Prigué
Prigué

"Once"


". .. El gobierno de Allende ha incurrido en grave ilegitimidad demostrada al quebrantar los derechos fundamentales de libertad de expresión, libertad de enseñanza, derecho de propiedad y derecho en general a una digna y segura subsistencia".

Bando Número 5 de la Honorable Junta de Gobierno de Chile, el 11 de Septiembre de 1973.

" . . Mi país, en más de un siglo de vida independiente, ha sido un ejemplo de civismo y no ha tolerado las dictaduras, ni ha conocido el racismo o el totalitarismo y sus Fuerzas Armadas, eminentemente apolíticas y profesionales, han sido un ejemplo para el mundo. De esta tradición nos enorgullecemos quienes vestimos el uniforme".

Discurso del Vicealmirante, don Ismael Huerta, Ministro de Relaciones Exteriores de Chile ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 9 de Octubre de 1973.

". . . La verdad sobre los sucesos de Chile ha sido deliberadamente deformada ante el mundo".

Septiembre de 1973. Secretaria General de Gobierno. República de Chile.


Capítulo 1

"Once"

Once de Septiembre de 1973.
8.10 de la mañana.

La red de emisoras de izquierda lanza el primer llamado del Presidente Allende desde La Moneda:

"Insurrección de la Armada. Valparaíso aislado. En el resto del país la situación se mantiene controlada".

Alrededor de las nueve pude aproximarme a los Estudios de la radio Recabarren, edificio del Ministerio del Trabajo, piso trece, esquina a las calles Huérfanos y Teatinos.

En el centro cundía actividad desordenada. Oficinistas pálidos abandonaban sus edificios abotonándose apresurados sus chaquetas. Carabineros custodiaban el Palacio de Gobierno y sus tanquetas patrullaban los contornos, plaza de la Constitución, plaza Bulnes.

Tropas de Infantería avanzaban desde el sur por la avenida Bulnes estableciendo barreras para impedir el acceso de vehículos y peatones al centro.

Alteré mi rumbo a La Moneda. Decidí pasar primero a la radio. Luego iré, pensé. Total, nos separan dos cuadras.

En la radio estaba ya todo el personal, el turno de noche aguardando instrucciones y el de la mañana a cargo de sus puestos en mesas de control, locutorios, oficinas de prensa, escucha. Veinte personas.

Las noticias señalaban agravamiento de la situación. Las tres ramas de las FF.AA. y Carabineros, erigidas en Junta de Gobierno, habían dado un ultimátum al Presidente Allende. Este debía renunciar de inmediato. En caso contrario se le abatiría. Podía abandonar Chile si lo deseaba. Tenían un avión preparado para tal objeto.

Quedábamos tres emisoras populares en el aire, Magallanes, radio IEM, del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile y nosotros, la radio de la CUT, Luis Emilio Recabarren. Las demás de izquierda dejaron de transmitir minutos antes bombardeadas sus plantas por los rockets de los Hawker Hunter.

De nuestra planta llaman por magneto.

- Compañeros, nos están bombardeando. Derribaron el mástil. ¿Qué hago?

- Siga en el aire. Luego lo llamamos. Van técnicos al relevo. Reunión urgente.

- La situación, como sabemos, es grave. Ignoramos exactamente lo que va a ocurrir. Los que lo deseen pueden retirarse. Todavía hay tiempo. Quienes dirigimos nos mantendremos aquí.

- Todos nos quedamos.

- Bien. Reporteros, a la CUT., UP., partidos, defensa y Moneda. Dos técnicos a la planta. Ana, Ud. es la única mujer, salga.

- Me quedo con Uds.

Silenciaron la radio IEM. Magallanes y nosotros nos mantenemos en el aire. Repetimos el llamado de la CUT. "Permanecer en sus lugares de trabajo". Intercalamos el Himno de la CUT.

"Aquí va la clase obrera
hacia el triunfo
querida compañera.
Y en el día que yo muera
mi lugar lo ocupas tú".

Suena el teléfono del control:

- Tomen cadena con Agricultura o Minería, la transmisión de la Junta o callen. Es una orden.

- Métase la Junta en el culo.

El Departamento de Prensa resume la situación.

- Las tanquetas de carabineros abandonan La Moneda. Los carabineros de adentro se mantienen. Bajan tanques por Alameda. Infantería por Huérfanos desde el cerro Santa Lucía, por Teatinos desde Estación Mapocho. Allende está hablando por Magallanes. Ningún teléfono ni citófono de La Moneda contesta. El hombre que mandamos todavía no da señales de vida. Hay trabajadores en la Plaza de la Constitución pidiendo armas.

Llamado de la planta.

- Compañero, vuelven los aviones. ¿Bajo el equipo de emergencia?

- Déjelo funcionando y aléjese. Partió el relevo.

Tiroteo en los alrededores.

Nuestra ubicación en el piso trece nos permite ver el Palacio de La Moneda. Puertas y ventanas permanecen cerradas. En el mástil flamea la bandera presidencial. Allí no se rendirán.

Algunos de los teléfonos a los que llamamos marcan sin que nadie los levante.

En el edificio vecino, el del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, suenan disparos. A su costado se encuentra^ el diario "El Mercurio". Caen vidrios quebrados a la calle.

Las emisoras más potentes de la izquierda siguen calladas. Corporación y Portales. Pero Magallanes se mantiene. Posee buen alcance. Repite el discurso de Allende que escuchamos fragmentariamente. Nosotros nos mantenemos en el aire por casualidad.

(El 15 de Septiembre echaremos a andar los equipos nuevos, de alcance nacional. Los técnicos terminaron ayer las instalaciones y el conectado de energía. Por eso desconectamos nuestro viejo equipo del mástil central y le improvisamos una antena de 25 metros a un costado. Una antena endeble, provisoria, por la que estamos emitiendo. Los pilotos de los cazabombarderos derribaron el mástil con la primera andanada de rockets. Cumplieron su misión. Sin embargo no saben que el blanco efectivo es ese par de palos alejados 60 metros. Nuestro alcance real es limitado. Se nos escucha sólo en la capital. Y no muy bien).

Poco es mejor que nada. Sigamos adelante. Hay tanques rodeando La Moneda. Como el 29 de Junio pasado. Queremos creer que puede repetirse la historia. Que habrá lealtad.

Quebrazón de vidrios en nuestro edificio. Cerramos las persianas metálicas. Balacera generalizada en el centro. Abajo, en la calle, soldados disparan hacia el Palacio de Gobierno.

Llama uno de nuestros reporteros:

- No puedo regresar. El centro está totalmente rodeado, uds. se encuentran en el cerco. Aquí está lleno de milicos. Baleo generalizado. Ordenaron despejar los edificios céntricos porque van a bombardear La Moneda. He visto varios muertos. Seguiré llamándoles. Buena suerte, compañeros.

Al teléfono uno de los técnicos:

- Estoy bloqueado en San Diego. No puedo desplazar mi citroneta en ninguna dirección. Están despejando las calles a balazos, disparando contra la gente. Trataré de cruzar a pie y llegar como sea a la planta. Te llamo luego. Buena suerte a todos.

Magallanes sigue en el aire. Transmitía Ravest, ahora lo hace Sepúlveda.

La cadena de emisoras de la Junta lee bandos.

Repite amenazas. Regirá toque de queda. Nadie debe venir al centro. Marchas militares.

- Seguiremos en el aire todo lo que podamos, anunciamos.

Podemos poco. Silencian la planta. Le dieron a nuestra antenita de repuesto. El magneto directo no contesta.

Brinzo mueve cables.

-- El transmisor FM funcionará mientras tengamos corriente en el edificio. Tenemos electricidad en el edificio.

Nuestro campo de sintonía, ya reducido, disminuye aún más. Es el pequeño equipo que utilizamos para transmitir desde los estudios a la planta. Poco es mejor que nada, carajo. Adelante.

Temblor. Explosión abajo. Como si hubieran derribado la puerta del edificio con dinamita. Caen vidrios rotos. Ordenes. Tableteos. Desde la Alameda humean disparos. Aplastándose contra los edificios siguen viniendo desde el cerro por Huérfanos soldados con pechera anaranjada. Otros convergen por Teatinos. Una ráfaga de ametralladora despedaza las ventanas de la sala de control. Llueve vidrio molido sobre los equipos. Nos disparan desde alguna azotea cercana. Nos acurrucamos. No hablamos. Si lo hiciéramos tampoco nos escucharíamos. El estruendo bate techo, paredes, puertas. Un radio operador se mete al locutorio y sale arrastrando el boom con el micrófono Neumann. ¡Hay que protegerlo! dice cuando observamos su acción inútil y absurda. Caen trozos de enlucido. Permanecemos agachados en los estudios, salas de control, los demás sentados en el suelo con las espaldas afirmadas a las puertas de los ascensores. Los vidrios de las oficinas también desaparecen desparramándose hacia la calle y los escritorios. Algunos impactos dan en la consola. Pierde velocidad el disco del Himno de la CUT. Engruesan las voces que cantan. Alargamiento gomoso:

"y en el día que yo mueraaa. mi luugaaaarrr . . .!"

Después el silencio. Sólo los disparos. Unicamente las explosiones. Nada más que el retumbar del cañoneo. Exclusivamente las ametralladoras.

Inactivos nos miramos las caras. Y entonces comenzamos a comprender la situación, el peligro. Abajo tiembla el pavimento. Una tanqueta de carabineros abandonada con sus puertas abiertas humea en Teatinos y Catedral. Huérfanos está vacía. La Plaza de la Constitución sin una sombra. ¿Y los trabajadores reunidos allí instantes atrás? El núcleo de fuego pareciera concentrado en la esquina del edificio que ocupamos. Desde la radio "a pilas" que quedó funcionando colgada en la oficina de prensa surgen más bandos y proclamas atemorizadoras. Cuenta regresiva para el bombardeo de La Moneda. Giramos el dial en busca de la Magallanes. Ya no transmite. La Junta copa el espectro. Quedan pocos vidrios en nuestro piso trece. Desde las terrazas vecinas todavía disparan en esta dirección. Suena la campanilla de uno de los teléfonos diseminados en el suelo cerca de nosotros. Voz femenina;

- ¿Por qué no transmiten? ¿Qué ocurre?

- Pronto estaremos nuevamente en el aire. Calma.

- Buena suerte.

Discamos en vano intentando alguna comunicación.

Cesan los disparos en el primer piso.

- Hagamos empeño de salir ahora, dice uno. Utilicemos la escala.

Inicia el descenso. Desaparece hacia los pisos inferiores.

Los demás aguardamos su retorno o la señal convenida antes de aventurar a un segundo.

- ¡ Eh, muchachos!, nos llega su voz desde el hueco de la escala. Bajen.

Pisa suavemente los peldaños bajando el otro. De la escala por la que desaparece sube olor a pólvora y luego sus palabras.

- Bajen no más, cabros. ¡No hay nadie ¡ Nos metemos dos en la escala con Ana en el centro. Vamos cautelosos eludiendo vidrios rotos y las cascaras de yeso caídas en los peldaños. En el descanso del piso 12 no hay nadie. Dejamos arriba los pasillos del piso 11 igualmente desocupados. Aparentemente el edificio fue evacuado temprano y hemos quedado únicamente nosotros, los de la radio. Piso diez. El polvo opaca los pasamanos de aluminio. Las huellas de nuestras manos le devuelven el brillo. Piso nueve. Apresuramos el descenso más aliviados. En el piso ocho nos inmovilizan los soldados aplastándonos con los fusiles contra la pared.

- Manos a la nuca y sigan bajando. Rápido. En dos filas trepan lenta y silenciosamente los invasores con los cascos atados con una correa al mentón. Algunos lucen la cara tiznada. Todos llevan pechera anaranjada. Vaho de sudor les precede. Nos desplazamos entre ellos mecánicamente, empujados desde la espalda por un fusil cada uno. A nuestro lado las dos filas de uniformados continúan subiendo. Casi trotando llegamos al primer piso.

Con las piernas abiertas y la nariz pegada a las paredes de cristal, las manos extendidas y apoyadas en ellas, permanecen blancos los dos compañeros que nos antecedieron. Y muchos más. Ese primer piso del Ministerio del Trabajo es una vitrina desde la que miran a la calle más de cien civiles prisioneros. Funcionarios del Ministerio, el propio Ministro, subsecretarios, directores de departamentos, jefes de servicio, ascensoristas, mayordomo, chóferes, personal jurídico. Nos urguetean enteros buscando armas y nos destinan lugar. A Anita la empujan al pequeño teatro y allí la encierran con las otras mujeres. Esa mañana, cuando se la llevaban, sin despedida, me dijo muy triste:

- Perdimos. Nos van a fusilar. Mantente sereno. No tengo miedo.

Intentó sonreír al alejarse muy blanca.

Vemos la esquina de Huérfanos con Teatinos sin vehículos ni peatones. Un soldado emerge del portal. Se para en la bocacalle y descarga su automático en dirección a La Moneda. Agazapado retrocede disparando para guarecerse en su escondite. Protegidos por las columnas otros aguardan. Corren al espacio descubierto, disparan y retroceden. Apuntan a las ventanas entornadas de los edificios. Tres civiles botados en manchas de sangre yacen de espalda. Rugen los aviones en el ciclo. Pasan a muy baja altura. Los cristales en los que nos afirmamos se comban temblando. Todo el edificio se estremece. El estampido cercano ensordece y deja vibrando su silbido en los oídos.

- Empezó el bombardeo, carajo. Que se hunda y reviente todo. Y Uds. en primer lugar, cabrones. Que se asen vivos los hijos de puta de La Moneda. Salte en pedazos esta porquería. ¡Por fin, fuego, mieeecrdaaa . . !

Otros soldados que nos apuntan repiten exclamaciones parecidas o peores. Nos zamarrean y tiran patadas. Gritan a todo pulmón. Manotean. Los de la calle están tendidos, apegados a las murallas o metidos en las cunetas. Desde los pisos altos llueve vidrio molido al pavimento. De nuevo los aviones. Bombas. Temblor. Alaridos a nuestras espaldas.

- Formaaar.

Volvemos las caras sin despegar las manos de nuestros apoyos.

- Manos a la nuca. A la escala. Rápido. Manos a la nuca. A la escala. Rápido .. .

A tropezones y atropellándonos estructuramos una fila desordenada metiéndonos a la escala de los sótanos. La hilera de soldados nos deja espacio justo para que descendamos hacia las profundidades a toda carrera. Un pasillo de cemento sin enlucir. Otra escala. Otro pasillo. La puerta que se abre a la habitación donde entramos todos.

- Sentarse en el suelo con las manos en la nuca.

Nos cuentan. Ciento cuarenta y dos.

Aquí hay silencio y poca luz. Un par de tubos de neón en el techo. Al fondo del cuarto, detrás de nuestras espaldas, un montón de muebles viejos.

Los temblores de bombardeo llegan atenuados a esta hondura.

Dejan abierta la puerta metálica. Desde allí nos vigilan apuntándonos con los SIG.

- Prohibido moverse, prohibido hablar, prohibido fumar.

Mediodía. Ahora sí que nos aislaron del mundo. Ya no sabemos lo que sucede. Ni siquiera disponemos del pedazo de cristal ante los ojos que nos permitía abarcar algo de la calle. Paredes blancas. Algunos guardias en la puerta. Nosotros sentados en el suelo con las manos en la nuca, callados. Retumba alejado el bombardeo de La Moneda. Ecos de disparos salpican pasillos subterráneos. Afuera debe crecer el desconcierto. Sólo se oye la radio de la Junta. Los trabajadores en sus fábricas aguardan. ¿Qué? La tropa que nos detuvo actúa enfurecida. Les impulsa algo más que entrenamiento. Odio. ¿Caerá el Gobierno? ¿Renunciará Allende? Al abandonar el piso trece hace un rato la bandera presidencial flameaba esplendorosa entre nubes ralas de humo azul. La guardia de palacio es capaz de contener el asedio durante bastante tiempo. El tiempo necesario para que... ¿Para qué...? Fuerzas del ejército rodearon la casona del Comité Central del PC a una cuadra de nosotros, a nuestra vista del piso trece. Dispararon contra él. ¿Lo ocuparían?

Aparece un oficial en la puerta. Ningún distintivo en la guerrera. Pistola al cinturón y en la mano derecha un automático. Habla con los soldados indicándonos.

- Prohibido moverse, prohibido hablar, permitido fumar.

Se retira.

El trajinar de bolsillos por los cigarrillos y los fósforos nos permite evaluar su contenido, empuñar papeles con nombres, direcciones, y después apelotonarlos en bolitas, ponerlos en la boca y rumiarlos disimuladamente.

Dos uniformados arrastran a un muchacho con casaca de cuero. Viene desmayado. Lo arrojan a las baldosas ante nosotros. Se retuerce en gimoteos. Abre los ojos y pide agua. Lo ponen de vientre. Uno se le sienta en la cintura y le levanta la cabeza tirándole el pelo. Le golpea la cara contra el suelo. Este se humedece de saliva y sangre. El otro soldado le da puntapiés en los costados. Nos miran desafiantes. Los de la puerta también nos observan.

- Arráncate ahora, desgraciado. Dejan al muchacho inmóvil en el suelo, con sus brazos abiertos en cruz, y salen.

Al chasquido de un fósforo tensa a los de la puerta. Nos recorren con los fusiles.

El caído mueve lentamente la cabeza, la alza leve, abre la boca para hablar y envuelto en quejidos
vomita líquido verdoso espeso. Encoge los hombros y arrastra las manos hacia donde la cara reposa sobre la mugre. Escarba entre las viscosidades, y comienza a comer sus vómitos, sangre, saliva. De ojos opacos, pretende insinuar serenidad. Murmura bajito:

- Las direcciones, las direcciones ...

Echándoselo a la boca intenta tragar aquello. El esfuerzo lo agota, e inmóvil de nuevo calla. Su cabello negro permanece pegado a la frente en una ramazón de costras rojizas.

Retumbar lejano y leves estremecimientos del edificio. El bombardeo continúa, asordinado, persistente.

El soldado más alto del grupo de la puerta es delgado, joven. Tiene bigote cuidadosamente recortado. Ha ladeado su casco sobre un ojo. El uniforme carece de distintivos. Imposible determinar a qué regimiento pertenece, qué grado ha conquistado. Debajo de su gesto soberbio hay temor, trazado por las ojeras y el leve temblor de los labios. Está pálido como nosotros.

Abriendo la cortina de uniformes entra uno macizo.

- ¿Dónde está el mayordomo del edificio . . .? Los maricones dejaron muchas puertas cerradas. Necesito las llaves. Si no me las entregan derribaré las puertas, y las tendrán que pagar Uds.

Un viejo de overol azul grasiento hace sonar un aro abarrotado de llaves.

- Tráelas.

Las toma y se va taconeando botas y campaneando llaves.

Agitación en la puerta. Se asoman caras maduras desplegándose en abanico hacia el interior. Muchos más fusiles nos apuntan ahora. Como si vinieran visitas para mirar el trofeo que quienes nos custodian exhiben sacando pecho. Uno de voz aguardentosa armado únicamente de pistola, con la que acciona al hablar, pregunta:

- ¿Me escuchan bien?... ¿Me entienden todos...? ¿Me comprenden...? Correcto. Entonces que se paren los cubanos y formen a este lado. A este otro lado se me forman los rusos. Los rusos allá, los cubanos acá.

Pestañeamos desconcertados. Nadie habla ni se mueve.

- ¿No me escucharon o no me entendieron? (¿Y por qué está este hombre aquí en el suelo . . .? ¿Está herido o está muerto . . .? Ah, ya lo vio el practicante. Y no tiene nada. Pónganlo en este rincón. Despiértenlo y que limpie la mierda que dejó aquí). ¡Los rusos y los cubanos, levantarse! Ah, rogados los niños. Muy bien. Pero óiganlo, cabrones. Lo sabemos todo. Los conocemos bien a Uds ... Los tenemos bien identificados. Agradezcan a Dios que están vivos, porque debiéramos haberlos matado a todos Uds . . . Uds. los francotiradores que nos mataron los soldados en esta esquina las pagarán caras. Y peor lo pasarán por tratar de ocultar a sus cómplices extranjeros. Tú, párate.

El muchacho rubio señalado con la pistola se levanta.

- ¿Eres chileno? ¿Dónde naciste?
- Soy chileno ... De Talca.

- ¡Tú eres cubano! Se dirige a otro.
- No señor. Soy de Temuco.

- Al primero que se mueva me lo liquidan, subraya, guardando su pistola.

Da media vuelta y sale digno. Su Estado Mayor también se retira.

Otros detenidos engrosaron durante esa tarde nuestro grupo. Personas que no alcanzaron a escapar y permanecieron acorralados en los portales o huecos de ventanas. Después de identificarlos y otorgarles la reglamentaria paliza, les permitían sentarse en el suelo con nosotros. Y como nosotros permanecen sin moverse, silenciosos. La llegada de los nuevos detenidos, los culatazos a que los sometían, sus quejidos nos impidieron determinar el momento de término del bombardeo cercano, pues de pronto una capa de silencio cubrió el sector. Los nuevos, así como los que relevaron a la guardia de la puerta, venían empapados, chorreando agua. ¿En qué momento comenzó a llover? ¿En qué momento terminó el bombardeo? ¿Cuál puede ser el significado de esta pausa en la batalla? ¿Coparían La Moneda?

Estas y otras interrogantes recién las empezaríamos a develar dentro de algunas horas cuando saliéramos a la calle, cuando camináramos por el Santiago damnificado y testificáramos en el interrogatorio al que se nos sometería en el Ministerio de Defensa. Ahora el silencio nos ayuda a tratar de recapitular el mensaje del Presidente Allende transmitido por Magallanes antes de caer silenciada: "tengo fe en Chile y su destino, superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse".


Edición digital del Centro Documental Blest el 19jun03
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube