José Carrasco. Asesinato de un periodista


Vivirás para siempre

Fue como una paradoja tantas veces repetida en los años de Dictadura. Porque mientras todo se detenía para Pepe a las 5.20 de esa madrugada del 8 de septiembre, todo se ponía en marcha para encontrarlo. Mientras los asesinos le quitaban sin clemencia la vida, comenzaba la vertiginosa carrera por arrebatarlo de la muerte. Mientras le quitaban los movimientos, la ilusión, las caricias, la espera, las lágrimas y el dolor para siempre, partía esa búsqueda esperanzada e infatigable, tratando de ganar segundos al tiempo. Mientras todo ya se había consumado en medio de trece balas, surgía y se imponía la ilusión, ingenua y tozuda.

Silvia, llena de un dolor que parecía puñal y de una trágica certeza que le había ido corroyendo la alegría desde hacía mucho, fue la primera en ensayar todos los caminos de búsqueda. Apenas Pepe fue llevado de su lado, llamó a la Policía de Investigaciones intentando verificar si desde ese servicio había salido realmente la orden de arresto. Los detectives que llegaron a su casa a las seis de la madrugada agudizaron -con su respuesta- la terrible intuición que la acompañaba desde el primer momento: "José Carrasco Tapia no tiene orden de detención. Ningún funcionario de este servicio lo ha arrestado".

Pero Silvia sacó fuerzas de flaqueza y realizó llamados telefónicos al mundo entero. Entre las seis y las siete de la mañana se comunicó con todos los amigos que Pepe tenía en las diversas latitudes y les imploró que por favor la ayudaran a detener el asesinato. También llamó a los colegas de "Análisis" y a todos los medios opositores chilenos.

A las siete de la mañana ya salía por las emisoras su voz trizada: "echaron la puerta abajo y se lo llevaron...". Complementando el relato, se señalaba que los detenidos de esa noche eran cuatro. En el cuartel central de Investigaciones estaban, se decía, el presidente del Movimiento Democrático Popular, Germán Correa; el sacerdote y vocero público del MIR, Rafael Maroto; el dirigente socialista de la Alianza Democrática, Ricardo Lagos, y el periodista de "Análisis".

Pero incluso a esa hora había algo oscuro. A Lagos se le había permitido llamar a su hogar poco después de ser detenido y había señalado que estaba en la policía civil sólo con Maroto y Correa. ¿Estaba allí Pepe? ¿Estaba en otra dependencia? ¿O estaba en otro lugar desde donde no podía comunicarse?

Sus hijos menores se inclinaron por pensar en esta última alternativa. "Yo pensaba que estaba preso y que lo estaban torturando. Nunca creí que lo iban a matar por ahí", relató después Luciano, de 14 años. Alfredo creyó saber de qué se trataba todo: "cuando a él lo amenazaron nos dijo que si lo mataban no nos pusiéramos tristes y que lucháramos. Entonces me dio mucha pena y me puse a llorar. Pero ese día que lo vinieron a buscar yo pensé que lo iban a torturar y que después lo iban a soltar". El mayor, Iván, no pensó mucho "porque andaba medio choqueado; pero después intuí lo peor. Cuando ya no aparecía, pensé que la verdad era que a mi papá lo habían matado. Lo presentía".

Esa mañana del lunes 8, Silvia estaba tan adolorida de su columna que casi no podía caminar. Al llegar a la Revista, cerca de las 9 de la mañana, la recibieron todos los compañeros de Pepe, que se habían reunido muy temprano. Al entrar, cojeando y abrazada a sus hijos menores, lo primero que la escucharon decir fue "ya lo mataron, ya lo mataron...".

Lo dijo sin histerismo, sin histrionismo. Con una certeza tan trágica como serena. "Yo sabía, desde que habíamos vuelto a Chile, que en algún momento tendría que pronunciar esa frase que dije esa madrugada: 'Pepe te buscan'. Y que desde el momento en que se lo llevaran, no lo vería más. Pero yo necesitaba aferrarme a una esperanza y lo hice, aunque en el fondo de mí sabía la verdad. Ese día era un hecho lo que tantas veces había temido cuando Pepe no llegaba a la hora acordada. Casi nunca se atrasaba, pero las pocas veces que se pasó del margen de cinco minutos, yo vivía un real vía crucis. Asistía a su muerte, a su funeral, a sus torturas, al llanto, al dolor sin límite que se siente cuando nos matan a un ser amado. El martirio sólo terminaba cuando él abría la puerta y me preguntaba ¿por qué estás llorando Verita? Pero esa mañana yo sabía que no abriría más la puerta".

