José Carrasco. Asesinato de un periodista


El Regreso

La noche anterior apenas había dormido. Estaba tenso. Ansioso como un niño en la víspera de Navidad. Vivía emociones encontradas: alegría de volver a completar tantos sueños, pero también sentía temor. A que lo detuvieran, a que lo devolvieran y hasta a que lo dejaran entrar. Todas las averiguaciones preliminares señalaban que no habría problemas. El día anterior había llamado desde Perú a Silvia. "Te tengo una buena noticia, alguien en Chile me vio una radiografía y me dice que está buena". Se refería a que su nombre no figuraba en las listas del aeropuerto, de los chilenos con prohibición de ingreso. Sin embargo no tenía certeza. Por eso tomaba la precaución de hablar en clave. Sabía que en el Chile de Pinochet nada estaba garantizado para él, salvo la represión. Habían transcurrido siete años desde la partida forzada por las amenazas y faltaban minutos para que el avión aterrizara en losa chilena. Con la vista clavada en la cordillera se preparaba para el reencuentro. El roce del avión con la pista lo sacó de su ensimismamiento.

Desde afuera había organizado su propia recepción, cuyo principal sentido era asegurar el ingreso y testigos en caso de problemas. En la misma puerta del bus que lo llevó desde el avión hasta las dependencias de Policía Internacional lo esperaba un colega que gracias a su carné profesional había conseguido pasar la zona prohibida para el público. Se habían separado sólo un par de meses antes en México.

-¡Pepone!

-¡Pelao!

Todavía no se convencía. Se estrecharon. Respiró un poco más aliviado. La presencia de Jorge Andrés Richards le dio mas confianza. Pero todavía restaba el trámite legal del ingreso. Nervioso presentó su pasaporte. El funcionario se lo devolvió como al resto de los pasajeros, sin más demora que la habitual. No hubo preguntas. Tampoco miradas inquisidoras. Al llegar a la aduana a retirar el equipaje divisó a través de las puertas de vidrio muchas manos que se agitaban. Estaban todos allí. Sus padres, a quienes no abrazaba hacía 4 años. Había también muchos amigos. Una delegación especial de periodistas, entre ellos Juan Pablo Cárdenas y su promesa de trabajo, Ignacio González y dirigentes del gremio. Por minutos todo fue abrazos, lágrimas y sonrisas. Abrazos largos y apretados. De pronto una cámara fotográfica lo hizo aterrizar de nuevo a tierra chilena. El sujeto dijo ser reportero gráfico de un periódico. La foto nunca fue publicada en la prensa. Probablemente sirvió para actualizar la ficha de Carrasco Tapia, José Humberto en los archivos de los servicios de seguridad. Al salir del aeropuerto recibió la bienvenida oficial inscrita en un aviso de acrílico: "Chile avanza en Orden y Paz".

Pepone estaba feliz, demasiado como para que el sospechoso reportero gráfico empañara la alegría incontenible del regreso. Estaba de nuevo en Chile, en su vieja casa de Víctor Cuicuini preparándose para comer pastel de choclo cocinado por su madre. Apenas llegó a la casa llamó a México para avisar a Silvia que todo estaba en orden y que esperaba su llegada y la de Alfredito para el sábado siguiente. Después la hizo hablar con sus padres para que no le cupieran dudas de que efectivamente todo estaba en orden.

Como en los primeros días de libertad después de Puchuncaví, Pepe no quería andar solo. Le pidió a su hermano Raúl que lo acompañara. "Lo acompañé los tres primeros días a todos los lugares donde anduvo y vimos que en general no lo molestaban. Después él se fue relajando y haciendo su vida con más normalidad". El sábado, tal como estaba previsto, fue a buscar a Silvia al aeropuerto. Usando su recién renovado carné profesional, entró a las dependencias de la Policía a recibirla. Ella se asustó. Le pareció que era una provocación, una locura que no podía permitirse sólo cinco días después de haber vuelto. El ya había dejado de ser un retornado. "Volví legalmente, estoy en mi país, soy periodista y tengo derecho a esperarte aquí", le replicó. La abrazó contento, le mostró la cordillera y le dijo: "Ve que fue posible..."

Poco a poco fueron poniendo en marcha los planes tantas veces trazados. Un mes después del retorno encontraron un lugar donde instalarse. El 11 de mayo de 1984 se cambiaron a un pequeño departamento en calle Santa Filomena en el Barrio Bellavista. Habían visto varias casas antes, pero las habían descartado por el precio y también por razones de seguridad. El lugar reunía todas las condiciones. Estaba cerca del trabajo, el tamaño era apropiado, estaba dentro de una comunidad y por lo tanto había muchos vecinos. Muchos testigos. Entonces no imaginaron que éstos no podrían detener las órdenes de muerte. Mandaron a hacer muebles donde un amigo. Fueron a Pomaire a comprar la loza. Compraron plantas y mimbres. Les regalaron un frigider y rescataron una vieja cocina. Desplegaron en la muralla los recuerdos del exilio. Por primera vez durante los diez años que habían vivido juntos, sintieron que se instalaban.

Lentamente se fueron reinsertando. Pepe mantenía su corresponsalía mexicana con el diario "Uno más Uno". Al mismo tiempo comenzaba a colaborar en "Análisis". Silvia consiguió una beca para retomados patrocinada por la revista y comenzó a trabajar en el archivo. Las invitaciones de los amigos se sucedían. Recorrían juntos las calles y los recuerdos. Pepe le mostraba su viejo Instituto Nacional, la sede del sindicato Zig Zag, el local donde funcionaba el FTR, las calles de la clandestinidad y del Chile sin Pinochet. En junio de ese año llegaron Iván y Luciano. El primer tiempo vivieron con sus abuelos. Sólo compartían los fines de semana y las vacaciones, ya que su madre tenía temor de que los niños corrieran los mismos riesgos que Pepe. Sin embargo el solo hecho de tenerles cerca constituía otro motivo que se sumaba a la infinita alegría de darse cuenta cada mañana que "había sido posible".

