo y ordenando sacarlo a la Comandancia. Luego camina unos cuantos pasos y se detiene mirándonos. Teatralmente perfecta la pausa controlada por su silencio e inmovilidad. Golpea la bota en la fusta. Abre las piernas.

- Uds. no son chilenos. Son unos descastados miserables, hijos de puta. Despatriados. ¿Hay algún profesor de historia entre Uds. . .?

Avanza Mario Céspedes, el hombre al que golpeó la cara con la rodilla.

- Ahh. ¿Eres tú. . .? Yo te voy a enseñar historia y no las cagadas que enseñabas tú en la Universidad y en la televisión. Yo te voy a enseñar historia y los voy a obligar a cantar canciones chilenas y no las güevadas de Víctor Jara y Parra que tocaban por sus radios. Ángel Parra ya está aquí y sabe esto. Y al que no le guste, puede cortarse las venas, para eso voy a devolverles las hojas de afeitar. Lamento que en su oportunidad no los hayan fusilado a todos. Pero aquí castigaremos a tiros cualquier forma de indisciplina. Está prohibido acercarse a las rejas a menos de tres metros. La tropa tiene orden de disparar primero y preguntar después. Aquí el que manda soy yo y los que obedecen son uds. Sin chistar y a la carrera. Ahora en este país hay autoridad, se obedece. Hay disciplina. Se acabaron los sindicatos. Se acabaron los partidos políticos. Ahora no se discute. Se obedece. Se trabaja. Se obedece. Y Uds., más que nadie, de quienes su condición de chilenos está en duda. Obedecen, o los matamos como perros que son. Vístanse y recojan sus porquerías.

Nos destinan bajo dos corridas de postes enterrados paralelamente en la arena y sobre los que sombrean los listones clavados en sus extremos superiores. Descargan otra camionada de presos. Los forman y separan en la cancha. Al argumento del disparo y el golpe los obligan a desnudarse y desplegar en el suelo cuanto traen consigo. Arengas. Otra camionada y otra, y otra. Son más de las trece horas. El calor se acentúa.

Un campo de concentración igual que los de los nazis. Esto es para largo, me sopla al oído el gordo González, albañil de San Miguel.

Tiritan sus manos con el fósforo, cuando me lo acerca encendido al cigarrillo. El humo apesta, provoca náuseas. Sin embargo fumamos.

Efectivamente, Chacabuco parece preparado para largo tiempo y mucha gente. Años tal vez.

Un soldado camina delante del primer grupo de cincuenta en dirección a los pabellones donde viviremos. Algunos prisioneros arribados la madrugada nos saludan desde lejos, desde las sombras de sus habitaciones. Mesones y bancas bajo toldos de listones, comedores. Bloques de diez casas pegadas. Techo de barro. En lugar de puertas y ventanas, arpillera de sacos de café "Do Brasil". Las casas tienen dos piezas, un pequeño patio y un cuartucho que en el pasado sirvió de cocina, tres literas de pisos en cada habitación. Madera de pino. Nueve habitantes por pieza. Diez y ocho por casa, ciento ochenta en todo el pabellón. Piso de tierra. Ampolleta sobre la puerta de entrada. Paredes carcomidas y ahumadas. Nos distribuimos las camas, estiramos mantas sobre las tablas y nos tendemos. González recoge un clavo y rasca pacientemente un pedazo de madera.

- Mira, me dice. Ya tengo herramienta para tallar.

- ¿Y qué figuras piensas hacer. .. ?

Se acerca sofocado y coloca su cara cerca de la mía. Mapas de tierra, lágrimas y transpiración afean su gesto antes bonachón.

- No sé por qué se me ocurre que debo tallar un pez. No sé. Y me propongo dejarlo aquí en Chacabuco. Este es el lugar apropiado para que en el futuro levantemos el Museo de la Revolución. Y hay que empezar luego.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
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