Prigué
Prigué

"TRANSPORTE"


Capítulo 10

Un par de botas y desde allí hasta el casco un infante de Marina. Su fusil nos vigila mientras comemos porotos calientes en la cubierta del carguero "Andalien". Por entre las botas parpadean lejanas las luces de los cerros de Valparaíso. Lavamos los pocillos y gateamos descendiendo a la bodega. Otro grupo sube los diez metros de peldaños de acero. Igual que nosotros disponen de un minuto para trepar a la cubierta, tragar los porotos y bajar otra vez al encierro limitado al viaje.

Abajo terminamos de extender frazadas y preparar los lechos. Únicamente una ampolleta colgada al centro del rectángulo metálico ilumina el recinto. En dos bodegas más, iguales a ésta, va el resto de los prisioneros. Totalizamos quinientos. Los quinientos más peligrosos de Chile, informan ese día los diarios santiaguinos.

Apenas notamos el vaivén del barco cuando los remolcadores lo conducen mar afuera. El ronroneo de los motores nos indica que navegamos.

Tendidos de espalda algunos fuman sin camisa. Otros duermen. Los bultos de ropa sirven de cabecera.

El operativo de traslado les ocupó todo el día. Muy temprano esa mañana nos ordenaron formar con maletas y bolsos al hombro. Todo el equipaje que el 4 de Noviembre nos llevaron nuestros familiares al Estadio. Marchar a la pista de ceniza del Estadio Nacional y responder con un "firme" a la lista repetida varias veces. Pasado el mediodía, en grupos de treinta, subimos a los buses. La caravana partió alrededor de las tres de la tarde- Adelante, radiopatrullas y motociclistas de carabineros, jeeps con ametralladoras, un bus con treinta prisioneros y veinte soldados apuntándonos, jeep, bus, jeep, bus. . . al final más radiopatrullas y motociclistas. Desde el aire nos seguían revoloteando dos helicópteros y una avioneta artillada.

Dos días antes nos informaron oficialmente de nuestro traslado a Chacabuco, una oficina salitrera entonces abandonada, en medio de la pampa entre Antofagasta y Calama. Allí permaneceríamos entre dos y cuatro meses "mientras se aclaraba" nuestra situación. Esto es, detenidos sin cargo ni acusaciones concretas, impedidos por lo tanto de enfrentamos a los tribunales, trabajaban los servicios de inteligencia de las FF.AA. en la investigación de nuestras actividades políticas anteriores al 11 de Septiembre. Si no se nos encontraba nada, saldríamos en libertad. En caso contrario iríamos a la justicia (?) militar u ordinaria. ¡Pero nunca más tiempo que el que les digo! -señaló oficialmente el Coronel Espinoza, encargado nacional de los detenidos políticos desde el día del golpe. El mismo comandaba el operativo, dando órdenes, controlando personalmente las listas, transpirando copiosamente bajo el casco, con una metralleta en la mano izquierda, revólver al cinturón y binoculares colgándole del cuello. De cara amoratada por aficiones etílicas y nariz de "porrón", lucía como hombre plenamente realizado, orgulloso en el uniforme, implacable con sus subordinados, soberbio frente a nosotros que sosteníamos con desprecio su mirada acuosa. Con una mano extendida más adelante de su colosal barriga, Espinoza encabezó la columna desde el Estadio Nacional en Santiago hasta uno de los muelles de Valparaíso, donde nos metieron al barco a empujones, indicándonos arrojar nuestros bultos desde la cubierta a la bodega antes de permitírsenos la bajada.

Abajo flotaba polvillo blanco de salitre. Ropas, bultos, caras, manos estaban albos de mineral salobre. Improvisamos escobas para limpiar lo mejor posible el espacio elegido para la cama.

Los cuatro tambores petroleros cortados por la mitad, "chutes" destinados a ese propósito se colmaron pronto con el vaciado de intestinos y vejiga, agregando otro grado a la hediondez acida de cuerpos transpirados y encerrados sin aire en el cubo de la bodega metálica. Nos daban agua una vez al día extendiéndonos una manguera desde arriba.

Nos alegró dejar el Estadio Nacional, y aún cuando Chacabuco encerraba solamente incertidumbres, nos mirábamos optimistas, más todavía, contentos. Resbalaban sin herirnos las habituales amenazas e insultos, la aprendida lección de adjetivos obscenos que nos recitaban los uniformados. El chasquito de quitar el seguro a las armas a nuestras espaldas nos dejaban impávidos.