Los primeros meses Pepe desarrolló una discreta actividad política. Su regreso estaba íntimamente ligado a la decisión de retornar en Chile el compromiso que había adquirido hacía ya 17 años. Hacer periodismo en "Análisis" era parte de esa opción, pero no lo era todo. Observaba con interés el panorama político nacional. Se convencía cada vez más que había un espacio interesante para hacer política en forma pública tras la creación de la Alianza Democrática, el Movimiento Democrático Popular y el Bloque Socialista y la reaparición de los partidos a partir de las protestas y movilizaciones de 1983. Se daba cuenta de que el MIR tenía que ampliar su presencia política, que no podía ser considerado sólo un grupo militar, sino un partido con un proyecto político. Pero más allá de sus intereses partidarios, se convencía cada vez más de la necesidad de concertar todas las fuerzas para acabar con la Dictadura.

"Es imprescindible terminar con la Dictadura. Y para eso es necesario encontrar la unidad de acción, los puntos de acuerdo del conjunto de las fuerzas opositoras de manera de tener una movilización activa, profunda, permanente, constante, creando una situación de ingobernabilidad que permita poner fin a la Dictadura y devolver la soberanía al pueblo", repitió muchas veces en sus intervenciones políticas. Por sus características de hombre dialogante y sociable, por su madurez y superación del sectarismo, por su firmeza y flexibilidad para mantener discusiones, Pepe asumió las tareas partidarias vinculadas a las relaciones con las demás fuerzas políticas. Rafael Maroto, con quien trabajó muy de cerca, lo recuerda como "un hombre de unidad, por profunda vocación personal". Pepe sentía por él un entrañable cariño. Lo respetaba profundamente por su opción de haberse convertido en un vocero del MIR corriendo todos los riesgos que ello implicaba. Por eso estuvo preocupado de él hasta en los momentos más críticos. El día del secuestro alcanzó a escribir unas líneas pidiendo que cuidaran al Rafa.

Pepe se sentía un hombre feliz. No olvidaba que corría riesgos, pero tampoco vivía en función de ellos, porque entendía que éstos eran parte de su opción. Vivía las dos partes de la ruleta rusa: la alegría total, el emparejarse, los niños, los asados, los amigos, las siestas. Y por otro lado el peligro de morir mañana, pero no por eso dejaba de hacer su vida. Comprendía los temores de los que lo rodeaban. Cada noche desde el regreso telefoneó a sus padres para decir "ya estoy en casa". Se preocupaba también de llegar a su casa a la hora convenida. Cinco minutos de retraso ameritaban un aviso telefónico.

Primera advertencia

En agosto del 84 los temores de Pepe se hicieron palpables. Nueve militantes del MIR fueron acribillados en Santiago, Los Angeles, Valdivia y Concepción y otros tantos fueron detenidos y brutalmente torturados. A pesar de las decenas de testigos que aseguraron que las víctimas habían sido asesinadas sin oponer resistencia alguna, la versión oficial informó de caídos en enfrentamientos. En Concepción el propio Arzobispo José Manuel Santos exigió la designación de un ministro en visita para investigar el caso. Las portadas de la prensa del 24 de agosto informaron con grandes titulares y fotos a color de la muerte de los "extremistas". La noticia transmitida la mañana de ese viernes por las radios despertó violentamente a Pepe. Eran sus compañeros de partido. Su olfato de perro viejo, su sentido común aguzado en la última década lo hicieron intuir días difíciles e inciertos.

Se levantó temprano y se fue a la Revista. Al leer los diarios sus sospechas se confirmaron y la garganta se le secó cuando vio su nombre mencionado dentro de un extenso informe de la Intendencia de la Octava Región del país, donde se habían registrado algunas de las muertes. Se le acusaba de haber planeado junto a Nelson Herrera Riveros, uno de los asesinados, Nelson Gutiérrez y Andrés Pascal Allende, Secretario General del MIR, "el accionar subversivo en Chile para 1984" durante un plenario del Comité Central del Partido realizado en Cuba. Pepe entendió claramente el mensaje. Se lo presentaba al país como uno de los hombres más "peligrosos" del MIR y con ello se preparaba el terreno para justificar una futura represión. El régimen lo estaba notificando.

Conversó con sus colegas de la Revista y decidieron ponerse de inmediato en campaña para desenmascarar la maniobra. Recorrieron radios, diarios y revistas donde Pepe denunció su situación. "Es evidente, dijo, que en la actual situación represiva que vive el país y, particularmente la que afecta a los exiliados retornados, la imputación que se me hace sólo pretende justificar una acción represiva contra mi persona". En un recurso de amparo presentado en su favor, todos los servicios policiales y de seguridad informaron que no existía orden de detención en su contra. La Asociación de Corresponsales Extranjeros pidió al gobierno una explicación. La respuesta la dio el entonces Ministro Secretario General de Gobierno, Alfonso Márquez de la Plata. En ella indicó que no estaba en condiciones de proporcionar más antecedentes que los entregados en el informe oficial, donde Carrasco aparecía mencionado, pues éstos formaban parte del secreto del sumario de la investigación judicial acerca de las muertes. El personero no obstante dio cuenta de la larga trayectoria "extremista" de Carrasco. Curiosamente reconoció oficialmente, por primera vez, que había sido detenido el 6 de diciembre de 1974 en Talcahuano. Hasta entonces el régimen nunca lo había admitido y sólo señalaba como fecha de su detención el 24 de febrero de 1975, es decir, la fecha en que había pasado a libre plática al campamento de Tres Alamos. La respuesta de Márquez de la Plata resultaba sintomática. Se le formulaban graves cargos, sin embargo la misiva concluía señalando que mientras éste "se mantenga dentro del marco de las leyes vigentes que rigen a todos los habitantes de este territorio, el Supremo Gobierno le garantiza el libre ejercicio de su profesión".

La situación era compleja. Resultaba difícil adivinar las intenciones de la dictadura, descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Pepe se replanteó la opción de haber regresado legalmente al país. Muchos amigos le dijeron que era una locura continuar en esta aventura de intentar vivir como un hombre común y corriente. Que él era miembro del Comité Central del MIR y lo podían matar. Pensó en irse. Tenía miedo. Conversó con Silvia. Ella también estaba muy asustada, pero se daba cuenta de que las amenazas eran una forma de poner a prueba su voluntad de regresar a vivir, trabajar y luchar en su país. "A donde tú vayas yo te acompaño. Pero si nos vamos, tú a Chile no vuelves más legalmente. Si decidiste volver en la forma en que lo hiciste sabías que corríamos este riesgo. Si nos vamos tienes que pensar que tu lucha es otra. Yo también tengo miedo pero estoy dispuesta a quedarme contigo", le dijo. Pepe la abrazó muy fuerte y le dio las gracias. Siempre había rechazado la posibilidad del retorno clandestino porque ello implicaba separarse de su familia. Tampoco quería regresar al exilio. La tranquilidad de Silvia le devolvió la confianza.

Durante las siguientes quince noches durmieron fuera de su casa. Juan Pablo Cárdenas los recibió en un gesto que Pepe jamás olvidó. Cárdenas vivía con su esposa y seis hijos, y estaba convencido de que le podía ofrecer el lugar más seguro. Durante el día Pepe trataba de desarrollar sus actividades con normalidad. Por las mañanas iban a cambiarse de ropa a su departamento y a dejar a Alfredito al colegio. Trataba sí de andar acompañado. Poco a poco fue recuperando la tranquilidad hasta que decidieron retornar a su casa. La última medida de precaución que tomaron fue invitar a un amigo a alojar con ellos. Era sólo un apoyo moral, porque si llegaban los visitantes de la noche no habría mucho que hacer. Sin embargo, a partir de entonces Pepe se sintió amenazado de muerte. Supo que el retorno de la tranquilidad era aparente, que las amenazas podrían concretarse. No obstante, no estaba dispuesto a someterse a las reglas del juego de la dictadura, no se iría a la clandestinidad ni al exilio. Correría el riesgo. "Amamos la paz y amamos la vida, pero más que nada amamos la justicia y la libertad, y por la justicia y la libertad estamos dispuestos a dar la vida si es necesario", declaró dos años después, en una última entrevista, 48 horas antes de su muerte.

Viviendo la intensidad

Septiembre de 1984, como todos los septiembres en Chile, fue un mes agitado. La oposición había retomado la iniciativa política desencadenando una ola de movilizaciones, bajo la forma de Protestas, Jornadas por la Vida, Marchas del Hambre, que desembocaron finalmente en el Paro Nacional del 30 de octubre, el primero en doce años de dictadura. El régimen se sentía acosado y respondía con la represión de costumbre. Sin embargo, ésta no conseguía frenar los ímpetus opositores. La prensa independiente era castigada prohibiéndosele publicar fotos o imágenes que denunciaban, a prueba de desmentidos, la brutalidad. El régimen se sabía débil y la oposición muy fuerte, por lo que se permitía desafiar las órdenes del capitán general. Los dirigentes políticos expulsados retomaban y ejercían, a pesar de la voluntad del gobierno, el derecho a vivir en su patria. La prensa castigada se autolevantaba las medidas restrictivas. Los asesinatos, como el del sacerdote André Jarlán, en lugar de aplacar la ira de los pobladores, redoblaban su sentimiento de rebeldía y los funerales se transformaban en masivas manifestaciones que el gobierno era incapaz de impedir. La situación se complicaba para las FF.AA. La creciente movilización social, el proceso unitario que comenzaba a gestarse en las bases de la oposición y la presión negociadora ejercida por EE.UU., llevó al régimen a imponer el Estado de Sitio el 6 de noviembre. El recurso extremo dejaba en evidencia su debilidad, pero al mismo tiempo les permitía recuperar el control del país a través de las detenciones masivas, el descabezamiento de los partidos de izquierda, las organizaciones sociales y el silenciamiento de la prensa.

El Estado de Sitio significaba el inicio de un período lleno de jomadas inciertas, muchas de las cuales Pepe durmió en casas de amigos. Sin embargo, su convencimiento de que éste expresaba la debilidad política del régimen lo mantenía optimista para emprender las más variadas iniciativas. En ese período ya se había incorporado de lleno a la planta de redactores de "Análisis". Con la revista clausurada había que darle curso a la imaginación para encontrar formas alternativas de mantenerse en actividad y sobrevivir como medio de comunicación. La primera decisión del equipo fue crear un informativo diario que se distribuiría por suscripciones y que daría cuenta de lo que el régimen quería ocultar. Así nació "Prensa Libre". La iniciativa, no obstante, no resolvía el problema de la sobrevivencia económica. Pepe, que desde niño había tenido espíritu de comerciante, propuso la idea de montar una Feria de Juguetes para la Navidad. Funcionaría en el mismo local de la revista bajo la consigna: "Su compra defiende la libertad de expresión". Personalmente tomó contacto con los distribuidores , consiguió ventas a concesión, fue a Pomaire a comprar artesanía en greda, regateó precios y desplegó todos sus encantos para cautivar al público comprador. La Feria permitió financiar los sueldos de un mes y sirvió al mismo tiempo para combatir la apatía. Al comprar los juguetes los clientes se enteraban de la existencia de "Prensa Libre".

Durante el verano de 1985, diversas personalidades y representantes de sectores políticos iniciaron acercamientos con miras a encontrar una fórmula unitaria de la oposición para enfrentar a la Dictadura. Así nació durante el Estado de Sitio la Intransigencia Democrática, ID. El movimiento planteaba una política de término del Régimen a través de una movilización creciente que hiciera ingobernable el país y obligara a las FF.AA. a la entrega del poder. La ID sostenía que no se podía conseguir una alternativa auténticamente democrática mediante la negociación "con un régimen que ha demostrado hasta la saciedad su desprecio y absoluta carencia de voluntad democrática". A la ID adscribieron todas las fuerzas opositoras, excepto la Democracia Cristiana. Algunos sectores de la derecha llegaron a considerar la posibilidad de integrarse al conglomerado

Pepe fue uno de los más entusiastas promotores y fundadores de la ID y uno de los redactores de su manifiesto. Fue quien llevó los planteamientos del MIR a la entidad. Desarrolló allí las tareas de "alianza" del partido, consiguiendo su reconocimiento público y un tratamiento de igual a igual con las demás fuerzas. Sus características personales le facilitaban la tarea. En palabras de otro dirigente político, "Pepe era ante todo un hombre social, directo, que a diferencia del común de la gente politizada no perdía en ningún momento su capacidad de asombro. Tampoco se escondía cosas, ni preparaba máquinas para enfrentar los obstáculos. A veces ganaba las discusiones. Muchas veces las perdía cuando se discutían puntos que se suponían intransables para otras fuerzas políticas. Pero él quedaba tranquilo con su conciencia. Era leal. Con sus detractores, se preocupaba de darles espacio para expresar sus ideas, aunque esto le creara problemas políticos. Al conocerlo se desmitificaba la visión estereotipada del mirista".

Su forma de enfrentarse a la política era bastante particular, al decir de Jecar Neghme, con quien trabajó estrechamente en el MDP. "Su manera de 'apearse' no se daba con lo rigurosamente ideológico, la cita, el molde, el clisé, sino que él se 'apeaba' a partir del sentido común. Siempre nos echábamos tallas sobre cómo poder sistematizar la 'dialéctica del sentido común'. De lo que la gente podía pensar, de lo que la masa sentía. Le interesaba lo que cualquier hijo de vecino tenía como preocupación fundamental y cómo iba a recibir nuestras definiciones políticas. Era un hombre alejado de la ingeniería política, desde el punto de vista de esas tácticas alambicadas que algunos construyen para llegar a esto o lo otro. El siempre se manejaba en el marco de lo que está pensando la gente".

La actividad política de Pepe también incluía la participación activa, como uno más, en las movilizaciones antidictatoriales. Marcado por la experiencia de la represión no olvidó nunca el compromiso con los caídos. Para él la defensa de los derechos humanos no era una cuestión táctica. En Grimaldi, Tres y Cuatro Alamos, Puchuncaví y el exilio aprendió con dolor la importancia de ser voz de los sin voz. Desde la huelga de hambre por los 119 detenidos desaparecidos nunca abandonó ese compromiso.

En mayo de 1985, los familiares de los ejecutados durante el Estado de Sitio realizaron una huelga de hambre para remecer al país. Pepe estuvo allí a pesar de lo cargado que estaba el ambiente, iba diariamente a visitar a los ayunantes. Participó en el Comité de Apoyo asumiendo muchas de esas tareas que quitan tiempo y exigen dedicación. Como la impresión de volantes y declaraciones que personalmente trasladaba en su renoleta de un lugar a otro.

Para las jornadas de protesta, a pesar de estar en una situación particularmente delicada, no se limitaba a observar como periodista. Actuaba como un agitador en los mítines que se efectuaban en el centro de Santiago. Separar a Carrasco de la calle era imposible. Para las marchas de los periodistas en denuncia de la censura y defensa de la libertad de expresión sólo tomaba una precaución: abrigarse por si caía preso. Antes de partir a la marcha, sacaba de su escritorio el par de calcetines extra que nunca olvidaba de llevar para estas ocasiones. "Si hay algo que me jodió en la 'cana', y nunca he podido olvidar, fue el frío. Era una cuestión muy cabrona", comentaba sonriente mientras se preparaba. En el momento en que caía la "repre" no arrancaba. Le disputaba a las fuerzas policiales los detenidos, alegando a voz en cuello que era periodista mientras exigía explicaciones. Ante tanta "provocación" muchas veces los carabineros intentaron detenerlo infructuosamente. Aprovechando su contextura gruesa se transformaba en un torbellino. Se tiraba al suelo lanzando puntapiés y aletazos para defenderse, hasta que conseguía eludir a los "pacos" con más de un lumazo en el cuerpo.

Poco antes del levantamiento del Estado de Sitio, en junio del 85, el equipo de "Análisis" intentó una nueva forma de superar el cerco informativo. Se decidió sacar una versión internacional de la Revista que se prepararía en Chile y se imprimiría en Alemania Federal para luego ser distribuida en Europa, América Latina y, por supuesto en Chile. Pepe fue nombrado jefe de informaciones por su experiencia internacional y periodística. Allí mostró su faceta de periodista nato, apasionado por su trabajo, preocupado de discutir una crónica política, económica, deportiva o de espectáculos; sus fotografías, su diagramación y hasta el montaje de las páginas. Seguía escribiendo sólo artículos internacionales, pero no dejaba de asistir a las entrevistas de los políticos, donde desde su rol periodístico volcaba sus inquietudes ideológicas. Fue su época de mayor dedicación profesional, aunque interrumpida una y mil veces durante cada jornada por sus responsabilidades políticas. Con sus 40 años era un hombre vital, de una actividad desesperante. Los llamados telefónicos, las visitas de los compañeros, las "diligencias cortitas", no lo dejaban hacer una cosa a la vez. Adaptarse a su ritmo era un imposible tanto para sus colegas de la Revista como para quienes compartían con él las tareas políticas. "Enfrentarse a Pepe era encontrarse con un individuo como una taza que siempre rebasaba. Seguirlo en su rutina diaria era una locura. A veces yo perdía 4 ó 5 horas porque iba a juntarme con él a la Revista y ya había empezado la reunión de pauta. Espérame, salgo al tiro', decía y pasaba una, dos, tres horas. Pero su aparente caos tenía un orden interno muy grande. Era falta de tiempo de lo que sufría Pepe", relata Jecar Neghme.

¡Voy de candidato!

Cuando ya pareció que Carrasco no podía asumir ninguna nueva tarea, anunció su candidatura como dirigente al Colegio de Periodistas. Su decisión, originalmente, tenía un sentido práctico. En la medida en que asumía más y mayores responsabilidades políticas, sus riesgos también aumentaban. El cargo gremial le ofrecía un margen mayor de protección. Recurrió a sus muchos y viejos amigos para su campaña electoral. "Sabís que voy de candidato en el Colegio porque así soy más público, soy dirigente, tengo más cobertura, más protección, un paraguas más grande. Traje una lista de gente que podría votar por mí. Tú tenis que llamarte a éstos que son amigos tuyos" le pidió acelerado a su amigo Nano Cabrera. Pepe fue electo como delegado del Consejo Metropolitano al Consejo Nacional del Colegio con votos de todo tipo: militantes, de los viejos amigos de Il Bosco, de los periodistas deportivos, de los colegas de Zig-Zag. Por su trayectoria profesional, desde antes del golpe era un periodista reconocido dentro del gremio. Seis meses después, su legitimación como dirigente fue confirmada al ser reelegido en el cargo. A pesar de haberse decidido a ser dirigente por razones prácticas, finalmente asumió de lleno el cargo. Su vocación gremial y de sindicalista iniciada en la década de los 60, fue mucho más fuerte.

Quienes compartieron con él muchas sesiones de Consejo se impresionaron por su capacidad de entendimiento con todos los partidos, incluso con los representantes de derecha, sin que nunca se produjera un altercado. "Sus planteamientos no eran los de un francotirador. Tampoco era un vocero del MIR. Eran los de un periodista de izquierda que entendía al Colegio como una instancia unitaria, cuya fuerza estaba en que todos los periodistas se sintieran representados", recuerda María Olivia Monckeberg, dirigente nacional. Esa concepción del gremio era la que lo llevaba a preocuparse no sólo de las reivindicaciones político contingentes, sino a asumir también la defensa de los derechos de los jubilados, el problema de los estatutos, del ejercicio legal de la profesión, entre muchos otros. En el ámbito gremial Pepe también era un hombre de consensos. "Me sorprendía siempre su ecuanimidad, cómo trataba de que las cosas salieran y no de entorpecerlas. Tenía una gran lealtad gremial.

En el amplio espectro en que se desenvolvía, y representando él una postura tan diametralmente distinta a otra gente, siempre trató de entregar su aporte para que las cosas salieran positivamente. Era mirado con mucho respeto por los consejeros de derecha, quienes nunca hicieron cuestión de su militancia, ni lo descalificaron", apunta Jorge Andrés Richards, otro dirigente nacional. Y agrega: "Sólo en dos ocasiones lo vi alterado. Una vez fue cuando se atacó a Nicaragua, otra en que con motivo de una invitación a La Habana para dos consejeros, un dirigente pidió que se preguntara por los derechos humanos en Cuba. Pepe hizo una enérgica defensa de la revolución cubana y nicaragüense. Fueron las únicas veces que lo vi un poco alterado".

Desde su cargo gremial defendió el derecho de muchos amigos y colegas exiliados a vivir en su patria. Así quedó registrado en actas. Durante una sesión de Consejo en que se dio la bienvenida a José Gómez López, Pepe tomó la palabra: "La presencia de Pepe Gómez entre nosotros, es un gran motivo de alegría y satisfacción. El es y ha sido un maestro para muchos periodistas que aprendimos de él a ver la realidad a través del compromiso con el pueblo y los trabajadores. Su retorno es muy importante para el periodismo. Quiero aprovechar también esta oportunidad para recordar que un hijo suyo, Úlises Gómez, se encuentra encarcelado y condenado por ejercer el periodismo, y que la exigencia de su libertad es tarea de todos nosotros". El regreso de José Gómez López tuvo un especial significado para Pepe, ya que se producía sólo meses después que otro de sus maestros, colega y entrañable amigo había muerto en el exilio, Mario Díaz. La muerte del "Chico Díaz" fue un duro golpe para Pepe, quien lo despidió con emotivas palabras y la voz entrecortada en el cementerio: "Para ellos eras, sin duda, un peligro para la seguridad interior del país, porque pese a tus 65 años, a la diabetes que cargabas hace 15 y a los dos infartos sufridos, seguías trabajando y sobre todo seguías irradiando la alegría por estar en una causa justa. Es por eso que se equivocaron cuando autorizaron el ingreso de tus restos. No saben que eres de los muertos que nunca mueren".

En familia

En medio de su intensa actividad política y laboral, Pepe vivía intensamente los pocos momentos que podía dedicar a su familia. Sus hijos y su mujer sabían cuál era su compromiso y lo habían aceptado. "Era vivir, dice Silvia, con una persona que había hecho una elección de lucha en su vida, de terminar con esta dictadura. Tenía un proyecto de sociedad socialista, justa, e iba a dar su vida porque ese proyecto alguna vez diera luz. Eso siempre lo supe. Yo a él no lo conocí en una fiesta o en el Paseo Ahumada, sino que en la cárcel, dando testimonio por los compañeros caídos que habían estado con él, entre ellos Alfredo".

"Con todo, recuerda, estos últimos dos años, en medio de todas las tensiones fuimos felices, porque todo no era una manía, una locura. Teníamos momentos de vida familiar linda. Si nos daban ganas, pasábamos a comprar unas empanadas, un pollo y nos íbamos al Arrayán. El iba con los niños a jugar basquetbol a las canchas de la Universidad de Chile o del Estadio Nacional. O nos íbamos a donde mi hermana a Viña. Salíamos a hacer asados, nos íbamos a El Quisco. Cada vez que sus obligaciones políticas y personales se lo permitían hacía una vida absolutamente normal, familiar. El era un gozador de la vida, le gustaba comerse un buen plato de comida, tomarse un trago, el ají, los quesitos, comprarme chocolates. Cuando fuimos de vacaciones a Pichidangui, nadaba, paleteaba. Solucionaba siempre todos los problemas domésticos, sacaba la basura, pagaba las cuentas, arreglaba las llaves. El tenía integrada su vida política, periodística y familiar, y le daba a todo un lugar importante".

En 1985, Iván y Luciano se fueron a vivir con él. Su adaptación le inquietaba ya que nunca habían vivido todos juntos, cotidianamente. Luciano se acuerda que al principio se sentían raros "pero él 'cachaba'. En la noche cuando comíamos nos conversaba, nos preguntaba qué sentíamos y después ya comenzamos a 'agarrar papa' y entrar en confianza". Quería que los tres se sintieran hermanos, se quisieran, cuidaran y protegieran. "A Luciano e Iván, cuenta Alfredo, les decía que me defendieran si alguien me pegaba. Siempre les decía. Y a mi mamá, que ella era la mamá de todos".

Los tres hablan de él como un amigo: "Me caía bien, era buena onda, siempre tenía un chiste para todo. Mi papá era super simpático". Sin embargo, a Iván y Luciano había algo que no les gustaba de su forma de ser: su machismo. "Me daba 'lata' cuando hablaba de las mujeres y nos daba consejos de cómo había que ser con ellas", dice Luciano. "Yo quizás también soy machista, así es que no me molestaba cuando hablaba. Pero después pensándolo no me gustaba tanto. Cuando hablaba de su infancia le gustaba hablar de las lolas que tenía, se 'cachetoneaba' de que era el que más pinchaba, el que salía con más lolas", dice Iván.

Aunque no tenía tiempo para revisar tareas o ayudar a resolver algún problema de matemáticas, revisar algún libro de historia o corregir alguna composición, les hablaba siempre de la importancia del estudio, tal como sus padres lo habían hecho con él. Pero al mismo tiempo les enseñaba muchas de las cosas que no salen en los textos escolares. "Cuando yo era más chico, en México, a veces era muy duro, y yo sentía que hasta injusto cuando me retaba porque hacía algo que no estaba bien con Luciano. Me criticaba mucho, se ponía muy serio y empezaba a hablar de la injusticia. Eso fue muy importante para mí, porque me enseñó a valorar la justicia", reflexiona Iván. Alfredo no olvida el sentido del respeto a la palabra empeñada que le enseñó su papá. "El siempre cumplía lo que decía. Si frente a alguna cosa me decía que no, no me la hacía. Pero si accedía, me la hacía siempre. Cumplía sus promesas".

Con Iván, el mayor, conversaba mucho. Le decía que tenía que estudiar más, ser más sociable, le preguntaba qué quería hacer después del colegio. También intercambiaban inquietudes políticas. "Yo a veces tenía ideas poco amplias, se las explicaba creyendo que las cosas eran así, y él me daba elementos para entender que podían ser más amplias. Yo pensaba muy en blanco y negro. Siempre eran discusiones en las que yo aprendía. El era muy pedagógico para explicar. Muchas veces me pasaba sus artículos, al igual que a Alfredo y a Luciano para que opináramos".

Los niños en general vivían tranquilos. Salvo aquellas noches en que previsoramente se repartían en distintas casas o cuando aparecieron los panfletos amenazantes. Se sentían bien, tal vez por la alegría de vivir de Pepe. "El me decía que era absolutamente feliz, cuenta Silvia, que no quería nada más, porque estaba conmigo, con sus niños, sus padres. Había logrado volver a trabajar en Chile, había sido elegido democráticamente en el Colegio de Periodistas, me tenía a mí que lo venía acompañando desde la cárcel. Por primera vez estaba con sus fres hijos juntos, había llegado a logros sumamente importantes. Sentía que había vuelto a ser el mismo Pepe de antes, que podía hacer cosas para acortar los días de Pinochet en el poder, o que por lo menos volvía a ser parte de la historia de su pueblo. Tenía una gran confianza en su compromiso. Quería ver el cambio y creía que era posible, y eso era lo que le importaba. A veces estaba triste por la muerte de alguien, porque habíamos peleado, por algún problema con los niños, por su madre enferma, pero no tenía conflictos existenciales".

Del optimismo al "Yakartazo"

1985, no fue un buen año para la Dictadura. Dos meses después de levantado el Estado de Sitio, las movilizaciones comenzaron demostrando que el estado de excepción había contenido artificialmente el descontento. El fallo del Ministro José Cánovas dictado en agosto, que involucró a personal de las FF.AA. en el secuestro y homicidio de tres profesionales comunistas, desembocó en una espontánea y masiva protesta y en una crisis al interior del Régimen que obligó a renunciar al Director General de Carabineros, César Mendoza, a la Junta de Gobierno y a la Institución. Una protesta convocada para septiembre se transformó en un paro nacional. Simultáneamente en los Tribunales de Justicia comenzaban a ventilarse procesos por masivas violaciones a los derechos humanos cometidas en los primeros años del Régimen. El proceso a las FF.AA. se iniciaba antes de su caída.

En los primeros días de septiembre, sectores de la derecha, el centro y la izquierda no adscrita al MDP, convocados por el Cardenal Fresno, suscribieron el Acuerdo Nacional, AN. Este ofrecía a las FF.AA. una estrategia de negociación para transitar hacia la democracia e invitaba a la ciudadanía a suscribirlo para conseguir una base de apoyo que permitiera presionar al Gobierno. Pepe entonces ya participaba en el Consejo Nacional del MDP, sector que había sido excluido del Acuerdo Nacional. En las organizaciones sindicales, estudiantiles y gremiales se discutía la adhesión al AN. Así ocurrió en el Colegio de Periodistas donde Pepe, en postura de minoría, planteó sus objeciones, las que quedaron registradas en las actas de una sesión extraordinaria convocada para discutir el tema. "En el AN hay un elemento que no es casual: la exclusión de importantes sectores de la vida nacional. El MDP pidió una entrevista con Fresno la que no fue concedida. La exclusión está indicando el tipo de democracia que los firmantes del AN quieren para el país. Creo que para el Colegio de Periodistas y los periodistas esta situación no puede pasar inadvertida. Nuestra institución es pluralista, tolerante, abierta y no excluyente".

"El documento se presenta como una alternativa a la movilización social de los trabajadores que cada vez toma más fuerza. En el aspecto económico-social, el AN entrega garantías al sector empresarial, al gran capital, sin hacer lo mismo con los trabajadores, víctimas de los últimos doce años de gobierno. Esto tampoco es casual. Corresponde a la manera de pensar y de ser de quienes impulsan este Acuerdo y a quienes va dirigido. El AN no hace mención expresa a la cuestión de la libertad de expresión y de prensa, ni a los aparatos represivos de seguridad. Hay aspectos, como no considerar debidamente la soberanía popular, que no aseguran el futuro democrático del país. El AN no acorta los días de la dictadura, los alarga hasta 1989. Como Colegio, estimo que debemos saludar y valorar el AN, como un esfuerzo para avanzar hacia el término de la dictadura, considerando algunos de sus aspectos importantes como el desgajamiento de un sector que apoyó y usufructuó del Golpe y del Gobierno. Pero al mismo tiempo tenemos que señalar sus insuficiencias e insistir en la movilización social para poner fin al régimen".

Las discusiones sobre el AN se dieron en medio de una intensa actividad opositora, hasta que el General Pinochet lo respondió durante una entrevista con el Cardenal Fresno en La Moneda. Cuando el Prelado le tocó el tema, éste le contestó en cuatro palabras: "Demos vuelta la hoja". Tras el paro de septiembre, el Gobierno había requerido a decenas de dirigentes sociales y conseguido su encarcelamiento. No obstante las protestas no se detenían. En noviembre el Parque O'Higgins fue escenario de una masiva manifestación. Todas las elecciones universitarias eran ganadas por la oposición. Incluso el último bastión de la dictadura en los Colegios Profesionales, el de los Profesores, fue conquistado por las fuerzas democráticas. Pepe estaba más optimista que nunca. En las reuniones de pauta en la revista exponía con vehemencia sus puntos de vista intentando convencer al resto de que el final de la dictadura estaba muy cerca. Nadie le hacía mucho caso. Pero su convencimiento era total y para demostrarlo hizo una peculiar apuesta: "Si Pinochet no cae antes de Navidad, me corto un coco", afirmó convencidísimo de ganar. Para la Pascua todos le cobraron la palabra. Naturalmente, no la cumplió.

Al comenzar 1986 el optimismo había invadido a la oposición que aseguraba que éste sí sería el año decisivo. En abril, representantes de un gran número de organizaciones sociales y políticas dieron vida a la Asamblea de la Civilidad que reunía a sectores profesionales, estudiantiles, pobladores, mujeres, trabajadores, jubilados, mapuches, comerciantes, campesinos y artistas, entre otros. Se trataba del arco más amplio de concertación civil formado desde septiembre de 1973. La Asamblea elaboró la Demanda de Chile, que reunía reivindicaciones globales y sectoriales siendo la central "la restitución de la soberanía a la voluntad popular para ejercer la democracia". El gobierno no dio respuesta a esta demanda. Por el contrario, durante los meses siguientes continuó reprimiendo y ocupó militarmente Santiago en más de una oportunidad.

Paralelamente, los partidos políticos opositores formaron el Comité Político Privado, CPP. Por primera vez en los 13 años de dictadura, se reunía en una misma mesa a todo el espectro opositor democrático. En él participaban desde el MIR hasta la Derecha Republicana. Aunque no constituían una alianza o pacto, los partidos se concertaban para acciones específicas.

Entretanto, la Asamblea de la Civilidad, tras elaborar la Demanda de Chile y anunciar un paro nacional para el 2 y 3 de julio, solicitó a los partidos que formularan propuestas políticas. Estas debían servir de base a la movilización social, que se presentaba como la alternativa democrática frente a los planes de continuidad del régimen.

Pepe participó activamente en la Asamblea de la Civilidad y aportó a la elaboración de la Demanda de Chile. También concurría a las reuniones del CPP. Invertía mucho tiempo en tratar de levantar una plataforma democrática mínima que permitiera un acuerdo político de los partidos para continuar la lucha contra Pinochet. En este proceso, junto con estrechar lazos con otros dirigentes y legitimarse como figura política, se daba cuenta de las dificultades para conseguir consensos. Luego que la AC invitara a todos los partidos a elevar propuestas que dieran una base política de apoyo a la Demanda de Chile, el MDP respondió con un planteamiento que exigía la renuncia de Pinochet. También proponía la creación de un Gobierno de Emergencia en torno a una figura de consenso político y social y un llamado a elecciones generales en un plazo no mayor de seis meses.

Debido a la coyuntura que se vivía, Pepe le otorgó gran importancia a la propuesta del MDP. Uno de sus compañeros de trabajo político recuerda: "El se jugó para que se defendiera y levantara con fuerza esa proposición. Se daba cuenta que la DC podía tender a separarse de la izquierda y que el MDP tenía que hacer un esfuerzo para concretar una unidad opositora. Se estaba a las puertas de un paro nacional al que era necesario dar un objetivo político concreto. Era importante para él evitar que un sector de la oposición se fuera a negociar con las FF.AA. y abandonara la movilización social. Pensaba que para que ello fuera posible, la DC tenía que acelerar un proceso de rechazo a la unidad con la izquierda y, por esa vía, iba a haber un recambio que iba a desplazar el poder político a una alianza distinta, donde la izquierda iba a sufrir una fase de aislamiento". "En las vísperas del paro las fuerzas políticas avanzaban en la discusión de las distintas proposiciones entregadas a la AC. No se definía aún una propuesta política única que aglutinara y diera sustentación institucional al gran esfuerzo que había significado concertar a las principales organizaciones sociales en tomo a la Asamblea de la Civilidad.

El primer semestre del año concluyó con el paro nacional y el encarcelamiento de todos los dirigentes de la Asamblea de la Civilidad. Y también con una cuota de horror: dos jóvenes fueron quemados vivos por una patrulla militar. Pinochet comenzó a pasar por un muy mal momento. En una semana presentó y retiró su candidatura para el 89, después de anunciar que el gobierno podía prolongarse por otros 16 años. El Ejército tuvo que entregar a la justicia a los militares responsables de la muerte de Rodrigo Rojas y de las graves lesiones por quemaduras provocadas a Carmen Gloria Quintana. El "Caso de los Quemados" había desatado una fuerte presión interna y externa, particularmente por parte de EE.UU., ya que Rodrigo Rojas era ciudadano norteamericano.

Al finalizar julio, todos los avances de concertación social y política de la oposición, que prometían consolidarse rías el éxito del paro, se revirtieron. Coincidiendo con la visita a Chile del Subsecretario de Estado Adjunto para Asuntos Sudamericanos del Departamento de Estado de EE.UU., Roben Gelbard, comenzó a levantarse con fuerza la alternativa de una salida negociada de centro-derecha. El funcionario norteamericano declaró que Washington no estaba de acuerdo con los pactos y alianzas de los partidos de centro con el MDP, y que tampoco le gustaba la Asamblea de la Civilidad. Los primeros efectos de las palabras de Gelbard repercutieron en el Comité Político Privado. Basándose en una entrevista del secretario general del MDP, José Sanfuentes, la DC rompió relaciones con el PC, lo que se tradujo en el quiebre del CPP. Posteriormente la Alianza Democrática dio a conocer su nueva propuesta política. Esta puso a Pinochet como el obstáculo principal para la recuperación de la democracia y llamó a que la salida política para el país fuera concertada con las FF.AA., favoreciendo la vía eleccionaria como fórmula.

En este contexto se produjo el hallazgo de arsenales en la zona norte del país. La noticia se hizo pública el 11 de agosto. En la tercera región, en la localidad de Carrizal Bajo, se había desbaratado un red clandestina de internación de armas llevada a cabo por militantes que se identificó indistintamente como miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el MIR o el PC. Pinochet supo aprovechar la coyuntura. El descubrimiento de los arsenales fue seguido de una gran campaña propagandística, que se rumoreaba como la antesala de un "Yakartazo". Ocho días después que se destapó el "Caso Carrizal" comenzaron a circular en Santiago los panfletos que precedieron a la muerte de Pepe.

Tenía que morir así

La madre de Pepe, como todas las madres, siempre tuvo una especial intuición con su hijo. El día que se enteró que regresaba de Buenos Aires se le vino el mundo encima. "Yo rogaba para que no lo dejaran entrar, que lo detuvieran en el aeropuerto, que lo echaran en otro avión para afuera. Era lo único que deseaba". Desde las amenazas del 84, nunca había olvidado un discurso del general Pinochet, en que éste había dicho que mucha gente que había entrado "tapadita" al país la tenía "en engorda". Doña Chela siempre pensó que Pepe era uno de ellos. Cuando lo asesinaron, pensó que su hijo "tenía un corazón tan grande que tenía que morir así".

Su compañera Silvia también creía que Pepe no podía morir de otra manera. "Para eso tendría que haber dejado de ser consecuente, porque la dictadura no perdona a la gente que, como él, no transa sus principios fundamentales, en lo que para él es una sociedad futura, en la defensa del pueblo, los derechos humanos. Pepe era de los imprescindibles de los que habla Brecht. Y ése es un enemigo irreconciliable de la dictadura. Y la dictadura a sus enemigos los mata".

Sus hijos saben que a su padre lo mataron por su compromiso. "El siempre, cuando estábamos solos, me decía que en cualquier momento lo podían matar. Yo estaba consciente. Mi mamá también. Ella nos dijo que él era una persona muy perseguida por su compromiso. Yo creo que él era un revolucionario por su forma de pensar. Siempre he pensado que él amaba a su familia, pero primero y más que nada amaba a su pueblo", reflexiona Iván. "Lo mataron por sus ideales políticos", piensa Luciano. Alfredo le escribió una poesía dos días después de su muerte, el 11 de septiembre:

Papá, papá
la semilla
del pueblo.
El periodista
perfecto
el papá
impecable.

La sonrisa
era tu expresión
humilde
y trabajador.
Ese era mi papá.

Fuiste fusilado
por ser impecable
sin fallas
ése es mi papá
siempre preocupado
de todos
menos de él.
El, el mejor papá.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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