Atesorando esa esperanza precaria, que también el equipo de "Análisis" se esforzó en transmitirle, Silvia comenzó por segunda vez en su vida una búsqueda desgarradora: la de su compañero desaparecido.

En el país se vivía el terror, algo que en la capital era especialmente notorio. El Estado de Sitio pesaba en cada esquina y en cada mirada amenazante tras un fusil o una tanqueta. Pesaba en el aire que asemejaba a un tableteo sin tregua. Pesaba en cada paso a medida que las esperanzas se iban agarrotando.

Silvia hizo un recorrido de búsqueda tan conocido como desalentador en los últimos trece años: cuarteles de carabineros, policía civil, policía secreta, organismos de derechos humanos. También llevo a cabo otro ineficaz acto de esperanza: presentar un recurso de amparo.

En forma simultánea, los periodistas intentaban obtener luz sobre diversas pistas y rumores. Desde una agencia de noticias extranjera se seguía el rastro a la denuncia de un poblador de Conchalí, quien había contado que al lado del Cementerio Parque del Recuerdo había aparecido el cadáver de un hombre alto y semicanoso. En el Cuartel Central de Investigaciones, dirigentes de los periodistas del sector policial expresaban al director de ese Servicio que se habían puesto como tarea prioritaria encontrar al colega Carrasco y que mientras no se supiera de su paradero estarían en "pie de guerra". Desde la Revista "Análisis", los periodistas chequeaban cada rumor y seguían cada consejo que llegaba, por escalofriante que fuera. Como llamar a la morgue "porque hay un trascendido de que Pepe puede estar allí", trámite que -desde luego- no arrojó ningún resultado: la funcionaría que respondió lo hizo con un escurridizo "no se entrega información por teléfono". También se llamó al Aeropuerto Internacional, haciendo caso al rumor que decía que "tienen a varios detenidos en el terminal aéreo para expulsarlos de Chile".

En un tercer nivel de búsqueda, también paralelo, se movilizaban los dirigentes del Colegio de Periodistas. Luego de acudir al cuartel de Investigaciones -donde se les dijo que Pepe no estaba allí- y a la Comisión de Derechos Humanos, donde se les señaló que la CNI había respondido a diversas consultas diciendo que "no tenía a Carrasco", se inició una reunión de emergencia. Los directivos de los Consejos Nacional y Metropolitano acordaron -en vista de la gravedad que parecía adquirir la situación- pedir una entrevista al alto mando de Carabineros. Pero mientras aún se desarrollaba la reunión, la consejera María Olivia Mónckeberg, subdirectora de Revista "Análisis", recibió un dramático llamado telefónico. Fue el primer indicio de la verdad. "Una muy buena fuente me dijo que habían encontrado un cadáver en las afueras del Cementerio Parque del Recuerdo, que tenía muchas balas en la cabeza. Que esto había ocurrido en la mañana y que se lo habían llevado a la morgue. Me pidió que manejáramos con discreción la noticia para no sembrar alarma infundada". María Olivia recuerda que ella contó el hecho al Presidente del Consejo Nacional, Ignacio González, y al Secretario General, Guillermo Torres. Los tres decidieron que habría que ir a la morgue. "Pero nuestra intención era sólo para descartar que fuera Pepe. En nosotros no estaba en absoluto la premonición de su muerte. Sólo pensábamos que a Pepe lo tenían preso y que lo estaban negando".

Entretanto, Silvia seguía su estéril peregrinación. En el recorrido se encontró con otras mujeres, igualmente desesperadas, que buscaban a sus maridos. Y se enteró de datos que sólo después develarían el siniestro cuadro que se estaba viviendo. Es decir, que lo ocurrido a Pepe no era un hecho aislado sino que formaba parte de una matanza fría, dirigida contra antiguos militantes del Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

El primer dato, que Silvia no relacionó entonces, lo obtuvo en la Vicaría de la Solidaridad. El hijo de una jueza también había sido secuestrado esa madrugada. El joven era hermano de un preso político, militante del MIR. Con la segunda información se topó en las afueras del cuartel de la CNI de calle Borgoño. Esperando saber de Pepe, conversó con una señora que estaba en su misma situación: a su marido lo había llevado un grupo de civiles armados, sacándolo de su hogar en horas del toque de queda. La mujer se llamaba Alicia Lira Matus y su marido Felipe Rivera. Pasarían muchas horas antes que ella y Silvia pudieran enterarse, con horror, de la verdad que buscaban. En esc momento sólo consiguieron que un funcionario de la CNI les devolviera por una mirilla sus cédulas de identidad y les diera por toda respuesta un burlón "no hay visitas porque estamos en Estado de Sitio".

El tiempo pasaba y nada concreto surgía. Sólo dudas, terribles dudas. Desde Investigaciones, los detenidos en virtud del Estado de Sitio confirmaron no haber visto allí a Pepe cuando se permitió visitarlos. Pero oficialmente ese servicio no negaba ni reconocía la detención. Nadie lo hacía, ningún organismo, ninguna autoridad daba respuesta alguna.

La verdad comenzó a perfilarse sólo cuando los dirigentes del gremio periodístico acudieron al Instituto Médico Legal en la tarde del lunes 8. El dato vago que habían recibido a mediodía se transformó en una evidencia demoledora, a pesar que no les dejaron ver el cuerpo del "NN" ingresado ese día. Recuerda María Olivia Mónckeberg: "Como se nos prohibió -insólitamente- reconocer el cadáver, llamamos al Ministerio de Justicia pidiendo una explicación. De esto derivó que el director de la morgue accediera a recibir a Ignacio González. Mientras ambos estaban reunidos, con Guillermo Torres, pensamos: '¡A dónde hemos llegado!', pero todavía no imaginábamos la muerte de Pepe. Sin embargo, cada vez más se nos cruzaba un pensamiento que mirado fríamente, era horroroso: 'ojalá lo tenga la CNI, que esté vivo, que no esté aquí, nos decíamos". Agrega que todo era un poco kafkiano. "En medio de esa espera, que se alargaba interminablemente, nadie osaba responder nuestras preguntas. Sólo logramos entablar un extraño 'diálogo de pasillo', donde fuimos configurando la horrenda verdad. Cuando salió Ignacio, venía demudado. Los pocos datos que había recibido casi daban la certeza de lo que todavía no queríamos creer".

El director del Instituto Médico Legal les había pedido que al día siguiente se presentara un familiar directo de Pepe a reconocer el cadáver del "NN". Sin embargo, la verdad no vino a través de esa terrible diligencia. Fue el mismo lunes cuando se tuvo la certeza, aunque a nivel "extraoficial". Ocurrió en el despacho de un alto oficial de Carabineros.

Ignacio González fue citado allí a raíz de la entrevista que había pedido el Colegio de Periodistas. El uniformado lo llamó por teléfono y le pidió hablar personalmente. Cuando González estuvo frente a él, sacó de un cajón un parte policial y se lo comenzó a leer. Se refería al "NN" masculino ingresado esa mañana a la morgue: "No lleva zapatos, viste pantalón gris, tiene una camiseta enrollada en su cabeza, la que está destrozada por trece balas; tiene el pelo entrecano y alrededor de 40 años. También en un pie tiene una bala". Al salir de la oficina, Ignacio sólo tuvo fuerzas para tomar el teléfono y avisar del hecho a María Olivia Mónckeberg. Esta le pidió que se vieran, pero González le señaló: "por primera vez en mi vida no tengo fuerzas ni siquiera para lomar el auto y manejar". Poco rato después, otra fuente policial con la que también se habían intentado gestiones, confirmó los mismos datos.

A nivel solamente "oficioso", la versión también había llegado a los organismos de Derechos Humanos. Sin embargo, a quien con más desesperación buscaba a Pepe se le debía ocultar la verdad hasta que no surgiera la confirmación oficial. Ajena a las trágicas novedades, Silvia permanecía en su casa. A la espera del milagro.

Debido al mal de su columna, había optado por descansar un rato. A sus hijos los había mandado fuera de Santiago para protegerlos y sus compañeros de la revista la acompañaban. Estos, que ya algo sabían de la verdad, vivieron entonces quizás los momentos más difíciles de esa jornada: debieron fingir una y otra vez ante Silvia, reprimiendo el llanto y la desesperación que ya comenzaba a invadir el ambiente. Hubo momentos muy duros, como el que le tocó vivir a uno de los periodistas que estaban con Silvia y que no sabía lo averiguado por el Colegio de Periodistas. Respondió el teléfono que ella mantenía pegado a su lado. Al otro lado de la línea estaba un colega de la agencia de noticias Associated Press que le advirtió: "Si estás al lado de Silvia, por favor disimula. Existe la confirmación, en un 99,9 por ciento, de que un cuerpo que llegó esta mañana a la morgue es el de Pepe".

Ya tarde en la noche, Silvia volvió a salir para realizar nuevas gestiones. Al volver -cerca de las diez de la noche- la derrota, que le doblaba el cuerpo, se transformó por unos minutos en dicha. Una vecina la recibió con la noticia de que en el informativo del Canal 13 de televisión habían dicho que Pepe estaba detenido en Investigaciones. Recuerda Silvia: "Sentí una alegría inmensa. Abracé a alguien que estaba a mi lado y sentí que se cumplía el milagro que yo tanto había esperado con Alfredo. ¡Pepe estaba vivo! Salté y corrí hasta mi departamento, pero al ir entrando se me acercó un amigo abogado y con una voz muy seca y fría me dijo: 'Silvia, Pepe no está en Investigaciones. Llamé allí y no está'. Cuando me lo dijo, tuve ganas de matarlo, de decirle '¡no me quites la esperanza, averigua bien!'. Pero él sabía perfectamente lo que me estaba diciendo. Había llamado diez veces antes de hablarme. Y comprendí una vez más que los milagros no existían. Que la represión era sinónimo de muerte".

La exigencia de una explicación que se hizo a Canal 13 respecto de por qué había dado esa noticia falsa, no sirvió de mucho. Sólo se obtuvo de parte del departamento de prensa una insuficiente respuesta: "la noticia la sacamos del cable". El "error" informativo, -que también cometió el Diario La Nación al día siguiente- hizo trizas la minúscula esperanza que Silvia había cobijado todo el día. A las 11 de la noche fue necesario hablarle muy directamente, aunque aún sin confirmarle toda la verdad, de modo que estuviera preparada para lo que vendría al día siguiente: la visita a la morgue.

"El cadáver pertenece a José Carrasco"

Esa vigilia interminable del lunes 8 sólo concluyó con lo que todos ya sabían. Sin embargo, el flash noticioso con carácter de "urgente" que lanzaron las radios, hizo vivir el desgarro como por primera vez. Fue la derrota sin atenuantes frente al enemigo, al que una vez más no se le había logrado arrebatar la presa. Eran poco más de las diez de la mañana. Un llanto desde el abismo del dolor, un grito de ¡asesinos!, la rabia, la desolación, la impotencia, la furia. Y Pepe, botado allí en la soledad de esa cámara mortuoria desde hacía más de 24 horas.

Más tarde se supo que el Gobierno había querido mantener la incertidumbre hasta después de la manifestación del martes 9. Que quería postergar el reconocimiento del cadáver y la confirmación oficial hasta una hora en que la noticia no fuese disfuncional a sus intereses. Pero que no pudo sostener más las cosas y debió entregarla, a pesar del temor que tenía a las reacciones.

No sólo jugó en favor de esta "quebrada de mano" la fuerte presión del Colegio de Periodistas, sino también la actitud de anónimos colegas de Pepe. Las agrupaciones de reporteros policiales y judiciales, por ejemplo, exigieron que se diera el parte oficial. "Si no se nos da, lanzamos la noticia en cinco minutos sin confirmación", amenazaron. "Así logramos dar la información antes que la familia tuviera que ir a reconocer el cadáver al Instituto Médico Legal", recordó uno de ellos.

Cuando la noticia hizo repiquetear los teletipos de todo el mundo, comenzó un nuevo calvario: la entrega del cadáver, que también se tornó en un real proceso "kafkiano".

Desde el momento en que Silvia salió de la morgue y entre sollozos exclamó "¡su cara está llena de balas!", pasaron más de diez horas de incierta espera antes que el cuerpo fuera devuelto. La razón "oficial": "el Jefe de la Plaza de Santiago es la única persona que puede autorizar la entrega y él está en el desfile, nadie sabe a qué hora puede volver...", se explicó en la morgue. El funcionario estaba, como todos los subalternos de Pinochet, absorto en las tareas asignadas para que la celebración de un nuevo aniversario del Golpe de Estado fuera "multitudinaria".

Entre tiras y aflojas, a Pepe se lo pudo sacar del Instituto Médico Legal sólo después de las 11 de la noche de ese martes 9. El féretro tuvo una singular escolta y una aún más singular llegada a la sede del Colegio de Periodistas, donde sería velado: dos motoristas de Carabineros y un furgón policial le abrieron paso entre las verdaderas hordas que rodeaban el lugar -ubicado a una cuadra de donde estaba el acto gobiernista- y que gritaban amenazantes "¡mano dura Pinochet!, ¡dales duro Pinochet!".

Masivo y sentido homenaje

En Amunátegui 31, sede del gremio periodístico, centenares de personas esperaban desde hacía horas rendir su último homenaje a Pepe.

Ese local fue elegido por los dirigentes del Colegio para despedir al colega asesinado, con los respetos que sólo grandes hombres de la prensa nacional habían recibido antes. Guardias de honor formadas espontáneamente acompañaron por varias horas el féretro. Desde esa noche y hasta al día siguiente, cuando fueron sus funerales, miles de personas desfilaron frente a el periodista. El sentimiento que mostraron en sus gestos y sus rostros contrastó con el odio que rugió en las afueras del Colegio el martes 9. Y que comenzó a ensañarse sin límites en el país.

El miércoles 10 se supo que la suerte corrida por otros tres hombres secuestrados en las madrugadas del 8 y 9 era la misma que había sufrido el periodista: en distintos lugares despoblados de Santiago habían sido acribillados Abraham Muskalblit, contador y publicista, militante del Partido Comunista; Felipe Rivera, electricista, también de ese partido, y Gastón Vidaurrázaga, profesor y artista plástico, militante del MIR.

Esas noticias hicieron que el día del entierro de Pepe fuera uno lleno de incredulidad, impotencia, terror. Además de los asesinatos descubiertos, el gremio periodístico estaba sufriendo una de sus peores persecuciones desde el 11 de septiembre de 1973. El presidente del Colegio, Ignacio González, reflejó en sus palabras los momentos que se vivían:

"En un clima de inseguridad como el que vivimos, nadie puede sustraerse a una amenaza que es latente y colectiva, que está extendida y generalizada. No hay ninguna cámara de acero que pueda protegernos permanentemente. Hasta hace muy poco la amenaza que más presente teníamos los periodistas era la que podía afectar al medio en que trabajábamos... Ahora hay un peligro en el solo hecho de ejercer el periodismo y, todavía más, en el solo hecho de vivir, de discrepar, de tener existencia discrepante. Por ello el asesinato de Pepe representa una amenaza generalizada contra los periodistas y contra la sociedad".

Al expresar su adiós a Pepe, Pablo Portales, dirigente máximo del Consejo Metropolitano del Colegio expresó por su parte: "Nos cuesta reconocer que la muerte se aloja en nosotros cuando nos paralogizamos, cuando no escuchamos, cuando descalificamos, cuando olvidamos. Antes que despuntara el primer rayo de luz llegaron los funcionarios de la muerte... Imaginémosnos qué pasaba dentro de ese furgón utilitario, qué le pasaba a Pepe... Imaginémosnos esos segundos, sus ojos, su boca, sus piernas, su corazón, qué hacían sus manos... No despeguemos la mirada de su sacudida violenta, abrupta. En un abrir y cerrar de ojos ha quedado ahí, inmóvil. No volvamos la mirada... No olvidemos. Eso sería como dar muerte... No olvidemos su honestidad consigo mismo, que le salía por los poros. Estaba lejos de la acomodación y la sumisión. Era de los que pensaban por su cuenta y escuchaba. Esas cualidades chocan violentamente con la actitud complaciente o exageradamente calculadora para deformar o mutilar la verdad de lo que sucede. Pepe era de los que se asombraban de este periodismo encadenado y entregado a la suerte de los negocios, o al capricho de los dictadores. La muerte domina, se introduce con diferentes ropajes entre nosotros. Y ese hombre sencillo, enamorado de la vida, que nos ha dejado la honestidad consigo mismo, nos estimula a derribar esos ropajes...".

Juan Pablo Cárdenas habló, "a quienes se acercan para darnos fuerzas", y a ellos les señaló: "tengan por seguro que vamos a recoger esa fuerza, la vamos a volver a asumir y Pepe Carrasco tendrá la seguridad que con fuerza vamos a seguir luchando por sus ideales, que son también nuestros".

Ni siquiera en la muerte se permitió el descanso al redactor de "Análisis". La represión comenzó antes de la partida del cortejo fúnebre hacia el cementerio. Mientras centenares de jóvenes, que rodeaban el Colegio de Periodistas, coreaban "Justicia, Justicia, haremos, Justicia", enarbolando afiches con la frase "Pepe vivirás para siempre", apareció el carro lanzaaguas. En su paso, dirigió con brutal potencia el chorro hacia los autos con coronas de flores, las que cayeron destruidas. Luego lo apuntó hacia la gente y a los locales comerciales donde ésta se refugió. Al sonido de vidrios quebrados, siguió una llovizna de polvo lacrimógeno que, -al mezclarse con el agua- se convirtió en pocos segundos en un elemento altamente asfixiante. Entró por los pasillos, subió por las escalas, llegó hasta donde se velaba a Pepe. La gente comenzó a ahogarse. Todo era irracional. Afuera, las fuerzas represivas detenían a decenas de jóvenes.

En medio de esa locura -casi cotidiana en cada funeral opositor-, fue sacado el cuerpo. A pesar de que todo era una sola nube de gas lacrimógeno, la gente siguió al cortejo hasta el cementerio.

Sólo allí cesó el ataque y se impuso el respeto. En medio de una lluvia de claveles rojos y del canto fuerte y unido en los versos de "La Internacional" y de la canción "Todas la manos todas, todas las voces todas, toda la sangre puede, ser canción en el viento...", Pepe fue despedido por las miles de personas que sabían que con él se iba uno de esos imprescindibles. De esos hombres que, como lo dirían después sus hijos, "murió porque luchaba por una patria libre; murió porque luchaba para que todos estuvieran mejor; para que todos tuvieran donde vivir. Y nosotros lo valoramos por ello y no nos habría gustado que hubiera sido distinto. El hizo lo que debía hacer".

Una fecha simbólica

Pepe fue asesinado en una madrugada luctuosa. Pero el día en que los asesinos segaron su vida no fue uno cualquiera. En esa fecha se celebraba el Día Internacional del Periodista, proclamado así en 1947 en homenaje al periodista checoslovaco Julius Fucick, asesinado un 8 de septiembre de 1943.

Encarcelado por el nazismo hitleriano, Fucick escribió antes de su ejecución el dramático libro "Reportaje al pie del patíbulo". El periodista chileno exiliado Hernán Uribe expresó a raíz de esta coincidencia: "transcurridas más de cuatro décadas, la naturaleza del fascismo se expresa con análoga barbarie... Trece balazos en la cabeza desfiguraron el rostro de ese cuerpo lanzado allí en un camposanto, como una suerte de mensaje fúnebre y muy al estilo de la mafia". El periodista Oscar González también hizo la ligazón con el mártir checoslovaco: "Trece balazos lo estaban esperando en esa fría madrugada de Santiago. Este fue el precio impuesto por la sólida dictadura a la dignidad de un dirigente político, militante sindical y trabajador de la prensa que pudo, acaso en el momento en que era sacado de su hogar con el cierto destino de la muerte, recordar las palabras de Julius Fucick en idéntica circunstancia: 'por la alegría he vivido, por la alegría he ido al combate, por la alegría muero; que jamás la tristeza sea unida a mi nombre"'.

En el extranjero, la noticia del crimen fue ampliamente difundida. El hecho causó conmoción, diarios como "El País" la llevaron en portada. Revistas como "Time" le dedicaron un amplio reportaje. En los países donde Pepe vivió el exilio, sus amigos de la prensa le rindieron profundos homenajes. La revista mexicana "Punto" escribió: "Le abrieron una rendija para reincorporarse a la vida chilena. El convirtió ese resquicio en una ancha puerta a la dignidad. El terrorismo de Estado... al asesinarlo, lo ha inmunizado contra la peor de las muertes: el olvido... El adiós de Pepe será una permanente presencia, un inspirador ejemplo... Por lo pronto, el crimen le ha dado más vida... ni muerto ha sido imparcial. Pepe sigue entre los suyos".

Hernán Uribe, dirigente de la Felap, escribió: "Ultima víctima pero, puede vaticinarse, lamentablemente, no la postrera. El nombre de José Carrasco incrementa la nómina trágica de una treintena de informadores liquidados en Chile en los 13 años precedentes y aumenta la lista de 250 periodistas caídos en 14 países de América Latina y el Caribe en dos décadas". Añadió: "Es hora de parar este irracional ejercicio fúnebre. Es el momento de exigir el castigo para quienes intentan ocultar la realidad a costa de la vida de los informadores honestos, que en el chileno José Carrasco Tapia encontrarán un ejemplo imperecedero".

El asesinato también generó la condena de múltiples asociaciones de la prensa mundial. La Unión de Periodistas Españoles, la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa), la Federación de Periodistas de Perú (FEP), la Asociación de Corresponsales de Agencias Internacionales de Venezuela, la Federación Nacional de la Prensa Italiana, la Sociedad Interamericana de la Prensa (SIP), la Felap, fueron algunas de las decenas de organismos que repudiaron el crimen y la clausura de las revistas opositoras chilenas tras la dictación del Estado de Sitio.

También en Chile hubo una amplia condena al crimen, aunque ésta a duras penas pudo aparecer en la prensa. Sin embargo, la conmoción que causaron los asesinatos de Pepe y otros tres izquierdistas, fue tal que ni el Estado de Sitio fue capaz de ocultarlos. Todos los medios de prensa les dedicaron amplia cobertura y diarios como "La Cuarta" titularon por más de tres días seguidos con la noticia, entregando relatos veraces. En general, la tónica de los artículos fue ésa, ya que en el gremio de la prensa Pepe era un colega antiguo y querido. De este modo, mientras la solidaridad gremial se manifestó de uno u otro modo, la frialdad surgió sólo de los personeros de Gobierno. Fue sin tapujos. Ministros como el de Interior y de Secretaría General de Gobierno, se abocaron a mantener la historia que en agosto habían esbozado los panfletos de la muerte. Ricardo García y Francisco Javier Cuadra intentaron explicar lo inexplicable: que el asesinato era producto de "purgas internas que estarían aplicando grupos marxistas para eliminar a testigos de sus acciones", según dijeron.

Tal vez la reacción más importante frente al crimen se escribió en la ciudad más al sur del país, Punta Arenas. Fue la condena de la Quinta División del Ejército frente al asesinato de José Carrasco. En un comunicado público, emitido el 11 de septiembre, se expresó: "La Comandancia en Jefe de la V División del Ejército se hace un deber expresar su más enérgico repudio, rechazo y condena por el asesinato de un periodista en la capital. Al mismo tiempo, espera que los organismos correspondientes identifiquen a la brevedad la identidad del o los asesinos para que la justicia aplique todo el rigor que la ley otorga ". La nota fue firmada por el Brigadier General Jaime González Vergara, Comandante en Jefe de esa División. Esta insólita e inédita reacción en los 13 años de Gobierno militar se complementó con la condena que también efectuó el Intendente de Punta Arenas, General de Ejército, Luis Danús. Este señaló: "Es un hecho condenable e inaceptable. Lo que yo más quisiera, porque eso favorecería más al Gobierno, es que se descubriera, ojalá hoy mismo, quién fue el criminal que mató a ese periodista. Ese tipo de acciones son inconcebibles".

De quienes conocieron y quisieron a Pepe, además de la perentoria exigencia de justicia, surgió la expresión del dolor y de admiración por ese hombre que había dado la vida por sus ideales.

Germán Correa escribió desde la cárcel: "Es difícil escribir sobre Pepone. Es doloroso y me parece casi irreal porque desde la misma noche que fue alevosamente asesinado, he estado encarcelado... No he podido vivir su ausencia, no se aún lo que es no escucharlo, no verlo aparecer sonriente pero a la vez urgiendo la próxima tarea... Será duro vivir otra vez ese mundo de afuera sin la presencia de Pepone, su alegría, su juicio certero, su risa fraternal. Como ha sido duro cada vez que uno de los nuestros ha entregado su vida por nuestras convicciones, por la libertad, por la democracia, por el socialismo justiciero... Pero ayudará a hacer más fuertes nuestras convicciones, más firme el compromiso, más alegre la entrega y, por sobre todo, más profundamente humana la tarea de liberación de nuestro pueblo y de construcción de un mundo mejor, donde los mejores no tengan que pagar con su vida el compromiso con la verdad, la justicia, la dignidad y la libertad".

Jecar Neghme, consejero del MDP, lo recordó como un hombre íntegro, como un revolucionario que no hacía gala de "martirologios": "El aceptaba su compromiso cotidiano, con todos los riesgos que tenía, pero de allí a hacer un culto a la muerte, nunca. Detestaba a quienes lo hacían, a quienes se planteaban frente a la vida con esa actitud de 'si caigo, tenía que ser, todos los que luchan tienen una esperanza de vida corta, allá al final está la muerte, esperémosla'. Fue un hombre en el que jamás vi la duda ni el desánimo. El entendía también que el compromiso político no era incompatible con tener una familia. Más aún, pensaba que era necesario tenerla, porque sino se deshumanizaba la política, se convertía en una cosa de secta, en lo que quiere la dictadura: hombres 'aparatos', 'aparatos' contra 'aparatos', individuos fríos que sólo usan la razón fría y golpean. No, yo creo que Pepe pensaba que esa actitud niega la esencia de un revolucionario, que lo va separando irremediablemente del cariño que tiene que desarrollar por su pueblo, en el que están también sus seres queridos. Que el compromiso se hace maduro en la medida en que se tienen cosas que perder y se está dispuesto a asumir ese riesgo".

Para Renato, quien vivió la dura experiencia del exilio junto a Pepe, expreso que con su crimen se perdió a unos de esos hombres sobresalientes que no hacen jamás alarde de ello: "Por ello uno mismo quizás consideró como 'normal' caminar junto a un luchador así, pero en su muerte, se siente todo el peso que significa haber perdido a un hombre excepcional. Creo que eso nos pasó con Pepone. El era un tipo 'común y corriente', que hacía todos los días las cosas que hace cualquier ser humano. Tal vez por ello pasaba casi inadvertido que era un ejemplo de consecuencia y valentía".

Quienes asesinaron a Pepe probablemente pensaron que la muerte de ese hombre "común y corriente" no iba tener mayor repercusión.

Nunca imaginaron que la reacción sería inmediata. Nunca pensaron que la animita que levantaron los pobladores que viven frente al terrible paredón de la Comuna de Conchalí sólo sería el comienzo del grito de rebeldía frente al crimen cometido.

"Pepito milagroso"

Gente parecida tal vez a la que Pepe conoció en los barrios de su niñez es la que habita en la Villa Los Héroes de la Concepción, ubicada frente al Cementerio Parque del Recuerdo. Es gente humilde y desposeída, tal vez como la que lo motivó a luchar por la justicia. Esos pobladores marginales y marginados debieron ser involuntarios testigos de lo ocurrido en la madrugada del 8 de septiembre de 1986.

Ellos vieron cómo a Pepe lo llevaron en dos autos, cómo lo bajaron a empujones, lo obligaron a arrodillarse, lo hicieron cubrirse la cara con una camiseta y le dispararon a quemarropa. Ellos vieron cómo frente a sus casas un hombre fue fríamente asesinado. Cuando se atrevieron a salir a mirar, vieron su rostro destrozado por trece balas. No sabían quién era, pero la brutalidad de sus asesinos los hizo intuir que ése era un muerto del pueblo. Ese mismo día le levantaron una animita y le pusieron flores. Cuando se enteraron por las radios quién era el hombre, escribieron en una piedra: "Aquí fue asesinado el periodista José Carrasco".

Desde entonces vigilan su recuerdo. De noche le prenden velas, de día le ponen flores. También le piden favores y, aseguran, se los concede.

"Pepito es muy milagroso", señala la señora Carmen, una pobladora del lugar. "A mí me ayudó para no perder el trabajo. Me iban a cortar en el POJH y yo me encomendé a él. Le dije 'Pepito, por favor, ayúdame, no me dejís, que no me corten la pega'. Le fui a hablar a la animita y después me fui a la municipalidad pensando en él, pidiéndole.. Y no me cortaron en el POJH. Ahora le tengo encomendada a mi hija, para que le encuentre un trabajo decente".

Los devotos de "Pepito" son muchos en la población conchalina. A medida de que pasa el tiempo, no sólo flores lo recuerdan con cariño y respeto. También hay muchas placas que dan "gracias por el favor concedido".

Sin embargo, hay quienes hasta el recuerdo de José Carrasco les molesta. Aunque ya lo asesinaron, la presencia de la animita los perturba. Son hombres que pasan de noche o a plena luz del día, destruyendo lo que los pobladores vuelven a levantar. Al principio botaban las flores, apagaban las velas, despegaban de las murallas carteles que lo nombraban, y borraban los rayados que denunciaban que allí lo habían asesinado. Se robaron también las cruces y hasta sacaron con sierra una de fierro, levantada sobre cemento. Los vecinos aseguran que son funcionarios de la Municipalidad. "Hay uno, el Guatón Quinteros, que viene en una camioneta y yo le salgo a gritar que por qué no dejan descansar en paz a ese hombre, que hasta cuándo lo siguen molestando", cuenta otra pobladora que ve a "Pepito", todas las tardes, con su camisa blanca, su pantalón gris y sus lentes. "Créame, yo lo veo. A veces le pido cosas. Otras, sólo voy a conversarle. Yo le digo 'mi lacho'. Voy a ver a mi lacho, aviso, y parto. A mí también me ha hecho milagros. La otra vez, fíjese, no tenía qué comer, nada para parar la olla. Salí a comprar unas papas bien lejos, buscando las más baratas y le pedí que me echara una manito. A la vuelta crucé a la animita y le dije 'Pepito, no me abandonís'. En ese momento pasó un camión de la basura y me regaló un cajón de pescado. Hasta vendí pescado. Después, la otra noche, mi nuera que está de seis meses de embarazo, casi pierde su guagüita. Yo me le encomendé y le pedí que nos ayudara. No perdió la guagua". Su hijo, el padre de la guagüita, un conscripto de la Fuerza Aérea mira callado y asiente: "Es cierto, es milagroso".

Con José Carrasco, los asesinos volvieron a equivocarse. El también era de los muertos que nunca mueren.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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