Apretados en la podredumbre de un barco viejo estábamos tan mal o peor que en el Estadio y sin embargo, volvíamos a sonreír, hundidos en una oscuridad acentuada por el humo de los cigarrillos. ¿Por qué? ¿Acaso nos habíamos vuelto locos? ¿No sabíamos que los cuatro meses programados para nosotros en Chacabuco eran una simple mentira? Sí. Sabíamos eso. ¿Y que nuestra evacuación de Santiago significaba exclusivamente una forma de retirar del foco de atención nacional e internacional un Estadio gigantesco convertido en Campo de Concentración? ¿No escuchábamos hasta unas horas antes los gritos de los flagelados y no veíamos llegar a cada momento más y más detenidos? ¿Y no nos abrumaba el espanto de esos días? Eramos conscientes de todo eso. Y la destrucción paulatina y metódica, feroz, del andamiaje organizativo que se dio la clase obrera y el movimiento popular en jornadas de lustros, ¿no nos la refregaban a cada momento en la cara? Si. Conocíamos ese objetivo puesto en marcha afanosamente por la Dictadura. ¿Es que no vimos palacetes embanderados el 12 de Septiembre cuando nos trasladaron al Estadio Chile? ¿Y cómo en sus champañazos de amanecida los oligarcas y feudales rapiñaban desde detrás de los tanques todo aquello que significaba adquisición y construcción de todos los chilenos? Lo vimos. ¿Y que las bodegas momias repletas de productos acaparados se abrieron? ¿Y que el cerco establecido a todas las ciudades antes del 11 para impedir el ingreso de alimentos y salida de productos se había deshecho porque cumplió con el objetivo de ahogar al Gobierno Popular? Así fue. ¿Y que la delicada telaraña imperialista que actuó impunemente durante tres años provocando escasez artificial de productos en el mercado, alimentada con dólares norteamericanos se desintegró automáticamente? Sí, lo comprobamos. ¿Y que ahora eran Gobierno cuatro generales traidores que manejaron astutamente sus servicios de inteligencia para volar puentes, derribar torres de conducción de energía eléctrica, asesinar al Jefe de la Casa Militar de la Presidencia, Comandante Araya, para ilustrar anarquía y caos. y aniquilar previamente la defensa del Estado? Esa era la situación. Efectivamente. ¿Y que infiltrados atizadores del revolucionarismo a ultranza aparecieron con su auténtica identidad de miembros de los Servicios de Inteligencia de las FF.AA., entre los torturadores y asesinos? Sí, aparecieron. No desnudaba sus propósitos el Departamento de Estado de EE.UU. archivando el boicot económico a Chile una vez derribado el marxista Allende de Chile? Así es.

Conociéndolo todo, apenas vivos y físicamente más o menos enteros, revolcados en restos de nitrato, un cuerpo tocando al otro, cuando ni siquiera hemos tenido oportunidad de llorar con las viudas y huérfanos, aprovechamos esa oscuridad. . . ¿para sonreír y traspasamos optimismo unos a otros? Sí. ¿Y de dónde viene y en qué se afirma la esperanza renacida? ¿En sueños, ilusiones, cuentos? En el operativo que nos sacó del Estadio, nos condujo en línea directa hasta Valparaíso y nos enlató en una bodega de un barco que naufragará en dos meses más, en el paisaje del transporte. De allí viene. Ahí se afirma.

Comienzos de Noviembre. Sol y aire caldeado. Estadio Nacional en reparaciones cuando partimos sus últimos habitantes. Desde las barreras de las boleterías hacia las calles adyacentes cientos, miles de mujeres mirando en silencio la columna en movimiento. Rodean las puertas centrales de Campos Sports y la salida hacia Nuble. Mujeres y niños. Las esposas de los prisioneros, sus madres, hijos. Abuelas de pañuelo negro al cuello, jovencitas de vestido claro. Brazos gruesos de lavandera. Ellas saben que nos sacan, pero no saben dónde. Como todos los días han venido a formar una guardia solidaria afirmadas en los barrotes, preguntando, reclamando, exigiendo. Como todos los días de Septiembre, Octubre y Noviembre, desde la mañana hasta el momento en que el Toque de Queda, las obliga a retomar cabizbajas a sus hogares medio deshabitados. Nos ven avanzar a los buses entre las filas de soldados. Alzan sus manos. Levantan pañuelos. Apagado por la distancia nos llega el dulce oleaje de sus voces. No podemos responder sus gestos, ni gritarles. Cada uno intenta vanamente distinguir a su compañera en el gentío.

Culebrean los buses hacia una puerta lateral. Fuera del Estadio la multitud femenina se desplaza en esa misma dirección. Corren con chiquillos en brazos. Labios abiertos, trajes sin manga, flores en sus manos, trenzas, pelo suelto hacia atrás, moños. Niñas en uniforme escolar. Cuando cruzamos el portón tomando velocidad las mujeres forman una calle bulliciosa de colores vivos y llanto mezclado con sonrisas. Aletean los pañuelos, se deshojan las flores en el agitar vehemente. Las filas de fusiles les impiden acercarse más. En sus ojos hay cariño, pena, impotencia. Sollozos, adioses, paquetes con comida no entregada. En los marcos de las ventanillas que pasan se reflejan sus cabelleras estropeadas por el viento, las carreras, el calor, el polvo.

Línea directa a Valparaíso. Ñuble. Rondizzoni. General Velázquez. Alameda. Camino a Pudahuel. Camino a Valparaíso y el puerto. Avenida Argentina, el borde del mar. El barco. Línea directa. Sin obstáculos. Garantizada por las tropas del ejército, aviación, marina, carabineros. Tapones en cada bocacalle, en la confluencia de caminos, vías férreas; acordonamiento ininterrumpido entre las dos urbes; tanquetas, jeeps, radiopatrullas, motociclistas, piquetes encasquetados dándonos la espalda todo el tiempo, aguardando en pie de guerra supuestos atacantes liberadores de estas feroces bestias atrapadas, enjauladas en esa columna motorizada victoriosa, amenazadora. A plena luz del día. como el desfile de un circo que atraiga espectadores y deje lecciones.

"¡Aquí, señoras y señores, van prisioneros e impotentes los marxistas! ¡Vean Uds., su miseria! ¡Admiren nuestro valor y todo completamente gratis, señoras y señores!"

Con gesto patriarcal, inflexible, Espinoza simula dar órdenes a su Estado Mayor parado en el asiento delantero del jeep con su transmisor portátil entre el tintineo de las medallas de su pecho.

¡Acerqúense, señoras, acerqúense caballeros, pero sólo hasta los cordones de seguridad! ¡Y miren bien! ¡Diviértanse! ¡Aplaúdannos! ¡Qué bizarría la nuestra! ¡Cuánta monstruosidad en estas fieras encadenadas, que ya no pueden circular libremente por las selvas de nuestras ciudades, mordiendo, insubordinando ! j Espectáculo único en su género, señoras y señores! ¡Todo gratis, para grandes y chicos, respetable público! ¡Y aprendan la lección! ¡Si entre Uds. hay rotería marxista, mire su futuro aqui, jodido entre nuestras lustrosas botas! ¡Perros marxistas! ¡Inmundicia! ¡Cloaca! ¡Mierda! ¡Sí, señoras y señores! ¡Sí, respetable público!"

Naturalmente que el operativo concentró muchedumbre de santiaguinos, muchedumbre de porteños. Atraídos por el acordonamiento de calles, el despliegue de tropas y armamentos, el aspear de los helicópteros y el círculo que trazaban los aviones, desde lejos acudían a ver el paso de ese singular convoy con prisioneros políticos, "los batallones suicidas de la UP", como escribían los diarios. Veían avanzar las motocicletas y las sirenas, luego los buses con los prisioneros de guerra. Miraban con los ojos muy abiertos el descomunal despliegue de fuerza y opresión. No decían nada. No aplaudían a los soldados, ni admiraban su apostura, tampoco les sonreían, ni les felicitaban. Miraban y trataban de reconocer rasgos familiares entre los rostros de los presos. Desde los microbuses parados por los tacos del cortejo triunfal descendían pasajeros y miraban, no comentaban, no transmitían impresiones al vecino. Sus ceños se fruncían condenando. Una mujer llevó su mano abierta a la boca conteniendo un grito, otra apretó los puños y mandíbulas. A ambas les corrían lágrimas. Hombres serios, inmóviles. Bosque de dedos femeninos en gesto de despedida, bocas dirigiéndonos sonrisas húmedas, maternalmente amorosas. Sí, estaban con nosotros. Sí, cantaban sus caras, estamos con Uds. Si nuestra presencia amable les sirve de algo, tómenla amigos. Por allá apareció blanqueando un pañuelo bordado, bailando en el aire para los presos, bajando a secar las lágrimas de su dueña. Más dedos, manos, pañuelos, improvisando un coro mudo. Y la ira, el odio para quienes nos conducen, ahora menos soberbios que antes. Ahora más profesionales en sus uniformes de campaña. Ya no son los gladiadores romanos paseando del pelo la cabeza cercenada del contendor. Ahora son simplemente guardianes, carceleros cumpliendo una misión ingrata. Más de cien kilómetros de solidaridad expresada de mil pliegues humanos y en los cuales sólo vimos una condena hacia nosotros. La de una muchacha adolescente con su madre sorprendida en la Avenida Argentina de Valparaíso en un colmenar de actitudes fraternas. La muchacha extendió el brazo con la mano empuñada, el dedo pulgar tieso hacia abajo, ¡muerte a los prisioneros! significaba eso. La gente se les aparta. Madre e hija permanecen solas. La hija repite el gesto. La madre le marca el rostro con una bofetada. Despeinada, la chiquilla se cubre la cara con las dos manos. La madre nos pide disculpas con su mirada. Levanta su mano y nos dice adiós. Cubierto el círculo es nuevamente compacto el vaivén de manos recibiéndonos, saludándonos, despidiéndose. Nuestra gran familia, íntegra, llena las calles. Esa marcha triunfal organizada para escarmiento ciudadano, tornó su significación ostensiblemente. Cien kilómetros con los presos. Cien kilómetros de repudio a la opresión. Así lo apreciamos nosotros inflamados de orgullo. Así lo apreció la Junta que atrasó mediodía nuestro desembarco en Antofagasta, tachó una repetición de la gran caravana por las principales calles de la ciudad, nos sacó clandestinamente una madrugada, apiñados en un trencito de trocha angosta, eludiendo publicidad y reptando sin pitazos al desierto negro amarillento de la pampa salitrera.

La espontánea muestra de cariño hacia los presos expresada en esa multitud especialmente femenina, cubriendo el trayecto, no podía constituir la presencia física de viudas y familiares de víctimas. Porque por su número significaba una proyección más allá de los límites de los directamente reprimidos. La actitud exhibida ante la guardia amenazante que custodiaba la carga cautiva era de valentía pura. Conocían los riesgos y peligros, pero los enfrentaban decididas. Ello, apenas a tres meses del golpe y cuando las razzias peinaban barrios enteros, castigando con igual brutalidad de hombres a las mujeres y niños, aplastándolas en el piso de los camiones, encerrándolas en los calabozos de los cuarteles y en los campos de concentración alambrados. Su mensaje al aire libre, agrupadas en una esquina o en el cruce de dos caminos, formadas en las veredas, nos impactó directamente. Y cada uno de nosotros recapitulaba e intercambiaba el significado de esas visiones fugaces, coincidiendo todos en la apreciación básica: tengan confianza, hermanos. Nuestra causa está vigente. Seguimos constituyendo la mayoría. ¡Organizados otra vez recuperaremos lo transitoriamente perdido, para llegar más lejos!

El "Andalién" navegó tranquilo durante casi tres días. La monotonía la rompió un oficial de la marina de voz aflautada obligándonos a formar y "pasar número." Tres veces al día subimos por un minuto a cubierta, para desayuno, almuerzo y cena. En la mañana nos permitían izar a cubierta y descargar los chutes al mar, rebalsando excrementos. Algunas guitarras y quenas agruparon voces en su torno esbozando los conjuntos musicales conformados después. Los compañeros temporalmente inválidos subían ayudados por los demás atados de una cuerda a la cintura.

En Antofagasta desembarcamos antes que saliera el sol de un día sábado 10 de Noviembre. Los tanques guarnecían el Puerto. Nos encaramaron al trencito con los bultos al hombro. Y partimos custodiados por batallones de uniformes camuflados para el combate en el desierto.

Amigos anónimos nos despidieron fraternalmente, prometiéndonos cumplir los encargos para los que se ofrecieron voluntariamente. Hacer llegar a nuestros familiares las cartas que escribimos en el barco. Esos amigos anónimos las llevaron a su destino, revelando otro detalle importante: la unanimidad uniformada para con la Junta no era absoluta.


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube